TABLÓN DE ANUNCIOS

TABLÓN DE ANUNCIOS

1)“Los optimistas escriben mal

Arno Schmidt

***

2) El peor asesinato es el político, porque a la premeditación y alevosía de todo terrorismo se añade que implica creer que determinada causa está por encima de la condición humana

El cuñado de Lansky

***

3) Quizás el elevado número de altos cargos electos y no electos en todas las administraciones tiene que ver con un programa de integración laboral de deficientes mentales y yo no me había enterado

Lansky


4) O Europa exporta libertades y derechos occidentales o importa precariedades y esclavitudes chinas; es un problema de balanza comercial ética.

Lansky


16/10/2008

Vuelve a llevarse el gris esta temporada


Y el rotulador rojo de la censura

Cuando España era en blanco y negro y tonos de gris, como las películas neorrealistas italianas (en realidad hiperrealistas o realistas: así de cutre “realmente” era la posguerra en la hoy opulenta Europa meridional, España o Italia sin ir más lejos) el único toque de color, como bien saben los grafistas, era el rojo del lápiz del censor, hoy rotulador. Que ha vuelto. Muchos “buenos” ciudadanos de entonces, amantes del orden autoritario, colaboraban espontánea y dispuestamente con esas ceñudas autoridades y llevaban siempre en la boca, para soltárselo a cualquier desprevenido eso de “usted no sabe con quien esta hablando”, o “acompáñeme a comisaría”, o la aparentemente más inocua porque se lanzaba en derredor para exigir complicidades sin más, pero igual de inicua frasecita: “a dónde vamos a parar” (dos novios besándose, horror, en plena vía pública). He visto parejas expulsadas de los cines (de la fila de los mancos, se decía), por acariciarse, por acomodadores que parecían alféreces provisionales, o guardias jurados de parques simulando ser arcángeles de espada flamígera haciendo lo propio. Y ahora esto. ¿Será cierto eso del mito de El eterno retorno? Si las barreras del servidor de vuestro ordenador en el curre no os dejan acceder a esta página o post o poste lo siento, pero, la verdad, cada día me escandalizan más los que se escandalizan con el mismo asunto de siempre.

El deseo insaciable y sin cautelas de una mujer por entregarse a la cópula con cualquiera, contado tediosamente día a día y por escrito, eso es el Diario de una ninfómana. Presumiblemente poco interesante y repetitivo, pero quién sabe. El cartel de esta película, igual de presumiblemente aburrida que el libro autobiográfico en que se basa (el que lo haya escrito una sexóloga no es una garantía precisamente, al menos para mí), ha sido vetado y definitivamente rechazado para ser expuesto en los espacios publicitarios, marquesinas y demás, de autobuses y otros espacios habilitados al efecto por la empresa municipal de autobuses de Madrid:, la EMT, así como en la red de cercanías de RENFE dependientes del ayuntamiento de Madrid –parece ser que es el único caso en España- por “inadecuado”

Comprobadlo por vosotros mismos. Como sólo se ven unas braguitas de encaje, una mano dentro de ellas, un ombligo y la parte superior de los muslos, mientras que hay carteles -hasta hace poco, este verano, incluso de preciosas niñas de quince años anunciando bikinis-, no digamos otros anuncios de lencería, mucho más explícitos o “sicalípticos”, como decían los antiguos, cabe deducir que es la palabra “ninfómana” la que causa el problema. Pero juzgad vosotros. (Me niego a lo de vosotras y vosotros: vosotros, genérico sin género)

Quizá es que han decidido que ninfómana es un insulto y no una enfermedad (¿Médicos sin fronteras: enfermeras sin bragas?), o que son ninfómanas toda las mujeres que sienten deseo sexual tan decidido y espontáneo como los varones, y que en cualquier caso serán depravadas o enfermas, que ellas mismas elijan, o que… Eso digo yo ¿O qué?

23 comentarios:

Mita dijo...

Este asunto es una ridiculez,disculpa. Qué insignificancia a la que dedicar el tiempo.
Buenos días.

Lansky dijo...

Sí, es una ridculez que vuelvan a pretender decidir otros por tí, mita, lo que puedes o no puedes, lo que debes o no debes ver. Una ridiculez, la de ellos, pero no una insignificacncia. Usa tu don de lenguas y lee a Bertolt Brecht, o releelo si lo has olvidado.

Mita dijo...

Lansky, eso es publicidad,lo que hacen con la prohibición es publicidad.

Mita dijo...

Probablemente si ponen los carteles, la gente pasa.

Lansky dijo...

Sí, mita, esto seguramente les vendrá de maravilla para promocionar su peli. Ya lo sé y no me preocupa.Lo que en cambio sí me preocupa es que "todavía" existan gentes con capacidad para decidir por mí lo que puedo o no puedo ver. Creo que es bien fácil de entender.

Mita dijo...

yo es que creo que ponen ese cartel en la calle y la gente ni lo ve, es tan insignificante.:)

Vanbrugh dijo...

Me jode la censura, cómo no. Pero porque me jode que nadie que no sea yo decida lo que puedo o no puedo ver. En el caso de la publicidad, sinceramente, no veo mucha diferencia entre que mi paisaje visual del metro lo decida un publicista o un funcionario censor madrileño. Probablemente los criterios estéticos del primero me alegren más la vista, pero ambos me son igualmente ajenos. Mientras la censura no interfiera con los libros, los periódicos o las películas a que podamos tener acceso, que ahí sí que elijo yo, en el Metro, por mí, pueden colgar retratos de Monseñor Escrivá. No me van a molestar más de lo que ya hay.

Lansky dijo...

Pues ahí lo tienes: lo ven los censores escandalizados (En los Evangelios, ¡sielo santo, yo, citándolos, se dice clarito: el escándalo está en el ojo del que se escandaliza, no en el espectáculo supuestamente escandaloso) Insisto, que sean ridículos no debe confundirnos: son ridículos, pero no son inocuos, sino peligrosos, gente d emente podrida.

Lansky dijo...

Vanbrugh:

yo prefiero ver esas braguitas que el careto del monseñor, eso fijo, pero como bien dices no se trata de eso, sino de que NO decida nadie por tí

Vanbrugh dijo...

Claro. Mi problema, no sé si me he explicado, es que -por alguna perversidad de mi carácter, probablemente- no consigo sentirme más manipulado cuando el censor decide por mí que no puedo ver las braguitas que cuando el publicista decide por mí que debo ver las braguitas.

Lansky dijo...

Sin embargo, vanbrugh, creo que hay al menos una diferencia substancial entre la manipulación que ejerce el censor y la del publicista. No te ofenderé señalándotela.

Miroslav Panciutti dijo...

¿Y dónde dices que la echan?

En cualquier caso, habéis errado el enfoque: no se trata de censura sino de discriminación positiva para evitar actitudes machistas y agresiones al lenguaje correcto en términos de política de género.

Vanbrugh dijo...

Ya sabes que a mí es muy difícil ofenderme. Creo, sin embargo, que, efectivamente, no necesito que me señales cuál es la diferencia a que te refieres, pero todo podría ser. La diferencia que yo veo es que el publicista ha comprado, en competición que debo presumir limpia, regida por las leyes del mercado –que, por cierto, yo no he elegido tampoco; pero bueno, las acepto, porque de momento nadie ha propuesto otras que me gusten más y, sobre todo porque ¿cómo podría no aceptarlas?– su derecho a manipularme. Mientras que el censor, directamente, no tiene derecho alguno a manipularme y, de hecho, al censurar el anuncio, está robando al publicista el derecho que este compró. No desprecio la importancia de esta diferencia. Como ciudadano me molestan dos cosas: que el poder se arrogue una competencia que no tiene -decidir qué debemos ver y qué no- y que el poder expropie ilegalmente un derecho de un particular -el del publicista a manipularnos a ti y a mí.- Pero me interesa dejar claro que son estas dos cuestiones las que me molestan, no el hecho de que alguien decida por mí lo que veo y lo que no, ya que esto pasa en todos los casos. No quiero engañarme, ni que me engañen, contándome la historia como si el publicista trabajara a favor de mi libertad y el censor en contra de ella. No es así. Ambos atentan contra mi libertad, que es, de hecho, la mercancía que se disputan. El publicista atenta contra ella haciendo uso de un derecho cuya legalidad reconozco, aunque no me guste; y el censor, haciendo abuso de un derecho que no tiene y del que priva al otro. Al contrario de lo que ayer decía en otro comentario, aquí sí que puede reducirse la cuestión a un asunto económico –quién dispone del derecho a decidir sobre lo que yo veo– y es un poco ingenuo embellecerla con consideraciones angélicas sobre mi/nuestro derecho a decidir, que brilla por su ausencia en todos los supuestos.

Vanbrugh dijo...

Lo siento, Miroslav, pero creo que tampoco se trata de eso que dices -que me gustaría igual de poco que la censura, por otra parte, aunque apreciaría en ello un grado más de imbecilidad-. Si fuera esa la cuestión, la misma suerte que este anuncio deberían correrla otros muchos con señoritas tan estupendas o más y con tan poca ropa o menos.

Creo que si la mano no se estuviera introduciendo bajo la braguita con vaya usted a saber qué perversos fines onanísticos, el anuncio habría pasado sin pena ni gloria. Es esa mano pecadora, y quizás la palabra "ninfómana", lo que ha disparado la enérgica actuación del censor. Malo es que que pequen e inciten al pecado, pero que encima no parezcan necesitar colaboración masculina, eso es ya intolerable.

emma dijo...

Lo terriblemente preocupante aqui es que se censure un cartel publicitario inocuo ( que no llama a la rebelion de las masas, ni insulta a monseñor alguno ni exhorta a la desobediencia civil ni nada de eso) sino que tan solo hace publicidad de un libro escrito por una "ninfomana". Y yo creo que ahi esta la cuestion, la palabra "nifomana". Por que la palabra ninfomana asusta tanto? Que es lo que ven detras para que decidan volver al color rojo del rotulador? Es que los bienpensantes son los que siguen decidiendo que palabras los niños han de leer o no?
Y no es una ridiculez Mita que te digan que hay palabras que son malas para ti. No son las braguitas ni la mano deslizandose en la entrepierna, estaria bueno, con la de cosas que se ven en las marquesinas desde hace tiempo.
Es esa palabra " ninfomana".
Mentes podridas decidiendo.
Y eso da miedo.

Lansky dijo...

vanbrugh:

Ya sé que no te ofendo, entre otras cosas porque no tengo la menor intención de hacerlo, como bien sabes:era una fórmula retórica. Por otra parte, tu Júbilo matinal tiene un post (o "poste", como escribe y dice mi amigo Euclides Podromo aquí enlazado y que deberáis visitar, aunque él, muy suyo, no las devuelve) estupendo y reciente (pata tus términos) sobre este tema de la publicidad con el que estoy bastante de acuerdo.

Pero no todo el asunto es económico, como no toda la política es economía o política económica. El publicista manipula, si es hábil, esto es, si es bueno en su oficio, exactamente igual que una chica guapa -y me la suda si se ve una metáfora machista en esto; masculina y "hetero" sí que es- o que un tipo que se pone sus mejores galas para una entrevista de trabajo: seduciendo. Que me manipulen seduciéndome, lo sepa yo no o no, que a estas alturas suelo saberlo o notarlo, en esto es secundario. Pero que un tío con un garrote (metáfora del poder) me pida que le invite a un café, o que le compre esa marca de café o que no mire ese cartel, eso sí que me jode y me tiene enfrente, y yo de angélico tengo poco.

Miroslav creo que hablaba en clave irónica, pero si no es así, tal como lo toma vanbrugh, diré que lo políticameente correcto como se llama ahora a esa mojigatería del manual del perfecto demócrata (hipócrita sería mejor) y que consiste en estirar lo sensato hasta la estupidez, eso también me tiene en contra.

Por cierto, tengo un blog nuevo y en él he colgado este post, no lo he borrado aquí para no hacer lo propio con vuestros comentarios.

Emma, la palabra "ninfomana" ya lo dije, ahí está la clave.

Y no os metáis con mita, a ella esto le parece ridículo.

Vanbrugh dijo...

Ya, pero yo me refiero a una manipulación -una imposición, en realidad- anterior, que no se refiere al contenido del anuncio, sino al hecho mismo de que el anuncio exista. Las vallas publicitarias, en el metro o en la vía pública, se me imponen, no las elijo ni puedo evitarlas. Configuran muy significativamente algo tan importante y propio como el paisaje urbano -mi paisaje vital, yo, ciudadano y urbanita- y lo hacen imponiendo su voluntad contra la mía con modales tan brutales y coactivos como los del peor de los censores. Por eso, insisto, la única -importantísima, pero única- ventaja que les reconozco sobre el censor es la de que su coacción está legítimamente adquirida, -pagada a tocateja, que viene a ser, salvo raras excepciones, lo que da legitimidad en la sociedad en que vivimos- y respeta, por tanto, las leyes explícitas por las que nos regimos; y la del censor, en cambio, las contraviene abiertamente. Reconozco que esa diferencia existe y es importante, pero digo también que su existencia alcanza solo para que no me rebele contra el publicista como lo hago contra el censor. No alcanza, en cambio, a hacer que el publicista me guste mucho más que el censor.

Lansky dijo...

Vanbrugh, nadie aquí está defendiendo que la publicidad sea inocua, mucho menos inocente: manipula, ya está dicho, pero lo hace a través de la seducción más que de la coacción, aunque hay casos.

En cuanto a que el paisaje de vallas publicitarias te toque las narices, me parece lógico; a otros les encanta (en NY, la esquina famosa de Trafalgar Square, tiene su aquel, o en Madrid, la botella de Swepps del Capitol o el Tío Pepe de la puerta del Sol o la hucha esa que se llena de monedas o el toro de 0sborne de los cojones que pasean los legionarios por medio Afganistán), sí, fastidia.Y a otros las palomas o las mujeres gordas o las acacias. Porque, vanbrugh, a las acacias, a las palomas y a las mujeres gordas, mira por donde, también se te imponen, tampoco las eliges, ni tu ni nadie, y menos mal. Porque a mí me gustan las mujeres gordas (y las flacas), las palomas (aunque guarrean todo), las acacias (sobre todo las sóforas) y muchos anuncios y vallas publicitarias. Ala, ya esta dicho.

Zafferano dijo...

Yo casi lo agradezco... Me imagino las preguntas: Seño, qué es nifómana?
Ninfómana es un hada? Le voy a pedir a los reyes una ninfómana...
Y ese pulgar que asoma de entre los encajes? Algo perjudicado está... Con razón tiene el resto de los dedos escondidos! Pobre ninfómana, tiene un complejo. Y encima la censuran... Esta chica no va a levantar cabeza, pero seguro que otras cosas sí!

Un besote y buenas noches

Anónimo dijo...

Insisto en que eres muy buena cuando eres mala, o sea, siempre. No me había fijado, pero en efecto tiene unas uñas..., Claro que yo podría hablar de la probable flacidez de lo aductores, a pesar de ser probablemente una chica joven, y de la poca curva de la cadera.

En cuanto a pedirse una ninfómana de regalo de reyes, me temo que sería un éxito entre los adolescentes más bien, que creo que caen fuera de tu férula...

Lansky

Vanbrugh dijo...

Mi tendencia natural sería responder, a tus sensatas consideraciones, que sí, que casi cien años utilizando las ciudades como soporte publicitario han hecho que los anuncios se incorporen por la fuerza de los hechos al paisaje urbano afectivamente ligado a nuestras vidas y a nuestros recuerdos, y los han vuelto, de ese modo, no solo soportables sino hasta apreciables, a algunos al menos: los que citas son buenos ejemplos (por cierto ¿no está más bien en Londres Trafalgar Square? ¿O es que hay otro en NY, donde nunca he estado?) Pero que estas excepciones nunca nos deberían servir de argumento para bendecir la proliferación de anuncios en la ciudad, del mismo modo que no defendemos la esclavitud por que haya insignes ejemplos históricos de relaciones afectuosas entre amo y esclavo, ni nos parecen bien las guerras porque hayan dado lugar a algunos actos de abnegación excelsos, ni a ti te gusta el cristianismo aunque haya producido a San Francisco de Asís, a la Catedral de Chartres y a la Pasión según San Mateo, ni queremos que nos salgan granos aunque rascárselos sea una ocupación considerablemente deleitosa.

Que la realidad es compleja, mezcla indiscerniblemente las cosas buenas con las malas, saca insospechados efectos beneficiosos de causas horrendas y hace derivar resultados inesperadamente espantosos de iniciativas de intención muy loable, sin que todo ello deba impedir que una persona sensata pueda y deba distinguir lo que le parece bueno, beneficioso o loable de lo que en su opinión es malo, horrendo y espantoso. Que no podemos elevar a sistema el caos ni la barbarie aunque nos conste que, eventual y accidentalmente, del caos y de la barbarie surgen a veces consecuencias de provecho. Y que mientras las gordas, incluso aunque no tuvieran un encanto al que no soy indiferente, tienen por sí mismas un derecho a pasear por las calles de mi ciudad que nadie podría, aunque quisiera, discutirles, el derecho de los publicitarios a inundar con sus mensajes chillones nuestro espacio visual sí es muy discutible y perfectamente suprimible por ley, si nos pusiéramos de acuerdo en hacerlo así, para lo que hay excelentes y sólidos motivos.

Digo que esa sería mi tendencia natural, pero los años me han enseñado a desconfiar de mi tendencia natural o, más exactamente, a mantenerla bajo control, aún fiándome de ella como en realidad sí que me fío. Para ser aún más preciso: mi tendencia natural, junto al deseo de afirmar lo que creo, llevándolo incluso al extremo y poniéndome a veces, lo sé, muy pesado, incluye también un factor compensador que me recuerda lo necesariamente parcial y limitado de mis opiniones, y lo conveniente y enriquecedor de llevar con paz que, junto a ellas, crezcan y se manifiesten las del prójimo, casi siempre, por suerte, suficientemente distintas y hasta opuestas a las mías como para hacer que la realidad siga siendo lo divertida y estimulantemente compleja que, como decía hace un rato, tiende a ser. Alabemos a Alá por la diversidad de sus criaturas.

Por lo cual renuncio a contestarte lo que mi tendencia natural me dicta. Renuncio a contestarte nada. Reconocerás que, para acabar no contestándote nada, emplear más de quinientas palabras no ha estado nada mal.

Buen fin de semana.

hombredebarro dijo...

¿No es ninfómana lo que queremos ser todos los tíos?

Lansky dijo...

Vanbrugh:

Yo sí te voy a contestar, con bastantes menos de 500 palabras: 1) que es Times Square y no Trafalgar S. (mea culpa), y 2) e insisto, no es lo mismo manipular con un garrote, unas tijeras o una gillotina: censura, que vacilándote, seduciéndote, tomándote por tonto o simplemente engañándote: publicidad. Para mí, no es lo mismo.

Hombre de barro:

Lo siento, ya sabes que para ser ninfómana hay que nacer ninfómana y que un grupo de hombres más bien gilipollas y acomplejados acuerden además llamarte eso.