
Los viciosos de la lectura de novelas tenemos más costras que la rodilla de un niño travieso y más capas que la cebolla de Günter Grass, así que pocas cosas nos sorprenden como precio por haber leído y disfrutado tanto y hasta, quizá, haber intentado escribir uno mismo uno de esos extraños artificios que llamamos novela. El, llamémosle, lector avezado suele releer bastante, confirmando o no juicios anteriores, y para las novedades se basa paradójicamente en las de sus escritores de guardia: ángeles de la guarda de su solitario vicio- que sabe que no le defraudaran. En mi caso y refiriéndome sólo a los anglosajones más próximos en el tiempo, la lista no es larga ni va en orden de aprecio: John Banville, Gore Vidal, J. G. Ballard, William Boyd, Don de Lillo, Cormac Mc Carthy, E. L. Doctorow, Jonathan Franzen, Ian Mc Ewan, Phillip Roth, J.M. Coetzee , Martin Amis, John Le Carre, Julian Barnes y cito sólo vivos, así que quedan fuera Lawrence Durrell, V. Nabokov, Anthony Powell, Evelyn Waugh, George Orwell, Henry Roth, Saul Bellow, John Fante, Powell, O’ Brian, Flaherthy, Bradbury, Raymond Chandler, Robertson Davies, o Isaac Bashevis Singer (aunque este escribió toda su obra en yidish, no en inglés) o ya clásicos “remotos” como Cadwell, Mac Cullers, Dos Passos, Hemingway (sólo sus cuentos), Fiztgerald o Faulkner , dejando conscientemente fuera a los, para mí tengo, sobre valorados Salinger, Updike, Pynchon, Naipaul y Miller (salvo sus relatos de viajes) y a los previsibles Paul Auster o similares que juegan en las ligas menores. Y ahora, a este restringido panteón, tan exclusivo como todo club privado de un solo miembro, que además, como decía Groucho, es sospechoso de admitir a tipos como yo, tengo que añadir mi descubrimiento más reciente y feliz: Jonathan Lethem. Reverencia y ¡Dios bendiga a América!
El descubrimiento fue casual, como debe ser, como la pepita de oro que brilla entre cantos rodados en el lecho del río. Nadie me lo recomendó, no lo buscaba. Lo que buscaba no era nada ni nadie, simplemente buscaba. Me explico. Con los libros de narrativa y los ensayos, sobre todo los literarios y los de divulgación científica, me apaño para estar al tanto de las novedades. Mi viejo y ya olvidado paso por el Babelia/Tontelia, que me dejó algunos contactos editoriales, y mi afición a mirar en las mesas de “recién llegados” –sólo superado por mi afición a mirar en los polvorientos estantes de las librería de viejo de los “muy olvidados”- me mantienen al día, a pesar del aluvión de títulos y de su caducidad en los estantes, al nivel de la de los yogures. Pero con los libros de bolsillo, por los que siento debilidad y que mi bolsillo agradece, no hay manera, no los anuncian casi, salen muchísimos y hasta surgen continuamente nuevas colecciones y hasta editoriales específicas. Así que en las librerías que tienen la sensatez de tener una sección para el libro de bolsillo, busco y rebusco, sobre todo títulos que eran caros y que aguardé su aparición en estas humildes y asequibles ediciones.
Por supuesto, entre tanto marasmo llevo brújula, unas editoriales y determinadas colecciones son más fiables que otras. Y allí estaba: lomo amarillo, diseño audaz, editorial fiable (Mondadori), colección de cierta garantía, Debolsillo, sub colección aún más de fiar, 21…Título sugerente aunque no impactante: “Huérfanos de Broocklyn”, autor desconocido para mí, Jonathan Lethem. Abro la solapa y leo: jovenzuelo, neoyorquino, su tercera novela, las banales chorradas que informan sobre todo de que el autor de las susodichas probablemente no se ha leído la novela: “una de las voces más frescas de la ficción contemporánea” (¿será cantante?), un momento…, esto es información pura y dura: Premio de la Crítica Estadounidense: premio sin dotación económica, prestigiosísimo, nada sospechoso de amaños. El libro además está bien encuadernado, huele bien, está editado hace mas de tres años, es probable que sea difícil volverme a encontrarme con él; así que lo compro, aplazo otras lecturas, lo leo, me noquea. Salgo nuevamente de caza, encuentro otros dos, Cuando Alice se subió a la mesa y La fortaleza de la soledad; hay un tercero, Paisaje con muchacha, que no logro encontrar, lo encargo online en ingles. Me leo todos. Soy algo más que un partidario: me convierto en un adicto.
De las tres novelas suyas leídas, Huérfanos de Broocklyn, la que recibió el Premio de la Crítica, es la que más me gustó hasta que leí la última –la última que he leído, la última que ha publicado-, La fortaleza de la soledad. Aparte de enterarme de la diferencia en el submundo del graffiti entre un tag y un burner, aparte de pasearme por Broocklyn como Conrad me paseó por la tenebrosa selva, aparte de confirmar algunos de mis gustos de música soul, aparte de radiografiar los conflictos raciales mejor que cien tesis doctorales, aparte de todo eso es una novela –lástima que no haya escrito yo la solapa- bellísima, que trata, por una vez, de lo que dice en parte el título: la fortalezas, pero también las miserias, de la soledad de un niño blanco hijo de una hippy y un artista puro y solitario en un mundo de negros y “latinos”. No os revelaré el argumento, aunque no pasaría nada si lo hiciera, pero no es necesario, Sólo dos cosas: primero, la prosa de Lethem es magnífica, eficacísima, pero no se dedica, como en la malhadada novela española joven y actual, a acumular anécdotas –sobre cruasanes, encuentros sexuales o movidas nocturnas gamberras, tanto da- ni a hacer frases memorables, que las hace, pero siempre, como se suele decir al servicio de la historia, el progreso del niño protagonista en un barrio hostil. Un consejo: no lo subrayéis, porque entonces no podréis conteneros y dejaréis el libro hecho unos zorros. Segundo, la carpintería de la novela es una obra de arte, algo: arte y construcción, que la mayoría de novelistas de hoy ignora-. Se estructura en tres partes; en la primera, en tercera persona y la más extensa, se da cuenta del niño desde la guardería al final del instituto, con su salida/huida del barrio a una universidad de elite. En la segunda, brevísima se adopta la forma de un mini ensayo, supuesto librito de acompañamiento a una caja de CD de una supuesta antología de música negra escrito por el protagonista, crítico y periodista musical. Al estilo que consagró Borges se informa de gentes como Ottis Reeding, o Marvin Gayes junto a otros, incluido el padre del mejor amigo negro del protagonista, que uno no sabe sin son reales o inventados; yo los voy a abuscar y si me ha tomado el pelo el bueno de Jonathan, pues bendito sea (ya lo hice: no existen, pero seguro que alguien pide sus discos).
En la tercera y última parte se adopta la primera persona y el tiempo actual en un salto de casi treinta años, y se revela el motivo real de esta sinfonía narrativa: la huida no vale, la soledad tras simular no haber tenido que pasar por esa infancia, de pasar por la vida sin saber ciertas cosas, entraña una trampa mortal: rechazar el dolor mata de hambre la vida del protagonista. La novela traza entonces el bucle perfecto de regreso al guetto. Junto al padre artista pertinaz y con la memoria de la madre hippy huída en su infancia, con el reconocimiento de sus antiguos amigos y enemigos de esa calle Dean de Broocklyn que ya será siempre el escenario mágicamente recreado, comparable a la cubierta del Barco del capitán Acab o la jungla india de Mowgli.
Dentro de una novela tan memorable es difícil resaltar alguna de sus situaciones, pero recuerdo con especial felicidad la del robo de spray para pintar grafittis, en la primera parte, y la pelea casi ritualizada del protagonista con su novia negra en la tercera, aunque el encuentro con el padre, o bien la destrucción de su discoteca de CD, y la de la camarera bondadosa o…La fortaleza es una historia de amor, entre padres e hijos, pero sobre todo entre dos amigos –la forma de amor más altruista-, blanco uno, negro el otro, desde su infancia hasta después de que sus destinos se separen a la distancia que hay entre la universidad y la cárcel.
Huérfanos de Broocklyn, la anterior y premiada, la que me descubrió a este autor deslumbrante, está discretamente disfrazada de novela negra con un trío de chavales de los cuales el protagonista y narrador está afectado del síndrome de Tourette, ese que hace incontenible los gestos compulsivos e inevitable la formulación en voz alta de las ideas más inconvenientes. Está muy bien, pero, para mi sorpresa, fue superada por la posterior que he comentado antes. La tercera en liza, Cuando Alicia se subió a la mesa, sale de Broocklyn para centrase en un mundo más cerrado y protegido, el campus de una universidad del oeste, a mil años luz o parset del barrio emblemático de este autor; no diré más que en ella hay física cuántica bien asimilada, pero que es una historia de amor, como todas las de este autor, sospecho, y que sin llegar al nivel de las otras dos es también excelente.
CODA: Paul Auster versus Jonathan Lethem
¿Cuántos Broocklyn existen? No voy a caer en la chorrada de afirmar que el de Lethem es el auténtico y el de Paul Auster el de diseño para turistas en NY, pero sí es cierto que Paul parece un turista en ese barrio en tanto que Jonathan se ve como parte de su ecosistema. Paul pertenece precisamente a esa marea de colonizadores del barrio que acompaña inevitablemente a todo proceso de rehabilitación urbana y que implica la expulsión de los viejos vecinos, negros y portorriqueños. Pero sería injusto decir que el de Nueva Jersey es falso, salvo que afirmemos que el Caribe de La Isla del Tesoro también lo es; simplemente el Caribe de Exquemelin (el llamado médico de los piratas, inspirador de multitud de películas y cuentos, pero que existió realmente) es distinto. Broocklyn es un palimpsesto, haya varios Broocklyn, unos debajo de otros, y el de Lethem es más profundo y oculto que los más superficiales. O son universos paralelos –la física moderna admite esa posibilidad- que ocupan el mismo espacio, pero no el mismo tiempo, y entonces el de Lethem es más antiguo y a la vez será, presentimos, más longevo, persistirá después de que desaparezcan los que le sucedieron. Por eso Paul Auster siempre será un astronauta en Broocklyn y Lethem un selenita habitual.
También es un poco cierto, creo, que Auster es para los que acabaron el bachillerato y creen que les gusta leer y Lethem es para esos otros que podríamos llamar enganchados, que olvidaron la escuela secundaria y leer les volvió autodidactas y adictos. En las novelas de Auster se producen muchas casualidades, se lo han reprochado sus críticos. También es esa una afirmación injusta; en nuestro ejemplo, La isla del tesoro, se producen incluso más. En Lethem, en cambio, no hay casualidades, sino destinos, como en las epopeyas griegas, y la vida esta aprisionada, es como una cita de Richard Robinson, un crítico de música soul: “la tierra indiferente y el largo camino entre el amanecer y el anochecer”. Y más lejos. Con Auster podemos sentir el deseo de emularle y con esfuerzo ver si hay suerte, pero con Lethem estamos ante alguien tocado por la gracia de los dioses. La cuestión es, ¿se puede disfrutar con Salieri después de haber descubierto a Mozart?
(Qué absurdo, pero me siento propietario de Lethem; nadie me lo descubrió, pero el que yo lo haga para vosotros no os va a mermar ningún placer, aunque contraeréis conmigo una deuda eterna. Ya digo, me siento propietario de este joven..., lo diré, genial. Qué guapo me ha salido mi último hallazgo. Eso sí, algunos críticos jamás justificaran a Lethem, aunque sólo sea porque te convence de los superfluo que es escribir novelas propias mientras el siga escribiendo las suyas. Eso se llama admiración, y también agradecimiento, y esos son hermosos sentimientos. Ya lo he colocado en mi lugar mental de honor con esta etiqueta: “Te volveré a leer, te releeré, so cabrón”. Os sugiero este orden: leer primero Huérfanos…, la premiada, seguir con Cuando Alicia…, y dejar para el final la para mi insuperable La fortaleza de la soledad. O leerlas como os plazca o las encontréis, pero leerlas. De nada: ha sido un placer, pero me debéis una).

















