29-feb-2008

El azar y la necesidad; primera entrega




Comer y beber, follar y cobijarse. Esas son, creo yo, las necesidades básicas humanas, no necesariamente colocadas por orden de importancia, porque este dependerá de cada cual. En cada una de las tres se te puede estafar de muy diversas maneras.

1.-Alimento y bebida. La primera estafa puede depender absolutamente del azar; del lugar donde hayas nacido. Si se tiene la mala suerte de ser niña oscura y del Tercer Mundo vas de ala (o de Alá); te faltará lo esencial, que es agua potable, la que le falta a 1.000 millones de personas. Te faltarán las calorías mínimas necesarias (entre 1.800 y 2.200); te faltará diversidad, proteínas suficientes; en realidad de todo. También si eres niño, si eres adulto, si vives en la parte chunga del planeta, el huecograbado de ésta otra donde el veinte por ciento de la población consumimos el ochenta por ciento de los alimentos, medidos en calorías y despilfarramos el agua potable en lavar los coches, en algunos sitios dos por familia.


Pero hay formas menores de estafa. En pleno Primer Mundo le pueden servir a un trabajador en un restaurante “familiar” una menestra de verduras grasienta, con verduras de bote que saben a bote y aceites de lubricar motores. O en un restaurante de lujo le pueden servir a un ejecutivo, visa platino mediante y a cambio de una pequeña fortuna, una tortilla de patatas deconstruida -¡cuánto daño sigue haciendo Derrida!- consistente en un tubito de ensayo con aceite de oliva emulsionado, un hojaldre con dos patatas fritas y el huevo aparte. Sólo en este último caso creo que la víctima se lo tiene merecido: por carecer de discernimiento en gastarse el dinero, aunque le sobre.


La estafa del primer párrafo y las del segundo difieren en algo más que una cuestión de grado: son cualitativamente distintas. En realidad, no hay futuro para la tortilla de patatas si no conseguimos que coman una decente todos los seres humanos que quieran comérsela, aunque hagan como yo: cocinársela ellos (Qué rica me sale! ¿cómo?, con cebolla, por supuesto y aveces le añado un escabeche casero de bonito).
Entre tanto, medio millón de subsaharianos, negros, vaya, esperan sólo en Mauritania para venir a Europa. No saben qué es la tortilla de patatas (el cruce de dos mundos, el Occidental de la papa, el oriental del huevo y el aceite de oliva); tampoco saben quién es Derrida, ni falta que les hace, porque, si establecemos prioridades sensatas, antes tendrían que conocer el segundo movimiento, el adagio, del concierto para clarinete y orquesta en la mayor, opus K 622, de Mozart. Esos subsaharianos que aguardan son animistas, en menor grado musulmanes y otros cristianos; todos por tanto creen en la otra vida y hasta en ciertas formas absurdas de reencarnación, pero como no son budistas ni hinduistas no pueden aspirar a reencarnarse en algún ser vivo verdaderamente privilegiado en su nutrición, como en vaca suiza sin ir más lejos.

28-feb-2008

Voltaire contra maupertius (2)


2

Los epigenistas necesitaban de la fuerza vital para explicar el desarrollo de un ser vivo desde el huevo. Pero, una vez que se acepta esa invisible fuerza o “elan”, también es posible imaginarla generando vida espontáneamente a partir de materia informe o desorganizada; no hay por que limitar algo tan estupendo al desarrollo de huevos. Durante muchos siglos y el de las Luces se multiplican los “experimentos” convenientemente chapuceros que “demuestran” esa generación espontánea de vida: se colocaban heces, carne podrida, hierbas o henos en remojo, incluso trapos viejos y aquello se llenaba de gusanos y hasta ratones; aparecidos de la nada. Se desconocía entonces que los gusanos de la putrefacción de la carne son larvas previas a la metamorfosis de grandes moscas carnívoras, en realidad necrófagas. Lo cierto es que no es de extrañar que los epigenistas se alinearan con los defensores de la generación espontánea, aunque fueran cosas distintas, las dos reclamaban ese impulso vital –se les llamó a ambos vitalistas, frente a los materialistas como Malpertius-, pero Lázaro Spallanzani demostró, en 1767, que hasta los organismos microscópicos (Lewenhoeck había diseñado el primer microscopio unas décadas antes) sólo crecían en cultivos de caldo si las redomas estaban abiertas, pero en el momento que estás se hacían hervir y se cerraban herméticamente no aparecían, es decir, esos organismos entraban desde el aire circundante, esa suerte de aeroplanctón que nos rodea. Maupertius repitió y confirmó estos experimentos.

Sin embargo, el que se olvidó de Voltaire fue el propio Pierre Louis Moreau de Maupertius; tenía demasiados proyectos y poco tiempo para desperdiciarlo con un bribón. Vivió 61 años, lo que no está mal para la época, de 1698 a 1759., aunque Voltaire ahí también le venció, vivió hasta la insólita edad de 84 años, sobreviviéndole casi veinte. Dirigió expediciones a Laponia y Ecuador, expediciones que costaban mucho dinero, por lo que es de suponer que no estuvo, después de todo, tan marginado, que sirvieron para medir el arco del meridiano terrestre, confirmando, pues, la teoría gravitatoria de Newton y la idea de que la esfera terrestre estaba achatada en los Polos. En ese proyecto estuvo relacionado con algunos de los grandes científicos de la época, como La Condamine o nuestro Jorge Juan y Ulloa. Francés, fue director de la Academia de Ciencias de Berlín –ya entonces había fuga de cerebros- y siguió “pariendo”, como por generación espontánea teorías y contribuciones no sólo en biología. Así, el llamado Principio de la Menor Acción, que implica una fórmula para calcular el gasto de energía para realizar un esfuerzo determinado. Aún sirve. No se le ahorraron otros disgustos, como ser acusado de plagiar a Leibnitz, que se demostró falso y al que no prestó crédito el propio matemático. Escribió, eso sí, siempre en francés, como los violentos escritos contra él de Voltaire. Algo compartían además del siglo tan interesante.

En realidad esta es una historia de celos y amor entre dos hombres por el favor de otro: Federico II de Prusia, El Grande. Maupertius y Voltaire se conocían de París y se trataban distante pero cortésmente, aunque el famoso y perspicaz naturalista Buffón –partidario precoz de las teorías evolutivas, o transformismo, como se llamaba entonces- comentó que esos dos hombres eran incapaces de permanecer juntos en la misma habitación. Por su parte, Federico, en una época con escasa circulación de libros y sin radio ni televisión, había reunido a sus propios “tertulianos” en torno a él. Ese grupo de hombres estaba formado por Algarotti, un elegante diletante en temas científicos que había escrito un libro para explicar las teorías de Newton a las damas; d´Argens, hoy completamente olvidado, era una suerte de Voltaire en pequeño, un librepensador aburrido, un erudito amable. La Mettrie era médico y más interesante, exilado a la corte berlinesa desde París por ateo y deslenguado; Chassot era un militar endeudado y retirado, Darget un secretario afable y un hombre propenso a los amoríos, Pollnitz era un decadente barón con un curioso record: había cambiado de religión seis veces. Los aspirantes a gallos de este gallinero de contertulios eran el ingenioso Voltaire y el concienzudo Maupertius que además había sido nombrado presidente de la Academia de Berlín y acababa de publicar un libro con muchas de sus aportaciones y teorías que hoy calificaríamos de “alta divulgación científica" con un bonito título Orden verosímil del Cosmos (palabra, está última recién inventada por otro berlinés, Alexander von Humboldt). El más interesante de todos era la Mettrie, un ateo profesional que había escrito libros como una Historia Natural del alma (conocido luego como Tratado del alma a partir de 1750) El hombre máquina, etc. Sobre su protector Federico II El Grande fue el más expresivamente lucido y escribió: “El honor de acercarse a un gran rey no impide la triste idea de que uno está con su dueño, por amable que sea” Estos eran los contertulios con los que Federico pasaba sus ratos de ocio y era un amante posesivo. Había conseguido atraerse a todos a su corte de Prusia menos a Voltaire, que iba y venía entre Berlín y París, porque además allí estaba Madame de Chatelet, una erudita mujer que había difundido los Principios de Newton y una gran interlocutora; probablemente también una de las personas más inteligentes de su tiempo, por encima de su propio amante, Voltaire. Federico hasta conspiró para hacer expulsar al filósofo de Francia y en gran parte lo consiguió. Por otra parte Voltaire no sólo sabía usar su pluma, que equiparaba al cetro de Federico, para criticar, era un gran halagador y comparó a este con Apolo, Alcibíades, con Marco Aurelio y con Virgilio.

La forma que encontró Voltaire, tras un desfalco financiero con un judio, para instalarse en Berlín libre de acreedores, muerta la Chatelet y perseguido en Francia, para desbancar a Maupertius de su posición central fue atacar su famosa Ley de la mínima energía; es el asunto de la famosa carta de Leibnitz. Las cartas entonces cumplían el papel de difusoras de ideas que hoy realizan los artículos de revistas como Nature o Science, los famosos "papers". La carta en cuestión enunciaba esa misma ley, como no podía ser menos, con mayor elegancia matemática, pero Maupertius reaccionó declarándola falsa; no lo era. Maupertius intentó que la Academia le secundara, Voltaire empleó a fondo sus dardos. Ganó. Maupertius moriría poco tiempo después, pero Voltaire no pudo evitar que el elogio fúnebre lo leyerá el propio Federico.
Maupertius había cometido el grave error de afearle en público su falta de formación científica, diríamos hoy, y eso, y no otra cosa, provocó el odio de Voltaire que le sometió, siempre que tenía ocasión, al ridículo y la humillación así mismo públicas, y por eso, y no otra cosa, es por lo que el extraordinario científico francés fue arrinconado, condenado al ostracismo y sus notables y precursoras ideas olvidadas durante mucho tiempo. Aún hoy, es más fácil encontrar en la bibliografía el nombre de Malpertius en las diatribas de Voltaire que en los escritos del propio agredido. Y esto es todo, amigos (Bugs Bunny), Voltaire no merece aquí ni una línea más. Simplemente añadir que empleó todo su formidable aunque menor talento, toda su agudeza y brillantez, toda su facilidad para la réplica y la sátira en hundir a un hombre enormemente inteligente y trabajador que, al revés que Voltaire, no era un representante de su siglo, sino de los venideros. Por eso, en la escala de las capacidades intelectivas humanas hay que situar en lo más bajo, primero, al individuo simplemente brillante, luego, al auténticamente inteligente, que más pronto o tarde estará entre la gente y finalmente llegará a algo muy raro: ser auténticamente modesto. Como el gran Malpertius que yace en el olvido.



Posdata: "Manos dibujándose" del artista paradójico M.C. Escher (1948), que ilustra este "post", es una metáfora visual de un concepto en principio incomprensible, la de que algo se hace a sí mismo; la idea en todo caso parece reservada al Todopoderoso, pero lo cierto es que eso es en esencia lo que hacen los organismos en su desarrollo embrionario y no lo que propugnaban preformistas y epigenistas. Pero el detalle de este fascinante proceso, elucidado en las últimas décadas, requeriría todo un libro que no soy capaz de resumir aquí. Tampoco era mi intención.

27-feb-2008

Voltaire contra Malpertius o La brillantez contra el rigor






Confieso la inspiración, al menos en el título, del para mi mejor libro de biografía de Stephan Zweig, Castellio contra Calvino. Conciencia contra violencia, y aquí casi concluye el parecido.

En pleno siglo XVIII Voltaire dominaba su época, era popular y sabía administrar sabiamente su fama y “carrera” entre la publicidad de las persecuciones que sufría y la protección de los poderosos, como Federico El Grande, de la que no se abstenía de disfrutar. Tenía talento, pero sobre todo sabía hacerse publicidad, que ha llegado hasta hoy, con la considerable contribución de la Iglesia y sus torpes represiones. En realidad, su mayor virtud era una cualidad menor, la brillantez, sobre todo en sus fulgurantes respuestas en debates improvisados: era un espadachín, no un constructor, y su Diccionario filosófico es tan ameno como prescindible. No era en realidad un filósofo, ni siquiera en su sentido etimológico, como amante del saber, sino un polemista: alguien que amaba las trifulcas, esas guerritas que, como el primer Truman con las de España y Cuba, sabía que podía ganar de antemano. Era un matón. Reunía todas las condiciones para que , cuando yo era joven, inocente y desinformado, me cayera muy bien; ahora soy más exigente. Si no fuera tan vago escribiría una biografía comparada de estos dos, reivindicando al más débil, al menos desde el punto de vista de la biología, e intentaría que me la publicara la exquisita El Acantilado. Igual lo hago, cuando me jubile.

Luis Moreau de Maupertius fue un pionero hoy injustamente olvidado, ni siquiera figura en la Wikipedia, que tuvo que sufrir no sólo las brillantes como infundadas invectivas de Voltaire sino el cumplimiento de la conocida condena que dicta que "más vale llegar a tiempo que rondar un año". El se adelantó a su tiempo en siglos y anticipó conclusiones de al menos tres gigantes de la moderna biología: Mendel, Darwin y Pasteur nada menos. En el XVIII dos teorías se enfrentaban en la explicación del desarrollo de los organismos, lo que luego se denominaría embriología. Los preformistas contra los epigenistas. A la pregunta de cómo un óvulo se convierte en un ser humano o como un a bellota en un roble, los primeros consideraban la existencia de un homúnculo perfectamente bien formado que simplemente crecería en tamaño al ser fecundado, bien en el interior del óvulo, donde obviamente había más sitio, bien en los más pequeños pero activos espermatozoides. Incluso había quién decía haber observado a ese diminuto precedente con los primitivos instrumentos microscópicos de la época. Otros argumentaban que el homúnculo era transparente y difícil de ver.

Por el contrario, los epigenistas sostenían que los organismos no estaban ya formados en el interior del huevo fertilizado, sino que se formaban mediante un proceso de desarrollo, que por tanto no era de mero crecimiento sino de transformación. Empezaban muy sencillamente y la complejidad se iba introduciendo gradualmente –eso era la epigénesis- hasta aparecer la forma definitiva final: hombre, rana, mariposa o roble. En la preformación la cuestión era tan simple como sacar el diminuto ser y hacerlo crecer, pero en la epigénesis, para llevar a cabo esa complejidad del desarrollo, que no podía residir en el huevo o la semilla, se necesitaba de una explicación exterior, que se llamó fuerza vital, obviamente procedente de Dios.

Hay cosas muy divertidas, sacándolas lógicamente de contexto, en este debate. En el caso de la preformación se daba la siguiente cuestión nada accesoria: si uno ya está preformado en miniatura dentro de su madre (también había “machistas” partidarios de que era el padre el portador de esa miniatura), también tiene que estar presente de una forma aún más pequeña dentro de su ovario cuando ella misma estaba ya preformada en el interior de su propia madre. Y así sucesivamente; remontando nuestro linaje hacia atrás en el tiempo nos íbamos haciendo cada vez más diminutos hasta que al principio hubo un individuo, Adán o Eva, y lo mismo dentro de cada especie animal o vegetal, que contenía en su interior a todos los demás individuos que vivirían en el futuro alguna vez. En nuestro caso, Albrech von Haller, acérrimo partidario de la transformación, calculó que el sexto día de la Creación Dios tuvo que haber creado al menos doscientos mil millones de humanos dentro de los ovarios de Eva, partiendo del supuesto de una población de humanos de mil millones (hoy somos seis mil quinientos millones) en periodos de generación de treinta años y partiendo igualmente de la información también contenida en la Biblia de que la edad del mundo era de entre cinco mil y seis mil años.

Como es lógico, tanta miniatura anidada en nuestra madre Eva creaba no pocos problema. El tamaño de los más pequeños de los pequeños seres, que saldrían de esta suerte de cajas rusas (babaruskas) sería muy inferior al de las partículas elementales atómicas, pero en fin. Los epigenistas también tenían sus problemas, con la dichosa fuerza o “elan” vital directamente proveniente también de Dios. Y en esto llegó Malpertius. Hoy sabemos que los organismos se fabrican a si mismos siguiendo una serie de instrucciones secuenciadas y precisas contenidas en su código genético. En los últimos treinta años se ha dilucidado mucho este fascinante proceso que no es nada simple, porque, aunque los organismos contengan esa información para fabricarse o “montarse” a sí mismos, siguiendo un conjunto de instrucciones, se ignoraba cómo se producía realmente en detalle ese proceso que necesita en apariencia ser ordenado y guiado: es el motivo de estudio de la genética del desarrollo que, curiosamente, ha sido desvelada principalmente por investigadores británicos y españoles en laboratorios británicos y españoles que intercambiaban sus propios investigadores. Historia tan honrosa como desconocida del gran público porque aquí, ya los sabemos, la bióloga más conocida a su vez es la dichosa Anita Obregón. Sigamos. Y en esto llegó Malpertius.

A estas alturas sabemos que ambas teorías confrontadas eran dos formas distintas pero coincidentes en atribuir a Dios la creación continua de organismos individuales y no sólo de especies. Malpertius estaba estudiando un curioso y marginal fenómeno humano: la polidactilia, esto es, la aparición de personas con dedos de más en manos y pies que el consideraba con acierto hereditaria. Al estudiar familias enteras con esta característica y seguir sus linajes se dio cuenta de que tanto el padre como la madre contribuían a transmitir , en la mitad de los casos, esta característica. Y aquí viene la primera genialidad de Malpertius, antes que Mendel llegó a la conclusión de que existían unas “partículas” –hoy las llamaríamos genes- hereditarias que se transmitían tanto del padre como de la madre. El pobre Malpertius intentó experimentar con ciertos organismos para demostrar su tesis, pero la elección de sus animales de laboratorio fue poco acertada: perros siberianos, longevos y poco prolíficos, no le permitió obtener resultados. Un siglo y medio después el monje Mendel, al elegir los famosos guisantes de su huerto tuvo más acierto.

Bueno, Malpertius intuía más que sabía que cada progenitor, macho y hembra, es portador de un grupo de partículas hereditarias (hoy genes) que son "barajados" y repartidos entre sus descendientes. Las características de estos dependerán de la concreta “combinación” que hereden de sus padres.

Subsistía, sin embargo, un problema. ¿Cómo los factores hereditarios por sí solos, obedeciendo simples leyes mecánicas y geométricas, podían explicar la disposición exquisitamente ordenada, en detalle y armonía, de un ser vivo, sea este un ratón o una orquídea? Los factores susodichos estaban desprovistos ellos mismos de esa fuerza organizadora, parecía evidente. Y la única y materialista forma de demostrar que esa fuerza externa no era precisa era ligar genialmente -otra vez fue Malpertius el primero-, el desarrollo, la embriología, con la evolución de las especies; esto probaría que existía una fuente de organización del mundo vivo que no dependía de ninguna fuerza vital. Un siglo antes de Darwin, Maupertius consideró que la variación en las partículas de la herencia podía explicar el origen de las especies:

“[Las especies] tal vez deban su organización más primitiva a determinadas producciones fortuitas, en las que las partículas elementales no consiguieron mantener el orden que poseían en los animales padre y madre; cada grado de error habría producido una nueva especie; y a causa de las repetidas desviaciones habríamos llegado a la infinita diversidad de animales que vemos hoy; que probablemente aumentará aún más con el tiempo, a través del paso de los siglos con estos incrementos imperceptibles”

¡Toma ya! No sólo Darwin y la evolución de las especies, sino las mutaciones antes de Hugo de Vries y demás. Aún faltaba que Malpertius se anticipase a Pasteur otros cuantos siglos en la falsación de la generación espontánea, pero de momento y para evitar terminar escribiendo ese libro anunciado de verdad lo voy a dejar aquí, aunque prometo una inmediata y segunda entrega, donde también se verá lo ignorante, vesánico y acosador que era el famoso Voltaire.
(Postdata chantajista: pero si no me comentáis esto igual no lo prosigo...)

26-feb-2008

La crisis mundial (1)



"La vida es como un cuento relatado por un idiota, lleno de ruido y furia, que no tiene ningún sentido"
(William Shakespeare)
Los seres humanos somos tan pretenciosamente antropocéntricos -como no podía ser menos- que primero pretendimos ser los reyes y destinatarios de La Creación, luego sus administradores y consejeros delegados y ahora sus destructores definitivos. El caso es ser importantes. Anda que no se reirían las bacterias si nos oyeran en vez de andar a lo suyo.

Una mínima distinción entre causas finales e inmediatas, Aristóteles mediante, nos informa que al margen de guerras y cambios climáticos como consecuencias más que causas, el principal reto global de la especie humana es lograr implantar un sistema económico viable –el adjetivo sostenible está para mí demasiado manoseado- a largo plazo.

Este nuevo sistema económico debería conseguir dos resultados que el capitalismo, o su eufemismo: la economía libre de mercado no puede conseguir: eliminar el Intercambio Desigual entre países pobres y ricos, o sus eufemismos, desarrollados y en vías de desarrollo, y evitar el expolio de los recursos naturales y los sistemas –ecosistemas- que los sustentan; ambos objetivos están lógica e indisolublemente entrelazados.

Hasta ahora mismo las grandes empresas consideraban al medio ambiente como unas normas que había que cumplir o evitar, según la oportunidad del caso; unos costes que asumir (o repercutir en el consumidor) y, finalmente, unos riesgos que gestionar, normalmente por las administraciones públicas, siguiendo la inveterada costumbre de las empresas de privatizar beneficios y “socializar” inconvenientes. Ahora empiezan a darse cuenta algunos pioneros del capital que es algo más, y de ahí que se esté produciendo una innovación ambiental en ritmo y escala crecientes. Uno de los pocos rasgos alentadores de la crisis. De todas formas eso no deja de ser la típica visión empresarial de que los problemas del medio ambiente son un negocio; unos crean los problemas y otros o los mismos venden las soluciones.

Hasta ahora el debate lo acaparan, como los gritones tertulianos de la televisión en España, dos grupos fanáticos de frente inamovible: ¡en la esquina de la derecha, el actual campeón, con toneladas de trillones de divisas!, ¡el Mercado! que todo lo arregla con esa mano invisible que lo mismo le arrea una hostia a un país, y lo hunde, nunca mejor dicho, en la miseria, que te arregla el colegio para los niños. ¡En la esquina de la derecha los defensores del planeta enfermo!, que no los necesita para nada, porque el único realmente enfermo es cierto modelo de sociedad.

Sin embargo, el debate no es un combate de boxeo y algunos saben que se trata de una gigantesca partida de ajedrez tridimensional y obviamente compleja en el que el Mercado sacrosanto es un peón, y las disfunciones del planeta alfiles y torres. Ya se verá quienes son el rey, la reina y versátil caballo (Continuará…)

25-feb-2008

Julien Green y la "Suite Anglaise"



Murió hace ya casi diez años y siempre fue un pájaro solitario, hasta el punto de que las enciclopedias, cuya finalidad es clasificar lo inclasificable, poniendo orden en el caos, le califican de escritor "franco-estadounidense" (no francocanadiense, que tendría su lógica). En realidad era más parisino que la Tour Eiffel y tiene un libro de paseos por su ciudad absolutamente magro y sin desperdicio (Paris; pre-Textos), pero claro, su padre era estadounidense y allí marchó a completar sus estudios universitarios. Era un bilingüe absoluto, pero eligió o prefirió el francés como lengua literaria y tiene varias novelas muy estimables. Ahora no se lleva, pero formó parte de un grupo que integraba la llamada Literatura de la Desesperación, como respuesta a los desastres de la Idem, más en concreto la Segunda Guerra Mundial; el combatió en la Primera cuando todavía era un crío. Eligió para sus escenarios las ciudades de provincia francesas, como Simenon, como Daudet, o las sureñas de Estados Unidos, cmo Faulkner, como Mc Cullers, pero en realidad sus personajes sobreviven en universos muy cerrados donde se pudren con inclinaciones a menudo muy perversas. Pero todo esto, que suena ya digo Faulkner, está suavizado por una gran ironía. En realidad, como muchos otros grandes, Green era un moralista. A mi los que más me gustan son sus libros miscelánea, como el mentado de París o el que voy a comentar a continuación.


Suite Inglesa aúna lo mejor de sus dos mundos lingüísticos: es un libro escrito en francés y probablemente pensado, sobre todo, para lectores franceses sobre cinco escritores ingleses del XVIII y el XIX, y cuya simple elección ya dice mucho de las inclinaciones del autor: Samuel Johnson (1709-1784), William Blake (1757-1827), Charles Lamb (1775-1834), Charlotte Brontë (1816-1855) y Nathaniel Hawthorne; un enciclopedista opinador (hoy degradados a tertulianos), un profeta, un desconocido fundamental, la hermanísima escritora y un puritano hombre de letras.


¿Qué hace con todos ellos? Elegir esos cinco escritores excéntricos ya es una señal de aviso, como he dicho. El erudito Dr Johnson, que tuvo que suplicar para que le concedieran el título académico, pues tuvo que abandonar Oxford por problemas económicos de su familia; y eso que tenía el mejor de los padres posibles en su caso: era librero, no debe su fama a haber plantado cara el solito con su famoso Diccionario a todos los enciclopedistas franceses, y quedar bien librado, sino al libro escrito por otro: La vida del Dr Johnson de Bostwell, la mejor biografía de todos los tiempos, según muchos, la obra de un "fan" fatal, digo yo, que le siguió durante años, noche y día, apuntó todo lo que el solemne pedante decía y lo convirtió en el monumento más memorable de su época, hasta el punto que esta se conoce como la época del Doctor Johnson, no la de Coleridge o Wordsworth.


Blake fue un profeta del Antíguo Testamento trasplantado a la Inglaterra del XVIII y con dotes de pintor y visionario. En fin, el más desconocido de franceses y españoles es Charles Lamb, y eso que todavía se puede encontrar una deliciosa obra suya bien traducida al castellano. ¿Quién era este "cordero" al que tan dificil resulta, incluso hoy, cruzar el Canal de La Mancha? No es el único. A ver, quién conoce a Thomas Browne, ¿No?, y a Izaac Walton, ¿tampoco? Sin embargo no hay escuela inglesa, por de baja estofa que sea, no digamos las "Public", que no los estudie. Son a la literatura inglesa como los trozos de vaca hervida sin condimentar a su gastronomía, no sé si me explico: tan auténticos como limitados y más ingleses que la ginebra. No quiero deciros qué escribía Lamb, sólo que es el capítulo del libro de Green que más me ha entusiasmado. Y queda La Brontëe y su toca y Hawthorne y su alado sombrero de puritano, mucho más conocidos.


Este libro delicioso, magníficamente editado (semibolsillo, tapa dura, excelsa tipografía (Ariel/La Isla de Próspero, 2008) no es la recopilación de minibiografías de cinco escritores ingleses y excéntricos, valga la redundancia; más bien son cinco retratos al carbón, de trazo rápido, abocetados, pero en los que la biografía se funde con el buen ensayo -Green da opinión de todo y de todos-, así que tampoco bocetos: están demasiado acabados, sino miniaturas, prodigios a escala. ¡Acérquense y vean!

Más sobre el debate Natura versus Cultura





Como ya he señalado en anteriores ocasiones, -plasta de tío- el dilema naturaleza-cultura, entendido en estos términos de oposición es perfectamente estéril. En ningún otro caso, de hecho, es más cierto el viejo aforismo de que la verdad reside en el matiz. En el caso de la propia naturaleza humana, tanto los recientes descubrimientos genéticos como los de la bio neurología apoyan la idea de una fuerte interacción entre genes y entorno o ambiente, interacción que funciona en las dos direcciones, como ya presintió Darwin, lo que es meritorio sin conocer esas entidades de la herencia ni su mecanismo.

En el caso de los efectos y causas del entorno físico, los ecosistemas, y las sociedades humanas el cambio de paradigma ha sido igualmente notable. Una pléyade de ecólogos, geógrafos, arqueólogos y antropólogos han ido relativizando, matizando o cambiando totalmente las ideas que hasta hace poco se tenían por firmes. Por ejemplo, aunque luego abundaremos más en ello, la supuesta virginalidad de la Amazonía, donde los pocos humanos, dispersos en tropas nómadas, apenas tendrían más efecto que la de un simple mamífero de su talla sobre la impresionante y dominante selva lluviosa. Igualmente sucede con las ideas roussonianas del buen salvaje que apenas modificaba su entorno o lo hacía armoniosamente, sea cual sea el significado de ese adverbio.

El mundo en el que cualquiera de nosotros –eso incluye a todos: a nuestros antepasados, como bien sabemos sus descendientes, como comprobarán los nuestros- ha nacido no puede sobrevivir sin cambios, por ley histórica. Cuanto antes comprendan eso los conservacionistas (y conservadores) de buena voluntad mejor podrán aplicarse a la meritoria tarea de conservar lo esencial, lo que merece la pena y cuya pérdida hipotecaría el futuro. El mundo rural que conocí en mi infancia ya no existe, como dejó de existir muchos milenios antes el del último cazador y recolector nómada que se asentó como agricultor. Por señalar un caso bien concreto, el “retrato robot” de la España deseable para el ecologismo al uso, sobre todo el de corte más naturalístico o zoológico, es el de una España idealizada pero identificable con la que correspondería a los años inmediatamente previos al desarrollismo de los sesenta del pasado siglo. Sin embargo, el problema es que ahora esa destrucción del pasado no sólo es excesivamente rápida e indiscriminada para ser adaptativa, sino que está dirigida por una explosiva mezcla de codicia e ignorancia a la que curiosamente algunos se empeñan en seguir llamando “progreso” y en seguir presentando como inevitable resultado de la flecha del tiempo. Y eso es mentira. Como dejo dicho Shakespeare “es desdicha de estos tiempos que los locos guíen a los ciegos”.

Por otra parte, no sólo se está perdiendo el patrimonio material o natural, sino la propia cultura que lo forjó. Ahora no hablamos de las culturas amazónicas o polinesias, sino de nuestra antaño familiar cultura campesina europea. Las culturas orales son a la vez extremadamente resistentes –la mayoría logran la hazaña de transmitir fielmente sus tradiciones y conocimientos de generación en generación a lo largo de cientos e incluso miles de años- y tremendamente frágiles, dada su extrema vulnerabilidad a los cambios bruscos de condiciones. Cuando esa cadena de transmisión cultural se rompe, basta una sola generación para que todo el bagaje cultural acumulado se pierda para siempre. Imaginen que durante una generación se deje de enseñar música, que nadie joven sepa ya tocar el piano o leer una partitura: bastaría ese brevísimo lapso de tiempo para que desapareciera toda la cultura musical o su legado se convirtiera en arqueología. Lógicamente, no estoy hablando de tirar cabras desde el campanario de una iglesia o emprenderla a tomatazos, “seculares” eventos de hace escasos lustros, sino de las sagas islandesas o la música raga hindú, de la forma de podar una encina o conducir los ganados. De ahí la urgencia[1] de codificar esa sabiduría en los términos más blindados y universales del conocimiento científico.

Como decía Fernando González Bernáldez, independientemente de sus pretensiones teóricas universales, la ecología aplicada es una ciencia “escasamente exportable”, porque más que suministrar recetas proporciona un cañamazo, en cada caso específico, sobre el que situar los problemas, siendo, por tanto, , cuando es buena, un punto de vista mas que una técnica ambivalente.

Además, el propio proceso de trascripción científica tiene valor en sí mismo, aunque sólo sea por que contribuye a paliar la confrontación y el antagonismo entre tradición e innovación, cultura campesina y ciencia. La frívola altivez de las formas más técnicas, “recetarias” y rudimentarias de esta última, que a menudo por falta de sutileza en la armonización con las condiciones específicas locales conduce al desastre, es la que hacía comentar a un informante mío, mayoral de una dehesa, a mis alabanzas sobre el terreno de que sí, en efecto “La finca es muy buena, pero está muy castigada por los ingenieros”, como si estos, con sus ocurrencias para todo, fueran como el pedrisco o la helada temprana. Pero al igual que a las culturas orales les fascina la escritura, porque ven en ella de inmediato un poderoso instrumento de la memoria, a los campesinos les interesa la ciencia, cuando está no es prepotente ni distante, sino colaboradora y sutil.

Es infinitamente preferible caminar con una duda que con un mal axioma, y no mostrarse tan apegados a los modelos teóricos imperantes, recordando el viejo chiste del pastor que preguntado sobre un improbable destino le contestó al urbanícola perdido: “no conozco exactamente el camino, pero si fuera usted, no empezaría desde aquí”. Tengamos pues el Principio de Cautela bien presente como dijo Benjamin: “La previsión es el uso más propiamente humano del intelecto”.

Esa mezcla que reclamo de tradición e innovación, donde reside el futuro de su preservación –y no, nuevamente en una conservación etnográfica igualmente taxidérmica-, la ejemplifica la metáfora de la espiral: una figura que se despliega desde dentro hacia fuera, siempre girando en torno al punto de origen y a menudo, como en el caso concreto de la concha del molusco Nautilus, manteniendo la sección áurea, es decir la proporción entre los sucesivos anillos.

Los problemas referidos al entorno son siempre complejos, holísticos, a menudo difíciles y en casos imposibles, pero eso no debería desanimarnos. Lo que para la tecnocracia supone su inviabilidad: la imposibilidad de aplicar recetas, para la verdadera ciencia todo reto contiene premio. Como señala el divulgador de la matemática John Allen Paulos (refiriéndose al teorema de Gödel examinando a Euclides), los problemas sin solución pueden ser fuentes de creación como “granos de arena en las ostras, que se convierten en perlas”.

[1] La urgencia del rescate la da la pérdida irreparable que supone la muerte de cada uno de estos ancianos, testimonios vivientes de esa cultura. Veamos como acaba el “Relato de Vida” de uno de ellos, habitante del Pirineo aragonés que hace Severino Pallaruelo en “José, un hombre del Pirineo”: “ Es viejo. Pierde fuerzas. Le preocupan el invierno, la nieve y el viento. Pero no se asusta. Hace lo que tiene que hacer en cada tiempo. Forma parte de la montaña, como los enebros, las águilas, las abejas o los quejigos, pero no es uno más: es el que con su voluntad y con sus manos lo organiza todo.”

22-feb-2008

Algo sobre mí


Estoy contento con vosotros, mis asiduos visitantes; me gustaría que os prodigáseis más con vuestros comentarios, pero me resigno a que no seáis más numerosos. Así que os voy a hacer un regalo, yo lo considero así: os voy a contar una anécdota auténtica -nada de Lansky en La Habana asesinando dentistas cubanos-, que además creo que me retrata bastante. Con el convencimiento de que la "otra parte" afectada jamás leerá esto, paso al relato de los hechos.


Hace bastantes años, mi ex mujer, una idem guapa, inteligente y segura de sí misma, encontró una braguitas en la guantera de nuestro coche y tras una mirada furibunda comenzó a explicarme todas las cosas que inmediata y en un futuro escasamente postergado me iban a suceder como consecuencia inevitable. La parte contraria, que diría Groucho, se quedó, por una vez, sin habla: no podía entender de dónde había salido tan encantadora prenda íntima; bueno. sí, de la guantera, pero ¿cómo?, ¿quién?, ¿qué? Hostias. Hasta que mi ex, bendita sea, las miró con más detenimiento, mientras yo asistía a un sorprendente cambio en su expresión, que del dolor y el enojo iba pasando primero, a la incrédula revelación y luego a la vergüenza. Y entoces dijo, "vaya, perdona: son mías".


¿Moraleja? Moraleja: toda mi vida, desde mi más tierna infancia, he tenido que apechugar con una maldición: la gente cree, sin asomo de dudas, que soy capaz de cometer tremendas acciones que yo, por mi parte, jamás cometo. Cuando paso junto a un balcón donde hay una maceta con una planta muerta o, peor, moribunda no puedo dejar de lamentarlo, así de tierno soy y debo evitar empezar a suponer cualquier tragedia que haya conducido a ese abandono. Pero cuando era un escolar tenía un mote: "el yonohesido", porque junto a cuaquier ventana rota o insólita tropelía siempre me encontraba cerca, en el grupo de autores, aunque yo no hubiera sido.


Cometí un pecado con aquellas braguitas, no el apresuradamente deducido por mi ex, sino el menos obvio pero para mí evidente: en años de convivencia no había sido yo capaz de inculcar a la mujer que amaba la idea de que yo era incapaz de hacer aquello. Y en eso siempre fuí y sigo siendo tan incapaz como culpable. Y otra confesión: hay una película, Presunto culpable o Falso culpable, de Hitchcock, en la que Henry Fonda -los ojos masculinos más bonitos del cine con permiso de los insultantemente azules de Paul Newman- es acusado de un crimen que jamás cometió, pero chico, pasaba por allí.

Un poeta lo dijo mejor


Que la vida iba en serio

uno lo empieza a comprender más tarde

-como todos los jóvenes, yo vine

a llevarme la vida por delante.


Dejar huella quería

y marcharme entre aplausos

-envejecer, morir, eran tan sólo

las dimensiones del teatro.


Pero ha pasado el tiempo

y la verdad desagradable asoma:

envejecer, morir,

es el único argumento de la obra.


(No volveré a ser joven, en Poemas póstumos, 1968, Jaime Gil de Biedma)


Es lo que tienen los poetas, iluminados por el dios, saben encontrar los atajos para decir, como quien lanza una flecha por delante de un jinete al galope, lo que a los simples "mortales" -y no en el sentido obvio que el poeta utiliza- nos lleva un largo y sinuoso camino de torpes aproximaciones y circunvoluciones. ¡Qué envidia! ( y qué amargura la del bueno de don Jaime)

21-feb-2008

¡Seguid callados, cabrones!



Ved con que habilidad soslayo el reparo wittgensteiniano de comentar empleando más palabras que lo que se pretende comentar. Lata de eruditos tontos.

Y de morirse, tampoco se habla



Sigo con la escatología. Esta claro que nuestra sociedad ha perdido la capacidad de relacionarse con la muerte: o la convierte en un espectáculo banalmente falso, como en las películas de acción o, lo que es peor, la ignora. En este sentido, como en muchos otros, nuestra actitud desmiente la ramplona idea de progreso como una escalera siempre ascendente: en esto de la muerte hemos “descendido” muchos peldaños de sabiduría. Tan culpables son Tarantino como los empleados de pompas fúnebres o los propios deudos. Sólo el muerto es inocente.

En este sentido es muy esclarecedora la anécdota que cuenta el poeta-enterrador (director de funeraria, en realidad) Thomas Lynch en su maravillosos libro de relatos-ensayos El enterrador que comenté en el post anterior y que fue origen de la igualmente espléndida serie de A dos metros bajo tierra. Menos mal que el libro se editó antes de pensar en estrenar aquí la serie televisiva y eso nos ahorro desde poco sobrias portadas a referencias oportunistas.

La anécdota refiere la inutilidad, en muchos casos, de las fórmulas que utilizamos para relacionarnos con un muerto, un muerto de cuerpo presente, y que se dan incluso entre los “profesionales” del ramo. Escribe Lynch: “Existe la teoría de “una simple cáscara” (…) Justo entre la inhalación y la exhalación del sollozo desgarrador (…), algún ignorante asustado y bien intencionado forzosamente claudica con un “tranquilos, ésa no es ella, es una simple cáscara”. Una vez vi a un diácono episcopaliano al borde de caer derribado por la veloz bofetada de la madre de una adolescente que murió de leucemia a quién le ofreció este consejo. “Yo le aviso cuando sea una simple cáscara –le respondió la mujer-. Desde ahora y hasta que yo no le diga lo contrario es mi hija”. Estaba afirmando el viejo derecho de los vivos de declarar muertos a los muertos.” Magnífico ¿no?. Aquí pegamos pocas hostias a los curas, sobre todo a los obispos, y en cambio, cuando nos ponemos, les fusilamos. No tenemos un buen término medio. Mejor una leche a tiempo.

Yo estoy con Epicuro en eso de que es inútil preocuparse obsesivamente con nuestra mortalidad, porque mientras no llegue el momento –“la hora", como se suele decir: "le llegó la hora”- da igual, y cuando suceda ya no estaremos allá. Pero “boutades” presocráticas al margen, una manera de prepararse para la muerte es no ignorarla, irla asumiendo como un adulto cabal, desde la absoluta y normal convicción de inmortalidad que tiene el niño a la envidiable serenidad ante lo inevitable de algunos ancianos sabios.
Yo jamás le he dicho a nadie “le acompaño en el sentimiento”, aunque valoro las formas rituales para salir del paso, pero ante tamaña y obvia fórmula, si no una hostia, puedes recibir una mirada de desdén; en cambio, he dado abrazos sin pronunciar palabra: yo, que no me callo ni debajo del agua.

Elogio del simple acto de cagar


Resulta curioso. Qué pocas reflexiones despierta el ineludible acto de cagar. Comprendo y admito que está más cargado de variantes el acto de ingresar el alimento que el de deshacerse de sus restos. Por eso existe el arte de la cocina, la gastronomía, los cocineros y los “gourmets”, pero defecar esta cargado de sentido cultural y, sin embargo, no existe una escatología en sentido estricto, una "defecología" o "excrementología" como disciplina organizada. En realidad, si lo pensamos detenidamente, el inodoro inaugura la civilización urbana. En el campo, en poblaciones dispersas y poco densas basta con las letrinas, y entre las itinerantes hordas de cazadores recolectores del Paleolítico cagar en campo abierto era lo suyo; puede, se me ocurre, que hasta marcasen su territorio con excrementos situados estratégicamente en sus lindes, como hacen muchos otros mamíferos. Pero el inodoro, que no es sólo la taza o el sistema “turco” acuclillado, sino la conexión a una red de alcantarillado que nos evita el trato con la inmundicia de los demás, es el verdadero umbral de la “civitas” el punto de no retorno de la “polis”. Eso lo saben muy bien los arqueólogos que miman y ponen al descubierto las cloacas romanas tanto más que los pavimentos de las calles que están sobre aquellas. Cuando se desentierra una cloaca se pone a la vista una ciudadanía.

Sólo conozco –sin pretensiones de exhaustividad – dos autores literarios que se hayan ocupado del tema. Cuando de niño y adolescente leía a mis adorados Julio Verne y Emilio Salgari, con sus nombres de pila convenientemente castellanizados –no me acostumbro a decir Jules Verne, salvo que la conversación suceda en francés-, me llamaban la atención esos náufragos o exploradores que cazaban y cocinaban en sus hogueras (la otra parte de la ecuación junto al inodoro), pero que jamás de los jamases se acuclillaran a cagar. Incluso en las novelas para adultos en que se describen escenas de sexo, no hay, en cambio, sucesos defecatorios, así que no se trata de pudor, sino de simple remilgo o repugnancia.

Desde el punto de vista de la biología evolucionista el asco es la forma de prevenir los tóxicos y venenos de los alimentos en mal estado y las substancias peligrosas, como la fealdad extrema lo es del reparo a la cópula con los individuos enfermos o con mala carga genética. No comemos lo que da asco ni nos reproducimos con los feos, si podemos elegir. Pero está explicación preventiva no me resulta satisfactoria para explicar tanto desinterés por la mierda y el acto de expulsarla. Debo ser un raro al que le sobrevive la pulsión anal infantil, que diría el Dr Freud.

Las aves, por ejemplo, defecan y orinan por el mismo orificio por el que copulan, la cloaca, nombre que os aparecerá en segunda acepción después de la urbanística ya mencionada. Con su sexualidad forzadamente anal, estos animales expulsan simultáneamente sus excrementos y orinan en un "totum revolutum" viscoso. Pocos sabrán, al margen de naturalistas y biólogos de campo, que las aves predadoras, como las águilas o los búhos, expulsan por la boca otro rango de desechos integrado por restos indigeribles de pelos y huesos, son las egagrópilas, una suerte de obuses o pelotas que los especialistas buscan al pie de los nidos para averiguar la dieta de estos animales. Pero los biólogos no han conseguido trasladar ese interés a su propia especie.

Voy: los dos autores a los que me refiero son el japonés Junichiro Tanizaki, con su maravilloso librito El elogio de la sombra, y el poeta norteamericano Thomas Lynch con su libro igualmente breve, El enterrador, en el que relata las peripecias de su oficio familiar, una funeraria del Estados Unidos profundo, y que sirvió de base a la magnífica serie de televisión A dos metros bajo tierra, que confirma que el mejor cine norteamericano se hace actualmente para este medio y no para las salas convencionales.

Tanizaki explica como es la casa tradicional japonesa y como el inodoro se situa en un sitio umbroso algo alejado de aquella al que se llega por un sendero de tronquitos de madera y donde suena agradablemente el agua. Por su parte, Lynch teoriza muy bien en su libro sobre el carácter civilizatorio del inodoro. Ambos libros son absolutamente recomendables. Bueno, también conozco una novelita de época del gran Pascal Quignard, La frontera, donde un personaje se enamora al sorprender a una moza cagando en un sendero de un recoleto jardín.

Yo, por mi parte, confieso que cagar bien es para mí, y sospecho que para todos, una satisfacción expresiva de buena salud y paz con uno mismo y con el mundo. Y confieso que no leo ni hago crucigramas en tan sagrado lugar, pero medito y pienso mucho, entre otras cosas en el simple acto de cagar.

20-feb-2008

Una novela perfecta






No ando mal de autoestima ni de vanidad profunda -jamás superficial-, así que me enorgullezco de las que supongo virtudes mías y especialmente de dos que mantengo incólumes desde la infancia: la curiosidad y mi capacidad de admiración. Me ha dado ocasión de practicar esta última la así mismo última novela de Ian McEwan, Chesil Beach, lástima que se me acabara tan pronto, pero también las sonatas de Bach no son muy largas.





Me gusta mucho McEwan, uno de mis escritores vivos y en inglés favoritos entre mis contemporáneos, junto a Doctorow, Franzen, Cormac Mc Carthy y Phillip Roth, Pero Mc Ewan es mi preferido. Pensé que sería dificil superar la medida de Amsterdam o Expiación, pero Chesil Beach es una auténtica maravilla, una joya diminuta -la novela es corta-, una obra maestra, creo: habré de dejar pasar el tiempo y releerla; o si se prefiere, una miniatura perfecta. ¡Qué listo es este tío, cómo domina su oficio y cómo se lo toma en serio!





Vereis. ¿recordais esa polémica tan aburrida sobre si en la novela debe primar el relato, la peripecia y el argumento o los personajes, el ambiente, el contexto? Uno siempre está tentado de responder que los dos, por qué no. Pero pocos saben hacerlo. Mc Carthy, por ejemplo, es un maestro de los substantivos, adjetiva poco y talla sus frases con escalpelo, como un buen forense. Pero mi admirado McEwan es capaz de trasladarte en un viaje en el tiempo, en este caso la Inglaterra de 1962, el año que según Phillip Larkin se empezaba a follar en las Islas, pero, no lo olvidemos, el año en que "todavía" estaba prohibido El amante de Lady Chatterley y el año en que todavía no había aparecido el primer LP de los Beatles.





Te traslada pues allí, sin otra máquina del tiempo que su prosa literalmente esenciosa, aromática y forjadora de mundos, evocadora es poco, y te presenta a sus personajes y a su peripecia. Creedme y admiraros, logra que compartamos un viaje de bodas entre una joven de clase alta y un joven de clase media baja, inocentes e ignorantes, como chicos golfos de institutos de hoy. Ella es violinista, él ha estudiado historia, ella come en casa quesos franceses y hasta yogurt, una exotiquez en la época, el no comía en casa esas cosas extranjeras y la misma casa no estaba muy limpia. Ha llegado nuestra improbable pareja a una localidad, Chesil Beach (ved la foto) que tiene una playa de guijarros y cantos rodados (Rolling Stones) que cuentan el tiempo en millones de años. Van a pasar su luna de miel (Honeymoon). Son vírgenes y se aman, son torpes y discuten, son entrañables y el dios-autor-demiurgo los quiere, pero no les perdona ni una. O perdona, se compadece, pero desde luego no olvida, y nos hace recordar. No cuento más, por otra parte ya lo cuenta la cubierta posterior de la edición en castellano (Anagrama) y la solapa de la inglesa.





Si quereis disfrutar de la novela perfecta no teneis mas que leerla (y que los que "sólo" leen ensayo se la pierdan, y los que sólo comen ostras que se abstengan del jabugo, y los que aman el mar que no se asomen a la montaña y...)

Once ecuaciones

Yo era un niño vago, como ahora soy un adulto perezoso, que sólo hacia los deberes de matemáticas (mis sudokus de entonces) y que escribía poesía en clase de latín, a veces en latín macarrónico, lo que es muy "guay".

El poeta estadounidense Philip Larkin comentó una vez que “un buen poema es como una cebolla; por fuera ambos son agradablemente suaves y misteriosos y se van haciendo aún más suaves y misteriosos a medida que desprendemos sus sucesivas capas.” La ambición de Larkin era crear la cebolla perfecta y la del físico Graham Farmelo, asi mismo excelente divulgador, habilidad no muy extendida entre los científicos, la de hacer comprender a los profanos la poesía de la ciencia. Para Farmelo esa poesía, que también actua y por tanto se debe descubrir por capas, reside ante todo en las grandes ecuaciones. Nada mejor, por tanto que seleccionar once de esas fórmulas elegantes y encargar un ensayo sobre cada una a otros tantos excelsos científicos que aúnen su conocimiento de primera mano con su capacidad expositiva. El propio Farmelo, físico teórico y autor de la edición y de la introducción, se reserva la aportación más revolucionaria de Einstein, que no es la conocida de la conversión de energía en materia de E=mc2, sino la ecuación Planck-Einstein de la energía del cuanto, que además establece una de las pocas constantes del universo, la conocida como constante de Planc, junto a la propia velocidad de la luz, c, o la gravitación de Newton, g. La E=mc2 , menos conocida como la ecuación del sextante es hábilmente glosada por el físico Peter Galison. Otros físicos ilustres contribuyen, como Roger Penrose, el primer mentor del famoso Stephen Hawkins, que comenta el redescubrimiento de la gravedad (como una deformación del espacio tiempo), otra inevitable aportación einsteniana, en tanto que Arthur Millar, cuasi homónimo del dramaturgo, analiza la ecuación de onda de Schördinder. Y así.

Hay no lectores de poesía que cada vez que ven un texto roto en versos apartan la mirada. Igualmente abundan los que, aún gustándoles enterarse de las “cosas” científicas, cuando ven una fórmula matemática cierran el libro con pavor. Mi opinión es que ambas son secuelas de la escuela –perdón por el pareado: siempre hay que pedirlas, pero es difícil resistirse a la tentación-, y que se pueden y se deben superar, como cualquier fobia irracional. Os aseguro que es un libro fascinante, que no os asuste.

19-feb-2008

No invierta en valores, inviértalos


Se me ocurre que hay demasiados aspectos de la vida que están prácticamente invertidos: las recompensas, las valoraciones y los castigos. De todos es sabido -es prácticamente un tópico- que las penas de prisión son estadísticamente más severas entre los pequeños delincuentes que entre los grandes: camellos del menudeo cumplen grandes condenas y capos del narcotráfico se libran o salen pronto; raterillos encerrados casi de por vida y enormes defraudadores, estafadores y manejadores de millones, no. Si usted tiene un pequeño descubierto en su cuenta corriente es posible que le ejecuten la hipoteca; se han dado casos de personas mayores que se han quedado en la calle por dejar de pagar una sola letra de un televisor, pero si usted tiene un "agujero" millonario los ejecutivos de su banco le tratarán como a un jeque y le facilitarán salidas airosas, como perdonarle parte de la deuda.


Es arriesgado sacar conclusiones, por otro lado lógicas, de lo anterior: mejor delinquir a lo grande, defraudar el PIB de cualquier país africano y tener deudas brutales, que andar lampando por la vida, midiendo las dimensiones del delito, inmerso en pequeños trapicheos. Pero sigamos. ¿Se han fijado ustedes que el material del que están hechos los cascos de los obreros? Es un plástico guarrindongo. En cambio, los cascos de los deportistas que llevan cascos están fabricados con los materiales de las misiones espaciales. Preservar la vida de un obrero en una actividad poco retribuida es menos importante que la de un millonario que practica deporte por gusto y por cantidades exorbitantes de pasta. Ahora que ya ha pasado ese multitudinario duelo -de vergüenza ajena- del pobre futbolista que murió de golpe, compárenlo con la atención tanto mediática como popular que tienen los accidentes laborales mortales.


Item mas (no sé si había utilizado esta latina expresión alguna vez, pero ahí se queda). Enseñar a leer a un niño es considerablemente más difícil que soltarle la lección de sociales a un adolescente y esta más dificultosa que enseñar física a un universitario. También es más trascendente trabajar con niños que con adultos en formaciones específicas que te llegan con defectos de aprendizaje que poca enmienda tienen ya. Sin embargo, los salarios de maestros de primaria son mucho más bajos que los de profesores de universidad, siendo el nivel de mediocridad de estos últimos y su cualificación pedagógica infinitamente peores que en los primeros.


Acogemos a los inmigrantes con recelo y a los turistas con aplausos. Ambos son extranjeros, pero los primeros vienen a trabajar, en trabajos que otros no quieren, ya formados, consumen poco y dan mucho, incrementando el potencial de desarrollo del país de acogida; los segundos, en cambio, consumen más (agua, espacio territorial, inmuebles...) de los euros que dejan y además esos euros se quedan en los bolsillos de grandes empresarios -tour operators- mientras que sus inconvenientes se "socializan" entre el conjunto de la población que no acudimos al reparto de beneficios.


Podría seguir encontrando ejemplos de esta perversa inversión valorativa. Ya se sabe que una corbata abre más puertas que un mono de trabajo, que los delgados, guapos y jóvenes lo tienen más fácil que los viejos, gordos y feos. La vida es injusta, decimos. No. Nuestra sociedad es cretina e injusta, no culpemos a esa entidad ,"la vida", que podemos cambiar si nos lo proponemos o si cambiamos de mentores. Pero mientras sea la tele la que eduque masivamente y el gremio profesional más mediocre e ineducado, el de los políticos de profesión, el que obtenga más eco en esos medios, mal nos va a ir. Así que apaguen el televisor y lean a Montaigne.


Un último ejemplo ¿Saben cuál es la bióloga más valorada en España? Lo han adivinado: Ana Obregón, esconde tripa y cerebro. En tanto, Margarita Salas, una excelsa bióloga molecular y antígua profesora mía, premiada internacionalmente y aquí; un auténtico lujo para este país, un auténtico lujo a pesar de este país, no es conocida por nadie que no sea del gremio. Lo cual, por cierto, debe ser una bendición para élla; sólo faltaría que la persiguieran los papparazzi.

18-feb-2008

Apendice al post anterior


En alusión a la lasca de Levallois a la que aludía en el post anterior. Si teneis curiosidad y quereis aprender como tallar un hacha de piedra, queridos cromañones, pinchad en "index" y luego ,en el sumario, en Levallois technique.

Seguro que hay un sistema mejor que este para proporcionaros el enlace, pero de todos es sabido que soy un zote para estás cosas, por más que me auxilie, más que me ayude, el bueno de Vanbrugh




LEVALLOIS TECHNIQUE
The initial flaking is used to predetermine the final"levallois" flake removal.The core is rounded in outline by removing flakes around the edgesthen flakes are removed from the core surface towards the centreflaking continues from the edge to the middleflaking continues to converge towards the middleuntil the entire surface of the core has been shaped and preparedA striking platform is prepared at one endThe platform is then strucka flake is removed to a predetermined shape with sharp edges allaroundindexLEVALLOIS POINTSLevallois points are made in a similar way but with the convergingflake scars coming to a point on the corepointed Levallois flake is removed with sharp edges around thepointindex

Hombre y Naturaleza: ültima vuelta de tuerca




Hace 400.000 años surgió en el Viejo Mundo la llamada lasca de Levallois. Durante los milenios anteriores las herramientas de piedra habían ido aumentando, primero lentamente, luego muy de prisa, el número de centímetros de filo por kilo de materia prima tallada. Al principio la evolución biológica del género Homo iba más deprisa que la cultural, luego la tecnología tomó el relevo. Hasta llegar a esas herramientas de doble simetría, bilateral y bifacial, que se llaman “bifaces”. La lasca con el filo más largo posible, la de Levallois, se realiza en 13 o 14 golpes bien secuenciados[1]. Igual que una pajarita de papel, que se hace en trece pliegues que no producen nada y en el 14 surge la pajarita. No se repara, sin embargo, que un décimo quinto pliegue (o un ultimo y superfluo golpe) la vuelve a destruir. Se me ocurre la metáfora de ese pliegue de más en esa suerte de embriología artificiosa que es la papiroflexia, o de esa talla secuenciada y finalmente malograda por exceso, para explicar la desadaptación tecnológica actual del hombre con su entorno: hemos pasado del "bocage" y las dehesas y de los círculos concéntricos de urbe, ager, saltus y silva romanos a la urbanización actual, del modelo de ciudades inmersas en una matriz menos transformada de gradientes concéntricos sucesivos a los retazos de naturaleza precarios e insularizados actuales inmersos en un entorno totalmente alterado: un pliegue "de más", no un pliegue más, un golpe "de más" que rompe la herramienta suprema: la de la relación y modificación del conjunto del entorno, el territorio, por parte del hombre. La última vuelta de tuerca, que diría el maestro James; “un cambio o inversión de fase” en palabras de otro maestro, Margalef.

Puede parecer redundante y, por tanto, ocioso, el concepto de “Cultura del Territorio”, pero creo poder defenderlo en lo que tiene de honestamente integrador, entre una cultura empírica, la de los saberes campesinos, y una cultura científica, codificada y transmitida de muy distinta forma[2]. Otras nociones, como la de paisaje, ecosistema, territorio e incluso planificación son muy útiles en sus respectivos contextos, pero presentan también problemas y carencias. El paisaje, por ejemplo, con su falsa apariencia intuitiva es, en cierta forma profunda, el producto de un tipo particular de observador, sustraído del mundo del trabajo; al menos del mundo del trabajo que es observado: decía Unamuno que el que está inclinado sobre la esteva del arado no puede alzar la frente sudorosa para recrearse en la belleza del entorno. No es tanto que se trate de una construcción estética[3], como de un punto de vista, que no tenemos por que considerar universal por más que impere hoy dado que hay muchos más turistas ya que campesinos; muchos más observadores que observados. Es el observador ocioso (en ese momento al menos) el que puede permitirse esa distancia en relación con la naturaleza, una representación en cierto modo imaginaria de lo rural. La información contenida en el paisaje es riquísima, ese es el problema; el paisaje es un palimpsesto, cuyo primer texto, el más antiguo, a menudo parcialmente borrado es el geológico, pero la aproximación digamos “paisajística” al paisaje es siempre algo superficial e insatisfactoria. En cualquier caso, en dicho palimpsesto, lo que borra verdaderamente los textos anteriores de un paisaje es su urbanización. En dicho sentido, es tan irreparable como el homicidio. Eso sí; para el que sabe mirar, en un pasaje nada está clausurado desde el punto de vista temporal y adonde se mire se encontrarán aberturas naturales en el tiempo que conectan nuestro presente con los eones del pasado geológico o las simples décadas del laborioso trabajo campesino. En el paisaje “bien mirado” se aúnan la visión del científico que ve todo lo que ocurre (u ocurrió) en un punto del espacio, con la del poeta, que siente todo lo que ocurre en un momento del tiempo.[4] En cualquier caso, los poetas, al contrario que los expertos, tienen la capacidad de pensar en varias cosas a la vez, una suerte de “sincronización cósmica” que es la raíz de las metáforas con las que trabajan.

El ecosistema es otro punto de vista, muy útil cuando tratamos con cuantificaciones de determinados flujos de materia, energía e información, pero poco disponible en multitud de ocasiones y sin pretensiones, salvo para los “conversos” legos, como los ecologistas, de totalidad en su análisis. La tentación de pensar que la moderna ecología puede suplantar esa cultura del territorio en su totalidad es vana. Al igual que no es infrecuente que los profesores de clásicas se centren exclusivamente en los “clásicos”, el canon literario, y no conozcan a fondo el idioma, el latín, hay muchos ecólogos que, centrados en los estudios de casos ejemplificadores de los procesos, no conozcan a fondo el campo ni tengan una buena cultura” naturalística. Los profanos suelen creer que la ecología se ocupa de objetos: animales, montañas, océanos, pero esta ciencia, a la inversa que la geografía, nunca ha sabido ocuparse del espacio, que se contempla como un incordio para la toma de muestras por su anisotropía. El verdadero objeto de la ecología son los fenómenos, que no se extienden en el espacio tanto como en el tiempo[5]. Esto es así por que la ecología moderna describe la naturaleza en términos de materia, energía y organización, pero, precisamente por eso, y sin que ello sea imputable a esta ciencia sino a la propia naturaleza de la vida, es característica de esta última la falta de permanencia de sus estructuras materiales. Aunque la cantidad total permanezca semejante a sí misma, algo siempre entra y algo sale.

En cuanto al urbanismo y la planificación, no sólo son aspectos más restringidos, sino también, sin lugar a dudas, el punto de vista hegemónico de la ciudad frente al campo, aunque sólo sea por el desigual combate que en esta dialéctica impone la abismal plusvalía de cualquier porción de territorio susceptible de ser construido frente a cualquier otro uso potencial o presente y el perverso círculo vicioso del asfalto y el cemento como principal fuente de financiación de los municipios. La única forma de “desenviciar” ese círculo es desmaterializarlo (espiritualizarlo), hacerlo realista, paradójicamente, esto es, convertirlo en la espiral donde nada vuelve exactamente al mismo punto, pero sí a una situación parecida. La espiral ya no es un círculo vicioso, ha sido puesto en libertad. La ciudad, con sus formas “misteriosas” de cubrir las necesidades de sus ciudadanos, impone una distancia excesiva para comprender el territorio del que en el fondo depende. Por otra parte, el urbanismo y su instrumento esencial, el cartográfico, reduce las cuatro dimensiones (con el tiempo y la vertical) del territorio a las dos de los mapas, de modo que la estática planimetría suplanta a los procesos y la geometría euclidea al curvilíneo barroquismo vital. Cuando se destina un suelo denominado “vacante” –y ninguno lo es- para ser urbanizado casi nunca se tienen en cuenta la huella ecológica que actúa sobre otros territorios a menudo distantes del recién urbanizado: ese valle aguas arriba que se “tiene” que inundar para proveer de agua o energía hidroeléctrica a las nuevas viviendas, esos baldíos que se destinan a la acumulación de residuos, esas canteras para proveerse de materiales de construcción, esos suelos productivos, con dimensión hacia abajo en forma de horizontes edáficos forjados durante cientos de años de fertilidad acumulada, que se impermeabilizan con el asfalto y un verdaderamente largo etcétera que no encuentra acomodo en plano ni mapa alguno.[6] El mundo actual, al hacerse crecientemente urbano, se hace a la vez más “informado” –la ciudad es el “organismo” explotador por excelencia del territorio, donde confluyen los flujos de materia, energía y, sobre todo, información- y menos "sabio" del territorio.

Sólo la Cultura del Territorio, tal como la entiendo y torpemente he intentado explicar, parece poder integrar códigos e intereses tan dispares sobre un único objeto, fragmentado crecientemente en pequeñas y crecientemente inviables islas del pasado reciente o remoto.






[1] Yves Coppens: Le Genou de Lucy. L´histoire de l´Homme et L´histoire de son histoire: Ed. Odile Jacob, París, 2.000. Ver figura nº 3
[2] C.P. Snow acuñó el término de “Las dos culturas”, en el ensayo del mismo título, para evidenciar esa distancia o barrera entre la cultura humanística y la científica, mutuamente ignorante una de otra. Para mí, sin embargo, y aún admitiendo que tan ignorante es el que no conoce la teoría atómica o la evolutiva como a Mozart o Nietzsche, el abismo entre las dos culturas es más bien el que existe entre las empíricas o tradicionales y las modernas o tecnológicas. Y en este caso no coexisten ignorándose mutuamente, como en las señaladas por Snow, sino que las últimas terminan suplantando, a mi juicio insatisfactoriamente, a las primeras. Por otra parte, incluso dentro de la cultura hegemónica hay y ha habido divergencias y confrontaciones profundas, como la que ejemplificaba Descartes frente a Vico. Este último se quejaba amargamente del cartesianismo, al que llamaba a veces “espíritu geométrico”, por pretender imponer un discurso “lógico” tan estrecho que arrasaba no sólo lo falso, sino todo aquello que no es absolutamente verdadero, como lo verosímil o el sentido común, con su manía de situar esa lógica pretendidamente universal más allá del espacio (el lugar) y del tiempo (el momento) concretos.
[3] Que la gente común le concede mucha importancia a la estética –a menudo más que a la comodidad- lo demuestra, paradójicamente, la misma banal fealdad decorada de tantos de sus hogares. Un chozo de pastor, por muy humilde y rústico que sea, nunca es feo por que nada en el es superfluo. Igual pasa con los paisajes “funcionales” por muy austeros que sean, Por ello, el paisaje es también una construcción estética, -además de por el origen pictoricista de dicho concepto-, por defecto. Es decir, la fealdad es un hecho casi voluntario, como en las horrendas urbanizaciones costeras o rurales, y la belleza, ahora casi siempre, consecuentemente, es cada vez más resultado de los “olvidos” milagrosos de esos factores transformantes recientes.
[4] Esta noción ciencia-poesía es del filósofo Vivian Bloodmark, citado por V. Nabokov en su libro autobiográfico Habla, memoria.
[5] Pese a la legítima pretensión de la ciencia de la ecología teórica de formularse en términos puramente físicos, a la inversa que en la Física, en Ecología no interviene sólo el Lógos, refutando o confirmando hipótesis, sino Cronos, pues se trata de sucesos o procesos históricos, narraciones, como las llamaba Aristóteles (“contar historias”) que pueden tener varios resultados, todos ellos verosímiles, independientemente de que sean verdaderos (o falsos). . Esta dimensión histórica de la Ecología se olvida a menudo por algunos ecólogos, por ejemplo, los que tienden a tomar los procesos históricos, como la Sucesión Ecológica y su final, el clímax, como sólo Lógos, excluyendo su carácter narrativo, que le concede Cronos, terminando por tener una visión “teológica” o teleológica de ineluctabilidad que en absoluto tiene estos proceso histórico-naturales; es decir, los que toman la Sucesión Ecológica como un resultado (sólo) lógico, inevitable, en lugar de cómo un proceso narrativo, histórico, contingente. Pero jamás la olvidan los contadores de historia por excelencia, los miembros de las culturas rurales, que saben que las cosas, como en las fábulas, pueden tener siempre distintos finales verosímiles, aunque sólo uno, en cada caso concreto, en cada lugar y momento, espacio y tiempo, sea verdadero.
[6] Ese urbanismo hegemónico sobre el resto del territorio ilustra bien el aforismo de que “si no eres parte de la solución, eres parte del problema”, en este caso el principal. Esto es “literalmente” cierto en el caso de los generados por el urbanismo: son problemas y soluciones políticas en el sentido aristotélico; es decir, nos señalan que la solución reside en (modificando y corrigiendo) la ciudad (polis), y no en las que se imponen desde ella a los entornos no urbanos afectados. Siguiendo a Aristóteles, de hecho, no es sólo que “el hombre sea político por naturaleza”, sino también que “la ciudad es naturaleza humana”.

15-feb-2008

Substantivos, adjetivos, mochilas y maquillajes ecológicos




Un método que no falla para desactivar un concepto que incomode al poder es transformarlo de sustantivo en adjetivo. Fíjense en la diferencia abismal que media entre “mujer” y “femenino”. La siguiente vuelta de tuerca es “resubstantivarlo” (que los gramáticos, en su infinita piedad, me perdonen): “lo femenino”. Es algo que no falla. Gran parte del ejercicio del poder consiste en buscar términos de consenso, que susciten tanto más acuerdo cuanto menos signifiquen, practicando el sinuoso arte de hablar mucho sin decir casi nada.

Ecología es una ciencia inicialmente entroncada en la biología (la biología de sistemas), una suerte de historia natural científica (con ironía Margalef decía que la ecología trata de lo que dejan las demás ciencias biológicas con más arraigo) que poco a poco casi muere de éxito entre otras cosas por la confusión entre ella y el movimiento político social que se conoce como ecologismo. Su distancia, ya lo he dicho, es la que media entre “como son las cosas” y “como nos gustaría que fueran”. Para desesperación de los ecólogos, o para regocijo de los más irónicos y relajados, todo el mundo opina de “ecología”, aunque casi nadie se atreve a hacerlo de física del estado sólido; es el precio de la popularidad aunque sea en el árbol de la ciencia.

Pero donde la cosa llega a extremos francamente horrendos para cualquiera que tenga dos dedos de frente, sin que haga falta conocimientos muy extensos en la materia, es cuando se "coge" (en acepción argentina) a la maltratada ecología, ya de por sí ingresada en el cajón de sastre de los zapatos descosidos del lenguaje, y se la transforma en “ecológico”. Hoy, un detergente puede se ecológico simplemente porque al tener menos fosfatos como tensionadores haga menos daño al entorno o no eutrofice en exceso las aguas superficiales, pero es que también hay sillas ecológicas (hechas con materiales reciclados), leches ecológicas (de vacas bien tratadas en cierta libertad), vinos ecológicos, desfiles de moda ecológicos…En el mejor de los casos son productos o acciones más respetuosas con eso que redundantemente se llama medio ambiente, en el peor, una simple frivolidad pareja a decir que esas mismas cosas son “fisicoquímicas”, por ejemplo.

Igual pasa con sosteniblidad: la necesidad de no sobrepasar la capacidad de regeneración de un recurso, frente a sostenible, sea este un tranvía o un alcalde (lo son, según estos últimos, algunos municipios). Sobre todo cuando el dichoso mantra de moda, término de consenso tanto más sospechoso cuanto menos molesta a nadie, es una expresión contradictoria, como el desarrollo sostenible. Todo desarrollo implica crecimiento económico, aunque sea cualitativamente diferenciable, y malamente puede ser sostenible, en todo caso sostenido, hasta que reviente.

Un vino ecológico será aquel obtenido de uvas cultivadas sin fertilizantes químicos ni plaguicidas y atendiendo a idénticos requisitos en el resto del proceso. Ya, pero en una botella de vino, aún admitiendo para ese caso el dichoso y mal empleado adjetivo, en una simple botella de vino intervienen una serie de procesos físicos que implican tres cuartas partes de su volumen final de gasóleo, y agua (para regar,no para aguar el vino, no sean mal pensados), fertilizantes pese a todo, vidrio, transporte y desechos. En realidad, si no queremos maquillar la realidad utilizando la expresión de moda que toque, desconociendo los procesos físico naturales implicados, deberíamos conocer, como dice el profesor Antonio Valero, “la mochila ecológica” de todo producto, y de esta botella de vino en concreto. Y en este caso el apelativo “ecológico” para mochila está tan bien empleado que crea una poderosa y acertada metáfora. Aunque siempre habrá quien crea que “mochila ecológica” es un macuto hecho con fibra natural. Mal remedio tiene esta confusión generalizada, porque es en gran parte buscada como otra muestra más de la terrible alianza de codicia e ignorancia.