30-abr-2008


Después del puente del 1 de mayo (quedaros en casa, insisto), aniversario del asesinato legal de un montón de sindicalistas en Chicago tal día de 1886, la llamada Revuelta de Haymarket, un bonito post de divulgación científica: La Termodinámica y La Vida. Ya veréis qué bonito. Buen puente.

29-abr-2008

La Biblia, las mujeres, los Ángeles Rebeldes y los apócrifos




Lo que es verdaderamente divertido es acudir a los libros bíblicos apócrifos, esto es, los que por una u otra razón fueron eliminados por las autoridades eclesiásticas del canon ortodoxo, y no me refiero sólo ni especialmente a los Evangelios, como el de Judas o el de Tomás. Es el único caso que me viene a la memoria de un libro censurado por sus propios propagandistas y divulgadores; por razones a veces claras, como el caso que mencionaré a continuación, a veces más oscuras, pero nunca, y esto es importante, por criterios filológicos o históricos. Libros ha habido que pertenecieron a la Biblia y fueron suprimidos en un disputado Concilio, pero tras la adición griega del Nuevo Testamento, también podado y mutilado, no ha habido añadidos. Una de mis más inocentes diversiones, porque no busco munición contra nada ni nadie, es hacerme y leer esos no ya fragmentos, sino libros enteros expurgados. El primer editor –Herralde: espabila- que los localice y los vaya editando con la debida difusión se forra. Hace poco di con uno, de los gnósticos, una secta esta, la del gnosticismo que me fascina y me resulta muy simpática.

A estas alturas, los frecuentadores de este blog saben que me gustan las mujeres. No es esta una declaración tan pomposamente idiota y publicitaria como puede parecer a primera vista: me gustan las mujeres y me seguirían gustando aunque fuera yo impotente. Sé que hubo numerosas mujeres entre los discípulos de Jesús, algunas tan admirables como Maria Magdalena. Parece igualmente que a Jesús le gustaba hablar con ellas y hay pocas dudas de que mujeres fueron las que se concentraron a los pies de su patíbulo; casi todos los tíos habían salido por patas, pero en el complicado edificio de su doctrina, aunque para mí sería más exacto decir de la doctrina que forjó Pablo tomando no sé si en vano el nombre de Jesús, no se reconoce ninguna autoridad femenina, salvo el tardío reconocimiento de María, la madre de Jesús.

El Nuevo Testamento, como con todo, da su porción de cal y de arena, pero el conjunto deja una impresión desequilibradamente misógina y acorde con esas religiones nómadas y de desiertos: la mujer tapada y en la jaima, junto a los camellos cuando se acampa. Pero los gnósticos tienen a la insuperable Sofía, la personificación de la sabiduría: “la sabiduría es contigo, ella, la que conoce todas tus obras, la que estaba presente cuando creaste el mundo; entiende lo que te complace y lo que es conforme a tus mandamientos”. Esa Sofía es por la que Dios tomó conciencia de sí; es decir, la que por cuya mediación el universo llegó a su plenitud como compañera de la Creación. O como dijo un agudo comentarista –y las notas a pie de página en estos asuntos son tan interesantes como el texto principal- “Sofía consiguió que la gélida gloria del Dios patriarcal se transformara en la esplendorosa Alma del Mundo que todo lo abarca”. Así pues, Sofía, la compañera de Dios, a cuyas instancias creó el universo y a la que cristianos y judíos han condenado al ostracismo y silenciado de extraño común acuerdo.

Pero para mí, además de ese papel genético del mundo, lo que más me gusta es la que se podría llamar “La caída de Sofía”, en la que se vistió de carne mortal, como Jesús; se encarnó, vaya, y no en cualquier mujer, sino en una prostituta de un burdel de Tiro, Ella, la sabia, la compañera de Dios Padre al alcance de cualquiera por unos pocos taleros. De ahí la rescató otra figura fascinante, para algunos antecedente, para otros rival de Jesús, Simón el Mago. No es arriesgado interpretar el episodio como una Pasión, como la del Cristo, encarnándose entre los hombres, sufriendo un destino vergonzoso por la salvación de la dichosa humanidad. Así que los gnósticos la aclaman como la Sabiduría, y como anima mundi, que también pide la redención y, para obtenerla, despierta el deseo de los concupiscentes hombres. Genial, aunque probablemente tomado de antiguos mitos persas que creían que, cuando el hombre muere, se encuentra con su espíritu en forma de bella mujer, pero también infinitamente vieja y sabia.

Otros personajes de Escrituras Apócrifas, en este caso de El Libro de Salomón, son Los Ángeles Rebeldes –título por cierto de la para mí mejor novela del canadiense Robertson Davies, mejor que cualquiera de las de la aclamada y recientemente traducida trilogía Deptford-, que no es el caso del soberbio Lucifer, no confundirse. Samahzai y Azazel, ángeles tan de verdad como el Príncipe de las Tinieblas, revelaron a Salomón los secretos celestiales y Dios, tan celoso de sus derechos de Autor, los expulsó por falta de custodia en documento bíblico, esto es, el típico delito de funcionarios, y por difusión de secretos teologales y espionaje a favor de lo terrenal. Terrenal porque estos benditos seres no eran egotistas amargados, como el puñetero Lucifer, sino que ayudaron a la humanidad a avanzar en sus conocimientos (¿Prometeo?), descendieron a la Tierra y enseñaron lenguas, medicina, derecho e higiene –buen plan de estudios- bueno, nos lo enseñaron todo y encima gozaron de “particular predicamento” (guapos, ellos) entre “las hijas del hombre”. Dios, que es como el perro del hortelano con eso de la sabiduría, se mosqueó, pero los ángeles rebeldes, patrones de las universidades antes que el pesado de Aquino, Le demostraron que ocultar el conocimiento y guardárselo para sí no es bueno. Este es desde luego para mí un pionero esfuerzo: el de acabar civilizando a Dios. Libro tan inmenso e incontenible, no puede, sin embargo, utilizarse para demostrar ninguna posición; ni tampoco la mía, si es que la tuviera en estos fascinantes asuntos.

28-abr-2008

Las tontadas de Rafael Reig y una encuesta entre insignes lectores


En un especial dedicado al Día del Libro, el diario Público –pobre periódico: no consigue desprenderse de la estética de prensa gratuita levemente engordada, lo que diluye sus buenas intenciones progresistas; con la falta que hace un periódico que haga sombra a la apabullante y dictatorial hegemonía de El País, ese tuerto rodeado de ciegos y pedrojotas- publicaba (¿será esto de que ‘el Público publicaba’ una redundancia admisible?) una tribuna de opinión del pope Rafael Reig y una encuesta entre famosos sobre los libros que les cambiaron la vida.

La sección de Opinión de don Rafael, magníficamente colocada en la página 2, a la vuelta de portada, que en efecto se está convirtiendo en un “don” [1]de la crítica, es esencialmente un pim pam pum en el que Reig contesta a la carta de un lector; la carta no se elige por su especial interés, sino para que sirva de lucimiento al articulista que, por tanto, utiliza a aquel como una pared o eso, un blanco parado o, al menos, apeonado. El artículo de opinión de Reig me recuerda mucho a los post de Lector Malherido, del que creo es mentor. Es decir, es una pastelito apeteciblemente brillante con algunos tropezones idiotas, al modo de almendras amargas. Por ejemplo, para él sería obvio llevarse a una isla desierta un libro que no hubiera leído. Qué gracia. Supongo que es porque pensaba en un rescate rápido, porque si la cuestión, al estilo Defoe, se demora, lo seguro es llevarse un libro gordo y ya leído, para asegurarse una relectura placentera y sostenida, como La Biblia, el Mismo Quijote (hay majaderos, enseguida van a ver por qué, que tienen cierto interés; el mismo Reig sin ir más lejos), Las memorias de Casanova, La Historia de Herodoto, La Recherche de Proust o las obras Completas de Simenon, y además un buen diccionario, no te jode.

Dos chorradas más. Una es de ese tipo tan inevitable casi como frecuente, la tentación de hacer una buena frase diciendo una gilipollez. Y es que dice que “A Don Quijote los libros le cambiaron la vida: se convirtió en un majadero”. Espléndida nueva interpretación cervantina: no se le fue la pinza, no desvarió y se volvió loco, no: se volvió un majadero, que no majara, ya veis. La otra tontada: los libros que cambiaron la vida de tan ilustre crítico fueron la serie de Los Cinco, de Enid Blyton, alias La Empalagosa. Admiro la sinceridad, porque podría haber quedado como un rey este Reig si hubiera dicho Richmal Crompton y Guillermo, sin salir de las Británicas Islas (no desiertas, precisamente). La última y fuera de concurso es un titular gordo que reza. “No lean: escriban”. Cojonudo: sin ideas preconcebidas, la mejor forma de ser un buen salvaje y escribir mal o no aprender nunca a hacerlo bien: no leer.

La encuesta se centra en unos famosos más o menos escogidos para que cubran todas “las parcelas” de esta bendita sociedad. Sólo hay uno lo suficiente sincero como para dar un nombre de best seller, eso sí, de calidad, el futbolista (tenía que ser) Sergio Ramos menta El Perfume: buen despeje a corner. El inevitable político que cita las Memorias de Adriano de Yourcenar es Jose Antonio Alonso, que sigue la estela de Alfonso Guerra y tantos otros colegas que no sé por qué se tomaron el libro de la belga como una manual/recetario de gobierno, cosa que no es para nada; ni tampoco su mejor libro, si a eso vamos.

Luego abundan las chulerías intelectuales, como la del vigente ministro de Cultura que dice textualmente el “libro VI de la Eneida”; pobre Virgilio, los otros siete u ocho a la puñetera mierda. Un par de los encuestados caen por lo reciente y uno hasta por lo casi novedoso, la Malena de Almudena Grandes, y los otros por la Incierta gloria de Sales, o El Guardián entre el centeno, de Salinger, que menta Gaspar Llamazares, acudiendo a una de las novelas más sobre valoradas a mi juicio de toda la literatura norteamericana del siglo XX. Y luego creo, es mi opinión, claro, que alguno apunta bien: Bono y Rojo y Negro de Stendhal, Jorge Edwards y El Aleph de Borges o Lorenzo Silva y El Proceso, de Kafka. Es lo que da este país de sí, y también de no.
[1] “don”: personaje de respeto e influencia, también y por extensión, jefe de la Mafia.

Lecturas inteligentes de la Biblia




Así pues y retomando el post anterior, hay "una" sola y pueril manera de leer la Biblia, la de esos cristianismos cuyo paradigma es el granjero colono del XIX en Estados Unidos y que continua hasta hoy en tanta secta protestante fundamentalista, y “muchas” maneras infinitamente sofisticadas y eruditas, como la de los hermeneutas y exegetas judíos. La primera, ya lo sabemos, bastante reciente, toma al pie de la letra el Antiguo Testamento, pero ni siquiera eso: toma al pie de la letra la traducción vernácula propia, una versión inglesa pongamos por caso, que a su vez ha sido traducida de otra traducida, jamás del “original” hebreo. El resultado, dependiendo del pasaje, puede ser demoledor: Dumbo, el elefantito de grandes orejas, volaba de verás, como un aeroplano.

En cambio, las lecturas sofisticadas de La Biblia no son unívocas; esas lecturas acotan interminablemente en los márgenes del texto sagrado. De hecho, lo que han intentado esos eruditos, normalmente o casi exclusivamente judaicos, es nada menos que oír la voz de Dios al fondo del texto; lo que algunos sabios, como el mencionado Stéphane Mosès, llaman el Eros, frente a la mera Ley que implica su doctrina directa. Lo que ocurre, creo desde mi distancia de no creyente pero simpatizante, es que esa Voz, además de lejana, al estar dirigida a los hombres se escucha, digamos, como la radiación de fondo del origen del Universo por los astrónomos que escudriñan con sus radiotelescopios. Así que sobre un texto parecido (traducción de traducción en muchos casos, no lo olvidemos) se puede dar la erudición sofisticada e interminable de la más antigua de las Religiones del Libro o la infantiloide, reciente e histérica, realmente improvisada, de gentes no ya eruditas, sino básicamente incultas.

En este último sentido, la Biblia hace daño, aliena, en el otro, en cambio, es la base de un sistema que ha generado en el pueblo judío esa llamativa afición por el estudio y el conocimiento que ha dado esa cantidad de genios en todas las áreas porcentualmente superior a la que le correspondería. De hecho, cuando un niño pobre judío destacaba en la Europa de entreguerras era frecuente que una familia rica costease sus estudios, fueran o no rabínicos. Ese respeto al estudio y el conocimiento entre los judíos ha dado premios Nobel de física, pero proviene de la costumbre del estudio e interpretación de La Biblia. Paradoja que me agrada: lo que en unos es incentivo para el conocimiento, en otros es anteojera para negarse a recibirlo, como en el caso de esos patanes creacionistas norteamericanos que niegan la evolución biológica tomando al pie de la letra algunos versículos del Génesis.

La primera Biblia es el conjunto de esos primeros cinco libros del Antiguo Testamento que los judíos llaman Torá, en antiguo hebreo. Las primeras traducciones fueron las que se hicieron a la lengua culta de la época clásica, el griego; en tanto que Pablo y los evangelistas escribieron directamente en ese griego neotestamentario que probablemente no hablase Cristo. Finalmente, vinieron las traducciones al latín, nueva lengua hegemónica, como hoy el inglés, pero sobre todo, la lengua del Imperio Romano a la que la crecientemente poderosa Iglesia Romana comenzaba a imitar en casi todo.

Al igual que Guerra y Paz, que está escrita en dos lenguas distintas, el francés habitual y culto de la nobleza rusa y el ruso de su pueblo llano, la Biblia cristiana está escrita en hebreo en el Antiguo Testamento y en ese griego neotestamentario en los Nuevos Testamentos. Ese griego era ya entonces una decadente ruina que enlazaba el griego clásico con lo que luego fue el griego moderno y actual, pero una ruina magnífica que permitía expresar emociones y cuestiones muy profundas de manera muy exacta.

Todo esto, uno puede pensar que se perdió al verter la o las Biblias a las lenguas nacionales, y de hecho pasó, según los eruditos hebreos, pero también tuvo imprevistos efectos benéficos. Así La Biblia del rey Jacobo, la primera versión casi completa en inglés, contemporánea de Shakespeare, fijó ese inglés de una manera eficacísima, como siglos más tarde pasó, por ejemplo, con el vasco escrito y la primera Biblia en vascuence.

Pondré un solo ejemplo. El Adan del Génesis no es el hombre, macho en cuanto género y sexo ni tampoco un ser hermafrodita como en tantos mitos de la creación del ser humano en otras culturas: representaba al principio ser humano indistinto. Adam en hebreo, en tanto predicado del conocido sintagma “Dios creó”, no está empleado como nombre propio, como creen los pioneros yanquis, sino como sustantivo común, ya que lo precede el artículo definido hebreo “ha”. El hombre en general haAdam.Y este ser-uno ya posee desde el principio la dualidad originaria. “macho y hembra los creo”. Dicha dualidad, subrayada por el plural (“los creó”) es la que posteriormente es separada en los dos seres: Adam y Eva, que son los dos géneros complementarios. Para la Biblia –qué alegría para las feministas- , la diferencia de géneros está inscrita, desde el origen, en la estructura misma de lo humano.

Se podría hablar de las dos acepciones que tiene el verbo “conocer” (lada’at) en hebreo bíblico: el que remite al acto de intelección y el que designa la relación sexual, pero nada de casualidades: ambos están ligados porque el Génesis deja muy claro que el ser humano conocerá a través de su carne o si se prefiere de su vida corporal. En fin, que la Biblia es fascinante no sólo como una colección de relatos que los modernos podemos mirar con superioridad, sino un mundo intelectual paradójico e intenso. Para eso tenemos que desprendernos primero de la idea del conocimiento progresivo, esa que considera a nuestros antepasados remotos y hasta a nuestros padres y abuelos como periódicos atrasados. Hay pues que prescindir de toda soberbia científica, que por cierto, define a los científicos…mediocres. Todo tan paradójico como la fascinación que este humilde ateo siente por el texto sagrado. Aunque no necesito descargo alguno: todos vivimos en un revoltijo de épocas distintas, aunque creamos que habitamos la modernidad actual; yo, como vosotros, tengo ideas actuales junto a otras del pasado remoto, o más acordes con mis padres que conmigo. Nadie puede ordenarlas fácilmente. En la Edad Media se mezclaba la religión con los conocimientos del momento, pero pregunten hoy a alguien que no sea tecnólogo por qué funcionan los trastos modernos: magia.

25-abr-2008

La Biblia, los países sólo con geografía y los países con historia



Como ateo convencido de mi elección más que de mi razón, nacido, como se suele decir, en el seno de una de las grandes religiones del “Libro” y, por qué no, como lector que aprecia las buenas historias, la Biblia me fascina, sobre todo el tremendo Antiguo Testamento y, más concretamente lo que los cristianos llaman Pentateuco –los cinco primeros libros- y los hebreos la Torah o Torá en sentido restringido (en sentido amplio Torá es la revelación sin más). Así que empezamos con el Génesis o Bereshit, luego Éxodo o Shemot, Levítico o Vayikrá, Números o Bemidbar y Deuteronomio o Devarim. Como es norma en la catequesis y adoctrinamientos católicos, a mi nadie me habló en serio de niño de estos libros y supongo que por ello no tuve la opción de cogerles manía. Lo cierto es que son espléndidos, tan vastos, heterogéneos y contradictorios con la presencia -El que nos habla- de ese Dios a menudo vengativo y furibundo, nada ecuánime, volcado en un solo pueblo, un grupo ridículamente diminuto de gentes rodeadas de otros muchos pueblos, todos ellos con más de un dios. Este Dios casi privado del pueblo hebreo les ayuda a ganar batallas, sin poner en cuestión la propia guerra, a huir o a encontrar alimento. Práctico sí que era.

Los cristianos además incluyen ese añadido con las enseñanzas y vida de Jesús que se suele llamar Nuevo Testamento o Evangelios. No digo que no tenga interés, pero cuenta una historia casi privada, varios siglos después de que sucediera –no sé porque mucha gente cree que los evangelistas fueron contemporáneos de Cristo-, poco cosmológica, para entendernos, de una suerte de rabino herético, como tantos otros en aquel tiempo, carismático y mago, no muy cultivado, pero listo que, entre muchas virtudes y para mí algún grave defecto, tuvo el de hincharle las narices a propios y extraños, a los poderes de la Roma ocupante y a los poderes locales títeres de Judea y Galilea, Palestina. Bastante lógico, pues andaba predicando, además de un mensaje de amor universal inviable: “ama a tu prójimo como a ti mismo”, unas prácticas sobre la propiedad, francamente subversivas. Comparadas, digamos con el marxismo, convertían a este último en una agrupación de empresarios. No le veo el parentesco, pero de creer que era hijo hecho hombre del colérico Dios del Antiguo Testamento sólo puedo decir que no había salido al Padre.

Pero volvamos al Antiguo Testamento que es el que más les gusta a los chicos de la Agrupación del Rifle en Estados Unidos. Tengo la sospecha que la sofisticación de las religiones del Libro es tanto mayor cuanto más antígua, primero, el judaísmo, luego el cristianismo católico, a continuación las sectas protestantes de mayor a menor pedigree y finalmente, los cristianos renacidos hace un par de telediarios que son francamente idiotas. La secuencia Judaísmo, cristianismo, Islamismo también avala, creo, lo que digo, el islamismo es el más tosco y su Corán no admite comparaciones con La Biblia y La Torá, porque es más bien –lo he leído- una enciclopedia familiar de un solo tomo, al modo de esa enciclopedias del hogar, que te cuenta alguna historia, pero sobre todo te enseña normas de higiene personal y alguna otra cosita elemental. Claro está que el verdadero gran libro de los árabes no es el Corán, sino Las mil y una noches (¿persa, dicen?, Bueno, persa).

Eso sí, hay muy distintos estilos nacionales de leer la Biblia, la de los sofisticados y eruditos hermeneutas judaicos y la de los zopencos literales de los colonos estadounidenses: la Biblia y el fusil en todas las cabañas de pioneros, representan dos extremos, pero ambos comparten esa xenofobia de pueblos elegidos por El, una cierta complacencia en el ojo por ojo, matizada mucho más en los primeros por el convencimiento de que es más sagrada la tinta del sabio que la sangre del mártir (pero este es un proverbio árabe, miren por donde). Ambos igualmente, judíos israelíes y granjeros de la América profunda se comportan ante el resto del mundo no como miembros de unas determinadas naciones, sino como pertenecientes a una milicia, contagiando ese cariz militar a sus relaciones exteriores y a sus poderes públicos.

Es muy posible que no toda la culpa sea de la Biblia, ni que sea necesario leerla literalmente para volverse idiota, como tampoco el Perrault de caperucita Roja es responsable de los modernos caníbales. El problema, tal como yo lo veo, es los que miran la Biblia como un espejo y los que la consideran una ventana, aunque ambos ven realidades deformes.

Hay países, como Canadá, que no tienen Historia, sólo Geografía: ríos que convierten por comparación al Rin o al Danubio en arroyos, no digamos El Ebro o el Tajo; lagos como landers alemanes, cataratas y bosques desmesurados. Y hay países que parecen tener sólo Historia, como Palestina e Israel, donde das una patada a una piedra en un secarral y ahí justo se apareció Dios, tuvo lugar una cruenta batalla reciente o milenaria o se acostó un camello de Abraham. Jerusalén mismo es una extraña ciudad de fea belleza; como los propios israelíes, atezados, indistintos de los palestinos, pero con las rodillas peladas por su costumbre del pantalón corto de pionero.

Por eso me gusta España. Tiene el punto para mí justo entre geografía e Historia. Valles salpicados de ermitas, cada otero con su castillo, pero también bosques con osos, páramos con lobos y los acantilados más altos y geológicamente antiguos de Europa Occidental. Debe ser por eso que aquí ni los curas leen la Biblia.

Lecturas recomendadas:

1) Fred Vargas: Bajo los vientos de neptuno. Esta Historiadora y arqueóloga francesa, guapa además, escribe, junto al cubano Leonardo Padura, la mejor serie actual de novela policiaca. La que recomiendo transcurre en un Canadá que sólo tiene geografía, muy reconocible para mí.

2) Stéphane Mosès: El Eros y la Ley. Lecturas bíblicas. Para quien quiera introducirse en la tradición judía de las interpretaciones bíblicas, este librito, como casi todos los que edita esta magnífica editorial, Katz, es imprescindible.

24-abr-2008

La belleza




La belleza es difícil de explicar y fácil de percibir.

Se me ocurre de repente escribir un cuento sobre una tribu perdida que considera como patrón de belleza tener en cada mano y pie un número par de dedos. Como añadir dedos está fuera de su alcance, lo que hacen es cortarse uno, normalmente el meñique y por eso, los bellos a la moda cojean. Dentro de la tribu surgen algunos extremistas radicales que prescinden de los pulgares de manos y pies: no pueden agarrar objetos bien y son alimentados por sirvientes sin meñique; no pueden andar apenas y son llevados en angarillas por bamboleantes esclavos desmeñicados.
Se me ocurre que en otras sociedades se establece un patrón de belleza femenino que consiste en dos cosas curiosas: eliminar todos los rasgos distintivos de ese sexo (me niego a llamarlo “género”, eso lo dejo para la gramática): caderas redondas, senos prominentes, etc., y en establecer como aliada de lo anterior una delgadez extrema. No intento hacer un cuento con eso, porque me saldría un reportaje, ya que al revés que la tribu mutiladora de dedos, esto es verdad.

De hecho, sorprendentemente y a pesar de que para gustos están los colores, las pautas de reconocimiento, modas al margen, de la belleza son sorprendentemente universales; da igual que se trate de paisajes, de personas o de objetos.

La belleza, eso sí, cuando se trata de personas, tiene otro enemigo además o a la par que la moda: la impostación, la falta de naturalidad, la conciencia de uno mismo de ser bello que elimina uno de los encantos mayores: la encantadora ignorancia o incluso el sincero desinterés del bello por su belleza, que le hace aún más irresistible. Por eso, creo, los profesionales de la belleza propia, como los y las modelos, tienen una frialdad que les resta, como los profesionales de la belleza ajena, como estilistas o peluqueros que la tienen demasiado formalizada. Se salvan los fotógrafos, los grandes descubridores de esa belleza que a veces se llama fotogenia, y es lógico, porque la única virtud imprescindible de un buen fotógrafo es saber mirar.

En realidad, lo anterior podría hacerse extensible a objetos inanimados, aunque estos no sean narcisistas como lo son los humanos conscientes de ser bellos. Quiero decir que comparto la idea de Benet de que la belleza nunca puede ser un objetivo, sino que es siempre un “subproducto” de otra clase de empeño, a menudo de naturaleza muy corriente: una buena genética y alimentación, o en un paisaje una buena gestión del territorio como sistema de producción agropecuaria, por ejemplo, o los bellos objetos útiles, como los de la alfarería tradicional (intenten conseguir una forma más perfecta que la de un cántaro para agua)

Para el biólogo evolutivo la belleza, que atrae al reproductor del otro sexo, es una evidencia conspicua aunque intrínseca, de salud y capacidad reproductiva, de éxito reproductor, por tanto, así de simple, así de devastadoramente actúa ese “capellán del Diablo”, como llamó Darwin a la Selección Natural: la supervivencia del más guapo es la del más apto. Injusto, pero cierto.

Y hablando de paisaje y territorio, la belleza, cada vez más, es resultado de una omisión: la de los depredadores de solares cuando pasan por alto esos rincones que aún quedan, ya que por fortuna además de codiciosos son ignorantes y sólo atienden a los gustos masivamente hermosos: sol y playa.

Pero nada de lo que he dicho es completo, claro, por eso se fundó toda una “ciencia” preceptiva (no experimental precisamente), o si se prefiere un rama de la filosofía que es la Estética en la que han incurrido todos los “Hegel” de la Historia, que a mí nunca me aclararon del todo estas cuestiones.

Y luego está el asunto del gusto y los colores. ¿Qué es la belleza? Se preguntaba el feo de Voltaire, y se contestaba, porque la cuestión era dar alas a su retórica, más o menos así (sigo citando de memoria, así que no pongo las comillas por respeto): la belleza es la piel rugosa de la sapa cuando la mira con sus ojos saltones el sapo. Tal para cual, afortunadamente. (Pero yo debo tener algo de sapa, porque me gustan mucho los sapos).

Por cierto, sapos y sapas tienen cinco deditos perfectos y el de la foto Pelobates cultripes, además, unas espuelas en los pies. Y al David de Miguel Ángel, que, con perdón para los puristas, no sabía dibujar mujeres y le salían orondas walquirias, se le rompió el pulgar del pie derecho. Seguía guapo.

Diario retrospectivo de lecturas; continuación...




Prosigo con este diario de lecturas del inmediato pasado. En junio de ese mismo año, 2005, leí sucesivamente un delicioso libro de viajes de un honesto novelista menor, Somerset Maugham, En un biombo chino, donde el cosmopolita autor descubre en una islita del Pacífico central un biombo de hojas de palma trenzadas pintado por el mísmísimo Gauguin; naturalmente cuenta su historia. Mucho mejor que sus novelas (Ojo, que tiene cuentos y relatos breves muy buenos).

Luego descubrí –y eso sí que es una alegría- un autor al que sólo conocía de oídas, el mexicano Jorge Ibargüengoitia. Estas ruinas que ves es una novela tronchante, y eso que en general detesto las novelas explícitamente “humorísticas”; además refleja genialmente ciertos elementos del carácter popular mexicano. Tras su lectura, en una edición española, me dediqué a buscar todas las obras de este tío, muerto tempranamente en accidente de avión, publicadas en Latinoamérica; encontré cuatro más: un ensayo y tres novelas más; me confirmaron que el tío era muy bueno.

Seguí con mi querida divulgación: Entrelazamiento, mecánica cuántica, para compensar tanta Relatividad de los meses anteriores. Después leí una novela de una serie de entretenimiento de aventuras del mar en tiempos de Nelson; probablemente la mejor que se ha escrito nunca y la más documentada, la de Patrick O’Brian: El puerto de la traición; estas cosas, literatura menor (?) y de género las devoro como pipas y luego me da sed y quiero más, pero de otra cosa. Pero donde me llegaría el bombazo del mes fue cuando le tocó el turno a un librito tan exquisito como estremecedor. Menos mal que suelo leer en soledad, porque…lloré: 88, Charing Cross Road, de Helen Hanff. Creo que luego se hizo una película que no he visto con Anthony Hopkins y la gran Anne Bancrof; dudo que pueda superar a la historia escrita de la relación epistolar y en cierto modo amorosa entre un culto librero “de viejo” inglés y una lúcida lectora norteamericana; el posterior viaje de ella a Inglaterra, la viudez de ambos, la muerte de él, en fin. Una absoluta joya.

Ese ya lejano mes me pasé tres pueblos, porque leí sucesivamente El nacimiento de la mente del neurobiólogo del MIT Steven Pinker, a Gabrielle D’Anunzio, que me cae gordo y se trataba de ver si era injusto, por lo que leí El placer. Cayó luego y por fin un español, Alberto Méndez y sus Los girasoles ciegos (bonito título); Sigmund Freud y su Moisés y la religión monoteísta (me confirmó que el farsante, perdón Mago, de Viena no era un científico, pero si un excelente narrador, y también que Akenathon era un faraón de lo más original. Guillermo Arriaga, sí el guionista de Iñarritu, El búfalo de la noche; Irish Murdoch, El mar, el mar…Y acabé el mes y acabó el mes.

23-abr-2008

Diario retrospectivo de lecturas




En alguna época he intentado llevar un diario de lecturas, no estoy seguro de si con el fin de poner un supuesto orden en mis azarosos “criterios” de selección, para dar cuenta de lo que me gustó y lo que no, o por revisar lo anterior pasado el tiempo. Ahora estoy haciendo esto último.

Por ejemplo, hace tres años, en el mes de mayo de 2005 fui leyendo sucesivamente, Una historia de amor y oscuridad, del novelista israelí Amos Oz; La tierra púrpura, de W. Hudson, un extraño novelista, ornitólogo y viajero anglo uruguayo que se enamoro de estas tierras del cono Sur y que es una suerte de Salgari para adultos exquisitos; El capellán del diablo, de Richard Dawkins, ya saben, el autor del muy denigrado El gen egoísta y uno de los mejores divulgadores científicos actuales, y finalmente y hablando de exquisitos, Marca de agua, del poeta ruso Joseph Brodsky, sobre sus impresiones de la ciudad de Venecia. Me paro aquí, pero en junio seguí con esta tónica aún más atiborrada (me gusta leer con luz natural, así que, a medida que avanzamos del equinoccio de primavera al solsticio estival, leo cada vez más horas, y eso que también hago más actividad al aire libre y los breves paseos invernales con la perra se convierten en verdaderas marchas de resistencia, pero aún así)

Lo primero que noto ante la lista anterior es que parezco, aunque no lo sea, un ecléctico que lo mismo la emprende con divulgación científica –un género por el que siento devoción-, que con un novelista de los grandes paisajes abiertos (La Pampa, claro), que una autobiografía inserta en uno de los conflictos más enconados del pasado siglo, lo que llevamos de este y lo que te rondaré morena (el conflicto palestino-israelí), que unas impresiones impresionistas, y nada de redundancia, de un poeta y disidente ruso, muy pero que muy ruso.

Lo segundo, que es no me vale cualquier cosa, sino sólo, modestia aparte, lo mejor. Y los tercero, ay, es que todas, o sea, todas, son obras traducidas. ¿Por qué me interesará tan poco la novela actual en mi lengua materna? I don’t know, Je ne sais pas…Pero es que hay o hubo mucho ruso, mucho hebreo, mucho inglés y mucho anglo uruguayo que me interesan más que estos chicos de aquí tan asequibles como previsibles, me temo.

La economía verde, la ecología roja y el mito del desarrollo (y 3)




Cuando un término se desprestigia se le añaden adjetivos para reciclarlo. Por otra parte, adjetivar siempre permite suavizar la fuerza propositiva de los más recios sustantivos. Sosteniblidad es un concepto que admite pocos disfraces: alude al hecho de no sobrepasar la capacidad de reponer los recursos consumidos ni la capacidad de los ecosistemas para sustentarlos. Desarrollo implica siempre crecimiento, aunque se haga énfasis en lo cualitativo; por tanto Desarrollo Sostenible, como mantra de moda que recaba sospechosas adhesiones de todos los bandos –esa se supone que es la virtud de la inanidad del lenguaje de la alta diplomacia, políticamente correcto- es un aporía lógica: una contradicción en sus términos, como asesinato sin muerte o maltrato bondadoso. El Desarrollo Sostenible es, por tanto, el último intento por el momento de camuflar tan funesta noción, que no sólo no soslaya la inviabilidad física –ecológica y termodinámica y hasta meramente aritmética- de la finitud del planeta (lo que en su día se llamó “la cuestión de los límites del crecimiento”), sino que mantiene el absurdo propositivo inicial de que sólo hay un camino posible para toda esa enorme diversidad de pueblos, culturas, situaciones y condiciones ambientales y ecológicas de los muy diversos entornos. Entre tanto los ricos seguimos consumiendo en un año lo que le llevó a la Tierra un millón de años almacenar. Ni siquiera vale el precavido refrán de pan para hoy y hambre para mañana, sino el de caviar para unos pocos hoy, hambre para la mayoría también hoy y para todos mañana.

¿Sostenibilidad? Sería deseable, claro, pero cuando la solidaridad espacial o geopolítica entre Norte y Sur, Centro y Periferia, Globales y Globalizados, Ricos y Empobrecidos sea garante y condición previa y necesaria, aunque no suficiente de la solidaridad temporal o intergeneracional que plantea la cuestión de qué mundo dejaremos a nuestros hijos. Es decir, el futuro de los nietos de los ricos pasa porque tengan un presente aceptable los pobres actuales. Los economistas hegemónicos, que tan superficialmente invocan la ecología, y los ecólogos y sobre todo ecologistas victimistas, que tanto y tan en vano han peleado contra esa economía en una suerte de guerra de trincheras de frente inamovible, deberían comprender que la Economía de la Pobreza y la Ecología de la Explotación son dos caras de la misma vidriosa realidad: el Intercambio Desigual, que sustenta, ese sí, el presente (Des-) Orden Económico Internacional. Un presidente bávaro democristiano advirtió a sus fieles sobre los emergentes “Verdes” alemanes y afirmó que estos eran como las sandías: verdes por fuera y rojos por dentro. No faltó quien le replicara que en todo caso deberían ser más bien como los tomates: verdes primero y rojos al madurar. Pero en realidad el único color viable es uno que no existe, el verdirrojo, que aún no existe puesto que verdes y rojos siguen esencialmente separados; obsesionados unos por un planeta que no nos necesita para salvarse, y los otros por unas plusvalías que se apropian los de siempre. Pero el destructor del planeta y el apropiador de las plusvalías de los demás es el mismo agente social.

Mientras, apartemos de nuestros obnubilados ojos la zanahoria del dichoso desarrollo, aunque lleve salsa sostenible, que se nos vende como mucho más que un mero esfuerzo socio económico, ya que, homogeneizando sueños y deseos, estableciendo recetas tan universales como de obligado cumplimiento (Ahí está la gendarmería del FMI y el Banco Mundial para asegurarse), se ha convertido en inconsciente colectivo, en coartada para los menos y aspiración para los más; es decir, en mito. Y en cuanto a mito no precisa ratificaciones empíricas ni resultados que lo avalen o refuten; simplemente seguirá vigente mientras lo adoremos, seguirá ofreciendo coartadas y patentes de corso a las opulentas minorías con capacidad de compra sobre el planeta y sus gentes, a la vez que embarulla las justas reivindicaciones de los oprimidos, ofreciéndoles un camino inviable en su generalización a la vez que se opone a la viabilidad misma de los sistemas ecológicos de los que todos dependemos.

Mientras no cambien los dioses, nada ha cambiado”, rezaba un título magistral de un ensayo de Sánchez Ferlosio. Un “dios” que es servido por una religión terriblemente cruenta, que exige sacrificios humanos de millones de víctimas, muchas de las cuales, lastimosamente, siguen acudiendo al altar de su degollina entre cánticos de los pontífices, esos nuevos brujos de la economía y del desarrollo.

22-abr-2008

La economía verde, la ecología roja y el mito del desarrollo (2)



Ese barullo buscadamente confuso de “generosidad”, soborno y opresión; ese postcolonialismo, o colonialismo por otros medios, no ha funcionado tras medio siglo de propaganda y acción: carteles publicitarios y desembarco de tropas. Aunque sería mejor decir que no ha funcionado en su objetivo confeso: mejorar la vida de las gentes; por el contrario, con su explosiva mezcla de codicia e ignorancia de los unos, y de miseria de los otros, ha hecho más ricos a los ricos, tanto locales como extranjeros, a costa de hacer más pobres a los pobres y de hacer más pobres sin más; más dependientes a todos y de paso ha degradado el planeta sin mayores contemplaciones (¿Qué ve un promotor cuando contempla una playa virgen? Y un “desarrollador” de los que hablamos, ¿qué ve cuando sus ojos rapaces reparan en un país del Tercer Mundo?)

Hechos: en 1960 los países del opulento Norte eran veinte veces más ricos que los del Sur; en 1980, cuarenta y seis veces y, en el 2000, una setenta veces. Ese exiguo veinte por ciento de la población opulenta que se nos propone digna de imitar y merecedora de lo que usa y despilfarra, consume más del ochenta por ciento de los recursos del Planeta, incluida el agua y la energía en todas sus formas, y produce un similar porcentaje de desechos, residuos y emisiones, que, eso sí, reparte con el resto del mundo e incluso exporta al Tercero en tenebrosos buques basureros. Así que la pregunta de cuándo los países pobres alcanzarán a los ricos sólo tienen una respuesta no muy difícil: nunca. Ahora bien, ¿cuándo los países alcanzarán en caída libre a los pobres? No se sabe., pero es una posibilidad cada día más verosímil. Ese futuro tenebroso que algunos ecologistas del Primer Mundo trazan -si no nos enmendamos- con gruesos nubarrones: hambrunas, epidemias, falta de agua, pérdida de tierras de cultivo, envenenamientos... es, no lo olvidemos, "es" el presente de muchos hoy.

A la luz de tan antipáticos datos, más que el fracaso del desarrollo, se puede constatar la inviabilidad del mismo desde su inicial formulación, porque si el resto de la Humanidad siguiera los pasos de los muy ricos y muy despilfarradores –y ¡Ay!, ya lo está haciendo los llamados países emergentes como China- necesitaríamos, como señaló Gandhi, no un planeta Tierra sino varios Saturnos (el que devoraba a sus hijos) y eso no hay “contabilidad creativa que lo disfrace. Así que como empresa mal concebida desde el principio lo que hay que temer del desarrollo no es su fracaso sino su “éxito”, ya que la Agenda Secreta del Desarrollo, sus intenciones no declaradas, no era probablemente otra cosa que la occidentalización, que hoy se llama globalización, aunque podría valer homogeneización y también laminación, del resto del mundo a la par que y como condición para la apropiación rapaz de sus recursos: “vengo a ayudarle; firme aquí, ¿dónde guarda las joyas de la familia?”. El único problema a tan estupendo como “sostenido” engaño es que el propio Planeta nos viene demostrando que si bien puede satisfacer nuestras necesidades no puede hacerlo con nuestros lujos, aunque sea asunto espinoso el definir dichas necesidades. Es decir, el mundo no se destruye por cubrir lo necesario ni siquiera porque seamos muchos, sino por lo superfluo. Mejor con menos no es mal lema.

(continuará y acabará en la próxima entrega)

21-abr-2008

La economía verde, la ecología roja y el mito del desarrollo (1)






Hace cien años el periodista y escritor estadounidenese Ambrose Bierce (véase blog de Miroslav: Conciertos y desconciertos: enlazado en el margen derecho de este vuestro blog), el mismo que inspiró el “Gringo Viejo” del mejicano Carlos Fuentes, ya daba en su irónico y sarcástico Diccionario del Diablo, la siguiente definición de Economía: “Consiste en vender la vaca que no tenemos para comprar el barril de whisky que no necesitamos”. Vender lo que no se tiene es justo lo que hace la economía financiera que ha sobrepasado y ha eclipsado a la economía del comercio e intercambio de productos y servicios reales. Hoy en día, un productor de alimentos básicos puede estar al borde, él mismo, de la inanición, en tanto que un “broker” con móvil puede estar forrándose sin hacer nada útil para nadie. Más recientemente, el economista José Manuel Naredo, siempre empeñado en hacer regresar a la ciencia económica al recto camino, explicaba que llamar “Producción” al mero “revender con beneficio” no sólo es una apropiación del término biológico y ecológico, precisamente reservado a la única economía verdaderamente capaz de producir, la economía de la naturaleza, esto es, la basada en el funcionamiento de los sistemas biológicos (ecosistemas), sino que además habían desvirtuado el sentido inicial dentro de la propia economía.

No es el único saqueo intelectual perpetrado por los “Nuevos Brujos” de la economía hegemónica; el caso de “Desarrollo” –término proveniente también de la biología para definir procesos de crecimiento no sólo cuantitativos, sino que implican cambios cualitativos, como el desarrollo de un embrión- es quizá aún más expresivo. Ha habido una secuencia de términos que han ido desprestigiándose o simplemente perdiendo fuerza, como el de Progreso, sustituido por este de Desarrollo. Pero en realidad está apropiación indebida está muy bien documentada porque tiene un origen sorprendentemente reciente: el 20 de enero de 1949, cuando en su discurso de investidura el brutal Harry S. Truman lo utilizó en su versión peyorativa para definir a los países pobres y/o explotados: “subdesarrollados”. Con eso consiguió desplazar además la carga de la culpa de los causantes –los países colonizadores- a las víctimas. Súbitamente, las naciones del Sur geopolítico, las antiguas colonias de las metrópolis de Occidente no eran meramente pobres, o por mejor decir, empobrecidas por saqueos sistemáticos y seculares, sino “subdesarrolladas”. Un excelso remache ideológico: la pobreza era culpa de esos mismos pobres (Los calvinistas añadieron otro remache: si eres pobre estás desobedeciendo a Dios, que manda lo contrario y te demuestra –tautología- 'Su' divino enfado manteniéndote en la pobreza como castigo).

El subdesarrollo, por tanto, no nace como un simple eufemismo políticamente correcto de la pobreza, porque su referente positivo, el desarrollo, fue desde el inicio una llamada inevitable –a veces del mismísimo Dios, ya digo- , un signo de los tiempos, hasta una obligación, una virtud y, sobre todo, un único camino: el que proponía/imponía la consecución (como se verá, inviable) de un bienestar similar al de los expoliadores, pero ocultando la escasa inocencia del origen y mantenimiento del mismo; antes al contrario, maquillándolo como merecido fruto de un supuesto “ánimo emprendedor de las ‘evolucionadas’ naciones a imitar. En efecto, el Progreso de los viejos modernos ilustrados y cartesianos ya se concebía como una suerte de única escalera de peldaños siempre ascendentes; el Desarrollo, también con mayestáticas mayúsculas, que le sustituye en la jerigonza de aquiescencia internacional y como concepto de moda (en España hubo un Ministerio de Desarrollo, al igual que en la Etiopía del negus Hayle Selasi), también: sólo hay un camino, el de la obediente e imposible, como veremos, imitación sumisa de los modélicos paises tempranamente industrializados y persistentemente ricos

(Continuará. Mientras, consolaros con que, entre tanto desbarajuste semántico, haya hallazgos luminosos, como que un banquero se llame "Botín")

18-abr-2008

Más cosas que me gustan: el bambú






El viajero (travel-l-er) se diferencia del turista (tourist) por sus actitudes y sus aptitudes. Incluyendo a ambas está el hecho de que el turista viaja para confirmar las expectativas que han generado en él una serie de tópicos, documentales y folletos de viaje; no va, por tanto, a descubrir nada, sino a confirmar esos prejuicios no necesariamente negativos: los Mares del Sur son un paraíso, el Caribe es placer y lujuria, etcétera. Se trata en suma de verificar esa postal y repetirla puntualmente con la cámara de fotos: no conozco mayor tostón que una sesión para ver esas fotos turísticas, como no hay espectáculo visual comparable a la colección de imágenes de un viaje de un fotógrafo y viajero. Cuando se viaja por Extremo Oriente y uno no lo hace con las anteojeras del turista una cosa que llama mucho la atención es el uso tan extendido que se hace del bambú, o por mejor decir, de los bambúes. Por otra parte, el bambú no se parece a la madera, con la que comparte la composición leñosa, esto es, la lignina, ni a ninguna otra fibra vegetal, sino, en todo caso, al hueso.

El jarrón más antiguo para el arte floral del Ikebana del Japón es una sección de bambú entre dos nudos. El pincel más ancestral está hecho “sólo” de bambú: el nudo limita el mango por un lado y por el otro la caña fue deshilachada, sirviendo como un pincel de cerda. He visto muchos floreros de bambú; he comprado esos pinceles y también huchas cortadas entre dos nudos que mantienen sus tabiques y en el superior se practica una hendidura. No hablo ya de cañas de pescar, como las nuestras de caña común (Arundo donax), jabalinas, armas, flautas y otros instrumentos musicales.

He visto andamios de construcción fabricados sólo con bambú de la especie más grande. Los japoneses hacen tuberías de bambú rompiendo los tabiques interiores con un largo hierro; hacen armaduras de combate, y arman sus casas con bambú, igual que construyen con ese material las cercas que las rodean. Y por supuesto, los ya mencionados floreros utilizando el cerramiento interno de la caña como fondo de vaso y cortando el tallo de las formas más inesperadas e increíbles. Como señala Bruno Munari, el artista y diseñador italiano autor del famoso El arte como oficio, estos floreros prueban la fantasía, invención, el modo de disfrutar de un “perfilado” con nudos internos, respetando siempre la naturaleza y la estructura de este material, hallando muchas proporciones diversas, siempre equilibradas, entre el interior y el exterior del florero, entre huecos y masas, sistematizando siempre la posición del nudo de un modo lógico, como sólo lo haría hoy un buen proyectista y siempre un buen artesano.

Para Munari, en efecto, el bambú es una suerte de perfil, o mejor, perfilado natural; es decir, como los perfiles de aluminio que se pueden utilizar para muchas variantes de puertas, ventanas, cerramientos, a partir de un solo modelo de ese perfilado longitudinal cortado "ad hoc". En nuestra civilización industrial sería la famosa viga en "u" de acero que marca vías de ferrocarril, vigas de rascacielos o puentes de hierro.

Las fibras de este increíble vegetal son longitudinales y en este perfilado natural interrumpido por los septos o nudos engrosados hacia el exterior, esa cualidad elongada es la que permite al artesano trabajarlo con muy pocas y elementales herramientas. Con un cuchillo bien afilado podemos dividir una caña de bambú, aún verde, de unos dos metros, obteniendo dos mitades iguales. El cuchillo corre a lo largo de la caña, guiado por esas fibras longitudinales y en un instante, con precisión increíble el bambú se divide. Podemos repetir esa operación cuantas veces queramos hasta obtener “hilos” vegetales de dos metros de largo y un solo milímetro de ancho, y con ellos tejer cestos o esteras, cortinillas, puertas o tabiques.

De hecho, el bambú junto al arroz es la planta totémica del Japón, mucho más que el cerezo en flor, y está más veces reproducido en la muy expresionista pintura japonesa, como en la muy impresionista pintura china. Con sólo materiales procedentes de estas dos plantas, con vigas y soportes de bambú y paneles de delicado papel de arroz se puede fabricar una casa. El bambú y el arroz forman un “tanden” vegetal similar al animal de la foca y el perro de trineo para los inuits o esquimales, o el bisonte para los sioux. Curiosamente los bambúes y el arroz son especies aparentemente distintas de aspecto pero emparentadas filogenéticamente: ambas son gramíneas, como el trigo o las hierbas de nuestros prados.

Sólo hay otro animal que dependa más cerrada y específicamente del bambú, y es ese icono de la conservación de la naturaleza, el oso panda o panda gigante, que se alimenta exclusivamente de él. En las laderas que bajan del Himalaya o de las montañas del noroeste de China se van sucediendo en bandas altitudinales las distintas especies de bambú; cuando florecen, todas ellas mueren, y los osos pandas deben desplazarse a otra zona para evitar la hambruna.

Los bambúes o Bambusoideae son una subfamilia de las conocidas gramíneas con más de 120 géneros y en torno a las 1.000 especies, algunas son similares a las hierbecillas de un césped, otras son leñosas y pueden alcanzar los 40 metros de altura formando auténticos bosques. Los periodos de floración son a menudo tan inusuales como para acontecer cada 120 años. Saber lo que significa el bambú para esos pueblos orientales, Japón, por excelso ejemplo, cómo lo cultivan, lo recolectan y lo utilizan, de qué modo lo trabajan y con qué fines es saber un poco más de esos pueblos, más allá del tópico. Munari dice que todos los pueblos se parecen en las cosas deficientes (¿los cacharros de plástico?, ¿los concursos televisivos?); sólo lo mejor es lo caracterizado: "cada país sobresale en alguna cosa y es igual a los demás en el resto". Es evidente que la música pop japonesa es calcada de la británica; el uso del bambú, en cambio, es exquisitamente propio.

17-abr-2008

El valor de los viejos




En Papua-Nueva Guinea se encuentra un buen ejemplo del valor de la vejez. La gente más joven reúne los conocimientos y habilidades suficientes para conseguir alimentos en un medio como el tropical de esta isla, pero para afrontar fenómenos más irregulares; es decir, no periódicos y por tanto, imprevisibles, y además raros, esto es, infrecuentes, como los huracanes que aniquilan sus medios habituales de conseguir alimentos, deben buscar otros alternativos que sólo los mayores conocen. Ese es el valor de la sabiduría de los ancianos.

En nuestras sociedades opulentas y despilfarradoras esos saberes se desprecian, y a nuestros viejos, engorrosos y hasta molestos, -porque nos recuerdan que, con suerte, en poco tiempo seremos ellos-, les dedicamos todos los eufemismos de la Tercera Edad, pero los encerramos en morideros que llamamos residencias, sin posibilidad de convivir con las demás generaciones, privando a los nietos de aprender de los abuelos (Siempre, no sé por qué, se salta una generación en la transmisión de ciertas habilidades). Pero están a la vuelta de la esquina los tifones metafóricos o reales, cuando lleguen y arrasen los hipermercados sería bueno tener un abuelo cerca que te enseñe a recoger borrajas de los arcenes o a sembrar mielga y hasta a cazar pájaros con liga, si se tercia. Porque en Internet, aún tecleando el servicio de información agraria, poco se va a encontrar de esto.

Esta es la sociedad de la Información y del conocimiento, del I+D, y del I+D+d. Pero una sociedad que no sólo no saca partidos a sus ancianos, sino que los margina, no es una sociedad sabia. El mundo siempre se ha movido entre la innovación, a cargo de los jóvenes, y el mantenimiento de lo adquirido, en especial de la supervivencia, a cargo de los ancianos, y en ese balance entre lo nuevo y lo de siempre funciona la salud social. Una sociedad sin ancianos es una sociedad monstruosa, sin memoria, que reinventa la estupidez todos los días, hasta el hastío. Y el asunto es urgente, porque con cada campesino que muere, muere una biblioteca de saberes útiles y/o mágicos. Los políticos no parecen estar por la labor, y eso que es una de las profesiones más envejecida en todas partes, pero un eficaz ejercicio del poder para asegurar su impunidad en el futuro es quebrar la transmisión cultural entre generaciones y, más aún, crear un “colchón” de varias generaciones de analfabetos con títulos universitarios y solemnemente tontos.

16-abr-2008

...y también me gustan



















Me gustan los cantos rodados, los recojo, los sopeso, los palpo, los llevo a casa y los coloco sobre las mesas y estanterías. Me llama la atención que se consigan esas formas suaves y redondeadas a base de la fuerza de las corrientes y del tiempo: agua y paciencia.

Me gustan las librerías de viejo. Contienen más sorpresas y lecciones –sobre todo de humildad- que sus más lozanas hermanas “de nuevo”. Además, ahora que los libros se han convertido sólo en artículos de novedad, con fecha de caducidad en los mostradores casi casi como los yogures, la verdadera hermandad de los libros está en estos locales. Hablo de las librerías de lance no de las de anticuarios para bibliófilos, donde no aguarda la sorpresa, salvo en los desorbitados precios. Ayer entré en la de mi amiga Soraya y salí con una recopilación de artículos y una novela breve de Julio Camba (Camba, Umbral de entreguerras, ¿quién te recuerda hoy?) en un solo volumen, Una antología de cuentos fantásticos (en sus varios sentidos) de Silvina Ocampo y un tratado sobre la ciencia en el Renacimiento. Me gasté 13 euros.

Me gusta sentarme en los norays de los puertos; esos amarres de hierro fundido en forma de setas. Me gusta el olor de las redes, aunque hoy sean de nylon, al secarse; me gustan los carretones con los que se trasborda el pescado desde los pesqueros a la lonja, me gusta la velocidad del subastador, me gustan las arrugas del viento y el salitre en las caras de los viejos marineros, me gustan las tabernas del puerto. Me gustan los malecones, los pantalanes flotantes, las grúas, las cajas de frágil madera (hoy son de plástico casi todas) para el pescado, me gustan los positos, me encanta el descaro de los gatos portuarios, apestosos y chulescos. Me gustan los barcos amarrados, mecidos levemente, unidos por sus maromas a los norays y me gustan las barcas fondeadas a las boyas, algo más allá, y las otras varadas en la orilla o sobre el muelle.

O sea, me gusta el trabajo del tiempo, en las piedras y en los libros, y los rostros de las gentes. Y me gusta la colaboración del agua con el tiempo, la paciencia en las cosas y los hombres.

Primavera


Prima Vera, primer vera-no

Ya hemos sobrepasado el equinoccio de primavera, los días se van haciendo más largos, florecen plantas perennes pioneras, como los almendros, y aparecen las primeras flores entre las anuales, las que resisten bajo tierra en forma de semillas aguardando tiempos mejores; los pájaros ya no pían sus reclamos: los sonidos que utilizan para mantener el contacto entre ellos, y los sustituyen por verdaderos cantos, en los que proclaman su territorio para criar como advertencia para rivales y llamada para las hembras; también llegan las aves migradoras que pasaron el invierno en el África subsahariana, y se van al norte de Europa a criar las que pasaron aquí el invierno, y el aire se llena de insectos aparecidos aparentemente de la nada. Es decir, florece el almendro, las margaritas, canta el pinzón, se van las grullas, llegan las golondrinas y aparecen los mosquitos. La primera distinción sería entre esta primavera fenológica, la que a todos los efectos marca este renacer vital, y la astronómica que, independientemente de las condiciones meteorológicas, se inaugura con el equinoccio que depende a fecha fija de la posición del planeta con respecto al Sol.

Primavera, verano, otoño e invierno, los dos equinoccios y los dos solsticios, las puertas del año como las conocían los berberiscos. Pero ni siquiera las estaciones son fijas a lo largo del tiempo o del espacio. Del espacio, porque sólo son propias de las latitudes medias, no las hay, en cambio, en los trópicos y el ecuador. Del tiempo, porque en nuestras latitudes mediterráneas, los antiguos distinguían hasta cinco estaciones: la prima-vera, es decir, el primer verano, el verano propiamente dicho, el estío, en que se agostaba seca toda la vegetación temporal y , tras un breve otoño, el largo invierno.

Llega pues una de las puertas del año, la esplendorosa primavera, la estación más tópica y típica, tristemente breve, “que hace brotar las yemas en los árboles”, como enunciaba León El Africano. Los almendros y olivos se llenan de flor en pocos días, las narices de muchos de mucosidades, la vida indudablemente se anima, se vuelve cálida, impetuosa, hay viento, hay días de calor y regresos al frío, una estación de indecisa transición.

En los campos terminan las últimas faenas para luego sucederse todas las cosechas: la mies en junio, los higos en agosto, la vendimia en septiembre, la aceituna a las puertas de otro invierno. Las labores se reanudaran con las primeras lluvias de otoño. Como señalaba Fernand Braudel, el gran historiador francés del Mediterráneo renacentista, "Toda la vida agrícola, es decir, lo mejor de la vida mediterránea, se halla bajo el signo de la premura” Antiguamente, la primavera, con el verano inmediato, marcaba los preparativos para la guerra y se activaba igualmente el tráfico marítimo, la una suspendida por el mal tiempo, como un partido de fútbo aplazado, el otro reducido al máximo a la espera de mejores vientos.

¿Qué se inicia ahora con la primavera? Ahora no hay guerras de galeras, ni piratería estricta, ni bandidaje en las campiñas y el número de campesinos, por primera vez en siglos, es considerablemente menor que el de funcionarios, incluso que el de funcionarios sólo de agricultura y medio ambiente. Siembran pocos y los que guerrean, bien provistos, lo hacen en cualquier época del año. Pero aparecen las chicas y las mujeres: estaban ocultas bajo los “burkas” occidentales, abrigos, chaquetones, bufandas y pantalones, y ahora surgen las piernas y pechos, falditas y escotes y hasta el mirlo del pobre seto del edificio de al lado lo proclama.
Este año la primavera sera breve, como siempre, como la misma vida.
(Nota: La foto, de los cipreses de pantano (Taxodium distichum) del lago del Palacio de Cristal del Retiro de Madrid, es trampa: está hecha en otoño, cuando estas extrañas coníferas de hoja caduca enrojecen.)

15-abr-2008

Gustos y disgustos






























Cosas que me gustan y cosas que detesto

Me gustan:

-Las películas mudas, especialmente el expresionismo alemán y los cortos cómicos USA
-Los viejos LP de jazz
-La casas habitadas y vividas
-Las mujeres que me dicen “no” de entrada, pero no se ponen antipáticas
-El fútbol aunque no haya goles, especialmente el de los centrocampistas listos y las jugadas sin balón
-Las ermitas románicas
-Los niños abstraídos en sus juegos
-Los jardines abandonados
-Los olivos viejos
-El otoño
-Los barquitos de vela que escoran un poquito
-Brassens, los Beatles, Lou Reed, Tom Waits
-Los perros camperos
-Las navajas y los cuchillos de monte

-Las minifaldas

-Las novelas de serie con los mismos protagonistas: Maigret, Fred Vargas, Smiley (Le Carre)
-Las tapias de piedra seca

-Las tiendas de todo (abarrotes, colmados) de algunos pueblos perdidos

-Los blue jean, las sandalias, las cazadoras de cuero, las camisetas

-Las brújulas

-Los viejos cafés

-Los tranvías

-Internet

-Las calas y playas salvajes

-Viajar

-Lisboa

-El boxeo

-Los bomberos

-Los valles mineros


Detesto:

-Las películas modernas que pueden resumirse en un videoclip o en un “trailer”
-Los CD de grandes éxitos de temporada (Las mejores canciones de navidad, p.ej)
-Las casas decoradas
-Las mujeres guapas que piensan que son aún más guapas de lo que son
-Lo que rodea al fútbol: presidentes, hinchas, comentaristas deportivos.
-Las iglesias urbanas modernas
-Los niños consentidos que se aburren
-Los jardines de diseño
-Las repoblaciones forestales
-Los sitios sin estaciones del año
-Los yates de dos cubiertas a motor
-La nueva trova cubana, el pop español
-Los perros falderos
-Los rifles de caza automáticos

-La policía

-Las faldas-pantalón

-Los best sellers
-Las cercas de alambre de espino

-Los grandes almacenes, los hiper

-Los pantalones rojos, los blazers, los mocasines con adornos, las camisas de rayas con cuellos blancos.

-Los teléfonos móviles

-Los bares sucios y ruidosos

-Los todoterrenos

-Los juegos de consola

-Las playas urbanizadas

-Los viajes organizados

Marbella-

Los toros-

Los polígonos industriales










Conclusión, en el peor de los casos, soy una antiguo; en el mejor, un clásico

Entremedias






Cómo fácilmente se puede comprobar, el guión en las grandes películas de Holywood está desapareciendo. No se trata tanto de la primacía de los efectos digitales y del imperio de los trucos infográficos como de que las películas no son ya más que un conjunto de escenas de acción, de incidentes, riesgos y explosiones, pero sin una verdadera historia; así que una peli de acción es eso, pura acción, a menudo sin sentido; un western, los tiroteos, también sin demasiado sentido; una de terror, los descuartizamientos y la efusiones de sangre, igualmente a voleo, etc. Lo dice con mucha gracia el gran David Mamet, “El germen de la película que existe sólo por sus “momentos culminantes” es el cine porno”. Ergo todo el cine de masas es hoy porno en su planteamiento, aunque no lo sea en el tema, que es lo accesorio: se reparten tortas o tiros con la misma falta de sentido de la realidad y el relato que en las pornográficas se suceden los polvos: aquí te pillo y aquí te mato, o sea, te follo.

Lo malo es que esto no sólo sucede en el cine. En el fútbol, que es posible que sea, cuando el partido es bueno, el espectáculo deportivo más prodigioso, ya sólo cuentan los goles. Los telediarios los repiten y recogen, y las famosas moviolas que supuestamente recuperan las mejores jugadas, sólo emiten las de gol, que en realidad mutilan, porque omiten el inicio a veces genial de la jugada de desmarque, el pase al hueco, la carrera en la banda, y sólo destacan el zapatazo final y la vana estirada del portero. Han convertido un juego de listos en un espectáculo de tontos, un burdo jueguecito de consola.

En mis tiempos una expresión no de impaciencia sino de zafiedad era empezar las novelas por el final, por ejemplo, las policíacas; era expresión de alguien que no disfrutaba con el transcurso, sólo con el resultado. Y siempre ha habido tipos que en el cortejo sólo valoraban el resultado: llevarse a la interfecta a la cama, y no el sutil y apasionante juego previo de la seducción. No importa el trabajo que realices sino el salario, no importa el calendario ni las estaciones, sino los permisos y vacaciones, no importa cómo se use el coche, sino qué coche tienes.

Por eso hemos acabado en manos de los expertos, en fútbol o en economía, o de esos críticos de cine que insinúan siempre que sólo ellos harían la película verdaderamente digna de hacerse y de verse (¿…y?). Precisamente por eso hay personas que sólo se compran los libros que recomienda el suplemento cultural de su diario habitual, porque no tienen criterio ni, por consiguiente, gusto, porque nos dan gato por liebre de continuo, pero como el gato no satisface el apetito igual que la liebre, volvemos a por más. Es como confundir el estudio de la teología con la oración. Expertos, teólogos de toda laya: hagan el favor de irse: no se trata de eso en que ustedes tan vana como deshonestamente se ocupan.

Nos podemos poner cultos también. Tendremos entonces que concluir que ese afán por eliminar los transcursos es un culto al Tanatos, al fin, al gol, a la muerte en suma, porque la vida, y todos esos lo olvidan, es el transcurso; de momento entre el nacimiento y la muerte. Es decir, donde pasan realmente las cosas, y quizá por eso las iglesias, como la católica, sólo tienen interés moral en los dos extremos, cómo morir y como concebir, como entramos y cómo salimos de esta vida, pero no en lo que debería ocupar a la auténtica ética humana, que es lo que hacemos entremedias.

14-abr-2008

Menos leña al mono




El peor favor que puede hacerse a una causa justa no es siempre una torpe defensa, sino una defensa tramposa, demagógica, que hurte datos y conclusiones, que caricaturice la verdad, siempre compleja. El otro día decía que las razas humanas son simples familias extendidas y las naciones y sus símbolos las causantes del rechazo al otro, al distinto. Creo que es básicamente cierto, pero hay más, y son algo más. Y voy a intentar explicar brevemente en qué consiste ese algo más, porque somos monos, aunque muy especiales y quizá no siempre nos equivocamos de rumbo.

Juan Luis Arsuaga, el codirector de las excavaciones en Atapuerca y, para mí, uno de los mejores divulgadores científicos de su campo, afirmaba el otro día también algo muy interesante al comparar a nuestros hermanastros neandertales con el Homo sapiens. Él establece que la gran diferencia entre ambas especies de humanos, al margen de las obvias físicas, y centrándose en el campo del intelecto son la gran capacidad simbólica de los cromañones, pero lo más interesante es como esa capacidad les pudo conceder una mayor ventaja evolutiva, la que explica que no se extinguieran como los neandertales con los que convivieron en Europa 10.000 años. “Los neandertales no tenían bandera, y cuando llega el Homo sapiens tiene bandera…porque la bandera es la capacidad de representar a una comunidad por medio de un objeto, de reagruparse en torno a símbolos, lo que permite aumentar el tamaño del grupo sin basarse en el parentesco, un grupo que trasciende lo biológico. Así el número de miembros de una tribu puede ser ilimitado (…) Los cromañones tenían un sistema de alianzas, de solidaridad, basado en creencias, historias o mitos que les daban una unidad que sobrepasaba lo puramente biológico. Somos la única especie que forma comunidades no biológicas, unidas por lazos de tipo simbólico, lingüístico, religioso…Los neandertales se conocerían entre ellos, familias, grupos grandes, y, de pronto, eso se pone en competencia con una especie de comunidades (…) con una capacidad enorme de alianza”.

Cierto, muy probablemente, pero hay varias reflexiones enlazadas. La primera, obvia, es que el patriotismo y el sentido de pertenencia a una comunidad no sólo biológica (aunque ¡cómo se insiste siempre en los vínculos de sangre!, siempre supuestos; esos RH negativos…) es un asunto que proviene de tan lejos como nuestras raíces como especie. En segundo lugar, que ese sentido frente al extranjero pudo ser bueno cuando no había armas de destrucción masiva, pero ahora lo que era una ventaja se ha convertido en un peligro. En tercer lugar, parece que los neandertales, con capacidad de hablar y de fabricar instrumentos, y con sentimientos de solidaridad y compasión (enterramientos de sus semejantes), pero carentes de mitos y símbolos especiales, eran los realistas, los agnósticos del Paleolítico, en tanto que los cromañones, o sea, nosotros, eran los creyentes en mitos simbólicos. La vieja pregunta de qué es más inteligente, creer o no creer en tales cosas cuya existencia no puede demostrarse, queda oculta por el ineludible hecho de que a la larga aquí estamos: la gente que cree en mitos inexistentes tiene más fuerza como comunidad extendida y, por tanto, mayor supervivencia.
Por último, en cuarto lugar, la cuestión de si es entonces imprescindible las nociones excluyentes de patria y nación, con toda la parafernalia de himnos y banderas, tan exitosas frente al familiarismo neandertal. La historia fue como fue, pero eso no conduce a ningún determinismo historicista. Evaluadas sus ventajas e inconvenientes en la actualidad, uno podría pensar en fórmulas que permitan trascender los lazos meramente biológicos, el sentimiento de la gran comunidad, y a la vez no caer en los peligros de la xenofobia. ¿Cómo? Haciendo extensivo ese sentimiento a todas las gentes, a la Humanidad. Aunque sea difícil. Una vez le preguntaron al gran campeón de boxeo Sonny Liston (negro como el betún) que acababa de derrotar por segunda vez al aspirante ítalo americano, si se sentía orgulloso de su raza. La respuesta de Sonny le engrandece aún más: “¿Se refiere usted, claro, a la raza humana, verdad?” Ya lo dijo un judio palestino hace más de dos mil años: “ama a tu prójimo como a ti mismo”, pero eso sería un programa de máximos dificil de cumplir. Debería bastar con un “no odies a tu prójimo, porque eres tú mismo"

11-abr-2008

Más leña al mono


La patria es el último refugio de los canallas (Ambrose Bierce, Diccionario del Diablo)


Patriotismo es el último recurso del bribón (Samuel Johnson)


El nacionalismo se parece al alcohol barato. Primero te emborracha, después te ciega, y después te mata. (Daniel Fried)


Petulante vanidad de un pueblo que se cree oprimido (Miguel de Unamuno)


El nacionalismo que envenena la flor de nuestra cultura europea (Stephan Zweig)


Sólo el egoismo tiene patria, la fraternidad no la tiene. (Lamartine)


El nacionalismo es una enfermedad infantil, el sarampión de la humanidad (Einstein)


El nacionalismo es como un pedo, sólo le gusta al que se lo tira (El nacionalisme es com un pet, només li agrada a qui se'l tira. J. Pla)


El nacionalismo consiste en dividir a la humanidad en unidades mutuamente intolerantes (Ivo Duchacek)


Cuantas menos razones tiene un hombre para enorgullecerse de sí mismo, más suele enorgullecerse de pertenecer a una nación.

Cada nación se burla de las otras, y todas tienen razón (Schopenhauer)

Las citas están extraídas de tres libros extraordinarios: Vida del Doctor Johnson de James Boswell, de la que hay dos ediciones en Espasa Calpe y Acantilado y una más expurgada en Austral; yo prefiero la de Acantilado, pero va en gustos. El diccionario del diablo, de Ambrose Bierce, el "gringo viejo", que ya he recomendado en otras ocasiones, tiene una edición en Valdemar y otra más completa en Círculo de lectores, que además es preciosa. El Diccionario de Pla, que es una recopilación antológica, no un libro original del autor, de Destino es una mina de citas y socarronería de uno de los mejores prosistas que ha dado este país (¿