Ya sabéis que al campo algunos urbanitas irredentos le llaman La naturaleza, también así, con mayestáticas mayúsculas. Esas gentes despistadas pero, por lo general, bienintencionadas pueden, sin embargo, conforme al famoso aforismo del infierno enlosado de buenas intenciones, contribuir a destruir lo que valoran. Basta con que se compren un chalecito en esos campos, en “plena naturaleza”, lo cual, si se piensa un poco, es como comprarse un barco con carga de profundidad incluida e instalada en la sentina. Pero nadie debe negar esa valoración, entre otras cosas porque es una valoración que parte de una mirada históricamente romántica, pero estrictamente urbana. La gente no va tanto al campo como huye de la ciudad inhabitable, un invento que define a la civilización y que, paradójicamente, surgió para mejorar la vida de sus habitantes. Es la mirada urbana, a menudo ignorante, pero cargada de buenos prejuicios la que valora esa “Naturaleza” tan bonita.
Unamuno lo tenía claro cuando escribió que el que está con la frente sudorosa inclinada en la esteva del arado no tiene ocasión de deleitarse con las bellezas naturales. En un extremo, los que no tienen tiempo para mirar, en el otro, los que miran sin saber ver (Unos niños urbanos corretean por los campos desde el coche con las puertas abiertas. De pronto descubren un hoyo en el suelo donde han dejado basura anteriores campistas; está lleno de envases de tetrabrick de leche. Gritan el descubrimiento a sus padres que están ocupados en instalar toda la parafernalia de mesas, sillas plegables, sombrilla y nevera portátil: “Papá mamá, venid: ¡un nido de…vacas!”)
Cuenta
Julián Rodríguez en su precioso
Cultivos[1] la carta abierta a mi adorado
Ítalo Calvino firmada por
Pier Paolo Pasolini. Una polémica de mediados de los setenta. Tenía un título, muy bello:
“Limitación de la historia e inmensidad del mundo rural. Carta abierta a Italo Calvino”, luego recogida en sus
Escritos corsarios. Pasolini negaba las acusaciones de añoranza de una “edad de oro” y una “Italita” inexistentes. Si se escarba un poco, esa edad de oro mítica, la que añoran los conservacionistas de la naturaleza en España, la de la ardilla viajera y volatinera que atravesaría la Península de copa en copa sin bajar al suelo, la de osos, lobos, linces y águilas, se puede situar como muy tarde, en los años sesenta del pasado siglo, pasado lo peor de la posguerra civil, pero cuando aún no había arribado el desarrollismo ni el milagro económico español, cuando, sí: no había especiales destrozos ni urbanizaciones ni obras públicas polémicas, pero los pueblos se vaciaban de sus habitantes, carne de emigración, y el centro de España se convertía en ese atolón de demografía desertizada, con un centro madrileño y unos bordes costeros de hacinamiento, mientras las “aguas” de las tierras de Soria o Guadalajara permanecían quietas y vacías. ¿Un escenario deseable? Según se mire y quién lo mire.
Los neo cazadores urbanitas actuales van ahora disfrazados de cuerpos de elite de la Guerra en Chechenia, pero para recibir su licencia de caza precisan de un examen del cazador donde se les pregunta por las especies protegidas y otras limitaciones necesarias. Quizás habría que implantar un examen análogo para domingueros y urbanitas de fin de semana. Bastaría que leyeran algunos manuales de ecología rural como las novelas
Las ratas o
El camino de
Miguel Delibes[2], o la espléndida trilogía de la tierra de
John Berger[3], o que redescubrieran al premio Nobel islandés
Harold Ladnex[4]. O a Pasolini en su polémica con Calvino. Para empezar el cineasta y poeta niega la mayor:
“¿Añorar yo nuestra ‘Italita’? (…) La ‘Italita’ es pequeño burguesa, fascista, democristiana; es provinciana y está al margen de la historia; su cultura es un humanismo escolar formal y vulgar.¿Pretendes que yo añore todo eso?”
Lo que Pasolini añora, y lo explica muy bien, no es el pasado, sino lo que antes llamábamos “mundo rural” (y hoy, “Naturaleza”). No reclama ninguna máquina para viajar en el tiempo, sino respeto para mantener ciertas huellas substanciales del pasado. Otro italiano,
Chilanti, dio con un término acertadísimo la “edad del pan”: consumidores de lo estrictamente necesario, absentistas de lo superfluo y del lujo, practicantes de pobres y precarias, pero quizá necesarias vidas. Añade Pasolini: “
El que yo añore o deje de añorar ese universo campesino es asunto mío. Lo que no impide de ninguna manera que yo ejerza mi crítica del mundo actual ‘tal como es’: pudiendo hacerlo más lúcidamente al sentirme desvinculado y al aceptar sólo estoicamente vivir en él”.
Julián Rodríguez sigue la estela de Unamuno en su Cultivos cuando escribe: “
Me gusta la tierra, pero no me gusta trabajar en ella. Creo que nadie en sus cabales, excepción hecha de la generación de mi padre, puede gustarle este trabajo. Es un trabajo demasiado duro.” La pregunta es ¿qué añoramos entonces y qué debemos conservar de ese mundo rural tan poco idílico en cuanto escarbamos un poco, como esos niños urbanos en su “nido de vacas"? O bien, ¿es el mundo rural sólo de los campesinos y de los que lo “saben” apreciar (de mí, vaya)? ¿La generación de nuestros padres es la última generación del mundo rural, los campesinos europeos son nuestros yamomanis, una tribu y una cultura en extinción? Hay muchas ‘Italitas’ poco dignas de admiración; por ejemplo, las ‘Españitas' de
Malraux , o la de
Orwell, las Españas fascistas antes del fascismo nominal, la España latifundista antes de que
Malefakis inventara el término peyorativo (El mayor latifundio de Estados Unidos es el King Ranch de la multinacional de las hamburguesas. El mayor latifundio de Europa está en España: La Almoraima, en la Baja Andalucía, de tamaño similar al rancho tejano). Aquellos hombres no vivían ninguna edad de oro, sino esa edad del pan. Año de hambre, pan de bellotas (pà de angla, en provenzal), decían los antiguos.
Pasolini reclamaba su derecho a romper las paredes de esa ‘Italita’ y asomarse a otros mundos:
“el mundo del campo, el mundo subproletario y el mundo obrero.(…) El universo campesino es un universo trasnacional: que no reconoce a las naciones. Es el residuo de una civilización precedente (o de un cúmulo de civilizaciones anteriores todas ellas muy análogas entre sí), dominado la clase dominante (nacionalista) dicho residuo según sus propios intereses y sus propios fines políticos". En España, dicha clase dominante, con la complicidad de pequeños y míseros y amnésicos nuevos "ricos" endeudados en hipotecas, es la que ha vendido este país del duro y hermoso pasado por parcelas, lo ha cementado y asfaltado, y todo ello al grito de amor por su nación que no es la mía, desde luego.