TABLÓN DE ANUNCIOS

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1)“Los optimistas escriben mal

Arno Schmidt

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2) El peor asesinato es el político, porque a la premeditación y alevosía de todo terrorismo se añade que implica creer que determinada causa está por encima de la condición humana

El cuñado de Lansky

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3) Quizás el elevado número de altos cargos electos y no electos en todas las administraciones tiene que ver con un programa de integración laboral de deficientes mentales y yo no me había enterado

Lansky


4) O Europa exporta libertades y derechos occidentales o importa precariedades y esclavitudes chinas; es un problema de balanza comercial ética.

Lansky


02/10/2008

Hermoso y maldito: la leyenda del Santo Perdedor





Si el niño quiere ser artista más vale que acabe el bachillerato. Hay escritores que son o fueron Ingenieros de Caminos en ejercicio, como Juan Benet; funcionarios letrados del Ministerio de Obras Públicas; como García Hortelano; detentadores de una franquicia de panadería selectas (Viena Capellanes), como Pío Baroja. Y hay escritores que viven exclusivamente de lo que escriben, como, sin ir más lejos Javier Marías. Precisamente el inicial mentor de este último, Benet, era partidario de tener otro oficio/beneficio para así ser más libre con tu arte, pero Marías, mejor novelista que aquel divino y divinizado “don Juan” (espléndido escritor de grandes páginas en sus en el fondo malas novelas) no le pudo hacer caso en eso. Por el contrario Ramón Gómez de la Serna lo tenía muy claro (cito de memoria, o sea, que quizás no es totalmente literal, pero seguro que casi): “Escribo todo lo que se me ocurre; publico todo lo que escribo y cobro todo lo que publico”. Este último es el modelo seguido aquí por Umbral o su maestro Cela.

Escritor profesional versus escritor permanentemente “amateur” (de amar). En ambos bandos los hay buenos y malos.

Otra opción/dicotomía es la del escritor casi oculto detrás de su obra, con extremos que consiguen casi el efecto contrario: llamar prodigiosamente la atención sobre su anonimato (Salinger, Pynchon, etc.) frente a escritores cuya vida azarosa, a menudo impostada y llena de peripecias en cierto modo buscadas, como la de Hemingway, es más conspicua y llamativa que la obra, o cuya mejor obra es su vida.

Pero a mí los que más me fascinan son los que verdaderamente mantienen una continuidad absoluta entre ambas facetas, vida y obra. Como es el caso de Scott Fitgerald. Si en Hemingway, cuya biografía recuerda esa canción de Sabina que va repasando todas las ocupaciones favoritas en diversas ciudades (boxeador en Detroit, etc.), para al final quedarse con el pirata cojo, es difícil separar al hombre del escritor y de su leyenda, en Fitgerald, como señala Ballard[1], es prácticamente imposible, porque, si se es injusto, si no se le lee antes, uno tiende a pensar que desde el principio sólo existió la leyenda. Una leyenda que parece inventada por un guionista de Hollywood: genio malogrado, niño mimado de la época del jazz, muerte romántica y alcohólica.

Así que para leer a Fitgerald, uno de los más exquisitos, sino el que más, individuos de la generación perdida, no hay que olvidarse de su peliculera vida, sino buscarla en su propia literatura. Y encontrar la perla más valiosa: sus descripciones del fracaso (mucho más literario, siempre, que el aburrido éxito). Pero del fracaso, por un lado, de los que primero fueron triunfadores, en una sociedad como la estadounidense que está literalmente fascinada/horrorizada –permanentemente aprensiva- por los “loser”, los perdedores.

Y el fracaso, igualmente, del empeño del gran Proust, el fracaso en recuperar las emociones del pasado (En busca del tiempo perdido, de don Marcel, lleva en sí mismo, desde el título, el reconocimiento de ese fracaso que reside en el adjetivo perdido aplicado al tiempo: perdido, para siempre).

Durante un tiempo le duraron las fiestas de champán, las chicas con faldas cortas plisadas (flappers, como su mujer Zelda), los coches sólidos y bonitos con neumáticos blancos y cromados refulgentes; las mansiones y en general los felices años veinte, los mismos o parecidos que vivió mi abuela Emilia a sus precisos veinte y veintitantos años (porque vivir los años veinte con ochenta tiene maldita la gracia: hay que saber llegar a tiempo; a la vida, también)

¿Qué paso? Que luego vino el fracaso de verdad, el general, tras el Gran Crack del 29, el muy real fracaso de los duros años treinta y la depresión. Y dejaron de tener glamour los fracasitos de la gente guapa y maldita. Era ya el tiempo para Las uvas de la ira del gran Steinbeck.

La mejor y más despiadada descripción del final real del elegante, glamuroso y siempre joven Francis Scott Fitgerald es de John O´Hara que le describió en sus últimos años como “un viejecito prematuro que aparecía de incógnito en las librerías de viejo”. Pero su fracaso fue real: en la última declaración de derechos de autor de Scribners, en 1940, se daba cuenta de la venta de 40 ejemplares de El Gran Gatsby, por un importe de…13 dolares[2].
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[1] J.G. Ballard: A User´s Guide to the Millenium.
[2] Datos extraídos de la biografía de Fitgerald de Matthew J. Brucoli

16 comentarios:

Miroslav Panciutti dijo...

Tiene su punto de ternura, efectivamente, el viejo Francis. Sin embargo, no termina de entusiasmarme; quizá me falte empatía identificatoria. Desde luego, me atrae mucho más (tanto vida como, sobre todo, obra) otro de su misma generación, puede que no tan exquisito; me refiero, naturalmente, a Dos Passos a quien, por cierto, creo recordar que no hace mucho citabas entre tus favoritos.

No conocía la recomendación de Benet de tener otro oficio/beneficio además de la literatura para así ser más libre. Me permito ponerla en duda, al menos en lo referente al oficio; otra cosa sería el beneficio, pongamos ser rentista (el sueño de todo español de rancio abolengo).

Lansky dijo...

En efecto, Miroslav, como ya he dicho antes por ahí, mi favorito de la GP es Dos Passos, pero eso no quita para que "también", me guste Scott-F., cada vez más. Como me gusta el Hemingway de los cuentos, y nada el de las novelas; el Faulkner cuasi bíblico (facción Antiguo Testamento); Steinbeck, desde luego; Caldweld y Pound. Una buena "cosecha" la del 14 en USA.

Mita dijo...

Cómo era aquello? Las uvas de la ira...Recuerdo ese libro siempre en la estantería desde que era muy jovencilla...
buen día

Lansky dijo...

Pues verás, mita, Las uvas...es un novelón cojonudo, quizás el mejor que se ha escrito sobre la época de la Depresión, y también es una peli igual de buena, de John Ford con ( a tí que te van los "bollycaos", creo) un guapo y jovencísimo Henry Fonda

emma dijo...

Hola Lansky. No he leido nada de Francis. He visto el " Gran Gatsby" y el gesto amargo de Redford se me quedo gravado de tal manero que puedo entender perfectamente que es ser un perdedor rodeado de mujeres y lujos.
Querria pedirte un post sobre los piratas. En la Union Europea ya han lanzado un plan para pararles los pies a los del cuerno de Africa.
A mi me gustaban tanto los libros de Salgari y los tigres de Mompracen...
Pero no se nada de estos nuevos piratas. Nada.

Lansky dijo...

Bueno, Emma, se admiten peticiones de los lectores, como no, pero de momento conformate con lo siguiente:

La distinción fundamental es si se trabaja con patente de corso (que asegura impunidad en los tribunales propios), como el famoso Drake o los actuales Ingenieros Financieros (que al revés que Robín Hood roban a los pobres para quedárselo los ricos), o sí son piratas de verdad, a pelo, de los que se arriesgan a acabar colgados de la verga del palo mayor del acorazado de la V flota (¿tiene palo mayor?)en el Índico

Júbilo Matinal dijo...

Me gusta tu observación sobre el fracaso que implica el propio adjetivo "perdido" ya en el título del grandioso empeño del grandioso Proust. Y el caso es que el hombre hablaba como si estuviera convencido de recuperar de veras algo del pasado por el hecho de ser capaz de escribir minuciosa, interminable y magníficamente sobre él. Es fascinante presenciar, según vamos leyendo, cómo alguien que se pasó toda su vida con un grueso filtro interpuesto entre el mundo y él recuerda con tan emocionada deseperación el corto tiempo en que no hubo filtro y estuvo en contacto directo con la vida; y, sobre todo, comprobar que, a pesar de ello, ha elegido deliberadamente escribir sobre la vida mejor que vivirla, y hasta argumenta que es mejor y más rica su tarea consciente de reelaboración que la banal de vivir. Para el lector, desde luego, sí lo es...

No tiene nada que ver, pero, sobre escritores profesionales y fracasados, me encantó releerme este verano un libro al que no presté demasiada atención la primera vez, hace cinco o seis años: Las aventuras de un hombre cualquiera, de William Boyd.

Lansky dijo...

Sí, Proust tiene esa ambigüedad fascinante (y no hablo de la prosaica sexual) entre vivir la vida para contarla o contarla para (re)vivirla (que es su opción, en tanto la primera sería la del más tosco Hemingway)

Boyd me gusta mucho, aunque ya no esté de moda, y Playa de Brazzaville es mi favorita entre sus novelas.

emma dijo...

Yo creo que los nuevos piratas del Indico son piratas de verdad. Y muy fieros. Pero tendria que investigar mas...

Lansky dijo...

En efecto, emma, no parecen tener patente de corso, lo que no quita para que sean unos "cabrones" que atacan no sólo barcos de recreo de millonetis, sino también a honestos pescadores en su duro trabajo (que a su vez están expoliando aguas territoriales de países del tercer mundo, todo hay que decirlo).

Es decir, un chaval nace en una favela de Río de Janeiro y se convierte con el tiempo en un narco y un asesino despiadado; otro chaval nace en el mismo sitio y acaba haciendo una película maravillosa o escribe un libro tremendo. El ambiente explica parte, pero no disculpa todo y a veces no disculpa nada.

Zafferano dijo...

Estudié Literatura Norteamericana en mis dos últimos años de carrera, hace muuucho tiempo. Tendré que desempolvar algún que otro libro...

Laderas llenas de orégano... Tiene que ser un gusto para la vista y el olfato... Como mínimo.

Saludos Lansky. Y un beso también.

Cigarra dijo...

Recuerdo haber leído hace mucho "A este lado del Paraíso" y que me gustó incluso más que el Gran Gatsby. Quizá porque no había una película que me estropeara las cosas tal como yo quería imaginarlas. Y eso que la película de R. Redford me pareció que contaba muy bien la novela.
Pobre generación, qué poco les duraron los felices veinte.
En cuanto a escribir la vida en lugar de vivirla... está muy bien para los lectores, pero si me dan a elegir, yo prefiero vivir la vida aunque no me quede tiempo para escribirla. (Eso que salen ganando tambien mis no-lectores)

zwingenstein dijo...

Muy oportuno Lansky, El crack up, que creo que es lo mejor de Scott-F,refleja muy bien el actual estado de ánimo de la sociedad

Lansky dijo...

Zwing..., yo también creo que el Crack-up (junto con Tales of the Jazz Age) es lo mejor de S-F., el asunto es que ninguna de las dos es una novela; en eso le pasa como a Hemingway

Hola, Zaffe, bienvenida. El problema es que los nombres comunes, como "orégano" pueden referirse a especies botánicas distintas según las zonas; de ahí los nombres latinos unívocos (que no responden a esotérica pedantería de botánicos, sino a esa necesidad de precisión). Tu orégano, como mínimo, puede ser el Origanum silvestre, a menudo cultivado, o el oregano salvaje, mejorana o tomillo salsero: Tymus mastichina que sí puede formar laderas casi sólo con él y, en ese caso, "todo "ese" monte es orégano.

Cigarra, lo mismo digo

hombredebarro dijo...

Me gusta el título de tu post en esa combinación de dos historias que siempre me conmueven, la de Roth y la de Scott Fitzgerald. Estoy más de acuerdo con Benet que con Gómez de la Serna, aunque la actitud de éste es más graciosa. En cuanto a la continuidad de la vida en las obras y viceversa me parece una postura ingenua. Es lo que le ha pasado a Foster Wallace, que quizás se ha creído un personaje y acabó colgándose de una viga. Ciorán se pasó la vida hablando del suicidio, pero nunca se suicidó. Prefiero esa discontinuidad.
Un saludo.

Lansky dijo...

Hola, hombre de barro:

La actitud de los G. de la Serna, Umbral y demás, conduce a gentes que están todo el santo día haciéndose propaganda de sí mismos (vendiendo "su" producto; esto es, a sí mismos); de ahí la imagen del artista como ególatra y endiosado. Pero no todo el mundo puede ser escritor e ingeniero de caminos o poeta y letrado de las Cortes (o rentista, como el gran S. Ferlosio)