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30/06/2008

No entiendo por qué os gusta Schubert ni, si a eso vamos, Xabi o Iniesta




En aquel tiempo, cuando alguien componía una obra musical tan perfecta como el adagio del quinteto de cuerda en Do mayor de Schubert, las masas, después de escucharla con atención extasiada, salían a las calles a incendiar carros de heno, a demoler murallas y torres albarranas y a perseguir a los escasos anti melómanos que no habían ajusticiado previamente. Curiosamente, había algunos escasos individuos que proclamaban que apreciar la música no tenía nada que ver con estas tan naturales como violentas efusiones, e insistían: no tenían nada que ver en el fondo con el placer de escucharla.

Un grupo de descarados y jóvenes futbolistas españoles acaba de ganar la Eurocopa de naciones. Lo ha hecho jugando muy bien, siendo la mejor selección no sólo en resultados, sino en belleza y eficacia de su juego. El centro del campo, la mejor baza del equipo, cuenta con una generación de tipos listísimos que saben interpretar esa “topología” extrema e instantáneamente variable del fútbol en microsegundos: Los dos Xabis, Iniesta, Cesc, Silva y Senna. De hecho, los defraudados alemanes, una selección “resultadista” que representa lo peor del fútbol y que aburre hasta a los previamente aburridos de por vida monarcas del palco oficial, se han ido de rositas con un solo gol en contra, cuando podían haberse llevado dos o tres más -y ninguno igual- para las frescas tierras del Rhin. Y el segundo tiempo contra la digna Rusia, en la semifinal, fue lo más parecido a una sinfonía que he visto en mi vida, hasta el utillero de la banda estuvo magistral.

Curiosamente, el fútbol, cuyo correcto y cabal entendimiento, tanto para jugarlo como para contemplarlo, requiere de individuos inteligentes, atrae a todo frustrado imbécil que desea practicar el vandalismo y la brutalidad amparado por la terrible y siempre anónima masa de sus semejantes. Es la paradoja mayor del fútbol, y no que no ganen siempre los mejores, como la selección española en este caso. El fútbol es hermoso como un adagio de Shubert a veces, pero concita a su alrededor a la fauna humana más detestable de esta sociedad de masas: hinchas, presidentes y periodistas deportivos. Y yo me pregunto, ¿dónde está escrito que el fútbol es para imbéciles? ¿Por qué escuchan a Schubert? ¿Schubert es culpable? ¿Tal vez Iniesta?...

Amor por el libro de bolsillo




“Como tantos niños solitarios, su problema no era la soledad en sí, sino el hecho de que nunca lo dejaban a solas para disfrutarla.”

Michael Chabon: Las asombrosas aventuras de Kavalier y Clay


Los viajeros de la Ilustración y más tarde los del romanticismo no llevaban libros de bolsillo; primero, porque no se llamaban así, sino libros en cuarto menor, y segundo, porque las calzas y casacas no solían llevar bolsillos, todo lo más alguno minúsculo para una llave o, más tarde para el reloj de idem. El dinero o los documentos se llevaban en bolsitos o en bolsas colgadas de los cinturones o de los tirantes de las camisas interiores. Así que previamente a los libros de bolsillo, hubo que inventarse los bolsillos, en la ropa.

Alguien toscamente elitista, si tal cosa es posible que creo que sí, dijo que una biblioteca de libros de bolsillo no era una verdadera biblioteca. Creo que confundía las bibliotecas personales con la decoración de interiores y de paredes, y aún ni eso. Confieso que me encantan los libros de bolsillo: son baratos, a menudo bonitos, ocupan poco espacio y, claro, son fáciles de llevar consigo. Se atribuye su invención a los británicos de la excelsa Penguin, acompañada por Pelecan, de ensayo. En mi mesa tengo unos cuantos de sus diccionarios, de geología, de geografía, de Historia Natural de Gran Bretaña, manoseados amorosamente, pero no es cierto; fuimos los españoles los primeros; los anglosajones, eso sí, inventaron el término "de bolsillo". Tras la Gran Guerra, la Primera Mundial, y de que nos metiéramos en el bobo berenjenal de las guerras norteafricanas, conocimos un periodo de cierta bonanza económica, aunque no política, teníamos una vez más una dictadura, que anticipó el renacimiento cultural republicano que llegaría diez años después, la editorial Calpe fundó su colección Universal, de la que aún encuentro volúmenes intonsos en algunas librerías de viejo. Heredera de aquella y ya refundida en la editorial Espasa Calpe, la legendaria colección Austral, con su sobrio y acertado diseño de puntos de huecograbado ampliados de colores por colección al estilo, “avant la page” del pop art de Roy Lichenstein. Más tarde en pleno franquismo tardío tuvimos El Libro Amigo de Bruguera, barato y mal encuadernado, que se deshacía en una baraja de hojas sueltas en cuanto intentabas leerlo, pero que tenía un catálogo esplendoroso, por ejemplo, todo Sciascia y una serie negra con los Chandler, Mc Coy y demás estupenda. Pero la reina de las colecciones fue, desde luego, el Libro de Bolsillo de Alianza, bien encuadernada y con unas geniales portadas de Daniel Gil que a menudo eran muestras de arte simbólico o surrealista de enorme calidad. Confieso que nunca en mi vida me he sentido más orgulloso que cuando publiqué un librito en esa colección; mi modesta obra iba en catálogo justo antes de Thomas de Quincey y Proust y la portada que hizo Gil era genial. Esa colección se malbarató y perdió su prevalencia cuando los nuevos gestores del grupo Santillana dejaron de publicarla por numeración corrida y la transformaron en un sistema de series y subseries que aún hoy ningún librero ni lector sensato entiende. Ahora estamos en la fase de un nuevo renacer del formato

Para no mortificar a Vanbrugh voy a mencionar varios libros de bolsillo que me consta que tiene o están agotados, que son de lo mejor del formato:

Alianza Ed. El Libro de Bolsillo: Marcel Proust: En busca del tiempo perdido Trad. de J. Salinas y C. Berges, aunque sólo el primero es el mejor traducido, 7tomos que no los superan las ediciones mayores

Bruguera. El Libro Amigo (agotados): Leonardo Sciascia: Negro sobre negro (está reeditado en otra editorial que ahora no recuerdo)
Penguin/Pelecan: VVAA: Penguin Dictionary of British Natural History. Montones de ediciones

Le Livre de Poche: Todo Michel Tournier

DeBolsillo, Colección 21: Michael Chabon: La solución final (Delicioso, en esta misma serie está casi todo Lethem y más cosas de Chabon). Atención también a las series moinográficas sobre Cormac Mc Carthy y Coetzee y Marías.

Espasa Calpe, Austral: Julio Camba: La ciudad automática

Booket: Los de Vázquez Montalbán y los de Robert Wilson de novela negra

Punto de lectura: Fred Vargas (novela negra francesa excelente)

Club Diógenes, Valdemar: Cualquiera de sus antologías de terror

Los libros de bolsillo ingleses y algunos españoles e italianos son los más bonitos. Las ediciones norteamericanas y algunas españolas se cuentan entre las más horrorosas. Algunos grabados pierden al aumentarse, así pasa con algunos libros que el pequeño formato realza, por ejemplo, toda la novela negra.

26/06/2008

Dentro de diecinueve días, en un pueblo del centro de Francia


Prefiero el mes de julio para las vacaciones estivales –en el hemisferio nuestro, claro-, los días son muy largos aún, el calor tan agobiante o más que en agosto, es el estío de los antiguos mediterráneos, que distinguían cinco, no cuatro estaciones: prima-vera (el primer verano), verano, estío (la fase durmiente del mundo vivo, como una hibernación al revés), otoño e invierno. Así que he vivido varios 14 de Julio en Francia, un país que amo. Los franceses son tan ignorantes en general como los españoles, y tan dados al esquematismo simbólico. El 14 de Julio en una ciudad pequeña es una entrañable delicia, con escarapelas tricolores, desfiles de bandas, niños endomingados, gabarras adornadas que navegan perezosas por los canales, pintores domingueros, tobillos de bellas muchachas, chavales acicalados como ese otro símbolo galo, el gallito retador; viejos con pipa y un vaso de pastís…Le pregunté una vez a uno de ellos qué se celebraba ese día: “es la fiesta nacional”, la revolución, ya sabe”. Yo, joven y pedante: “bueno, tengo entendido que lo que se celebra en realidad es la toma de la Bastilla”. “pues eso, la Revolución”. Adoro la Ilustración, sus logros, su ingenua creencia en el progreso, la igualdad, la fraternidad y todo lo demás; la Declaración de los Derechos del Hombre (ni un paso atrás en ese logro, se ponga como se ponga Mahoma o el Papa).

Pero la toma de la Bastilla es un cliché que los franceses, sorprendentemente no conocen en su mayoría. La toma de la Bastilla, la real, consistió en la liberación de…siete presos: dos locos, cuatro falsificadores y un desventurado libertino, un pornógrafo ingenuo. Y murieron siete defensores, cuyas cabezas se clavaron en lo alto de siete picas: el director de la prisión y seis miembros de la guarnición. Eso fue todo ese día. Unos doscientos asaltantes, la Bastilla un montón de cascotes, que, como los fragmentos del muro de Berlín en los ochenta del pasado siglo, los vendieron como “souvenir” los maestros de obras. Una indigna conquista, pero de gran valor simbólico: la ciudadela del rey déspota, la prisión de los ciudadanos, la bandera tricolor: rojo y azul de la enseña de París, blanco de los Borbones aún vigilantes. Si el pueblo no tiene pan que le den pasteles, clama María Antonieta. El 14 de Julio de 1789, siete cabezas en lo alto de sendas lanzas, siete presos liberados, una montaña de cascotes con la que no se hicieron barricadas, sino que se vendieron como recuerdo…pero la gente sólo recuerda clichés. ¿Estaba realmente la libertad guiando al pueblo? Desde luego, pero es muy sospechoso que no le hubiera dado tiempo casi a vestirse.

El secreto de la felicidad, 4: ¡ritmo!




El bailarín es feliz por la misma razón que lo son los peces del río en el cuento chino, porque te alegras al verlo/s. Una actividad rítmica intensa -no hablo de sexo, pero se le parece-, la música, la danza, el canto, los derviches giróvagos, el vudú, la capoeira y hasta los desfiles militares que a muchos no nos hacen levantar. Un compás arrastra y provoca euforia, la coordinación motriz es satisfactoria, pero no todo es control, sino dejarse llevar: “déjate llevar”, se dice cuando estás enseñando a bailar a alguien. Y es compartido. No me gustan los conciertos multitudinarios, porque, como ya he explicado en otras ocasiones, siento fobia a las masas en sitios más o menos reducidos (y a las masas en sí), pero entiendo la euforia de los adictos, la ola de los partidos de fútbol, los himnos de las iglesias baptistas de negros norteamericanos y de los equipos deportivos.

Claro que sí. Nuestra vida, la de todo ser vivo, es ritmo: cardíaco, respiratorio, nos tranquiliza que nos mezan de bebés, es agradable el balanceo de la hamaca o la mecedora –ese entrañable viejo personaje del que quizás es el mejor western de John Ford, es decir, del mejor western de todos los tiempos, que aquí se tradujo por “Centauros del desierto”; sólo quiere una mecedora, y un sitio donde ponerla, ritmo y hogar. Repetición consoladora, impulsos atávicos, ritmo. No todos, claro, hay gente que “no se deja llevar”, que no cede al ritmo, que no baila nunca: “los tipos duros no bailan", le espetó un famoso gangster a un famoso boxeador cuando este le preguntó por qué no sacaba a bailar a su novia (es el título de un magnífico libro de Norman Mailer). Danzas tribales, bailes campestres en corro, desde la circunspección de la sardana a la arrastrada y sexual canalla del tango. ¿No quieres bailar?, entonces, de follar ni hablamos.

El síndrome del sábado noche, la euforia del “travolta”, es de base fisiológica: se secretan más endorfinas, la hormona de la satisfacción euforizante, una suerte de auto droga emparentada con la morfina: la morfina natural del cuerpo, la que produce el llamado “éxtasis del corredor”, pero que podría llamarse del bailarín. Recientemente se ha descubierto que las endorfinas no están solas; hay una analgésico natural, la anandamida ("dicha interna", en sánscrito, hay científicos sorprendentemente cultos) que se libera también en estas actividades rítmicas y que está emparentado con el cannabis. El placer, y la felicidad, del fumata de hachís, del fanático del deporte intenso, del bailón del sábado noche son muy similares.

Y no olvidemos que si somos animales con lenguaje articulado, el lenguaje es ritmo, tanto el oral como el escrito. Nietzsche: “La lengua oral es sonora y los intervalos, los ritmos, los desarrollos, la fuerza, la acentuación son símbolos del contenido emotivo de lo que se quiere expresar”. Por eso es tan inaceptable la mala prosodia de locutores y políticos, y no sólo su pobreza lingüística: ha-blan-se-pa-ran-do-las-sí-la-bas, y no las palabras, sin respetar la puntuación; seguramente bailarán igual de mal que hablan.

(Mañana no estoy; hasta el lunes)

El secreto de la felicidad,3: bailar y hacer crucigramas




No voy a hablar de la felicidad del hedonista, que parte del placer, para no polemizar más con Vanbrugh sobre mi supuesta confusión entre felicidad y placer. Aunque el que el orgasmo, por poner el ejemplo del placer sexual, sea privilegio de los machos en todos los primates menos el hombre, sugiere interesantes conclusiones, la menor de las cuales no es la evidente de que al perder su finalidad reproductiva, el sexo femenino tiene otra misión, la de integrar una parte fundamental del proceso de emparejamiento en la relación afectiva. Digamos que el premio del macho humano es poder copular cuando la hembra no está ovulando –lo siento por la iglesia católica-, en tanto que el premio de la hembra humana es obtener un orgasmo tan intenso como el de su pareja (o mejor, en mi envidiosa opinión).

Hablemos de la felicidad cerebral del intelectual, sea lo que sea dicha etiqueta, pero en cualquier caso yo aquí la empleo de una forma más amplia y menos sectaria que la habitual, por ejemplo, la del intelectual en Francia, que es la dominante. ¿Por qué hay investigadores científicos, cuando podrían estar mucho mejor pagados en otros campos relacionados? El placer de la investigación es el placer (sí, placer, no felicidad necesariamente) de plantearse nuevos interrogantes, y hallar respuesta. Quién lo haya experimentado, siquiera sea modestamente, sabe de que hablo. Pero ojo, esas preguntas no deben ser impuestas; el auténtico placer del investigador, lo que permite desde ese estado de feliz excitación dar lo mejor de sí mismos, es cuando se les deja a su aire, sin imposiciones ni directrices.

Simples piedrecitas paleolíticas que no eran ni proyectiles ni utensilios, que se usaban para jugar en combinación con sencillos hoyos en el suelo. Prehistóricos pasatiempos que se encuentran hoy en todo el continente africano, y presumiblemente en el pasado de nuestra especie, cuando los hombres regresan de la caza al campamento. En templos egipcios se han encontrado grabados en piedra de dos mil quinientos años de antigüedad que lo representan. En la actualidad –yo tengo uno- suelen jugarse en tableros de madera ricamente labrados, difundido en centenares de tribus, llamado de muy diversos nombres, aunque el más extendido es el de Mancala. Otros juegos muy antiguos son el de las veinte casillas de las tumbas reales de Ur (2.500 años), o el aún más antiguo Senet, precursor del backgammon, conocido desde 2.400 a. J.C. El go japonés también tiene más de tres mil quinientos años, y sigue siendo condenadamente difícil. Y el más famoso, el ajedrez, que se supone que proviene de la estrategia militar –algo así como un juego de rol, pero infinitamente más brillante y sofisticado- hindú y persa. Jaque Mate parece que deriva de “Shah Mat”, “el rey ha muerto”. Y seguimos con el moderno backgammon (siglo XI), el whist (s. XVI), el póquer (s. XVI), el parchís (siglo XIX a partir de uno infinitamente más antiguo hindú). ¿Perdidas de tiempo imperdonables? ¿Gimnasias mentales? ¿Cubos de Rubik, Sudokus? Instrumentos de diversión, placer y/o felicidad. Como completar el crucigrama de The Times (El de El País es demasiado fácil, como sus editoriales).

Otro tipo de felicidad es la que deriva del ritmo. La llamaré la felicidad del bailarín. Para otro día

25/06/2008

Placer intelectual

1

2



3



Meditad sobre estas tres gráficas de curvas. Cuando lo hayais hecho (lo tenéis que demostrar) os daré una de las claves más relevantes para entender como funciona el mundo en la actualidad. Y servirá de anticipo para mi post sobre el placer intelectual que llegará seguidamente en forma de tercer post o entrega de la serie.
(Lo que sigue -dificilmente un ejercicio de estilo, pues fue rápidamente improvisado- se escribió después de los primeros nueve comentarios, a cargo del concienzudo Vanbrugh y la perspicaz d.m. y yo mismo, que sólo tenían por información las tres gráficas y el escueto párrafo -volver a ver más arriba- anterior):

La curva número 1, la curva exponencial, representa procesos de crecimiento ininterrumpido, tanto más acelerados en su crecimiento cuanto mayor sea la pendiente de su recta de regresión, que es el exponente de la función que la representa. Los valores de la derivada de dicha función son iguales a la misma función y además es la función inversa del logaritmo natural, todo ello de interés per se, al que añadimos que se denota como:

x ex (no me deja transponer x flecha e elevado a x de mi texto en word al blogger, Zote que es uno)

Lo verdaderamente interesante es lo que puede representar esta curva exponencial: un crecimiento ilimitado, asintótico con las ordenadas que lo miden a lo largo del tiempo. ¿Hay algún fenómeno natural que sea representable por ella? ¿Quizás el crecimiento explosivo de un organismo plaga? Sí, pero…el pero es que seguido el fenómeno el suficiente tiempo, por ejemplo el crecimiento de una colonia de bacterias en una placa Petri con alimento (fácilmente medible por la superficie del área que va cubriendo la colonia), más tarde o más temprano la escasez creciente de alimento, progresiva en la medida que progresivo es el aumento de población de la bacteria comilona, acabará transformándose en una curva sigmoidea, la tres, en donde la recta paralela a las abcisas del tiempo, estabilizado el crecimiento, definirá la capacidad soporte de este medio para la población de bacterias, sólo que en este caso nuestro bacteriólogo estará suministrando alimento de reposición a la placa y la colonia. En cambio, si no lo hace, y deja seguir el curso de la “naturaleza” sin intervenir, la curva caerá, tanto más rápido cuanto más rápido haya crecido. Por la creciente escasez de alimento, pero también porque se irán envenenando las propias bacterias con sus propios desechos, y entonces la curva, que marca su extinción, es la segunda, la famosa campana de gauss. RIP.

Cambiemos bacterias por humanos, una placa Petri por un planeta finito. Seis mil y pico millones de humanos, menos mal que algunos comen poco o casi nada, pero otros comen por cientos y no sólo alimentos, sino bosques, océanos, atmósferas, y también las envenenan. ¿Cuál será la curva que representa a la humanidad actual en nuestro mundo? Para los economistas, la primera, la exponencial. Por increíble que parezca, creen posible crecer de forma indefinida; en número de consumidores y de consumo de todo tipo de recursos, en un mundo definido, es decir, finito, por grande que sea, que no lo es tanto; y eso aunque atente a toda lógica. Toda su “ciencia” (en realidad una nueva forma de brujería, como otras de las llamadas ciencias sociales, pero de forma más acusada) se basa en este presupuesto no sólo falso, sino evidentemente absurdo, que es bien distinto.

La curva número dos predice el fin que nos espera: morir de éxito. Es lo que predican la mayoría de las corrientes ecologistas, algunas, las más misántropas, no sin satisfacción, la placa Petri se venga, perdón, el planeta, de sus parásitos humanos. Nuevos Jeremías, nuevamente, una vez más, el mundo se acaba, ¡arrepentíos!

La curva tres, la sigmoidea, es lo que probablemente pasará. Por una razón, porque es lo que siempre pasa en los demás casos: si se trata de una población de linces que come conejos, si disminuye la población de conejos porque aumenta demasiado la de linces, estos disminuirán a continuación y dejarán recuperarse a conejos, es lo que se llama una retroalimentación o feed-back negativo, la base de todos los equilibrios y homeostasis sistémicas, sea la temperatura interna de un organismo homeotermo o sea la población de cebras en el Ngorongoro: el mecanismo de la cisterna de un WC. Simplemente, puede doler más o menos, según nos anticipemos a los cambios y regulemos nuestra población y, más importante aún, el consumo de recursos per cápita, o dejemos que sea la escasez y el envenamiento (contaminación) los que tomen la batuta y nos regulen.

¿Cómo pueden ser tan miopes los optimistas economistas? ¿Cómo pueden ser tan pesimistas los astigmáticos ecologistas? Porque no enfocan. Los economistas tienen delante la sigmoidea, pero sólo ven lo que quieren ver: la primera parte ascendente de la curva, que es una exponencial. Los ecologistas completan y prolongan hacia abajo la siguiente parte de la sigmoidea, y la transforman en el Apocalipsis de la de Gauss, el Armagedón de la profecía auto cumplida.

Los ecologistas piensan que el mundo se acaba, los economistas son tan optimistas que actuan como si se fuera a acabar (o no se fuera a acabar nunca, que en el fondo es lo mismo). Los economistas piensan que vivimos en el mejor de los mundos posibles (los ecologistas piensan que ese mundo mejor ya pasó), pero yo no soy tan pesimista como para creerles, ni a unos ni a otros.

(Y acabo con otra pregunta: ¿qué es peor, que te pongan una escayola en una pierna de madera o que te sugieran que te cortes la pierna buena?)

El secreto de la felicidad, 2: vivir en familia


Así pues, junto al emprendedor o planificador, el competitivo y el cooperativo, voy a hablar de la felicidad del parentesco o genética, de la del hedonista o sensual, que ya he mencionado, de la del intelectual o cerebral, y mencionaré de pasada la del ritmo o bailarín, la del dolor o del masoquista, la del riesgo o del temerario, la selectiva o del histérico, la contemplativa o del que medita, la devota o del creyente, la negativa o del sufridor, la química o del drogota, la de la ficción o el soñador, la cómica o del que ríe y la casual o del afortunado.

Aunque para algunos desafortunados pueda ser lo contrario, es lógico hablar de la felicidad que procura el parentesco, la “unidad familiar” reproductora dentro de una tradición biológico cultural que viene de nuestra cooperación tribal. No se trata sólo, sin embargo, del imperativo biológico de reproducirse o de la pulsión sexual, aunque sean poderosos. Enamorarse es una de las experiencias más intensas que se pueden dar en la vida, y es exclusiva, parece, de nuestra especie. Cuando la caza recolección de nuestros antepasados impuso no sólo una división del trabajo, sino la salida de los varones fuera del “hogar” o campamento, en tanto las mujeres permanecían en él o sus alrededores, se dispuso un anhelo por parte de los primeros en el regreso parejo al deseo de recibirlos de las segundas.

Hablo de la evolución de un poderoso vínculo afectivo que aseguró que funcionara esta primaria división del trabajo. Y aunque amor y sexo están íntimamente relacionados es evidente que se puede experimentar ambos perfectamente separados, pues son distintos. Existen tanto ejemplos de la dicha sensual del sexo sin enamoramiento, como del mal llamado amor platónico sin sexo (quizá sería mejor quitarle la dichosa coletilla a Platón y hablar de “amor cortés” al estilo de la Baja Edad Media), pero cuando ambos se juntan el asunto es explosivo y procura alguno de los momentos de felicidad más intensa que podemos llegar a conocer los humanos. No me dan pena aquellos a los que les han “roto el corazón”, aunque “empatizo” con ellos, pero sí los que nunca se hayan enamorado, se han ahorrado muchos sobresaltos, pero a cambio de vivir “al ralentí”. La llegada de hijos, protegerlos y cuidarlos, también es fuente de felices momentos, y eso también es adaptativo desde el punto de vista biológico.

Las hembras humanas son las únicas que tienen “prole en serie” y que están permanentemente en celo, sin épocas determinadas, mientras que otros primates paren un hijo, lo crían hasta que se vale por sí mismo y reanudan el ciclo reproductivo, lo que es posible por esa misma brevedad de sus infancias. Pero el niño humano tiene una infancia desvalida de al menos diez años, precisamente para poder “programar” por medio del aprendizaje su prodigioso utillaje cerebral. Si las mujeres tuvieran que aguardar esos diez años para tener otro hijo ya sabemos cuáles serían las consecuencias, aunque sería un buen freno demográfico, así que el padre, los abuelos y hasta los hermanos ayudan. Y en los mejores casos eso es una fuente de felicidad para los miembros de la familia

Postdata

Ayer por la tarde estuvimos Paola y yo de visita en Lavapiés para conocer a la hijita, Raquel, de una pareja de boliviano y española. La niña, que aún no ha cumplido el año, está en esa fase en que reacciona muy rápido a los nuevos estímulos y caras, pronto echará a andar, y bien porque "se me dan" los niños, o bien porque le llamaba la atención el tono grave de mi voz, lo cierto es que me seguía con interés y cuando la tomé en brazos se río a carcajadas de pura delicia. Era feliz de esa forma sensualmente primaria en la que lo son los bebes. Pero yo, ay yo, no lo fuí menos ni de forma menos básica. No me acuseis de pedófilo.

24/06/2008

El secreto de la felicidad, 1 bis: Einstein en bici


La noche anterior, en una fiesta donde había muchas celebridades del cine, Einstein conoció a Groucho Marx, que se le acercó con dos copas en la mano, tendiéndole una y le dijo: “Estamos de acuerdo, colega, yo también opino que todo es relativo”.A la mañana siguiente tiene un poco de resaca, pero a la puerta del centro de Princeton hay varias bicicletas –véase una aparcada-, Albert escoge una con manillar newtoniano o al menos pre relativista, frenos de varilla y sillín de mecedora y, como tampoco de trata de ir a ningún sitio, se pone a dar vueltas por el patio. Hacía años que no montaba en bici, no se le daba mal, recuerda, y recuerda también que a los judíos el régimen nazi les ha prohibido tenerlas y a la vez utilizar el transporte público. Está feliz de no haber perdido su antigua habilidad, está feliz de estar donde está y no donde estuvo, está feliz de que le fotografíe ese genio que se llama Gödel y que ha planteado una paradoja endiablada que casi ha dinamitado toda la trabajosa base de la lógica matemática; está feliz de sentir la brisa en la cara, el olor de los jardines de Nueva Jersey, la compañía de gente tan amable como de talento. Es sólo un instante, luego quedará el recuerdo, porque Gödel, que es muy aficionado al revelado, le regalará una copia y la mirará con esa ternura especial que reservamos para nosotros mismos. Pero Princeton, con toda su acogedora hospitalidad le tratará como una efigie del pasado, no como un científico en activo, y no prestará atención a sus intentos en torno al misterio de la dichosa constante cosmológica y a su teoría del todo, y eso le amargará un poco esa dicha hasta el fin de sus días, aunque siempre que mira esta foto, una de sus favoritas, sonríe un poco.

Nota y créditos:

Lo que antecede es un relato, de ahí que esté en negrita, pero se basa en datos reales. En efecto, la foto está hecha por Kurt Gödel, el autor del famoso dilema que lleva su nombre y gran aficionado a la fotografía (como Einstein al violín), a la puerta del Centro de Estudios Avanzados de la Universidad de Princeton, New Jersey. La frase de Groucho es aproximada, porque no dispongo de mi biblioteca entre semana, ya que está en el pueblo, y la leí en sus desternillantes memorías: "Groucho y yo". No consta, en cambio que la fiesta se produjese el día antes de hacerse la foto, pero...si non e vero...

El secreto de la felicidad, 1 ("entre a tomarse un té")




El autor del blog de El Clavadista Solitario siente una personal aversión a los manuales de autoayuda. Yo también. Es obvio que a ninguno de los dos nos hace feliz el que se nos aleccione sobre cómo ser más feliz. Por mi, pueden exilar a la Isla del Diablo (la de Papillon) a los Bucay y Coelho de este mundo. Sin embargo, por provocar y sin incurrir en la autoayuda (ayudaros solos) voy a reflexionar un poco sobre estas cosas. Previamente, quitémosle ñoñería al asunto: al adicto le hace feliz la heroína, al asesino de masas, mal llamado suicida, el portar una bomba que mate a la gente a su alrededor; al sádico le produce una felicidad intensa hacer daño a alguien indefenso. La cuestión es ¿por qué?

Hay quién para ser feliz quiere un camión, quiere un camión, y que no suba el gasoil. O un tractor amarillo. Pero normalmente esos deseos se revelan luego como fuentes más de problemas que de felicidad. Para ser feliz hay quien cultiva su sensualidad, porque no sólo hay gourmets de la comida, también los hay de la bebida o del sexo, incluso de la siesta. Hay quien busca la felicidad, y a veces hasta la consigue, en los propósitos, en plantearse metas; digamos que es la felicidad del emprendedor, no necesariamente empresario; es un poco la misma felicidad que procuran los viajes o las vacaciones, con sus fases: anticiparlos y luego consumarlos, tal vez recordarlos, aunque eso de vivir de las rentas no casa con la inmediatez instantánea de la felicidad. Digamos pues que, como animales intensamente curiosos, exploradores e inventivos, planificar nos hace felices. Eso sí, hay que poner cuidado en las metas que te pones; si el listón está muy alto y no se consiguen, surge la frustración, pero si las metas son demasiado ramplonas con relación a las propias aptitudes tampoco satisface.

También estaría la felicidad de competir, digamos el “orgasmo” del poder y de rivalizar. Se trata no sólo de ganar, como en el emprendedor, sino a costa de alguien, qué se le va a hacer: la dicha de ganar a otro. Los crueles, los psicópatas, que indudablemente disfrutan haciendo daño al indefenso, pertenecerían, como caso extremo, a este grupo; torturadores, mentales o físicos; violadores, que disfrutan más por agredir que por tener sexo, o porque ese sexo no sea consentido ni mutuamente deleitoso, y claro el asesinato. Lo peor de este placer extendido, sin llegar a los extremos anteriores, es el síndrome de la patada al gato: ya se sabe, el sargento, regaña al cabo, que regaña al.., y el gato se lleva una patada del soldado raso. Se establece entonces en la sociedad, por mera búsqueda del placer, lo que yo llamo ley de la gravitación social: lamer culos hacia arriba, dar patadas hacia abajo.

Pero la especie humana no sólo es competitiva, sino profundamente cooperativa, así que la felicidad también es alcanzable apara algunos individuos por esa vía, la del misionero, la del cooperante, la del militante en defensa de la naturaleza o del defensor de animales domésticos maltratados (una cooperación que salta barreras de especie para extenderse al resto del reino animal o del biológico). Es un mecanismo de defensa contra el fracaso del grupo. Probablemente, si se aplica la teoría de juegos al éxito de una pequeña banda de humanos lo más útil es una combinación de individuos cooperativos y otros competitivos y muchas utopías son indeleblemente idiotas por no haber comprendido eso. Eso sí, como comenta el etólogo Desmond Morris, el famoso autor de El mono desnudo, se encuentran muchos individuos fuertemente implicados en esas causas que traslucen sin embargo una cierta tristeza y desánimo. Es lógico: si te has planteado salvar el planeta o incluso más modestamente todos los burros maltratados del norte de África, siempre encontrarás que es poco lo conseguido comparado con lo mucho que pretendes. Es pues, como dije más arriba, un caso típico de colocación del listón de las aspiraciones excesivamente alto.

El caso es que Morris cuenta un “experimento” social llevado a cabo por el equipo de rodaje de un documental basado en su segundo libro más famoso, El zoo humano, donde planteaba la cuestión de que el hacinamiento en las ciudades provocaba la pérdida de una serie de logros sociales, como la cooperación. Según Morris, la vida urbana aumenta la competitividad y disminuye la cooperación. Para demostrarlo, el productor sugirió que un actor se desmayase en diversos entornos. En la gran ciudad el caído no provocaba ningún gesto de auxilio, algunos apartaban la mirada, otros también el paso, porque se desviaban de su camino, etcétera. En un pequeño pueblo, por el contrario, las personas se paraban inmediatamente a prestar ayuda. Como el actor fue repitiendo la experiencia en diversos puntos de la pequeña población, eso produjo otra conclusión más imprevista: las noticias vuelan en grupos humanos pequeños, de modo que cuando al actor le tocó desmayarse delante de los rosales de la linda casita de una gentil viejecita esta salió enseguida y acercándose al fingidor le espetó con una radiante sonrisa: “Ah, usted es ese que no para de desmayarse. Ande, entre a tomarse un té.”

(Seguiré con otras vías hacia la felicidad en próximas entregas)

23/06/2008

El progreso de la guerra


Hubo un tiempo en que los ejercitos, o sus campeones combatían para dirimir las disputas entre sus pueblos.

Cuando se quiere poner en solfa la noción de progreso se suele acudir a la historia militar y más concretamente a esa subsección que da cuenta del progreso tecnológico del armamento, cada vez más eficiente en eso de matar a distancia y de matar a más de golpe. Sin embargo, tengo mis dudas de que ese sea el aspecto más relevante para criticar el “progreso”. Porque incluso los cambios bélicos son algo más que tecnología.

Durante gran parte de la historia, las guerras se dirimían entre bandos armados por armas empuñadas de piedra, madera, bronce, hierro y acero, sucesivamente. También se utilizaban armas arrojadizas, azagayas, venablos, lanzas y dardos y flechas. Cuando se inventó la ballesta, que lanzaba dardos de acero que perforaban las armaduras y las cotas de malla, hubo un papa que pronosticó que el mundo desaparecería por culpa de tan terrible arma. Pero con hachas, hondas, espadas y lanzas, dardos y flechas, las guerras se dirimían entre ejércitos que a menudo, aunque siempre estuvo mal visto, arrasaban aldeas y ciudades masacrando gentes no combatientes. El porcentaje de muerte directa en las guerras de población civil era muy inferior a la de guerreros y combatientes. En todo caso, eran las secuelas de la guerra, las epidemias, la escasez de alimentos o la falta de agua potable las que causaban más muertes entre los civiles. Incluso, en el extremo contrario, había batallas que se solventaban por el combate singular de sus líderes, reyes o campeones sin daños para los demás combatientes.

Luego se inventó la pólvora. Los chinos la andaban usando para sus fuegos artificiales, pero algún occidental avispado dedujo que la pirotecnia era la hermana pacifista de la artillería. Creo que se usó por vez primera en el asedio de Constantinopla por los turcos, y era cosa de ver como se derrumbaban murallas y de que poco servían las fortificaciones que ahora se podían conquistar sin la paciencia del asedio. Las poblaciones no combatientes dejaron de poder refugiarse en castillos y ciudades amuralladas y su porcentaje de bajas aumentó, pero todavía nadie tenía el cinismo de llamar a la matanza de civiles “daños colaterales”

En la Primera Guerra Mundial, con buenas razones llamada La Gran Guerra, las trincheras de frentes inamovibles hicieron morir a millones de soldados a veces para avanzar el “vencedor” unos escasos metros. También murieron bastantes civiles, pero como los bombardeos masivos de ciudades no se habían inventado, bastantes menos que soldados. En cambio, la terrible Segunda Guerra Mundial marcó un terrible cambio que se ha mantenido; trajo entre otras innovaciones y mejoras armamentísticas el bombardeo por laminación o “a manta” de ciudades. Lo practicaron los dos bandos, todos los ejércitos y culminó en el lanzamiento de dos bombas atómicas sobre ciudades japonesas repletas de civiles y sin interés ni acantonamientos militares. Por primera vez en la historia de la belicosa humanidad, el número de bajas civiles fue superior al de combatientes.

Ahora, y ya desde Vietnam, pero miren Irak o Afganistán, cuando una pequeña patrulla del poderoso ejercito ocupante es hostigada por guerrilleros enemigos se llama inmediatamente a helicópteros artillados y cazabombarderos que no dudan en lanzar misiles contra un grupo de seis o siete enemigos, mientras los que han solicitado el auxilio aéreo se cagan literalmente de miedo porque en tanto no llegue esa ayuda son simples hombres armados hasta los dientes contra otros hombres armados y a pie como ellos. Y por supuesto, los “daños colaterales, ahora ya no son denominados civiles muertos por soldados, multiplican por cien las bajas de esos bravos soldaditos. Todo un progreso, porque ahora, el sitio más seguro en una guerra es incrustado en el ejercito, como esos periodistas obligados a recibir la noticia al dictado del atacante; ser un militar bien arropado en un blindado y no un niño en una escuela, una anciana en un mercado o un agricultor en un camino; eso sí que es mucho más peligroso. Mientras tanto, como todo lo bueno, y pese a la posibilidad creciente de matanzas masivas, cada vez es más caro matar a un enemigo: frente al coste de la flecha o la espada pongan ahora la de un cazabombardadero y unos misiles de nada, para matar un, dos tres talibanes subidos a un, dos, tres camellos. Es la única ventaja que le veo a la evolución tecnológica de la guerra, que cada vez es más caro matar y también por eso, los desalmados del “otro” bando, con menos recursos económicos, usan aviones de pasajeros como misiles y, sobre todo, atacan directa e indiscriminadamente a la población civil. Todo un “progreso”, ya digo. Si hoy leemos al tan celebrado Lun Tsu, el de El Arte de la Guerra, nos parecerá perfectamente inútil; no porque el arte de combatir sea esencialmente distinto con flechas o con balas, sino porque enemigo y atacantes ya no son lo mismo. Ni la guerra es, como quieren algunos fascinados por el belicismo, el mismo y terrible asunto de antes, sino mucho más sórdido y cobarde. Ni el famoso “Alea jacta est” se pronuncia al cruzar un río, porque esa frontera siempre se establece en los despachos de las multinacionales y de los gobiernos tan prepotentes como unilaterales. Y como la guerra es asunto de los militares y no en principio de los civiles desarmados, es lógico que finalmente se haya convertido en un juego en el que los que más arriesgan no son los que juegan, sino los que miran. Como diría un cantautor, los que "pasaban por ahí".

20/06/2008

Y aún algo más sobre mí (fragmentos de una biografía)

"La felicidad es conducir con brío una silla de postas con una mujer guapa."

Samuel Johnson





Mi infancia y primera juventud transcurrió en una sociedad bonoba (ver post sobre El chimpancé y la bonoba), y debido al sutil entrenamiento de haber sido criado “sólo” por mujeres de todas las edades y a no tener un aspecto del todo desagradable, una cierta decisión casi suicida para iniciar relaciones, muy propia, aunque nadie me cree, de los tímidos básicos (una huida hacia delante) y una curiosidad y sano respeto por el otro sexo, puedo decir, sin asomo de vanidad, tan sólo agradecido, que he tenido fortuna en mis relaciones con las mujeres que he conocido (también o sobre todo en sentido “bíblico) , unas cuantas, muy probablemente bastantes más que la media de los varones de mi generación y condición, y, si se me permite la expresión, que no pretende ser grosera ni cosificadora, bastante "apetecibles".

Así que no es hacer de la necesidad virtud si afirmo rotundamente que he sido siempre más feliz en pareja y que siempre he sido muy desdichado cuando se ha roto uno de esos emparejamientos, aunque reconociese que la relación no había funcionado bien o se había deteriorado. He sido un monógamo sucesivo y poco promiscuo. El varón heterosexual humano se debate entre dos tendencias o talantes opuestos, pero ambos lógicos: el de la promiscuidad de procurar yacer con toda hembra placentera, como decía el bueno del Arcipreste de Hita, que se ponga a su alcance y el del emparejamiento permanente, mientras dure y sin paradojas que valgan, con una sola mujer. Desde el punto de vista de la biología evolutiva –yo no lo llamo deformación profesional, sino información adicional- ambas situaciones tienen poderosas justificaciones: difundir ampliamente tus genes por toda la población, con el cínico añadido de dejar que sean otros los que se cuiden de tu prole, o bien, asegurar la viabilidad de esa descendencia colaborando activamente con la pareja, forjando una familia de mutuo apoyo. Cooperación o competencia oportunista. Por supuesto -no debería hacer falta decirlo-, no se trata de posiciones expresamente decididas, sino lo que subyace de viable en ambas por mor de la historia biológica de nuestra especie.

Estoy firmemente convencido de que el primer impulso es muy fuerte, como lo estoy de que no ceder y mantenerse en el segundo es un camino más seguro hacia la felicidad o al menos, el bienestar. Seré claro: hablo de follar y follar es como jugar al póquer (el único juego de naipes que verdaderamente me gusta): muy placentero por sí mismo. Pero, como por las razones antedichas estamos programados para enamorarnos, follar estando enamorado con la persona amada es la hostia: como jugar al póquer…y ganar. Y luego está el peso de lo empírico. Nunca he conocido un ligón con éxito que no desprendiera tras sus múltiples y a veces envidiables conquistas un tufo compulsivo, como el drogodependiente, a seguir y seguir, sin paladear lo que se iba consiguiendo. En definitiva, no eran felices. En cambio, he conocido unos cuantos, pocos, casos de parejas persistentemente felices, durante el tiempo que fuera; esa es otra cuestión, porque los que reclaman esa durabilidad en las relaciones olvidan que no se da en ningún otro aspecto de la vida, pues esa es su seña de identidad, la mutabilidad y si me apuran el deterioro. Por otra parte, y por completar mi confesión, ser monógamo sucesivo no significa otra cosa distinta que ser monógamo y punto. No se suele acertar a la primera –eso es muy azaroso y el primer enamoramiento y el primer compromiso suele sorprendernos en una fase juvenil de absoluta idiotez- , ni a veces en la segunda o la tercera o…El caso es acertar en la última.

Quizás una de los mejores aspectos de todo lo que vengo diciendo es que ni siquiera en esto de buscar y conseguir pareja somos del todo egoístas, por mucho que se homologue amor y guerra a la ausencia de compasión con el enemigo o rival. Somos competitivos, y en esto muchísimo, los tíos, pero somos también una especie profundamente cooperativa. Una vez, hace bastantes años, compartí veraneo en una comarca del centro de Francia con una pareja amiga muy querida, sus hijos y los míos, aún pequeños todos, hasta los padres. Yo acababa de salir de una tormentosa, breve e intensa relación con una preciosa pintora austriaca y estaba muy solo. Pero la felicidad, o bienestar, de la pareja de adultos con la que conviví jamás agravó o empeoró mi desdicha, al contrario, era un consuelo y ciertamente me enternecía. Claro está que ambos están lejos de ser idiotas y no constituyen una de esas ñoñas y empalagosas parejas de porno blando que están continuamente haciéndose arrumacos y prescindiendo de los presentes, a la vez que necesitados de ese público para sus exhibiciones; una variante de los periquitos (Melanopsitacus undulatus) en celo.

También contribuía el precioso paisaje del Perigeux con sus bandadas de ocas, sacos de foie, o sus prados salpicados de nogales y vacas limusinas, las panzadas a comer y beber o los baños en un lago cercano, el placer de cazar ranas con los niños o enseñarles los “bichos” y hasta el metódico saqueo de la espléndida biblioteca de Monsieur de Bosmelais. Porque no todo va a ser acurrucarse junto a la mujer de tu vida; también hay juegos en los que los varones no dejamos participar a las niñas, y eso es sano. O quizás es que tiene mucha razón Ingrid Bergman cuando afirmó que “la felicidad es buena salud y mala memoria”. Y no creer en milagros, añado y acabo.

Leer a Freud y a Wittgenstein





Meterse con Freud para desacreditarle, a estas alturas de las neurociencias es alancear moros muertos. Cuando algunas personas con cierto talante intelectual oyen decir que los "descubrimientos" de Freud sobre la mente humana están totalmente desacreditados por la ciencia actual, que el psicoanálisis, en su casi siglo de vida, no ha podido ofrecer un solo caso de curación probada, y que toda la terminología de esa psicología, tan fascinante y metafórica, no refleja ninguna realidad, reaccionan con violencia, porque no se trata ya de ningún debate de ideas, sino de una religión. No es casual que Nabokov, muy hóstil al médico austriaco, le llamase siempre "El mago de Viena".





Wittgenstein –probablemente el mayor pensador del siglo XX-decía que el psicoanálisis era falsa ciencia, mala mitología e inútil terapéutica. Creo que llevaba razón en la primera y la tercera afirmación. Sobre la última ya no caben dudas. Y desde luego es una “ciencia” que se ha revelado tan falsa como la quiromancia o la astrología y que ningún descubrimiento posterior –y ha habido muchos- sobre el funcionamiento de la mente y el cerebro ha confirmado. Es muy probable que Freud confundiera sus propias obsesiones personales: la sexualidad, la culpa, la angustia, con las de toda la especie humana. Pero, en aparente paradoja, contribuyó a la cultura de la sociedad occidental y mundial al declarar la importancia de lo subyacente a la mente consciente, del subconsciente: esa fue su mayor aportación, aunque la embarulla con toda esa parafernalia del Yo, del Ello, del Súper Ego y demás inventos.

Y creó una mitología poderosa, la de ese subconsciente y la del análisis, con sus ritos del diván y el callado analista. Porque Freud fue un escritor sumamente brillante e inauguró un género que hoy practican gentes de talento como el neurólogo Oliver Sacks (El hombre que confundió a su mujer con un sombrero): el relato clínico.

Sus principales discípulos, Jung, Adler, Lacán, continuaron con la patraña y tuvieron diverso interés. Adler es el autor de la famosa teoría sobre los complejos de inferioridad y superioridad; en concreto este último sería uno de inferioridad encubierto. Jung, para mí el más díscolo, sincero y fascinante, que rompió tempranamente con el maestro, se concentró precisamente en la mitología del asunto, sus famosos arquetipos; su concepto de un Inconsciente Colectivo y de determinadas figuras, “personas”, recurrentes es muy interesante. En tanto que Lacán, el adorado Lacán, representa todo lo que de patraña intelectualista tiene el psicoanálisis y todo lo que de superficialmente tramposo tiene el “intelectual” ignorante de la ciencia.

Curiosamente Wittgenstein, a quien se le dijo que su filosofía era una especie de psicoanálisis, cosa que no le agradó, y Freud compartían muchas cosas, además de la de ser coincidentes estrictos en espacio-tiempo: compatriotas y coetáneos. Wittgenstein reconocía la fascinación del enigma contenido en los sueños, pero afirmaba que, precisamente, nos intriga porque no tiene solución. Otro favor que le hicieron al psicoanálisis fue el antagonismo hostil que despertó tempranamente, por un lado, entre los marxismos dogmáticos (caso de que los haya de otro tipo) y entre los fascismos, en ambos casos por algo más que ser la obra de un judío. El filósofo austriaco consideraba de hecho que había que combatir el psicoanálisis, pero reconocía el talento de Freud: “…está lleno de pensamientos cuestionables y su encanto y el encanto de su tema te pueden engañar con facilidad, (Freud) tiene razones muy inteligentes para decir lo que dice, gran imaginación y prejuicios colosales, prejuicios con los que es posible engañar a la gente, Freud escribe extraordinariamente y es un placer leerlo…” En otro momento escribe: “posee la atracción de las explicaciones mitológicas, que dicen que todo es una repetición de algo que ha sucedido antes. Y cuando la gente adopta o acepta esto, ciertas cosas le parecen más claras y fáciles. Así sucede también con la noción de inconsciente. Pero lo que ofrece es especulación, algo previo incluso a la formulación de hipótesis”

¿Hay que leer a Freud? En mi opinión, rotundamente sí, pero con espíritu crítico y como amante de la literatura, como ese avispado editor (Siruela) que publicó sus relatos clínicos como relatos sin más en una colección... de literatura. Mis favoritos son sin duda La interpretación de los sueños y El malestar de la cultura. De Wittgenstein hay que leerlo todo, que es poco, pero también se puede uno refugiar, para este tema, en una recopilación de Paidos: Lecciones y conversaciones sobre estética, psicología y creencia religiosa.

19/06/2008

Los mejores divulgadores científicos españoles



(Para Rocio Prima y Zwingenstein, que tienen otro favorito bastante más oculto y menos justificado, pero que es agradecido)

Voy a proporcionar una lista de los que yo considero los mejores en un género ensayístico, el de la divulgación científica, que en España no ha tenido hasta hace poco excesiva pujanza por dos razones, a mi juicio. Primero, por el propio, tópico, pero cierto, raquitismo de la ciencia en nuestro país: la divulgación es como la punta del iceberg de la producción investigadora, sólo alcanza a asomar cuando la propia ciencia alcanza suficiente volumen. Segundo, por el papanatismo de recién llegados, relacionado con lo anterior, de minusvalorar este género, considerándolo menor, cuando para hacer buena divulgación se necesita, como ya he comentado en ocasiones, la rara conjunción de virtudes a menudo disociadas: la competencia en la materia divulgada y la capacidad de exposición.

Hay una auténtica tríada de divulgadores, unos más conocidos que otros, que son el paleontólogo Juán Luís Arsuaga, el zoólogo Carlos M. Herrera y el genetista evolutivo y del desarrollo Javier Sampedro. Distanciados pero dignos, por lo que no los comentaré en exceso, están el médico José Enrique Campillo Álvarez, autor de La cadera de Eva y El Mono obeso, y el popular político, abogado y economista Eduard Punset que inició tardíamente una carrera como divulgador. De Punset se puede objetar su pretensión de abarcar todos los temas, como una suerte de Bill Bryson -el periodista autor del exitoso Una breve historia de casi todo-, a la española, y eso le pasa cierta factura en algunos temas que se nota que no domina en exceso, pero en general cumple. Campillo a menudo toma posiciones en los temas de Evolución humana que trata que son controvertidos sin que él nos advierta que esa es su posición personal, pero bueno, eso es lo que hace algún otro colega anglosajón excelso como el famoso Richard Dawkins del famoso y apresuradamente denigrado El gen egoísta. Del primero, El viaje a la felicidad es el más interesante; del segundo, a mi juicio, es mejor El mono obeso que La cadera de Eva, aunque éste haya tenido, creo, más éxito editorial; tomando como pretexto el relato bíblico de la costilla de Adán, el autor le da protagonismo a otro hueso y sexo distintos, esa famosa cadera femenina que tuvo que cambiar para poder permitir el parto de bebes con enormes cerebros y por ende cabezones.

El paleontólogo humano Juán Luís Arsuaga es un ejemplo de esa rara, por escasa, combinación de talento narrativo y competencia en la materia que divulga, la evolución biológica de nuestra estirpe. ¿Objeciones? Que a menudo arrima el ascua a la sardina de sus propias hipótesis, como la prevalencia de la especie humana propuesta por su equipo Homo antecesor, el ancestro burgalés. Su mejor libro es para mí La especie elegida.

Javier Sanpedro es un caso extraño. Ya no es un investigador en activo porque trocó una prometedora carrera dentro del equipo más puntero en Genética del Desarrollo ( Antonio García Bellido, Gines Morata) por una más discreta en el campo de el periodismo científico dentro del diario El País, pero una cosa es indudable en mi opinión, su libro Deconstruyendo a Darwin es probablemente el mejor libro de divulgación científica escrito por un español en las últimas décadas y uno de los mejores sobre genética avanzada y evolutiva de cualquier país, incluyendo los anglosajones, lo cual es decir mucho.


Carlos M. Herrera, a no confundir con el banal periodista andaluz, investigador del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, es el menos conocido o popular, aunque dentro del gremio de biólogos y ecólogos de campo es casi un mito en vida. No tengo constancia de que haya dedicado tiempo a escribir ningún libro de divulgación, aunque sería deseable que lo hiciera, pero sus artículos, mini ensayos que son verdaderas joyas, le hacen merecedor de estar aquí. Recomiendo pues su propia página en Internet donde podréis convenceros de sobra de lo que digo: http://ebd.csic.es/personal/cmh.

Finalmente, ya fallecido, quiero recordar aquí la labor divulgativa, poco conocida, de nuestro mejor y más reputado ecólogo, Ramón Margalef, que escribió una serie divulgativa para la antigua editorial Seix Barral, hoy inencontrables, sobre temas de biología marina, simbiosis animal, insectos sociales y hasta un monográfico no venial sobre...¡ la Rosa!

Y dos colecciones estupendas monográficamente dedicadas a la divulgación científica, Drakontos, de la editorial Crítica, dirigida por el pomposo y mal divulgador Sánchez Ron, pero que publica libros estupendos, y la aún mejor Metatemas de editorial Tusquets, dirigida por el físico, divulgador y antiguo colega de Margalef y director del Museo de la ciencia de la CosmoCaixa en Barcelona, Jorge Wagensberg, al que sólo tengo que hacer un reproche, el plagio del título –al final siempre se sabe- que perpetra con uno de sus libros sobre el de otro autor menos conocido aquí: Si la naturaleza es la respuesta, ¿cuál es la pregunta? (la pregunta es: ¿por qué no te molestaste en buscar otro título, ya que no me creo que no lo conocieses?)

Me queda por mencionar cuál es mi divulgador favorito, fallecido hace escasos años, el paleóntologo y evolucionista norteamericano Stephen Jay Gould. Crítica/Drakontos tiene traducida toda su obra. ¿Su libro favorito para mí?: Después de Darwin.

Los otros exilios de la Guerra Civil




Ahora que andamos convalecientes de la forzada amnesia que impuso el franquismo, se habla no sólo de recuperar la memoria histórica –redundante: no hay otra, aunque sea la historia personal-, sino del exilio, mal nuevamente: hubo varios exilios, al menos dos, pero del único que se habla es del 39, el de los perdedores y combatientes directos de la Guerra Civil. Hubo, sin embargo, un exilio del 36, el de los Marañón, Ortega y Gasset y, sobre todo, Ramón Gómez de la Serna. Ramón, al que confieso que adoro, es decir, pertenezco a la secta de los ramonianos, era un señor de derechas, pero de esa derecha tan infrecuente en España, la de los conservadores inteligentes y moderados, como Chesterton en Inglaterra. Como se sabe, se fue inmediatamente a La Argentina, porque, como bien dijo, le podía pegar un tiro cualquiera de los dos bandos. Gómez de la Serna fue el inspirador, aunque el tópico dicta que no dejó discípulos, de esa “otra” generación del 27 que fueron los Tono, los Mihura y, más tardíamente, el recientemente desaparecido y genial Rafael Azcona. Practicaba un dadaísmo y un surrealismo teñido de tremendismo (redundancia nuevamente) y humor negro, porque hay que tenerlo bien negro para titular tu autobiografía “Automuribundia” O esas “conferencias-maleta” en las que iba sacando un sinfín de objetos que iba genialmente glosando. Casi todos le reconocen no obstante su talento, salvo lamentables excepciones, como Fernando Sánchez Dragó, que le tilda de superficial, pero es que siempre tenemos la tendencia de acusar a los demás de nuestros peores defectos. O puede que sea una lamentable pero frecuente confusión, la de asimilar toda su obra a las famosas greguerías, ocurrentes, a menudo divertidas, pero en absoluto, a mi juicio, lo más interesante de su obra. Para mí, el Ramón fascinante es el de esa Automuribundia y sus Retratos –varias series- de sus contemporáneos famosos, al modo de un Stephan Zweig vacilón; el de sus libros de El Rastro, El Circo o Senos, (que plagió el de Prada en su librito inaugural Coños, antes de pretender convertirse en el gran escritor católico de hoy, es decir, el Chesterton ibérico, sin saber que ese papel ya está ocupado y muy bien por el castellano Jiménez Lozano); los libros sobre El tango o El cine.

Otro exilio ignorado fue el de los científicos, pues parece que aquí sólo salían por pies los poetas. Cuando se fueron, todos ellos por la grave razón de ser traidores al nuevo régimen, es decir, leales al poder constitucional y legalmente establecido de La República, se les apartó de sus cátedras, como mínimo, de sus puestos de investigación en La Junta de Ampliación de Estudios, el antecedente del actual Consejo Superior de Investigaciones Científicas ( el franquismo no inventó nada, ni los pantanos, que estaban programados por el Ministerio de Fomento republicano de Indalecio Prieto), de sus lugares en los Museos de Ciencias Naturales. El vacío dejado por estos talentos fue inmediatamente rellenado con la insulsa incompetencia de los “leales” y rivales que a menudo les denunciaron por esa y no ninguna causa patriótica, alguno de los cuales yo llegué a padecer en sus años finales de la Universidad, que tiñeron del mismo gris que sus ternos. Y eso tuvo curiosos efectos, como que el mejor zoólogo español de la época, el mastozoólogo Ángel Cabrera[1] realizara la famosa Mamíferos de Patagonia que yo luego encontré, editada en Buenos Aires, en una Librería de lance. O que hubiera un par de físicos relativistas españoles que terminaron trabajando en el proyecto Manhatan en Palo Alto.

Esos exilados, tempranos y/o científicos fueron en su premonitoria opción de no combatientes, aunque a su modo lo hicieron, el polo opuesto a esos empecinados que insistieron en el combate, como esos heroicos pero desfasadamente patéticos maquis que se subieron al monte y pretendieron derrotar desde sus majadas de cabreros a todo un ejercito apoyado por el eje nazi fascista. A todos esos, me gustaría que también los recordáramos y les dedicáramos cenotafios, esos monumentos que no contienen el cadáver, sino sólo la memoria del que estuvo vivo.

Pese a la fama de la cicuta de Sócrates, los castigos más temidos por los ciudadanos de la Atenas clásica eran el exilio y el ostracismo, que aún practican los matones más canallas en los patios de colegio con sus condiscípulos menos populares. Mi talante me impulsa más hacia el monte de los guerrilleros rupestres que hacia el barco de los exiliados premonitorios. Precisamente por eso, admiro más a estos últimos, no fueron pertinaces en ningún error ni extremo.



[1] Pinchad en Google Ángel Cabrera, os saldrá un golfista argentino, quizá nieto del zoólogo español. Eso es desmemoria, que también o principalmente, alcanza a la “Red”.

18/06/2008

Los ríos: El río





Mi descubrimiento de los ríos ha sido gradual a lo largo de mi vida y guarda una proporción entre sus tamaños y mi edad. Primero, en la infancia, estaban los pequeños ríos serranos de la cuenca del Alberche de Gredos, y esos auténticos “oasis alargados” en acertada expresión de Fernando González Bernáldez, escoltados por choperas que rompen los llanos secarrales castellanos. De joven y con más autonomía fui descubriendo los grandes ríos peninsulares; primero El Tajo, que sigue siendo mi favorito; el Duero, El Ebro, El Guadiana y el Guadalquivir, los dulces ríos gallegos, tópicos al margen, con el Sil a la cabeza de mis preferencias, antes que el Miño, y los broncos cantábricos.

Me gustan las desembocaduras y los deltas, cuando el río “camina hacia un lugar más grande que él…, va hacia el mar y nadie puede detenerlo…, nadie detiene ni los días ni los ríos”. Bueno, detenerlos no, pero en este país de embalses y encauzamientos, se les puede entorpecer bastante, aunque nunca lo suficiente para que las aguas no terminen “desperdiciándose” en el mar como dicen los ignorantes o, lo que es lo mismo, los políticos. Y me gustan los nacimientos, los torrentes jóvenes, las gargantas, como llaman en Gredos a esos tramos fluviales: Chilla, Tejea, Lóbrega, Blanca, de Santa María… Y me gustan los sobrios tramos medios. Me gustan y temo por sus riberas, por sus “bosques galería” y sus sotos, porque al ser recursos lineales, como en otro sentido las playas, son mucho más vulnerables a las torpezas e inventos de los modernos tecnólogos. Tened en cuenta una cosa: es más difícil ver en este país un tramo medio de río indemne, a salvo de las obras públicas, que ver un lince o un quebrantahuesos; por una razón, linces y quebrantahuesos, aunque escasos, los hay, tramos medios a salvo, no. Me gustan, aunque comprendo el desastre, las inundaciones, las llanuras aluviales, las terrazas fluviales, los huertos sobre ellas. Me gustan los baños de río.


Más tarde, conozco la pobreza de los raquíticos ríos españoles por comparación de los fastuosos europeos, sin ir más lejos los de la feraz Francia, la Dordoña, la Sena o la Loira, porque ya sabéis que los gabachos creen acertadamente a mi juicio que “los” ríos son femeninos, “las”.

Y luego vendrían los verdaderos gigantes, los tropicales de África, de Sudamérica: el Amazonas, terrible y en cierto modo decepcionante, pero no alguno de sus más tremendos afluentes, como El Negro, el Beni o mi favorito, el boliviano Quiquibei, que suena como el reclamo de un pájaro exótico, donde proliferan tucanes y papagayos y malviven en cambio los chimanes aquejados de maldición de la leishmaniosis o lepra blanca y sobrevive con increible dignidad mi amigo aragonés don Antonio García Barón que fundó allí una apacible, austera e inevitablemente dura República Libertaria del Quiquibei donde sólo se trueca, no se acepta dinero y donde fue a parar tras la Guerra Civil y la Segunda Mundial junto a su compañera Doña Irma, nativa del lugar.

.
Y me gustan los relatos de río, el Missippi de Mark Twain, el Ebro de Aldecoa y Solares, El Doiro de Torga, el Tajo de Saramago, el Amazonas de Bates (uno de los descubridores del mimetismo llamado en su honor "batesiano"), el Nilo de Speer, el Sena de Sue, el Rin de Hugo, el Danubio de Magris

Me gusta mucho El río, la película que Jean Renoir filmó en la India bengalí, bellísima, en un suntuoso color que casi hace olvidar el magnífico blanco y negro de la mayor parte de su obra. El río está basada en una novela de iniciación de una desconocida entre nosotros escritora británica, Rumer Godden, criada en la India. En castellano la tradujo el gran poeta León Felipe. Dice el poeta: “(este libro) está impregnado de una filosofía simple, tradicional y cotidiana…y lleno de gracia y delicadeza (…). Lo escribió una mujer. Yo no conozco de ella más que el nombre (…).No quiero averiguar más (…). La poesía, cuanto más anónima, mejor. (…). Este libro es el poema de un río determinado (…). A los mexicanos y españoles, esta filosofía poética y primaria nos es muy similar. Se alza en la misma infancia de nuestra lírica:

Nuestras vidas son los ríos
Que van a dar en el mar,
Que es el morir…

Y nos asombra escucharla de nuevo ahora en los labios de una niña lejana y fraternal que tiene un alma poética tan vieja como el mundo, aunque sólo cuenta doce años. (…) Es un libro para niños y para gentes doctas e infantiles, para el gran ejercito de los poetas innominados, que son los verdaderos”.

No me siento poeta, ni siquiera innominado, pero sí, modestamente docto e infantil; quizá por eso me he alegrado tanto cuando, en una librería de viejo, encontré el otro día otra vez este libro, “El río”, que había perdido hace años. Ha vuelto a mí, como un meandro.

Me gusta el Alberche de mi infancia, el Guadyerbas de mi madurez, el Quiquibei de mis modestas aventuras. Y me gusta el perezoso Ganges de “El río”[1]: me gusta El río.
[1] Hay otro libro con el mismo título, El río, que me encanta, el de Wade Davis, un etnobotánico y antropólogo que tiene otro, La serpiente y el arco iris, sobre los zombies del Caribe, que ando loco buscando (Zwigenstein, también, pero como él cita mal el nombre del autor, dudo que lo encuentre antes que yo: le llama Wilson.). El río, de Davis está traducido y editado por Pre-textos y es fácil de encontrar. El río de Rumer Godden traducido por León Felipe y editado en México por Grijalbo está agotado hace años.

17/06/2008

Prometí una reseña de este libro, ganador del Pulitzer en 2001, y aquí va. Antes no había leído nada de este autor, de la generación de esos brillantes jóvenes estadounidenses como Jonathan Franzen y Jonathan Lethem a los que ya he incorporado en mi modesto panteón. Chabon se reveló antes, pero yo le he descubierto ahora, a través de esta novela. Es, en cierto modo, posmoderna, pero no os retiréis espantados. Esperad. Lo es en el sentido de que contiene una reflexión constante sobre el arte de crear. Pero no es una novela dentro de la novela, sino una novela sobre el noveno arte, el cómic. Los dos personajes y primos, el muy “brookliniano” (Broocklyn se está convirtiendo en el escenario favorito de estos escritores: Lethem, Franzen, Chabon…) Sammy Clay, americanizando su nombre judío, Samuel Klaimann, y su primo huido de la Praga ocupada por los nazis, Joe Cavalier, antes Josef Kavalier, encuentran en el naciente negocio de los cómics su forma de lograr no sólo ascenso económico -esta es una novela como tantas norteamericanas sobre el proceso de meritocracia del país de las opotunidades- sino promoción cultural y hasta una curiosa forma de lucha contra el nazismo. Las reflexiones sobre los superhéroes: Superman, Batman y otros más improbables e inventados, El Escapista que ellos crean, una suerte de Mandrake El Mago, pero con dotes para escapar y liberar a los oprimidos, es muy significativa

Yo creo que este es un libro muy sagaz, no sólo en su forma de contar el cómic desde otro medio narrativo como es la novela, sino por su difusa forma de mezclar el ensayo sobre las diversas artes, el cine, el jazz, la música clásica, la pintura moderna, la arquitectura, el arte de la jardinería, el propio cómic y la literatura basura de las novelas “pulps, con la propia y dramática peripecia de sus personajes. Un riesgo que se corre en un empeño de este tipo que además transcurre con el telón de fondo de los agitados años 30 y 40 del siglo pasado, es no saber prescindir y querer meterlo todo. Pero Chabon selecciona muy bien sus materiales, todo lo que incluye, reflexiones ensayísticas también, es pertinente para el avance de la historia. Los personajes además, tanto los dos principales como los secundarios están muy bien trazados, alejados por completo de la caricatura.

No quiero desvelar más de la trama. Es una novela excelente, porque, como ya he dicho, pese a su extensión, sabe seleccionar sus componentes, ingredientes y materiales. Lógicamente, lo es aún más para los que nos gusta el cómic y para los que nos interesa esa convulsa época, pero no nos engañemos, una novela debe ser juzgada desde ese único concepto de su valor literario; es decir, qué cuenta y cómo lo cuenta. Puede que lo primero no interese a muchos, aunque yo creo que sí, pero lo segundo es un neto acierto: Chabon narra muy bien, con un oficio excelente en la carpintería (estructura) de la novela y un lenguaje eficaz, a menudo terso, pese a los despistes afortunadamente escasos del traductor. Yo la he disfrutado mucho.

¿Pájaros o personas?




Los habituales de este blog sabéis que me gusta pasear por el campo –vamos a llamar a las cosas por su nombre: nada de “Naturaleza”-. Normalmente voy con Jara y llevo mis prismáticos Swarosky, que me costaron una pequeña fortuna: son los quintos o sextos que he tenido, los anteriores sufrieron vistosos accidentes (caerse en una furiosa corriente, despeñarse, etc.), o fueron regalados, como mis anteriores Pentax a Paola, para poder observar pájaros. También me los suelo llevar a mis viajes. En realidad no paseo, sino que camino a paso rápido y hago aguardos entre medias para observar. Jara está entrenada para quedarse quieta cuando yo me paro, sabe que estoy mirando algo y ella a veces también atisba. Me gusta encontrarme gente, al pastor de ovejas, algún vecino, un corchero o algún apicultor, pero reconozco que me molesta encontrar otros excursionistas, aunque no sean de la variante guarra que va abandonando restos de latas y envases. Probablemente, lo que más detesto encontrarme es a otros observadores de pájaros. Y eso que soy perfectamente consciente que son los menos letales de los visitantes no habituales, frente a los urbanizadores o los campistas con mesas y sillas, aparatos de música y coche aparcado bajo una encina. No olvido que hay múltiples ejemplos en el pasado sobre el empecinamiento de ciertas poblaciones locales a seguir degradando su entorno: groenlandeses medievales, habitantes prehistóricos de la isla de Pascua, regantes mesopotámicos…, los actuales son supuestos amantes de la naturaleza…con todo terrenos.

En general, en estos casos, estoy con Sartre, “el infierno son los otros”, me enfurece encontrarme gente donde espero no encontrarla, ese congestionado con su bici de montaña, esos boy scouts que parecen larvas de exploradores decimonónicos (una panda de niños vestidos de idiotas dirigidos por un idiota vestido de niño) tintineando cantimploras, aunque el camino esté repleto de fuentes y pozos: soy elitista, de ese concreto modo. Lo que más odio, irracionalmente, son aparcamientos llenos de coches de "amantes de la naturaleza". Y también los fotógrafos de paisajes: no puedo evitar pensar, como dice Franzen, que son “como un hombre con una novia fotogénica a la que no amaba”.No es que huya de la gente, es que espero encontrármela en su “sitio”: las grandes ciudades; ahí no me molestan tanto. Pero sí, soy algo o bastante misántropo, qué se le va a hacer. Además, en las ciudades, aparte de ser lógico que haya gente ya están, desde el punto de vista rural, "estropeadas" y hay sorpresas, como el Parque del Oeste en Madrid o, salvando las distancias, el Central Park en Nueva York. En una entrevista para el Play Boy, Andy Warhol decía que prefería la ciudad al campo, porque en la ciudad hay trozos de campo (se refería al Central precisamente), mientras que en el campo no hay trozos de ciudad (Pero se equivocaba: sí los hay, de mala ciudad, se llaman “urbanizaciones"). De hecho, y sin salir del Estado de Nueva York, las cercanas Catskill y Adirondack, a tiro de piedra de NY City, están más protegidas que las remotas Rocosas y Cascade, y un sitio espléndido para observar las migraciones estacionales de aves es el propio Central Park.

El movimiento de conservación de la naturaleza y de observadores de la misma surgió a finales del XIX y principios del siglo XX en Estados Unidos; un país enorme con paisajes grandiosos que por aquella época mantenía fronteras, esto es, territorios extensos donde la huella transformadora del hombre tecnológico occidental aún no había llegado. El santo patrón, el pionero de este movimiento fue el fundador del Serra Club, John Muir. John Muir escribía en San Francisco en una época en que podías viajar a Yosemite y tener todo el valle a tu disposición y el de tu espíritu; hoy es una suerte de parque de atracciones repleto de visitantes gritones. Quiero decir que Muir fundó una religión que hoy está obsoleta porque exigía soledad y grandes espacios abiertos y desiertos para cada uno de sus practicantes. Ya en fecha tan temprana como 1880 parece que no había suficiente territorio por donde moverse libremente. El ermitaño escritor de Walden, amante de los pinos y los “chicos”, el famoso Henry David Thoreau, el autor de “Walking” sobre el arte de caminar en soledad, llamó alimañas a los obreros que talaban árboles. Y Edward Abbey, un raro escritor ecologista muy posterior pero igualmente misántropo, defendió el desierto de Utah porque, entre otras cosas, era inhóspito para el gran rebaño de norteamericanos con aficiones al aire libre.

Sí, es mejor huir de esos “amantes” de la naturaleza, plagados de profetas de abstracciones (el bienestar de nuestros tataranietos), voceros de plagas nuevas (el calentamiento global), conservadores sibilinos ( el ahorro, el reciclado), anunciantes de peligros exagerados (el amianto de los edificios), represores (del consumismo)…todos partidarios de diluir responsabilidades entre la masa precisamente perjudicada, convencidos de que si cada uno barremos la puerta de nuestras casas el planeta mejorará independientemente del peso rapaz y auténticamente decisivo de las grandes corporaciones que tienen capacidad de compra sobre este planeta y sus gentes y, de hecho, se lo están comprando. Esos sí que piensan en sus nietos: en dejarles su fortuna.

Jonathan Franzen, en uno de los ensayos de su libro Zona Fría, muy recomendable, propone una serie de lemas para pegatinas de las puertas traseras de todo terrenos. Traduzco: “Nuestro planeta desaprueba rotundamente tu estilo de vida” (Y mi aportación obvia: una ilustración consistente en un planeta Tierra con el ceño fruncido); o bien: “La Tierra detesta fastidiar, pero…”, y mi favorito, realmente genial, quizá me lo fabrique: “La Naturaleza se pregunta por qué no ha sabido nada de ti desde hace casi un mes”. Mientras, yo sigo observando esos dinosaurios con alas que son las aves, con sus cortas vidas y sus largos veranos y sin gente alrededor, ni de ellas ni de mí. Alguno habrá que deduzca que los pájaros me hacen más feliz que la mayoría de la gente. En efecto, y además ellos no pueden comprarse los lugares tan bonitos donde habitan, porque son pobres de solemnidad, lo cual es una ventaja más. En realidad, como no pueden pagarse los sitios donde viven se extinguen cuando destrozan aquellos -la destrucción de hábitats es la primera causa de la desaparición de especies, digo yo. Raymond Chandler decía que no soportaba ver un pájaro por detrás; a mi me pasa lo mismo con muchas personas. Y también por delante.


¿Pájaros o personas? Personas, sin duda, de una en una. Y grandes y hermosas bandadas de pájaros en grandes y solitarios espacios.

16/06/2008

El síndrome de los "dos ponis"




(con permiso de Jonathan Franzen y Charles M. Schulz)

Cuando cuelgo un post en este blog y no me aparecéis por aquí comentando, no digamos ya si es para bien (eso es ya la hostia), en ese momento de ausencia de comentarios que, pese al contador instalado da la verdadera medida de vuestro interés, entonces pienso en vosotros, mis visitas, como colectivo y me digo: “¡Ojalá fueran dos ponis!”

Hay gente optimista y gente pesimista –algunos les llaman “negativos”, lo que me parece muy mal, pues ni son antecedentes de fotos ni números restadores-, y creo que ni ambos grupos lo pueden evitar ni que en ninguno domine, por ejemplo, la gente más inteligente o capaz que en el otro, sino que son variables independientes: optimistas inteligentes, pesimistas tontos, y viceversa. Lo que sí se puede evitar es el que aquí bautizo como “síndrome de los dos ponis” Mejor que explicarlo, voy a contar de donde lo he sacado.

Charles M. Schulz ha sido el creador de la para muchos –como el propio Jonathan Franzen, Ray Bradbury y, ejem, yo mismo- mejor tira cómica de la historia; la de Carlitos y Snoopy, la titulada –no por Schulz, al que siempre cabreó- “Peanuts”; esto es cacahuetes o maní, pero en buen argot yanqui algo sin valor: aquí diríamos no vale ni dos pimientos, allí, no vale ni dos peanuts. Bien es cierto que a partir de los años setenta se va volviendo más manierista, menos agresivo, aparecieron otros personajes…y fue perdiendo calidad; o sea, que la mejor época es desde su nacimiento hacia finales de los cuarenta hasta finales de los sesenta. Tampoco conviene confundir la tira con toda la parafernalia kitsch de tacitas, almohaditas, despertadorcitos, muñequitos, boligrafitos, cucharitas, que superaron incluso a la del propio Disney -el rey de la explotación comercial de la infancia: el niño como consumidor- y que reportaban más ingresos que la propia obra original. Ni Charly-Carlitos, ni Snoopy, ni Charly Schulz tienen la culpa. Ni tampoco que el pijerío haya adoptado a Snoopy para sus inanes juramentos o como icono de niñatos. En este caso la corrupción del arte por el comercio es, como casi siempre pasa con los corruptores, culpa del corruptor, no del corrompido; culpa del comercio y no del arte. Así que no confundamos.

La tira que da nombre al síndrome, que a menudo padezco, como vosotros, pero del que conviene cuidarse y, desde luego, diagnosticar, cuenta como un Carlitos melancólico porque la nueva niña del barrio no le hace caso, le comenta a un filosófico Snoopy tumbado a su lado que ojalá tuviera dos ponis, porque entonces el podría ir montado en uno y llevarle el otro a la sugestiva niña y entonces los dos pasearían juntos a caballo por los bosques y praderas y finalmente descabalgarían y contemplarían juntos el atardecer cogidos de la mano y…, en ese momento Carlitos se para, mira a Snoopy y le dice: “¡Ojalá fueras dos ponis!”. Y Snoopy alza la vista al cielo y piensa: “ya me temía que llegásemos a esto”.

El síndrome de los dos ponis también afecta mucho a los poderes públicos y administraciones, no sólo a las personas singulares, y tiene efectos devastadores: museos que se convierten en espectáculos de masas y no en fuente sosegada de conocimiento, jardines donde se instalan reclamos para multitudes, plazas donde no se vive la vida de barrio, sino que se impide. Habría que contarles lo evidente a esos “ocurrentes” ediles: “Mire, esto es un jardín, y se diseñó pensando en usarlo de esta forma; esto es un museo, no una caseta de feria, aquello una placita, no un "rockódromo.” Bueno y: "esto es una ciudad, no un aparcamiento gigante"


Así que no quieras que tu mujer, tus hijos, tu novio o tu trabajo sean dos ponis, porque son lo que son, no dos ponis y si no te gusta, cámbialos, por otros, pero los nuevos -nueva mujer, nuevos hijos, nuevo trabajo- seguirán siendo eso y no dos ponis. ¿Comprendes?

13/06/2008

¿De dónde venimos?, y 5: Una sola gran familia


Y 5.

Así que yo, sin ir más lejos, hijo de madre soltera (ver post 20 de mayo: La bonobo y el chimpancé y 22 de mayo, Bambi contra Godzilla) tengo, por así decir, apellidos “mitocondriales”: transmitidos todos por la madre. Pero en esto de las mitocondrias todos los seres humanos tenemos sólo madre, ya que el espermatozoide es una célula reducida a un núcleo y una cola móvil, sin citoplasma ni mitocondrias por tanto.

Un miembro del Ku Kux Klan, o el descerebrado ese que atacó a una emigrante ecuatoriana en el tren de Barcelona se quedarían muy sorprendidos de saber que comparten con sus odiadas y para ellos odiosas víctimas un 99,99 por ciento de su ADN (aunque más preocupante es que el negro de Carolina del Sur y la emigrante ecuatoriana, por lógica, compartan ese mismo 99,99 por cierto con las "lumbreras" de sus verdugos). Repito: los seres humanos somos idénticos en el 99,99 de nuestro ADN (Lo cual es lógico si pensamos que compartimos el 96 por ciento con el chimpancé; no, los agresores de Carolina y el área periurbana de Barcelona sólo no, todos los humanos).
Como comprenderéis, es enorme el costo de secuenciar todo el genoma de una persona, y repetirlo miles de veces para tener datos manejables y fiables. Los genetistas se centran en determinadas áreas del ADN que saben que mantienen variaciones, de ese ínfimo 0,001, entre personas. Esas zonas definen líneas de ascendencia únicas, grupos familiarmente relacionados, como los apellidos raros. A estos grupos se les denomina haplogrupos, esto es, un grupo de personas de ascendencia común y que, por tanto, comparten una serie de marcadores genéticos, lo que significa un antepasado, un ta ta…tatarabuelo común.

Probablemente, encontraríamos todos los haplogrupos allí donde hay más de cien procedencias y lenguas distintas: en el municipio de Queens, en Nueva York, pero no nos serviría de mucho, porque nos falta el contexto para rastrear esos orígenes, pues, NY es realmente más que una metáfora cuando se le denomina “crisol" de gentes. Lo que Queens nos dice es algo ya mencionado, la gran, la mayor migración humana de Europa a Estados Unidos en las últimas décadas del siglo XIX y primeras del XX. El investigador de los ancestros, el genetista arqueólogo y lingüista, lo que desearía es que las personas sigamos viviendo en el mismo lugar que nuestros antepasados desde hace siglos. Lo que los del proyecto Genographic quieren principalmente es ADN de indígenas que sigan donde siempre estuvieron.

Pero si tan sólo miramos Europa detectaremos una serie de haplogrupos: R1a1, R1b, I1a, I1b, J2, N, E3b, etc., son los principales, todos ellos provenientes del llamado por los arqueólogos convencionales el Creciente Fértil del Oriente Próximo, esa reducida media luna del Mediterráneo Oriental, que la limita al oeste, pero limitada al Norte por el Mar negro, al este por el Caspio y al sur por el Pérsico y los desiertos arábigos. Justo donde se inventó por primera vez la agricultura y desde allí se difundió. O más precisamente, justo donde una sola persona, probablemente una mujer (así lo confirman los rastreos genéticos, pero también el hecho de que entre los cazadores recolectores actuales las que recolectan y manipulan semillas son las mujeres del grupo) decidió enterrar un grupo de las semillas silvestres recolectadas en vez de molerlas para hacer harina. Así es desde luego el panorama de los haplogrupos hace unos diez mil años, en la revolución neolítica, porque si nos remontamos, con otros haplogrupos más raros aún, a la última glaciación, donde sólo existían cazadores recolectores, en el Paleolítico, nos encontramos un panorama distinto. Todo esto no es que admita matices, es que reclama detalles, complicando el modelo, pero no contradiciéndolo. Esos detalles son fascinantes, pero llevarían demasiado espacio y es mejor que os lo cuente el propio director del proyecto en un libro divulgativo muy claro y bien diseñado[1]. Sólo una cosa: Europa Occidental siempre ha sido un refugio, aunque ahora lleve camino de convertirse en un amurallado geriátrico lleno de ávaros egoistas.

Este rastreo gético funciona igual que las excavaciones tradicionales de los arqueólogos: por capas. Por otra parte, ya sabemos que los seres humanos somos lo que en zoología se llaman “quimeras”, como lo son los grifos, las esfinges, las sirenas y todos los “quiméricos” seres formados por varias partes distintas de animales diferentes: león, águila, dragón, humano, etc.; se creía que un organismo no puede ser a la vez animal y vegetal, pero ya sabemos que tenemos mitocondrias, bacterias incluidas en nuestras propias células, no las simples simbiontes que tenemos en el digestivo para ayudarnos a digerir ciertas materias. Somos una combinación de primate antropoide y bacteria…a nivel celular, el más íntimo desde el punto de vista anatómico. Y por eso tenemos ese ADN maternal que es el mitocondrial que podemos rastrear, este ADN que tiene 37 genes y sin mezcla de padre alguno. Como los apellidos femeninos en España, que se pierden si no se tienen hijos varones, el ADN de la madre se pierde en los nietos si no se tienen hijas.

Cuando hace diez mil años se “descubre” la agricultura, los seres humanos se asientan (o a la inversa) y aumentan su demografía (o al revés, este es un caso típico de gallina y huevo: crecen demográficamente y no les queda otro remedio que asentarse y cultivar). Pero hay dos explicaciones posibles de la distribución de haplogrupos desde su centro del Próximo Oriente: la agricultura fue adoptada como invención por la población paleolítica indígena al ver a una de esas pioneras sembrar. O bien, como sugirieron Cavalli-Sforza y el arqueólogo Albert Ammerman en los setenta, fueron las personas y no las ideas las que se desplazaron. En el Mediterráneo Occidental, que es el que afecta a España, los primeros agricultores de la zona parecen haberse asentado cerca de la costa, bien en busca de clima más benigno para la agricultura, bien por haber llegado en barcos. Por cierto, para los que aman las palabras, la ciencia que estudia los linajes genéticos con ayuda de otras ciencias como la lingüística y la arqueología se llama “filogeografía”: Esta joven disciplina parte de la misma premisa bíblica –aunque no es eso lo que la concede autoridad- de que cada linaje tuvo su origen en una sola persona en algún punto del pasado, como en el caso del ADN mitocondrial con esa primera "Eva".

Como digo, la idea de que la agricultura fue introducida en Europa Occidental desde Oriente Próximo en una ola de avance humano, propuesta por Cavalli-Sforza y Ammermam, parece haberse demostrado errónea. Es más probable que muchos cazadores recolectores del final del Paleolítico eligieran voluntariamente abandonar su itinerante modo de vida, trocarlo por una gavilla de trigo, como dice Wells, o al menos, sus mujeres. También se ha dicho que el cromosoma Y que transmiten los varones es entre diez y cien veces menor en su índice de mutación que el mas variable mitocondrial de la vía femenina, pero afortunadamente, el cromosoma Y tiene otro tipo de variación más sutil al margen de las clásicas mutaciones; una suerte de “tartamudeo”, que produce repeticiones en sus “letras” o combinaciones de nucleótidos del ADN, y eso se puede rastrear muy bien.. Y cuanto más antiguo sea el linaje tanto más tartamudeo o repeticiones se habrán acumulado.

Combínese toda esta historia genética fascinante con lo que nos cuentan otras disciplinas y se tendrá un cuadro del pasado y del movimiento de las gentes mucho más perfecto. Un ejemplo tan sólo. Hay un haplogrupo, el R1a1 de frecuencia alta en Europa Central –lo poseen el 40 por ciento de los hombres- que se escapa de la difusión desde Oriente Medio y en cambio sugiere que su origen estuvo en las estepas orientales de Europa y sur de Rusia. La sugerencia más verosímil es que estas poblaciones fueron las primeras en domesticar el caballo (no en cazarlo para comérselo, como los paleolíticos pintores habitantes de Asturias y Dordoña), y este adelanto podría haberles permitido la expansión a través de los herbazales abiertos, hasta que se hubieran detenido en las áreas boscosas europeas. Otro ejemplo, es el de los cazadores de renos, que seguían sus migraciones en el norte de Europa que así mismo difundieron su haplogrupo. Ambos, los explicables por caballos o por renos son muy antiguos, anteriores al comienzo neolítico y de la agricultura.

Finalmente, otro factor a considerar es el clima, más concretamente, ahora que es tema de moda, los cambios climáticos, que conducían a éxodos drásticos. Porque contra lo que se da a entender hoy con el calentamiento global, a lo largo de la historia de nuestro planeta el clima ha cambiado, el clima “es” cambio, un sistema oscilatorio, pero son los más repentinos a escala temporal geológica los que pueden motivar que grandes poblaciones se pongan en movimiento, como hoy. Se trata de la “hipótesis de los refugios”; estas gentes son exilados ecológicos y por tanto económicos, más que políticos; por ejemplo, las que quedaron refugiadas en al Península Ibérica en la última glaciación y de ahí se extendieron al resto de Europa en el siguiente periodo cálido, el que aún tenemos. Y un último asunto, los datos de varones, sean los del cromosoma Y o los que sean, y de hembras humanas, con datos mitocondriales o no, a veces no coinciden. Eso es un reflejo del comportamiento humano: hordas de varones saqueando y copulando con hembras invadidas residentes.

Somos una única y gran familia, y como en toda familia grande siempre habrá el típico adolescente que se encierra en su cuarto y se considera muy distinto: es ignorante y además el pobre lo pasa mal. Por eso me parece una chorrada comprensible que algunos vascos estén encantados con su RH negativo -y no con su civismo, pongamos por caso, o su golpe de derecha en frontón-, que comparten con muchos indígenas del Cáucaso y de América. Yo estoy muy orgulloso de mi O negativo, pero porque es el donante universal, el menos cerrado de los grupos.

Podríamos seguir, pero este es un blog, no un manual. Si nos remontamos a unos 150.000 años veremos que un grupo humano, presumiblemente negro de piel, a través del Gofo de Adén pasó a Oriente Próximo y a Europa: ahí iba nuestra Eva negra, una zanquilarga mujer que tuvo una ta ta…tataranieta en Turquía que planto semillas por vez primera… La contemplación de toda esa inmensa red de ciudades y asentamientos menores que se extiende por todos los continentes es una imagen engañosa: la de que somos una especie como los castores, o aún más, como las hormigas, que no sólo nos adaptamos con éxito al entorno, sino que lo moldeamos a nuestro gusto y ahí nos quedamos. Pero eso sólo ha sucedido durante la última décima parte de nuestra existencia como especie y sin que ello anulara los grandes movimientos migratorios. La mayor parte de nuestra historia hemos sido unos organismos nómadas, errantes, erráticos, hemos sido casi siempre extranjeros en tierra ajena: bárbaros, maketos, guiris, calés, payos, charnegos, sudacas, negratas, quinquis... Los seres humanos nos hemos movido siempre, somos nómadas de corazón hasta que nuestras mujeres plantaron huertos, pero tristemente, hoy en día, las fronteras artificiosas se refuerzan con muros y alambradas, con perros y guardias armados. El movimiento de las gentes, cuando lo fuerzan las circunstancias no se puede detener, sólo encauzar y organizar. Pero puestos a moverse es una indignidad que le sea más fácil moverse y cruzar fronteras a un dólar que a un ser humano.

Contemplen un vagón de metro en Madrid, no digo ya en Nueva York, miren la variedad de rostros, colores y texturas de piel, sonidos. ¿Acaso no es hermosa la gran diversidad de seres humanos y horrendamente sospechosa la monótona uniformidad de, por ejemplo, “arios” (un falso concepto racial que sólo tiene sentido a nivel lingüístico) rubios y uniformados de gris, caminado al paso, idénticos y no singulares? Porque ahí reside para mí la emoción de nuestra especie: somos iguales, no sólo en deberes y derechos, sino iguales en lo más íntimo de nuestra naturaleza biológica, pero nunca idénticos, salvo esa excepción de los gemelos univitelinos. Como le dice Humfrey Bogart a Ingrid Bergman en Casablanca: “claro que me acuerdo de París: tú ibas de azul y los nazis de gris”.



[1] Spencer Wells: Deep Ancestry; National Geographic Society, Nueva York, 2006.