Como comprenderéis, es enorme el costo de secuenciar todo el genoma de una persona, y repetirlo miles de veces para tener datos manejables y fiables. Los genetistas se centran en determinadas áreas del ADN que saben que mantienen variaciones, de ese ínfimo 0,001, entre personas. Esas zonas definen líneas de ascendencia únicas, grupos familiarmente relacionados, como los apellidos raros. A estos grupos se les denomina
haplogrupos, esto es, un grupo de personas de ascendencia común y que, por tanto, comparten una serie de marcadores genéticos, lo que significa un antepasado, un ta ta…tatarabuelo común.
Probablemente, encontraríamos todos los haplogrupos allí donde hay más de cien procedencias y lenguas distintas: en el municipio de Queens, en Nueva York, pero no nos serviría de mucho, porque nos falta el contexto para rastrear esos orígenes, pues, NY es realmente más que una metáfora cuando se le denomina “crisol" de gentes. Lo que Queens nos dice es algo ya mencionado, la gran, la mayor migración humana de Europa a Estados Unidos en las últimas décadas del siglo XIX y primeras del XX. El investigador de los ancestros, el genetista arqueólogo y lingüista, lo que desearía es que las personas sigamos viviendo en el mismo lugar que nuestros antepasados desde hace siglos. Lo que los del proyecto Genographic quieren principalmente es ADN de indígenas que sigan donde siempre estuvieron.
Pero si tan sólo miramos Europa detectaremos una serie de haplogrupos: R1a1, R1b, I1a, I1b, J2, N, E3b, etc., son los principales, todos ellos provenientes del llamado por los arqueólogos convencionales el Creciente Fértil del Oriente Próximo, esa reducida media luna del Mediterráneo Oriental, que la limita al oeste, pero limitada al Norte por el Mar negro, al este por el Caspio y al sur por el Pérsico y los desiertos arábigos. Justo donde se inventó por primera vez la agricultura y desde allí se difundió. O más precisamente, justo donde una sola persona, probablemente una mujer (así lo confirman los rastreos genéticos, pero también el hecho de que entre los cazadores recolectores actuales las que recolectan y manipulan semillas son las mujeres del grupo) decidió enterrar un grupo de las semillas silvestres recolectadas en vez de molerlas para hacer harina. Así es desde luego el panorama de los haplogrupos hace unos diez mil años, en la revolución neolítica, porque si nos remontamos, con otros haplogrupos más raros aún, a la última glaciación, donde sólo existían cazadores recolectores, en el Paleolítico, nos encontramos un panorama distinto. Todo esto no es que admita matices, es que reclama detalles, complicando el modelo, pero no contradiciéndolo. Esos detalles son fascinantes, pero llevarían demasiado espacio y es mejor que os lo cuente el propio director del proyecto en un libro divulgativo muy claro y bien diseñado
[1]. Sólo una cosa: Europa Occidental siempre ha sido un refugio, aunque ahora lleve camino de convertirse en un amurallado geriátrico lleno de ávaros egoistas.
Este rastreo gético funciona igual que las excavaciones tradicionales de los arqueólogos: por capas. Por otra parte, ya sabemos que los seres humanos somos lo que en zoología se llaman “quimeras”, como lo son los grifos, las esfinges, las sirenas y todos los “quiméricos” seres formados por varias partes distintas de animales diferentes: león, águila, dragón, humano, etc.; se creía que un organismo no puede ser a la vez animal y vegetal, pero ya sabemos que tenemos mitocondrias, bacterias incluidas en nuestras propias células, no las simples simbiontes que tenemos en el digestivo para ayudarnos a digerir ciertas materias. Somos una combinación de primate antropoide y bacteria…a nivel celular, el más íntimo desde el punto de vista anatómico. Y por eso tenemos ese ADN maternal que es el mitocondrial que podemos rastrear, este ADN que tiene 37 genes y sin mezcla de padre alguno. Como los apellidos femeninos en España, que se pierden si no se tienen hijos varones, el ADN de la madre se pierde en los nietos si no se tienen hijas.
Cuando hace diez mil años se “descubre” la agricultura, los seres humanos se asientan (o a la inversa) y aumentan su demografía (o al revés, este es un caso típico de gallina y huevo: crecen demográficamente y no les queda otro remedio que asentarse y cultivar). Pero hay dos explicaciones posibles de la distribución de haplogrupos desde su centro del Próximo Oriente: la agricultura fue adoptada como invención por la población paleolítica indígena al ver a una de esas pioneras sembrar. O bien, como sugirieron
Cavalli-Sforza y el arqueólogo
Albert Ammerman en los setenta, fueron las personas y no las ideas las que se desplazaron. En el Mediterráneo Occidental, que es el que afecta a España, los primeros agricultores de la zona parecen haberse asentado cerca de la costa, bien en busca de clima más benigno para la agricultura, bien por haber llegado en barcos. Por cierto, para los que aman las palabras, la ciencia que estudia los linajes genéticos con ayuda de otras ciencias como la lingüística y la arqueología se llama
“filogeografía”: Esta joven disciplina parte de la misma premisa bíblica –aunque no es eso lo que la concede autoridad- de que cada linaje tuvo su origen en una sola persona en algún punto del pasado, como en el caso del ADN mitocondrial con esa primera "Eva".
Como digo, la idea de que la agricultura fue introducida en Europa Occidental desde Oriente Próximo en una ola de avance humano, propuesta por
Cavalli-Sforza y
Ammermam, parece haberse demostrado errónea. Es más probable que muchos cazadores recolectores del final del Paleolítico eligieran voluntariamente abandonar su itinerante modo de vida, trocarlo por una gavilla de trigo, como dice
Wells, o al menos, sus mujeres. También se ha dicho que el cromosoma Y que transmiten los varones es entre diez y cien veces menor en su índice de mutación que el mas variable mitocondrial de la vía femenina, pero afortunadamente, el cromosoma Y tiene otro tipo de variación más sutil al margen de las clásicas mutaciones; una suerte de “tartamudeo”, que produce repeticiones en sus “letras” o combinaciones de nucleótidos del ADN, y eso se puede rastrear muy bien.. Y cuanto más antiguo sea el linaje tanto más tartamudeo o repeticiones se habrán acumulado.
Combínese toda esta historia genética fascinante con lo que nos cuentan otras disciplinas y se tendrá un cuadro del pasado y del movimiento de las gentes mucho más perfecto. Un ejemplo tan sólo. Hay un haplogrupo, el R1a1 de frecuencia alta en Europa Central –lo poseen el 40 por ciento de los hombres- que se escapa de la difusión desde Oriente Medio y en cambio sugiere que su origen estuvo en las estepas orientales de Europa y sur de Rusia. La sugerencia más verosímil es que estas poblaciones fueron las primeras en domesticar el caballo (no en cazarlo para comérselo, como los paleolíticos pintores habitantes de Asturias y Dordoña), y este adelanto podría haberles permitido la expansión a través de los herbazales abiertos, hasta que se hubieran detenido en las áreas boscosas europeas. Otro ejemplo, es el de los cazadores de renos, que seguían sus migraciones en el norte de Europa que así mismo difundieron su haplogrupo. Ambos, los explicables por caballos o por renos son muy antiguos, anteriores al comienzo neolítico y de la agricultura.
Finalmente, otro factor a considerar es el clima, más concretamente, ahora que es tema de moda, los cambios climáticos, que conducían a éxodos drásticos. Porque contra lo que se da a entender hoy con el calentamiento global, a lo largo de la historia de nuestro planeta el clima ha cambiado, el clima “es” cambio, un sistema oscilatorio, pero son los más repentinos a escala temporal geológica los que pueden motivar que grandes poblaciones se pongan en movimiento, como hoy. Se trata de la
“hipótesis de los refugios”; estas gentes son exilados ecológicos y por tanto económicos, más que políticos; por ejemplo, las que quedaron refugiadas en al Península Ibérica en la última glaciación y de ahí se extendieron al resto de Europa en el siguiente periodo cálido, el que aún tenemos. Y un último asunto, los datos de varones, sean los del cromosoma Y o los que sean, y de hembras humanas, con datos mitocondriales o no, a veces no coinciden. Eso es un reflejo del comportamiento humano: hordas de varones saqueando y copulando con hembras invadidas residentes.
Somos una única y gran familia, y como en toda familia grande siempre habrá el típico adolescente que se encierra en su cuarto y se considera muy distinto: es ignorante y además el pobre lo pasa mal. Por eso me parece una chorrada comprensible que algunos vascos estén encantados con su RH negativo -y no con su civismo, pongamos por caso, o su golpe de derecha en frontón-, que comparten con muchos indígenas del Cáucaso y de América. Yo estoy muy orgulloso de mi O negativo, pero porque es el donante universal, el menos cerrado de los grupos.
Podríamos seguir, pero este es un blog, no un manual. Si nos remontamos a unos 150.000 años veremos que un grupo humano, presumiblemente negro de piel, a través del Gofo de Adén pasó a Oriente Próximo y a Europa: ahí iba nuestra Eva negra, una zanquilarga mujer que tuvo una ta ta…tataranieta en Turquía que planto semillas por vez primera… La contemplación de toda esa inmensa red de ciudades y asentamientos menores que se extiende por todos los continentes es una imagen engañosa: la de que somos una especie como los castores, o aún más, como las hormigas, que no sólo nos adaptamos con éxito al entorno, sino que lo moldeamos a nuestro gusto y ahí nos quedamos. Pero eso sólo ha sucedido durante la última décima parte de nuestra existencia como especie y sin que ello anulara los grandes movimientos migratorios. La mayor parte de nuestra historia hemos sido unos organismos nómadas, errantes, erráticos, hemos sido casi siempre extranjeros en tierra ajena: bárbaros, maketos, guiris, calés, payos, charnegos, sudacas, negratas, quinquis... Los seres humanos nos hemos movido siempre, somos nómadas de corazón hasta que nuestras mujeres plantaron huertos, pero tristemente, hoy en día, las fronteras artificiosas se refuerzan con muros y alambradas, con perros y guardias armados. El movimiento de las gentes, cuando lo fuerzan las circunstancias no se puede detener, sólo encauzar y organizar. Pero puestos a moverse es una indignidad que le sea más fácil moverse y cruzar fronteras a un dólar que a un ser humano.
Contemplen un vagón de metro en Madrid, no digo ya en Nueva York, miren la variedad de rostros, colores y texturas de piel, sonidos. ¿Acaso no es hermosa la gran diversidad de seres humanos y horrendamente sospechosa la monótona uniformidad de, por ejemplo, “arios” (un falso concepto racial que sólo tiene sentido a nivel lingüístico) rubios y uniformados de gris, caminado al paso, idénticos y no singulares? Porque ahí reside para mí la emoción de nuestra especie: somos iguales, no sólo en deberes y derechos, sino iguales en lo más íntimo de nuestra naturaleza biológica, pero nunca idénticos, salvo esa excepción de los gemelos univitelinos. Como le dice
Humfrey Bogart a
Ingrid Bergman en Casablanca:
“claro que me acuerdo de París: tú ibas de azul y los nazis de gris”.