



Cada cierto tiempo los suplementos dominicales se quedan sin temas; es decir, más o menos de semana en semana, o eso creen los poco imaginativos jefes de redacción, y sacan el típico reportaje sobre las manías de los escritores: que si escriben de pie, con pluma, con una máquina de escribir de las de antes, con lápiz muy afilado, en cuartillas de papel amarillo, con estilográfica/pluma fuente, en una habitación sin ventanas, con un gato de escayola sobre el escritorio, ante un ventanal que mira al jardín o al huerto de hierbas de cocina, al cementerio de los herejes, etc., etc., y bla, bla, bla. Chorradas, manías sin interés.
En cambio casi nadie menciona la muy constatada costumbre de los escritores de irse a morir a Suiza, mientras cobran sustanciosos derechos de autor.
Joyce murió en Suiza. (En Zurich, de peritonitis a causa de una úlcera de duodeno)
Borges murió en Suiza (En Ginebra, de cáncer hepático)
Georges Simenon, (En Lausana, por causas desconocidas, aunque ya tenía 87 años
Graham Greene (En Vevey),
Patricia Higshtmith (En Locarno, se desconocen las causas, aunque se especuló con la leucemia),
Vladimir Nabokov (En Montreux),
Todos murieron en Suiza. Es una costumbre de las altas inteligencias literarias, de los grandes talentos con “posibles” al final de sus días eso de irse a morir a Suiza. En las cercanías de Amboseli, en Kenia, está el famoso cementerio de elefantes que buscaba Steward Granger en una peli (aunque puede que fueran las minas del rey Salomón), y junto a Ginebra está el cementerio más atestado de plumíferos del mundo: un "cementario de textos" (perdóname Gila, estés donde estés).
En un cuento de Ramón Eder[1] se menciona que tal coincidencia se debe en realidad a una conjura, aunque el cuento no explica en realidad por qué tantos escritores prodigiosos van a morir a Suiza. Deja en el aire lo de la conspiración, pero no importa, porque el breve relato crea una atmósfera, una intimidad a la que no conviene pedir explicaciones, y esa es su virtud y su calidad. Es lo que es.
Para empezar, en Suiza también mueren artistas plásticos, pintores y escultores, banqueros, claro, y la mayoría de los suizos, incluso sé de buena fuente que hasta un mendigo murió de frío unas navidades (lo increíble no es morir de frío en Suiza en invierno, sino que hubiera un mendigo en las calles impolutas de alguna de sus asépticas ciudades), pero centrémonos en los escritores.
Confieso que yo sí que ya sabía, antes de leer a Eder, por qué tantos ilustres escritores van a morir a Suiza. Para ello me bastó emplear el viejo y casi infalible sistema de reducción al absurdo: pongámonos en el pellejo de cualquiera de ellos y hagámonos otra pregunta: ¿elegiría usted para morir Somalia o Camerún o Bangladesh o Haití o…? si pudiera elegir. Porque nadie elige morir cruzando el estrecho en embarcaciones que se caen a cachos; se la juegan porque no les queda otra. Pero a Suiza no se puede ir a malvivir en patera, sino a vivir de las rentas de algún talento; esto es, remedando al maestro Gil de Biedma, como nobles arruinados (lo justo para pagar la cuenta del bar) entre las ruinas de sus inteligencias.
Podría pensarse que Suiza no sólo es ese detestable país que inventó el reloj de cuco (mentira, fueron los austriacos) y el chocolate con leche (los belgas), los depósitos bancarios opacos y los hospitales para la gerontocracia mundial, sino que además es insano, lo que no es cierto, más bien al revés, no convienen liarse con las causas y los efectos. O cambiarlos de orden. No, Suiza lo que tiene es confort, para cualquiera que lo pueda pagar, seas un pasmosamente erudito bibliotecario argentino ciego, una lesbiana tejana con talento para que confundas el bien con el mal y viceversa, un ruso blanco políglota y lepidopterólogo o un putero belga y grafómano. Confort entendido como lo definía Ambrose Bierce: “Estado de ánimo producido por la desgracia ajena”.
Ahora bien: si tú eres un joven con talento literario y empiezas a tener obra publicada te recomiendo –escucha, Clavadista- que no te acerques a Suiza conforme vayas cumpliendo años, que el tiempo pasa volando.
[1] Cementerio de elefantes, incluido en su libro La mitad es más que el todo









