Hace 400.000 años surgió en el Viejo Mundo la llamada
lasca de Levallois. Durante los milenios anteriores las herramientas de piedra habían ido aumentando, primero lentamente, luego muy de prisa, el número de centímetros de filo por kilo de materia prima tallada. Al principio la evolución biológica del
género Homo iba más deprisa que la cultural, luego la tecnología tomó el relevo. Hasta llegar a esas herramientas de doble simetría, bilateral y bifacial, que se llaman “
bifaces”. La lasca con el filo más largo posible, la de Levallois, se realiza en 13 o 14 golpes bien secuenciados
[1]. Igual que una pajarita de papel, que se hace en trece pliegues que no producen nada y en el 14 surge la pajarita. No se repara, sin embargo, que un décimo quinto pliegue (o un ultimo y superfluo golpe) la vuelve a destruir. Se me ocurre la metáfora de ese pliegue de más en esa suerte de embriología artificiosa que es la papiroflexia, o de esa talla secuenciada y finalmente malograda por exceso, para explicar la desadaptación tecnológica actual del hombre con su entorno: hemos pasado del
"bocage" y las dehesas y de los círculos concéntricos de
urbe, ager, saltus y silva romanos a la urbanización actual, del modelo de ciudades inmersas en una matriz menos transformada de gradientes concéntricos sucesivos a los retazos de naturaleza precarios e insularizados actuales inmersos en un entorno totalmente alterado: un pliegue "de más", no un pliegue más, un golpe "de más" que rompe la herramienta suprema: la de la relación y modificación del conjunto del entorno, el territorio, por parte del hombre. La última vuelta de tuerca, que diría el maestro
James; “un cambio o inversión de fase” en palabras de otro maestro,
Margalef.
Puede parecer redundante y, por tanto, ocioso, el concepto de “
Cultura del Territorio”, pero creo poder defenderlo en lo que tiene de honestamente integrador, entre una cultura empírica, la de los saberes campesinos, y una cultura científica, codificada y transmitida de muy distinta forma
[2]. Otras nociones, como la de
paisaje, ecosistema, territorio e incluso
planificación son muy útiles en sus respectivos contextos, pero presentan también problemas y carencias. El
paisaje, por ejemplo, con su falsa apariencia intuitiva es, en cierta forma profunda, el producto de un tipo particular de observador, sustraído del mundo del trabajo; al menos del mundo del trabajo que es observado: decía
Unamuno que el que está inclinado sobre la esteva del arado no puede alzar la frente sudorosa para recrearse en la belleza del entorno. No es tanto que se trate de una construcción estética
[3], como de un punto de vista, que no tenemos por que considerar universal por más que impere hoy dado que hay muchos más turistas ya que campesinos; muchos más observadores que observados. Es el observador ocioso (en ese momento al menos) el que puede permitirse esa distancia en relación con la naturaleza, una representación en cierto modo imaginaria de lo rural. La información contenida en el paisaje es riquísima, ese es el problema; el paisaje es un palimpsesto, cuyo primer texto, el más antiguo, a menudo parcialmente borrado es el geológico, pero la aproximación digamos “paisajística” al paisaje es siempre algo superficial e insatisfactoria. En cualquier caso, en dicho palimpsesto, lo que borra verdaderamente los textos anteriores de un paisaje es su urbanización. En dicho sentido, es tan irreparable como el homicidio. Eso sí; para el que sabe mirar, en un pasaje nada está clausurado desde el punto de vista temporal y adonde se mire se encontrarán aberturas naturales en el tiempo que conectan nuestro presente con los eones del pasado geológico o las simples décadas del laborioso trabajo campesino. En el paisaje “bien mirado” se aúnan la visión del científico que ve todo lo que ocurre (u ocurrió) en un punto del espacio, con la del poeta, que siente todo lo que ocurre en un momento del tiempo.
[4] En cualquier caso, los poetas, al contrario que los expertos, tienen la capacidad de pensar en varias cosas a la vez, una suerte de “sincronización cósmica” que es la raíz de las metáforas con las que trabajan.
El
ecosistema es otro punto de vista, muy útil cuando tratamos con cuantificaciones de determinados flujos de materia, energía e información, pero poco disponible en multitud de ocasiones y sin pretensiones, salvo para los “conversos” legos, como los ecologistas, de totalidad en su análisis. La tentación de pensar que la moderna ecología puede suplantar esa cultura del territorio en su totalidad es vana. Al igual que no es infrecuente que los profesores de clásicas se centren exclusivamente en los “clásicos”, el canon literario, y no conozcan a fondo el idioma, el latín, hay muchos ecólogos que, centrados en los estudios de casos ejemplificadores de los procesos, no conozcan a fondo el campo ni tengan una buena cultura” naturalística. Los profanos suelen creer que la ecología se ocupa de
objetos: animales, montañas, océanos, pero esta ciencia, a la inversa que la geografía, nunca ha sabido ocuparse del espacio, que se contempla como un incordio para la toma de muestras por su anisotropía. El verdadero objeto de la ecología son los
fenómenos, que no se extienden en el espacio tanto como en el tiempo
[5]. Esto es así por que la ecología moderna describe la naturaleza en términos de materia, energía y organización, pero, precisamente por eso, y sin que ello sea imputable a esta ciencia sino a la propia naturaleza de la vida, es característica de esta última la falta de permanencia de sus estructuras materiales. Aunque la cantidad total permanezca semejante a sí misma, algo siempre entra y algo sale.
En cuanto al
urbanismo y la
planificación, no sólo son aspectos más restringidos, sino también, sin lugar a dudas, el punto de vista hegemónico de la ciudad frente al campo, aunque sólo sea por el desigual combate que en esta dialéctica impone la abismal plusvalía de cualquier porción de territorio susceptible de ser construido frente a cualquier otro uso potencial o presente y el perverso círculo vicioso del asfalto y el cemento como principal fuente de financiación de los municipios. La única forma de “desenviciar” ese círculo es desmaterializarlo (espiritualizarlo), hacerlo realista, paradójicamente, esto es, convertirlo en la espiral donde nada vuelve exactamente al mismo punto, pero sí a una situación parecida. La espiral ya no es un círculo vicioso, ha sido puesto en libertad. La ciudad, con sus formas “misteriosas” de cubrir las necesidades de sus ciudadanos, impone una distancia excesiva para comprender el territorio del que en el fondo depende. Por otra parte, el urbanismo y su instrumento esencial, el cartográfico, reduce las cuatro dimensiones (con el tiempo y la vertical) del territorio a las dos de los mapas, de modo que la estática planimetría suplanta a los procesos y la geometría euclidea al curvilíneo barroquismo vital. Cuando se destina un suelo denominado “vacante” –y ninguno lo es- para ser urbanizado casi nunca se tienen en cuenta la
huella ecológica que actúa sobre otros territorios a menudo distantes del recién urbanizado: ese valle aguas arriba que se “tiene” que inundar para proveer de agua o energía hidroeléctrica a las nuevas viviendas, esos baldíos que se destinan a la acumulación de residuos, esas canteras para proveerse de materiales de construcción, esos suelos productivos, con dimensión hacia abajo en forma de horizontes edáficos forjados durante cientos de años de fertilidad acumulada, que se impermeabilizan con el asfalto y un verdaderamente largo etcétera que no encuentra acomodo en plano ni mapa alguno.
[6] El mundo actual, al hacerse crecientemente urbano, se hace a la vez más “informado” –la ciudad es el “organismo” explotador por excelencia del territorio, donde confluyen los flujos de materia, energía y, sobre todo, información- y menos "sabio" del territorio.
Sólo la Cultura del Territorio, tal como la entiendo y torpemente he intentado explicar, parece poder integrar códigos e intereses tan dispares sobre un único objeto, fragmentado crecientemente en pequeñas y crecientemente inviables islas del pasado reciente o remoto.
[1] Yves Coppens: Le Genou de Lucy. L´histoire de l´Homme et L´histoire de son histoire: Ed. Odile Jacob, París, 2.000. Ver figura nº 3
[2] C.P. Snow acuñó el término de “
Las dos culturas”, en el ensayo del mismo título, para evidenciar esa distancia o barrera entre la cultura humanística y la científica, mutuamente ignorante una de otra. Para mí, sin embargo, y aún admitiendo que tan ignorante es el que no conoce la teoría atómica o la evolutiva como a
Mozart o
Nietzsche, el abismo entre las dos culturas es más bien el que existe entre las empíricas o tradicionales y las modernas o tecnológicas. Y en este caso no coexisten ignorándose mutuamente, como en las señaladas por Snow, sino que las últimas terminan suplantando, a mi juicio insatisfactoriamente, a las primeras. Por otra parte, incluso dentro de la cultura hegemónica hay y ha habido divergencias y confrontaciones profundas, como la que ejemplificaba
Descartes frente a
Vico. Este último se quejaba amargamente del cartesianismo, al que llamaba a veces “
espíritu geométrico”, por pretender imponer un discurso “lógico” tan estrecho que arrasaba no sólo lo falso, sino todo aquello que no es absolutamente verdadero, como lo verosímil o el sentido común, con su manía de situar esa lógica pretendidamente universal más allá del espacio (el lugar) y del tiempo (el momento) concretos.
[3] Que la gente común le concede mucha importancia a la estética –a menudo más que a la comodidad- lo demuestra, paradójicamente, la misma banal fealdad decorada de tantos de sus hogares. Un chozo de pastor, por muy humilde y rústico que sea, nunca es feo por que nada en el es superfluo. Igual pasa con los paisajes “funcionales” por muy austeros que sean, Por ello, el paisaje es también una construcción estética, -además de por el origen pictoricista de dicho concepto-, por defecto. Es decir, la fealdad es un hecho casi voluntario, como en las horrendas urbanizaciones costeras o rurales, y la belleza, ahora casi siempre, consecuentemente, es cada vez más resultado de los “olvidos” milagrosos de esos factores transformantes recientes.
[4] Esta noción ciencia-poesía es del filósofo
Vivian Bloodmark, citado por
V. Nabokov en su libro autobiográfico
Habla, memoria.[5] Pese a la legítima pretensión de la ciencia de la ecología teórica de formularse en términos puramente físicos, a la inversa que en la Física, en Ecología no interviene sólo el
Lógos, refutando o confirmando hipótesis, sino
Cronos, pues se trata de sucesos o procesos históricos, narraciones, como las llamaba
Aristóteles (“contar historias”) que pueden tener varios resultados, todos ellos verosímiles, independientemente de que sean verdaderos (o falsos). . Esta
dimensión histórica de la Ecología se olvida a menudo por algunos ecólogos, por ejemplo, los que tienden a tomar los procesos históricos, como la Sucesión Ecológica y su final, el clímax, como sólo Lógos, excluyendo su carácter narrativo, que le concede Cronos, terminando por tener una visión “teológica” o teleológica de ineluctabilidad que en absoluto tiene estos proceso histórico-naturales; es decir, los que toman la Sucesión Ecológica como un resultado (sólo) lógico, inevitable, en lugar de cómo un proceso narrativo, histórico, contingente. Pero jamás la olvidan los contadores de historia por excelencia, los miembros de las culturas rurales, que saben que las cosas, como en las fábulas, pueden tener siempre distintos finales verosímiles, aunque sólo uno, en cada caso concreto, en cada lugar y momento, espacio y tiempo, sea verdadero.
[6] Ese urbanismo hegemónico sobre el resto del territorio ilustra bien el aforismo de que “si no eres parte de la solución, eres parte del problema”, en este caso el principal. Esto es “literalmente” cierto en el caso de los generados por el urbanismo: son problemas y soluciones políticas en el sentido aristotélico; es decir, nos señalan que la solución reside en (modificando y corrigiendo) la ciudad (polis), y no en las que se imponen desde ella a los entornos no urbanos afectados. Siguiendo a
Aristóteles, de hecho, no es sólo que “el hombre sea político por naturaleza”, sino también que “la ciudad es naturaleza humana”.