30-may-2008

Jonathan Lethem, un genio anda suelto en Brooklyn



Los viciosos de la lectura de novelas tenemos más costras que la rodilla de un niño travieso y más capas que la cebolla de Günter Grass, así que pocas cosas nos sorprenden como precio por haber leído y disfrutado tanto y hasta, quizá, haber intentado escribir uno mismo uno de esos extraños artificios que llamamos novela. El, llamémosle, lector avezado suele releer bastante, confirmando o no juicios anteriores, y para las novedades se basa paradójicamente en las de sus escritores de guardia: ángeles de la guarda de su solitario vicio- que sabe que no le defraudaran. En mi caso y refiriéndome sólo a los anglosajones más próximos en el tiempo, la lista no es larga ni va en orden de aprecio: John Banville, Gore Vidal, J. G. Ballard, William Boyd, Don de Lillo, Cormac Mc Carthy, E. L. Doctorow, Jonathan Franzen, Ian Mc Ewan, Phillip Roth, J.M. Coetzee , Martin Amis, John Le Carre, Julian Barnes y cito sólo vivos, así que quedan fuera Lawrence Durrell, V. Nabokov, Anthony Powell, Evelyn Waugh, George Orwell, Henry Roth, Saul Bellow, John Fante, Powell, O’ Brian, Flaherthy, Bradbury, Raymond Chandler, Robertson Davies, o Isaac Bashevis Singer (aunque este escribió toda su obra en yidish, no en inglés) o ya clásicos “remotos” como Cadwell, Mac Cullers, Dos Passos, Hemingway (sólo sus cuentos), Fiztgerald o Faulkner , dejando conscientemente fuera a los, para mí tengo, sobre valorados Salinger, Updike, Pynchon, Naipaul y Miller (salvo sus relatos de viajes) y a los previsibles Paul Auster o similares que juegan en las ligas menores. Y ahora, a este restringido panteón, tan exclusivo como todo club privado de un solo miembro, que además, como decía Groucho, es sospechoso de admitir a tipos como yo, tengo que añadir mi descubrimiento más reciente y feliz: Jonathan Lethem. Reverencia y ¡Dios bendiga a América!

El descubrimiento fue casual, como debe ser, como la pepita de oro que brilla entre cantos rodados en el lecho del río. Nadie me lo recomendó, no lo buscaba. Lo que buscaba no era nada ni nadie, simplemente buscaba. Me explico. Con los libros de narrativa y los ensayos, sobre todo los literarios y los de divulgación científica, me apaño para estar al tanto de las novedades. Mi viejo y ya olvidado paso por el Babelia/Tontelia, que me dejó algunos contactos editoriales, y mi afición a mirar en las mesas de “recién llegados” –sólo superado por mi afición a mirar en los polvorientos estantes de las librería de viejo de los “muy olvidados”- me mantienen al día, a pesar del aluvión de títulos y de su caducidad en los estantes, al nivel de la de los yogures. Pero con los libros de bolsillo, por los que siento debilidad y que mi bolsillo agradece, no hay manera, no los anuncian casi, salen muchísimos y hasta surgen continuamente nuevas colecciones y hasta editoriales específicas. Así que en las librerías que tienen la sensatez de tener una sección para el libro de bolsillo, busco y rebusco, sobre todo títulos que eran caros y que aguardé su aparición en estas humildes y asequibles ediciones.

Por supuesto, entre tanto marasmo llevo brújula, unas editoriales y determinadas colecciones son más fiables que otras. Y allí estaba: lomo amarillo, diseño audaz, editorial fiable (Mondadori), colección de cierta garantía, Debolsillo, sub colección aún más de fiar, 21…Título sugerente aunque no impactante: “Huérfanos de Broocklyn”, autor desconocido para mí, Jonathan Lethem. Abro la solapa y leo: jovenzuelo, neoyorquino, su tercera novela, las banales chorradas que informan sobre todo de que el autor de las susodichas probablemente no se ha leído la novela: “una de las voces más frescas de la ficción contemporánea” (¿será cantante?), un momento…, esto es información pura y dura: Premio de la Crítica Estadounidense: premio sin dotación económica, prestigiosísimo, nada sospechoso de amaños. El libro además está bien encuadernado, huele bien, está editado hace mas de tres años, es probable que sea difícil volverme a encontrarme con él; así que lo compro, aplazo otras lecturas, lo leo, me noquea. Salgo nuevamente de caza, encuentro otros dos, Cuando Alice se subió a la mesa y La fortaleza de la soledad; hay un tercero, Paisaje con muchacha, que no logro encontrar, lo encargo online en ingles. Me leo todos. Soy algo más que un partidario: me convierto en un adicto.

De las tres novelas suyas leídas, Huérfanos de Broocklyn, la que recibió el Premio de la Crítica, es la que más me gustó hasta que leí la última –la última que he leído, la última que ha publicado-, La fortaleza de la soledad. Aparte de enterarme de la diferencia en el submundo del graffiti entre un tag y un burner, aparte de pasearme por Broocklyn como Conrad me paseó por la tenebrosa selva, aparte de confirmar algunos de mis gustos de música soul, aparte de radiografiar los conflictos raciales mejor que cien tesis doctorales, aparte de todo eso es una novela –lástima que no haya escrito yo la solapa- bellísima, que trata, por una vez, de lo que dice en parte el título: la fortalezas, pero también las miserias, de la soledad de un niño blanco hijo de una hippy y un artista puro y solitario en un mundo de negros y “latinos”. No os revelaré el argumento, aunque no pasaría nada si lo hiciera, pero no es necesario, Sólo dos cosas: primero, la prosa de Lethem es magnífica, eficacísima, pero no se dedica, como en la malhadada novela española joven y actual, a acumular anécdotas –sobre cruasanes, encuentros sexuales o movidas nocturnas gamberras, tanto da- ni a hacer frases memorables, que las hace, pero siempre, como se suele decir al servicio de la historia, el progreso del niño protagonista en un barrio hostil. Un consejo: no lo subrayéis, porque entonces no podréis conteneros y dejaréis el libro hecho unos zorros. Segundo, la carpintería de la novela es una obra de arte, algo: arte y construcción, que la mayoría de novelistas de hoy ignora-. Se estructura en tres partes; en la primera, en tercera persona y la más extensa, se da cuenta del niño desde la guardería al final del instituto, con su salida/huida del barrio a una universidad de elite. En la segunda, brevísima se adopta la forma de un mini ensayo, supuesto librito de acompañamiento a una caja de CD de una supuesta antología de música negra escrito por el protagonista, crítico y periodista musical. Al estilo que consagró Borges se informa de gentes como Ottis Reeding, o Marvin Gayes junto a otros, incluido el padre del mejor amigo negro del protagonista, que uno no sabe sin son reales o inventados; yo los voy a abuscar y si me ha tomado el pelo el bueno de Jonathan, pues bendito sea (ya lo hice: no existen, pero seguro que alguien pide sus discos).

En la tercera y última parte se adopta la primera persona y el tiempo actual en un salto de casi treinta años, y se revela el motivo real de esta sinfonía narrativa: la huida no vale, la soledad tras simular no haber tenido que pasar por esa infancia, de pasar por la vida sin saber ciertas cosas, entraña una trampa mortal: rechazar el dolor mata de hambre la vida del protagonista. La novela traza entonces el bucle perfecto de regreso al guetto. Junto al padre artista pertinaz y con la memoria de la madre hippy huída en su infancia, con el reconocimiento de sus antiguos amigos y enemigos de esa calle Dean de Broocklyn que ya será siempre el escenario mágicamente recreado, comparable a la cubierta del Barco del capitán Acab o la jungla india de Mowgli.

Dentro de una novela tan memorable es difícil resaltar alguna de sus situaciones, pero recuerdo con especial felicidad la del robo de spray para pintar grafittis, en la primera parte, y la pelea casi ritualizada del protagonista con su novia negra en la tercera, aunque el encuentro con el padre, o bien la destrucción de su discoteca de CD, y la de la camarera bondadosa o…La fortaleza es una historia de amor, entre padres e hijos, pero sobre todo entre dos amigos –la forma de amor más altruista-, blanco uno, negro el otro, desde su infancia hasta después de que sus destinos se separen a la distancia que hay entre la universidad y la cárcel.

Huérfanos de Broocklyn, la anterior y premiada, la que me descubrió a este autor deslumbrante, está discretamente disfrazada de novela negra con un trío de chavales de los cuales el protagonista y narrador está afectado del síndrome de Tourette, ese que hace incontenible los gestos compulsivos e inevitable la formulación en voz alta de las ideas más inconvenientes. Está muy bien, pero, para mi sorpresa, fue superada por la posterior que he comentado antes. La tercera en liza, Cuando Alicia se subió a la mesa, sale de Broocklyn para centrase en un mundo más cerrado y protegido, el campus de una universidad del oeste, a mil años luz o parset del barrio emblemático de este autor; no diré más que en ella hay física cuántica bien asimilada, pero que es una historia de amor, como todas las de este autor, sospecho, y que sin llegar al nivel de las otras dos es también excelente.


CODA: Paul Auster versus Jonathan Lethem

¿Cuántos Broocklyn existen? No voy a caer en la chorrada de afirmar que el de Lethem es el auténtico y el de Paul Auster el de diseño para turistas en NY, pero sí es cierto que Paul parece un turista en ese barrio en tanto que Jonathan se ve como parte de su ecosistema. Paul pertenece precisamente a esa marea de colonizadores del barrio que acompaña inevitablemente a todo proceso de rehabilitación urbana y que implica la expulsión de los viejos vecinos, negros y portorriqueños. Pero sería injusto decir que el de Nueva Jersey es falso, salvo que afirmemos que el Caribe de La Isla del Tesoro también lo es; simplemente el Caribe de Exquemelin (el llamado médico de los piratas, inspirador de multitud de películas y cuentos, pero que existió realmente) es distinto. Broocklyn es un palimpsesto, haya varios Broocklyn, unos debajo de otros, y el de Lethem es más profundo y oculto que los más superficiales. O son universos paralelos –la física moderna admite esa posibilidad- que ocupan el mismo espacio, pero no el mismo tiempo, y entonces el de Lethem es más antiguo y a la vez será, presentimos, más longevo, persistirá después de que desaparezcan los que le sucedieron. Por eso Paul Auster siempre será un astronauta en Broocklyn y Lethem un selenita habitual.

También es un poco cierto, creo, que Auster es para los que acabaron el bachillerato y creen que les gusta leer y Lethem es para esos otros que podríamos llamar enganchados, que olvidaron la escuela secundaria y leer les volvió autodidactas y adictos. En las novelas de Auster se producen muchas casualidades, se lo han reprochado sus críticos. También es esa una afirmación injusta; en nuestro ejemplo, La isla del tesoro, se producen incluso más. En Lethem, en cambio, no hay casualidades, sino destinos, como en las epopeyas griegas, y la vida esta aprisionada, es como una cita de Richard Robinson, un crítico de música soul: “la tierra indiferente y el largo camino entre el amanecer y el anochecer”. Y más lejos. Con Auster podemos sentir el deseo de emularle y con esfuerzo ver si hay suerte, pero con Lethem estamos ante alguien tocado por la gracia de los dioses. La cuestión es, ¿se puede disfrutar con Salieri después de haber descubierto a Mozart?

(Qué absurdo, pero me siento propietario de Lethem; nadie me lo descubrió, pero el que yo lo haga para vosotros no os va a mermar ningún placer, aunque contraeréis conmigo una deuda eterna. Ya digo, me siento propietario de este joven..., lo diré, genial. Qué guapo me ha salido mi último hallazgo. Eso sí, algunos críticos jamás justificaran a Lethem, aunque sólo sea porque te convence de los superfluo que es escribir novelas propias mientras el siga escribiendo las suyas. Eso se llama admiración, y también agradecimiento, y esos son hermosos sentimientos. Ya lo he colocado en mi lugar mental de honor con esta etiqueta: “Te volveré a leer, te releeré, so cabrón”. Os sugiero este orden: leer primero Huérfanos…, la premiada, seguir con Cuando Alicia…, y dejar para el final la para mi insuperable La fortaleza de la soledad. O leerlas como os plazca o las encontréis, pero leerlas. De nada: ha sido un placer, pero me debéis una).

29-may-2008

No seamos vesánicos...

El Che Guevara se equivocó en muchas cosas, la mas gorda, su teoría del “foquismo”, que viene a considerar que todo el universo mundo es como un pajar en agosto y que se puede y se debe generar un foco de rebelión en cada lugar propicio. Como si dijéramos que, dado que los mineros asturianos se han levantado, ahora les toca a los lecheros de Tragacete y a los heladeros de Alicante: es el momento de incendiar España; bueno, pues eso, pero en todo el mundo oprimido. Así que, obviando su mesianismo ( ¡obvien, háganme el favor!) y su cultura política, tan inculta como dogmática, todo hace sospechar que en su breve pero intenso paso por el mundo repartió en cualquier caso y seguro que contra sus intenciones -pero líbrenos el demonio de las buenas intenciones-, más dolor que consuelo, con la posible excepción de que no ejerció nunca la medicina (eso, seguro que ahorro sufrimientos a otros) y que era un espléndido modelo para carteles, posters y affiches de adolescentes confusos, yo, en su día, incluido. Y hasta abandonó tempranamente la revolución cubana, antes que todos sus críticos, si lo pensamos fríamente. Todo esto es cierto, cal y arena de la buena, pero lo que no se merece, lo que bajo ningún concepto puede hacérsele,y menos a alguien tan fotogénico, por mucha saña liberal que se ponga contra el guerrillero, es instalar ese adefesio microcéfalo subido a un zurullo de dinosaurio y de cuatro metros de altura en su ciudad natal, Rosario, Argentina, donde seguro que queda algún pariente. Y es que el afán de venganza debe tener un límite. Enterremos dignamente a los muertos. Sin acritud.

(Para la próxima semana, un regalo que quiero compartir con vosotros: el secreto mejor guardado, como reza el tópico, de las letras anglosajonas, el joven novelista Jonathan Lethem del que he leído tres de sus cuatro novelas, espléndidas.)

28-may-2008

Mi lavapiés


(foto inferior: "Rafa", blogs "caja de lápices"y "Rafa fotografía")

Con algo de arenilla en el corazón, en épocas en que se mueve el suelo bajo los pies, aunque hayas sido tú el origen del terremoto, se agudizan las percepciones: vuelves a ver y no sólo a mirar. Cuando me separé y mientras aguardaba los trámites del divorcio abandoné mi piso semi lujoso y con jardín junto al Parque de la Fuente del Berro –un parque que adoro desde mi más tierna infancia, donde jugué a las chapas, perseguí pavos reales y pasee más tarde novias- y alquilé un pisito infecto en Lavapiés[1], ese “Trastevere” madrileño; en la misma calle Lavapiés, justo donde se ensancha levemente y permite la existencia de un kiosco de tabaco y chucherías; con un bar igualmente infecto en el bajo comercial que daba paella grasienta los domingos y otro al lado de un tabernero poeta con los mejores pinchos de bacalao de todo Madrid. Sí, mejores que los de la afamada Casa Labra, junto a la Puerta del Sol.

Ir a dar una vuelta no es lo mismo que instalarse, pero el Lavapiés habitado me gustó aún más que el visitado. Confirmó mi “antiturística” idea de que a los sitios hay que ir a vivirlos, no a visitarlos. El pisito estaba sólo medio amueblado, así que recogí algunos elementos desechados de las aceras[2] –siempre he tenido alma de trapero-, aunque era la época de mi vida que más dinero gané. Mis hijos, entonces pequeños, se quedaban los fines de semana, durmiendo en mi cama y en la hamaca brasileña –por la que competían- que flotaba en diagonal encima de ella, y yo en un sofá en la minúscula sala. Como a mí, les encantaba el barrio, les intrigaba la nueva vida de su padre y aceptaban la situación con esa extraña capacidad de adaptación que convive en los niños junto a su arraigado conservadurismo en esas mismas cosas. De hecho, son los más puntuales seguidores del famoso aforismo del Príncipe de Salinas de El Gatopardo: es necesario que algo cambie para que todo siga igual. Los niños son paradójicos porque no son larvas de adultos, sino una especie aparte y fascinante; ya lo he dicho en otro sitio. A mi ex mujer le parecía bien que me vieran, pero le parecía mal que se quedaran por las noches; consideraba que era un barrio tan peligroso que, además de mí, debía contratar a un par de guardias de seguridad. Si yo le contestaba que para peligroso el Barrio de Salamanca, me respondía que no me pusiese ideológico.

Pero sí, Lavapiés, a finales de los ochenta y principios de los noventa, era un barrio duro, menos interracial que ahora, aunque ya había inmigrantes, y con mucho más delito, sobre todo generado por un enorme trapicheo de droga, pero era un lugar, al margen del resto de la ciudad, donde existía una gran solidaridad y una idea de vida de barrio encantadora. Era eso: un lugar, mientras muchas otras zonas madrileñas sólo eran "espacios". En una ocasión bajé a la calle y no encontré mi destartalado coche. Maldiciendo en la acera se me acercó la verdulera, la preciosa gitana que vendía claveles junto a la boca del metro, el tipo del bar de enfrente, los que pasaban: se fue formando un corrillo. Uno de los transeúntes, cuyo careto tenía yo detectado, alto y flaco, casi cadavérico, pero con hermosas patillas de hacha me dijo: “no te preocupes. Seguramente ha sido algún pringao que no sabe que eres del barrio. Ya aparecerá, tú, tranquilo”. Y apareció: aparcado en el mismo hueco en el que lo había dejado la noche anterior, indemne y yo creo que hasta lavado, o eso me pareció.

Tenía por vecinos una fauna fascinante. Hablo sólo de mi edificio. En la buhardilla de encima de mí vivía un estudiante y pintor canadiense que todos los días subía y bajaba su bicicleta con el portabultos abarrotado de cuadros y caballete. Se comportaba como si estuviera viviendo la aventura de su vida y quizá era verdad, aunque sólo fuera por la hazaña repetida a diario al menos dos veces de subir y bajar su vehículo cargado por esa escalera angosta. Terminó hablando un español muy aceptable, plagado de argot cheli y tacos, pero, como era quebequés, al principio y a ratos después hablábamos en francés. Debajo, en la planta noble, vivía un bígamo muy chistoso. Parecía sacado de una película neorrealista italiana, no especialmente guapo, siempre en casa con sus camisetas de tirantes de canalé, su barriga y su lustroso bigote. Las dos mujeres con las que convivía sin celos aparentes eran hermanas y a menudo unían sus fuerzas en los conflictos domésticos contra su pareja. Cuando nos encontrábamos en su rellano, permanentemente abierta la puerta de su casa, me comentaba mis visitas femeninas: “la de ayer estaba buenísima, tío, te lo montas fetén”. Si yo le contestaba que era sólo una amiga, no se daba por vencido: “¿sólo una amiga con ese culito de gorrión?, amos anda.” Estaba firmemente convencido de que sus disputas familiares concluirían si las hermanas aceptaban a una tercera mujer; era un firme convencido de la poligamia, pero ellas, no. Anticipaban, supongo, esas nuevas formas de convivencia que estaban surgiendo. Mi hija Rocío, que era tan mona como descarada y cotilla, les preguntó una vez cuál de las dos era su mujer, y una le contestó señalando a su hermana a la par que cuñada: “esta y yo”, y Rocío procesó el dato y quedó conforme, después de informarles que yo sólo había tenido una mujer que era su mamá, pero que ahora no tenía ninguna, aunque como su padre, ellas lo habían visto, era guapo y muy listo, a lo mejor también tendría dos, o tres. Ellas se partieron de risa mientras yo permanecía oculto en el rellano de mi piso, escuchando a hurtadillas. En aquella época mis hijos no tenían ninguna duda de que su padre era una armoniosa y a la par explosiva mezcla de Einstein y Tarzán. Por eso luego resultó tan duro su proceso de matar al padre, pero las tortas me las llevé yo; así que recuerdo añorante mi breve momento de superhéroe de barrio, como cantó Quico Veneno.

Lo marginal se suele malinterpretar como peligroso, o, en el mejor de los casos, como minucia cutre. (Un inciso. En el bachillerato sacaba alternativamente muy buenas o muy malas notas en matemáticas y por idéntica razón: parecía que me saltaba pasos lógicos en la resolución de problemas. Con la escritura me pasa igual, creo: procuraré que éste no sea el caso). Y es que los territorios marginales, o mejor dicho, los márgenes de la sociedad son muy importantes para la evolución socio cultural, porque guardan las esencias de asuntos ya desaparecidos en su conjunto a la vez que anticipan los cambios que esa misma y en el fondo más conservadora sociedad aceptará mucho más tarde. Anticipan lo que será nuevo a la par que conservan lo valioso del pasado. Justo lo que yo intentaba hacer o al menos lo que necesitaba hacer en ese momento. Justo lo que necesitamos probablemente todos alguna vez. Aprendí a hacer mejores paellas que las del bar de abajo y té de menta casi tan bueno como el de Ahmed; aprendí que los hijos te jubilan de héroe, lo que es muy sano, pero te abandonan por dejar de serlo; aprendí que un barrio es algo que el urbanismo especulativo y hasta el de diseño no conseguirán jamás improvisar. Y aprendí que eso de que sólo se vive una vez es una chorrada.
[1] “Los que algún tiempo tuvistes/ noticia de Lavapiés, / de hoy más, sabed, que su calle/ no lava, que sucia es. / Que en ella hay tres damas/ que, a ser cuatro como tres, / pudieran tales 'colunas'/ hacer un burdel francés” (Lope de Vega). Capmani dice que el nombre de “Lavapiés” es debido a la existencia de ciertos árboles “cuyos troncos o’ pies’ bañaba un arroyuelo que descendía por el sitio que hoy ocupa la vía pública”. (Estudios sobre Lope de Vega, tomo 3) Sin embargo, el nombre antiguo era “Avapiés”, como revelan varios sainetes de don Ramón de la Cruz; así que vaya uno a saber.

[2] En mis errabundas pesquisas de recolector chamarilero encontré un biombo Art Déco de caoba con la tapicería de seda manchada de algo sospechosamente parecido a sangre seca; una vieja radio de válvulas y con ojo mágico para sintonizar de principios del XX; parte de la biblioteca personal de arte y poesía francesa de esa bella y translúcida rubia que murió joven y fue secretaria personal y de confianza del presidente Adolfo Suárez y un perro listísimo de orejas deshilachadas como el famoso “Jumble” de Guillermo Brown. Salvo el perro, todo eso lo encontré en las limpias y amplias aceras de los barrios “altos” a la caída de la tarde. Si hubiera encontrado oro en el Yukon no me habría sentido más dichoso.

27-may-2008

Locomotoras y mujeres modernas




El genial rezongón que es Ernesto Sábato llamaba “profetas de la Locomotora”[1] a los modernitos tontos, los que defendían la candorosa idea de que el hombre que viajaba en ferrocarril era moralmente superior al que lo hacía a caballo. Pero una cuestión aún más curiosa de esas gentes extasiadas por lo nuevo –hoy, claro, sería el i-Pod, el MP3 o yo qué sé-, son los que viven fuera de su tiempo; los hay que se adelantan, como Nietzsche, que fue un hombre del siglo XX, y los hay que se retrasan, como la mayoría de los intelectuales españoles de la primera mitad del siglo pasado y de finales del XIX, toda la dichosa generación del 98 en pleno. Ambas cosas, creo, no son igual de malas, pero ambas traen problemas al interesado. A mí, personalmente me gustan los anacronismos y también bastante remar contracorriente: se endereza mejor la barca. Odio los plásticos, sobre todo los fácilmente sustituibles por otros materiales y los que se integran en cosas nobles, como una silla o un suelo. Pero, anacrónico yo, me enternece esa falsa madera que se llamó formica, esa falsa cerámica, que se llamó baquelita, ese falso cuero, que se llamó skay, esa falsa seda, que se llamó nylon, esa falsa piel, que se llamó vinilo, y sobre todo esa otra que se llamó plexiglás. Y además me gusta mucho la palabra plexiglás, ese pionero de los plásticos con el que se hacían bolsos y hasta botas y zapatos tan brillantes como abiertamente falsos.

En parte sé lo que me pasa, es lo que yo llamo el síndrome de la puta y el edificio viejos, que dice así: como las putas y los edificios, cualquier cosa que alcanza determinada edad, por muy fea, nefasta o “tirada” que haya sido, si sobrevive, termina alcanzando cierta respetabilidad que nunca soñó tener de joven, sea el edificio cuando era nuevo feo, sea la pobre puta ahora convertida en respetable “Madam”. Y lo mismo para el nylon, el skay, la baquelita, la formica, el vinilo y el plexiglás; ah, el plexi glás, seguro que a Almodóvar también le mola.

Y las ideas lo mismo, de modo que el progresismo puede suponer sorprendentemente mantener ideas definitivamente superadas. Como la de que ambos sexos, hombres y mujeres son iguales; ojo, no que tienen los mismos derechos y merecen las mismas oportunidades, sino que son literalmente iguales, para jugar al frontón o para dar el pecho; que úteros y vaginas, son lo mismo que penes y testículos, depilarse que afeitarse, ser un hijo de papá que directamente una mamá. Así que si uno, siguiendo la lógica cromosómica, comete el desliz de señalar esas diferencias, será inmediatamente acusado de bárbaro y reaccionario, porque, de alguna forma misteriosa, le acaba de faltar el respeto a la Lógica de la Locomotora, que siempre es mucho mejor, en cualquier circunstancia y lugar, campo a través o junto al mar, que andar a caballo, no sé si me explico.

No obstante, es curioso constatar que en el aspecto del progreso menos discutible: la invención y desarrollo de tecnología, la mujer fue la inventora de casi todas las técnicas: desde las primeras nociones de la agricultura y la ganadería, con la domesticación de animales, los tintes, los tejidos, la cestería, la alfarería y cerámica, la cocción y conservación de alimentos, la molienda de harinas y el curtido de pieles y cuero. Como señala Otis Mason hay un neto origen femenino de la industria. Hoy, en cambio, son raras las mujeres que dirigen industrias o empresas, ni siquiera las más vinculadas a lo femenino, como la cosmética o la moda. Parece pues que el progreso de la emancipación de la mujer no ha sido acompañado por el desarrollo técnico, por las razones que sean, entre otras la evidente de que el progreso como única dirección ascendente y total es un mito y que el pasado no siempre es una simple fase previa del presente.

Con alguna de esas mujeres furiosas, siempre furiosas, que me han señalado con el dedo en esas circunstancias que menciono me pasa algo similar a lo que me sucede con el plexiglás o la auténtica formica de cafetería de carretera estadounidense: comprendo sus invectivas, como “comprendo” la textura satinada de la formica incluso, aunque siempre me gustará más la madera auténtica, como siempre me gustará más una mujer inteligente y menos doctrinaria, pero no puedo evitar enternecerme un poco, y eso se me nota, y eso las cabrea todavía más, porque jamás admitirá, una de esas féminas furiosamente reivindicativas que son a la mujer verdaderamente libre lo que la formica a la madera o el plexiglás al cuero.
[1] Ernesto Sábato: Heterodoxia. Emecé Editores, Buenos Aires, 1951

Platón contra Demócrito, y 3: el placer


Demócrito, pese a mis simpatías por él, no es muy original en el terreno puramente filosófico, porque retoma directamente al oculto Leucipo, de ahí su mención conjunta en los manuales bajo el epígrafe ajustado de “atomismo” y el incorrecto, al menos para el de Abdera, de presocráticos. O sea, la realidad está constituida por átomos, la causalidad no debe nada a dioses, sino que es inmanente, no trascendente, y material. Si no hay razón divina, no hay tampoco eternidad, todo pasa y, en todo caso, lo único eterno es el cambio. Todas estas tesis, ya digo, están tomadas de Leucipo y son el fondo de todo el pensamiento materialista posterior. Previamente, Pitágoras, más de veinte siglos antes que Descartes, establece la dichosa dualidad: cuerpo-mente, o cuerpo-alma. Demócrito es categórico y afirma la integridad del único bien que disponemos de salida, el cuerpo, y nada de alma separada de éste. No es que niegue el alma, sino que la considera igualmente integrada por átomos, quizá de naturaleza levemente distinta de los corporales, más energéticos, pero nunca separada de la carne, nada de descrédito hacia esta última ni nada de inmaterialidad espiritual prisionera en lo material. Lejos de esa dualidad, aunque, sin embargo, utilizando términos equivalentes a cuerpo y alma, Demócrito señala que son artificios del lenguaje (Wittgenstein prefigurado aquí) que designan dos instancias materiales y corporales, como la cabeza y el tronco en un mismo cuerpo. Así que el alma muere al mismo tiempo que el resto corporal y ambos se deshacen, se agregan y se descomponen bajo la fuerza de la muerte. La psicología surge de la física (la neurobiología también anticipada), una física que tiene la última palabra en todas las cosas.

Hay un texto extraño en Demócrito donde se propone una alegoría que Onfray califica “del tribunal”, que consiste en que, a través del filósofo, el cuerpo entabla un proceso al alma (¿por difamación?, añado yo) y le pide ni más ni menos que cuentas por el sufrimiento a causa de ella. Por su causa -ojo a los caricaturistas del hedonismo-, el cuerpo sufre embriaguez, daños diversos, exceso de voluptuosidad o placeres poco meditados, pasiones y deseos, alejándolo del ideal democritano de un sujeto exento de las necesidades exteriores y de una ética que tiene por finalidad…la alegría serena.

Demócrito habla a menudo del “goce del placer en uno mismo”. No se trata de onanismo, aunque lo defiende; es algo bastante más amplio. Se trata de la alegría como finalidad de la moral, estableciendo –nuevamente otra anticipación en decenas de siglos- un pensamiento utilitarista como el que luego defenderán Jeremy Bentham y John Stuart Mill. La utilidad se define, en este nada prosaico pragmatismo, por la satisfacción sumada al agrado individual y subjetivo. El método hedonista, pues, es un proyecto que tiende a la alegría y a la felicidad que son la medida de la acción y la propia moral (como recordarán luego los difamados sofistas). El placer no se confunde con el bien, pero es, de algún modo, su indicador, su signo, su huella y su prueba. Se habla de “una forma tranquila de ateismo”, de una indiferencia sana respecto a los dioses, que se justifica en la propia indiferencia de los dioses respecto a los hombres: si Dios no se ocupa de mí, como parece, ni de mis semejantes, como parece, por qué me voy a ocupar yo de Él.

Resumiendo, Demócrito establece primero una posición epistemológica antiplatónica, que luego reciclarán los sofistas injuriados por Platón, presentados como meros bocazas parlanchines y tramposos, entre ellos Protágoras, el esclavo comprado por el especulador de trigo. Allí donde está el mundo, allí reside lo verdadero. El fenómeno (fenomenólogos también prefigurados) y la sensación o percepción son lo que cuenta. El ser es ante todo lo percibido, como el paisaje bien entendido. Fuera de esto nada es cierto. El segundo lugar, la maquinaria antiplatónica que monta Demócrito funciona contra lo inmaterial, los dioses y las fábulas pitagóricas recicladas por Platón. Demócrito considera a la razón un instrumento fiable (y aquí anticipa las ideas básicas de la Ilustración del siglo de las Luces), oponiéndose a las creencias y a lo extrasensorial. Tranquilos, concluye: no hay que temer a los dioses, porque no se teme lo que no existe, evitémonos una ocasión de displacer; de hecho, en el hedonismo, más importante que la busqueda del placer es la evitación del dolor y la tristeza.

Y tercero, el individuo interesado en hacer, hoy diríamos, de su vida una obra de arte ejemplar, de acceder a la serenidad se preocupará del buen uso de sus deseos y placeres. Esta parte inicial y substancial del hedonismo es sistemáticamente ocultada por el neoplatonismo posterior, incluido el hegemónico cristianismo y demás tradiciones del "Pensamiento Único" occidental, pues descubre la mixtificación de la caricatura interesada que se muestra de estas ideas. Se trata de no desear ninguna cosa que perturbe al sabio, ni de cualquier manera, ni de buscar cualquier tipo de placer. Hay que evitar los placeres que alienen, hay que huir como de la peste de la intemperancia, el exceso y la desmesura, nada de animalidad desenfrenada, sino pulcro modelado de uno mismo y de la propia autonomía. Este es el único y auténtico júbilo –matinal o no-: gozar del placer de uno mismo. Esto confirma las posiciones del hedonismo y el eudemonismo de la posición abderita: el placer sutil del trato consigo mismo del individuo que no teme nada y que, al menos en el fondo, no obedece a otra cosa que a sí mismo y puede vivir libremente.

Demócrito escribe una trabajo enciclopédico que titula La ciencia, que no aspira a acumular conocimientos, como en el gran Aristóteles, sino a producir causalidades racionalistas e inmanentes que hagan desaparecer inquietudes y temores fruto de la ignorancia. Así descarta dioses y sus caprichos y cóleras, descarta condenas eternas, infiernos en otras supuestas vidas y supuestos castigos, pero también deja de temer al rayo –otra cosa distinta del miedo es la cautela-, al trueno, a las erupciones volcánicas, a los terremotos y al paso de cometas; todos estos fenómenos exigen lo que podríamos llamar una “reducción” científica y positivista de los acontecimientos/fenómenos.

También recomienda, y esto es más discutible aunque sensatísimo a su modo y en su contexto, mantenerse lejos de los asuntos públicos, renunciar a la actividad política (algo que Aristóteles consideraría imposible, ya que constituye la naturaleza del ser humano, y quizá tenga razón) y reducir los asuntos privados al mínimo (haz una fortuna si lo precisas: es fácil, siendo más listo que los profesionales de la especulación, pero luego no sigas acumulando y esforzándote en aumentarla). Por el contrario, desentiéndete de la administración de la ciudad, para eso ya estarán Pericles y sus émulos, actividades todas que conducen indefectiblemente al desagrado y generan molestias y problemas. El sabio huye de todas las bagatelas sociales para concentrase en sí mismo como su razón de ser (y aquí anticipa el egotismo de los románticos del XVIII).

También es partidario de una clara metafísica de la esterilidad. Demócrito invita a no procrear, y la razón que da, estemos o no en la práctica de acuerdo, es magistral: la paternidad es frustrante porque su principal tarea es la educación de los hijos y esa tarea (¿recordáis uno de mis últimos post sobre la inviabilidad de la educación?) es irrealizable y, por tanto, fuente de frustraciones, dolor, angustias y miedo. Pero a quienes les acucia el prurito familiar, el filósofo les invita a adoptar, con la ventaja añadida de que pueden elegir sensatamente el tipo de hijo deseado. En resumidas cuentas, Demócrito nos invita a pasar la vida, de forma ideal, de la manera más feliz y menos taciturna posible, sin medirse con otros –el patrón oro eres tú mismo-, sin ansiar lo que no se tiene, pero queriendo lo que ya se tiene. Y después reír…a la inversa que ese “prodigio” de la tristeza que era Heráclito, al que la contemplación del mundo le producía una tristeza insuperable. Si se alcanza el placer supremo de la autonomía, si haces tuyas la posterior frase de Calderón de “pequeño mundo soy y en ello fundo que, siendo amor de mí, lo soy del mundo”, si accedes a ese placer sutil y delicado, elegante y supremo de la autonomía en sentido etimológico, entonces puedes reir, porque la gran risa liberadora, como sabían los Hermanos Marx, sólo está al alcance de los liberados, de los que celebran el cuerpo y la alegría del mundo, del amor a las cosas vivas, a las cosas concretas e inmanentes, lo contrario de ese Heráclito bien apodado El Oscuro, que contemplaba con lágrimas el espectáculo del mundo (probable falta de litio).

Demócrito, creo honestamente, tiene muy pocas cosas equivocadas, y ninguna confusa o voluntariamente falsa y eso no se puede decir más que de muy pocos pensadores. Por eso es un de mis "santos" laícos. Perseguido y, sobre todo, ocultado, ninguneado, conviene recuperarlo ya que él solo anticipa todos los movimientos progresistas y liberadores de los siglos venideros.

26-may-2008

Nada menos que un zoólogo




George Schaller es mi zoólogo favorito de los tiempos modernos. Un extraordinario biólogo de campo dotado de tenacidad, sentido común y talento narrativo. Tiene además otra virtud: jamás utiliza en los títulos de sus famosas monografías sobre animales emblemáticos la palabra "ecología". Me viene entonces a la mente el dictamen de uno de los escasos maestros, entre una pléyade de simples profesores, que tuve, que venía a decir que para evaluar el contenido en verdadera ecología en un trabajo había que ver si mencionaba la dichosa palabra de moda o si utilizaba mucho el adjetivo ecológico: eso indicaba que no había contenidos reales de esa disciplina. “Ecología del lince ibérico”, pues eso, zoología, quizá de campo, revisión bibliográfica, pero nada de nada más.

Schaller ha ido publicando unas maravillosas monografías sobre animales emblemáticos -unas traducidas, otras no: esperemos a algún avispado editor-, pensando siempre, como buen científico, que la ciencia abre más interrogantes de los que cierra al avanzar y que la idea de que "todo está hecho” sobre alguna cuestión es fruto de la mediocridad del revisor que hace esa afirmación, no del tema de estudio. Así estudia el león de Serenguetti, el gorila de montaña (traducido al español por FCE) –antes y con más seriedad y acierto que la posteriormente mártir y famosa Dian Fossey-, el oso Panda y mi favorito, el leopardo o pantera de las nieves. Para decirlo brevemente, este biólogo de campo, este célebre naturalista, al menos en el mundo anglosajón, es una suerte de Gerald Durrell, el de Mi familia y otros animales -lectura que recomiendo encarecidamente, como los otros dos volúmenes de su trilogía de Corfú-, pero centrado siempre en la actividad en los lugares salvajes, no en los zoos (el que fundó Gerry, el hermano pequeño del famoso escritor Lawrence Durrell, es el de la Isla de Jersey, hoy en decadencia tras su muerte), que también ha viajado a todos los lugares remotos de todos los continentes, pero no para capturar animales para un zoo, sino para detectar situaciones de sus poblaciones, el “status” de la especie, en aras a su futura conservación.

Desgraciadamente, su libro más recomendable y reciente no ha sido, ¿aún?, traducido: A Naturalist and Other Beast, donde reune una colección de artículos a los que ha añadido comentarios posteriores que ayudan a situarlos. Si leéis inglés haceros con él, pues es fácil, se publicó en 2007. Otros títulos son The Serengeti Lion, The Deer an the Tigre (esta vez en el parque nacional de Kanha, en la India, el lugar que inspiró a Kipling El Libro de la selva y que aún cuenta con tigres); The Last Panda (traducido como El último Panda y donde da cuenta con una honestidad admirable de su fracaso al intentar la conservación en China de este animal y donde se relata de forma irreprochable las múltiples torturas de la burocracia, no sólo china), el magnífico Wild Life on the Tibetan Steppe, donde aparece por primera vez el maravilloso felino, el gran leopardo o pantera de las nieves, vuelto a retratar en el bellísimo Stones of the Silence, más reciente, y por su compañero y amigo, el escritor Peter Mattiessen en El leopardo de las nieves, también traducido (Siruela) y donde este animal es una presencia constante de su viaje por el altiplano tibetano que jamás llegarán a ver y donde Mattiessen, un explorador avezado, nos comunica las casi sobrenaturales condiciones
físicas de este naturalista que hacen casi imposible seguir su marcha en montaña o jungla. Así que ya sabéis, si estáis hartos de tanto documental antropomórfico que pone nombres a los cachorros de los animales a los que incordian, de tanto falso aventurero que casi se muere en el empeño, y de tanto ecólogo de pacotilla, seguir a este tipo impresionante, y leerle.

Platón contra Demócrito, 2

(Ruinas de Abdera, Asia Menor, en la actual Turquía)


Platón y Freud, los dos más grandes mixtificadores de la Historia –quiero decir no sólo que fueron enormes falsarios, sino grandes sin más-, tienen en común también el ser narradores de gran talento. Las historias clínicas de Freud, en especial las contenidas en La interpretación de los sueños, y los diálogos Socráticos de Platón deben leerse, pero deben de leerse como lo que son: obras de ficción.

El erróneamente presocrático Demócrito, forzado a entrar a contrapié en un compartimiento desahuciado de la historia de las ideas para desvitalizarlo, desactivarlo y amortiguar su indudable originalidad, su reputación reducida, como dice Onfray, a la suma de malentendidos acumulados en torno a su nombre; su unión, no menos forzada, a modo de pareja cómica, a Leucipo, este filósofo tan maltratado al menos como el sañudamente proscrito Epicuro, es diez años menor que Sócrates y vive cuarenta más cuando éste muere, pero hasta la rigurosa editora La Pléiade le coloca este rótulo maldito. No olvidemos que llamarte presocrático, como llamarte socrático menor –pequeños socráticos- como a Esquines, Antístenes, Aristipo, Euclides y Fedón, todos ellos mencionados en Los Diálogos- es colocarte en una relación de sumisión a Sócrates (o a Platón), a la omnipotencia de Platón y su clero. Aunque, ¡pobre Sócrates, el Ateniense!, después de todo, nuevamente asesinado, platonizado a la fuerza tras la cicuta. Forma un extraño trío con Aristipo el Cirenaico y Diógenes el Cínico, que ganan interés si se les desprende del marchamo de Platón. Como Jesucristo, Sócrates es un mártir que cumple función de referencia cronológica, un antes sin interés supuestamente y un después deudor total de él y su “único” y “altruista” discípulo. El desprecio de Platón por los poetas expulsados de su República ideal es el mismo que la de esos antecesores magos inmaduros: “niños fascinados por las historias…”

O sea, tenemos que creernos que antes de Sócrates no se pensaba, no había razón razonante, solo mito y brujería. Sin embargo, los llamados presocráticos eran sabios totales: astrónomos, matemáticos, físicos, naturalistas, médicos, moralistas, meteorólogos, cronistas, historiadores y lógicos. Su afán de totalidad, que les permitía el escaso corpus de conocimientos de su época, era mucho mayor que el de los socráticos y postsocráticos. Ya quisieran estos filosofitos, columnistas de actualidad de hoy. Se interesaban por los volcanes, los fósiles, las mareas, el arte de sembrar un huerto, la amistad, el sexo, el placer, los sentidos, la imagen engañosa o no del mundo, la psicología de masas, el autoconocimiento y pretendían superar la tosca causalidad teológica. En un mundo real de átomos y vacío, las divinidades intervencionistas de Hesiodo y Homero no tenían cabida. Se apunta por vez primera, y jamás en Platón, la superación de un mundo globalizante –¿por qué ocuparse de los usos y costumbres de los bárbaros del otro extremo del mundo?- y coherente. Es decir, no sólo no eran inferiores a Sócrates y Platón, sino que tenían algo de lo que aquellos carecían: “la aspiración a la totalidad”. Y encima, piensan esa realidad a partir de ella misma, no buscan principios en otra parte que ese mismo mundo que piensan. La cifra y el número (como magia cabalística, no como medida del mundo), la lógica platónica de las ideas se enfrentan al fuego, el aire, el agua, la tierra, el éter, que son hoy la energía, la materia, el tiempo, el vacío de la ciencia moderna, mientras que las sombras de la famosa caverna de Platón son sólo eso: sombras y caverna y, por tanto, inferiores al álbum de la naturaleza de las pinturas rupestres muy anteriores.

Nuestro Demócrito, postsocrático y coincidente exactamente con Platón, mantiene posturas teóricas radicalmente enfrentadas a las de aquel. Demócrito sólo cree en átomos y el vacío, le manda recuerdos y adioses a los dioses, es inmanente frente a tanto trascendente, en tanto Platón busca sus famosos conceptos puros y practica con fanatismo el esculturismo y las pesas –su nombre, Platón, es un mote que significa “el de las anchas espaldas”-, pues si algo aprendió de Sócrates, espantosamente feo, es a aspirar a un aspecto hermoso sin jamás confesarlo. Pero predica la continua renuncia en los demás, proponiendo la barbaridad de alejarse del mundo, convirtiendo la existencia en una perpetua ocasión de renuncia ¿Os suena? Pero por la boca de besugo muere el pez, y Platón confiesa ante los informantes de Aristoxeno que le gustaría reunir las obras de Demócrito, y todas las escasas copias, para quemarlas. ¿Habían estudiado los nazis a Platón? Probablemente: lo hacían en los Gimnasium, que no eran los de Platón, sino Institutos de ciencias y letras en Alemania. Y antes, ¿la Inquisición? Perseguir a alguien cuya única culpa es no pensar como uno se convierte en tradición arraigada en la historia que le sigue, hasta hoy. Pero los incendiarios no debieron hacer bien su trabajo, porque pese a su ninguneo, el corpus de Demócrito representa aún hoy el veinte por ciento de todo lo conservado de los presocráticos oficiales, mientras que el peso de Heráclito en este heterogéneo conjunto es del seis por ciento, por no hablar de la escasez de Leucipo. Y, sin embargo,¿cuántas tesis doctorales se escriben sobre Demócrito? Cero, porque además los académicos viven bien bajo la bandera platónica, véase a Heidegger y seguidores, empeñados en restaurar a Heráclito y Parménides.

Nacido en Abdera, hoy Turquía, Demócrito viajó mucho más que cualquier turista compulsivo de hoy. O viajo mejor, sin que la modernidad tecnológica que compensa tanta diferencia de distancia y elimina todo transcurso sensato del tiempo en el viaje, le mermara esa actividad. Demócrito sale del Mediterráneo, lo cruza, llega a África oriental, es una especie de “Rimbaud precristiano” (nuevamente Onfray), de dirige a los márgenes del mar Rojo, lee a Leucipo, aprende astronomía con los magos caldeos, geometría con los sacerdotes egipcios y el ideal ascético los gimnosofistas hindúes, también las técnicas de meditación. Se ventila la herencia familiar en ese "Grand Tour", así que regresa a casa dispuesto a perfeccionar su visión del mundo, pero sucede una cosa curiosa. Ya sin fondos, el dinero sólo le interesa como medio para sus filosóficos propósitos y como no tiene se mete a George Soros de la Antigüedad y hace una fortuna especulando con trigo. Luego se desprende de lo innecesario de esa fortuna y vuelve a sus meditaciones, porque además es enormemente discreto. Se cuenta una anécdota al respecto: va a Atenas para asistir a una presentación pública de Sócrates en el ágora (milagrosa presencia, ¡un presocrático oyendo en directo a Sócrates!) sin darse a conocer –téngase en cuenta que Demócrito era muy conocido en la época a través de sus escritos- y pese a su gran reputación ni abre la boca , se marcha en el mismo anonimato en que llegó. Me suena a actitud de auténtico sabio.

En otra ocasión, -y esta anécdota nos sitúa muy bien en el contexto histórico- observa el trajín en un puerto del Mediterráneo y se fija en un estibador particularmente listo, al que parece rodear un aura de inteligente sagacidad. Lo compra como esclavo personal. Es Protágoras que llegó a ser un gran filósofo, aquel que afirmó que el hombre es la medida de todas las cosas…Y tolerante: su hermana, creyente en los dioses, le pide mientras agoniza que postergue su muerte para no interrumpir los ritos que marca el calendario. Elegante hasta en su muerte, Demócrito accede y se muere después a una edad que la mayoría afirman muy avanzada, ciego y sabio. Su cadáver, conforme a sus deseos, es conservado en miel.

La otra gran bestia negra de Platón fue Aristipo de Cirene. Si Demócrito es el materialismo de los átomos, Aristipo es el placer, hedonismo antes de Epicuro. Si Platón escogió el diálogo como género literario, Aristipo escogió directamente el teatro. Aristipo no aparece citado ni una sola vez en la obra de Platón, salvo en un caso, de bastante mala fe, cuando cuenta la muerte de Sócrates en su famosa Apología (mejor, por cierto, el relato de Jenofonte, pese a sus errores históricos) y destaca la ausencia del de Cirene, mencionando malevolamente la proximidad de su residencia…

Hay desde luego enormes confusiones con el tema del hedonismo y su teoría hermana del eudemonismo, que podríamos denominar el arte del buen vivir. El hedonismo se enfrenta al ascetismo, sí, y reivindica el placer asimilándolo con algo bueno en sí, pero esa búsqueda del placer jamás es desenfrenada, “animal” ni procaz; eso son imágenes que nos han legado, distorsionándolas, precisamente sus enemigos. El placer, “el soberano bien”, aquello a lo que se debe tender y que une reflexión y acción se asocia con el eudemonismo, la necesidad de apuntar al bienestar, que puede ser sencillo, alejado del lujo, como la bella petición de Epicuro a sus discípulos de que le envíen quesos. La serenidad, la felicidad; nada que ver con las orgías romanas con las que más tarde se les mezcló. Eso sí, un consejo: desconfiad de todo aquel que reniegue del placer, que prescinda de él para sí y los demás. Y ya de paso, desconfiad de los que dicen que sufren y se sacrifican por vosotros; ya hubo uno en el año 1 que lo hizo y bien y todavía no está claro si las ventajas de aquel ritual auto sangriento tuvieron posteriormente más beneficios que lo contrario.

(mañana acabo)

23-may-2008

Platón contra Demócrito, 1

(El joven Rembrandt como Demócrito. Autorretrato)

Hubo alguien que dijo que Sócrates fue una especie de Mesías, un Cristo pagano, y otro añadió que el cristianismo era un platonismo adaptado para la plebe. Puede parecer exagerado, pero no es totalmente injusto, en el sentido de que la corriente idealista que nutre el pensamiento dominante en Occidente, el judeocristiano, y que sin embargo se revindica heredero de los griegos, ha sido promocionado frente a las tempranas corrientes materialistas. Estas últimas, con Leucipo de Mileto a la cabeza, han sido perseguidas con saña, destruidas, ocultadas y caricaturizadas. Y todo empezó con el mismísimo Platón, que proponía juntar obras de colegas para…quemarlas. Autos de fe de un filósofo contra otros; bello afán por el saber.

También hay quien ha dicho que toda la filosofía occidental son meras notas a pie de página del corpus de Platón[1]. Platón amañaba sus diálogos, que son puro debate retórico, y escogía sus adversarios para el lucimiento de ese Sócrates que, no lo olvidemos, a partir del personaje real y supuesto maestro suyo, es un personaje literario. Esos diálogos son entretenidísimos, de ahí parten la mayoría de tópicos –las ideas “recibidas”- de nuestra cultura, pero precisamente por eso también han provocado cuantiosos daños: las riadas son catástrofes, pero eso no quita para que traigan la necesaria agua; Platón también es una catástrofe y un caudaloso río de nuestra cultura.

La filosofía idealista, que Michel Onfray[2] califica “en su triple fórmula platónica, cristiana y alemana” –vamos, que está colocando en la picota a Platón, Santo Tomás, Kant y Hegel- ha ocultado y combatido con saña a su opuesta, cual negativo fotográfico: materialista, hedonista, sensualista, existencialista y utilitarista, pragmática, atea, corporal y encarnada. De un lado, los que todos sabemos hasta la saciedad, los que ocupan más espacio en los manuales de filosofía de bachillerato. De otro, muchos de los llamados presocráticos, con Leucipo como estrella augural, pero también Spinoza, Nietzsche, Deleuze y Lyotard. La primera es una filosofía construida contra el cuerpo y la segunda con el cuerpo; la primera se ha divulgado, la segunda se ha ocultado. La disputa viene de muy lejos y sigue existiendo, pero el combate acabó pronto, con el triunfo de los primeros. Ayudaron los copistas, que no olvidemos que eran monjes, arte y parte, que supuestamente rescataron “objetivamente” la sabiduría de la Antigüedad poniéndola a buen recaudo en sus pergaminos miniados. Y otros vandalismos cristianos no fueron tan sibilinos, como las vasijas gnósticas enterradas en el desierto egipcio de Nag Hamadi, o la directa persecución al saber antiguo y al paganismo de los “teodosios” y “justinianos” (aunque sólo se resalta la persecución opuesta de los “nerones” o “vespasianos” a los victimistas cristianos). Destrucción de manuscritos, cierre de las escuelas, persecución y ajusticiamiento de los recalcitrantes y hasta codificación jurídica (nuevamente esa pareja de déspotas de Teodosio y Justiniano). Y algún alivio a tanta saña desmanteladora, como la preservación bajo las cenizas del Vesubio de las bibliotecas epicúreas de las espléndidas villas de Pompeya y Herculano[3]. En otros casos, la recuperación se produce gracias a la arraigada costumbre del expolio de los exploradores saqueadores europeos, cuyo paradigma, aunque sea norteamericano, es el del personaje de Indiana Jones inspirado en un personaje real, el “descubridor" de Machu Pichu, Hiran Bigham. Así sucedió con el único testimonio directo de Empedocles, del que en 1990 se encontró en la Biblioteca de Estrasburgo unas 1.800 páginas no estudiadas y depositadas allí por un “coleccionista" alemán.

Pero el idealismo que casi patentó Platón, su indudable maestro, al inducir a confusión mitología y filosofía, justifica el mundo tal como es, y además le quita importancia, como a su microcosmos, el cuerpo, como vanos reflejos sin importancia del “verdadero” mundo, el ideal, invitando a alejarse de esta única vida, la terrenal, que tenemos en beneficio de ficciones para amansar niños y calmar el miedo de viejas, situando un cielo de ideas puras, fuera de la materia y el tiempo, de la entropía, de los hombres y de su historia: el mayor escamoteo de toda la historia del timo y la estafa, es decir, de la Historia.

Otra manera de desactivar los antiguos pensadores materialistas, más sofisticada y complementaría que la directa destrucción de su obra, es incluirla bajo una etiqueta de cajón de sastre o totum revolutum. En ese sentido, es muy eficaz la de “presocrático”, una suerte de panda de desarrapados pastores de cabras, ingenuos y sin interés, salvo el histórico, cuando en realidad, muchos de los mejores ya habían anticipado el pensamiento científico moderno, como los atomistas Leucipo y Demócrito, siempre citados juntos, aunque no tuvieran mucho que ver. El caso de Demócrito es paradigmático, pues ni siquiera es presocrático, sino coetáneo no ya de Sócrates, sino del mismo Platón, sobreviviendo a Sócrates entre treinta y cuarenta años.

Leucipo, Demócrito, Aristipo, Diógenes, Epicuro, Horacio, Lucrecio, de un lado; de otro, sus rigurosos contemporáneos: Pitágoras, Parménides, Cleanto, Crisipo, Platón, Marco Aurelio, Séneca. Materialistas, atomistas, monistas, abderitas, hedonistas, eudemonistas frente a idealistas y sostenedores de la línea ascética. La contrahistoria de la filosofía, como la llama el mencionado Onfray, comienza quizá con Leucipo, para el que se puede reivindicar el título de primer hedonista, antes de Epicuro, pero a su vez ellos no iniciaron, sino que prosiguieron saberes que provenían de Caldea, como la astronomía, o de Egipto e incluso de África y China, porque el mundo isleño griego no era una isla cultural, sino una transitada región abierta y atravesada por multitud de redes comerciales ante todo; llenas de "Marco Polos" clásicos que no sólo regresaban con mercancías exóticas, sino con ideas. En la ocultación de estas gentes del bando material y sensual se llegó a dudar, por la filosofía académica, de la existencia de alguno, como Leucipo, o como ya se ha dicho se les encasilló bajo rótulos inapropiados, como a Demócrito. De todos modos, los así llamados presocráticos no sólo no fueron inferiores a la considerada corriente principal platónico-socrática, sino que aspiraban a la totalidad de la que los venecdores renegaban. Los presocráticos no eran magos prefilósofos, sino filósofos diferentes y protocientíficos. Aristoxeno cuenta en sus Memorias históricas que Platón, que no menciona a su contemporáneo Demócrito más que una vez, y para denigrarle, a pesar de su fama, propuso reunir toda la obra de éste ¡con el fin de quemarla! En esta pira o auto de fe imaginario, pero también real, me detengo por el momento mientras oigo el arraigado barullo de vuestras protestas y la de todos los aburridos profesores de filosofía y demás lavadores de cerebros.


[1] La frase se ha repetido tanto que es un tópico conocido, pero como todo tópico tuvo un primer autor, en este caso Alfred North Whitehead en su Proceso y realidad (1929): “la manera más segura de describir el conjunto de la tradición filosófica europea es presentarla como una serie de acotaciones a Platón”.
[2] Michel Onfray: Les sagesses antiques; Ed. Graset & Fasquelle, Paris, 2006
[3] El caso más ejemplar es el de los preciados ochocientos rollos de la biblioteca de Filodemo de Gadara, en la Villa de los Pisón en Herculano.

22-may-2008

Bambi contra Godzilla




El niño que apenas sabe andar es probable que esté estudiando las posibilidades de un juego de habilidad y aventura que practicará algo más adelante, cuando le dejen salir solo al balcón: lanzar los güitos de las cerezas a las cabezas de los transeúntes y luego esconderse a tiempo, pero habiendo comprobado antes el blanco. La joven y bella mamá, aunque escasamente fotogénica, que le sostiene es en cambio tan buena que jamás habría urdido un jueguecito así. En realidad es enervantemente buena, como comenta a menudo la matriarca, su madre y mi abuela, hasta tal punto que Bambi a su lado parecería un asesino en serie. Y sigue hoy por hoy igual, así que no le ha debido ir tan mal. Como digresión os informo que si al altivo y cornudo papá de Bambi le mató un cazador, que para eso lo era, al propio cervatillo se lo cargó Godzilla de un pisotón, como se puede comprobar en un espléndido film de dibujos animados y nos cuenta el gran David Mamet, el guionista y director de cine y teatro, en su libro de recuerdos de idéntico título: Bambi contra Godzilla[1]. Mamet es brillante y judío, caso de que eso no sea una redundancia, pero en lugar de aspecto de intelectual lo tiene de boxeador correoso. Mami y yo llevamos jerséis tejidos a mano, el mío modelo “golfo apandador”, un personaje del Disney menos ñoño que llevaba a antifaz y robaba al Tio Gilito. Mi madre además lleva una bata ligera de lunares y unos moñetes, o rulos o crenchas o yo que sé que me enternecen, qué le voy a hacer.

Hablando de boxeo. Hasta los 14 años fui un frágil bonobo al que la sospechosa ausencia de un papá le hizo victima de los abusones de turno. Pero a partir de esa edad dio un inusitado estirón, de manera que al regresar del pueblo donde pasaba no uno ni dos ni tres sino cuatro meses, se vio sobrado para empezar a dar palizas a sus antiguos torturadores. Resultado, se convirtió en un chimpancé agresivo y abusón. A los 16 años, sin embargo, a mi tío Luis le dio por apuntarme en un gimnasio de boxeo que dirigía Sombrita, legendario púgil y entrenador de otros grandes campeones como Legrá. No fue mi caso, pero de forma no tan disparatada como pueda parecer, el saber cómo partirle la cara a un tipo sin que te roce me amansó bastante.

Esos cuatro meses en un pueblito abulense de la ribera del Alberche y los otros ocho en un Madrid donde, en ciertas calles, los automóviles paraban para dar tiempo a que los chicos nos apartáramos con desgana de nuestros juegos en plena calzada, me dieron, creo sinceramente lo mejor de ambos mundos. En un prólogo a un libro mío sobre Gredos[2] un amigo, que a veces visita estas páginas, me dijo que parecía yo una mezcla de Mowgli y no sé que otro personaje, ahora no recuerdo. Es probable, aunque lo que mi “amigo” quería decir es que estaba yo adornando mucho mi biografía y que su veracidad era dudosa. También es esto posible, pero tendrían entonces que oír a mi abuela presumiendo de nuestra ascendencia noble portuguesa (el Duque de Aveiro nada menos, el equivalente luso a los Duques de Alba en abolengo), napolitana, de cantantes de ópera, de obispos de Huesca y de drusos salmantinos (eso sólo por mi azarosa parte) que preñaban bonobas y se quitaban rápidamente de en medio por expeditivos sistemas.

Es probable que la foto la tomara el hermano más pequeño de mi madre, el tío Luis, que para eso era el artista de la familia, pero también es igual de probable que fuera mi Tío David, el mañoso y acaparador de artilugios tales como una cámara de fotos. Además de los tres hermanos: madre y tíos pequeños, estaba mi abuela y jefaza, y también la tía Carmiña, que no era tía de nadie de nosotros, sino una especie de dama de compañía de la abuela; una aprendiza interna del taller y, en los larguísimas jornadas laborales, un montón de costureras, cortadoras y aprendizas -que ya habían aprendido todo, pero a las que mi implacable y dulce abuela así pagaba menos- que, todo hay que decirlo, abusando de mi tierna edad me metían mano y me prodigaban arrumacos sin o con cuento. Y un perro, siempre hubo un perro y a veces gatos. Por cierto, si Bambi era mi madre, creo que está claro que yo era Godzilla, pero pequeñito.

[1] David Mamet: Bambi contra Godzilla, Alba editorial, 2008
[2] Gredos: Hombre y naturaleza; ediciones Fonat, Ávila, 1988

Los dos monos que llevamos dentro (la orilla izquierda de la humanidad), y 4






Ya he dicho que “chimpancés pigmeos” es un mal nombre para los bonobos, puesto que tienen el mismo tamaño que sus primos, aunque distintas proporciones. Mejor traído es el que les dan los autores franceses: “chimpancés de la orilla izquierda”. Nadie ignora, y si no que me desmienta Vanbrugh, que la “Rive Gauche” es el lado del Sena donde se agrupan el Barrio Latino y las demás calles donde se refugiaron -hoy es agua pasada -nunca mejor dicho para un parsimonioso río- los bohemios, artistas e intelectuales, de tendencias políticas izquierdistas; frente a la margen derecha, donde se sitúan los barrios más burgueses y conservadores en población. El juego de palabras alude, sin embargo, a otro río, El Congo, uno de los mayores de la Tierra que sólo cede supremacía al Amazonas y al Nilo. En algunas partes tiene una anchura de más de 15 kilómetros. Suficiente para ser una barrera entre la ribera derecha, habitada por gorilas y chimpancés, y la izquierda con sus pacíficos y promiscuos bonobos.

Seguro que habéis oído hablar del “barniz” tan superficial que supone para los humanos la civilización y la cultura. Se utilizó después de conocerse las atrocidades de los nazis en la Segunda Guerra Mundial (aunque exterminar con bombas atómicas a cientos de miles de víctimas civiles japonesas tampoco es poco; incluso más eficaz que las cámaras de gas si establecemos el rendimiento exterminador por unidad de tiempo). Parecía increíble que alguien que no sólo se deleitaba escuchándolo, sino que interpretaba competentemente a Mozart, que era cariñoso con su mujer y sus hijos fuese todas las mañanas, como el que acude a la oficina, a su puesto de director de un campo de exterminio. Debíamos tener un impulso asesino innato, heredado de nuestros ancestros, que los logros civilizatorios sólo habían tapado levemente, como una fina capa de pintura o de barniz. Racionalizar la violencia humana general y el Holocausto en particular parece ser la misión de la escuela de etología germana, con Lorenz a la cabeza. Así pues, el pensamiento progresista occidental de posguerra declaraba la necesidad de vencer nuestros instintos básicos y elevarnos por encima de la naturaleza. Hoy la tendencia es justo la contraria: fundirse con la naturaleza, idea que no consigo entender bien, parece la consigna.

La visión de que progreso técnico y agresión están indisolublemente unidos ha calado mucho. Hay que recordar las primeras secuencias de 2001, una odisea del espacio, la película de Kubrick, cuando un homínido golpea a otro con el fémur de una cebra a modo de garrote. Y la Biblia no le contradice, precisamente. Es una hipótesis que subyace a la del “éxodo africano”: hemos llegado a ser lo que somos a través del genocidio. Cuando estos emigrantes africanos llegaron a Eurasia, eliminaron al resto de bípedos primates, incluido el europeo por excelencia, el hombre de Neandertal. Incluso hoy consideramos alos millones de turistas bienvenidos (a cambio de dinero y de su transitoriedad, siempre renovada), en tanto que los mucho más escasos miles de inmigrantes son mal vistos. Homo xenofobus.

Antes que los bonobos, los chimpancés del Gombe, estudiados por primatólogos japoneses, corrigieron una inicial visión del individualismo agresivo del chimpancé. Pero la segunda corrección afectó, por el contrario, a la reputación pacífica del chimpancé. En 1979, la revista National Geographic destacó en un reportaje la conducta de estos antropoides como asesinos y devoradores de sus congéneres. El simpático primate patizambo vestido de marinerito se convirtió de pronto en "el mono asesino". Los chimpancés vivían, como los humanos, en comunidades mutuamente hostiles, tanto más hostiles cuanto más cercanas. Lorenz y Ardrey parecieron triunfar, Goodall se esforzaba en explicar que, por lo menos, nosotros no somos el único mono asesino y Edward O. Wilson, el fundador de la sociobiología y experto en insectos sociales afirmaba: “Al lado de las hormigas, que perpetran asesinatos, escaramuzas y batallas campales de manera rutinaria, los hombres son pacifistas sosegados”[1]

Bueno, el lado oscuro del chimpancé le expulsó del paraíso de Rousseau y Hobbes entró otra vez en escena. Además, los arqueólogos no hacían más que descubrir restos de antiguas batallas y asesinatos en los niveles del paleolítico; parece ser que el cazador recolector de esa supuesta Edad de Oro tampoco se libraba, como era de esperar. Pero dada la baja densidad demográfica de esos humanos, es muy posible que primara la ayuda mutua y la solidaridad, aunque tanto los rastros arqueológicos como las pinturas rupestres, en especial el arte levantino, muestran batallas y hombres alcanzados por flechas hace ya 20.000 años.

Una cuestión interesante es cómo mantienen las hembras bonobo el control del grupo, dado que la violencia, aunque más escasa que en los chimpancés, existe y que los machos son más fuertes. La respuesta que da de Waal es que lo hacen por medio de la solidaridad; es muy frecuente que varias hembras se junten para hacer frente a un solo macho demasiado prepotente, en tanto que los machos no tienen esa tendencia a unir sus fuerzas. Los chimpancés, en cambio, son patriarcales y mucho más violentos. No son raros los casos de infanticidio, que algunos observadores explican, como el caso del infanticidio en leones, cuando un nuevo macho toma el mando: una manera de eliminar los genes de sus rivales, suprimiendo esa anterior descendencia. También se dan casos de canibalismo y lo que sin excesos se puede denominar guerras con otros grupos fronterizos. En realidad, los chimpancés viven en una atmósfera de violencia potencial y el infanticidio, por ejemplo, es una de las principales causas de mortandad en cautividad, aunque también se ha comprobado en los grupos en libertad.

Darwin, siempre Darwin, también fue un precursor en este tema, con su ensayo La expresión de las emociones en los animales y en el hombre. Estaba convencido de que los mecanismos de la selección podían ser crueles en su resultado –habló de este proceso como de un “capellán del diablo”-, pero eso no entraña necesariamente violencia: la supervivencia del más apto se logra simplemente cuando se consigue dejar más descendencia viable. Darwin escribió: “muchos animales ciertamente se compadecen del sufrimiento o el peligro de los demás”. Y cita varios y famosos ejemplos. Un caso curioso es el que menciona Robert Yerkes, el fundador de la primatología, sobre la sensible conducta de un chimpancé llamado Prince Chimp. Yerkes le rinde tributo en un famoso libro, Almost Human, en el que relata como Prince Chimp mostraba una desusada preocupación por su compañero Panzee, enfermo terminal. Mucho tiempo después (el libro se publicó en 1925 con observaciones de años anteriores) , una inspección post mortem reveló que Prince no era un chimpancé sino un bonobo, pero Yerkes no podía saberlo –sólo habló de un chimpancé de comportamiento “anómalo”-, porque el bonobo, como he dicho, no se reconoció como especie hasta varios años después.

En realidad, los bonobos han sido ignorados después de descubiertos, por documentalistas, que censuraban en sus filmaciones las numerosas escenas de sexo, y por investigadores, que veían como su pacifismo ponía en entredicho o al menos relativiza sus teorías sobre la agresión innata y el “mono asesino”. Las discusiones sobre la evolución humana centradas en la violencia, la guerra asociada al progreso técnico y la dominación masculina no pueden tener muy en cuenta a este pacifista redomado, que no entabla guerras a muerte, apena caza, los machos no dominan a las hembras y hay mucho, mucho y variado sexo. Los bonobos, ya quedó dicho, hacen el amor y no la guerra y, como dice de Waal, “son los hippies del mundo primate”. También fastidia las justificaciones del liberalismo económico de la derecha dura. Thatcher, que no tenía nada de bonoba y sí mucho de chimpancé con bolso y cardado, dijo “hay hombres y mujeres individuales, y hay familias, pero no existe eso que algunos llaman sociedad”. ¡Toma ya! Pero tanto chimpancés, como bonobos y hasta gorilas forman grupos sociales, sociedades, y eso agria el evangelio del capitalismo codicioso de Reagan y Thatcher. La evolución demuestra algo que reconocen los economistas liberales más moderados, que la persecución racional del interés propio no siempre es la mejor estrategia.

Por su parte, los neurobiólogos han observado que la resolución de dilemas morales activa centros emocionales del cerebro mucho mas antiguos que la recién adquirida evolutivamente nueva corteza cerebral, así que difícilmente se puede hablar tanto de un mero “barniz cultural” para explicar esas conductas “buenas” como de su exclusividad humana. En realidad se puede hablar de una suerte de “Síndrome de Beethoven”. Me explico: el autor de las maravillosas sonatas, conciertos para piano y sinfonías vivía y trabajaba en una auténtica pocilga, cubierta de polvo, con orinales abandonados sin vaciar y partituras por el suelo, sus dos pianos literalmente hundidos en inmundicias[2]. Todos sabemos que pueden surgir cosas maravillosas en circunstancias atroces; es decir, proceso y producto son nociones separadas; la selección natural como proceso es atroz, sus productos, en cambio, no siempre conduce a feroces súper predadores, sino a veces a amables mutualistas solidarios. La selección natural –repetiré la inevitable tautología- se limita a favorecer a los individuos que sobreviven, pero cómo lo consiguen es una cuestión abierta: cooperando o siendo agresivos son sólo opciones. El comportamiento de nuestros próximos parientes antropoides no es mucho más instintivo que el nuestro (tienen largos periodos de aprendizaje; un chimpancé, por ejemplo, no es adulto hasta los 16 años; y como nosotros tratan sus problemas con una combinación casi inextricable de tendencias naturales -instintos-, inteligencia -emocional o no- y experiencia.

Sí, provocan nuestra risa cuando montan en un monociclo vestidos de payasos en los circos, pero es una risa nerviosa, la que se siente cuando un espejo nos devuelve nuestra imagen algo, levemente, distorsionada. Sólo que los humanos no tenemos uno, sino dos de esos espejos; eso nos da pocas disculpas, pero mucha capacidad y libertad de elección.






[1] Cuando era niño, más de una vez coloque una hormiga en la boca de otro hormiguero para contemplar como era atacada por los miembros de este. En mi papel de entomológico dios, unas veces intervenía para salvarla y otras no. También les daba clases de natación por el expeditivo método de tirarlas agua. Tiempo después, en la Amazonía boliviana, una buma, una gigantesca hormiga del tamaño de un grillo que protegía una mara, el árbol de la caoba, con el que establece una asociación mutualista, vengó a sus parientes y me pico. La picadura es muy dolorosa, aunque su veneno no es concluyente para un tipo como yo.
[2] En una ocasión fue arrestado al ser confundido con un vagabundo. En cuanto a las apestosas condiciones de trabajo son numerosos los testimonios de sus visitantes y en especial de otros músicos

21-may-2008

Los dos monos que llevamos dentro, 3






Sí, a falta de uno, dos: uno agresivo y machista, ingenioso y manipulador, el otro, feminista, follador y conciliador. Somos como el dios Jano de las dos caras, todos un Doctor Jeckill y un Mister Hyde en uno. La mayor diferencia entre ambos, al margen de su comportamiento tan opuesto, es la proporción corporal como ya he dicho. El chimpancé parece que va al gimnasio a diario: cuello corto y grueso, espaldas anchas, capaz, de hecho, de arrancarle un brazo a un hombre vigoroso de un simple tirón; el que sean de media más bajos que nosotros no debe engañarnos: tienen una fuerza terrible y, también quedó dicho, en especial los machos adultos pueden ser muy agresivos. Por el contrario, los bonobos son chicos elegantemente gráciles, con torsos esbeltos, hombros estrechos y cuellos delgados con cabezas más pequeñas y expresivas caras. Los chimpancés, cuando caminan de su forma característica, no exactamente a cuatro patas sino apoyándose en los nudillos de las manos, tienen la espalda inclinada hacia abajo, mientras que en los bonobos queda casi horizontal al suelo por la elevación de las caderas. Erguidos, enderezan la espalda mejor que los chimpancés, con una postura sobrecogedoramente humana. Hay algún antropólogo que los ha comparado con nuestros ancestros en línea directa, los famosos australopitecos. El bonobo es uno de los últimos mamíferos descubiertos por la ciencia. Tras el okapi –una suerte de tímido “híbrido” entre la jirafa y un antílope- y el hipopótamo enano. Fue en 1929 y no en la jungla, sino en un museo de Bélgica dedicado al África colonial, al inspeccionar un pequeño cráneo atribuido inicialmente a un chimpancé juvenil. Hubo hasta zoólogos que se burlaban del Doctor Schwart, el descubridor, porque pretendía que había dos especies de chimpancés y tres de elefantes, cuando todo el mundo sabía que sólo había un chimpancé y dos elefantes, el asiático y el africano. Hace poco se ha confirmado que el elefante de selva (el africano común es el de sabana) es una especie distinta y hace mucho que el bonobo se considera una especie a parte.

Los bonobos viven en selvas densas y pantanosas de una región relativamente pequeña de la República Democrática del Congo, antiguo Zaire. Las primeras experiencias en su hábitat natural consistieron en dejar caña de azúcar en los claros; los machos llegan primero e inspeccionan la zona, se apresuran a recoger todo el alimento que pueden antes de que aparezcan las hembras; cuando estas lo hacen, su entrada conduce a una orgía sexual y a la apropiación inevitable de las mejores cañas por las matriarcas. Igual sucede en cautividad. Téngase en cuenta que los machos son más grandes y fuertes y están dotados de largos caninos que las hembras no tienen. Pero así son estos ginocéntricos, sensuales y apacibles bonobos. Su comportamiento da idea de la enorme variedad de conductas que podrían haber tenido nuestros ancestros.

Todos estos descubrimientos surgieron en un momento en el que el panorama sobre la probable conducta de los primeros humanos estaba dominado, al menos a nivel popular, por el famoso etólogo austríaco, Konrad Lorenz. Lorenz, especialista en el comportamiento de gansos y peces, premio Nobel y con un dudoso pasado nazi, era el propagador de la idea de que la violencia y la agresión estaba en nuestros genes (Sobre la agresión, el pretendido mal) y que además eso no era malo desde el punto de vista evolutivo. Y de pronto un segundo chimpancé –"El tercer chimpancé”, según el título de un famoso libro de Jarred Diamond, somos nosotros- viene a desmontar la teoría de que la “marca de Caín” es la seña de identidad de la humanidad. Al otro lado del Atlántico, le hacía eco, más que se hacía eco, un periodista científico norteamericano, Robert Ardrey, que describía a los australopitecos, el género anterior al Homo, como carnívoros implacables que calmaban su sed con la sangre caliente (literal) de las presas vivas que descuartizaban. Ardrey en su libro, Génesis en África, trataba a nuestros parientes como predadores mentalmente perturbados. Ni que decir tiene como la derecha política aprovechó todo esto, así como El gen egoísta de Dawkins, para promover una imagen violenta, codiciosa y egoísta, que además era buena para la sociedad: sólo los que se ayudan a sí mismos son benéficos para el conjunto, afirmaban calvinistamente Reagan y Thatcher, esa pareja pavorosamente cómica. Sólo los ingenuos y los ignorantes totales de la historia de la ciencia piensan que esta es tan objetiva como no manipulable; quizá a la larga, pero se utiliza como forma de propaganda por todos los régimenes y en especial los totalitarios.



Notas sobre las fotos: las dos superiores muestran el rostro de bonobos con su característico “peinado” Creo que si alguna vez me diese por cambiar el nombre de este blog le pondría, yo sé muy bien por qué, “El flequillo del bonobo”.La última foto, tomada del extenso repertorio del grupo del zoo de San Diego, tan fotografiado como las estrellas de rock, muestra un nada infrecuente acto de sexo lésbico entre dos hembras de bonobo.

20-may-2008

la bonobo y el chimpancé


Tengo que reconocer que la foto de Vanbrugh y su hermano, el del palito peligroso, en el blog –excelso- de Júbilo matinal (¡Qué nombre más bien puesto!) me ha causado una envidia emuladora que es la razón de la foto que cuelgo encima: una joven hembra “bonobo” criando a un pequeño y trasto chimpancé (yo) junto con un matriarcado de “bonobas” con mi abuela a la cabeza, mi tía abuela y todo un taller de aprendizas y costureras que eran el origen del sustento familiar y también de mimos y caricias sin cuento para el que esto suscribe, en lugar de ser lo que fui: un problema gordo en una sociedad intolerante, es decir, una madre soltera de 18 años en la España de mediados del siglo pasado.

El mono (la fiera) que llevamos dentro, 2: orígenes y "trastornos bipolares"





Así que las denigrantes caricaturas victorianas de Darwin, como un antropoide barbudo –o sin ir más lejos, la etiqueta del anís del mono, que no sé si sigue existiendo, porque yo no bebo porquerías- llevaban después de todo parte de razón. Por suerte tenemos dos linajes, las dos especies más próximas a nosotros, igual de próximas, que se separaron de los humanos hace unos siete millones de años, un suspiro en términos evolutivos, son el chimpancé (Pan troglodytes)y el bonobo (Pan paniscus). El chimpancé se conocía ya en tiempos de la antigüedad clásica, pero el bonobo es el único antropoide que se descubrió en el siglo XX. Inmediatamente se le llamó de forma inapropiada chimpancé enano o pigmeo, pero en realidad es igual de alto, aunque mucho menos pesado y robusto que su primo hermano. Pero es más grácil, con la cabeza más pequeña, el rostro más plano, en el que destaca un carácter bien chistoso a mi juicio: el pelo que le cae por la frente está dividido en dos por una raya en medio; las piernas más largas y los brazos más cortos, es decir, una complexión más parecida a la nuestra.

Hay otra diferencia substancial que es la que aquí nos interesa. La estudiosa más competente de los chimpancés es la popular discípula del paleo antropólogo Louis Leakey, fundador de una dinastía de paleontólogos humanos que han dado la mayoría de los hallazgos más relevantes de homínidos en la así mismo famosa falla de Olduway, en el África Oriental, y el que probó el origen africano de nuestra especie. Leakey comprendió que no sólo de huesos fosilizados puede vivir el evolucionista humano y lanzó a una serie de competentes biólogas, siempre mujeres, a estudiar a los parientes más próximos: la famosa Dian Fossey, que murió a manos de furtivos, defendiendo a sus apacibles criaturas, con cuyo drama se hizo la igualmente famosa y tendenciosa película que cuenta su sacrificio con idéntico título que su autobiografía: Gorilas en la niebla; la niebla es la de las montañas Virunga, en el centro del Congo, uno de los parajes más extraordinarios que haya visto yo y cualquiera. Así pues, Dian Fossey se encargó del gorila de montaña (hay otra especie de llanura, más al oeste), y sin salir de África del este, en Kenia y Tanzania, la así mismo famosa Jane van Goodall se ocupó y sigue ocupándose de los chimpancés.

Es el caso que los chimpancés de Kenia y Tanzania son bastante pacíficos; hoy podemos decir que anómalamente, pues no es la norma de esta especie. Por el contrario, se han descubierto, -también en las poblaciones keniatas y tanzanas-, guerras de exterminio entre bandas de chimps, infanticidios, violencia de género y canibalismo. Todos esto parece avalar el carácter intrínsecamente violento de nuestra estirpe, y fue novelado por cierto en la excelente Playa de Brazaville</