profesión de fe

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Somos los conocidos superhéroes del barrio –concepto acuñado por Kiko Veneno para definir lo que se podría llamar héroes de proximidad-: Lansky y Superperropequeño. Ambos somos más ciudadanos que patriotas ( y tan rústicos como urbanos), o bien, nuestra patria son nuestros zapatos -o ni eso en el caso de Jara-, la infancia o el sillón de orejas de lectura, pero nos negamos a la ñoñería esa de ciudadanos del mundo. Simplemente, tenemos pasaporte

12/12/2008

Pesimismos (cinco)




LA REHABILITACIÓN DE LA TORTURA

Supongo que la tortura es un asunto complejo desde el campo de la psicopatología, pero desde el de la información y las técnicas de obtención de la verdad es sencilla: es tan inútil como indigna. Si eres un sádico, imagino que la tortura es gratificante en sí misma. Es totalmente dudoso es que tenga otra utilidad que la placentera del monstruo y sirva para lo que se pretende: obtener confesiones (fiables) e información fidedigna. Siempre he pensado que si te torturan estarás dispuesto a confesarte un alienígena invasor de Marte o lo que se tercie. No obstante, parece que había una unanimidad sobre la vileza moral que supone.

Ese repudio no fue unánime en otros tiempos ni es tan antiguo, de hecho, se consideraba por el poder como un medio de obtención de la verdad no digo que como cualquier otro o uno más, pero eso, un medio. Que me conste fue la Ilustración la primera en oponerse y Montesquieu y Voltaire sus primeros antagonistas públicos. Esa propaganda opositora siguió durante todo el siguiente siglo, el XIX, y el XX. Tras la Segunda Guerra Mundial se aprobaron numerosos tratados, convenciones y demás sobre el trato correcto a cautivos y el abandono de esas prácticas denigrantes. Parecía que el mundo avanzaba, “progresaba” en la dirección correcta. En teoría la tortura fue abolida en los llamados países avanzados y no todo, se supone fue letra muerta y papel mojado. ¿O sí? Digamos que la tortura siguió existiendo, por ejemplo, en mi país, España, pero estaba formalmente prohibida en la mayoría de los que contaban y estaba moralmente muy mal vista.

En 2003 John Gray, mencionado en los dos post augúrales de estos pesimismos, http://www.lansky-al-habla.com/2008/12/pesimismos-uno.html y http://www.lansky-al-habla.com/2008/12/pesimismos-dos.html, intentó la sátira swiftiana: “Torture: A modest proposal” en la revista New Statesman. En ese artículo proponía justificar la tortura como un arma para avanzar en esta nueva era del progreso en defensa…de los derechos humanos. Es decir, la tortura no debía ser un asunto vergonzante y vergonzoso a practicar en la oscuridad recoleta e insonorizada de las mazmorras, como en los regímenes reaccionarios del pasado, sino a al aire libre y con orgullo, como parte de la batalla librada a favor de la luminosa Ilustración. Al fin y al cabo, había que reivindicar la figura del torturador, pobre, qué tan mal tratado había estado en el pasado, darle respaldo psicoterapéutico y apoyo legal, asesoramiento profesional y formación permanente y actualizada, dignificar su profesión en suma. Concluía proponiendo satisfacer una necesidad obvia: cátedras universitarias en técnicas de interrogación avanzadas. Pero no es que la naturaleza imite al arte, sino que la realidad supera a la imaginación más febril como enseguida se comprobará. Gray comentó posteriormente que el motivo principal de publicar ese artículo era su convencimiento de que en 2003 se estaba empleando la tortura en Irak por parte de las naciones avanzadas y liberadoras de ese país, los Estados Unidos de América y sus aliados. Gray creyó ingenuamente que esa sátira sería una forma eficaz de denuncia. No sabía, pobre ingenuo, que algunos académicos le iban a sobrepasar.

Un poco antes, en Chechenia, y antes aún, en Argelia, otras naciones “avanzadas” y liberadoras habían empleado también la tortura a gran escala. Tanto Rusia como Francia fracasaron en sus propósitos y comprobaron una vez más la inutilidad de la tortura como técnica para obtener información, pero entonces, y luego con la guerra de Irak, se levantaron voces no para discutir su utilidad, sino para defender su legitimidad y abogar por ella. En Estados Unidos aparecieron en mitad de la histeria y la paranoia antiterrorista, expertos en derechos civiles, en concreto un profesor de Harvard[1], que dejó en pañales el intento satírico de Gray, porque propuso nada menos que el uso de órdenes judiciales de tortura, especificando incluso el tipo de tortura a utilizar en cada caso; todo ello muy jurídico y legal en un nuevo caso de la útil distinción entre lo legal y lo legítimo, en este mundo crecientemente legislado donde, tras los financieros con capacidad de compra sobre el planeta y sus gentes, son los leguleyos los putos amos que pretenden administrarnos a hasta el derecho al estornudar o practicar el coito anal ( no exagero: consentido o no, está prohibido y penalizado en determinados Estados de la Unión)

Dejémonos de bromas (sangrientas). Creo que la abolición de la tortura, como la de la pena de muerte, es una de las piedras angulares de las sociedades civilizadas. Cualquier supuesto de excepción, cualquier relajación de este límite intraspasable es un atentado contra nuestra dignidad y la de nuestros enemigos. Si hoy resucitáramos a un viejo fascista español se llevaría un susto alucinante al comprobar que son ciertos miembros de la policía… ¡catalana! los torturadores, pero, sin ser una simple anécdota, se les persigue y sanciona. No es lo mismo cuando es el mismo Estado el que propicia, justifica o colabora en la tortura, aunque sea mirando para otro lado o permitiendo el uso de un aeropuerto. Los policías torturadores son unos malos funcionarios que deben ser sancionados, como los soldados de las prisiones norteamericanas en Irak, pero no me avergüenzan –o sólo de pertenecer en teoría a la misma especie biológica que ellos-; mi país, la civilización occidental, los luchadores por la libertad y los guerreros contra el terrorismo que torturan esos sí que me avergüenzan y me hacen decir: ¡no en mi nombre! La propaganda todavía no ha embotado ni anestesiado mi ánimo lo suficiente.

Salvo que estemos hablando de vacunas, antibióticos, nuevos materiales o cosas así, la idea ingenua del progreso como una escalera de peldaños siempre ascendentes (“corta y llena de mierda, como la de un gallinero", decía no del progreso sino de la misma vida un cínico ingenioso) a mí me parece más bien una escalera mecánica de bajada que uno sube con esfuerzo, pero que te vuelve a bajar si te quedas quieto.


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[1] No me consta que el susodicho académico haya perdido su empleo, por lo que supongo que seguirá ejerciendo en tan respetable universidad: el profesor Alan Dershowitz. Y es útil saberlo por no caer en la ingenuidad de pensar que los torturadores y sus defensores son sólo reclutas semianalfabetos a los que no se controla de cerca.

6 comentarios:

Mita dijo...

Me ha recordado el dibujo a la mujer encadenada de Goya, no recuerdo bien si era la adúltera.

En el Cervantes Virtual hay unos artículos-estudios sobre Goya y la muejer estupendos.

Los niños tienen una gran capacidad de resistencia interior, la sustentan el convencimiento inconsciente de que todo va siempre a mejor.

Besos

Lansky dijo...

Este también es de Goya

No sé si es cierto eso que dices de los niños; ojalá, pero quizá por eso es tan terrible defraudarlos.

Miraré lo del Cervantes virtual.

Gracias y besos

Vanbrugh dijo...

Nunca, mea culpa, había oído hablar de el Dershowitz este, o, si lo había oído, lo había olvidado. Una rápida consulta internética tras leer tu post me ha puesto los pelos de punta. El fulano en cuestión, que es un abogado distinguidísimo y al que se presenta como un "defensor de los derechos individuales" -de según qué individuos, me imagino- "argumenta" que, puesto que "desgraciadamente" parece imposible acabar con la tortura, lo mejor es regularla y someterla a autorización judicial. Es el género de cinismo posibilista que más alarmantemente repugnante me resulta, el que disfraza de sensato, realista y hasta humanista sentido común lo que es una capitulación inadmisible frente a la barbarie. Frente a la peor barbarie, la más amenazante y destructiva: la nuestra propia.

Creo, como dices, que la abolición de la tortura es no una de las, sino LA principal piedra de toque de la civilización. Su abolición legal e institucional y, más aún, su consideración en el ánimo de los ciudadanos. Personalmente la uso como calibrador infalible de la calaña moral de la gente. Cualquiera que muestre la menor simpatía, tolerancia, comprensión o mero "relativismo" frente al más leve acto de tortura, así sea un par de leches que un policía dé a un detenido, merece mi desprecio más inapelable y absoluto, y dejo en ese mismo momento de tener nada que hablar con él.

Lansky dijo...

Completamente de acuerdo, vanbrugh. Por eso para mí también la tortura es "la prueba del 9" de la calaña de personas y regímenes, aunque yo también lo extiendo a la pena de muerte que precisamente me repugna por lo que tiene de institucional: para mí es una veganza, y las venganzas -comprensibles- hay que tener los santos cojones, si caes en ellas, de ejercerlas por tí mismo y no con visos de legalidad por instituciones interpuestas.

La moza esa de Abu Graib y sus colegas marines que vejaban a los prisioneros iraquíes, con ser repulsivos lo son menos que el menda este de Harvard, que parece que me lo he inventado; menos mal que estás tú para confirmar y avalar.

Vanbrugh dijo...

Ah, desde luego: la individua esa, como cualquier otro torturador, es un mal bicho de andar por casa, un monstruito con taras sexuales, producto de vaya usted a saber qué tristes causas. Que obtengan placer sexual de su actividad no los justifica, pero los explica. Hasta el dictador que usa la tortura para reprimir, acojonar y perpetuarse en el poder puede ser explicado. Pero el teórico aséptico, intelectual y bondadoso, que no obtiene de su postura ninguna gratificación personal y pretende, con ella, estar sirviendo a la "razón", a mí me resulta el más repugnante de todos.

Miroslav Panciutti dijo...

Como Vanbrugh, desconocía la existencia de este Dershowitz. Algo he mirado en internet y el tipo parece fascinante, lo suficiente como para que me haya picado la curiosidad saber algo más de él.

En cuanto a la tortura, nada que discutiros, claro está.