
Como ateo convencido de mi elección más que de mi razón, nacido, como se suele decir, en el seno de una de las grandes religiones del “Libro” y, por qué no, como lector que aprecia las buenas historias, la Biblia me fascina, sobre todo el tremendo Antiguo Testamento y, más concretamente lo que los cristianos llaman Pentateuco –los cinco primeros libros- y los hebreos la Torah o Torá en sentido restringido (en sentido amplio Torá es la revelación sin más). Así que empezamos con el Génesis o
Bereshit, luego Éxodo o
Shemot, Levítico o
Vayikrá, Números o
Bemidbar y Deuteronomio o
Devarim. Como es norma en la catequesis y adoctrinamientos católicos, a mi nadie me habló en serio de niño de estos libros y supongo que por ello no tuve la opción de cogerles manía. Lo cierto es que son espléndidos, tan vastos, heterogéneos y contradictorios con la presencia -El que nos habla- de ese Dios a menudo vengativo y furibundo, nada ecuánime, volcado en un solo pueblo, un grupo ridículamente diminuto de gentes rodeadas de otros muchos pueblos, todos ellos con más de un dios. Este Dios casi privado del pueblo hebreo les ayuda a ganar batallas, sin poner en cuestión la propia guerra, a huir o a encontrar alimento. Práctico sí que era.
Los cristianos además incluyen ese añadido con las enseñanzas y vida de Jesús que se suele llamar Nuevo Testamento o Evangelios. No digo que no tenga interés, pero cuenta una historia casi privada, varios siglos después de que sucediera –no sé porque mucha gente cree que los evangelistas fueron contemporáneos de Cristo-, poco cosmológica, para entendernos, de una suerte de rabino herético, como tantos otros en aquel tiempo, carismático y mago, no muy cultivado, pero listo que, entre muchas virtudes y para mí algún grave defecto, tuvo el de hincharle las narices a propios y extraños, a los poderes de la Roma ocupante y a los poderes locales títeres de Judea y Galilea, Palestina. Bastante lógico, pues andaba predicando, además de un mensaje de amor universal inviable: “ama a tu prójimo como a ti mismo”, unas prácticas sobre la propiedad, francamente subversivas. Comparadas, digamos con el marxismo, convertían a este último en una agrupación de empresarios. No le veo el parentesco, pero de creer que era hijo hecho hombre del colérico Dios del Antiguo Testamento sólo puedo decir que no había salido al Padre.
Pero volvamos al Antiguo Testamento que es el que más les gusta a los chicos de la Agrupación del Rifle en Estados Unidos. Tengo la sospecha que la sofisticación de las religiones del Libro es tanto mayor cuanto más antígua, primero, el judaísmo, luego el cristianismo católico, a continuación las sectas protestantes de mayor a menor pedigree y finalmente, los cristianos renacidos hace un par de telediarios que son francamente idiotas. La secuencia Judaísmo, cristianismo, Islamismo también avala, creo, lo que digo, el islamismo es el más tosco y su Corán no admite comparaciones con La Biblia y La Torá, porque es más bien –lo he leído- una enciclopedia familiar de un solo tomo, al modo de esa enciclopedias del hogar, que te cuenta alguna historia, pero sobre todo te enseña normas de higiene personal y alguna otra cosita elemental. Claro está que el verdadero gran libro de los árabes no es el Corán, sino Las mil y una noches (¿persa, dicen?, Bueno, persa).
Eso sí, hay muy distintos estilos nacionales de leer la Biblia, la de los sofisticados y eruditos hermeneutas judaicos y la de los zopencos literales de los colonos estadounidenses: la Biblia y el fusil en todas las cabañas de pioneros, representan dos extremos, pero ambos comparten esa xenofobia de pueblos elegidos por El, una cierta complacencia en el ojo por ojo, matizada mucho más en los primeros por el convencimiento de que es más sagrada la tinta del sabio que la sangre del mártir (pero este es un proverbio árabe, miren por donde). Ambos igualmente, judíos israelíes y granjeros de la América profunda se comportan ante el resto del mundo no como miembros de unas determinadas naciones, sino como pertenecientes a una milicia, contagiando ese cariz militar a sus relaciones exteriores y a sus poderes públicos.
Es muy posible que no toda la culpa sea de la Biblia, ni que sea necesario leerla literalmente para volverse idiota, como tampoco el Perrault de caperucita Roja es responsable de los modernos caníbales. El problema, tal como yo lo veo, es los que miran la Biblia como un espejo y los que la consideran una ventana, aunque ambos ven realidades deformes.
Hay países, como Canadá, que no tienen Historia, sólo Geografía: ríos que convierten por comparación al Rin o al Danubio en arroyos, no digamos El Ebro o el Tajo; lagos como landers alemanes, cataratas y bosques desmesurados. Y hay países que parecen tener sólo Historia, como Palestina e Israel, donde das una patada a una piedra en un secarral y ahí justo se apareció Dios, tuvo lugar una cruenta batalla reciente o milenaria o se acostó un camello de Abraham. Jerusalén mismo es una extraña ciudad de fea belleza; como los propios israelíes, atezados, indistintos de los palestinos, pero con las rodillas peladas por su costumbre del pantalón corto de pionero.
Por eso me gusta España. Tiene el punto para mí justo entre geografía e Historia. Valles salpicados de ermitas, cada otero con su castillo, pero también bosques con osos, páramos con lobos y los acantilados más altos y geológicamente antiguos de Europa Occidental. Debe ser por eso que aquí ni los curas leen la Biblia.
Lecturas recomendadas:
1) Fred Vargas: Bajo los vientos de neptuno. Esta Historiadora y arqueóloga francesa, guapa además, escribe, junto al cubano Leonardo Padura, la mejor serie actual de novela policiaca. La que recomiendo transcurre en un Canadá que sólo tiene geografía, muy reconocible para mí.
2) Stéphane Mosès: El Eros y la Ley. Lecturas bíblicas. Para quien quiera introducirse en la tradición judía de las interpretaciones bíblicas, este librito, como casi todos los que edita esta magnífica editorial, Katz, es imprescindible.