
Cuando el Imperio Británico se consolidaba en las Indias Orientales a la vez que se deshacía en las americanas se produjo un movimiento romántico de revalorización de la antigua Britania. Frente al cosmopolitismo del Grand Tour se comenzó a viajar por las regiones más alejadas –más auténticas- de Gales y Escocia, ahora más accesibles con el ferrocarril; y para ser un patriota había que viajar a pie. Gentes como el dibujante y reformista político Thomas Bewick o el naturalista Thomas Pennant, autor de la primera guía para viajar a pie por Escocia, o el legendario John “Walking” Stewart, el excursionista romántico más prodigioso de todos los tiempos, que en 1783 abandonó la India tras veinte años de servicio, atravesó a pie todo el subcontinente y el desierto de Arabia para llegar a Gran Bretaña pasando por España y Francia. En este país, en cambio, la disolución del imperio español, durante su Siglo de Oro, llenó los caminos de vagabundos y mendigos que eran perseguidos y escarnecidos. Frente al admirado “Walking” Stewart nosotros teníamos al pobre Lazarillo o al Buscón Don Pablos. España mantuvo hasta el fin de la dictadura del pasado siglo la Ley de vagos y maleantes que permitía detener a cualquiera que no pudiera acreditar residencia y trabajo fijos.
En este país de latifundios alambrados y parcelitas ocupando el suelo público los largos recorridos a pie siempre han sido un problema. Aquí el latifundio y el minifundio se alían para conspirar contra el trotamundos; las cañadas, los predios comunales y las riberas fluviales no son, como deberían, las tierras de todos, sino el terreno de nadie, donde cometer tropelías o directas usurpaciones y el derecho de paso es negado por el sacrosanto derecho a la propiedad privada. Todo caminante es visto como un vagabundo sospechoso, casi un salteador de caminos, un robagallinas, aquí el romanticismo ha estado poco ligado a la naturaleza, a la inversa que en Gran Bretaña, y ha sido un fenómeno más urbano que rural y más cosmopolita que patriótico.
En este país de latifundios alambrados y parcelitas ocupando el suelo público los largos recorridos a pie siempre han sido un problema. Aquí el latifundio y el minifundio se alían para conspirar contra el trotamundos; las cañadas, los predios comunales y las riberas fluviales no son, como deberían, las tierras de todos, sino el terreno de nadie, donde cometer tropelías o directas usurpaciones y el derecho de paso es negado por el sacrosanto derecho a la propiedad privada. Todo caminante es visto como un vagabundo sospechoso, casi un salteador de caminos, un robagallinas, aquí el romanticismo ha estado poco ligado a la naturaleza, a la inversa que en Gran Bretaña, y ha sido un fenómeno más urbano que rural y más cosmopolita que patriótico.
El hombre, con el polvo de mil caminos incrustado en su ropa, apareció por la cuerda del camino seguido por su perrillo. Ambos se detuvieron a beber en el abrevadero de siete pilones en línea que marca la linde entre los dos municipios del piedemonte serrano. El hombre hurgó en su macuto, saco un pedazo de queso, un trozo de pan y una navaja y comenzó a comer calmosamente a la vez que le iba entregando las cortezas al chucho. Se les veía libres y sin prisas. Bajó por el camino seguido de Jara, a su encuentro, el otro perro fue el primero en advertir su llegada, alerta, pero sin ladrar, Jara corrió a su encuentro en una de sus frenéticas carreras.
-Buenos días. Bonita perra. ¿Es podenca?
-Buenas. Sí, en parte, básicamente es chucha.
-Preciosa y rápida, Troski no la puede seguir. Este es carea. ¿Es este el camino real?
-No. Este es el camino del pilón; el camino real va un poco en paralelo, pero los dos van a confluir más adelante, a la entrada del pueblo y del embalse.
-Entonces voy bien. ¿Quiere queso?
-No gracias. ¿Quiere usted una mandarina?
-Venga.
Dos hombres libres, dos perros, calmosamente charlando a la vera del camino, con la patria, la verdadera, en sus zapatos, la primavera serrana arropándoles de fragancias. Un milano remontando perezosamente una térmica, el zumbido de miles de insectos, el murmullo del agua rebosando la fuente. Habían comparado los perros y ahora comparaban las navajas, cada uno conforme con lo suyo y reconociendo lo del otro, hermanados en la senda.
-¿Hay cuartel de la guardia civil en el pueblo?
-No, en el de al lado.
-Ahora, desde que hay tanto asfalto y tanta carretera ya no se ocupan tanto de mí; son peores los guadias jurados y los forestales; el otro día me quitaron unas truchas que había maneado en el río, y eso que a ellos de nada les servían ya y yo sólo había cogido dos para el almuerzo. Pero cada vez que me piden la documentación me vuelven loco; ahora, con esos ordenadores que tienen sacan mi ficha y ya está liada, y es lo que yo digo, si ya he cumplido, ¿por qué todo tienen que empezar de nuevo cada vez?
-Perdone la pregunta, no conteste si no quiere, ¿tiene usted antecedentes?
-Yo le hago otra, ¿es usted policía, de los de paisano?
-No.
-Disculpe, pero da usted la pinta un poco.
-Ya me lo han dicho, pero no.
-Usted es amable, le gusta el camino, como a mí, se le nota. –Calló unos instantes y prosiguió con otro tono más narrativo que coloquial- Cumplí condena de quince años, salí hace dos, desde entonces estoy en el camino y no quiero quedarme en ningún sitio, pero me tira el campo, los pueblos, no aguanto las ciudades; además allí la vida está más difícil, no entiendo a los compadres que duermen en las aceras pudiendo hacerlo bajo una mata de romero.
-Sí.
El otro prosiguió.
-Cuando salí, nada parecía haber cambiado, mi mujer me esperaba en casa, el chico, eso sí, había crecido y no me conocía ni me quería, es lógico. También tenía esperando mi antiguo oficio: era encofrador, pero el que había cambiado era yo, no me podía estar quieto, después de tanto tiempo encerrado necesitaba el camino, dormir bajo las estrellas, ir de acá para allá, no atarme a un trabajo ni a un sitio ni a una gente, aunque sea la familia. Ellos están mejor sin mí. Ahora estoy tranquilo, de vez en cuando me emborracho, como todo quisqui, de vez en cuando echo un polvo, pero ya no tengo edad de urgencias, de vez en cuando me paro en un sitio que me gusta y me quedo unos días, busco un trabajo, soy buen podador y leñero, se hacer picón y carbón de encina, también he vendimiado, recogido la fresa en el sur y la pera en el norte; a veces tiro hacia la costa y miro el mar, pero las zonas de playa son como las ciudades: no hay donde estar a gusto, me gustan más los montes, las sierras, hay más sitio para estar tranquilo. Me lavo la ropa en las fuentes y en los ríos y de paso me baño yo y este. Hay gente que me echa los perros, y este lo pasa entonces peor que yo, por que el animalito no quiere correr más que yo, y hay gente amable, que me deja dormir en los establos y me regala ropa o me da comida buena, no sobras. Lo peor es enfermar y los inviernos, pero teniendo salud el camino es lo mejor para mí. No tengo que dar cuentas a nadie, pero los de uniforme siempre me las piden. Yo ya pagué.
Calló sumido en sus pensamientos. Los perros dormitaban juntos al sol, habían hecho buenas migas. Empezaba a hacer calor. Se levantaron, los perros se alzaron rápido, atentos.
-Me doy aquí la vuelta, si quiere vamos juntos y le acompaño hasta el pueblo.
-Me parece muy bien. Siempre te reciben mejor si llegas con alguien conocido.
Iban caminando pausadamente, con los dos perros delante, saliéndose del camino para rastrear conejos y girándose de vez en cuando para ver si los seguían sus amos.
-Si quiere quedarse un poco hay sitio en mi casa, y si quiere ducharse también.
-No parece importarle eso que le he dicho de que estuve en la cárcel porque maté a un hombre ni me ha preguntado qué pasó.
-No es asunto mío. El que mata a un hombre va a la cárcel y el que mata a muchos le dan una medalla…en la guerra. Y también están los que matan a unos pocos, que siempre son muchos. Matar siempre es un asunto muy grave, primero, para el muerto, luego, para el que mata, también para más gente, y nunca tiene solución una vez que sucede.
-Así es.
*******************************
Como Paola estaba de viaje, él les hizo los honores; comieron pollo de corral asado, según la preferencia expresada por el caminante, con patatas y ensalada de tomates de la huerta y bebieron un rioja sólido y bien asentado que el invitado alabó mucho. Huesos y pienso canino fueron repartidos equitativamente entre los dos chuchos. Pero el invitado, aunque se dio una ducha, se negó a ocupar una habitación y se instaló en el pajar anexo; también se empeño en lavar sus calcetines y la ropa interior en el grifo del patio. A la mañana siguiente temprano, tras el desayuno de café con leche y pan con aceite y zumo, ambos se volvieron a poner en camino. El vagabundo quería llegar a una aldea cercana rodeada de dehesas grandes, donde esperaba ofrecer sus servicios de poda y leñeo, y a su anfitrión le apetecía hacer ese camino de ida y vuelta. Cuando llegaron al poblado, casi vacío, el latifundio también está reñido con el pequeño campesino, se despidieron junto a la iglesia del lugar, no sin antes desearse buena suerte y la confianza en que el camino los volviera a reunir. Al volverse por donde habían venido oyó la voz del caminante:
-Usted sabía de lo que hablaba cuando tuvimos esa primera conversación sobre matar hombres, ¿Verdad? –La pregunta era retórica.
-Tal vez, pero cualquiera con entrañas lo puede entender –Le contestó mientras llamaba a Jara que se demoraba en despedidas con su colega canino. Un cuco llamaba monótonamente a su pareja, los escobones comenzaban a florecer, pero hacia falta una buena lluvia.
-Buenos días. Bonita perra. ¿Es podenca?
-Buenas. Sí, en parte, básicamente es chucha.
-Preciosa y rápida, Troski no la puede seguir. Este es carea. ¿Es este el camino real?
-No. Este es el camino del pilón; el camino real va un poco en paralelo, pero los dos van a confluir más adelante, a la entrada del pueblo y del embalse.
-Entonces voy bien. ¿Quiere queso?
-No gracias. ¿Quiere usted una mandarina?
-Venga.
Dos hombres libres, dos perros, calmosamente charlando a la vera del camino, con la patria, la verdadera, en sus zapatos, la primavera serrana arropándoles de fragancias. Un milano remontando perezosamente una térmica, el zumbido de miles de insectos, el murmullo del agua rebosando la fuente. Habían comparado los perros y ahora comparaban las navajas, cada uno conforme con lo suyo y reconociendo lo del otro, hermanados en la senda.
-¿Hay cuartel de la guardia civil en el pueblo?
-No, en el de al lado.
-Ahora, desde que hay tanto asfalto y tanta carretera ya no se ocupan tanto de mí; son peores los guadias jurados y los forestales; el otro día me quitaron unas truchas que había maneado en el río, y eso que a ellos de nada les servían ya y yo sólo había cogido dos para el almuerzo. Pero cada vez que me piden la documentación me vuelven loco; ahora, con esos ordenadores que tienen sacan mi ficha y ya está liada, y es lo que yo digo, si ya he cumplido, ¿por qué todo tienen que empezar de nuevo cada vez?
-Perdone la pregunta, no conteste si no quiere, ¿tiene usted antecedentes?
-Yo le hago otra, ¿es usted policía, de los de paisano?
-No.
-Disculpe, pero da usted la pinta un poco.
-Ya me lo han dicho, pero no.
-Usted es amable, le gusta el camino, como a mí, se le nota. –Calló unos instantes y prosiguió con otro tono más narrativo que coloquial- Cumplí condena de quince años, salí hace dos, desde entonces estoy en el camino y no quiero quedarme en ningún sitio, pero me tira el campo, los pueblos, no aguanto las ciudades; además allí la vida está más difícil, no entiendo a los compadres que duermen en las aceras pudiendo hacerlo bajo una mata de romero.
-Sí.
El otro prosiguió.
-Cuando salí, nada parecía haber cambiado, mi mujer me esperaba en casa, el chico, eso sí, había crecido y no me conocía ni me quería, es lógico. También tenía esperando mi antiguo oficio: era encofrador, pero el que había cambiado era yo, no me podía estar quieto, después de tanto tiempo encerrado necesitaba el camino, dormir bajo las estrellas, ir de acá para allá, no atarme a un trabajo ni a un sitio ni a una gente, aunque sea la familia. Ellos están mejor sin mí. Ahora estoy tranquilo, de vez en cuando me emborracho, como todo quisqui, de vez en cuando echo un polvo, pero ya no tengo edad de urgencias, de vez en cuando me paro en un sitio que me gusta y me quedo unos días, busco un trabajo, soy buen podador y leñero, se hacer picón y carbón de encina, también he vendimiado, recogido la fresa en el sur y la pera en el norte; a veces tiro hacia la costa y miro el mar, pero las zonas de playa son como las ciudades: no hay donde estar a gusto, me gustan más los montes, las sierras, hay más sitio para estar tranquilo. Me lavo la ropa en las fuentes y en los ríos y de paso me baño yo y este. Hay gente que me echa los perros, y este lo pasa entonces peor que yo, por que el animalito no quiere correr más que yo, y hay gente amable, que me deja dormir en los establos y me regala ropa o me da comida buena, no sobras. Lo peor es enfermar y los inviernos, pero teniendo salud el camino es lo mejor para mí. No tengo que dar cuentas a nadie, pero los de uniforme siempre me las piden. Yo ya pagué.
Calló sumido en sus pensamientos. Los perros dormitaban juntos al sol, habían hecho buenas migas. Empezaba a hacer calor. Se levantaron, los perros se alzaron rápido, atentos.
-Me doy aquí la vuelta, si quiere vamos juntos y le acompaño hasta el pueblo.
-Me parece muy bien. Siempre te reciben mejor si llegas con alguien conocido.
Iban caminando pausadamente, con los dos perros delante, saliéndose del camino para rastrear conejos y girándose de vez en cuando para ver si los seguían sus amos.
-Si quiere quedarse un poco hay sitio en mi casa, y si quiere ducharse también.
-No parece importarle eso que le he dicho de que estuve en la cárcel porque maté a un hombre ni me ha preguntado qué pasó.
-No es asunto mío. El que mata a un hombre va a la cárcel y el que mata a muchos le dan una medalla…en la guerra. Y también están los que matan a unos pocos, que siempre son muchos. Matar siempre es un asunto muy grave, primero, para el muerto, luego, para el que mata, también para más gente, y nunca tiene solución una vez que sucede.
-Así es.
*******************************
Como Paola estaba de viaje, él les hizo los honores; comieron pollo de corral asado, según la preferencia expresada por el caminante, con patatas y ensalada de tomates de la huerta y bebieron un rioja sólido y bien asentado que el invitado alabó mucho. Huesos y pienso canino fueron repartidos equitativamente entre los dos chuchos. Pero el invitado, aunque se dio una ducha, se negó a ocupar una habitación y se instaló en el pajar anexo; también se empeño en lavar sus calcetines y la ropa interior en el grifo del patio. A la mañana siguiente temprano, tras el desayuno de café con leche y pan con aceite y zumo, ambos se volvieron a poner en camino. El vagabundo quería llegar a una aldea cercana rodeada de dehesas grandes, donde esperaba ofrecer sus servicios de poda y leñeo, y a su anfitrión le apetecía hacer ese camino de ida y vuelta. Cuando llegaron al poblado, casi vacío, el latifundio también está reñido con el pequeño campesino, se despidieron junto a la iglesia del lugar, no sin antes desearse buena suerte y la confianza en que el camino los volviera a reunir. Al volverse por donde habían venido oyó la voz del caminante:
-Usted sabía de lo que hablaba cuando tuvimos esa primera conversación sobre matar hombres, ¿Verdad? –La pregunta era retórica.
-Tal vez, pero cualquiera con entrañas lo puede entender –Le contestó mientras llamaba a Jara que se demoraba en despedidas con su colega canino. Un cuco llamaba monótonamente a su pareja, los escobones comenzaban a florecer, pero hacia falta una buena lluvia.
























