TABLÓN DE ANUNCIOS

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1)“Los optimistas escriben mal

Arno Schmidt

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2) El peor asesinato es el político, porque a la premeditación y alevosía de todo terrorismo se añade que implica creer que determinada causa está por encima de la condición humana

El cuñado de Lansky

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3) Quizás el elevado número de altos cargos electos y no electos en todas las administraciones tiene que ver con un programa de integración laboral de deficientes mentales y yo no me había enterado

Lansky


4) O Europa exporta libertades y derechos occidentales o importa precariedades y esclavitudes chinas; es un problema de balanza comercial ética.

Lansky


15/10/2008

El dinero, una fábula de Einstein




O una pesadilla, más bien.

Andrés Newman dice que no hay que confundir la moral con quienes la defienden y yo digo, y más en estos tiempos de crisis, que no hay que confundir el dinero con quienes lo manejan, lo tienen o lo “hacen” (¿lo hacen? Bueno, quienes “trafican con el –dinero- de todos los demás) Antes al menos, entre la gente fina y “con posibles” (con dinero) hablar precisa y directamente de dinero era muy vulgar y ordinario. En cambio, entre los pobres, con esa elegancia innata que concede la sobriedad, aunque sea obligada, sólo se habla de dinero en la medida absolutamente utilitaria de lo que se puede obtener con él, de las necesidades a cubrir: comer, vestirse, cobijarse, calentarse, incluso follar (no necesariamente pagando directamente, sino por los gastos que podríamos denominar “de cortejo”; invitar al café, vamos, y unas flores, joder). Por eso, siempre se pide limosna mencionando las necesidades (normalmente para comer) y algunos beatos la dan mencionando igualmente las obviedades (“no se lo gaste en vino, buen hombre”)

Por lo tanto, sólo hablan de esa inmaterialidad demente y poderosa en abstracto, del dinero, los ricos, poderosos y muy vulgares seres que nos joden al resto y al mundo de paso. Esos “trolls” infiltrados entre los verdaderos humanos de los que hablaba el tío Oscar (Wilde), aunque les concedía un añejo e inmerecido título filosófico: “los cínicos conocen el precio de todo y el valor de nada”. Es decir: hablar de dinero no sólo es vulgar, como creían los ricos de “toda la vida”, sino un síntoma de que estamos ante un individuo peligroso para los demás y para nuestro entorno, alguien que nos explotará o demolerá esa playa recóndita; nos estafará, nos venderá cosas innecesarias o nos parcelará esa dehesa boyal del pueblo; nos convencerá de que compremos lo innecesario y expulsará no obstante a los artesanos de lo necesario. Un puto troll.

Sin embargo, los verdaderamente ricos, los viejos ricos, que son evidentemente lo opuesto a los ordinarios nuevos ricos, entienden perfectamente el valor del dinero, es decir y exclusivamente, lo que se puede comprar con él, como los pobres, exactamente igual. Salvo que estén contagiados con el virus del poder, que no tiene remedio ni cura. Alguien se mira al espejo y un fogonazo breve le tira del metafórico caballo y escucha una voz tan interna como tonante que le dice: “Tu no vales una mierda, mira en cambio a ese viejo marinero con la piel cuarteada, ese labriego de manos y muñecas poderosas, ese joven de mirada limpia y pestañas oscuras, todos ellos no tienen dinero, pero valen más de lo que tú podrás valer nunca”, y decide que será tan poderoso como para no ya anular ni mucho menos invertir esa “injusticia” de partida, sino para comprar ese espejo y romperlo, para callar esa voz, para arrumbar a esos seres mejores y nada semejantes.

Lo que saben los ricos más clarividentes y menos contagiados del virus del poder sobre lo que se puede comprar con dinero es que es un concepto netamente eisteniano, porque con el dinero se adquiere nada menos que los dos componentes esenciales del universo: espacio y tiempo. Espacio para mantener a distancia el infierno que al menos a ratos suponen los demás, como señaló Sartre (“El infierno son los otros”), aunque sea tu propio cónyuge, no digamos los vecinos escandalosos y mal educados. Así hay que entender a los toreros que lo primero que hacen cuando “triunfan” es comprarse una finca grande con un cortijo o una casona en su centro, bien distante de sus propias lindes y de las de los vecinos, y por toda compañía una buena ganadería que muge pero no rechista.

Y el tiempo, claro; tiempo para uno, tiempo que no se pierde, sino que se gana gastándolo bien. Hay gente, la contaminada por el vicio del poder, que gasta todo su tiempo en conseguir más poder, pero no hay mayor poder ni más limpio que el disponer de uno mismo (“pequeño mundo soy y en ello fundo que siendo amo de mí lo soy del mundo…”). El tiempo no se pierde, salvo cuando se emplea mal, pero se consume, claro, y lo mejor, aun más que el espacio, que se puede comprar con dinero es tiempo para uno mismo. La vida es corta y los minutos largos, o algo así decía Borges, aprovechémosla.

Y es en el fondo más sencillo: en lugar de cambiar tu tiempo por dinero, una vez satisfechas las necesidades básicas y algunas superfluas “esenciales”, es mejor invertir el proceso y comprar tiempo para ti con el dinero. ¿Qué el tiempo es oro? Vale: quiero entonces el tiempo, quedate con el oro. Ahora vendría aquí la historia aquella del barquero que está tumbado bajo un sauce a la orilla de un río y llega un “emprendedor” y le propone aumentar la flota de embarcaciones, y así sucesivamente, para finalmente, tras una dura vida de trabajo y ascensión social poderse tumbar a la bartola, y el sabio barquero le responde que para qué, si ya tiene esa posibilidad en ese mismo instante. Pero no la escribo, aunque presiento que de alguna forma lo he hecho, por respeto a la forma, por no perder el tiempo y porque sospecho que eso sería incurrir en un género escasamente literario que detesto, el de esos libros para conseguir el éxito empresarial, llenos de fábulas más reaccionarias que la del barquero y del estilo de “Quien se ha comido mi queso” o “El oro de conserje”. Libros que ocupan el espacio en los estantes que podrían ocupar libros de verdad, y que encima te hacen perder el tiempo. Y ambas cosas hay que saber administrarlas.

Te dirán que el dinero es un tipo de cambio y una medida de valor en el pago de bienes y servicios y que su aspecto externo puede ser un pequeño disco de metal escaso, un papel con un diseño específico, una pequeña tarjeta de material plástico o unas conchas de un molusco raro. Pero metal, papel, plástico o concha de nácar, solo el necio confunde valor y precio.

El dinero, con matices, tiene de obsceno casi lo mismo que el propio sexo; es decir, el contraste que se da entre los que lo disfrutan más o menos abierta o veladamente y los que lo añoran más o menos secreta o abiertamente. Y al igual que con el sexo, se puede considerar la posibilidad de vivir apenas sin uno u otro, pero para muchos eso no es vida.

El dinero, es en realidad la pesadilla del hermoso sueño de Einstein.

Deudas y bibliografía: Andrés Newman, Oscar Wilde, Antonio Machado (Juan de Mairena), Jorge Luís Borges, Jean Paul Sartre, Albert Einstein...

6 comentarios:

emma dijo...

Te ha salido una reflexion muy fina, de estudiante pobreton que, quizas, fuiste un dia.
Hay que mencionar tambien lo dificil que es para el nuevo rico y el pobre en general saber administrar el tiempo, o apreciarlo.
Barqueros que se tumban a la bartola sin remordimientos.
Me gustaria a mi tambien saber hacerlo.
Y es que hasta los jubilados, a los que el tiempo les sobra, se mueren de inactividad.

Lansky dijo...

Vaya por delante, Emma, que soy consciente y me considero un privilegiado, pero, por lo demás, "estudiante pobretón" es exactamente lo que sigo siendo. Estudiante por libre o no oficial, por fortuna, y pobretón para los parámetros de los que no lo son. Digamos que quiero lo que tengo, más que que tengo (todo) lo que quiero. ¿Vale?

En cuanto a lo de "perder"/ganar el tiempo, a todo se aprende con el idem, o no. Y los pobres jubilados, por mera biología, precisamente lo que ya no les sobra es tiempo, pero la vejez no es garantía de sabiduría y puede que a muchos ya no les de tiempo a aprender a perderlo. O a no caer en la trampa del consumismo, o de la seguridad para el futuro o tantas otras trampas del sistema.

Zafferano dijo...

Temo poseer esa elegancia innata que concede la sobriedad. Tengo el tiempo hipotecado y el espacio me está ahogando. Mi sueño? Un trocito de tierra para poder hundir las manos. Pero no, tengo prisa, hay que ir a trabajar.
Quién fuera barquero...

Besos lindo!

Lansky dijo...

Ay, Zaffe: me lo tengo merecido por ponerme estupendo, como Max Estrella, pero ¿no podrías darme una tregua?, al fin y al cabo (y no es broma) un ex guardia civil ha matado a su ex con un taladro eléctrico y yo no te he dicho nada.

Zafferano dijo...

Vengo llegando. Cansada.
De verdad lo del taladro? Qué oportuna... Eso me pasa por no enterarme de la mitad.

Lo que tú te mereces es un beso muy grande. Me gusta leerte...

Anónimo dijo...

A los que nos gustan las cosas bonitas placenteras a los sentidos: la música, la literatura, la buena mesa, las ciencias de la naturaleza... A los que somos caapaces de commovernos contemplando una cañada seca o una playa desierta o acariciándole el vientre a un perrillo... A los que hemos tenido la suerte de nacer con el don del deleite y la capacidad de poderles transmitir a los demás nuestras emociones... A los que nos hemos sentido libres para hacer la maleta sin preguntar a nadie y lo suficientemente fuertes para cerrar la puerta que dejamos a nuestras espaldas ¿nos corresponde de verdad escandalizarnos con los que sólo saben ganar dinero y les falta el talento incluso para gastarlo? ¿somos justos haciendo esto o somos unos jodidos elitistas? ¿nos cambiaríamos por ellos?

julian bluff