31-mar-2008

Fugacidad






Decía Ramón Margalef, nuestro más influyente ecólogo teórico, “es característico de la vida la falta de permanencia de las estructuras materiales. Aunque la cantidad total permanezca semejante a sí misma, algo entra y algo sale”. Las longevas secuoyas o los centenarios olivos son la excepción, sus transitorias hojas, la norma.

Esta es la época de la Información, así, con mayúsculas, y también del conocimiento científico y técnico, pero no tanto de la sabiduría en el sentido de conocerse a uno mismo para vivir cabalmente la propia vida.

En la era de la Información, cuanta más información se guarda más se pierde. Además creo encontrar una relación directa entre la novedad tecnológica y su fragilidad. Papiros, microfilms, memorias de ordenador…se disuelven con el tiempo, pero tanto más rápidos cuanto más reciente es el soporte. Las fotos en color, por ejemplo, se conservan diez veces menos que las de blanco y negro. Mientras que aún conservamos tablillas de barro cocido de los antiguos mesopotámicos perfectamente legibles, los libros modernos de papel de celulosa ácida, inventados 4000 años más tarde, empiezan a desintegrarse. El papel de trapos de los incunables se conserva mucho mejor que el nuevo que usamos hoy, y también los papiros y los pergaminos medievales. Dentro de poco, la tarea de aquellos lejanos escribanos y copistas perdurará más que los productos de la imprenta.

La mayor fugacidad, pienso, son estos escritos que se lanzan a la red. ¿Alguien los verá en el futuro no tan lejano? Este blog está escrito con una caña afilada en la arena húmeda de Internet: cuando llegue la próxima ola, un poco más alta y larga que la anterior, se borrará. Los escritores de este medio novedoso somos como niños construyendo diques frente al mar: estamos condenados no al fracaso, sino a la fugacidad. El papel es mejor que el silicio, aunque peor que el epigráfico mármol de las inscripciones clásicas. Construimos palacios de azúcar en espera de la próxima lluvia.

León (De las memorias de Lansky/ Relato)




Al norte del Missouri, lindando con Cascorro.

Mírala. Es una levita de terciopelo -‘Velvet Coat’, macho (el trato con guiris le había concedido el don de lenguas)- que perteneció a Stevenson. Tiene 150 años. Es de una fase de elegancia que atravesaba entre dos de desaliño bohemio. Te la regalo si quieres” La prenda era un pingajo que bien podía haber salido de la parte de abajo de un montón de este Rastro madrileño, pero tenía unos botones bonitos de madera y nácar. Algo muy típico de León; venderte una birria falsificada con un toque de maravilla: botones o su labia al ofrecértelo, que la dignificaba. Si en lugar de un estafador hubiera sido un tahúr te hubiera encantado que te enseñase su mano con cinco ases; hasta allá alcanzaba su hipnótico encanto.

Además de falsificador y timador, León era profesor. Un profesor callejero, erudito y muy literario que nunca se había alejado de esas cinco calles de su barrio. Los precios de sus trabucos, sus falsos bronces y sus bargueños eran altos –una forma, como la patina de herrumbre, entre otras de disimular su falsedad
, pero su labor docente era gratuita e invalorable. Lo mismo te señalaba dónde estuvo la primera tahona con la que don Pío Baroja intentó librarse de su detestado oficio de médico, cambiándolo por el de austriaco panadero artístico, como te explicaba por qué los adoquines que rodean la estatua de Cascorro nunca se han removido en una ciudad tan zanjeada como Sarajevo y plagada de obras si no permanentes, sí en permanente carrera de relevos, o las ventajas de las farolas isabelinas frente a las más macizas Hasburgo. Esa erudición era tanto más interesante cuando que, en coherente actitud con su oficio, era en gran parte inventada. Así cuando te decía que la mujer de ese mismo Robert Louis Stevenson,con su segundo nombre a la francesa por capricho juvenil del escritor, y no el Lewis escocés, Fanny Osbourne, era pariente de los Osborne bodegueros de Jerez y añadía que no debías dejarte confundir por esa "u" de más que tenía la parienta, un capricho como el Louis por Lewis de su marido. Si estaba inspirado, más allá de su cuarto vermú, se atrevía a poner a prueba tu credulidad y hasta las reglas más elementales de la verosimilitud de la ficción, y entonces podía añadir que el famoso toro de Osborne que ahora se pasea por todos los cuarteles en el extranjero de nuestras desplegadas tropas, no era como pensaban los apresurados un homenaje a ese bravo animal ibérico tan común en las dehesas de Jerez, sino un heráldico ingrediente culinario y un homenaje a la familia materna de Fanny que tenían un escudo con el más manso buey escocés, principal componente de su incomible estofado.

Pero lo más probable es que retornara, como un buen compositor, al tema principal. Era probable entonces que discurriera durante media hora sobre el tema “caprichos ortográficos” mientras se tomaba, y el alumno los pagaba, vermú tras vermú. Es posible que, de pasada, añadiera más farfolla o alguna información de interés; de la primera, por ejemplo, que la primera edición de Treasure Island (Londres, 1883), que él había comprado por una bagatela y que te la revendería gustoso sin beneficios: “una ganga…dame…dame 400, no me importa quedarme sin margen; sé que a ti te ilusiona y lo valoras”, que esa primera edición que él ofrecía tan barata a un amigo, "por ser tú, eh," tenía en su frontispicio la proa de un barco del que no se veía el presumible mascarón, pero sí un farol que no era una luz náutica, qué va, sino un auténtico farol esquinero madrileño, como ese de allí, y que eso era porque Robert Louis quería hacer un homenaje a su querido Madrid (donde nunca había estado). Como ejemplo de la segunda podía revelarte un mapa auténtico del tesoro y señalarte desmayadamente, el pulgar sobre el hombro y hacia atrás, esa pila de libros amarillos indudablemente franceses que a ti se te habían pasado de una muy buscada edición de Balzac. En esto era como un apache del desierto, como un auténtico caníbal de la selva: conocía tan bien su territorio que por el rabillo del ojo te podía señalar el más mínimo cambio, una brizna de hierba quebrada por una bota de hombre blanco o ese saldo de libros que hace un rato no estaban.

Recuerdo también su sorna, como cuando el aperitivo era escaso o poco adornado, unas simples aceitunas: “Me abruma tu generosidad, Braulio: hoy ya no almuerzo”

En su entierro me encontré con un gitano lloroso que cierta vez le había pedido en mi presencia “sinco duroh, pah un businé urgente”. Y León, mientras hurgaba altivo en su carterita y le tendía el billete le decía: “a ver si distinguimos entre ‘papa’ y ‘papá”, que una simple tilde marca la diferencia entre la obligada generosidad paternal y el jerárquico oropel desvergonzado que ofende al buen cristiano”. “Lo que usté diga”,y luego para sí, mientras enganchaba el dinero en una demostración de que la mano es más rápida que la vista: “hay que hoderse con estoh cultoh”, (y me sentí muy honrado de que la displicente mirada del calorro, en media verónica, nos incluyera a los dos, profesor y alumno).

A León le mató un navajero analfabeto para robarle dos “antiguos” candelabros de plata que había fundido su amigo Pepe una semana antes sobre el molde de uno auténtico. Desde entonces me falta un guía para cruzar ese Missouri que aquí llaman Manzanares y subir por la Ribera de Curtidores buscando minas de plata y primeras ediciones, pero sobre todo me robaron la conversación del erudito más divertido, más “creativo” y menos pedante,
el héroe Cascorro es testigo, que los siglos vieran en esta ponzoñosa, hacinada, inacabada, detestable, mágica y perdedora Villa y Corte. Aunque le joda a Quevedo.

Posdata: tengo una primera edición de La Isla del Tesoro, de 1883, que me entregó su hijo por manda de su padre. Como fue un best seller en su momento hay todavía hoy bastantes ejemplares y en Internet se cotiza “sólo” en torno a las 70.000 libras, aunque bastaría y sobraría para arreglar el pajar, la troje y comprar el delicioso huerto amurallado de la antigua casa del cura que linda con la mía, pero eso sería como vender mis muy instructivas mañanas de domingo.

28-mar-2008

La buena y escasa divulgación científica


La buena divulgación científica es escasa, porque debe reunir en su autor virtudes a menudo disociadas: competencia en el tema y capacidad expositiva, gracia literaria. Además la ciencia funciona con la conjunción de varios procesos intelectuales y al menos dos, las pequeñas pero significativas aportaciones que profundizan en su área, a menudo muy parcelada –a estos especialistas que penetran adentro cubriendo muy poca superficie los voy a llamar “alfileres”-, y los generalistas que van acomodando todas estas aportaciones para generar grandes teorías unificadas –y a estos los asemejo a un disco plano, que abarca mucho pero no puede profundizar demasiado-. Por supuesto los científicos mejores reúnen las dos clases de aportaciones. Frecuentemente, en su juventud –los científicos suelen ser como los atletas: dan lo mejor de si en sus primeras décadas-. Funcionan en el primer aspecto y cuando reúnen experiencia, en el segundo. Son entonces una combinación muy potente del alfiler y el disco, son tachuelas o chinchetas que se clavan y sujetan los diversos aspectos. Darwin era uno de esos escasos casos, tomó de la paleontología, de las adaptaciones de plantas y animales, de la demografía y hasta la economía política de su época y forjó una teoría que, con aportaciones y necesarias modificaciones, se mantiene hoy en lo esencial. Einstein también, el electromagnetismo, el efecto fotoeléctrico o la topología cósmica parecen tener poco en común, pero lo tienen y se encuentran reunidas en la teoría de la Relatividad.

Esas “tachuelas” son los mejores divulgadores científicos. La mayoría de la gente ignora que el famoso libro de Charles Darwin El Origen de las especies, donde daba cuenta de los mecanismos evolutivos por medio de la Selección Natural es, ante todo, un libro de divulgación. En él se multiplican los ejemplos, se vuelve sobre preguntas inicialmente respondidas para encontrar nuevas preguntas –la parte de arte que tiene la ciencia, la techne de los antiguos griegos, es más la maña para hacerse buenas preguntas que para responderlas- no se presuponen excesivos conocimientos previos en el lector (competencia naturalística),pero tampoco se da por hecho que el lector sea idiota. Esas son las bases para la alta divulgación de calidad. De hecho, el “paper” o trabajo científico de Darwin donde daba cuenta de su crucial descubrimiento fue el que presentó previamente en la Sociedad Linneana de Londres con firma compartida con Alfred Russel Wallace, que había llegado a conclusiones semejantes de forma independiente, y se titulaba “Sobre la tendencia de las especies a crear variedades

Otro día hablaré de los para mi mejores ejemplos actuales de divulgación y de las áreas que, como la mecánica cuántica y la física de partículas, la intuición no sólo no ayuda, sino que parece contradecir lo que sabemos. Es decir, cuando la realidad enmascara la verdad, siempre provisional, y la hace poco verosimil. Una gozada, aunque caótica.


En España los ejemplos son escasos, porque a la dificultad de encontrar buenos divulgadores se une la escasa estimación de estos. Se la considera una actividad subsidiaria, como la de escribir en suplementos dominicales (o en este blog). Pero en los países con mucha mejor tradición científica que la nuestra, como en el Reino Unido, siempre se ha valorado extremadamente esta actividad, que se considera casi una obligación de retorno moral del buen científico a la sociedad de profanos que le sustenta, pero este es un país de nuevos ricos en más de un aspecto, nuevos demócratas, nuevos desarrollados, nuevos científicos. Los franceses tienen una palabra para estos arribismos, los llaman "parvenu". Pero también hablaré de nuestras muy locales y excelentes excepciones.

El remedio a los "intelectuales" fingidores son los científicos con don de palabra



...y talento expositivo, lo que pocas veces va unido.

El verdadero lío se inició con James Clark Maxwell y las leyes del electromagnetismo descubiertas por él en 1860. Conforme a esas leyes, si uno se acerca a un haz de luz o se aleja de él, la luz siempre se aproxima a la misma velocidad. Eso implica que la velocidad de la dichosa luz no se comporta como sería esperable en un mundo con espacio y tiempos concebidos de forma clásica. Por ejemplo, si corremos por las vías de un tren, sin apartarnos a un lado, en el mismo sentido que este, viviremos un poquito más de tiempo que si lo hacemos en sentido contrario: acercándonos al tren, y en este segundo caso la velocidad resultante será la diferencia entre la velocidad del tren y la del suicida. Pero con la luz no.

En el año milagroso de 1907 Albert Einstein partió de esa observación para darle la vuelta a nuestros conceptos del espacio y del tiempo. Desde entonces sabemos, gracias a la Teoría de la Relatividad, que espacio y tiempo no significan lo mismo para mí, sentado en esta silla, que para los astronautas del Soyuz que están orbitando en torno a la Tierra, ni para Stephen Hawking si está tomando el té en el Cúmulo de Virgo, ni para un despistado que está siendo engullido por un agujero negro (¡mira por donde vas!). Porque espacio y tiempo no son fijos e invariables, sino que se ajustan según el observador, curvándose o dilatándose en la medida justa y exactísima para que la velocidad de la luz se mantenga constante qué jodia, pues es una constante universal con muy poquitas otras: c. En realidad, mientras que la velocidad de la luz es constante –y para que lo sea-, el espacio se expande o reduce, se curva o se aplana, y el tiempo avanza o retrocede, se ralentiza o acelera.

Cuando oyeron estas cosas sin haberlas comprendido cabalmente, los “intelectuales” fingidores de los que hablaba en dos post anteriores, y que leían la prensa como único alimento intelectual igual que ahora, se frotaron las manos. Qué filón de metáforas les aguardaban, sin ser la menos tosca aquella de Groucho de que todo es relativo. Sin embargo, Einstein lo dijo, lo repite Hawking, “el físico no puede entregar al filósofo la contemplación crítica de los fundamentos teóricos”; es decir, de sus implicaciones. Y eso pasa no sólo con la física; siempre es más interesante oir hablar de evolución humana a Arsuaga que a Punset, sin más historias. Y sin contradecir a Shopenhauer que defendía la mayor dificultad de ser filósofo que físico, porque en el primer caso no se trataba de descubrir nuevos fenómenos, sino de pensar sobre lo ya conocido, pero justo eso es lo que la inmensa mayoría de los filósofos no saben hacer y por eso se dedican a cronistas, más o menos eruditos, de la realidad (o a hablar de hípica o de ciencia ficción)
Si me preguntasen (anda: hacedlo) cuáles son los géneros "indispensables" de la literatura; o los más excelsos y reveladores, diría que son dos falsamente opuestos: la poesía, con sus fulgurantes intuiciones, verdaderos y económicos atajos a la verdad, y la buena divulgación científica, cuando lo es, es decir, cuando la escriben esos raros especímenes que aunan virtudes a menudo disociadas como la competencia científica y la gracia y facilidad expositivas. Así que una dósis de Phillip Larkin ("A la una la botella está vacía/a las dos el libro al fin cerrado/a las tres los amantes ya duermen...) y medio capítulo de El Universo elegante de Brian Greene y uno descubre que las leyes de unificación y la teoría de supercuerdas ya estaban presentidas por los bardos. Felices sueños...de la razón.

27-mar-2008

Algo sobre mí, 3


Pasado mañana, oportunamente un sábado, la Tierra habrá dado 59 vueltas exactas alrededor del Sol desde que una tarde, en un desvencijado chalecito de la Dehesa de la Villa de Madrid, mi adolescente madre me dio a luz con el cordón umbilical por corbata. Pudimos morirnos los dos y lo peor es que el mundo ni lo habría notado, pero intervino el azar para enmendar a la necesidad y a los gritos de socorro de mi abuela Emilia al ver los infructuosos intentos de la comadrona, acudió el vecino del más lustroso inmueble de al lado que, casualmente, era médico y especialista en obstetricia. Creo que exclamó algo así como "¡Sal, mamón! Y mamón fui unos meses, el resto de mi vida creo que no.

Me parece increible, esto ha pasado en un rato, la vida no es que sea fugaz -aún recuerdo aquellos veranos interminables de mi infancia-, sino uniformemente acelerada. Sin disfunción erectil ni mermas apreciables de mi capacidad mental, me siento bien, para alguién que concede a los placeres gratuitos (aunque sé que para algunos son de pago) su máximo valor. Así que seguiré leyendo, pero no en la cama.

Los "intelectuales" fingidores


El señor que más arriba fuma el cigarro es el gran Jacques Lacan, el autor de la idea de que el inconsciente está estructurado como un lenguaje, el posfreudiano más famoso, el que le enmendó la plana al maestro vienés, el que aplicó el estructuralismo a la psicología. La leche, vaya. La ignorancia es una cosa, a menudo inevitable, la falsificación y el fingimiento otra bien distinta.

El escándalo, Sokal , que otro día les cuento, denunciaban la inanidad con que “intelectuales” franceses recurrían a la ciencia de forma inadecuada o claramente absurda. Lo hacían para prestigiar sus ocurrencias de columnistas (si la filosofía fue siempre unas notas a pie de página de Platón, la actual, demolidos los edificios de Kant y Hegel, son una forma de comentarios o ensayos breves de actualidad) o para dárselas de cultos, pues es bien cierto que tan inculto es alguien que ignora a Bach como a Einstein. "Las dos culturas” de las que hablara Snow siguen parceladas e inconexas, aunque creo más probable encontrar a un científico duro y puro que disfrute y hasta interprete la música barroca que a la inversa, un interprete, por poner el mismo ejemplo, que sepa traer cabalmente a colación El Principio de Incertidumbre de Heisenberg.

Swiff ponía a su Gulliver en contacto con el pueblo de los lapitanos, empeñados en encerrar rayos de luz extraídos de los pepinos en botellas de cristal (¡Había profetizado esa tonta estafa actual de los cultivos de biodiesel!), pero los “intelectuales” modernos le superan. Como un Aldous Huxley empeñado en probar la existencia de Dios dividiendo cero por cualquier número y luego derivando el infinito, aunque en su caso, justo es decirlo, nieto y hermano de científicos, lo proponía como broma.

En realidad, un mejor ejemplo sería el del mentado Lacan, tan adorado en Argentina que casi se le podría llamar el psicoanalista peronista. Este Lacan, de conocido como inmerecido prestigio, simula una profunda comprensión de la matemática avanzada –contando con que sus lectores tampoco posean esa comprensión y que los que sí la tengan, los matemáticos por ejemplo, no le lean a él- , pero en realidad es una mixtificación que conduce a oscuros galimatías que hace pasar por profundos y así termina, en un inefable caso, comparando un órgano eréctil con la raíz cuadrada de menos uno (números imaginarios en matemáticas: i).

Dawkins, el autor de El gen egoísta, un magnífico libro de divulgación muy criticado por los que no lo han leído pero han oído hablar de él, y que detenta una cátedra de divulgación científica en Oxford, señala con acierto que un intelectual “que ha sido atrapado así ha quemado sus credenciales”.

Pero el caso más extremo e idiota que conozco de necedad científica es el de una “filósofa” feminista, Luce Irrigaría, que dice que los Principios matemáticos de Newton son un manual de violación y que la conocida ecuación einsteniana de E=mc2 es sexista debido al “privilegio” que concede a la velocidad c de la luz sobre otras velocidades más necesarias y vitales (?). Según tan ecuánime pensadora la “física masculina” privilegia cosas rígidas y sólidas frente a las fluidas, infinitamente marginadas, de la física femenina. Y los planetas, las galaxias y hasta las partículas elementales sin enterarse.

Claro que sé que en algunos casos se trata de metáforas, de analogías, pero en la mayoría no precisa el autor tal cosa. En Lacan en concreto se encuentran reflexiones de la física y la biología que, como mínimo, no vienen a cuento, y como máximo están mal empleadas y mal entendidas.
O yo soy muy injusto con estos pensadores. Quizá piensan con Joan Fuster que cada convicción que se adquiere es un prejuicio que se acumula, y no quieren tener prejuicios sobre si la Tierra es redonda o si los objetos caen al suelo con una aceleración de 9,8 m/seg2. Debe ser estupendo ser catedrático de cosas que no se pueden ni se pretenden demostrar; ser su alumno, no tanto.

26-mar-2008

Contra las patrias


(In memoriam de Rafael Azcona)


Milán Kundera, que ya no está tan de moda pero sigue siendo un excelente escritor, dijo que “la estupidez de la gente procede de tener respuesta para todo”. No saben que es mejor caminar con una duda que con casposas certezas. Así, sin ir más lejos, nunca mejor dicho, está esa certidumbre que tienen todos los nacionalistas de haber nacido en la tierra prometida o, en caso contrario, de caminar sin dudas hacia ella. La cosa viene de lejos, de la Biblia, y esas gentes tan patriotas se dividen entre los victimistas que, como Moisés, no llegarán a verla nunca pero guiarán a sus pueblos hacia ella, y los victimistas que, instalados en ella, no quieren saber nada de lo que existe afuera.

Dan ganas de recomendarles la lectura del Didascalión de Hugo de San Víctor: “El hombre que encuentra agradable su dulce tierra natal es todavía un tierno principiante; aquel para quien cualquier tierra es su tierra natal es ya fuerte; pero el hombre perfecto es aquel para quien el mundo entero es como una tierra extranjera". O sea, que Rafael Azcona, que acaba de fallecer discretamente, tenía su razón cuando decía que uno es de donde hizo el bachillerato (y si no fue él, fue alguien parejo), pero también aquel que escribió la letra de El último de la fila que proclamaba que “mi patria son mis zapatos”. Finalmente, un cosmopolitismo bien entendido y siempre extrañado, en los varios sentidos de la palabra, es lo mejor. El antiturista que no “va” a los sitios, sino que los habita sucesivamente.

Son paradojas que provienen de dar por hecho que un suceso azaroso: donde naces y donde te bautizan o su equivalente, marca tu vida como nacionalista y como practicante de la única religión verdadera. Patrias y religiones, qué daño hacéis. Porque el caso es que hay ilusiones que si no se corrigen se convierten en delirios. Una ilusión puede ayudar a vivir esta vida tan breve, pero en la que, sin embargo, algunos se aburren, lo que a Jules Renard le llamaba, lógicamente, la atención. Pero una ilusión es ante todo una equivocación revocable, mientras que un delirio, como el que padecen los nacionalismos, es un error tan persistente como suicida.

Aunque la causa, patria o Dios, es lo de menos; lo dejó dicho Santayana, otro exilado, “aquel que redobla sus esfuerzos conforme olvida sus objetivos. No quiere pensar ni saber. Sólo creer”. Esa era su definición del fanático.


(Las películas basadas en guiones de Azcona eran maravillosos antídotos contra el fanatismo y retratos veraces de esa patria que llaman España. En un blanco y negro lleno de grises, de matices, tan veraz que resultaba subrrealista, mi favorita es El verdugo, y mi secuencia preferida, aunque es una magistral antología de ellas, es una en que el verdugo novato mira al interior de una celda a través de la mirilla y exclama que no ve nada o que lo ve todo negro; a cointinuación, se abre la puerta y sale de espaldas, despidiéndose, un cura con una sotana negra que estaba apoyado en la misma...)

Distopía 2: las "máquinas" devoran el mundo


En concreto una flota de 800 millones de "máquinas" que crecen a razón de 50 millones al año. Cada chino que veían con el uniforme Mao en bicicleta en los felices setenta y ochenta va ahora en coche, o lo hará pronto, con ese otro uniforme más extendido en Occidente que añade corbata.

Al Gore es como esos imanes que recomiendan pegar poco a las mujeres, y con varitas airosas de avellano que no dejan señales. La cuadratura del círculo del muchachote vicepresidencial es que el cambio climático se puede combatir sin dejar de mantener el despilfarrador estilo de vida occidental, en particular el de Estados Unidos, máximo emisor de gases de efecto invernadero a la atmósfera de todos, y una sociedad bien aupada y adicta de la máquina que devora gentes y territorios (véase post anterior): el automóvil. ¿Cómo? La receta de Gore es: ¡usemos los biocombustibles!, ¡cultivemos carburantes!.; algo muy bien visto en el país del mito del granjero patriota y del colono agrario. Hace casi 50 años, el ingeniero escocés Colin Buchana, citado por ese experto que no trae las cosas pensadas de antemano y de ahí que sea un especialista genérico excelso, Antonio Estevan, lanzó la primera advertencia seria y moderna sobre los excesos de la máquina: “estamos alimentando, a costes inmensos, un monstruo de gran potencial destructivo, al que sin embargo amamos tiernamente.” ¿Un monstruo, dice? ¿La máquina contra los seres humanos? ¿No es pura Ciencia ficción?

Pues no, comparado con los discretos dragones que exigían doncellas, este monstruo reclama tributos brutales, a él le hemos sacrificado la habitabilidad de nuestras ciudades, la sanidad del aire que respiramos, la destrucción de nuestros territorios y hasta un clásico sacrificio o pago en sangre en forma de cientos de miles de vidas humanas de los “accidentes” de tráfico. Y como dice Antonio Estevan, “ahora nos exige, mostrándonos una imagen más seductora que nunca (more Gore), que le entreguemos también nuestra comida. Y probablemente estamos dispuestos a hacerlo.”

Como señalaba el comentario de Rocío en el post anterior, el debate técnico sobre los biocombustibles se ha centrado en el balance energético de su producción. O dicho más claramente: ¿Cuánta energía se emplea para producir estos combustibles supuestamente "bios" y "ecos"; es decir, ¿se consume en el proceso más o menos energía de la que luego va a proporcionar el milagroso producto? Se trata de la famosa TRE, o tasa de retorno energético: energía obtenida dividida por energía consumida; si es menor que la unidad la cosa no va. Rocío dice que así es, lo que en castellano viejo es hacer un pan como unas hostias. Los datos que proporcionan fuentes próximas a los productores de biocombustibles ofrecen tasas mayores de la unidad, como era de esperar, pero bastante modestas; el resto de estudios independientes lo contradice. En fin, en cualquier caso no parece una alternativa brillante.

Lo que Gore y otros propugnan no es tanto detener o disminuir el cambio climático reduciendo nuestros consumos (dejar de pegar a la mujer), como intentar paliar el déficit que se está produciendo ya de combustibles fósiles con un aporte suplementario de estos otros supuestamente verdes (usar la compasiva varita de avellano para los azotes). Un consumidor del Primer Mundo siempre pagará más por dichos productos que por los alimentos que se podrían producir podría pagar uno del Tercero; así que la condena al hambre de los humanos menos desfavorecidos para satisfacer la voracidad de los coches de los más ricos es un hecho.

Lo triste es que no es una novedad. En décadas anteriores los despóticos organismos de Batton Rouge, el Fondo Monetario Internacional, FMI, y el Banco Mundial, BM ya habían relegado los cultivos alimentarios de interés local y estratégico por la agricultura de "delicatessen" destinada a la exportación, como el café o el cacao, para cubrir el pago de la deuda externa de esos países. Como a menudo esa deuda se había contraído para adquirir bienes de equipo y armamento no está mal traído el título de una banda de blues “Cañones por mantequilla”

En fin, que le dieron el Nobel de la paz a Gore, como antes se lo habían dado a Kissinger y a Ho Chi Ming o a esa tenebrosa necrófaga que fue Teresa de Calcuta. Juntos hacen un buen y coherente equipo.


(Bibliografía: Antonio Estevan: Último acto; el coche devora el planeta; Ecologista, nº 56 Primavera 2008)

25-mar-2008

La rebelión de las máquinas: una distopía actual




Ya ha sucedido, lo pronosticó Asimov y otros escritores de ciencia ficción: las máquinas se han rebelado contra sus creadores, los maltratan y los matan, retroceden los humanos y es una guerra que no está claro que podamos ganar. La maquina, así de sabiamente le llaman en Italia al automóvil, ha actuado en dos fases y dos frentes. Primero devoró la creación más excelsa de los hombres: la ciudad, luego intoxico con gases a sus habitantes, pero primero les privó de su espacio vital más primorosamente elaborado, el urbano, adaptándolo a las necesidades del tráfico mecanizado y marginando al orgulloso bípedo a angostos pasadizos que algunos llaman aceras.

La segunda fase es convertir a la otra gran conquista humana, la agricultura, de suministradora de alimentos humanos en proveedora de combustibles para esos artefactos, condenando a dos tercios de la humanidad al hambre. Y tienen el descaro de llamarlos biocombustibles o gasolinas ecológicas. Y encima en el auto el conductor no puede leer.

Seguiremos informando.

Lectores en extinción


Todo existe para acabar siendo un libro, decía Mallarmé, algo excesivamente, creo. Otros letra heridos, como Vila Matas, acaban viviendo vicariamente por y de la literatura, pierden, creo nuevamente, las referencias reales de la existencia y todo lo ven por los ojos de los libros.


Aún así, cuidado. Realidad, ficción, falsedad a menudo no son compartimentos tan estancos. Los niños confunden la realidad con la ficción, al menos en parte, si no no habría forma de contarles un cuento; los adolescentes, en cambio, identifican la ficción con la falsedad: "no me cuentes cuentos", porque para reafirmarse en edad tan precaria necesitan comportarse como hiper adultos; pero los adultos verdaderos, entretanto, distinguen mal que bien entre realidad, ficción y falsedad. Pongamos que la excesiva credulidad es un remanente infantil (los marcianos construyeron las pirámides), como el escepticismo extremo, tan típicamente juvenil, puede ser la otra cara de la estupidez (no me creo que hayan llegado a la luna, todo es un montaje). Entre el infantil creer en los reyes magos y el adolescente no creer en los padres se sitúa el campo adulto de la buena ficción, de la auténtica literatura, siempre que se nutra de la vida más que de otros libros. Aunque ya sabemos que un libro lleva a otro libro y este a otro, y así.


Recientemente el gran Phillip Roth ha declarado que los lectores están en extinción en Estados Unidos, no sabe si también en Europa. Probablemente hay algo de verdad y algo de narcisismo solipsista ("soy el último de una estirpe") en esa afirmación. Si finalmente los lectores nos convertimos en una casta minoritaria -¿no lo somos ya?, ¿no lo fuimos siempre?- los adultos estarán en manos de los que manipulan mucho más fácilmente la realidad que los escritores de ficción, porque ante un mensaje audiovisual se está de alguna forma más indefenso; no es que se sea menos escéptico, sino que no se puede escribir en los márgenes de un telediario como en un libro, salvo esos buenos viejos que interpelan a la tele o disienten del locutor en voz alta.
Y es que el libro es un artefacto muy sofisticado, aunque nos engañe su sencilla tecnología, frente a la simplicidad, que no sencillez, de un televisor tecnológicamente avanzado. En manos de lo audiovisual, contra lo que no tengo prejuicios salvo de sus excesos, los adultos volvemos a la adolescencia tontamente descreída: todo es espectáculo, las fronteras entre ficción y realidad se diluyen o se articulan desde la dictadura del medio: nada existe si no sale en la tele; o bien se regresa a la infancia, una credulidad neoténica, larvaria, insuficiente.


Bradbury se equivocaba en su Fahrenheit 451 : no se acabaron primero los libros ni había que quemarlos para controlar a las masas; bastaba con acabar con los lectores, esos adultos sospechosos, elitistas, con criterio propio, que escriben en los márgenes y subrayan. ¡Qué puñeteros viciosos solitarios!

24-mar-2008

Faros



(Pour Emma)


Siempre ha habido desalmados que encendían hogueras en la costa junto a arrecifes peligrosos para que los barcos, tomándolos por señales humanitarias, por luces de faros, naufragaran y así saquearlos. Hubo poblaciones enteras, pueblos completos que vivían de estos saqueos. Desde entonces, los faros auténticos emiten destellos, no luces fijas.

Son torres fortificadas, no contra invasores bípedos, sino marinos: los embates del mar. Se sitúan en puntos de la costa o en islas próximas donde nadie en su sano juicio pretendería habitar. Finalmente tienen luz nocturna. Lo que las gentes de tierra adentro saben es que estas lámparas edificadas se establecen para guiar a los barcos y evitar escollos y aguas peligrosas; por tanto, se sitúan junto a rutas de navegación. Lo que no saben es que esas lámparas de lentes de Fresnel varían en número, tamaño, color y frecuencia de destellos en cada faro: son como su huella dactilar, o mejor, su rostro. Lo que la gente sabe es que emiten haces de luz girando 360 grados.

Desde el mar el faro es identificado en concreto por los intervalos y colores de esos haces de luz y así podemos saber en que punto concreto de la costa se encuentra mi barco. Cuando le avisto sé que alguién está velando por mí, y no precisamente en el cielo, aunque es mejor que un vulgar ángel de la porra, digo de la guardia. Pero, ¡ay! Hoy en día han ido prescindiendo de la figura solitaria y legendaria del farero. Están automatizados y además emiten radiofrecuencias, pero ni los modernos GPS pueden sustituir un faro en la navegación nocturna.

El faro más potente de Europa es el de Créac’h en la Isla de Quessant en el Finisterre francés; desde una altura de más de 70 metros, tienen un alcance de 32 millas Allí transcurre la película de Phillip Lioret, El extraño , que recomiendo.

En España, a mi me gusta mucho el faro gallego de Cabo Ortegal en el mar Ártabro (Os cuelgo dos fotos) junto a los acantilados más altos del sur de Europa y junto a un pueblito en una ensenada estupenda para fondear que tiene el nombre muy bien puesto; se llama Cariño.
Stevenson venía de una familia de constructores de faros, ingenieros especialistas. Él no, pero sabíendo de esos ancestros suyos se entiende mejor el sabor salino de sus novelas marinas.

Sencillez


Hola. Deben ser las secuelas de la Semana Santa, pero me apetece soltaros un sermón. Eso sí: seré breve.
Gandhi recomendaba “vivir sencillamente para que otras personas puedan sencillamente vivir”. Mejor con menos, vaya. Menos consumo, menos trabajo, ganando menos y gastando menos, pero más tiempo para uno. Eso disminuiría dos cosas, la diferencia entre los que tienen mucho y los que no tienen nada y el impacto de los primeros, pero también de los segundos sobre el planeta. Gandhi lo llamaba la “sencillez voluntaria” y añadía que se trataba de un esfuerzo para “evitar el desorden exterior” ( entropía) y un “organizar la vida en torno a un objetivo deliberado” Una vida sencilla en apariencia, pero muy rica internamente.
Hay neoyorquinos que gastan en peluquería para sus perros más que los nepalíes en alimentarse. Yo prefiero lavar personalmente a Jara, en una poza de agua limpia; eso sí, sin gel ni jabón, con arena, que la encanta.
La otra opción es aguardar a que los que no tienen casi nada o muy poco y que suponen el 80% de la población humana, aunque consumen el 20% de los recursos (y ya sabéis qué 20% consume el 80%), se pongan a consumir como nosotros. Los chinos ya han empezado y vamos a necesitar varios planetas Tierra para consumirlos uno tras otro.

14-mar-2008

Aviso para mavegantes, 14


En tanto llega el 24 de marzo, aquí está la nueva programación de la temporada de primavera:


-Caminar

-Navegar

-Todo lo que no se atrevía usted a preguntar y que Montaigne ya respondió

-Sócrates hacia trampa, según Platón

-Por qué cazar ya no es un atavismo sino una modernidad imbécil

-La novela de un maricón de maricones sobre maricones es la novela del hombre: Proust

-Las tres "P" de la Humanidad...

-Mis paraísos no artificiales: el acantilado más alto del Sur de Europa.

El animal humano


Homo sapiens sapiens, un mamífero del orden de los primates emparentado con la familia de los pongidos, que agrupa al orangután, los gorilas y los chimpancés.
Desde siempre el lógico antropocentrismo (las hormigas son formicocéntricas) ha tenido una versión maximalista que implicaba no ya buscar las diferencias que nos separaban del resto del reino animal, sino negar nuestra pertenencia al mismo. Pero el ser humano es una especie animal; eso sí, no es una especie “más”. Cuando ese foso, merced a una de las más exigentes creaciones humanas, la ciencia, fue reduciéndose a una rendija, se fueron erigiendo nuevos bastiones para separarnos del hermano animal de Santo Tomás, en general relacionados con la consciencia y las actividades intelectivas, pero a medida que conocíamos que otros primates no sólo utilizaban herramientas, sino que las fabricaban, que hasta los perros reconocían su aspecto en los espejos, lo que implica conciencia de sí mismos, o que los delfines podían imitar, en la medida de su conformación anatómica, posturas humanas, poco nos quedaba como refugio del hombre, ni rey ni culmen de ninguna creación.

Yo creo, sin embargo, que hay dos aspectos que nos distinguen al menos del resto de mamíferos de gran talla. Uno es que desde hace cientos de miles de años somos el único cuyos nacimientos exceden con mucho las muertes por unidad de tiempo; el segundo es nuestra capacidad tecnológica para transformar radicalmente el medio a nuestra conveniencia o inconveniencia, en lugar de acomodarnos nosotros a él. Demografía galopante y drástica capacidad de modificar el entorno ha conducido a las tres “P” de problema de nuestra especie: la población, la pobreza y la polución. Todas ellas no son independientes, sino que se cruzan con la primera, por que lo que importa es nuestra capacidad de contaminar y de esquilmar per cápita. Seguiremos hablando de las particularidades de nuestra especie.
(PD.- Nos vemos el 24 de marzo, tras el equinoccio. Mientras, estáis en vuestra casa, digo, en vuestro blog)

13-mar-2008

Acabo (¿de momento?) con la conservación de la naturaleza


He pospuesto para el final la que bien podría haber sido el comienzo de estas disquisiciones: la inviabilidad definitiva de toda conservación extrema. Me explicaré. La pieza clave de la ecología científica es la noción de Sucesión Ecológica, hasta el punto de haber sido comparada al papel central que la teoría de la evolución ocupa en la biología general. La sucesión designa la tendencia que tienen los ecosistemas a aumentar en complejidad si no son explotados ni perturbados, conforme a una secuencia bien conocida aunque no totalmente elucidada, en la que varían propiedades “macroscópicas” del sistema, relacionadas con flujos de materia, energía e información. En cierto modo el ecosistema se “cierra sobre sí mismo”, reinvirtiendo sus excedentes productivos en estructuras más permanentes, complejas o maduras. Esa tendencia a la complejidad, o a la complicación, es tan universal que gran parte de las tareas agrícolas, por ejemplo, desde escardar a podar, y de recursos invertidos (semillar, fertilizar) tienen la misión básica de entorpecer la sucesión y evitar ese cierre sobre sí mismo del ecosistema, desde la simplicidad exportable a la complejidad estrictamente inexplotable (sin excedentes). Bien, la explotación –esa apropiación de paquetes de energía a la que aludíamos- impide que la sucesión continúe, de manera que se establece una oposición entre conservación y explotación que, en el fondo, no admite conciliación, por lo que es uno de los escollos más formidables (Margalef dixit) en la “formulación de cualquier política razonable de conservación”.En este hecho reside que la conservación de la naturaleza simultáneamente con la nuestra como sociedad, claro, sea una “aporía” lógica, es decir, una imposibilidad racional o, en términos menos filosóficos, un propósito inviable. En dicho sentido, el “mantra” de moda de la sostenibilidad, o más bien de lo sostenible [1]desvela su inherente inanidad

Persistir en comparar un ecosistema con un organismo puede conducir a numerosas impropiedades, a numerosas analogías cuyo valor pedagógico no justifica los errores de juicio que producen, pero es bien cierto que los ecosistemas se parecen a los organismos en que unos y otros se construyen a caballo del tiempo, sobre él, como el mismo planeta y sus eras cambiantes. Pero los ecosistemas que se van construyendo a sí mismos, o sobre sí o en torno a sí mismos, lo que hacen es trocar energía, la mayoría rápidamente consumida, disipada o degradada, por información. El final de ese proceso no es totalmente predecible, como optimistamente suponían los ecólogos decimonónicos y presuponen los conservacionistas y ecologistas actuales. Por tanto, en ese edificar su presente sobre su pasado, el único hecho cierto es ese. Por eso son tan importantes esos soberbios ejemplos heredados, encontrados por prueba y error tras milenios, “de nadar y guardar la ropa”, de conjugar conservación y explotación, como las dehesas o los territorios pastoriles de montaña –sus complementarios en la trashumancia de ganados-. Llámenlos, si gustan, Naturaleza, pues lo son; como aquellos, sus forjadores; como nosotros, sus conservadores; como nosotros, sus destructores.

Propongo acabar recordando aquí que los humildísimos líquenes –utilizados modernamente como indicadores biológicos de la contaminación, pues no sólo promedian mejor que cualquier instrumento la resultante sinérgica total de todos los contaminantes, sino que reflejan su transcurso en el tiempo- son, por ello, el más lento telegrama (de socorro) de la Tierra, sea esta afirmación ciencia o poesía, cuya aparentemente insalvable diferencia en el fondo estriba en si consideramos que ya sabemos –ciencia- o si seguimos aprendiendo –poesía- por intuición. Ellos también evidencian como la sincronía económica actual está arrasando con la diacronía acumulada durante millones de años, esto es, con la historia de toda la superficie emergida de este planeta. Hume definía el hábito como “tomar el pasado como regla del porvenir”. Aquí se propone, más flexiblemente, tomar el pasado como un informante del futuro. Mientras tanto esperemos que los árboles sigan intercambiando sus pájaros como palabras, conforme a la maravillosa metáfora de Saint-Pol-Roux, y continúe el prodigioso diálogo de múltiples relaciones de las partes de este mundo, la polifonía que lo sustenta a lo largo del tiempo.[2]

“Sería cosa de que los políticos vivieran en el campo, como los antiguos romanos; aprenderían en el arte de escuchar y callar, doble ciencia que el estrépito capitalino hace que olvidemos, y de la que uno se imbuye maquinalmente al observar el paso lento, cadencioso, uniforme y callado de la naturaleza.”[3]

[1] Siempre que se desea desactivar un concepto incómodo para los poderes se le sustituye por un término de consenso sin demasiado contenido; y la forma más fácil de hacerlo es transformar los sustantivos (sujetos) en adjetivos; así Ecología pasa a “ecológico”, sea este un yogur o una silla, y Sostenibilidad, concepto fuerte que define la idea de no sobrepasar la capacidad de regeneración de los recursos, por sostenible. El colmo es cuando ese adjetivo se aplica a un sustantivo incompatible, como “desarrollo”. Desarrollo, que por mucha connotación cualitativa, implica crecimiento, aumento de consumo de recursos. “Desarrollo sostenible” es una contradicción en sus términos en pura lógica, pero el que no signifique casi nada no es un obstáculo, sino un aliciente para su uso abundante en los discursos de los modernos sofistas, políticos, economistas y organismos internacionales.
[2] El silencio es un lujo, pero siempre que esté alternado con los sonidos de la vida, sino es muerte. Oigamos la trascripción al castellano que el etnógrafo Severino Pallaruelos (José. Un hombre de los Pirineos, Zaragoza, 2000) hace de los recuerdos sonoros de un pastor del Pirineo aragonés: “Oías cómo golpeaba el hacha de algunos que cortaban madera o los golpes de la maza en las cuñas si partían leña. Oías a los pastores que silbaban, perros, esquilas…algún grito allá delante de uno que acarreaba y se enfadaba con los machos…y a veces, allá abajo, en San Juan, tin-tin-tin: uno que golpeaba, para afilar la guadaña…y ahora nada… no se oye ni un ápice.”
[3] M.-J. Hérault de Séchelles: Teoría de la ambición

...y nadie sabe como ha sido




Dos veces al año la elíptica corta al ecuador celeste, entre el 21 y el 22 de marzo, y entre el 22 y 23 de septiembre. Durante los equinoccios el Sol está situado en el plano del ecuador terrestre, donde alcanza el cenit. Vamos hacia el de primavera, conocido como primer punto de Aries, -mi signo-; en el Polo Norte pasarán de una noche de seis meses a un día de igual duración (en realidad el Sol seguirá el círculo del horizonte); en nuestras latitudes, los días empezarán a exceder en duración a las noches hasta el solsticio de verano.



Caminamos pues hacia el equinoccio de primavera, los días se van haciendo más largos, florecen plantas perennes pioneras, como los almendros, y aparecen las primeras flores entre las anuales, las que resisten bajo tierra en forma de semillas aguardando tiempos mejores; los pájaros ya no pían sus reclamos: los sonidos que utilizan para mantener el contacto entre ellos, y los sustituyen por verdaderos cantos, en los que proclaman su territorio para criar como advertencia para rivales y llamada para las hembras; también llegan las aves migradoras que pasaron el invierno en el África subsahariana y se van al norte de Europa a criar las que pasaron aquí el invierno, y el aire se llena de insectos aparecidos de la nada. Es decir, florece el almendro, las margaritas, canta el pinzón, se van las grullas, llegan las golondrinas y aparecen los mosquitos. La primera distinción sería entre la primavera fenológica, la que a todos los efectos marca este renacer vital, y la astronómica que, independientemente de las condiciones meteorológicas, se inaugura con el equinoccio que depende a fecha fija de la posición del planeta con respecto al sol.

Primavera, verano, otoño e invierno, los dos equinoccios y los dos solsticios, las puertas del año como las conocían los berberiscos. Pero ni siquiera las estaciones son fijas a lo largo del tiempo o del espacio. Del espacio, porque sólo son propias de las latitudes medias, no las hay, en cambio, en trópicos y ecuador. Del tiempo, porque en nuestras latitudes mediterráneas, los antiguos distinguían hasta cinco estaciones: la prima-vera, es decir, el primer verano; el verano propiamente dicho, el estío, en que se agostaba seca toda la vegetación temporal y tras un breve otoño, el largo invierno.

Llega pues una de las puertas del año, la esplendorosa primavera, la estación más tópica y típica, ventosa y lluviosa si hay suerte, tristemente breve, en todo caso, la“que hace brotar las yemas en los árboles”, como enunciaba León El Africano. Los almendros y olivos se llenan de flor en pocos días, las narices de muchos de mucosidades, la vida indudablemente se anima, se vuelve cálida, impetuosa, hay viento, hay días de calor y regresos al frío, una estación de indecisa transición.

En los campos terminan las últimas faenas para luego sucederse todas las cosechas: la mies en junio, los higos en agosto, la vendimia en septiembre, la aceituna a las puertas de otro invierno. Las labores se reanudarán con las primeras lluvias de otoño. Como señalaba Fernand Braudel, el gran historiador francés del Mediterráneo renacentista, "toda la vida agrícola, es decir, lo mejor de la vida mediterránea, se halla bajo el signo de la premura” Antiguamente, la primavera, con el verano inmediato, marcaba los preparativos para la guerra y se activaba igualmente el tráfico marítimo, la una suspendida por el mal tiempo, como partidos de fútbol, el otro reducido al máximo a la espera de mejores vientos.

¿Qué se inicia ahora con la primavera? Ahora no hay guerras de galeras, ni piratería estricta, ni bandidaje en las campiñas y el número de campesinos, por primera vez en siglos, es considerablemente menor que el de funcionarios, incluso el de funcionarios sólo de agricultura y medio ambiente. Siembran pocos y los que guerrean, bien provistos, lo hacen en cualquier época del año. Pero aparecen las chicas y las mujeres: estaban ocultas bajo los “burkas” occidentales, gorros, bufandas, echarpes, abrigos, chaquetones y pantalones, y ahora surgen las piernas y pechos, falditas y escotes, y hasta el mirlo del pobre seto del edificio de al lado lo proclama.
(Esto es lo que se llamaba antes un artículo o columna coyuntural y de relleno, los "bordaban" los grandes plumíferos como Camba, González Ruano y ya más próximo a estos tiempos, Umbral)

12-mar-2008

Yo estuve en Atocha el 11 M, después


Tengo un grupo sanguíneo raro, cero negativo, así que la mañana del 11 de marzo, cuando fueron asesinados 192 trabajadores, que son los únicos que utilizan el tren de cercanías a tan tempranas horas, me acerqué a Atocha para donar sangre. Tras los bomberos y servicios sanitarios fuí de los primeros en llegar, aunque no ví por fortuna a ninguna de las víctimas.


Cuenta Marek Halter, un pintor y novelista francés de origen polaco, que lo que más le impresionó de Auschwitz cuando lo visitó inmediatamente después de la guerra fueron tres montañas a la entrada del recinto:

-Una montaña de gafas

-Otra de zapatos de niño

-La última de cabellos humanos, unas siete toneladas.


Lo que más me impresionó en la estación madrileña de Atocha tras el estruendo, al que no asistí, y el dolor que sí se había quedado pegado en el gran recinto, fueron tres montículos:

-Una montaña/ montículo de sillas, vallas y escombros y restos metálicos que habían construído para despejar el acceso a las ambulancias

-Una montaña flotante, persistente de polvo

-Una montaña, impresionante, de silencio, recalcada por murmullos de los que estaban en acción
Atocha, en vascuence significa esparto; el humilde material vegetal con el que se fabricaban, entre otras cosas, el calzado de las clases trabajadoras, las alpargatas, que es palabra en cambio de origen árabe. Cultura mixta, mezclada, la única que no es fósil y está viva. Atocha está sobre terrenos yesíferos y daba muy buena planta de esparto, la Stipa tenaccisima, hoy tiene un valor muy residual.

Y más sobre conservación de la naturaleza...


Mi amigo Miguel Morey, catedrático de Ecología y actual profesor emérito en la Universidad des Illes Balears, me hace notar amablemente mi tendencia a contemplar las soluciones territoriales del pasado con excesiva complacencia y me sugiere una tarea muy interesante como expiación: identificar espacios nuevos que sean sostenibles -o viables, como los denominábamos menos enfáticamente antes-. El tema es tan bonito como alejado de mis capacidades; sin embargo, subsiste un problema grave, a saber, la mayoría de los paisajes viables, sostenibles y hasta hermosos, “naturales”, son resultado de muy lentas y sostenidas (no sólo sostenibles) en el tiempo relaciones de las comunidades con su entorno, como las dehesas, los “bocages”[1] o la estructura viaria de las cañadas de la trashumancia, y hoy en día, donde impera el “diseño” instantáneo, eso sí que parece utópico e inviable. En todo caso, viene a cuento ahora recordar un proverbio senegalés, pero que cuenta con versiones en todas las culturas: “cuando no sepas a donde vas, date la vuelta y mira de donde vienes.”

La ecología de la explotación[2] nos da las claves para entender que la transformación de un entorno natural en un territorio productivo es siempre un proceso de suma cero. El espacio sin transformar tiene una estabilidad muy alta si no sufre interferencias, como un bosque sin modificar, pero reinvierte todo el excedente productivo en mantener esa estabilidad frente a los cambios, de modo que la relación biomasa/producción aumenta y apenas hay excedentes apropiables para el hombre, salvo para el mero recolector de nivel paleolítico. Por el contrario, un espacio muy transformado, como un campo de cereal, apenas tiene estabilidad, ni, por tanto, puede mantenerse igual a sí mismo sino es por intermedio de la acción humana, cerrando los ciclos de nutrientes (fertilización) y reiniciando el proceso (siembra), pero la relación biomasa/producción disminuye tanto que produce excedentes apropiables para el hombre que sólo en parte se reinvierten en la estabilidad del sistema. Es el dilema de suma cero entre conservación (estabilidad) frente a producción. Ahora bien, sistemas como la dehesa, en donde los núcleos maduros dispersos del arbolado exportan estabilidad a la matriz productiva en que están inmersos (pastos) es un magnífico ejemplo de “nadar y guardar la ropa” entre ambos extremos. En el caso de los bocages, los elementos maduros y estables son las alineaciones de arbolado y setos que limitan las teselas de producción, generando un sistema de naturaleza en un mínimo espacio ocupado. En cuanto al caso de las cañadas es un ejemplo de compensación bioclimática entre dos “extremos” (agostaderos e invernaderos) biogeográficos a través de la migración controlada de los rebaños en dos momentos estacionales del año.

La pregunta esencial sigue en pie: ¿qué significa mantener viva una relación con el pasado? Y ¿qué ocurre cuando esa relación se rompe en parte, como está sucediendo en la actualidad tanto en lo que se refiere al patrimonio histórico como al natural o al cultural ligado a ambos? No olvidemos que, al igual que las personas, las sociedades que no logran establecer una relación sana y fluida con su pasado enferman. Conjugar los viejos saberes empíricos, nutridos por la tradición oral e injustamente acusados de inmovilistas, con los modernos conocimientos científicos, sin considerar a estos últimos la única forma válida de información, sería la primera medida. Otra posible vía complementaria es precisamente modificar las nociones estáticas patrimoniales, desde la de biodiversidad hasta la de patrimonio artístico, por las dinámicas, como la de diversidad en Ecología[3]. Se trata, en suma, de incorporar a nuestros rígidos modelos la dimensión temporal y con ella la rica información de nuestro pasado. A eso, en este campo concreto que nos ocupa, lo he dado en llamar “Cultura del Territorio”[4]. La cultura del territorio sería armoniosamente híbrida, codificada en términos de la moderna científica, pero incorporando los saberes tradicionales de gestión territorial. Sería pues un arte o una técnica donde el conocimiento no suplantaría a la sabiduría, sino que la validaría, justificando los “comos” (cómo hacer) por medio de los “porqués” (porque se hace).

[1] En geografía, bocage es un término francés que designa el tipo de paisaje donde las tierras, frecuentemente praderas, están encerradas por leves elevaciones plantadas de árboles, a modo de setos, y el hábitat es disperso, creándose una malla de células productivas delimitadas por bordes silvestres. A menudo se habla de bocage bretón, normand, vendéen, etc. En algunas zonas de España reciben nombres particulares, como “sebes” en Asturias.
[2] El término “explotación” contiene inevitables connotaciones peyorativas en el marco de estos debates, pero desde el punto de vista de la ciencia de la Ecología, la explotación es simplemente el proceso de apropiación –de una especie por otra e incluso de un ecosistema por otro- de un paquete o segmento del flujo total de energía, de manera que en el gradiente continuo entre conservación-explotación la relación entre biomasa inmovilizada, reinvertida en forma de estabilidad estructural por el propio ecosistema, y biomasa (o energía) consumida (o producción) por otro sistema externo va disminuyendo. En el proceso, inevitablemente, el complejo (población o ecosistema) explotado se “rejuvenece”, pierde madurez o complejidad en favor del sistema explotador.
[3] Diversidad y Biodiversidad no son sinónimos; este último, ligado a los planteamientos de conservación, representa un concepto patrimonial: la riqueza total en especies (o en genes) de un territorio. La diversidad, por el contrario, es un concepto dinámico, un parámetro del ecosistema variable a lo largo de la Sucesión Ecológica en el tiempo, que aumenta progresivamente conforme aquella avanza. Expresa la potencialidad del sistema para establecer relaciones cibernéticas o de control entre sus elementos y se mide en términos de información, por ejemplo, con fórmulas como la de Shanon-Weaber.
[4] El plagio involuntario puede que no sea un verdadero plagio, pero es auténtica ignorancia. El profesor Pedro Montserrat Recoder lleva muchos lustros relacionando en sus magníficos trabajos cultura y ecología, con títulos tan explícitos como La cultura en el paisaje (El Campo, 131 (1994), BBVA, o La gestión ecológico-cultural en el paisaje; Pirineos, 140 (1992). Es el autor que más utiliza esa conexión en su motivada defensa del pastoralismo, sobre todo el pirenaico.

11-mar-2008

Mi conservador favorito, y un progresista.



"La revolución me habría arrastrado si no se hubiese iniciado con crímenes: ví la primera cabeza clavada en la punta de una estaca y me eché atrás. El asesinato nunca será para mí un objeto de admiración y un argumento de libertad; no conozco nada más servil, más detestable, más ruín, más obtuso que un terrorista. Los niveladores, regeneradores y degolladores se transformaban en lacayos, espías y delatores"



Chateubriand, que no es ese filete grueso hecho a la parrilla, sino mi conservador favorito, antes que Chesterton, en Memorias de Ultratumba -el tercer libro más recomendable de toda la literatura francesa en mi particular pero compartido, supongo, "ranking"-. Define muy bien la desproporción entre medios y fines y el por qué de su no adhesión a la Revolución Francesa que contaba en principio con sus simpatías.


También habría podido citar a un progresista, como mi adorado Albert Camus, que decía que detestaba profundamente a los "asesinos delicados", aquellos que ordenan matar por poderes y encuentran en la marcha de la Historia las coartadas para su buena conciencia. La alcaldesa de Mondragón, sin ir más lejos.

Y aún algo más sobre mí

“…, si se para uno a pensarlo, todo es bello en este mundo, salvo lo que nosotros mismos discurrimos y hacemos cuando olvidamos los fines supremos de la existencia y nuestra dignidad humana.” (A. Chéjov)

Un personaje de La niña del faro, de Jeanette Winterson, dice "Mi madre me llamó Silver. Nací mitad metal precioso y mitad pirata." Me gusta, me apunto. Además ni siquiera es una divisa, como la de Calderón que figura al final de mi perfil. También me veo reflejado en la de otro personaje de Phillip Roth que se define como "un bribón entre los sabios, un sabio entre los bribones." Ya sabéis que además me pongo de parte de los leones, sean la contraparte cristianos o domadores; y de las brujas, aunque me arriesgue a tener que subir también a la pira.


Desdeño, en cambio, la que considero una de las abstracciones menos útiles sobre nuestra virtuosa a la par que desalmada especie. Me refiero a la noción de Humanidad, que surgió hace relativamente poco. Me vale lo de ciudadadanía, y hasta humanismo dentro de límites bien definidos previamente, pero eso de la Humanidad me deja confuso. Cuando contemplo a ciertos indivíduos públicos -suelen ser políticos de aquí, de España- me cuesta encontrar su parte de plata, de metal precioso, y cuando son piratas y bribones no se cuentan precisamente entre los sabios. No me siento identificado en ningún colectivo tan grandilocuente como el de Humanidad cuando los contemplo; sí, en cambio, con la niña de Biafra, o el maestro de pueblo del Pirineo, o el muerto con el tiro en el cuello al grito de una nación tan chuminosa como las demás, pero más pequeña.


La exigencia intransigente de sometimiento a cualquier doctrina establecida: nacionalista, ideológica, religiosa y hasta científica me parece puro y siempre duro Fundamentalismo. Todos los que practican estos dogmas están en el extremo opuesto del sabio; son más bien maestros Ciruela, que no saben leer, pero ponen escuela. Da asco y pavor oírlos. Y además, qué coño, mejor es equivocarse por tu cuenta que tener razón por rutina o consigna (que no creo). Ser un individuo es una buena aspiración, que costó históricamente, cuando sólo eramos horda, rebaño o servidumbre. Ser un individuo no es ser insolidario, sino no ser pandillero, partidario, sicario, sectario, hooligan o demás formas de arroparse en la masa del grupo que practica siempre, metafórica o realmente, el linchamiento del otro.


¿Estamos progresando? Hace más de dos mil años Aristóteles hablaba de una ciudadanía reflexiva, pero ha debido de quedar sepultada en Asia Menor o en el Ática junto a los pedestales y los frontones derruidos. Yo con los mastiles de las banderas me hago flautas, porque están huecos, y con las enseñas, calzoncillos, que son de seda. No sólo somos el único animal que tropieza siempre (o tan sólo dos veces) en la misma piedra, y que no escarmienta en cabeza ajena; también somos el único mamífero que consume leche de adulto, concluida la lactancia estricta, lo cual indica una pulsión específica a seguir explotando a nuestros propios y más venerables miembros de la misma especie. O sea, que somos unos mamones.

Joder, ¡qué cabreado estoy hoy!, espero que me alegre el día el vibrante paréntesis ( ) de unas caderas.

10-mar-2008

No te parezcas a ellos

"La mejor forma de defenderte es no parecerte a ellos”
(Marco Aurelio)

(Y todos los nacionalismos, incluído el español se parecen)

El garrote


A la memoria de Isaías Carrasco, asesinado.

El autor de la celebre La letra escarlata, Nathaniel Hawthorne nació en Salem y jamás se alejó mucho más allá de Boston, salvo una temporada de consul en Liverpool. Además era retraído y poco mundano, pero hizo amistad con su opuesto, el prodigioso Herman Melville, el pintoresco autor de Moby Dick. Melville, al contrario que su amigo, había viajado por todo el mundo con un pantalón de algodón blanco y una camisa de franela roja, y un cinturón forrado de billetes de banco y un cepillo de dientes.

Un día Melville estaba en casa de los Hawthorne relatando sus aventuras. Contaba como había asistido a una batalla campal entre nativos de los mares del Sur y como uno de ellos era un gigantesco prodigio matador con su valentía y un gran garrote con el que diezmaba las filas de sus enemigos; un Aquiles maorí. Cuándo se fue, Hawthorne y su mujer se preguntaron donde estaba la porra, ¿acaso la había dejado Melville en un algún rincón?, pero no la encontraban. Preguntado más tarde el interesado, les aseguró que él jamás había tenido la formidable arma en sus manos y que, probablemente, jamás había salido de aquella remota isla de los Mares del Sur.

Todos tenemos tendencia a buscar garrotes bien reales pero que jamás han estado donde creemos, convencidos, que deben estar. Y eso es fuente de grandes malentendidos

Esta historia sucedió en los Mares del Sur, o quizá en la Costa Este de Estados Unidos, pero no en Mondragón, Las diferencias son muchas, pero la principal es que en nuestro relato todos, matador y víctimas, portaban clavas, cachiporras, garrotes; en Mondragón sólo uno iba armado. Ahora bien, no busquen ese garrote en en lugar equivocado, en los supuestos fines políticos o en los irreales derechos de un pueblo. El garrote siempre ha estado en el mismo sitio, en las estúpidas y desalmadas manos asesinas de los que creen que hay fines que justifican esos medios inmorales, cuando es más bien al revés: usar esos medios deslegitima cualquier fin por sensato que pudiera haber sido. El miedo es una pulsión tan inevitable como superable que nace del instinto de supervivencia, pero la cobardía es una lacra, la que te hace elegir víctimas desprotegidas, y no puede superarse porque es un cáncer terminal del alma.

07-mar-2008

Las preguntas de la ciencia



La ciencia es más el arte de plantearse preguntas adecuadas (al momento ) que de dar respuestas. Una buena pregunta vale más que mil respuestas, porque incluso las preguntas que no pueden responderse de momento, como dice el divulgador de las matemáticas Alan Paulos, funcionan como granos de arena que terminan produciendo perlas.

He aquí una buena pregunta: ¿recuerdan las mariposas lo que vivieron de orugas? Hay que tener en cuenta que la metamorfosis de los lepidópteros es una de las más radicales del mundo animal, pocas cosas hay tan distintas, siendo fases de la misma especie, que una mariposa y su oruga. La pregunta está hecha, ¿cómo responderla?: Se aplican descargas eléctricas a las orugas, asociadas a otras sensaciones, por ejemplo, la presencia de ciertos objetos o haciéndolas “oler” al mismo tiempo que se las hostiga ciertos olores. Luego se espera a la metamorfosis y se coloca a la volandera mariposa adulta ante el olor o el objeto asociado a la desagradable descarga, y la mariposa huye, recordando la desagradable experiencia de su infancia.

Con similares planteamientos hace tiempo que se descubrió que los pulpos pueden contar hasta 10 (Sus ocho brazos más dos; los listos c