31-ene-2008

El vagabundo






Cuando el Imperio Británico se consolidaba en las Indias Orientales a la vez que se deshacía en las americanas se produjo un movimiento romántico de revalorización de la antigua Britania. Frente al cosmopolitismo del Grand Tour se comenzó a viajar por las regiones más alejadas –más auténticas- de Gales y Escocia, ahora más accesibles con el ferrocarril; y para ser un patriota había que viajar a pie. Gentes como el dibujante y reformista político Thomas Bewick o el naturalista Thomas Pennant, autor de la primera guía para viajar a pie por Escocia, o el legendario John “Walking” Stewart, el excursionista romántico más prodigioso de todos los tiempos, que en 1783 abandonó la India tras veinte años de servicio, atravesó a pie todo el subcontinente y el desierto de Arabia para llegar a Gran Bretaña pasando por España y Francia. En este país, en cambio, la disolución del imperio español, durante su Siglo de Oro, llenó los caminos de vagabundos y mendigos que eran perseguidos y escarnecidos. Frente al admirado “Walking” Stewart nosotros teníamos al pobre Lazarillo o al Buscón Don Pablos. España mantuvo hasta el fin de la dictadura del pasado siglo la Ley de vagos y maleantes que permitía detener a cualquiera que no pudiera acreditar residencia y trabajo fijos.

En este país de latifundios alambrados y parcelitas ocupando el suelo público los largos recorridos a pie siempre han sido un problema. Aquí el latifundio y el minifundio se alían para conspirar contra el trotamundos; las cañadas, los predios comunales y las riberas fluviales no son, como deberían, las tierras de todos, sino el terreno de nadie, donde cometer tropelías o directas usurpaciones y el derecho de paso es negado por el sacrosanto derecho a la propiedad privada. Todo caminante es visto como un vagabundo sospechoso, casi un salteador de caminos, un robagallinas, aquí el romanticismo ha estado poco ligado a la naturaleza, a la inversa que en Gran Bretaña, y ha sido un fenómeno más urbano que rural y más cosmopolita que patriótico.


El hombre, con el polvo de mil caminos incrustado en su ropa, apareció por la cuerda del camino seguido por su perrillo. Ambos se detuvieron a beber en el abrevadero de siete pilones en línea que marca la linde entre los dos municipios del piedemonte serrano. El hombre hurgó en su macuto, saco un pedazo de queso, un trozo de pan y una navaja y comenzó a comer calmosamente a la vez que le iba entregando las cortezas al chucho. Se les veía libres y sin prisas. Bajó por el camino seguido de Jara, a su encuentro, el otro perro fue el primero en advertir su llegada, alerta, pero sin ladrar, Jara corrió a su encuentro en una de sus frenéticas carreras.

-Buenos días. Bonita perra. ¿Es podenca?

-Buenas. Sí, en parte, básicamente es chucha.

-Preciosa y rápida, Troski no la puede seguir. Este es carea. ¿Es este el camino real?

-No. Este es el camino del pilón; el camino real va un poco en paralelo, pero los dos van a confluir más adelante, a la entrada del pueblo y del embalse.

-Entonces voy bien. ¿Quiere queso?

-No gracias. ¿Quiere usted una mandarina?

-Venga.

Dos hombres libres, dos perros, calmosamente charlando a la vera del camino, con la patria, la verdadera, en sus zapatos, la primavera serrana arropándoles de fragancias. Un milano remontando perezosamente una térmica, el zumbido de miles de insectos, el murmullo del agua rebosando la fuente. Habían comparado los perros y ahora comparaban las navajas, cada uno conforme con lo suyo y reconociendo lo del otro, hermanados en la senda.

-¿Hay cuartel de la guardia civil en el pueblo?

-No, en el de al lado.

-Ahora, desde que hay tanto asfalto y tanta carretera ya no se ocupan tanto de mí; son peores los guadias jurados y los forestales; el otro día me quitaron unas truchas que había maneado en el río, y eso que a ellos de nada les servían ya y yo sólo había cogido dos para el almuerzo. Pero cada vez que me piden la documentación me vuelven loco; ahora, con esos ordenadores que tienen sacan mi ficha y ya está liada, y es lo que yo digo, si ya he cumplido, ¿por qué todo tienen que empezar de nuevo cada vez?

-Perdone la pregunta, no conteste si no quiere, ¿tiene usted antecedentes?

-Yo le hago otra, ¿es usted policía, de los de paisano?

-No.

-Disculpe, pero da usted la pinta un poco.

-Ya me lo han dicho, pero no.

-Usted es amable, le gusta el camino, como a mí, se le nota. –Calló unos instantes y prosiguió con otro tono más narrativo que coloquial- Cumplí condena de quince años, salí hace dos, desde entonces estoy en el camino y no quiero quedarme en ningún sitio, pero me tira el campo, los pueblos, no aguanto las ciudades; además allí la vida está más difícil, no entiendo a los compadres que duermen en las aceras pudiendo hacerlo bajo una mata de romero.

-Sí.

El otro prosiguió.

-Cuando salí, nada parecía haber cambiado, mi mujer me esperaba en casa, el chico, eso sí, había crecido y no me conocía ni me quería, es lógico. También tenía esperando mi antiguo oficio: era encofrador, pero el que había cambiado era yo, no me podía estar quieto, después de tanto tiempo encerrado necesitaba el camino, dormir bajo las estrellas, ir de acá para allá, no atarme a un trabajo ni a un sitio ni a una gente, aunque sea la familia. Ellos están mejor sin mí. Ahora estoy tranquilo, de vez en cuando me emborracho, como todo quisqui, de vez en cuando echo un polvo, pero ya no tengo edad de urgencias, de vez en cuando me paro en un sitio que me gusta y me quedo unos días, busco un trabajo, soy buen podador y leñero, se hacer picón y carbón de encina, también he vendimiado, recogido la fresa en el sur y la pera en el norte; a veces tiro hacia la costa y miro el mar, pero las zonas de playa son como las ciudades: no hay donde estar a gusto, me gustan más los montes, las sierras, hay más sitio para estar tranquilo. Me lavo la ropa en las fuentes y en los ríos y de paso me baño yo y este. Hay gente que me echa los perros, y este lo pasa entonces peor que yo, por que el animalito no quiere correr más que yo, y hay gente amable, que me deja dormir en los establos y me regala ropa o me da comida buena, no sobras. Lo peor es enfermar y los inviernos, pero teniendo salud el camino es lo mejor para mí. No tengo que dar cuentas a nadie, pero los de uniforme siempre me las piden. Yo ya pagué.

Calló sumido en sus pensamientos. Los perros dormitaban juntos al sol, habían hecho buenas migas. Empezaba a hacer calor. Se levantaron, los perros se alzaron rápido, atentos.

-Me doy aquí la vuelta, si quiere vamos juntos y le acompaño hasta el pueblo.

-Me parece muy bien. Siempre te reciben mejor si llegas con alguien conocido.

Iban caminando pausadamente, con los dos perros delante, saliéndose del camino para rastrear conejos y girándose de vez en cuando para ver si los seguían sus amos.

-Si quiere quedarse un poco hay sitio en mi casa, y si quiere ducharse también.

-No parece importarle eso que le he dicho de que estuve en la cárcel porque maté a un hombre ni me ha preguntado qué pasó.

-No es asunto mío. El que mata a un hombre va a la cárcel y el que mata a muchos le dan una medalla…en la guerra. Y también están los que matan a unos pocos, que siempre son muchos. Matar siempre es un asunto muy grave, primero, para el muerto, luego, para el que mata, también para más gente, y nunca tiene solución una vez que sucede.

-Así es.


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Como Paola estaba de viaje, él les hizo los honores; comieron pollo de corral asado, según la preferencia expresada por el caminante, con patatas y ensalada de tomates de la huerta y bebieron un rioja sólido y bien asentado que el invitado alabó mucho. Huesos y pienso canino fueron repartidos equitativamente entre los dos chuchos. Pero el invitado, aunque se dio una ducha, se negó a ocupar una habitación y se instaló en el pajar anexo; también se empeño en lavar sus calcetines y la ropa interior en el grifo del patio. A la mañana siguiente temprano, tras el desayuno de café con leche y pan con aceite y zumo, ambos se volvieron a poner en camino. El vagabundo quería llegar a una aldea cercana rodeada de dehesas grandes, donde esperaba ofrecer sus servicios de poda y leñeo, y a su anfitrión le apetecía hacer ese camino de ida y vuelta. Cuando llegaron al poblado, casi vacío, el latifundio también está reñido con el pequeño campesino, se despidieron junto a la iglesia del lugar, no sin antes desearse buena suerte y la confianza en que el camino los volviera a reunir. Al volverse por donde habían venido oyó la voz del caminante:

-Usted sabía de lo que hablaba cuando tuvimos esa primera conversación sobre matar hombres, ¿Verdad? –La pregunta era retórica.

-Tal vez, pero cualquiera con entrañas lo puede entender –Le contestó mientras llamaba a Jara que se demoraba en despedidas con su colega canino. Un cuco llamaba monótonamente a su pareja, los escobones comenzaban a florecer, pero hacia falta una buena lluvia.

30-ene-2008

"Prefiero ser única que la mejor"


Sabido es que la originalidad que los grupos musicales antes desplegaban en sus letras ahora la suelen reservar exclusivamente a sus propios nombres: "Un pingüino en tu ascensor", "La oreja de Van Gogh" o "No me pises que llevo chanclas". Sí, antes tenían unas letras cojonudas, pero se llamaban "Los escarabajos" (con falta ortográfica y todo) o "Los cantos rodados", en inglés, eso sí. Hoy aparece en esa biblia diaria de la progresia que vende de todo, desde cuchillos de diseño a andadores para mutilados, aunque para ser justos los demás periódicos le siguen la estela. El País, claro. El de hoy en su frivoloncilla útima página, por la que empiezan muchos a leer como si fueran chinos o árabes, trae una entrevista con una bailaora sorda que se llama, ¡ole tu nombre! "La niña de los cupones".


Y qué dishhe la shiquiilla esta. Literalmente dice, ufana y tal: "Prefiero se única que la mejor" Ole y ole todos los bemoles que no puedes oir de nacimiento, taca tan y tacatán. Porque esta manifestación de furibunda independencia es, en realidad paradójica, la enseña gregaria de tanta juventud cuyo único y auténtico educador es y ha sido la tele. Se prefiere ser el único -durante un rato, hasta que te salgan imitadores- en comerse los mocos en público, a ser posible en un programa de TV, o en, literalmente, cubrirse con pinzas de la ropa prendidas de los genitales. Cubrirse de gloria, ser únicos antes que mejores, mejores profesionales, médicos, auxiliares de cocina, cuaquier cosa, porque eso exige esfuerzo y así no tiene gracia. La chiquilla -prefiero pensar que no fue la entrevistadora- encima come con cocacola; o sea, que sí, que necesita una educación adaptada para sordos, pero sobre todo para personas. Es joven y aún está a tiempo de no ser la "única", sino mejor.

La cosecha latinoamericana de los 60 y el manual del distraído


Los años sesenta son para la literatura latinoamericana lo que algunas añadas calificadas de excelentes (E) entre los enólogos profesionales y los beodos aficionados: excepcionales. La cosa se realza además porque fueron años muy oscuros, por no decir mediocres, en la literatura española y esos frescos vientos americanos fueron una delicia. Téngase en cuenta que son la década en que se publicaron las mejores y primeras novelas de Vargas Llosa, que el FMI confunda, y García Márquez, al que confunda Fidel Castro, y, para no rebuscar más, mi favorita -que no mejor-, la Rayuela de Julio Cortazar, pero fue la década siguiente, la de mi adorado Manual del distraído de Alejandro Rossi. Rayuela está publicada aquí y allá de mil y una formas, y sobre ella se ha dicho casi todo. Sorprendentemente el Manual de Rossi no sé si se publico alguna vez en España, mi ejemplar vino en barco. Como no me gusta poneros los dientes largos con delicias inencontrables, os daré una buena noticia: se publicó –no se, ya digo, si por vez primera- el pasado otoño en De bolsillo, como corresponde a una pequeña joya.


Alejandro Rossi. ¿A que os suena menos que Cortazar, que García Márquez, que Vargas llosa y Onetti, incluso que Donoso o Fuentes? ¿A que para vuestra vergüenza os suena más esa coríntellado austral de la Isabel Allende, que hace mala literatura hasta de la muerte de una hija? (como la hizo buenísima de la de su hijo, Umbral, en Mortal y Rosa). Os informo. Rossi es ya un setentón nacido en Florencia de padre bien italiano, como evidencia su apellido, pero de madre bien venezolana, para pasar a ser alumno de jesuitas argentinos -eso tiene que ser la leche- en Buenos Aires y mexicano el resto de su vida adulta. Publica en México pues, así que si vais a alguna de las excelentes librerías que rodean la Plaza del Zócalo de México DC o su barrio universitario, encontrareis sus libros: El cielo de Sotero, La fábula de las regiones o Edén, vida imaginada. Que no estén publicados aquí sólo demuestra que los Herralde de Anagrama o los Jacobos de Siruela no son, después de todo, tan listos ni tienen tanto paladar editor como presumen. Lo curioso es que aquí, en Lamadrepatriaqueteparió, le dimos hace seis años esa rancia condecoración, que debe oler a alcanfor, de la Orden de Isabel la Católica; y es que hay por ahí asesores de premios muy cultos y curiosos.


El Manual del distraído. Precioso título para empezar, es un libro delicioso, una mezcla armoniosa de ensayos, narraciones, relatos ensayísticos y ensayos narrativos, lenguaje preciso y precioso (pero no preciosista), trufado de humor, pero no estrictamente humorístico, de lucidez compasiva, de referencias a Borges (¿creíais que no le iba a mencionar?), a Lichtenberg y a Montale y a su propia infancia. Lo publicó en 1978, en México, así que si sabéis sumar, no os dejará de parecer increible que hayáis podido vivir 30 años sin haberlo leido. Ahora ya no teneis disculpa. De nada. La portada tiene un precioso bodegón de Giorgio Morandi, pero no es el que os he colgado yo en este post de rendido homenaje a uno y otro.

29-ene-2008

Referendum


Regreso con muchas ideas -los tiempos muertos en la navegación, aunque sea de cabotage, es lo que tienen-, algunas muy destructivas. Por ejemplo: la razón inicial de ser de este blog era colgar mis relatos de mi asesino a sueldo. Poco a poco los ensayitos y reflexiones han ido ocupando más espacio y relegando esa banal narrativa de género a pocos y espaciados cuentecillos. Y ahora se me ocurren tres posibilidades:


1) Darle matarile a mi amoral personaje, como digno final de quien no termina de saber convertir su espada en arado. De hecho, se compra el arado con lo que gana con su "espada".


2) Poner fin a sus actividades, cada vez más en entredicho por el propio interesado.


3) Seguir con él y ellas (personaje y actividades) como si nada.


Os animo a que voteis vuestra opción preferida. Como los políticos os recomiendo tanto el voto útil o inútil y prometo teneros en cuenta, aunque, valga la contradicción, no os haga caso.


Por cierto, el de la foto es el verdadero Meyer Lansky, en La Habana.

Regreso


Regreso de mi mediterránea singladura pensando de qué me viene este ser medio aventurero, algo nómada, y me doy cuenta de que ese enunciado tal cual es un absurdo: no se puede ser medio aventurero, mucho menos medio nómada -salvo que te refieras a los trashumantes estrictos-, como no se puede ser medio poeta o medio bueno. Excepto los niños, los niños puden ser medio buenos, medio poetas, medio aventureros (y totalmente conservadores, para los hábitos que les gustan, como que les cuentes siempre el mismo cuento).


Por tanto, no soy medio aventurero, mucho menos aventurero al completo. Porque no sólo vuelvo, sino que me aseguro el regreso, aunque no siempre lleve billete de vuelta.

18-ene-2008

consolaos




"Si cerca de la biblioteca tenéis un jardín ya no os faltará de nada."
Marco Tulio Cicerón

más sobre conservación de la naturaleza y taxidermia




La obsesión por excluir al hombre en la comprensión de los paisajes naturales puede llevar a paradojas. Como sabe cualquier sedentario televidente hay dos modelos antagónicos de la naturaleza salvaje: la región del Amazonas y las sabanas orientales africanas. La Amazonía es el paradigma de la exuberancia vegetal, refractaria a los humanos salvo como laxas bandas dispersas, tal como un mamífero más del ecosistema, pero son las sabanas tropicales del Oriente africano el paradigma de una zoología pletórica inmersa en una vegetación subsidiaria. Irónicamente, la prolongada presencia humana en esta región –verdadera cuna de la humanidad- es probablemente, como señala Jared Diamond, la razón de que hoy sobrevivan allí numerosos grandes animales. La fauna africana coevolucionó con los humanos durante millones de años, a medida que la capacidad predatoria/cinegética del hombre progresaba gradualmente a partir de la rudimentaria habilidad, probablemente meramente necrófaga, de nuestros primeros ancestros. Tal situación dio tiempo a los animales para concebir un saludable temor al hombre y con ello evitar a los cazadores humanos[1]. Es la situación inversa al de un continente “virgen” como el norteamericano, tardíamente habitado por el hombre y más tardíamente recolonizado por culturas avanzadas, donde el repentino choque de hombres bien armados y rebaños salvajes condujo a la extinción práctica de estos últimos, como el famoso bisonte de las grandes praderas. Curiosamente, aunque no inocentemente, la literatura conservacionista está plagada de estos últimos ejemplos nefastos y no de los citados africanos que se oponen a aquellos. Si el periodismo amarillo no permite que la realidad estropee una buena noticia, el conservacionismo al uso parece no querer que la realidad, o su inherente complejidad, estropeen una buena tesis. Lo anterior evidencia la vieja disputa entre cómo son las cosas y cómo nos gustaría que fuesen. Esta creencia (o deseo) ingenua en una armonía universal, negada al hombre pero atribuida a la “buena” Naturaleza, es fácil de criticar. Baste recordar al doctor Pangloss de Voltaire que se maravillaba de lo adecuadas que son orejas y nariz para sostener las gafas. Pero no siempre es fácil –y sobre todo es tedioso- distinguir entre “lo que es” –objeto de estudio de la ecología- y lo que “debiera” ser -objeto del deseo del ecologismo-. Así que del dichoso “Principio Antrópico” mejor ni hablamos.[2]



[1] Los massai, habitantes de las sabanas africanas, tienen un proverbio muy adecuado para ilustrar esto y de paso el darwinismo más depurado. Dice: “las ágiles patas de las gacelas están cinceladas por los dientes agudos de los leones”. En efecto, la presencia de estos nativos cazadores irredentos de leones, es una garantía de la existencia del gran felino. Como lo es la existencia de campesinos asturianos para el oso. Los valles más “oseros” de las cordilleras cantábricas no son los más agrestes, sino los más suavemente intervenidos por el hombre (Comunicación personal Roberto Hartasánchez, FAPAS), como los linces y los cotos de caza o las águilas imperiales y las dehesas. El principio general extraíble es que la suave y lenta interacción del hombre con su entorno, tras su inicio brusco, está acomodada a la existencia de fauna y es hasta condición para ella. Finalmente, los osos son más viables con poblaciones campesinas que sin ellas, los leones, con massais, los linces con según qué cazadores, etc. El medio ambiente, o como lo queramos llamar, puede sostenerse sin 17 mini ministerios de medio ambiente y puede soportar cazadores, y hasta amantes de la naturaleza, pero no puede mantenerse sin campesinos ni usuarios tradicionales de sus recursos.
2] O lo hacemos a pie de página. Barrow y Tipler, en 1986, publicaron el libro “The Antropic Cosmological Principle”, en el que se reflexionaba sobre las ajustadas condiciones de nuestro universo para llegar a producir el hombre. Esta línea de reflexión, aunque sugerente, -cualquier niño piensa que el mundo está hecho para él-, es bastante improductiva y nos vuelve a recordar la ingenua maravilla del personaje creado por Voltaire. Sin embargo, esta idea, tanto en su versión “blanda” (la original) como dura, ha producido toneladas de papel impreso. Y es que todos, ya digo, somos inevitablemente algo Pangloss. La última vuelta de tuerca de este “panglossonismo” es que somos los máximos parásitos o depredadores del planeta. Nominalmente esas afirmaciones son, cuanto menos, acientíficas, y como metáforas, a mi juicio, poco afortunadas o esclarecedoras, aunque muy vistosas.

17-ene-2008

aviso para navegantes, 12


Horacio decía, -en latín, por supuesto,- que vivir no era importante, navegar, sí. Es obviamente una auténtica y reputada chorrada, pero es el caso que me voy a navegar (sigo viviendo, confío) y cierro los dos quioscos hasta el martes 29, porque el barco lleva toda suerte de aparejos y hasta guindaleza y corredera manual, pero no ordenador.

aviso para navegantes (y lectores), 11


Son hermosísimas y las tenemos exactamente delante de las narices, pero no las vemos. Hablo de las letras; más exactamente de las letras de imprenta, de la tipografía. Para el lector (probablemente no tanto para el anafalbeto, que quizá las contemple con curiosidad frustrada) la tipografía es casi invisible, pese a tenerla siempre a la vista.
Platón decía que la belleza se manifiesta en aquellos objetos que son simplemente (¿simplemente?) útiles, y desde entonces es un principio del buen diseño afirmar que lo bonito es útil y viceversa. Siguiendo el razonamiento, queridos letraheridos y hasta ilesos (broma privada) ¿hay alguien que dude de la utilidad de la tipografía? Tan variada, tan simple o tan alambicada, tan "demodé" o tan moderna. Peter Behrens, arquitecto de fama, explicó que el tipo de imprenta contiene tanta plasticidad porque "es uno de los más elocuentes medios de expresión en cada época o estilo".
Pues bien, esta "belleza útil" se nos muestra ahora mismito en dos homenajes en forma de una exposición en la Biblioteca Nacional de España, en Madrid, y un libro de la exquisita biblioteca azul de Siruela del diseñador, tipógrafo, y profe de la Ponpeu Fabra y de la ETS de Arquitectura de Barcelona, Enric Satué: Arte en la tipografía y tipografía en el arte. Compendio de tipografía artística.
La exposición es gratis pero acaba el 27 de este mes; el libro, en cambio, cuesta 45 €. A mi juicio los vale.

Fósiles sociales


Una fatwa (ahora escriben fetua) reciente dictada en Egipto, donde se refugian los islamistas más bestias: Los Hermanos musulmanes, en los oasis del Alto Nilo, una fatwa, digo, prohibe que un hombre y una mujer trabajen juntos en el mismo espacio (despacho) a solas, salvo si la mujer ha amamantado al hombre.
¡Qué sabroso anacronismo! Y no lo digo sólo por la leche. En realidad, "es" la leche. Imaginad unos ordenadores acojonantes, un mobiliario de oficina de diseño italiano, una tía disfrazada de monja o de española de la Edad Media para ir al trabajo, y su compañero, a la europea, de Armani y corbata, naturalmente de seda. Y la vetusta y sabrosa mención al amamantamiento. Ella puede ser su madre o su ama de cría, o puede también que simplemente para ganarse el derecho a compartir despacho deba proporcionarle felaciones, que no es lo mismo que fedayines (consultar lexicógrafo Tanis Lem).


Visto lo cual, más que Alianza de Civilizaciones, tremendo y gordo letrero tras el que no veo muchas ideas (¿no sería mejor, "valores compartidos", o mejor aún "Respeto a los derechos humanos" o: "de ahí no paso") habría que hablar de fósiles sociales, a conservar...en los museos de etnografía. Y de ablación del clítoris ni hablar.

16-ene-2008

Parábola del turista y el emigrante





Una buena y estricta contabilidad, como la que utiliza la naciente economía ecológica, que no obvia como esotéricas externalidades ciertos consumos ni gastos, establecería sin lugar a dudas que, para un país como España, son mucho más rentables los inmigrantes que los turistas; esto es, que los turistas “dejan” mucho menos dinero que lo que consumen, y que los inmigrantes dan mucho más que lo que les ofrecemos. Por ello, resulta curiosamente absurdo, bajo la impecable lógica contable, la diferente estimación de unos y otros por parte de los españoles; sujetos al racismo los unos, recibidos con alborozo los otros como supuestos promotores de riqueza. Se podría aducir que la diferencia estriba precisamente en el racismo: oscuros y de las periferias del mundo frente a blanquitos del Primero, pero tal asunto se desmonta cuando comprobamos el diferente tratamiento de árabes millonarios frente a magrebies trabajadores,¿Se trata, entonces, de una diferencia más clasista que xenófoba? Tampoco eso es tan claro.

Antes de seguir adelante quizá algún lector necesite que se le argumente el núcleo duro de este artículo enunciado en el párrafo anterior. Es bien fácil demostrar que “el debe” de un inmigrante, lo que recibe por su aportación, no sólo laboral sino demográfica, es muy inferior a su haber, lo que entrega. El inmigrante no es un ocioso, por definición, mafias de delincuencia al margen. Llega al país de acogida en plena edad laboral y no sólo dispuesto sino ansioso por trabajar, y normalmente ocupa empleos poco apetecidos por los autóctonos, en los que ya está plenamente formado. El país que le recibe no gasta un euro en esa formación ni en su mantenimiento hasta la edad adulta. Además, y no es esto menos importante, revitaliza demografías precarias y envejecidas como los es al máximo la española, mantienen tasas de natalidad más altas que los indígenas y es su aspiración la de traer consigo y hasta ampliar sus familias. En una región como la autonomía madrileña, el crecimiento demográfico se debe en sus tres cuartas partes a esa inmigración y sólo en una cuarta a los autóctonos. Con un estado de bienestar en precario por una población de viejos receptores en aumento y una disminución de los productores aportadores, tengo que confiar que dos o tres jóvenes inmigrantes paguen a partir de ahora mi próxima pensión de jubilación.

En cambio, se puede igualmente demostrar el escaso consumo de dichos inmigrantes que, por consumir menos, lo hacen hasta de metros cuadrados de vivienda, no digamos de bienes suntuarios, y son usuarios, a nivel educativo y sanitario, de los servicios más básicos de la sociedad de acogida. Por el contrario, el turista sólo aporta el dinero que gasta en el país y que no basta para cubrir sus desaforados consumos de recursos naturales y bienes suntuarios, desde metros cuadrados de suelo en forma de urbanizaciones y hoteles hasta de agua o campos de golf, caza o visitas a museos. Entonces ¿por qué esa discriminación a favor del más rapaz? Nuevamente la explicación radica en quien se apropia de los beneficios de unos y otros y quien costea sus consumos. Los consumos de unos y otros los pagamos el conjunto del país de acogida, en cambio, los beneficios del turismo, en gran medida los privatizan unos pocos empresarios. Privatizar beneficios y socializar costes, como norma de la economía de mercado, explica que pese a los indudables mayores ventajas de un inmigrante sobre un turista, sea en cambio peor tratado el más benéfico. En efecto, con el turismo vendemos nuestro país por un plato de lentejas, bien barato, pero eso sí, el plato de lentejas se lo apropia poca gente. Los inmigrantes, en cambio, nos ofrecen un futuro, más que nosotros a ellos, pero ese futuro no se contabiliza en un Producto Interior Bruto que, en efecto, es muy bruto, sobre todo en su forma de ser contabilizado.

Quizá empieza a ser hora de que suprimamos vuelos charter y pongamos ferris gratuitos para sustituir a las pateras, exijamos menos visados a los que vienen a dar que a los que vienen a consumir, examinemos con más atención los equipajes de lujo que las maletas de la inmigración, sepamos, en fin, de una vez por todas, que algunos son muchos porque son pobres y no a la inversa; desenterremos el informe Brandt Norte Sur que, allá por los años setenta establecía que un ciudadano blanco anglosajón gasta cientos de veces más recursos y produce cientos de veces más residuos que un morenito del sur geopolítico, y que además, egoísta e inteligentemente, nuestro futuro depende que ellos también lo tengan. Y de paso dejemos de convertir este país en un horrendo parque temático para jubilados opulentos y, ellos sí, egoístas. Podemos ser tan tontos como los suizos en sus recientes elecciones en que el partido xenófobo del UDC ha obtenido el primer puesto o tan listos como los Estados Unidos del ya lejano comienzo del siglo XX, donde era difícil encontrar un solo talento artístico, técnico o industrial que no proviniese de los inmigrantes voluntarios (los europeos) o forzados (los africanos).

De África, en sucesivas oleadas provino la humanidad que colonizó el resto del planeta; las migraciones humanas, mucho más que la natalidad o la mortandad, son el fenómeno demográfico más significativo de nuestro tiempo y no es posible, la historia nos lo enseña, detenerla, así que más vale aprovecharla, porque todos somos o hemos sido espaldas mojadas y precarios navegantes en patera; o nosotros o nuestros bisabuelos o nuestros biznietos.

15-ene-2008

La patria es la infancia (Autobiografía de S. Lem)


Escribir sobre la infancia personal es una actividad arriesgada, especialmente para los que tienen mala memoria. Lo dice el propio Lem en El castillo alto.

Stanislaw Lem, el gran escritor polaco de Ciencia Ficción, tiene una maravillosa autobiografía de infancia y juventud, recientemente publicada en castellano, El castillo alto. Da cuenta de la peripecia íntima de un niño gordito, mimado y rompilón, intuitivo y curioso, a la vez que traza el paisaje moral e intelectual de ese centro de Europa a comienzos del siglo XX, en particular de la ciudad de Lvov. El gordinflas acabará siendo el escolar más brillante del sur de Polonia, el lector voraz que preludia al escritor, el espía de los libros de anatomía de su padre, el niño obsesionado con la pornografía francesa y los animales prehistóricos, el que pasa de destructor de juguetes a inventor fantasioso y sobre todo el imaginario burócrata que elabora cuidados documentos, con sus sellos y autentificaciones, incluidos pasaportes y permisos de reinos imaginarios.

Todo ello con una prosa de una eficacia exactísima: "¿Recuerdas el inventario de cosas misteriosas que los liliputienses encontraron en los bolsillos de Gulliver? Entre ellas había un peine que podía usarse de valla, un enorme reloj de bolsillo que emitía un modesto sonido a intervalos regulares, y muchos otros objetos de uso oscuro. Una vez yo también fui liliputiense." (El subrayado es admiradamente mío)

Cuando habla de su ciudad natal, Lvov, también mantiene esa actitud de extrañeza:
Ciertamente, las imágenes de las calles, de las plazas e iglesias me resultaban familiares, aunque es probable que fuera sólo al modo en que los rincones de una casa les son más familiares a los ratones que a sus moradores (…) Cuando era estudiante el Lvov, al contrario que los ratones, no apreciaba las cosas bellas que me envolvían.”.
O cuando ironiza sobre el origen de su vocación literaria con una redacción escolar sobre el planeta Venus en el que perpetró “un sencillo acto de plagio”. Se aprende por imitación: cuervos, loros, monos y niños.

Dejaré hablar al lexicógrafo de la nave Beagle, Tanis Lem (ver mi otro blog) sobre su referente terrícola:

“Supongo que muchos sabréis que Stanislaw Lem era gallego, gallego de la Galicia entonces polaca, que algunos escriben Galitzia, pero en fin, tan gallego es el galo de allá como el de acá. Por otra parte, también ya sabreis que hay países que se mueven, por el sencillo expediente de correr esas líneas absurdas que llaman fronteras. Polonia quizás es el que más ha viajado en Europa: desde antes de la Primera Guerra Mundial a después de la Segunda se desplazó varios cientos de kilómetros, primero hacia el Este, luego de retorno hacia el Oeste. Así que lo que fue Polonia cuando nació Lem es hoy Ucrania, pero nadie diría que Lem es ucraniano. Es gallego y, en todo caso, ciudadano de todas las galaxias.”
Solaris, Vacio perfecto, El congreso de futurología, etc. son maravillosos relatos que algunos miopes marginan al género de Ciencia Ficción del que, en cualquier caso forma parte de una restringidísima élite con Bradbury, Ursula Le Guin y pocos más.

14-ene-2008

Ángel González ha muerto


A ver si se hacen más necrológicas glosando a los cabrones para alegrarnos el día y que igualen el marcador del presente, porque, como siempre, se nos ha ido otro buen hombre, un poeta, así sin más, aunque todos le llaman poeta de la experiencia (¿un anti Rinbaud?). Un señor caballeroso de los de antes, siempre con corbata y diciendo esas cosas de "a mi me gustan las señoras mucho". Llamar señoras a las mujeres, aunque sean putas, es una antígua delicadeza que va extinguiéndose con estos corteses y resabiados poetas buenos.


"Para que yo me llame Ángel González,

para que mi ser pese sobre el suelo,

fue necesario un ancho espacio

y un largo tiempo:

hombres de todo el mar y toda tierra,

fértiles vientres de mujer, y cuerpos

y más cuerpos, fundiéndose incensantes

en otro cuerpo nuevo.

Solsticios y equinoccios alumbraron

con su cambiante luz, su vario cielo,

el viaje milenario de mi carne

trepando por los siglos y los huesos.

De su pasaje lento y doloroso

de su huida hasta el fin, sobreviviendo

naufragios, aferrándose

al último suspiro de los muertos,

yo no soy más que el resultado, el fruto,

lo que queda, podrido, entre los restos;

esto que veis aquí,

tan sólo esto:

un escombro tenaz, que se resiste

a su ruina, que lucha contra el viento,

que avanza por caminos que no llevan

a ningún sitio. El éxito

de todos los fracasos. La enloquecida

fuerza del desaliento..."

El pipistrelo




-“Papa, mira un rat penat”. El niño que se había acercado al todo terreno que acababa de ingresar en la plaza del pueblo, señalaba los quiebros y zigzagueos del animalito a la luz de las farolas recién encendidas. El pequeño heraldo de la inminente primavera, ajeno al interés infantil, proseguía su vuelo seguido por las miradas del pequeño visitante catalán y de él, que pensaba que la “rata alada” catalana, “ratta pinnata” del latín, aludía a una de sus cualidades ciertas, el vuelo, en tanto que la castellana, murciélago, también del latín, “mur caecus”, ratón ciego, era falsa, como la francesa de “chauve souris”, es decir, ratón calvo o pelado; en eusquera es el “saguzar”, literalmente ratón viejo y también el más poético “gauenara”, golondrina de noche. El alemán “fledermaus”, ratón volador, hace gala de la misma exacta falta de imaginación del francés o el “flitter-mose” inglés, aunque estos prefieren el más lacónico “bat”, pero su preferido era el nocturno italiano: “pipistrello”. Además, el ejemplar que estaba volando era precisamente un diminuto representante de ese género linneano, Pipistrellus..El ratón viejo, ratón-rata-sapo alado, la golondrina nocturna, el bicho ciego, el “murcio”, ladrón (¿de qué?), el que actúa de noche, el ratón de batman, el murmullo, murga, el que hurta a los que duermen, el tremebundo “vampir” húngaro, que es espectro o cadáver que vive de la sangre de los vivos. Para él era simplemente el pipistrelo, el amable heraldo de la primavera tras un invierno especialmente duro y frío.

El todo terreno con las luces apagadas paró al lado de la mujer y el niño, el conductor bajo la ventanilla y asomó un rostro demudado:

-Sube. Ahora te cuento. No te lo vas a creer lo que me ha pasado.

-Eso digo yo. Te vas a aparcar y tardas dos horas y cuando vuelves lo haces con el coche destrozado ¿Qué ha pasado?

-Te lo cuento por el camino. Mete al niño. Vamos al cuartel de la Guardia Civil y luego nos largamos de aquí.


Las plazas mayores de los pueblos son como acuarios, entretenidas pero relajantes. Y evidentemente, en esta metáfora, los peces de colores son los turistas, aunque ellos no lo sepan. Por el contrario, las calles comerciales de las ciudades son como los loros, estresantes. Y como en la mayoría de los acuarios de aficionados, hay demasiados peces distintos, excesivo abigarramiento y por tanto, poco equilibrio del ecosistema a largo plazo. Los peces de colores usan pantalón corto y camisetas llamativas y se alimentan de chucherías rústicas y de fotos. Su etología incluye comunicarse por medio de gritos y mantener una sonrisa boba y cierta tendencia a mirar hacia arriba, pisando bostas de vaca.

********************************


Los catalanes también eran heraldos, miembros de ese turismo interior más culto, semi montañeros gastrónomos, buscadores de rutas inéditas. El crotoreo de las cigüeñas del campanario señaló que no eran los únicos en aparecer en el quicio del buen tiempo. La noche era tibia y aromática. Los colombianos, que se habían bajado de la potente moto, en cambio, saltaba a la vista que no eran turistas ni parte del “atrezzo” del pueblo, por lo que destacaban como tiburones en una pecera, que es lo que precisamente eran. Nuestro hombre ya se había fijado en ellos y ellos, a su vez, no perdían de vista a los catalanes. Como escualos, nadaban en las aguas profundas de la plaza, lejos de farolas y pipistrelos, con la mirada horizontal, los gestos calmados, las voces suaves. Peligrosos.

-No pueden aparcar aquí. –Gervasio el municipal se estaba dirigiendo al padre que iniciaba el gesto de cerrar el auto. Este interrumpió la operación, hizo un gesto de asentimiento y volvió a entrar en el vehículo.

-¡Mercè! Voy a aparcar.

Al salir del coche en sombras en el callejón lateral, una sombra-escualo se destacó de la pared y le empujó por la nuca contra el techo del vehículo:

-Estate quieto, cabrón, no te muevas o te mato.

-Qué quiere –Dijo el aterrado turista con un hilo de voz.

-Cállate te digo o te mato ahora.

El otro individuo, mayor y más bajo, el que ocupaba el asiento de atrás en la moto, surgió al otro lado del todo terreno y le levanto la cabeza tomándole un mechón de pelo de la frente. En la mano sujetaba una Beretta, arma de sicario.

-Entra al carro y arranca, cuidadito. –Abrió la portezuela junto al conductor y se sentó, el otro se acomodó atrás, inclinado hacia delante, justo tras el conductor. Hicieron un giro hacia el camino de las eras, el coche circulando sin luces, y se dirigieron a la salida del pueblo. Recorrieron bamboleantes entre los baches unos cientos de metros cuando vieron acercarse de frente el potente faro de una moto que circulaba por el centro del camino de tierra sin ceder el paso. Cuando se pararon obligadamente, la moto giró en su torno y vieron que era la suya.

-¡Carajo! Hijo de p…

El otro había parado la moto y la había dejado caer con descuido de costado en el centro del camino obstruyéndoles el retroceso, debía mantenerse en la sombra de la noche sin luna porque no le veían ahora pese al faro de la moto tumbada iluminando la trasera del gran automóvil.

-¡Donde coño! -El de atrás había descendido del coche, desenfundado un arma y, escudado tras la portezuela abierta atisbaba las tinieblas. El de delante seguía manteniendo vigilado al conductor, pero dirigía miradas furtivas a la noche de tanto en cuando. Ambos estaban deslumbrados por el faro de su propia moto. Surgió una breve sombra trazando un zigzag, pipistrelo.
.
-Tú, ¡Enciende los faros!

Se ilumino el pálido camino hasta las sombras de la encina. Sonaron dos estampidos apagados y ruido de cristales rotos, volvieron las tinieblas.

-¡Joder! Va armado. ¿Le ves?

-No. Debe estar detrás de esa tapia.

-¡¿Donde andas?, chancho cabrón!

Silencio.

-¿Qué quieres? ¡Sal y hablamos!

Silencio

Volvió a iluminarse el coche, esta vez desde dentro, el conductor salía vacilante empujado por el bajo que se mantenía, sujetándolo por detrás, la mano del arma libre, escudándose con su cuerpo.

-¿Le ves?

-No.

El camino estaba otra vez iluminado, en parte por la moto, en parte por la luz del interior del coche, que había quedado abierta. El pipistrelo seguía pertinaz entrando y saliendo de la zona de luz. Se oyó una voz.

-Suelten a ese hombre y ustedes, chiquitos, manténganse junto al coche donde los vea. Los tengo cubiertos. –La voz había salido de detrás de ellos y no de la tapia que presumían. Debía estar tumbado y apuntándoles.

-Qué quieres –Dijo el bajo sin soltar al hombre.

-Sueltas a ese hombre. –Y hablándole al aterrado:-Usted vaya hacia esa tapia y póngase detrás. –Y otra vez a los sicarios- Ustedes dos dejen las armas en el suelo, se suben a su moto que les he traído para su comodidad y se largan por el camino adelante. Este camino sale otra vez a la carretera, no giren a la izquierda para volver al pueblo por que los estaré esperando, giren a la derecha hacia la carretera nacional y no vuelvan. Ese es el trato. O gasto unas balas más. Ustedes verán.

Dudaron un momento y a continuación, lentamente, el uno soltó al rehén y dejó la pistola en el suelo, el otro soltó la suya, alzándose y se dirigió lentamente hacia la moto.

-¿Qué hago? –Era la voz aún asustada del catalán tras la tapia ya

-Quédese donde está hasta que se vayan.

Con el conductor a horcajadas y los pies arrastrando por el suelo polvoriento arrancó la moto, se detuvo brevemente para permitir montar al bajo y siguió lentamente, el bajo se inclinó repentinamente y recogió del suelo el arma que había dejado instantes antes, la moto arrancó brutalmente, saltando hacia delante, caballeando sobre la rueda de atrás y se perdió en la noche.

Volvió a hablar la voz.

-Suba al coche, dé la vuelta y vuelva al pueblo, le están esperando en la plaza.

-Gracias. ¿Quién es usted?

-Un vecino.


*********************************


La moto corría despendolada por el camino. Al llegar a la carretera asfaltada dudó un instante y ante los impacientes gestos del bajito giró a la izquierda, de vuelta al pueblo. Repentinamente la moto continúo sola y cayó de lado arrastrándose unos cien metros. El conductor giró sobre si mismo y quedó dislocado como un muñeco, el de atrás salió despedido por encima de él y aterrizó de cabeza. El cable de acero tensado entre el tronco de una encina y la señal de cruce vibraba aún cuando apareció iluminado por el faro el pipistrelo. Era el único ser vivo, si exceptuamos a las polillas que perseguía, en la solitaria carretera.

La noticia fue recogida por los diarios nacionales, pero el periódico comarcal le concedió más extensión y grandes titulares: EXTRAÑOS SUCESOS EN LA VERTIENTE SUR. INTENTO DE SECUESTRO DE UN EMPRESARIO CATALÁN; DOS SICARIOS MUERTOS. Y en la entradilla: Se especula con una pelea entre bandas rivales. El juez mantiene el secreto del sumario. La guardia civil sigue unas pistas.

11-ene-2008

aviso para navegantes, 10


Los mitos machistas –por ejemplo: las mujeres conducen peor que los hombres; por eso ellas sufren un 30% menos de accidentes- son más fáciles de desmentir que los feministas, pero no por eso, estos últimos no resultan igual de falsos que los primeros. A cambio, es más ingrato desmontarlos, porque suelen ser compensatorios de los primeros. Acabo de rebatir uno. Aprovechando que una sociedad de apuestas vitales, de seguros vaya, a través de su fundación se desgrava impuestos montando exposiciones, he ido a ver la de escultura de Camille Claudel, que ya finaliza. El pensamiento reivindicativo femenino dice que esta pobre artista fue vampirizada y marginada por el más famoso compañero suyo, Auguste Rodin. Ignoro si este fue un modelo de comportamiento paritario, pero lo que me ha quedado muy claro es que Claudel, pese a imitarle, tienen una obra mucho más ínfima que la del maestro. No hay más que ir a verla, conociendo la del otro. Eso sí, los textos del catálogo insisten en lo contrario a lo que lo ojos nos muestran. Y es que la hagiografía, más que la justicia, es ciega.

La naturaleza contra el campo (o como disecar el territorio)

(Luneburger Heide)
Voy a tratar de explicar brevemente como un mito, la Naturaleza, así, con mayestáticas mayúsculas, ha terminado por sustituir una realidad que debería ser obvia, como el campo (o el territorio rural, si se prefiere un término menos coloquial); es decir, como se ha convertido en su imprevisto enemigo o al menos en su suplantador.

Comenzaré con una analogía próxima: en el más que rancio debate entre los partidarios de la herencia (los genes) y los partidarios del ambiente para explicar características esenciales de los seres humanos hoy en día ha quedado claro que los genes, que condicionan no sólo la apariencia externa sino también la personalidad y hasta las preferencias vitales, actúan canalizando ese entorno que les afecta y al que afectan. Así que no hay tal dicotomía sino un sistema holístico del que el genoma forma parte. Igualmente, la alternativa hombre o naturaleza es una dicotomía estéril y superada[1]. Este planeta, el único del que disponemos, puede ser cabalmente entendido en su funcionamiento global físico-ecológico sin osos pardos o ballenas azules, sin sequoyas o hayas, pero no sin bacterias –los organismos más exitosos que nunca hayan existido, hasta el punto de ser capaces de ingresar en el sistema la energía electromagnética, de procesarla, consumirla y cerrar los ciclos de materiales implicados- y sin el hombre, el animal más capacitado para transformar radicalmente el espacio. Incluso nuestro papel requiere una matización a la baja, por más que sufra nuestra vanidad de especie aunque sea como destructora. Como señalaba Margalef, “no hay nada nuevo bajo el Sol y el hombre no hace más que presionar según direcciones ya evidentes en las tensiones que configuraban la biosfera prehumana.” [2] Pero qué presiones. Lo que sucede es que el hombre, partícipe en los ecosistemas, es controlador de muchos de ellos; cada vez de más, dado que los ecosistemas dominados o muy influidos por él son ya casi todos. Probablemente nuestra especie se ha convertido en el factor de cambio más importante de la biosfera, y en esto podemos estar, con matices de acuerdo casi todos. El geólogo Antonio Cendrero estima en 2,1 mm. al año la erosión-deposición de España; un efecto diez veces superior al achacable a causas naturales; o dicho de otra forma, el hombre se ha convertido en el principal agente geomorfológico del planeta a través de la urbanización y las obras públicas, principalmente[3]. Ese cuarto de la población humana que se apropia de las tres cuartas parte de los recursos, incluidos los energéticos, y produce similar proporción de desechos, es indudable que acelera los ciclos materiales y simplifica las comunidades biológicas, haciendo disminuir la biodiversidad y siendo ambos efectos lógicos de la explotación como fenómeno ecológico (lo explicaré en otro post). Sin embargo, las soflamas hiperbólicas del hombre como máximo depredador o incluso parásito del planeta, todo lo que tienen de vigor denunciante les falta en cuanto a capacidad explicativa.

Por el contrario, allí en donde los seres humanos han habitado persistentemente, han modificado el ambiente de forma radical, a veces armoniosamente, como en los sistemas agrosilvopastoriles de las dehesas o en los de montaña, a veces insosteniblemente, como en los actuales costeros. Por tanto, salvo en las regiones boreales más extremas, la Antartida y algunas ecuatoriales, los paisajes “naturales” (nótense las comillas escépticas) no son otra cosa que los “éxitos” de esa relación, los resultados de la lenta y armoniosa interacción de las poblaciones humanas con su entorno, al que llamamos “la naturaleza”. La idea perniciosa es la de que la naturaleza es aquello que el hombre encuentra ya “hecho”, al margen de su voluntad y de sus deseos. Evidentemente, la naturaleza de la materia, la termodinámica o las leyes físicas entran dentro de esta consideración, pero jamás, precisamente, lo que habitualmente se llama naturaleza hoy en día. En realidad, esa visión “naif” pero hegemónica de naturaleza es un producto urbano; sólo cuando hay ciudad puede distinguirse entre ella y lo que es “anterior” o “exterior” a ella, aunque eso también está cambiando, como se verá más adelante. Lo que aquí se defiende es que en la inmensa mayoría de los territorios del planeta, prácticamente en todos los habitados por el hombre, lo que se llama “naturaleza” es así mismo cultura: cultura del territorio.

En esto del paisaje las formas son una cuestión de fondo. El paisaje es un fenosistema, es decir, una morfología que muestra sólo en parte un sistema oculto, un criptosistema –llámenlo ecosistema si gustan- de relaciones subyacentes, “fisiológicas”, que explican esa apariencia conspicua, paisajística. En esas relaciones que ligan materia, energía e información, los elementos más fundamentales son, ya digo, las bacterias, que podrían bastarse a sí mismas, puesto que las hay que ingresan la energía del espacio exterior, las fotosintéticas, y las que cierran el ciclo de materiales tornando al pool del reservorio inorgánico los materiales empleados en ese ciclo de materia que, como una rueda de molino mueve la “corriente” energética. El otro elemento más relevante, aunque todos lo sean, es la actividad humana, con su inmensa capacidad de organizar el espacio –el territorio- y de modificar los flujos de materia y energía a través del control del canal de la información.

Uno de los paradigmas de esa interacción son los paisajes de montaña europeos, que constituyen el 70% en superficie de sus espacios naturales protegidos; esos paisajes que protegemos o pretendemos proteger son resultado de determinadas condiciones litológicas, climáticas, edafológicas, biogeográficas, pero sobre todo y finalmente de la secular interacción del hombre con sus ganados. Digámoslo una vez más: los paisajes “naturales” de montaña, incluidos los de la alta montaña, son una resultante pastoril. La conclusión primera es obvia: si pretendemos mantener esos paisajes justo como los encontramos y por lo que los apreciamos, debemos preservar igualmente sus condiciones de mantenimiento, su fisiología y no sólo su anatomía, esto es, los usos ganaderos tradicionales; en caso contrario esos ámbitos evolucionaran en sentidos insospechados, pero siempre distintos de los actuales. Pondré un ejemplo de la historia europea reciente.

En la Alemania de comienzos del siglo pasado se intentó proteger el paisaje de sus poetas románticos, los coloristas brezales que cantó Goethe[4], así que se tomaron las medidas oportunas de declaración y se proscribió la extracción de turba que practicaban desde antaño los lugareños para proveerse de combustible y material de construcción. Al poco tiempo el brezal, sin la presión explotadora sobre la ácida turba, fue evolucionando hacia un abedular y bosquetes de madera blanda que tanto abundan en el resto del país donde no existen…extractores de turba. Con el tiempo hubo de corregirse el error y funcionarios aplicados sustituyeron a los antiguos campesinos expulsados. Siempre excluir al hombre del sistema natural, oponiéndolo a él, es condenarse a no entenderlo, sea en las sabanas del Serenguetti y sus fuegos controlados o en la antropología total de la foca y la ballena en los territorios árticos. En este sentido, han sido mucho más listos los gestores de los terrenos destinados a grandes cotos de caza que los de los espacios naturales protegidos, ya que, en numerosos casos, los antiguos cazadores furtivos eran promovidos a guardas.[5] No debemos olvidar que nuestro espacio natural más prestigioso, verdadero “escaparate ecológico” español, Doñana, era un antiguo cazadero: el Coto de Doñana.

[1] No debemos olvidar que “Cultura”, como opuesto a Natura o Naturaleza, significa en primera acepción “cultivo” o “crianza”, de manera que la primera cultura sería la rural o agraria en sentido genérico.
[2] Ramón Margalef. Planeta azul, planeta verde; Prensa Científica S.A.; Barcelona, 1992
[3] A. Cendrero en Naredo et al: La incidencia de la especie humana en la faz de la Tierra (1955-2005) Fundación César Manrique y Universidad de Granada, 2005
[4] Este ejemplo, como tantas otras cosas de mi formación donde abundaron los profesores pero escasearon los “maestros”, se lo debo a uno de esos pocos, el ecólogo Fernando González Bernáldez, prematuramente fallecido, que gustaba mucho de él. El espacio protegido al que se alude es el de Luneburger Heyde
[5] La vieja ventaja de haber sido “cocinero antes que fraile”. Un aspecto cinegético en este drama de la extinción de la cultura campesina es la sustitución del viejo cazador rural, el que retrata el novelista Delibes, por el moderno cazador urbano, equipado como un elemento de una tropa de élite contra la naturaleza que le es, en el fondo, tan ajena.

10-ene-2008

me gustan







Por si me he puesto muy funesto ("ciencia funesta" llamó a la economía el reaccionario Thomas Carlyle) debo decir que me gustan:






-Las montañas sin pistas asfaltadas






-Las playas sin construcciones






-Los ríos sin embalses ni represas






O sea, llevarle la contraria a la usual idea de "Progreso"

taxidermia urbana y ciudades como parques temáticos




(Para Bluff)
En muchas de nuestras ciudades más hermosas, desde Venecia a Santillana del Mar o el casco antiguo de Cáceres, personas sensibles han pretendido su protección, y en la mayoría de los casos lo único que han conseguido es crear parques temáticos (cuyo “tema” es Venecia, Santillana del Mar, etc.) transitados por miríadas de turistas y desprovistos de su anterior vida. Esto es taxidermia, no conservación. Lo cascos históricos se preservan protegiendo y fomentando las actividades urbanas que les dieron origen[1]. De igual forma el campo, mal llamado naturaleza, se conserva no disecándolo e incluso persiguiendo a sus forjadores, sino manteniendo su funcionamiento. La mera conservación es insatisfactoria (taxidermia) porque trata de conservar o reconstruir el paisaje de ayer apreciado en el momento de hoy sin poner en cuestión esas condiciones de hoy ni restablecer las de ese ayer.

No debemos olvidar que el territorio se protege “para” los hombres, pero fundamentalmente se protege “de” los hombres, su principal amenaza en forma de avalanchas de visitantes o de cambios drásticos de usos del suelo. La clave está en determinar qué o cuántos hombres, o mejor qué actividades promover. Precisamente la generación de afluencias masivas de visitantes inexpertos que se concentran en determinadas épocas del año y la simétrica expulsión de sus guardianes permanentes los campesinos (o los habitantes tradicionales de los barrios urbanos) no es la mejor forma, sino la más segura para iniciar su inexorable declive. Convertir el Serenguetti en un safari park o Daimiel en un estanque de patos no es precisamente un éxito. Para mí, el error de estas concepciones lo simbolizan esas horrendas construcciones –falso rústico, versión “Far West”- de los acondicionamientos socio recreativos de las zonas de acogida de esas áreas nominalmente naturales: cabañitas, puentecillos rústicos de troncos sin desbastar, peligrosas barbacoas. Son tan anacrónicas, tan disonantes… como la pintura rupestre de un aeroplano.

[1] Roma es la antitesis de esas ciudades monocultivos turísticos o “parques temáticos”. Valga esta larga cita para evidenciarlo: “Roma es una ciudad donde los vestigios del pasado son omnipresentes. Toda ella conforma un palimpsesto viviente en donde los múltiples estratos de sus dos mil setecientos años de historia coexisten uno junto a otro en extraña yuxtaposición. En medio del estruendo de los coches que pasan zumbando por delante de los antiguos templos republicanos y del teatro art déco en el Largo Argentina, espero el autobús cerca del lugar donde fue asesinado Julio César (`…)., y en la suave curvatura de un centro comercial del siglo XX se adivina el trazado semicircular del antiguo anfiteatro sobre cuyos fundamentos se erige. La planta baja de una moderna pizzería alberga un enorme reloj de sol que marcaba ya el paso de las horas en los tiempos del emperador Augusto (…) La ciudad ha sido devastada y reconstruida numerosas veces, pero ha sobrevivido con algo de su vieja alma intacta ( …)Y mientras uno se deja arrastrar por la alegre y ruidosa confusión del presente, el gran templo pagano y la iglesia sede de la cristiandad nos recuerdan que las cosas importantes de la vida son pocas (…)El pasado coexiste cómodamente con el presente y se adapta a sus necesidades. En el ambiente no hay nada artificioso ni museístico”. (Alexander Stille: El futuro del pasado; Península, Barcelona, 2005. El subrayado es mío).
En cualquier caso, se mire como se mire, el turismo de masas es una de las peores plagas de nuestro tiempo. No sólo mancilla, banaliza y destruye todo lo que pretende "poner en valor", no sólo uniformiza lo que antes de él era diferente, sino que ha acabado con el arte de viajar (de salir sólo sólo con billete de ida a no moverse sino es en paquetes completos con hotel incluido y la protectora burbuja de nuestro palurdismo), con el arte de "estar" en los sitios y hasta con el arte de la fotografía. Bien mirado es otro caso más de lo difícil, por no decir imposible, que es democratizar lo que antes era privilegio de unos pocos, como la educación, como el viaje. Los primeros turistas, fueron los hijos de la clase británica adinerada que junto a un maestro o tutor realizaban el GRand Tour por Europa, incluyendo siempre Italia y, para los más aventureros, ese "Oriente asequible" llena de gitanas y borricos que era España. Aún así los anglosajones mantienen la útil distinción entre "tourist" y "traveller"

09-ene-2008

caminar (Ensayo a propósito del relato "Rececho")


Algo que nos define como especie: caminar sobre dos piernas, andar. Y sin embargo qué pocos saben hacerlo bien. Los niños pequeños sólo caminan si se les agarra de la mano, si no...corren, o mejor, corretean, trazan movimientos brownianos, como partículas sin voluntad definida. Los ancianos caminan como si temieran caerse, no se fían, y esa indecisión temblorosa es un síntoma de vejez más expresivo que las arrugas. Así que los viejos caminan como si temieran caerse y los jóvenes como si quisieran caerse. Caminan los urbanitas de Nueva York o Madrid, como si se tratase de un eslalom de obstáculos, la testa embistiendo, pero girándose para hurtar el cuerpo en cada enfrentamiento, sin mirar más que en los cruces, porque no son caminantes sino peatones, se supone además que transitoriamente. Sólo unos pocos adultos rurales, algunos niños cabreros descalzos saben caminar, así que nadie camina más airoso que un pastor massai con su lanza a modo de cayado o una mujer bantú con un cántaro en equilibrio sobre su cabeza.


Nuestra primera aptitud, la que liberó nuestras manos para manipular y agarrar, es sujeta en cambio a toda suerte de modificaciones absurdas, cuyo colmo es esa retórica forma de caminar de las modelos de pasarelas, espatarradas pero con los pies hacia adentro, y los trotones del footing y los gorditos pies planos. Y es que no enseñamos a los niños a caminar, sólo a sujetarse en pie y a trasladarse de un asiento a otro, pero no les dejamos caminar en busca del horizonte. Una de las cosas que más me gusta hacer a mí, en compañía de mi perro y bajo el escenario de las nubes. Caminante, sí hay camino, aquel que te da pereza tomar. Pero no te confundas; no hablo de senderismo, ni de los beneficios del ejercicio de andar; eso sería como confundir a Sócrates con Paolo Coelho.
"En el curso de mi vida me he encontrado sólo con una o dos personas que comprendiesen el arte de Caminar, esto es, de andar a pie; que tuvieran el don, por expresarlo así, de 'sauntering' [deambular]: término de preciosa etimología, que proviene de 'persona ociosa que vagaba en la Edad Media por el campo y pedía limosna so pretexto de encaminarse a 'Sainte Terre'. a Tierra Santa". Palabras de David Henry Thoreau en 'Walking'.
Siempre me han fascinado los vagabundos, desde niño. Me gusta su deambular sin Tierra Santa a la vista, sus harapos, su hatillo, el perrillo que les acompaña, sus coladas y sus colaciones improvisadas. Me gusta el nombre: vaga-bundo, no "sin techo" (tienen uno acojonante, el cielo). Me gustaba cuando los personajes infantiles de mis lecturas asi mismo infantiles se encontraban con uno de estos oráculos andantes, peripatéticos objetores de todo consumismo superfluo. Lo opuesto, en cambio, a esos pobres "de pedir" que permanecen sentados o de rodillas en las aceras de nuestras calles. No, yo no hablo de gentes sin hogar, sino sin dirección postal, aquellos cuya patria son sus zapatos. Para los demás, la etimología tiene razón y cada caminata es una cruzada en la que la tierra conquistada se abre ante nuestros pasos y siempre es santa. Eso sí, buen calzado, nunca de estreno, una navajita, un cordel, pan y queso. Hablo de ser cabalmente bípedo.

08-ene-2008

ciencia recreativa, 4: más sobre nubes




Hablemos de Dios. O de una de sus nubosas representaciones frecuentes, los rayos crepusculares, como los de la foto de arriba. Son haces de aire iluminado por el sol y separados por zonas de sombra de las nubes, que se hacen visibles cuando las partículas transportadas por el aire los dispersan. Esos espectaculares haces suelen emerger detrás de una nube densa, normalmente un cúmulo, que oculta el sol ya bajo. O bien, brillan a través de un orificio en una nube espesa, tal vez un estratocúmulo. Es entonces inevitable pensar en un Dios no demasiado oculto que se nos muestra de esta forma. En cualquier caso, es un efecto parecido al del aire cargado del humo de incienso en una espaciosa nave de una catedral cuando los rayos solares los iluminan a través de una claraboya. Por supuesto los rayos "deberían" ser paralelos, pero la perspectiva, a medida que se acercan a nosotros, los hace divergentes.
Los griegos y romanos clásicos, bastante antes que el cristianismo, ya utilizaba estos rayos en su simbología divina. Los emperadores se representaban con una corona de rayos, la "corona radiada", que representaba su conexión con el dios sol y Helio. Al llegar el cristianismo, una religión con vocación de "mecánica popular" que lo aprovecha todo, ese símbolo pasó a transformarse en el halo circular llamado "nimbo", porque la corona radiada tenía un tufo demasiado pagano. Así, el nimbo circular se utilizó en el arte cristiano -cuyo esplendor para mi justifica parcialmente muchos otros errores de criterio- para simbolizar la espiritualidad y santidad del sujeto que lo portaba. Hasta el Renacimiento, en el que empezó a desentonar pintar discos doraos sobre las presonas por muy santas que se presumieran.
No obstante, Tintoretto en el XVI vuelve a recuperar los explosivos rayos solares y durante todo el Barroco, en lugar del disco amarillo, se representó el haz de rayos, tan común de observar en los crepúsculos nublados, en torno al personaje señalado de santidad. En cualquier caso, resulta difícil sustraerse a la idea de que esos rayos que surgen detrás de las nubes, quién sabe donde, vienen de ese lejano y dominante lugar donde se pasean los dioses. O Dios. No dejen de mirarlo, quiza vean algo más que juegos de luces: "credo quia absurdum est", que en mal latín de párroco e incluso en buen latín pagano significa: "lo creo porque es absurdo", precisamente.

02-ene-2008

aviso para navegantes, 9


Acabé el año leyendo en tercer y último tomo de Tu rostro mañana de Javier Marías. A ratos me exasperó, a menudo me gustó y hasta me encantó y casi por las mismas razones una y otra cosa: la repetición tenaz de una misma forma de estilo que busca reiterar argumentos, pensamientos o ideas, interrumpiendo sin piedad el argumento, pero volviendo siempre a él. A veces eso cansa, sobre todo, imagino, a los lectores rápidos, o sea, malos, pero si uno se pliega a ese sistema el resultado es en conjunto satisfactorio. Marías es uno de los pocos novelistas españoles actuales de verdadero interés. Si algo defrauda es porque crea unas expectativas tan grandes que no siempre puede cumplirlas; es decir, se pone el mismo el listón muy alto, como en esta tremenda trilogía última, y a veces no lo salta. Por eso, a mi me gustan más otras novelas suyas anteriores que cumplían su propósito anunciado tácitamente, aunque este fuera supuestamente menos ambicioso. Me refiero a Todas las almas, Mañana en la batalla piensa en mí y, mi favorita, Corazón tan blanco. Javier Marías es un mediocre articulista, obvio y regañón, pero en las tareas de más largo aliento, como sus novelas, roza la excelsitud.


Lo malo para Marías es que, sopretexto de documentar el blog de Tanis Lem, comencé este año leyendo sus memorias de infancia y juventud: El castillo alto, y son tan espléndidas que cualquier cosa que hayas leído antes o vayas a leer después se oscurece, en un efecto parecido al que se produce en las fotos de puestas de sol de novatos: el fotómetro "lee" al sol y deja en la más mísera de las sombras al resto de elementos que le rodean. Eso es lo que me pasa ahora con lo que leí antes de Lem, y para evitar que me siga pasando, lo que voy a leer después sólo serán de momento ensayos científicos. Prometo un comentario más largo sobre El Castillo alto (Funambulista) porque es increible.