El nombre de Dios
El empeño idiota por demostrar científicamente la existencia de Dios sólo es equiparable al de intentar demostrar científicamente su inexistencia, y hay que decir que últimamente –
Dawkins, Watson- proliferan estos últimos. En el caso de que exista el libro
La nube del desconocimiento de un místico anónimo que cita
Don DeLillo, que escribía allá por el siglo de la gran peste negra, XIV más o menos, habría que retener una frase del comienzo:
“Detente un instante, miserable piltrafa, y repasa lo que ha sido tu vida”. Lo que la distingue de otras admonitorias llamadas al examen de conciencia, al margen del saludable y familiar trato interpelativo, que me encanta: “miserable piltrafa”, y que somos todos nosotros, queridos lectores y blogueros todos, y de la llamada a la pausa y el inventario, se puede empezar a pensar en Dios, a falta de cosas mejores, como un secreto, como hace el monoteísmo para mí más sofisticado, también el más antiguo, el judaísmo. Dios como un “largo y oscuro túnel”. Nuestra simpleza (es un decir) frente a la enormidad del rostro de Dios. Ahora, intentemos aproximarnos a Dios a través de su secreto, de su incognoscibilidad; apliquemos una teología cuántica relativista, una teoría de supercuerdas adecuada al problema. Dejemos a los optimistas la idea de aproximarse a Dios a través del amor o la oración o del LSD, porque, unos y otros, una cosa está clara: no podemos conocerle a través del intelecto. Podemos llegar a conocer la mente a través de la mente, los neurocientíficos andan en ello, el continente a través del contenido, el todo a partir de las partes del todo, pero a Dios no. Hay que aprender a respetar el poder del secreto. Respetar a Dios no es hacer fiesta según un absurdo calendario, sino respetar su secreto, aproximarse a Él a través de ese secreto, a través de su carácter de no creado, porque a nosotros nos hacen, nos crean. Dios no está hecho. El espacio quizá sí, el tiempo, también, pero Dios no. Ni le conocemos ni le afirmamos, porque cómo podemos pretender el conocimiento de un ser semejante. Vengan filósofos alemanes a resolver esta cuestión. Así que La nube recomienda desarrollar la única pretensión de búsqueda razonable, a través y en torno de esa única palabra, una única palabra que no es “Dios”, porque esa la hemos gastado en ferias. Qué palabra, cuál palabra. No lo sé, pero con esa única palabra –no los mil rebuscados e ignotos nombres de Dios-, sino una, se elimina toda distracción, se nos centra la búsqueda y la aproximación a la inaprensible identidad de Dios.
¿Qué palabra?, quizá “amor”; no, demasiado sentimental, indefensa y gastada.
“Ayuda”, también indefensa, y además patética y gastada igualmente. Pero Nick Shay, el personaje de
Submundo de Don DeLillo, propone la versión en italiano: AIUTO, se debe pronunciar como un lobo aullando a la luna (a Dios en realidad): "Aiii-uuu-to".
O sino, la propuesta de otro místico español y no anónimo,
San Juan de la Cruz:
“todo y nada”En realidad se trata de intentar evadir el fiero dictamen de
Wittgenstein: Cuando oigo a hombres inteligentes hablar sobre Dios, pienso que “si las pulgas tuvieran rituales, serían sobre los perros.” Las religiones son profecías auto cumplidas, con lo que eso tiene de trampa intelectual, lo señalaba el propio
Libro de Job: “porque si tengo miedo, me acaece, y me sucede lo que temo”.
Ateismo pedagógico
Desde mi óptica, la de un ateo trascendente inmerso en una cultura mediterránea, o al menos latina y por ende católica, los intentos del biólogo y excelente divulgador inglés
Richard Dawkins[1] y el filósofo francés
Michel Onfray[2] de practicar una suerte de proselitismo ateo me podrían parecer algo superfluos por no decir patéticos. Sin embargo, el asunto no es tan simple. En realidad la cosa sí sería sencilla si la ciencia y la filosofía, como disciplinas racionales del saber, dejarán a su aire los intentos consoladores de los irracionalismos trascendentes, con las religiones tradicionales a la cabeza aunque no las únicas. El problema es que esas religiones no se limitan a defender su fe, esto es, la defensa de unos planteamientos que la exigen, puesto que no son racionales como dogmas, aunque en parte sí como expresión de unas necesidades, el aludido deseo de trascendencia, el miedo a la muerte, la negación de la pura y mera extinción, entre los mayores. Y no se limitan porque, de un lado, pretenden rivalizar y hasta desautorizar la racionalidad positivista que nos viene desde la Ilustración, anteponiendo a “hechos” bien establecidos, como la evolución por selección natural, invenciones como el mal llamado Diseño Inteligente. Debería limitarse afirmar que creen a pies juntillas en el relato del Génesis y punto. Y en segundo lugar, porque no se conforman con organizar los ritos y prácticas y creencias de sus propias religiones sino que se entrometen en la vida de todas las personas, creyentes o no y de los estados laicos que las acogen. En ese sentido, la labor pedagógica de filósofo y biólogo no nos puede parecer tan olímpicamente superflua, pues es una tarea de desintoxicación.
Aunque sólo hay una cosa casi tan tonta como la búsqueda “científica” de Dios (o del alma) y es la pretendida demostración “científica” de su inexistencia. No olvidemos que el blasfemo y el orante interpelan igualmente a Dios.
[1] Richard Dawkins:
El espejismo de Dios (The God Deilusion) 2007/2006
[2] Michel Onfray:
Tratado de ateología, 2008