29/09/2008

Jóvenes escritores: ¡alejaos de Suiza! (y si sois viejos, más aún)











(Mis fans, quizás miles aunque lo ignoro, me piden cosas más ligeras que los posts anteriores, y yo estoy aquí para complacer)

Cada cierto tiempo los suplementos dominicales se quedan sin temas; es decir, más o menos de semana en semana, o eso creen los poco imaginativos jefes de redacción, y sacan el típico reportaje sobre las manías de los escritores: que si escriben de pie, con pluma, con una máquina de escribir de las de antes, con lápiz muy afilado, en cuartillas de papel amarillo, con estilográfica/pluma fuente, en una habitación sin ventanas, con un gato de escayola sobre el escritorio, ante un ventanal que mira al jardín o al huerto de hierbas de cocina, al cementerio de los herejes, etc., etc., y bla, bla, bla. Chorradas, manías sin interés.

En cambio casi nadie menciona la muy constatada costumbre de los escritores de irse a morir a Suiza, mientras cobran sustanciosos derechos de autor.


Joyce murió en Suiza. (En Zurich, de peritonitis a causa de una úlcera de duodeno)

Borges murió en Suiza (En Ginebra, de cáncer hepático)

Georges Simenon, (En Lausana, por causas desconocidas, aunque ya tenía 87 años

Graham Greene (En Vevey),

Patricia Higshtmith (En Locarno, se desconocen las causas, aunque se especuló con la leucemia),

Vladimir Nabokov (En Montreux),

Todos murieron en Suiza. Es una costumbre de las altas inteligencias literarias, de los grandes talentos con “posibles” al final de sus días eso de irse a morir a Suiza. En las cercanías de Amboseli, en Kenia, está el famoso cementerio de elefantes que buscaba Steward Granger en una peli (aunque puede que fueran las minas del rey Salomón), y junto a Ginebra está el cementerio más atestado de plumíferos del mundo: un "cementario de textos" (perdóname Gila, estés donde estés).

En un cuento de Ramón Eder[1] se menciona que tal coincidencia se debe en realidad a una conjura, aunque el cuento no explica en realidad por qué tantos escritores prodigiosos van a morir a Suiza. Deja en el aire lo de la conspiración, pero no importa, porque el breve relato crea una atmósfera, una intimidad a la que no conviene pedir explicaciones, y esa es su virtud y su calidad. Es lo que es.

Para empezar, en Suiza también mueren artistas plásticos, pintores y escultores, banqueros, claro, y la mayoría de los suizos, incluso sé de buena fuente que hasta un mendigo murió de frío unas navidades (lo increíble no es morir de frío en Suiza en invierno, sino que hubiera un mendigo en las calles impolutas de alguna de sus asépticas ciudades), pero centrémonos en los escritores.

Confieso que yo sí que ya sabía, antes de leer a Eder, por qué tantos ilustres escritores van a morir a Suiza. Para ello me bastó emplear el viejo y casi infalible sistema de reducción al absurdo: pongámonos en el pellejo de cualquiera de ellos y hagámonos otra pregunta: ¿elegiría usted para morir Somalia o Camerún o Bangladesh o Haití o…? si pudiera elegir. Porque nadie elige morir cruzando el estrecho en embarcaciones que se caen a cachos; se la juegan porque no les queda otra. Pero a Suiza no se puede ir a malvivir en patera, sino a vivir de las rentas de algún talento; esto es, remedando al maestro Gil de Biedma, como nobles arruinados (lo justo para pagar la cuenta del bar) entre las ruinas de sus inteligencias.

Podría pensarse que Suiza no sólo es ese detestable país que inventó el reloj de cuco (mentira, fueron los austriacos) y el chocolate con leche (los belgas), los depósitos bancarios opacos y los hospitales para la gerontocracia mundial, sino que además es insano, lo que no es cierto, más bien al revés, no convienen liarse con las causas y los efectos. O cambiarlos de orden. No, Suiza lo que tiene es confort, para cualquiera que lo pueda pagar, seas un pasmosamente erudito bibliotecario argentino ciego, una lesbiana tejana con talento para que confundas el bien con el mal y viceversa, un ruso blanco políglota y lepidopterólogo o un putero belga y grafómano. Confort entendido como lo definía Ambrose Bierce: “Estado de ánimo producido por la desgracia ajena”.

Ahora bien: si tú eres un joven con talento literario y empiezas a tener obra publicada te recomiendo –escucha, Clavadista- que no te acerques a Suiza conforme vayas cumpliendo años, que el tiempo pasa volando.
[1] Cementerio de elefantes, incluido en su libro La mitad es más que el todo

26/09/2008

La vulgaridad (y la crisis, y las almas bellas)


Me están saliendo unas estupendas patas de gallo, pero no son fruto de sonreír, sino de esforzar la vista. Alzo los ojos con temor reverente a la par que esperanzado hacia los últimos pisos de los rascacielos (¡vaya palabra antigua!, peor que dolmen o menhir), y con cierta decepción, lo admito, por más que escruto ilusionado/acojonado no veo caer financieros agarrados a su maletín y a su móvil.


Yo, como Robert Graves y como Juliano El Apostata, prefiero el buen latín pagano al mal latín de párroco. Así que os pregunto “ultram bibis? -y al ver vuestra cara de pasmo aclaro: “Aquam an undam? ¿Qué, nada?


Lo bueno que tienen las lenguas muertas, como el latín, el griego o el eusquera que no sea batúa es que nadie puede ya matarlas, por definición, aunque sí abusar de ellas, pobres, sin que se defiendan. “¿Qué es lo que bebes, el agua o la ola?” Bonito, ¿eh? No es mío, desde luego, pero mía es la intención. Os pregunto, queridos, improbables, habituales, raros lectores: “¿que os bebéis, el agua o la ola?”. Sí: estoy meditabundo, como Rocinante, aunque yo sí como; así que la pregunta no es textual pero tampoco retórica, más bien metafórica. Hablando en plata (otra metáfora; andad: probad a hablar o escribir sin metáforas, aunque sea el manual de instrucciones de un botón y un ojal): os estoy preguntando si os consideráis o no vulgares.

Nadie lo admite. Se puede aceptar con desenfado estar gordo o no ser guapo, pero jamás ser tonto o ser vulgar. ¿Por qué será?

Ser prosaico no es lo mismo que ser vulgar, así que, sin complejos, alguno dirá (¿os acordáis de la pregunta o ya os habéis perdido?): “el agua, el agua”, sin reparar que es salada y por tanto no potable.

Y el exquisito dirá, “la ola, la ola”, como si fuera un locutor pijo retransmitiendo un pijo partido de tenis.

Y tú, ¿te bebes la ola?, amos anda. Ya se le ha visto el plumero a los esnobs y a los dandis, que como siempre han tomado este asunto por un precepto, cuando se trata de un espejo.

Vaya, en realidad, potable o no, todos nos bebemos ambas cosas en distintas proporciones, pero conviene hacerse la preguntita de vez en cuando. También valen estas otras pruebas “del nueve”. Atentos:



1) Ves una foto de una tumultuosa muchedumbre (¿redundancia? puede, pero me mola) de campesinos chinos (date prisa, porque -lo pronostico- dentro de nada sólo los habrá en el National Geographic). O bien:
2) Contemplas un desfile militar. O si no:
3) Ojeas un periodicucho gratuito atestado de anuncios de porquerías fabricadas en masa. O tal vez:
4) Contemplas esas mismas porquerías expuestas a la venta en unos grandes almacenes. Si no es que:
5) Meditas sobre los horrores de la “pax americana” (más latín anacrónico, porque lo de “americana”, en fin…)

En realidad lo que os pido es que reflexionéis –es decir: que hagáis flexiones con las neuronas- sobre una civilización condenada a vivir siglos y siglos (bueno, exagero, esto no va a durar ni tres telediarios) de mediocridad por culpa de la superpoblación combinada explosivamente con la falta de educación (no hablo de modales, pero tampoco de ir al cole, ¿nos entendemos?).

Pues bien, si al contemplar y hasta enfrentaros a tanta escasez de espacio y a tantísima carencia de encanto os tenéis que escapar a un mundo poblado por châteaux con jardines y salas de música con clavicordios es que os bebéis la ola, so mamones. Para el resto de la plebe sólo nos queda el agua, y encima, salada.

Sobrevivir va a ser una vulgaridad, ya lo es, y darse la vidorra una cuestión de beberse literal y no metafóricamente la ola, la ostra con la perla, el bacalao al pil pil y de paso al pescador de Terranova, o como quiera llamársele al asunto esencial (la última y más ocurrentemente cínica es…sostenibilidad que sustituye a otra de cierto éxito: ecológico), arramblar con lo esencial y lo accesorio (de moda) a costa de los demás, como siempre ha pasado, como hacen los grandes cerebros financieros que han montado la que han montado y que vamos a solucionar entre todos los demás. Privatizar beneficicios, repartir inconvenientes; eh aquí la ley no escrita, pero de inexorable cumplimiento.

Luego están los que sólo se beben la ola metafóricamente, los que se conocen esa playa aún sin edificar, los que comen tomates de huerta, mantienen refugios al margen de modas, viajan por su cuenta (y riesgo, mucho riesgo). Los que tienen jarrones con flores convencidos de que no hace falta que sean de Sevres los unos y orquídeas las otras, que incluso quedan mejor los de alfarería popular con flores silvestres ¡Pobres almas bellas! Vamos de culo.


CODA

Esos châteaux con jardines y orangeries, y salas de música con clavicordios están edificados sobre un corazón de tinieblas de todos los Congos de este injusto mundo. Los pobretones no son un resultado inesperado del sistema, sino parte esencial del mismo. Y nos plantean un falso dilema: ¿injusticia o vulgaridad? Porque está claro que ciertos igualitarismos (que siempre terminan con unos pocos mucho más “iguales” que el resto, repartiendo dachas y fusilando con cierta capacidad discriminatoria) acaban con los châteaux o los reservan para uso de esos que son más iguales que el resto, pero acabar con la vulgaridad es distinto de imponérsela a todos. El Imperio Americano, El Imperio Contraataca, El Imperio del Mal, El Imperio de los sentidos, El Reino del Consumo, Ya es Primavera en la Unión Soviética… y todos los demás emporios pasados y presentes, sólo se diferencian en el toque más monástico o más fardón, pero todos, unos y otros, pretenden acabar con la vulgaridad imponiéndonosla a todos.

(Para Rocío y Angelito, con los que compartí hace casi veinte años una orangerie, aunque no eramos naranjos, sino alcornoques)

24/09/2008

Antonio Estevan


Me temo que son mayoría los que siguen creyendo en elementales universos estancos y en simples tiempos lineales, prosaicamente cronológicos o diacrónicos; que se niegan a admitir lo que no sale en la tele, y no estoy hablando en metáforas, y lo avalan con su comportamiento, propio de un Medioevo sin su simbólica sutileza. Participan de un anacronismo peor que el de creer en una Tierra plana. Escuchan a profetas sin credenciales, a oráculos idiotas. Los peores somos tal vez los semicultos, como los que barren la puerta de su casa y creen que su ejemplo no sólo cundirá sino que dejará esplendoroso el planeta. O los que creen a pies juntillas en la amenaza del C02, pero ignoran las Armas Financieras de Destrucción Masiva.

Por supuesto mentes tan básicas también ignoran que a todos nosotros nos inventó hace más de cuatro siglos William Shakespeare en otro universo más distante, más avanzado y paralelo a este de los videojuegos y los teléfonos móviles. Lo de que nos inventó WS es opinión sustentada por el SPC (Sumo Pontífice Cultural) Harold Bloom, que por supuesto yo comparto[1]. Algunos lo estropean y explican que reflejó como nadie todas las eternas actitudes, pasiones y características de los seres humanos: es mucho más que eso, pero vale. Soy tolerante: me parece muy bien que usted crea que le creó otro Dios distinto del Bardo de Avon, pero estará al menos de acuerdo que a Macbeth sí que lo inventó. Pues bien, en el Acto V, Escena V es donde se suelta eso que luego utilizó Faulkner como título de una de sus novelas más famosas[2]:

“La vida no es más que una sombra en marcha; un mal actor que se pavonea y se agita una hora en el escenario y después no vuelve a saberse de él: es un cuento contado por un idiota, lleno de ruido y de furia, que no significa nada

Punto uno: Shakespeare era ateo como yo; estoy profundamente convencido, pero por obvias razones de elemental supervivencia “sólo” lo manifestaba en su prodigiosa obra y nunca explícitamente.

Punto dos: Macbeth era, es, un remoto rey medieval traído a este mundo desde ese otro prodigioso y sincrónico de WS, que algunos llaman renacentista o isabelino. Ese rey imaginado/creado, como cualquiera de nosotros, quería adelantar el tiempo para que su ambición se impusiera a la de los demás. Exactamente igual que casi cualquier político de hoy mismo. A mí, en cambio, menos ambicioso y más ingenuo, me gustaría retrasar el tiempo en muchas ocasiones.


Punto tres y final: a veces la hora en el escenario es aún más breve, como la de mi amigo Antonio, unos pocos meses mayor que yo, que murió el pasado viernes. Era mucho más inteligente que yo, más trabajador, más alto y hasta debía parecer más aseado, puesto que a él algunos le llamaban “El Limpio”, y a mí en cambio, "El Tostao". Como insistía Shakespeare, no hay que buscarle el menor sentido a su desaparición, pero…

Si estás por ahí, Antonio, en otro universo menos cutre que este, hazme sitio que ya iré.


[1] Harold Bloom: Shakespeare. La invención de lo humano
[2] El ruido y la furia

18/09/2008

Literatura costumbrista (el taquillerillo valiente)


(La imagen de arriba pertenece a la página flickr.com/photos/aticolunatico/178136917 ; la de abajo a unos judios muy listos y al pacífico león Daniel, creo que se llamaba, tan famoso como el chimpancé Chita, aunque más anónimo)



Uno

Se levantó, se atusó la perilla, cogió sus flamantes Ray-Ban de pasta (una pasta), y se colocó el uniforme, no se duchó y bajó directamente al bar de abajo a tomarse su café con leche tibia y churros y su copa de chinchón con hielo. Y se metió al metro para ir, gratis, a la estación que esa semana le habían asignado. Allí se encontró con el capullo de su compañero con el que se puso a hablar del último partido de fútbol. Le amargó un poco que el otro le comentase que le venían el pantalón y la camisa estrechos: “¿ya no vas al gimnasio?; te estás poniendo de buen año”. “Gilipollas”, pensó, pero no dijo nada. Y en eso, cuando estaba acabando el turno y ya estaba pensando en coger el móvil y llamar a la titi de la disco, empezó la bronca: el taquillero, por un lado, un niño pequeño y la madre sudacas, por el otro. Que se apañen, no es asunto nuestro, pero es entretenido mirar, joder, ¡cómo se ha puesto el tío! Y en esto que vienen dos neonazis de esos cachas, anda si uno es el Landi, ese que quiere ingresar en la empresa. Por eso, les saludan como si fueran colegas y se saltan la barra del metro sin pagar. Bueno, mejor no tenerla, que esos sí que están en forma, y seguir disfrutando del espectáculo, gratis, como el billete de metro.



Dos

No sabe cómo decirle a la parienta que deberían comprarse dos camas para dormir más cómodos, ahora que los hijos han crecido y ellos ya no practican casi sexo; al menos entre sí; por supuesto su mujer ya no le gusta nada, no le gusta desde hace más de veinte años, cuando se quedó embarazada del primero, pero tiene algunas virtudes, como la de ser una tía como las de antes, que jamás le replica, le aguanta su mal humor y le tiene como un rey la ropa y además cocina de puta madre, y cuando quiere una tía de verdad y con las carnes duras se paga una chavala, que ahora con la competencia de las inmigrantes están bien baratas.

Se duchó después de almorzar tarde en la mesita de la cocina bajo la mirada atenta de su mujer, de pie detrás de él con el cafelito ya preparado. Luego se colocó el uniforme recién planchado y se metió en el metro –gratis, para eso era un empleado- y llegó a tiempo del turno de tarde para relevar al compañero que le abrió la garita blindada y le ayudó a colocar por fuera del cristal el cartel con las nuevas tarifas. Se agradece, porque, a pesar de los años, le sigue poniendo de muy mala leche tener que trabajar en domingo.

Y en eso que llega la gachí esa con el niño a rastras, el primer cliente y ya se la organiza: le intenta comprar el bono con la tarifa antigua en monedas que parece haber recogido a la puerta de una iglesia, aunque más que de pedigüeña tiene pinta de puta porque está buena la jodía, pero mírala, ya la hizo un niño alguno en su tierra. Allí debían volverse todas y todos, menos las putas, claro, y aunque el cartel recién colocado está bien a la vista. ¡El cartel; anda Dios! Y en esto que ve como el cartel se desplaza solo, ¿solo?: es el puto niño que lo anda tocando y ya le ha soltado el papel de celo de uno de los lados. La madre le está volviendo loco con sus moneditas y sus preguntas de cuando han subido las tarifas, y ahí está el puto bastardo enano de puntillas jodiendo la información relevante. Y eso sí que no, se sulfuró, claro, abrió la puerta blindada y le dijo al cabroncete que lo iba a denunciar. Por el rabillo del ojo vio a los seguratas, apoyados sobre las portillas de entrada mirando como si esto fuera un espectáculo gratuito. Esos sí que no dan golpe y tienen un trabajo descansado. Dos veces, dos le han atracado y jamás están cuando se les necesita, pero este asunto lo puede solucionar solo, aunque el reglamentto, precisamente para prevenir atracos, prohibe salir fuera de la garita. Así que la dejó bien claro que no iba a dejar que le jodieran el día nada más comenzar. Mereció la pena, les cantó las cuarenta, se desahogó, no te jode. Así que la tía agarró al niño, como si creyera que le iba yo a dar una hostia, y a lo mejor sí, porque ya uno está hasta los huevos, y salió corriendo hacia la salida. Pues no tendría necesidad de ir a ningún sitio o sí. Tenía buen culo, la jodía, pero seguro que hoy llega tarde al trabajo de mierda que tenga.


Tres

Tania despertó a Rubén de la siesta después de haberse arreglado ella. Se notaba guapa y además era su primer día de trabajo y le tocaba un domingo por la tarde y esta vez no había conseguido que nadie le cuidase al chico, así que se lo llevaría con ella. Tenía que comprar el abono, que salía más barato, pero iba con tiempo de sobra y llevaba el dinero justo en monedas ya preparado. Era importante llegar temprano y causar buena impresión.

***************


“El pasado domingo 7 de septiembre, a las 18.15, vi una violenta escena en la estación de Príncipe Pío. El empleado de la taquilla del Metro había salido de la misma y estaba gritando alaridos a un niño de unos seis años. Al pasar por su lado oí que le decía al niño “¡Como vuelvas a tocar el cartel te denuncio!” Al parecer, el niño había estado moviendo el cartel de tarifas de sitio, jugando. Su madre le abrazaba e intentaba alejarle de la escena. El sujeto gritador era de unos 50 años y tenía el rostro desencajado de ira. El niño y su madre eran sudamericanos. Junto al señor de los gritos, se encontraban dos guardias de seguridad, uno de ellos con gafas de sol. Miraban la escena literalmente con los brazos cruzados y una media sonrisa, sin hacer nada.
Yo venía de la estación de Las Matas, donde los usuarios tuvimos que codearnos con tres sujetos con el disfraz nazi paramilitar: Cabezas rapadas, botas militares, pantalón de camuflaje, y esvásticas bien visibles cosidas en la cazadora. Oían música bien alta. La vigilancia de la estación y el jefe del andén los ignoraron.
Quizá son dos señales de por qué la delincuencia no disminuye en Madrid pese al dinero que nos saca Esperanza Aguirre para pagar la seguridad: El espíritu, la actitud neonazi, es cobarde y necesita un enemigo muy débil. Pero allí donde están los problemas a resolver, el neonazi no saca los músculos de gimnasio ni las gafas de sol, ni el carácter: Se esconde cual gallina hasta que alguien amaine el temporal. El domingo vi el nazismo y la cobardía. Dos caras de la misma moneda.-Alfredo Santaolalla. Madrid.”

Carta al director publicada el martes 16 de septiembre en el diario El País.

Todo parecido entre este apresurado relato y la realidad no es mera coincidencia. Es decir, el relato es lamentablemente verosímil, aun asumiendo mi torpeza literaria, pero la Carta al Director del señor Santaolalla que la inspiró estoy seguro que es verdad; lo que es bien distinto. He procurado, sin demorarme ni recrearme en exceso, probablemente echando demasiada mano de tópicos y prejuicios míos, recomponer una historia e inventado sólo en la medida en que mi torpe habilidad me lo exigía para la continuidad de la narración. Por supuesto, no piso terreno seguro en las escenas que describo, ni el niño ni su madre, los únicos que han merecido que les de nombre, probablemente no se llamen Tania y Rubén, pero algo muy semejante a la versión que doy de los acontecimientos debió haber ocurrido y, en todo caso, ahí está la carta tan auténtica como el hedor a mierda de las alcantarillas de esta sociedad de nuevos ricos en que vivimos con o sin crisis.


17/09/2008

La pregunta del mes


(Para mi amigo Euclides Perdomo, habitante de Amanadunu)

















Si es usted un topónimo o un gentilicio, ¡salga corriendo! porque...

...Un fantasma recorre Europa. Y Asia, África, Oceanía, América del Sur (O sea, que México de momento no, señores de El País y de la tele, que eso es Norteamérica: a ver si se lo aprenden de una puta vez). Una nueva moda está arramblando con los gentilicios (aunque nadie suponga que son tan inocentes como quieren parecer) y los topónimos donde aquellos habitan. Es un caso flagrante de cómo la imbecilidad invade los medios de intoxicación de masas (la tele) y de desinformación de listillos (la prensa escrita). Me explico.

Es muy aceptable que Rodesia se llame ahora Zimbabwe o Zimbabue, porque ponerle el nombre de un expoliador de minas y hombres, como Cecil Rhodes al territorio saqueado es mucho recochineo, aunque bastante habitual: como dice mi amigo Euclides Perdomo, todos los venerados pioneros parten del presupuesto de que llegan a territorios vacíos (de indígenas, sensum strictum), y como nunca lo están, pues los vacían antes, aunque a eso ahora lo llamen genocidio. Y Zimbabue, que creo que significa casa de piedra en bantú, es mucho más bonito.

Por otra parte, hacia la parte de Asia en concreto, con los chinos ya se sabe. Que qué se sabe? Dos cosas: que son todos iguales, salvo los que no, y que suenan a chino, esto es, que nadie sabe como pronunciar el chino salvo que se sea chino, lo que es bastante probable ya que son muchísimos -y lo de cambiar las erres por eles no cuela-. Así que es posible que Beijing suene más parecido a Pekín que Pekín, no sé si me explico, y Mao Zedong sea mejor trascripción fonética que Mao Tse-tung, ese gran líder que compartía alopecia y peluquero con Crosti el payaso de los Simpson y que al igual que los clásicos en piel de la editorial Aguilar, encuadernaba sus misales y catecismos en rojo, pero a mí me tiran los nombres de antes, tal como los aprendí de niño, y tienen que convencerme muy bien para que cambie, nunca así como así; es decir, porque lo ponga El País.





Soy tolerante. Pase que al bonito Ceilán haya que llamarle ahora Sry Lanka, o a Birmania, Mianmar y a Rangoon, la de Sir Raflles el matador de tigres, ahora se la llame Yangon, aunque algunas sean iniciativas de unos déspotas militares que no sé yo si sabrán de geografía y gramática más que de respeto a los derechos humanos. Al fin y al cabo ya nadie llama Cipango a Japón ni Los Madriles a Madrid (salvo algún lobotomizado) , igual que siguen llamando Barcelona al Parque Temático construido en su lugar para disfrute de turistas como Woody Allen.

Por esa resistencia mía al cambio, conservador que es uno. y porque en todas partes cuecen habas, yo sigo llamando Lérida a Lleida y Gerona a Girona sin ánimo de fastidiar (o sí, pero en buen plan) y además sólo lo hago cuando estoy hablando en castellano y no en catalán, y por la misma razón que digo Londres y no London cuando así mismo me estoy expresando en castellano. Pero todo tiene un límite (o no) porque (por fin, la pregunta del mes):

¿Alguien me pude decir por qué hemos empezado a llamar “ucranios” a los hasta hace como quien dice nada eran los "ucranianos": de Ucrania?

Y otra cuestión adyacente del futuro preocupantemente próximo: ¿quiere eso decir que dentro de poco a los georgianos de Georgia, que en paz descanse, o sea, en paz, les empezaremos a llamar “georgios”? (¿y a Tibilisi Georgio-bush?)





Pues yo, como sigan así voy a volver a llamar escitas a los búlgaros, y gallegos a los emigrantes vascos en la Argentina. Y a mí, me pueden llamar hispaniense (facción no nacionalista centrífugo), los lunes; extremadazo, por parte de abuelo materno, los miércoles; beturiense, por idem, los jueves; saldubense por la abuela materna, las fiestas de guardar; y ya, con menos motivos: teucro, ideo, dárdano y cosmonauta (navegante por el mundo) que es uno de los que más me gustan y probablemente menos disgusta a los demás. Pero mis mis favoritos ni siquiera creo merecerlos, porque sería como autotitularse "poeta", o "bueno", o "guapo" o "listo", que es algo que, en todo caso te tienen que llamar los demás, pero nunca tú a tí mismo. ¿Qué cuales son?:
asilvestrado, cimarrón y albarrano.

15/09/2008

Gremios e Imperios





Las historias “oficiales” de los imperios siempre son tendenciosas, sobre todo las que escriben los vencedores, pero también los vencidos; unas porque exageran torpe e innecesariamente los logros obvios, las otras, porque “maquillan” o incluso ocultan los desastres, que casi nunca se adaptan al evanescente concepto de gloria. Es el caso, por ejemplo, de la sorprendente prioridad cronológica de España en muchos de los descubrimiento de los Mares del Sur -si exceptuamos a polinesios y melanesios, que ya habían descubierto aquello siglos antes: por eso estaban allí-. Centrándonos pues sólo en los colonizadores, eso hace aún más misteriosa e interesante la razón del dominio final en ese extenso territorio acuoso por los ingleses, y secundariamente por los franceses y holandeses

Es más, si ampliamos la pregunta y somos capaces de guardar el patriotismo que todo lo deforma aumentando o reduciendo, si, por tanto, miramos desapasionadamente hacia la potencia que definitivamente sucedió a este nuestro soleado imperio; a Gran Bretaña, entonces nos sonará el tópico apresurado que dicta que fue el dominio sobre los mares el que fundamentó esa hegemonía. Y como todo tópico contienen grandes dosis de verdad; grandes, pero no toda la verdad. Si consultáis a los buenos historiadores navales; esto es, además de competentes hurgadores en archivos y legajos, que sepan también qué (no cómo, sino qué) era realmente un barco de aquellos y en qué consiste navegar, os dirán que en la época en que comenzó el declive del Impero español y se fundamentó el británico, nuestros barcos no eran inferiores en absoluto a los suyos y nuestros marinos eran tan competentes como los de ellos. No obstante, en aquel imperio español no sólo se empezó a poner el sol sino a tener goteras ¿Por qué?

Es más: a comienzos del siglo XVII Inglaterra contaba con una flota mucho más pequeña que la española, pero... las fuerzas navales inglesas estaban mejor organizadas, o más precisamente, lo estaban con menos rigidez que las españolas. Contra lo que se cree, en esos momentos –y no más tarde, cuando la tecnología náutica inglesa, como la armamentista norteamericana hoy, avanzó por encima del resto- no era fácil distinguir un galeón inglés de uno español, ni tampoco sus armamentos, que eran más o menos los mismos, ni la pericia como navegantes de unos y otros o su habilidad como combatientes; de hecho, los soldados españoles eran los más disciplinados y mejor entrenados del mundo en ese entonces. Pero esos mismos excelentes soldados imperiales desdeñaban el trabajo que navegar exigía. Los oficiales navales y los militares estaban casi siempre en desacuerdo así que cuanto mayor era la embarcación, cuanto más poderosa naval y militarmente, más grades eran la desconfianza y la confusión. Por el contrario, en la armada inglesa las artes de la navegación y de la guerra o el combate estaban íntimamente armonizadas y los mismos hombres que ceñían una escota o arriaban una gavia eran los que empuñaban los mosquetes o rechazaban un abordaje cuando "tocaba".

Cada vez que en una Administración, pero no sólo, un funcionario, aunque no siempre, me dice que eso que deseo no es de su departamento; es decir, que no es “competente”, me doy cuenta de por qué Australia pertenece a la Commonwealth y no, por vía de don Álvaro de Mendaña, a Perú que está más cerca que Inglaterra de ella y llegó antes cuando era un virreinato español. Gracias a la flexibilidad en el trabajo bien hecho y la ausencia de tontas, gremiales y corporativistas especializaciones. Hoy a eso se le llama trabajo en red, aunque era y es trabajo a bordo.

Lo deja muy claro Robert Graves, el poeta, novelista y erudito greco latino que se afincó en Mallorca, el famoso autor de novelas de “romanos” como Yo Claudio, en la novela Las Islas de la Imprudencia que he releído este verano. Refleja muy bien el enfrentamiento entre el almirante de la flota española camino de las Islas Salomón, que había “descubierto” en una expedición anterior y que quedaron bajo dominio inglés, y descubridor también de las Islas Marquesas -luego Polinesia francesa-, Don Álvaro de Mendaña y Castro, y el coronel jefe de las fuerzas militares y las tropas a bordo, don Pedro Merino de Manrique.


Si Gibbon necesitó cinco tomazos para explicar la decadencia y caída del Imperio Romano, no voy a pretender yo algo similar en cuatro párrafos improvisados, pero creo que contienen una parte no desdeñable de la siempre compleja verdad histórica. Si no te hablas con tu compañero de trabajo...

11/09/2008

El Gran Dios y el pequeño yo

(Vanbrugh: me he mudado aquí)



A tenor de esta última y grata polémica con mi amigo Vanbrugh en torno a un tema menor, Dios en concreto, me veo en la obligación de comentar que parte de mi animosidad por esa idea y por los monoteísmos se debe a que creo ser muy consciente del papel que juegan ideas nada contrastables (¿falsables?) como Dios, patria, honor, etcétera. Esas ideas han causado mucho sufrimiento y han hecho correr mucha sangre. Apestan. Pero es que además, cuando se aplican para pretende explicar las grandes decisiones de la historia; por ejemplo, la invasión rusa de Georgia de ahora mismo, invocándolas para llevar a la muerte a gentes de ambos bandos, no sólo se miente; es aún peor. Por decirlo de otro modo: los dados están cargados (las razones son otras que las invocadas, acordaros de la última invasión estadounidense de Irak y las famosas armas de destrucción masiva), pero el veneno (los muertos que causan) es bien real. Repito: los dados están cargados en todas las religiones de Dios único, pero el veneno es real.

Desde el punto de vista estético, además, los monoteísmos, frente a los politeísmos y panteísmos y demás paganismos agradables, me producen el mismo rechazo que cierta poesía moderna: no se puede pretender matar diez significados con un solo símbolo.

Si las palabras no se usan bien y honestamente, como suele suceder por ejemplo pero no sólo con los políticos…si no se usan para nombrar las cosas, describir los fenómenos o las dudas e intentar plausibles aproximaciones a la verdad, el mundo será mucho peor. Claro, soy tan ingenuo que pienso que las palabras están hechas para decir la verdad; seré zoquete. Lo que sí soy es ateo, por la gracia de Dios.

Dios y la ciencia...de los bosones (o los bosones de Dios, que viene a ser lo mismo)




He esperado prudentemente a hoy para ver si se acababa el mundo. Como muchos sabréis ayer se iniciaba el funcionamiento del superacelerador de hadrones con el objetivo de hallar el bosón de Higgs, una partícula elemental que parece hallarse –por ahora- en el umbral más ínfimo de la materia. El llamado campo de Higgs es una forma de energía (¡otra más!) que impregna todo el espacio y… ¡confiere masa a las partículas! Pero, ¿la masa no era una propiedad intrínseca de las cosas materiales, partículas incluidas? Parece que no, pero, por favor, no hagamos preguntas retóricas (que llevan implícitas las respuestas) ni las opuestas (que no la llevan ni, lo que es peor, pueden llevarla, ni implícita ni explícita). Hace tiempo que la física avanzada no sólo dejó de ser intuitivamente aprensible para una mente medianamente sensata, sino que se parece sospechosamente a lo contrario. La mecánica cuántica, por ejemplo excelso, es precisamente lo contrario de lo que nos dicta la intuición y los sentidos y meterse en ella es como adentrarse en los surrealismos absurdos de Alicia en el País de las Maravillas –fruto a su vez, no lo olvidemos, de un matemático amablemente pedófilo llamado Lewis Carroll-.

Sin ese misterioso campo de Higgs hasta las ballenas azules y los sequoyas de cincuenta metros serían livianos como fotones; tú y yo, también. Pero, eso sí, nos moveríamos a la velocidad de la luz, como el fotón. El LHC (Large Hadron Collider o Gran Colisionador de hadrones) de Ginebra tiene como principal aunque no único objetivo el de encontrar el bosón de Higgs, apodado “la partícula de Dios” por el Nobel Sheldon Glasgow. El llamado modelo estándar con el que los físicos intentan describir el mundo subatómico predice su existencia, no me preguntéis cómo: las ecuaciones lo dicen y punto en boca, en caso de que tengamos boca y en esto, los profanos, me temo no la tenemos; o sí, pero ya se verá cómo. El caso es que se requiere el enorme trasto suizo francés (está mitad y mitad entre los dos países) para alcanzar las altas energías de colisión que requieren, al parecer, observar esa partícula. Eso y seis mil millones de euros. Pero no seamos demagógicos.

Esas altas energías requeridas han llevado a algunas personas (pero no personas cualquiera, sino disidentes entre los propios físicos) a temer que el LHC pueda causar una catástrofe del planeta, como mínimo, mediante la creación de un agujero negro, ya saben, esos que se tragan la gravedad, la luz o galaxias enteras. Han intentado detener el experimento y hasta han interpuesto varias demandas judiciales. El que yo esté ahora, después de haber apretado el botón del acelerador, escribiendo esto y vosotros un poco después leyéndolo, en realidad no significa nada ni a favor ni en contra de estas predicciones catastrofistas: puede que no haya sucedido aún, pero que suceda. Y eso es lo bueno y lo malo de su predicción: que no puede demostrarse que sea falsa, que no sea falsable en el argot de Popper, por eso no es “científica”, que tampoco es siempre tan malo.

Parece ser que la posibilidad de que se creen microagujeros negros es remota además de contraria al modelo estándar, pero, nos tranquilizan los físicos del LHC, además estos microagujeros “serían incapaces de agregar materia en torno a ellos de una forma que resultara peligrosa para la Tierra”. Qué, ¿estáis más tranquilos? Yo, ni lo uno ni lo otro, me adhiero al Principio de Incertidumbre de Heisenberg en esto como en tantas otras cosas. Pero tengo algo que añadir caso de que el fin del mundo me conceda tiempo para formularlo.
Y es lo que sigue: queridos amiguitos, admirados físicos a los que hace tiempo que no entiendo y eso que saqué buena nota en física en mis años mozos y que admito haber traspasado el espejo tras las Alicias de turno varias veces:[1] ( Pobre Einstein, porque parece que sí, que Dios era un poco ludópata y jugaba a los dados no sólo con nosotros, pobres, sino con su entera Creación):
aunque de muy distinta índole, las nociones de Dios y las pretensiones de ciertas jergas científicas comparten curiosamente una misma idea muy perniciosa: la de cierto absoluto; la idea de un saber absoluto, y quizá un poder absoluto. Es decir, para mí, una serie de ilusiones de los hombres, la mayoría, incluidas algunas de sus elites intelectuales, como ciertos físicos, acerca de algo que NO EXISTE: ese poder y ese saber, absolutos. Para mí, insisto, destruir esas ilusiones es un objetivo eminentemente humanístico, en el mejor de los sentidos del tan traído y llevado adjetivo. Me parece obligatorio para árabes e israelíes, para católicos o protestantes del Ulster, pero no hace falta que lo sea para físicos subatómicos defensores del modelo estándar, porque, si por un lado, como puñeteros fanáticos, andan buscando ese saber absoluto, en esa última frontera, esa “partícula de Dios", por otro, ellos mismos se encargarán de cargarse ese intento. ¿Sabéis por qué? Porque la ciencia tiene algo que nunca tuvo ni la mejor de las religiones: unas reglas del juego que se encargan de “falsar” (probar la falsedad) de sus propios asertos.
No sé si me he explicado o parezco un físico teórico.

[1] Aunque este post es un “pretexto” para hablar de otra cosa, hay tres libros entre cientos absolutamente recomendables para entender un poco todo este lío subatómico. Ahí van

Steven Weinberg: Los tres primeros minutos del universo. Alianza Ed. Un clásico que su autor, uno de los autores de la llamada Teoría Estándar, escribió hace décadas y que mostraba las conexiones en el inicio del “Bang” entre la física subatómica y la cosmológica, cuando el cosmos era un bebé de unos minutos. Es uno de mis libros de divulgación favoritos sobre este o cualquier otro tema.

Brian Green: El universo elegante, Crítica (bolsillo). Para entender eso de la teoría unificada, las supercuerdas y el universo de once dimensiones más uno. El libro en sí es…elegante. Y reciente, más o menos.

Robert B. Laughlin: Un universo diferente. Ed. Katz. Este es el libro más reciente, y esta editorial, especializada en nuevo ensayo contemporáneo que el dios que sí jugaba a los dados bendiga, y ese autor, con nombre de whisky de malta, ofrecen una buena puesta al día. Y explica una cosa que pocos hacen, que tanto las leyes de Newton como las de la mecánica cuántica son leyes emergentes, esto es, propias de grandes cantidades de materia, pero que cuando sólo tenemos unos “protoncillos sueltos” esas propiedades desaparecen.

Ayer también venía en El País un buen y extenso artículo del excelente divulgador Javier Sampedro, genético del desarrollo el pobre. En él se contaba la metáfora de Miller de los bosones y la Sra Thatcher, que para mí no es muy explicativa, pero bueno...

10/09/2008

Los misterios del rectángulo (o El arte ocurre,3)






Nunca me enamoran los cuadros que puedo abarcar por entero; mi amor necesita tener la sensación de que algo se me escapa…” Esta afirmación de la escritora neoyorquina Siri Hustvedt, autora de novelas, que no he leído, y de ensayos como el que aquí cito sobre arte, Los misterios del rectángulo, es perfectamente ampliable tal vez a cualquier “objeto” de nuestro amor, pues el componente de misterio es un aderezo esencial, pero en el arte o en la belleza si se prefiere se percibe esa necesidad aún más.

Leemos un libro avanzando página a página hasta llegar a la última; es posible que no necesitemos ni mucho menos leerlo completo para darnos cuenta si nos entusiasma o no. Igual pasa al escuchar música o al ver una película de cine. Pero una pintura, un cuadro se te muestra de una sola vez, de golpe, por mucho que luego queramos demorarnos en su contemplación. Exactamente igual que una persona nueva que nos atraiga. Las secuencias de palabras, de sonidos o de imágenes sólo tienen significado en su transcurso, pero un cuadro no transcurre, está ahí, ni progresa ni se acrecienta ni disminuye; no tiene principio ni fin, como Dios; existe pues fuera del tiempo, como Dios, es un presente eterno; el autorretrato de Durero me sigue hablando como el primer día que le descubrí. Y ese milagro lo perpetra un objeto plano de dos dimensiones, y no lo hace exactamente ningún otro arte, aunque la música, sí, ya lo sé, sea aún más misteriosa y evanescente.








Nota personal: sí, ya estoy de regreso, que no "de vuelta". Que no soy un verdadero aventurero, ni siquiera ya un viajero sino casi un vulgar y detestable turista se nota en que viajo con billete de ida y vuelta. Pero había que conocer a nuevas sobrinas y consortes de cuñados. Aún así, una escapadita al Amazonas para reiterar lo ya sabido: 1) que sí, las maras (arbolazos de caoba) son impresionantes; sí, los guacamayos son tan bonitos como ruidosos; sí los ríos son excesivos para las panorámicas más amables de Europa; sí, qué suerte haber atisbado ese tapir, oído a ese jaguar, seguido al tamadua y contemplado los ejercicios de los monos arañas, pero...se bastan y sobran las bacterias con todas sus especialidades para hacer funcionar esta biosfera, y 2), los mosquitos deberían extinguirse: un ataque concertado de varios cientos en uno de mis brazos me obligó a vendármelo, al margen de que casi se me gangrena. ¡Malditos bishoos!