24/10/2008

A petición popular: otros ejemplos d´arcy-thomsianos

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Aquí tenéis más ejemplos (petición de zafferano) del sistema de translación/deformación de coordenadas que usaba D´Arcy Thompson no para explicar, sino para mirar preguntándose a los seres vivos como lo haría un geómetra. Todos ( menos la 1 y la 4´que son modificaciones modernas basadas en D-T) están extraídos de On Growth and Form, edición abreviada, que contiene exactamente 181 figuras del tipo de las cinco de arriba.
Para mí, la más curiosa es la 1. Porque demuestra que esta aplicación elemental del "principio de coordenadas", como D´Arcy lo llamaba, era de uso casi corriente entre los artistas de los siglos XVI y XVII en sus estudios de la figura humana. El método es probablemente más antiguo aún, quizá clásico, sugería Thompson, pero está claro que fue practicado y descrito por mi bien amado y nunca suficientemente admirado Durero en su Geometría y en su Tratado de la Proporción; en esta última se explica exhaustivamente como rasgos y expresión facial humanas se transforman y modifican mediante ligeras variaciones de las partes. Habréis notado que los bebes humanos son más cabezones y paticortos que los adultos, por tanto, el crecimiento no consiste en un simple aumento de tamaño, sino que varían las proporciones; a eso se llama "alometría" o crecimiento alométrico. Hay muchas ilustraciones de este último caso por ahí, en la red.
La figura 2. es un estudio de la llamada espiral equiangular, que es la que posee un molusco del grupo de los pulpos pero con concha, el Nautilus, pero también del caracol terrestre y la Globigerina, donde las sucesivas vueltas van aumentando en anchura de forma constante y variable. Cada vuelta es más ancha que la anterior y en una proporción definida; la longitud del vector radio aumenta en proporción geométrica y la ecuación de la espiral será r=a (elevado x). En realidad esta espiral puede considerarse como un cono (como los cucuruchos de helado) enrollado aproximadamente sobre sí mismo, mientras que la espiral convencional, la que estudió el famoso Arquímedes, sería un cilindro enrollado. La de Arquímedes está lógicamente descrita desde la antigüedad clásica, la de D´Arcy o equiangular fue descrita por Descartes (Cartas a Mersenne); James Bernouilli también la estudió y la llamó espiral logarítmica porque los ángulos vectores alrededor del polo son proporcionales a los logaritmos de los sucesivos radios. Por último, Newton explicó que si la fuerza de la gravedad variara en proporción inversa con el cubo (elevado a 3), y no con el cuadrado (elevado a 2) de la distancia, los planetas del sistema solar en vez de seguir las conocidas órbitas elípticas fijas descritas por los Copernico, Kepler y Galileo, habrían salido disparados en órbitas de escape espirales equiangulares a partir del sol, exactamente trazando la espiral de un caracol, añado yo.
La figura 3 es uno de los cientos de ejemplos de peces que Thompson utiliza (al fin y al cabo daba clases en una ciudad portuaria); en este caso es el paso de un pez del género Scarus a otro del género Pomacanthus con poca relación evolutiva o filogenética entre ellos.
Mas interés revisten las figuras 4 y 4´( una elaboración moderna de 4) donde nuestro D´Arcy compara cráneos humanos con los de chimpancé y babuino, y en 4, a la izquierda, lo que es aún menos políticamente correcto: las escápulas humanas de las "razas" caucasiana, negra y de indio norteamericano (sic) de las montañas de Kentucky.
Fascinante. Menos mal que la mayoría de los pseudocientíficos, paracientíficos y falsos científicos no han descubierto a D´Arcy, y qué desgracia que la mayoría de los científicos lo hayan olvidado.

22/10/2008

D´Arcy Thompson (y 2)



(Para mi biólogo de campo favorito: Carlos Herrera, con admiración)

No suscribo lo de una imagen vale más que mil palabras salvo en ciertas ocasiones, nunca como norma general. Esta es una de esas ocasiones: mirad la que ilustra esta entrada.

D´Arcy Thompson propuso una mirada inédita más que una pregunta, un nuevo enfoque: ver a los seres vivos no como objetos singulares de la biología, sino como formas geométricas, desarrollos de ecuaciones, “proyectos” de la matemática. Insisto, no fue tanto aplicar las matemáticas a la biología o más específicamente a la forma de los seres vivos (a D´Arcy se le considera el fundador de la biomatemática) como algo mucho menos obvio y prosaico: mirarlos de esa otra forma, con los ojos de alguien que es –también y por fortuna- no sólo naturalista o biólogo sino geómetra.

Históricamente la secuencia de esta idea o enfoque sería inicialmente muy parecida a tantas otras: Platón (Sócrates), Aristóteles, Galileo…y luego Goethe, que en cierto modo supuso un paso atrás, Darwin y Thomson, que de nuevo planteó un paso a un lado, puesto que la biología moderna poco a hecho al respecto por prolongarle y seguir sus pasos, sino que más bien ha retomado a Darwin nuevamente obviando a D´Arcy.

El historiador de la ciencia Nicolas Witkowsky[1] llamó a D´Arcy Thompson “ilustre desconocido”, lo que no está mal traído, porque todo biólogo y todo matemático lo conoce como fundador de nada menos que una ciencia entera y verdadera: la morfogénesis, la ciencia de las formas, o del origen de las formas, que vino a reemplazar a la más platónica, en sentido incluso literal, morfología de Goethe. Ilustre pues, pero desconocido porque, ay, nadie lo leyó en su momento salvo cuatro curiosos.

De hecho nadie lo lee hoy tampoco, como puede comprobar cualquier estudiante actual de biología. La posible disculpa no es totalmente de recibo: requiere demasiado esfuerzo e interés sumergirse en la más de 1100 páginas de Growth and Form, llenas además de fórmulas matemáticas. Y no lo es, porque las versiones abreviadas, de unas asequibles 300 páginas, que preparó el propio autor son las únicas en la práctica que se suelen manejar. Pero basta con mirar las estampas, como simples lectores semianalfabetos, para darse cuenta del novedoso enfoque (mirad la que ilustra este post): la imagen de arriba a la derecha, arriba y abajo, es la de un diodon (Diodon histrix), a veces conocido como pez erizo o pez cofre o pez globo (se hincha como forma de defensa, aumentando de tamaño y de paso erizando sus espinas) inserta en una red de coordenadas cartesianas. La imagen de abajo es la de un pez luna (Orthagoriscus mola), pero a la vez es el mismo pez diodon anterior deformado, estirado como si las anteriores y rígidas coordenadas fueran de tejido elástico: las verticales curvadas y las horizontales ensanchadas…Los adeptos al “morphing”, una técnica informática que permite pasar sin discontinuidades aparentes de…una calabaza a una carroza sin ser el hada de Cenicienta, sabrán de qué se trata. Pero los lectores de comienzos del siglo XX ciertamente que quedaron literalmente alucinados con el planteamiento del estrambótico escocés. E inmediatamente pasaron a olvidarlo.

Hay que tener en cuenta que en ese momento, 1917, la comunidad científica no sólo había aceptado la evolución por selección natural de Darwin, sino que había redescubierto la genética de Mendel y las mutaciones, así que la pregunta de “¿Puede una especie transformarse en otra por simple deformación del espacio?" resultaba muy incómoda; y aún lo es. Esta teoría de las transformaciones desafía no sé si el sentido común de cualquier biólogo, pero sí desde luego el “status quo” de la ciencia aceptada y hasta aceptable. A la moderna biología del desarrollo le cuesta un esfuerzo brutal y loco explicar por qué dos especies biológicas ( y D´Arcy puso muchos más ejemplos) evolutivamente alejadas presentan un parentesco geométrico tan asombroso como tajante. Hoy seguimos sin poder explicar esto con los dogmas más duros de la biología, con lo establecido y comúnmente admitido (hasta que no le quede más remedio y cambie el paradigma o se modifique lo suficiente). Tened en cuenta que la moderna biología molecular, con todo merecimiento en la inmensa mayoría de los casos, ha barrido todos los viejos dogmas de la Historia Natural, la zoología y la botánica “del abuelito” (O eso creen los que sólo salen al campo en busca de datos y no de estímulos para la reflexión). El reduccionismo científico, que tantos éxitos ha dado, que encadena, nunca mejor dicho, cadenas de ADN con organismos, bases químicas con genes, no puede explicar las “coincidencias” de Thompson

Otro día, aunque no seguidamente, hablaré de las leyes de escala que enunció Galileo y que explican por qué es imposible el tamaño de ciertos animales como arañas gigantes y demás engendros. Pensad entre tanto que cuando el tamaño de un hueso se multiplica por dos, el volumen, vale decir el peso, se multiplica por dos al cubo; es decir, se multiplica por ocho, mientras que su sección, es decir, su resistencia, como “una viga”, sólo lo hace por cuatro. Resultado., la araña de ciencia ficción se derrumba.

¿Sabéis lo que creo? Creo que Thompson se anticipó demasiado a su tiempo, como esos presocráticos que eran atomistas antes de la física atómica. Pero también me fascina porque además creo que es una cumbre de esas ciencias “de la mirada”, de esa Historia Natural de la observación paciente y amorosa (mirad esa foto borrosa del naturalista con su hija Bárbara en el post anterior). Es decir, el opuesto de ese todo es genética y todo se explica con el “Libro Gordo de Petete de la Genómica”.

Finalmente me remito a las palabras del epílogo del propio Thompson: “El lector habrá descubierto, y yo no lo he pretendido ocultar, que siento poco respeto por algunos postulados (a menudo considerados como fundamentales) de la biología actual. Pero no escribo por afán de polémica (…). Consideraré cumplido mi objetivo si he sido capaz de demostrar que existe un cierto aspecto matemático de la morfología, al que todavía prestan poca atención los especialistas, y que es complementario a la labor descriptiva, y muy útil, por no decir esencial, para estudiar y comprender adecuadamente el Crecimiento y la Forma.”

De la misma casta que Platón y Pitágoras, supo ver en el número el cómo y el por qué de las cosas, buscó una nueva clave del mundo vivo y quizá la encontró y nosotros luego la hemos vuelto a perder. Saber mirar, en cualquier caso, es saber ver y saber amar.
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[1] Une histoire sentimentale des sciences; Ed. Du Seuil, Paris, 2003.

21/10/2008

¿Un excéntrico de la biología?, 1



O podríamos titular conforme al gusto de otro escocés de talento contemporáneo de nuestro héroe: "El extraño caso de Mr Thompson, el Doctor D´Arcy y otros “excéntricos” de la biología".


Una posible definición de cultura elitista, sin asomo de connotaciones peyorativas, es todo aquello que no está en la wikipedia.[1] Otra posible es todo lo que ve como cultura “normal” y lógica el último director del Met -Metropolitan Museum of Art- de Nueva York, Phillippe de Montebello. En la historia de la biología también tenemos exquisiteces, no necesariamente rarezas.

En la misma época que los Stevenson construían faros, salvo el benjamín, un tal Louis aún por nacer que querría ser poeta, los Thompson eran capitanes de altura, esto es, de alta mar que tenían a gala y por tradición no morir en casa, salvo también el más pequeño D´Arcy, nacido en 1860 en Edimburgo, que decidió ser biólogo, o más bien matemático, aunque tal vez clasicista. En fin, a comienzos del siglo XX fue el autor del libro de biología, de zoología, de historia natural más fascinante y extraño que haya parido escocés alguno[2]. Tomó la morfología que había fundado Goethe y la convirtió en morfogénesis. Ya veremos como.

Su padre había nacido a la altura de la Tierra de Van Diemen, hoy más prosaicamente conocida como Tasmania, y se había convertido en un profesor de enseñanzas clásicas –de ahí, al parecer, la afición de D´Arcy al griego y el latín- más bien anticonformista, pues era partidario de la enseñanza de las niñas y en cambio estaba en contra de los castigos corporales. Un excéntrico que podría haber servido de modelo al profe progresista del Club de los poetas muertos, pero que en realidad tuvo, mira por donde, de alumno al joven Stevenson, y a su propio hijo, claro, el joven D’Arcy.

Al pequeño D´Arcy, siempre con la nariz metida en sus libros, coleccionando plantas, observando animales y soltando citas en griego clásico, los demás niños le llamaban “Daftie” (tontito). Lógico que junto a su padre se pusiera a traducir La historia de los animales de Aristóteles, asunto que le llevó “sólo” unos treinta años. Igualmente, a la par que ingresó en el Trinity College de Cambridge y recorrió la campiña dando conferencias bastante peculiares (Aristotle on the cephalopodes), tradujo del alemán “Sobre la hibridación de las flores” que prologó, un año antes de su muerte, el mismísimo Charles Darwin. Este era el angelito que iba a plantear una cuestión que un siglo después sigue desconcertando a propios (biólogos) y extraños (matemáticos), y de los clasicistas, mejor ni hablamos.

Lo lógico sería pensar que D´Arcy tardaría poco en ingresar por la puerta grande en la Universidad, como futuro y poderoso catedrático, pero en cambio acabó de profesor en Dundee, un pequeño y apartado puerto ballenero. A él no pareció nunca importarle, y así escribe a uno de sus amigos: “Me metí con la matemática, ¡y creo haber descubierto algunas maravillas insospechadas sobre la espiral de los foraminíferos!” ¡Hay que joderse con los entusiastas! En cualquier caso, esta es la primera mención que se conserva de la obra que ocuparía toda su vida: observar los bichos y la naturaleza con la mirada de un geómetra.

¿A que no adivináis quién fue su predecesor en ese camino? Exacto, el gran Galileo. Galileo es el primero que explica las razones profundas de la escala de los seres vivos, de por qué ningún dinosaurio es más grande que un Diplodocos, ni ningún insecto mayor que el escarabajo Goliat o las libélulas del carbonífero.
Nota sobre las fotos:
La de arriba es el retrato oficial del científico que se conserva en el colegio universitario de Dundee; la de abajo es de D´Arcy y su hija Bárbara en una excursión por los acantilados de la zona.
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[1] D´Arcy Wentworth Thomson (1860-1948) sí que está, faltaría más, y con una dignísima entrada tanto en la versión inglesa como en la española. A lo que me refiero es a no pretender reducir o limitar todo el campo de lo posible a lo que ofrece este instrumento, la estupenda enciclopedia libre, con todo lo que puede encontrarse, a poco que se busque, en cualquier campo y aspecto del mundo de la cultura, lleno de matices y recovecos.


[2] D´Arcy Thompson: Growth and Form; 1ª edición de 1917, 1942 la edición definitiva. Existe una edición francesa: “Forme et croissance”, Seuil, de 1994, abreviada, y una edición anterior española, también abreviada: Sobre el crecimiento y la forma, H.Blume, Madrid, 1980, fruto del empeño de un editor y…¡arquitecto! Luis Fernández Galiano. Hay una edición en castellano más reciente y por ello asequible de Akal Cambridge, 2003

17/10/2008

Inauguración



Hay "canapiés", como decía aquel, cerveza de grifo bien tirada, Vega Sicilia GR, manzanilla La Guita, jamón ibérico (nada de recebo), manchego añejado en bodega y puro de oveja, Torta del Casar..., así que, por favor, visitad mi nuevo blog, está muy solito, y estoy seguro de que os gustará todavía menos que este. Escribir contra algo/alguien estimula mucho la creatividad, así que espero que os pongáis morados. Buen fin de semana.



http://todossomossdios.blogspot.com/

16/10/2008

Vuelve a llevarse el gris esta temporada


Y el rotulador rojo de la censura

Cuando España era en blanco y negro y tonos de gris, como las películas neorrealistas italianas (en realidad hiperrealistas o realistas: así de cutre “realmente” era la posguerra en la hoy opulenta Europa meridional, España o Italia sin ir más lejos) el único toque de color, como bien saben los grafistas, era el rojo del lápiz del censor, hoy rotulador. Que ha vuelto. Muchos “buenos” ciudadanos de entonces, amantes del orden autoritario, colaboraban espontánea y dispuestamente con esas ceñudas autoridades y llevaban siempre en la boca, para soltárselo a cualquier desprevenido eso de “usted no sabe con quien esta hablando”, o “acompáñeme a comisaría”, o la aparentemente más inocua porque se lanzaba en derredor para exigir complicidades sin más, pero igual de inicua frasecita: “a dónde vamos a parar” (dos novios besándose, horror, en plena vía pública). He visto parejas expulsadas de los cines (de la fila de los mancos, se decía), por acariciarse, por acomodadores que parecían alféreces provisionales, o guardias jurados de parques simulando ser arcángeles de espada flamígera haciendo lo propio. Y ahora esto. ¿Será cierto eso del mito de El eterno retorno? Si las barreras del servidor de vuestro ordenador en el curre no os dejan acceder a esta página o post o poste lo siento, pero, la verdad, cada día me escandalizan más los que se escandalizan con el mismo asunto de siempre.

El deseo insaciable y sin cautelas de una mujer por entregarse a la cópula con cualquiera, contado tediosamente día a día y por escrito, eso es el Diario de una ninfómana. Presumiblemente poco interesante y repetitivo, pero quién sabe. El cartel de esta película, igual de presumiblemente aburrida que el libro autobiográfico en que se basa (el que lo haya escrito una sexóloga no es una garantía precisamente, al menos para mí), ha sido vetado y definitivamente rechazado para ser expuesto en los espacios publicitarios, marquesinas y demás, de autobuses y otros espacios habilitados al efecto por la empresa municipal de autobuses de Madrid:, la EMT, así como en la red de cercanías de RENFE dependientes del ayuntamiento de Madrid –parece ser que es el único caso en España- por “inadecuado”

Comprobadlo por vosotros mismos. Como sólo se ven unas braguitas de encaje, una mano dentro de ellas, un ombligo y la parte superior de los muslos, mientras que hay carteles -hasta hace poco, este verano, incluso de preciosas niñas de quince años anunciando bikinis-, no digamos otros anuncios de lencería, mucho más explícitos o “sicalípticos”, como decían los antiguos, cabe deducir que es la palabra “ninfómana” la que causa el problema. Pero juzgad vosotros. (Me niego a lo de vosotras y vosotros: vosotros, genérico sin género)

Quizá es que han decidido que ninfómana es un insulto y no una enfermedad (¿Médicos sin fronteras: enfermeras sin bragas?), o que son ninfómanas toda las mujeres que sienten deseo sexual tan decidido y espontáneo como los varones, y que en cualquier caso serán depravadas o enfermas, que ellas mismas elijan, o que… Eso digo yo ¿O qué?

15/10/2008

El dinero, una fábula de Einstein




O una pesadilla, más bien.

Andrés Newman dice que no hay que confundir la moral con quienes la defienden y yo digo, y más en estos tiempos de crisis, que no hay que confundir el dinero con quienes lo manejan, lo tienen o lo “hacen” (¿lo hacen? Bueno, quienes “trafican con el –dinero- de todos los demás) Antes al menos, entre la gente fina y “con posibles” (con dinero) hablar precisa y directamente de dinero era muy vulgar y ordinario. En cambio, entre los pobres, con esa elegancia innata que concede la sobriedad, aunque sea obligada, sólo se habla de dinero en la medida absolutamente utilitaria de lo que se puede obtener con él, de las necesidades a cubrir: comer, vestirse, cobijarse, calentarse, incluso follar (no necesariamente pagando directamente, sino por los gastos que podríamos denominar “de cortejo”; invitar al café, vamos, y unas flores, joder). Por eso, siempre se pide limosna mencionando las necesidades (normalmente para comer) y algunos beatos la dan mencionando igualmente las obviedades (“no se lo gaste en vino, buen hombre”)

Por lo tanto, sólo hablan de esa inmaterialidad demente y poderosa en abstracto, del dinero, los ricos, poderosos y muy vulgares seres que nos joden al resto y al mundo de paso. Esos “trolls” infiltrados entre los verdaderos humanos de los que hablaba el tío Oscar (Wilde), aunque les concedía un añejo e inmerecido título filosófico: “los cínicos conocen el precio de todo y el valor de nada”. Es decir: hablar de dinero no sólo es vulgar, como creían los ricos de “toda la vida”, sino un síntoma de que estamos ante un individuo peligroso para los demás y para nuestro entorno, alguien que nos explotará o demolerá esa playa recóndita; nos estafará, nos venderá cosas innecesarias o nos parcelará esa dehesa boyal del pueblo; nos convencerá de que compremos lo innecesario y expulsará no obstante a los artesanos de lo necesario. Un puto troll.

Sin embargo, los verdaderamente ricos, los viejos ricos, que son evidentemente lo opuesto a los ordinarios nuevos ricos, entienden perfectamente el valor del dinero, es decir y exclusivamente, lo que se puede comprar con él, como los pobres, exactamente igual. Salvo que estén contagiados con el virus del poder, que no tiene remedio ni cura. Alguien se mira al espejo y un fogonazo breve le tira del metafórico caballo y escucha una voz tan interna como tonante que le dice: “Tu no vales una mierda, mira en cambio a ese viejo marinero con la piel cuarteada, ese labriego de manos y muñecas poderosas, ese joven de mirada limpia y pestañas oscuras, todos ellos no tienen dinero, pero valen más de lo que tú podrás valer nunca”, y decide que será tan poderoso como para no ya anular ni mucho menos invertir esa “injusticia” de partida, sino para comprar ese espejo y romperlo, para callar esa voz, para arrumbar a esos seres mejores y nada semejantes.

Lo que saben los ricos más clarividentes y menos contagiados del virus del poder sobre lo que se puede comprar con dinero es que es un concepto netamente eisteniano, porque con el dinero se adquiere nada menos que los dos componentes esenciales del universo: espacio y tiempo. Espacio para mantener a distancia el infierno que al menos a ratos suponen los demás, como señaló Sartre (“El infierno son los otros”), aunque sea tu propio cónyuge, no digamos los vecinos escandalosos y mal educados. Así hay que entender a los toreros que lo primero que hacen cuando “triunfan” es comprarse una finca grande con un cortijo o una casona en su centro, bien distante de sus propias lindes y de las de los vecinos, y por toda compañía una buena ganadería que muge pero no rechista.

Y el tiempo, claro; tiempo para uno, tiempo que no se pierde, sino que se gana gastándolo bien. Hay gente, la contaminada por el vicio del poder, que gasta todo su tiempo en conseguir más poder, pero no hay mayor poder ni más limpio que el disponer de uno mismo (“pequeño mundo soy y en ello fundo que siendo amo de mí lo soy del mundo…”). El tiempo no se pierde, salvo cuando se emplea mal, pero se consume, claro, y lo mejor, aun más que el espacio, que se puede comprar con dinero es tiempo para uno mismo. La vida es corta y los minutos largos, o algo así decía Borges, aprovechémosla.

Y es en el fondo más sencillo: en lugar de cambiar tu tiempo por dinero, una vez satisfechas las necesidades básicas y algunas superfluas “esenciales”, es mejor invertir el proceso y comprar tiempo para ti con el dinero. ¿Qué el tiempo es oro? Vale: quiero entonces el tiempo, quedate con el oro. Ahora vendría aquí la historia aquella del barquero que está tumbado bajo un sauce a la orilla de un río y llega un “emprendedor” y le propone aumentar la flota de embarcaciones, y así sucesivamente, para finalmente, tras una dura vida de trabajo y ascensión social poderse tumbar a la bartola, y el sabio barquero le responde que para qué, si ya tiene esa posibilidad en ese mismo instante. Pero no la escribo, aunque presiento que de alguna forma lo he hecho, por respeto a la forma, por no perder el tiempo y porque sospecho que eso sería incurrir en un género escasamente literario que detesto, el de esos libros para conseguir el éxito empresarial, llenos de fábulas más reaccionarias que la del barquero y del estilo de “Quien se ha comido mi queso” o “El oro de conserje”. Libros que ocupan el espacio en los estantes que podrían ocupar libros de verdad, y que encima te hacen perder el tiempo. Y ambas cosas hay que saber administrarlas.

Te dirán que el dinero es un tipo de cambio y una medida de valor en el pago de bienes y servicios y que su aspecto externo puede ser un pequeño disco de metal escaso, un papel con un diseño específico, una pequeña tarjeta de material plástico o unas conchas de un molusco raro. Pero metal, papel, plástico o concha de nácar, solo el necio confunde valor y precio.

El dinero, con matices, tiene de obsceno casi lo mismo que el propio sexo; es decir, el contraste que se da entre los que lo disfrutan más o menos abierta o veladamente y los que lo añoran más o menos secreta o abiertamente. Y al igual que con el sexo, se puede considerar la posibilidad de vivir apenas sin uno u otro, pero para muchos eso no es vida.

El dinero, es en realidad la pesadilla del hermoso sueño de Einstein.

Deudas y bibliografía: Andrés Newman, Oscar Wilde, Antonio Machado (Juan de Mairena), Jorge Luís Borges, Jean Paul Sartre, Albert Einstein...

14/10/2008

banderas piratas









Aquí tenéis unas cuantas banderas piratas más, y más que nada para que no penséis que la "supra" es la única. Igual me apetece explicaros algo de estas y de otras. Por cierto, con las prisas cometí una injusticia con los honestos compañeros de la mar.Los financieros desaprensivos que han entrado a saco en vuestros ahorrillos no son piratas, sino corsarios; esto es, actúan con patente de corso. Otro día también lo explico...(aunque sois tan listos que lo buscaréis por vuestra cuenta, pero no todo está en la red, pequeñines)

13/10/2008

Nacionalismos, piratas globales y arte de viajar


(Adoro esta foto: mirad a don Pío con ese chaquetón de marino, detrás la enseña
pirata -de los "buenos" piratas-, el chato de vino, la boina-
txapela... La divisa de la bandera "...n cuartel" es "sin cuartel"; una vieja broma antimilitarista y ácrata, esto es, sin militares, pero también lucha sin cuartel, la de los piratas)

Es verdad: las “patrias chicas” son realmente pequeñas. A veces no caben en ellas ni la razón ni la Ilustración ni el propio siglo vigente. En cuanto a las grandes, me resulta curioso que los que se suelen definir como sus más rendidos “patriotas” sean los primeros que estén dispuestos a venderla por parcelas.

Aunque para pequeña la política real de las patrias grandes o chicas; esa si que es pequeña, verdaderamente localista, comparada con la economía, sobre todo la de los tiburones de las finanzas, que navegan por los siete mares practicando expolios auténticamente globales, como demuestra la actual crisis y cualquiera del pasado más o menos inmediato. Por eso, al ufano Bill Clinton que dijo eso de “es la economía, estúpido” habría que haberle replicado de inmediato: “¿Y la política qué, tontodelculo?”. La economía se ha convertido en la ley de la gravedad, algo inexorable que proporciona coartadas para no hacer nada salvo lo que dictaminen esos nuevos brujos de la economía esotérica. Pero volvamos al tema si os parece.

Me expondré a perder tres o cuatro de mis cuatro o cinco lectores. Don Pío Baroja era un optimista en pantuflas, no un nihilista de mesa camilla y boina. La prueba está en que declaraba que el nacionalismo se curaba viajando. Pobre. Es disculpable, claro, porque en su época el turismo de masas aún no había hecho estragos cobrándose su primera víctima en el propio, exquisito, antiguo y elitista arte de viajar. Muy al contrario, los nacionalistas viajan ahora mucho, aunque como casi todos viajen mal y sin provecho. Catalanes a Cerdeña en busca de unos Països Catalans allende el Cap de Creus, vascos a la extinta Albania de Enver Hoxha en busca de inspiración y modelos de estado para armar (o pret a porter), españoles escandalosos de esos que dan mucha vergüenza ajena, añorando y reclamando, a gritos, pinchos de tortilla de patata para desayunar en pleno Círculo Polar, etc. Nos es que el mundo sea ancho y ajeno, como decía Ciro Alegría, sino que está plagando de palurdos viajando como locos.

Habréis notado a estas alturas que las contrarreformas xenófobas que algunos llaman nacionalismos y otros autodeterminación, y aún otros más concisos separatismos, se dan siempre en los lugares más ricos: Cataluña, El País Vasco, España…La Padania en Italia. Teniendo en cuenta que siempre se es rico como se es bueno: comparado con alguien: Cataluña y el País Vasco en relación a las otras regiones españolas, España en comparación con los países de origen de sus inmigrantes actuales y hasta de los nuevos socios de la Unión Europea, como Rumania; El Norte de Italia frente al Sur, etc.

Eso sí, tan nacionalistas y por tanto tan carentes de justificación para mí, son los nacionalistas vascos como los españoles. Pero no estoy seguro de que sea relevante la distinción entre ambos como nacionalismos centrípetos (o “micrombligueros”, digo yo) y centrífugos o imperiales. ¿Son más dañinos, más avasalladores los segundos? No estoy seguro. Por ejemplo, el nacionalismo irlandés sólo miró siempre a Irlanda, como si esta isla llenara el mapamundi del cosmos con más superficie que Australia; en cambio, los de la otra isla vecina, la Gran Bretaña, se apoderaron de medio mundo y de un subcontinente entero. Ambos causaron muerte y destrucción, propia y ajena. Lo de no poder quedarse quietos en una habitación como origen de todos los males del mundo es muy cierto en el caso del imperialismo colonial, pero también del patriotismo local.

La razón es fácil de entender si nos fijamos que no se trata de conservar identidades, como declaran los patriotas nacionalistas y que en el fondo no están amenazadas o lo están por procesos globales al margen del Estado en que se insertan, sino de mantener privilegios[1]. Por conservar privilegios cierta “élite” política provocó las últimas guerras de Yugoslavia y su posterior fragmentación, y por conservar privilegios algunos a los que apresuradamente calificamos de locos pueden terminar montando un follón en cualquier punto del planeta donde no lo había.

Los argumentos identitarios[2] precisan de un gran arte para saber escoger entre todos los a menudo confusos “hechos históricos” aquellos que vengan mejor, porque la Historia, así a lo bruto, como argumento bestia, se parece mucho a la estadística sin criterio: que puede demostrarse con ella lo que se quiera. En eso la diacronía es para ellos como un juego de “escoge y pega”, de armar un puzzle aunque sea limando las esquinas de las piezas para que encajen. Es como ese amigo mío cordobés que decidió un buen día hacerse musulmán; al comprobar que yo no le preguntaba por sus razones me las quiso explicar él: “es por ser fiel a mis esencias andaluzas”, me vino a decir, “al fin y al cabo aquí el Islam estuvo durante siglos y desde hace más de mil años”. Yo le respondí sabiendo que en ese instante se estaba perdiendo gran parte de nuestra amistad: “¿Y por qué no te has hecho estoico senequista o pagano romano, que aún estaban antes?”

A ver si va a resultar que los únicos cosmopolitas son los fondos de inversión. De momento, mi patria no es la infancia ni donde hice el bachillerato o donde pasaba los largos veraneos infantiles, ni siquiera mis zapatos, como rezaba una bella canción de El último de la fila. Me conformo con saber donde “no” está mi patria. No está en los aeropuertos, ni en el resto de no lugares cada vez más alarmantemente uniformes. Ni está donde flamean las banderas, pero sobre todo no está donde usted, señor, tiene la suya, porque ahí, a mí, me falta el aire. Prefiero, de verdad que lo prefiero, ser un gentil entre judíos, un maketo entre vascos, un charnego entre catalanes, un bárbaro, un extranjero, un extrañado, un nómada, un viajero auténtico, alguien sin raíces porque tiene alas, jamás un turista que sólo va a los sitios en lugar de vivir en ellos, y por eso se traslada siempre con billete de ida y vuelta

En cambio, para compensar mi desapego con las patrias y otros refugios de canallas -como decía el Dr. Johnson y Ambrose Bierce-, y de tontos, me encariño mucho con los lugares, aunque no sean especialmente bonitos, me basta con que no hayan llegado hasta ellos las hordas dispuestas a su “puesta en valor”, que viene a ser como ponerlos a hacer la calle. En realidad me importa un comino y un bledo[3] ser de acá o de allá. Para mí siempre ha sido menos esencial adaptarme al mundo (o achicarlo convenientemente a mis necesidades, como hacen los nacionalistas) que resistirme a los adaptados. Y por eso me hacen tanta gracia los chistes de vascos: “¿Me da un mapamundi de Bilbao?”

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[1] Esto se lo tengo leído, estoy casi seguro, a Vincenzo Consolo, pero no he conseguido encontrar la cita.
[2] Para una buena revisión de este tipo de argumentos en política recomiendo un libro excelente, aunque reconozco que no lo he leído completo: Amy Gutmann: La identidad en democracia; Katz editores, Buenos Aires, Madrid, 2008

[3] Para evitar que JJ Millás salga con eso de “qué diablos es…” me anticipo, “comino” es una umbelífera carminativa cuya diminuta semilla se usa como condimento. Bledo es una quenopodiácea, una suerte de acelga silvestre (no viene en el diccionario de la RAE, de ahí que Millás lo preguntase en una de sus columnas)

10/10/2008

De premios de poesía y crisis de poetas


No poetas en crisis ni crisis de premios.

"Lo primero es lo primero", decía mi tío Luis durante la segunda posguerra mientras se disponía a comer dos huevos fritos y mis primitos le miraban. Primero la crisis. Un alma buena y además amigo me envía este vídeo que ayuda a entender perfectamente los orígenes de esta crisis que nos asola[1] (y acompañado):

http://www.dailymotion.com/video/x684wa_the-last-laugh-george-parr-subprime_fun

Creo que con eso es suficiente, aunque puede no estar de más leer también la detestable "American Psycho" del Breat Easton Ellis, pero leerla como lo que es: pornografía dura, así que no le pidáis poesía.

Y toca ahora lo segundo, que es lo más interesante, la poesía. Resulta que le han dado el Premio Nacional[2] de Poesía a un poeta. ¿En qué estaría pensando el jurado?, ¿a dónde vamos a parar?

Es algo parecido a esa manía que les ha entrado por conceder el Príncipe de Asturias a todo republicano confeso que encuentran aún con vida. Esto es un auténtico choteo. Aprendan del Nobel de Literatura: primero se lo daban sólo a los propios suecos y a los sólo relativamente ajenos noruegos, sólo; pero luego se lo dieron a Echegaray, eso fue el acabose, así que durante otro tiempo se lo dieron a los Stephen King y los John Grisham del momento (sólo que peores), como Sinclair Lewis y Pearl S. Buck. Luego tocó a la alta literatura: Faulkner y tal, y luego el pensamiento correcto y bien repartido:



Un académico: “¿a quién tenemos en Sri Lanka, antiguo Ceilán?”
Otro académico, “allí veo un poeta en tamil, ¿nos vale”.


Yo le tengo mucho respeto al Nobel de literatura por varias razones, pero de las recientes para mí cuenta mucho que sigan sin dárselo a Vargas Llosa. No te preocupes, hombre, te están reservando para el de economía, pero ha llegado esta crisis y no parece buen momento.

El caso es que la crisis, que todo lo arrasa como un tsunami para inversores y rentistas, también alcanza a los poetas, nada respeta y llega hasta las Casas de Misericordia. Repito: corred si podéis. La crisis alcanza ya a los poetas y a las Casas de Misericordia.


Margarit, tío, te van a llamar austero, te van a llamar hondo, te van a llamar de todo; tú ni caso, sigue a lo tuyo y no te preocupes. Anda listo porque a partir de ahora, si no tienes cuidado, verás publicadas vastas tonterías sobre ti. Sobre todo, esa de que se nota mucho en tus versos que eres arquitecto, por la geometría y tal, los ángulos y puntos de vista en perspectiva y hasta tu propia perspectiva caballera (y señorial). Es algo que impresiona mucho a los críticos de poesía, mucho más que la misma y rara, o sea, escasa, poesía.

Este es el poema que da título al poemario:




Casa de Misericordia[3]



El padre fusilado.

O, como dice el juez, ejecutado.

La madre, ahora, la miseria, el hambre,

la instancia que le escribe alguien a máquina:
Saludo al Vencedor, Segundo año Triunfal,

Solicito a Vuecencia poder dejar mis hijos

en esta Casa de Misericordia.


***

El frío del mañana está en la instancia.

Hospicios y orfanatos fueron duros,

pero más dura era la intemperie.

La verdadera caridad da miedo

Igual que la poesía: un buen poema,

por más bello que sea, será cruel.

No hay nada más. La poesía es hoy

última casa de misericordia.





Joder, qué tío. El mismo explica en su Web lo del nombre del poemario y unas cuantas cosas más. http://www.joanmargarit.com/

El poeta se explica, y para los que piensan que un buen poema no necesita explicarse, hay que decirles que se puede y hasta se debe ser redundante cuando es necesario y que eso no es necesariamente lo mismo que ser superfluo.

“Las Casas de Misericordia fueron instituciones de una gran severidad, rayana a veces en la maldad, pensaba yo, recordando aquellos años de la posguerra, los años de mi infancia…El edificio enorme, austero y bruñido de tan limpio, con los niños y niñas siempre graves y en orden, en pie o sentados, un orden casi militar.(…), las solicitudes, muchas de las cuales eran de viudas de asesinados en la represión del final de la guerra civil, que pedían el ingreso de sus hijos por imposibilidad de mantenerlos (…), los informes de los jueces y otros funcionarios del nuevo régimen sobre aquellas solicitudes(…)…la conclusión era clara: la intemperie era mucho más espantosa. Por esto se afanaban para hacer que sus hijos entraran en aquel lugar…” (El subrayado es innecesariamente mío)


Ya os digo: un poeta, que por lo visto también es arquitecto.

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[1] Se dice asuela, pero mi corrector no lo señala, y además asuela no permite el chiste malo.

[2] Los premios nacionales se dan por una obra concreta, no como el primer oscar de Paul Newman a toda una vida. A Joan Margarit se lo han dado por Casa de Misericordia, Visor, 2007

[3] Traducido del catalán por el propio autor

09/10/2008

¿Obama o McCain?


Esta es la cuestión. Y no me vengáis con que todos los políticos son iguales, porque unos son mucho más iguales que otros.

Mira que soy desconfiado. No estoy seguro de que los gobiernos, ni siquiera los democráticos gestionen la economía en interés de la mayoría. Ni siquiera estoy seguro, ejem, de que realmente gestionen la economía, pero creo sinceramente que para solucionar esta crisis deberíamos dejar de respaldar al dólar (la rupia es una opción más sensata) y expulsar a Estados Unidos del Consejo de Seguridad de la ONU, aunque quizá no se dejen. Mientras habría que votar.

Obama no me entusiasma, no me parece suficientemente negro, hubiera preferido a mi favorito, Michael Jordan[1], aunque...

McCain, este anciano con nombre de cadena de comida rápida, me parece que está al mismo nivel que el presidente vigente, incluso un poquito por encima… Sin embargo, los ancianos –categoría en la que si tengo suerte terminaré por ingresar- me mosquean. No es racismo (o "gerontofobia"). Es que actúan como si no tuvieran nada que perder y el mundo se acabase después de ellos.

Pero…es increíble, no me han permitido registrarme para votar.

Angus Strinberg despreciaba a los que como yo tenemos perros, porque suponía que no nos atrevemos a morder nosotros mismos. Igual de injustamente yo confieso que desprecio un poquito a la gente que se presenta a presidente (de allá, de más allá o hasta de aquí) porque creo que dan por supuesto que no podemos morder por nosotros mismos (o mover amistosamente el rabito, que de todo hay en el dichoso contrato social entre individuos y el estado). Creo que todo candidato, por el mero hecho de serlo, ignora el dictamen de Montaigne que nos advertía que en el trono más alto del mundo sólo podemos sentarnos sobre nuestro culo, en definitiva.

El problema de Obama y McCain es por eso difícil de solucionar y reside en que son políticos. Para lo poco que hacen, los políticos salen carísimos, pero cuando les da por hacer suele ser mucho peor. Claro que sale aún más caro no tenerlos, no hay mas que recordar el famoso consejo de Francisco Franco: “Haga como yo, joven: no se meta en política”. No me meteré en política si usted y todos los demás me prometen hacer lo mismo.

Y es que hay muchas formas de cometer violencia contra nosotros, los ciudadanos. La del terrorismo no es la única. Está la pequeña, si se quiere, violencia diaria de que unos mediocres, simplemente por militar en partidos y estar dispuestos a casi todo por conseguir el poder, nos tomen por tontos y consecuentemente nos hablen como si fuéramos gilipollas, continuamente, en campaña y después. Todo el rato somos idiotas para ellos. Mientras, ellos se agarran también todo el rato a esos prontuarios para dirigir idiotas que son las encuestas. Con sus pequeños cerebros de enanos de jardín.[2]

Está muy bien todo eso de la libertad, la justicia, la seguridad, pero yo voy a reivindicar un valor injustamente adjudicado a los burgueses y a las derechas: el respeto. Señor Obama, Señor McCain, Señor Rodríguez, Signore Berlusconi, Mister Brown, Monsieur Sarkozy, etc., respétenme, joder.
_____________________________________________________________________

[1] ¿Qué pasa? Hemos tenido presidentes que habían sido actores mediocres, gestores de granjas de pollos, hasta abogados marrulleros, ¿no podemos tener un presidente que haya sido uno de los más grandes atletas de todos los tiempos?

[2] (Esto no es mío, es un precioso insulto que me dirigió Paola en una de nuestras discusiones, porque en cierto tiempo peleábamos todo el día, pero nos queríamos a todas horas).

08/10/2008

¡La crisis, joder! (y su remedio para melancólicos)


La tierra indiferente
Y el largo camino
Entre el amanecer
Y el anochecer
(Richard Robinson, en un comentario a un disco de Soul de Howard Tate)

Estamos en plena crisis, ya me he convencido de tanto oír a los mandatarios de aquí y de allá que no nos preocupemos. Preocupémonos, por tanto, porque la crisis es un hecho, la han provocado los listos de siempre y también la pagaremos los tontos de siempre. Se trata del acreditado y consuetudinario hábito (redundancia) de privatizar beneficios de unos pocos y socializar inconvenientes entre el masivo resto de nosotros.

No sé si os habéis fijado. En toda barricada, junto a los adoquines, los consabidos sacos terreros y los diversos restos y escombros, hay también siempre una humilde silla de cocina, de esas de asiento de enea (vuelta del revés en el famoso cuadro de Delacroix: La libertad guiando al pueblo), esa humilde representante del modesto mobiliario familiar obrero o campesino es para mí una metáfora del mundo, ya que nunca he visto, aunque supongo que las podría haber, consolas Luís XIV. La pobreza no es un resultado inesperado e indeseado del tinglado (ni tampoco culpa del pobre, las más de las veces, como creen en cambio los calvinistas), sino parte inseparable del propio tinglado. Un tinglado es un tenderete precario, un cobertizo de mierda que aguanta lo mínimo y luego se derrumba, y en los barcos una toldilla improvisada. Las crisis económicas, del 29, del petróleo en los setenta, del cincuenta en América Latina, de los tulipanes en el siglo XVIII (la primera que se suele citar en las historia de la economía), todas las crisis son, en cambio, inesperadas tanto para los que las provocan (no tener memoria ni escrúpulos es condición “sinequanon” para ser un buen especulador) como para los que las sufren. Y siempre las amortizan los mismos, los que no las han provocado.

Pura lógica, es de pura lógica: depuremos esa lógica: de verdad que esta no es una pregunta retórica ni demagógica, sólo es lógica, aristotélicamente lógica. ¿Cómo podemos encontrar lógico que un "broker" con un móvil gane miles de veces más que un campesino que cultiva alimentos? me pregunto, y me pregunto cómo puede ser que un malinés consuma cientos de veces menos –alimentos, energía, madera, papel, acero, carbón, gemas- que un wasp (blanco, anglosajón y protestante estadounidense). Claro, el malinés, el bangladesí, la gitanilla rumana, la abuela carioca de la favela de Río están acostumbrados: viven en su crisis permanente desde que nacieron. Así cualquiera. Aún así, y fijándonos sólo en este veinte por ciento del mundo hasta ahora mismo confortable que algunos habitamos. Aún así, me pregunto, y no es pregunta retórica: ¿Hay algo nuevo bajo el Sol? Los que la han provocado son –los voy a denunciar, aquí, en exclusiva, son:

Los tipos que sólo ven madera en los árboles,
Solares edificables en los paisajes,
Coitos (polvos) en las mujeres,
Dinero en las amistades,
Carne en los animales.

¿Vale? Los tipos listos que asustan a los tontos, a nosotros. Ay, amiguetes, pero “ellos” no saben que los mejores placeres son gratuitos, o casi. En tiempos de crisis, no hacer mudanzas, cambiar el nylon por la seda, la formica por la madera noble, el plexiglás por el cuero auténtico, la baquelita por la buena porcelana, el vinilo y el skay por las buenas pieles bien curtidas. Huir como la peste de las tiendas de todo a cien, volved la gloriosa vista a las boutiques exclusivas. Pagad vuestro almuerzo, y el de aquel mastuerzo, con la visa platino.


28 de octubre de 1951, Lima

“Quién va a imaginar que este hombre que fuma cigarros rubios y que viaja en taxi a la oficina tiene tan sólo un par de zapatos y que para colmo le ajustan. Quién va a pensar que debe tres cuotas de hipoteca, la matrícula de la universidad, el valor de un terno en la sastrería... Quién va a pensarlo, pero las deudas se acumulan y la situación parece no tener remedio. Vuelven los malos días de 1948. ¿En quién habremos de esperar ahora? Yo me siento impotente para librar mi hogar del hundimiento. Las 45 libras que gano por aquel trabajo mecánico y mensajeril me alcanzan apenas para mantener mis vicios y de ninguna manera para cultivar mis virtudes. Dentro de un año seré abogado, ¿para qué? Seguiré lo mismo, como ahora, en la Sección Legal de una Compañía, sufriendo la rigidez de la jerarquía, el desdén de los potentados y con cuatro o cinco clientes tan paupérrimos que tengo que pagarles los gastos judiciales. La mañana de este domingo está muy bella y yo no sé si estudiar mi curso de Derecho Tributario o si continuar escribiendo mi novela camusiana.”

Al igual que una de las mejores formas de vencer una tentación es caer en ella, uno de los placeres más sofisticados, refinados, altruistas y, por lo común gratuitos es compartirlos. Junto con La invención de Morel de Bioy Casares, El jardín de senderos que se bifurcan de Borges y Autopista del sur de Cortazar, este tipo de arriba tiene algunos de los mejores cuentos escritos en castellano en todo el siglo XX, como Sólo para fumadores, y bastantes más.


Se abre un nuevo concurso –Emma, lo siento (y esto es una pista para los demás): tú no puede participar por razones que para ambos son obvias. Para todos los demás: este es el fragmento del diario de un tipo al que algunos adoramos sin asomo de desmesura, sino con toda la justeza que se merece. Murió va a hacer ya catorce años, el próximo diciembre, sin haberse corregido de su desdén por famas, prestigios, glorias y demás vainas:


-“¿No te preocupa escribir desde hace treinta años para haber alcanzado tan
minúscula celebridad?”! A lo que el interpelado (un tal Luder) responde: “Por
supuesto. Me gustaría escribir treinta años más para ser completamente
desconocido”.


A este tipo, Vivian Abenchuchan, profesora de la Autónoma de México y rendida –otra más- admiradora suya le llamó “escritor afantasmado”. Y sí, lo era, y cosas peores, como una suerte de carterista de la ficción, que te levantaba la imaginación mientras te distraía con un empujoncito, porque lo que más le hacía disfrutar, estoy seguro, era disimular su talento, que es el colmo de la discreción, de la ausencia de vanidad, como si sólo contara para él la sanción de él mismo. ¡Se puede ser un vanidoso más profundo!

¿Quién es? La respuesta en este enlace:


http://sololiteratura.com/php/

Pero hay que currárselo un poco.

07/10/2008

Coda a Galileo (o una modesta reserva a la fidelidad desmesurada hacia los libros)


Un libro no es un objeto cualquiera para mí, no es una bolsa, no es un bolígrafo desechable, no es un envase de yogur. Me escandaliza la gente que los maltrata innecesariamente, aunque comprendo que es bueno hacerlos circular, prestarlos y hasta subrayarlos (con lápiz, por favor). Y sin embargo...

Puede resultar sorprendente a primera vista, pero a ese genio absoluto que conocemos como Leonardo da Vinci le gustaba definirse como “uno de esos hombres sin libros”, para referirse a su pertenencia al grupo de los tecnólogos/inventores del Renacimiento, al que también pertenecía Galileo. Por tanto, hay que interpretar el duro dicterio anterior como una manifestación racionalista contra los fundamentalismos del libro, sea este la Biblia entendida a píe de la letra o la autoridad de Aristóteles.

Galileo Galilei era otro. En su famoso “Diálogo” denuncia con su energía característica a esos dogmáticos que sólo ven el mundo a través de los libros consagrados:

“Ya empiezo a darme cuenta de que hasta ahora habéis sido uno de esos que para entender cómo suceden estas cosas y enterarse de los efectos de la naturaleza no suben a las embarcaciones ni van juntos a las ballestas y cañones, sino que se retiran al estudio a hojear los índices y repertorios para ver si Aristóteles ha dicho algo al respecto (…) y estiman que no puede saberse nada más”

Por supuesto, no se trata, a estas alturas, de que vaya a resultar que Aristóteles era idiota, sino de abominar de ese “Aristóteles” congelado por los escolásticos; como no se trata de que la Biblia sea ahora un libro infame, lo convierte en infame la lectura literal y fanática de los fundamentalistas cristianos, o lo que es infame es esa lectura, esa forma de leer. Ya saben, si el escándalo está en el ojo del que se escandaliza y no en el supuesto motivo de escándalo, la estupidez tampoco reside en las páginas de un libro, Biblia o Aristóteles, sino en la de ciertos lectores. Aunque también hay libros estúpidos, no es el caso ni de la Biblia ni de la Obra de Aristóteles

Por eso Galileo incurre en la necesaria paradoja de combatir ese fundamentalismo libresco…escribiendo otro libro. Eso sí, su “Diálogo” (Diálogo sobre los dos máximos sistemas del mundo; el ptolemaico y el copernicano) está escrito en italiano y en forma dialogada, cumpliendo una función más democrática que la zafa de los restringidamente distantes intelectuales latinoparlantes de la época.

De sus tiempos de estudiante de medicina en Pisa, Galileo retiene una formación aristotélica, sobre todo la referida a la lógica y a la teoría de la demostración, pero sin sentirse atado a ella por ninguna suerte de lealtad indiscriminada. Por eso, cuando Galileo acusa a los aristotélicos de no saber matemáticas ni apreciarlas está siendo en parte retórico. En cambio, cuando afirma que él sí entiende a Aristóteles (y no, implícita y paradójicamente, los que se reclaman aristotélicos) está siendo correcto.

Cada día que pasa estoy más convencido. La costumbre de leer, por sí sola, ni salva de nada, ni siquiera de la estupidez, ni garantiza nada, ni siquiera es una vacuna para el salvajismo, sólo proporciona siempre cierto placer solitario, mucho más onanista que el onanismo propiamente dicho. Un famoso coronel nazi -habréis oído de él-, sañudo director de un campo de exterminio, escuchaba a Bach, incluso interpretaba al Mozart de cámara con la debida competencia, también leía a Rilke o a Holderlin, disfrutaba en fin de la exquisitez de la alta cultura germana mientras perpetraba con gran rigor barbaridad tras barbaridad contra otros seres humanos con la endeble y exclusiva coartada de la obediencia debida.

Aquí se ama a los libros, en este blog, por su autor y por sus visitas asiduas o no tanto, pero hasta un amor tan prestigioso como crecientemente anacrónico resulta indefendible bajo ciertos extremos.

La foto de arriba es la “livraria” Lello e Irmao en la Baixa portuense, junto a la Torre de los Clérigos (Rua dos Clérigos), http://cidadesurpreendente.blogspot.com/search?q=lello+e+irmao que pasa por ser una de las más bellas del mundo: caoba, latón, cobre, y multitud de esos curiosos artefactos, insuperables en su sencillez, que llamamos libros. La fotógrafa es Milagros y el personaje alucinado, otro letraherido amante de los libros, es mi amigo Javier. Está fundada en 1869 y es, para mi gusto…demasiado bonita.

06/10/2008

Galileo contra Urbano, segundo y definitivo asalto




Como bien señaló Vanbrugh en los comentarios del post anterior, la cita 1 es el fragmento inicial de la sentencia del Santo Oficio (Inquisición) de Roma contra Galileo.La cita 2 no es de Galileo, sino de su padre y homónimo, y nos muestra en parte el tipo de educación excepcionalmente libre para la época que recibió. La cita 3 sí es del propio Galileo y alude a una disputa con un jesuita aristotélico, Orazio Grassi, que usaba el seudónimo de Lotario Sarsi. Y en ella es fácil apreciar como Galileo no sólo era un polemista formidable (y encima llevaba razón, aunque llevar razón “antes de tiempo” puede ser malo para la salud), sino que era quizá innecesariamente cruel y demoledor. Le gustaba “hacer leña del árbol caído”, pero por poco consigue una pira para su propio uso con dicha leña; el Santo Oficio de Roma estaba bien dispuesto.


Los TÓPICOS[1] sobre Galileo son parte de la verdad, como todo tópico, pero casi como todo tópico también sepultan la riqueza de la verdad, más llena de matices: un listísimo y avanzado señor agobiado por la retrograda e insidiosa Inquisición, que tiraba distintos objetos desde el campanile de la torre inclinada de Pisa (donde había nacido) para medir su velocidad de caída y refutar así la mecánica de Aristóteles (anécdota casi con toda probabilidad falsa), que inventó o mejoró el telescopio (en realidad, la precedencia es holandesa y anónima), y que también e inevitablemente “se las tuvo tiesas” con el papa Urbano, y que, aunque llevaba razón, se la tuvo que “envainar” para no acabar en la hoguera, aunque susurró entre dientes aquello de que a pesar de todo se mueve. Pobre. Otra cita y otra anécdota, como ya he indicado anteriormente, probable y respectivamente espuria y apócrifa. Olvidémonos pues del complicadísimo contexto histórico de la polémica: el tópico no requiere un escenario más complejo que un ring, y casi con menos de los cuatro clásicos ángulos de aquel, con dos bastan: “¡en el rincón derecho y con toda la autoridad de siglos de la institución que le sustenta, Urbano VIII!”, el papa que casi le manda a la hoguera por sostener, con escaso sentido común (de supervivencia), cosas de sentido común en nuestra época, pero no en la suya, como que la Tierra se mueve alrededor del Sol. “¡En el rincón izquierdo, Galileo, el famoso santo laico fundador de la ciencia moderna!”[2].


En cambio, son TEMAS (topics): el ser el primero que observó con detenimiento y precisión la Luna, e identificó las extrañas manchas como relieves de montañas y cráteres que establecían una continuidad morfológica con nuestro planeta (hoy diríamos geomorfológico; sería pues también el primer geólogo planetario). Una vez se hizo con ese anteojo mejorado que conocemos como telescopio ya no paró: manchas solares, satélites de Júpiter (convenientemente bautizados en honor de la familia de los Medici), fases de Venus…todo el santo día y la noche mirando, en vez de fiarse de lo que decían “los clásicos”. Aunque el reivindicó a otro clásico algo más reciente: Copérnico.


Si Galileo merece el disputado título de padre de la ciencia moderna, aunque otros anteriores o contemporáneos pudieran también acreditar meritos para ese titulo, como el polaco Copérnico, el alemán Kepler, el inglés Bacon y hasta el aragonés Servet; todos ellos medio mártires y uno mártir entero y combustionado, es por no una poderosa, sino dos poderosas razones: por dar neta prioridad a la observación y la experimentación sobre los argumentos de autoridad de los antiguos (recordad la tercera cita), sean estos Aristóteles o la Biblia, y segundo, por matematizar, es decir, poner en lenguaje matemático (bastante más universal no ya que cualquier dialecto italiano, sino que el propio latín culto de la época) esas observaciones. A partir de Galileo vendrá lo de mirar la naturaleza como en un libro abierto (aunque no siempre fácil de leer). Y este no fue el único “giro copernicano” que propició su tesón casi suicida y su talento visionario.

Quizá por ser ya tan moderno en sus métodos, podríamos decir que en su epistemología, podemos confundirnos e incurrir en un anacronismo: el de considerar que Galileo fue un científico moderno también en su forma de vivir, algo así como un “investigador” de la Universidad de Padua o al menos un “becario” de los Medici en Florencia y hasta un polemista en el tribunal de Roma, lo que en el fondo sería restarle méritos. Fue un hombre adelantado a su tiempo, es decir, desplazado, alienado, peligrosamente situado en un mundo hostil por menos avanzado que él. Y lo fue no sólo por esa forma de extraer la verdad de la observación directa de la naturaleza, sino por cómo se consideraba a sí mismo en cuanto persona, lo cual entraba en conflicto frente a como le consideraban la inmensa mayoría de las demás gentes y sobre todo sus protectores, los poderosos: un simple, ingenioso, hábil y extravagante cortesano, con más categoría que un palafrenero o un camarero, pero menos seguramente que un confidente o una dama de compañía.

La pregunta pertinente, como reza el subtítulo del libro mencionado[3], sería más bien cómo practicar la ciencia, tal como hoy la entendemos, hace cuatro siglos, esto es, en el contexto histórico del absolutismo. Y esa pregunta (la buena ciencia es el arte de plantearse buenas preguntas más que el de responderlas, puesto que con lo primero ya está hecha la mitad de lo segundo) es la que intenta y yo creo que logra el profesor de historia de la ciencia Mario Biagioli, recreando la articulación de esta nueva y completamente inédita hasta ese momento identidad profesional: la de nuevo filósofo o filósofo astrónomo, dentro de una corte del XVI-XVII donde los filósofos, los pintores y muchos otros eran poco más que los mayordomos o los mozos de caballerizas. El “oficio” de Galileo era el de matemático (Pisa, Universidad de Padua); sin embargo, cuando se instala con sus protectores de la Toscana, los famosos Medici, se “representa” (se vuelve a presentar) como filósofo, eso sí, un filósofo atípico: él se llamaba a sí mismo filósofo matemático. Y lo era.



¿Qué se obtiene de nuevo con este planteamiento? Bueno, aparte de situar-contextualizar mejor la labor pionera del genio de Pisa, las condiciones de trabajo, los recursos disponibles, las limitaciones, si, pero sobre todo estudiar uno de los casos más paradigmáticos de relación entre poder y conocimiento. Miren la genómica actual con sus posibilidades de “mejorar” la vida humana o sus perspectivas de vida y envejecimiento, miren las tremendas relaciones entre armamentismo y ciencia, miren donde quieran en el mundo de hoy y podrán observar la pertinencia de esa relación: ciencia vs. poder; conocimiento versus dominación.

En 1633 un Galileo ya cansado, pero que había sido y aún era un polemista de cuidado, se enfrenta al famoso juicio. Y comienza a ingresar en uno de los más famosos tópicos históricos. En realidad, el asunto venía de mucho antes, cuando el mecenazgo, del gran Duque de Toscana, el Médicis de turno, que le había impulsado inicialmente, cambia de signo y se propone destruir la carrera del genio. Es decir, es un caso típico de “caída del favorito”. Pero el que ejecuta la destrucción de esa carrera es la corte de Roma, la de los papas, no la de Toscana. Y es una corte muy extraña, porque no es la sede de ninguna dinastía y ni siquiera hace falta pertenecer a la aristocracia para terminar siendo papa (aunque ayuda), de manera que no es insólito que un súbdito de origen social inferior acabe gobernando a quien antes fuera su propio soberano, un Médicis, por ejemplo. La caída del favorito era, por tanto, una forma de preservar al príncipe, de rejuvenecer la corte, una suerte de chivo expiatorio, como Bacon.

El tema (Topic y no tópico) es que en febrero de 1632 el Diálogo de Galileo sale de la imprenta en Florencia. Antes lo había intentado publicar en Roma. Pero para obtener el imprimátur se le exige que incluya ciertos retoques, como un prefacio y una conclusión siguiendo las directrices del papa Urbano, que no era precisamente ni un gran cosmólogo ni un reputado matemático, aunque probablemente él considerara que bastaba con atenerse a la Biblia, y eh ahí el conflicto. Al final Galileo tira de influencias para conseguir que sea el inquisidor florentino y no el romano el que revise definitivamente el manuscrito y de la autorización. Y así se imprime con la aprobación de la iglesia. O eso parece. En realidad, Galileo, que tan bien se mueve entre los hechos astronómicos observables, ha metido la pata en los hechos políticos del momento. Y le cuesta caro el error. Galileo, nos parece ahora, tenía mucho sentido común en colocar a la Tierra alrededor del Sol, pero muy poco en retar al papa, como les pareció a casi todos entonces.

Ese mismo verano de 1632, el papa ordena que se secuestre el libro (se retire de la circulación) y además ordena que se cree una comisión especial para investigar posibles transgresiones de Galileo. En otoño recibe el informe y decide el pontífice dejar el asunto en manos de la Inquisición que cita a Galileo a Roma. Este llega a Roma en febrero de 1633, el proceso comienza en abril y culmina en junio, con la condena de reclusión perpetua; también se le ordena una penitencia: rezar los salmos penitenciales una vez por semana durante tres años…Y Galileo sube a los altares de la ciencia, tal como hoy la entendemos.



[1] “Tópico” en castellano, y “topic” en inglés es lo que los traductores profesionales llaman “falsos amigos” (faux-ami), palabras que derivando de una misma o próxima etimología suenan igual pero significan cosas distintas, como embaraçado en portugués, que no es embarazado, sino avergonzado (aunque algunos semicultos ya lo usan en este último sentido) en castellano, o constipated en inglés que no es resfriado sino estreñido, etc. Tópic en inglés es tema, no tópico. Perdón por la clase elemental.

[2] Cuatro siglos después la Iglesia ha pedido perdón por aquel desliz. No debió hacerlo, resulta patético, no enmienda nada, llega tarde y además simplifica un conflicto mucho más complejo y fascinante. Para las banderías entre, digamos, agnósticos racionalistas y fanáticos religiosos les bastará con el tópico, pero como servicio a la verdad histórica, siempre tan escurridiza, es mejor acudir al matiz: la verdad siempre reside en el matiz, aunque “no venda”.



[3] Mario Biagioli: Galileo cortesano. La práctica de la ciencia en la cultura del absolutismo. Katz editores, Buenos Aires, Madrid, 2008

03/10/2008

Galileo contra Sarsi, sin límite de asaltos: primero



De momento ir mirándoos estas tres citas:

1.-
"Fuertemente sospechoso de herejía, vale decir, de haber creído y sostenido la doctrina, falsa y opuesta a las sagradas y Divinas Escrituras, de que el Sol es el centro del mundo y no se mueve de Este a Oeste, y de que la Tierra se mueve y no se halla en el centro del mundo (…) "

2.-

“Me parece que aquellos que sólo se basan en argumentos de autoridad para mantener sus afirmaciones, sin buscar razones que las apoyen, actúan en forma absurda. Desearía poder cuestionar libremente y responder libremente sin adulaciones. Así se comporta aquel que persigue la verdad.”

y 3.-

“En Sarsi discierno la creencia de que en el discurso filosófico se debe defender la opinión de un autor célebre, como si nuestras mentes tuvieran que mantenerse estériles y yermas si no están en consonancia con alguien más. Tal vez piense que la filosofía es un libro de ficción escrito por algún autor, como la Ilíada. Bien, Sarsi, las cosas no son así. La Filosofía está escrita en ese gran libro del universo, que se está continuamente abierto ante nosotros para que lo observemos. Pero el libro no puede comprenderse sin que antes aprendamos el lenguaje y alfabeto en que está compuesto. Está escrito en el lenguaje de las matemáticas y sus caracteres son triángulos, círculos y otras figuras geométricas, sin las cuales es humanamente imposible entender una sóla de sus palabras. Sin ese lenguaje, navegamos en un oscuro laberinto. “


Incluso, abro un concurso (me voy pensando el premio; quizá sólo la “honrilla”): podéis intentar adivinar/saber a qué o quién corresponden las tres citas.

Falta otra muy famosa, la de “Eppur si muove” (o “E pur si mueve”); esto es, “Y sin embargo, se mueve”, que la leyenda cuenta que masculló para sí Galileo -más que hacia los oídos de Urbano VIII- cuando se vio obligado a rectificar por razones obvias de supervivencia su defensa del modelo copernicano, abjurando de su anterior heliocentrismo. Al otro lado se supone que le estaba oyendo el tribunal del santo Oficio (Inquisición) con las tenazas, no precisamente de rizar el pelo, dispuestas, así como la pira y la tea para encenderla. Es típico confundir este episodio con el de otros, llamémosles, “mártires” del laicismo, como Bacon. Lo malo es que la cita es tan espuria como apócrifa la anécdota.

Además: si la verdad siempre reside en el matiz (¿me oís, señores demagogos?) esta historia reviste muchos matices: próximamente, aquí, en esta pantalla, en exclusiva para vosotros.
Nota Bene:
Como Google no os va a bastar (aunque sí, quizás, para saber quién fue Sarsi), aquí va mi lectura recomendada y recomendable (espléndida) : Mario Biagioli: Galileo cortesano. La práctica de la ciencia en la cultura del absolutismo. Katz editores; Buenos Aires, Madrid, 2008.

02/10/2008

Hermoso y maldito: la leyenda del Santo Perdedor





Si el niño quiere ser artista más vale que acabe el bachillerato. Hay escritores que son o fueron Ingenieros de Caminos en ejercicio, como Juan Benet; funcionarios letrados del Ministerio de Obras Públicas; como García Hortelano; detentadores de una franquicia de panadería selectas (Viena Capellanes), como Pío Baroja. Y hay escritores que viven exclusivamente de lo que escriben, como, sin ir más lejos Javier Marías. Precisamente el inicial mentor de este último, Benet, era partidario de tener otro oficio/beneficio para así ser más libre con tu arte, pero Marías, mejor novelista que aquel divino y divinizado “don Juan” (espléndido escritor de grandes páginas en sus en el fondo malas novelas) no le pudo hacer caso en eso. Por el contrario Ramón Gómez de la Serna lo tenía muy claro (cito de memoria, o sea, que quizás no es totalmente literal, pero seguro que casi): “Escribo todo lo que se me ocurre; publico todo lo que escribo y cobro todo lo que publico”. Este último es el modelo seguido aquí por Umbral o su maestro Cela.

Escritor profesional versus escritor permanentemente “amateur” (de amar). En ambos bandos los hay buenos y malos.

Otra opción/dicotomía es la del escritor casi oculto detrás de su obra, con extremos que consiguen casi el efecto contrario: llamar prodigiosamente la atención sobre su anonimato (Salinger, Pynchon, etc.) frente a escritores cuya vida azarosa, a menudo impostada y llena de peripecias en cierto modo buscadas, como la de Hemingway, es más conspicua y llamativa que la obra, o cuya mejor obra es su vida.

Pero a mí los que más me fascinan son los que verdaderamente mantienen una continuidad absoluta entre ambas facetas, vida y obra. Como es el caso de Scott Fitgerald. Si en Hemingway, cuya biografía recuerda esa canción de Sabina que va repasando todas las ocupaciones favoritas en diversas ciudades (boxeador en Detroit, etc.), para al final quedarse con el pirata cojo, es difícil separar al hombre del escritor y de su leyenda, en Fitgerald, como señala Ballard[1], es prácticamente imposible, porque, si se es injusto, si no se le lee antes, uno tiende a pensar que desde el principio sólo existió la leyenda. Una leyenda que parece inventada por un guionista de Hollywood: genio malogrado, niño mimado de la época del jazz, muerte romántica y alcohólica.

Así que para leer a Fitgerald, uno de los más exquisitos, sino el que más, individuos de la generación perdida, no hay que olvidarse de su peliculera vida, sino buscarla en su propia literatura. Y encontrar la perla más valiosa: sus descripciones del fracaso (mucho más literario, siempre, que el aburrido éxito). Pero del fracaso, por un lado, de los que primero fueron triunfadores, en una sociedad como la estadounidense que está literalmente fascinada/horrorizada –permanentemente aprensiva- por los “loser”, los perdedores.

Y el fracaso, igualmente, del empeño del gran Proust, el fracaso en recuperar las emociones del pasado (En busca del tiempo perdido, de don Marcel, lleva en sí mismo, desde el título, el reconocimiento de ese fracaso que reside en el adjetivo perdido aplicado al tiempo: perdido, para siempre).

Durante un tiempo le duraron las fiestas de champán, las chicas con faldas cortas plisadas (flappers, como su mujer Zelda), los coches sólidos y bonitos con neumáticos blancos y cromados refulgentes; las mansiones y en general los felices años veinte, los mismos o parecidos que vivió mi abuela Emilia a sus precisos veinte y veintitantos años (porque vivir los años veinte con ochenta tiene maldita la gracia: hay que saber llegar a tiempo; a la vida, también)

¿Qué paso? Que luego vino el fracaso de verdad, el general, tras el Gran Crack del 29, el muy real fracaso de los duros años treinta y la depresión. Y dejaron de tener glamour los fracasitos de la gente guapa y maldita. Era ya el tiempo para Las uvas de la ira del gran Steinbeck.

La mejor y más despiadada descripción del final real del elegante, glamuroso y siempre joven Francis Scott Fitgerald es de John O´Hara que le describió en sus últimos años como “un viejecito prematuro que aparecía de incógnito en las librerías de viejo”. Pero su fracaso fue real: en la última declaración de derechos de autor de Scribners, en 1940, se daba cuenta de la venta de 40 ejemplares de El Gran Gatsby, por un importe de…13 dolares[2].
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[1] J.G. Ballard: A User´s Guide to the Millenium.
[2] Datos extraídos de la biografía de Fitgerald de Matthew J. Brucoli

01/10/2008

Plagio







En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, frente al pelotón
de fusilamiento el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde en
que, al despertar de un sueño agitado, Gregorio Samsa se encontró en su cama
transformado en un horrible insecto.


Copyright, de Jorge Maronna y Luis María
Pescetti




“¡Salga de mi propiedad!” es una frase muy repetida en los filmes norteamericanos, normalmente la pronuncia un tipo armado con un rifle y cara de malos amigos. Pero en realidad se refiere a los bienes raíces; con otros algo más “intangibles”, como los de la propiedad intelectual, la cosa es distinta. Por eso, y porque hay pasta gansa por medio, en muchas especialidades científicas modernas –en realidad todas las relacionadas con la biomedicina y la genómica- ya no se publican los descubrimientos y tal, sino que se patentan.

Hace unos días andaba yo por "los jardines de los senderos que se bifurcan", esto es: por Google, buscando un árbol que había encontrado en uno de mis paseos urbanos con Jara. Es sabido que los buscadores, y en general Internet, no valen para realizar una búsqueda sistemática ni si me apuran exhaustiva, pero su encanto está precisamente en ese errabundo vagabundeo que consiente. Y mira por donde, en la página de un profesor de instituto de Córdoba, no encuentro el árbol, pero me tropiezo con el plagio descarado de un libro mío de hace lustros. Frases textuales, sin entrecomillar y sin citar (-me) al autor. Plagio puro y duro. Al principio me cabreo, pero luego, lentamente reflexiono sobre la naturaleza íntima del plagio; de este y casi de cualquiera. Si no hay pelas de por medio, y ese libro creo recordar que devino en derechos de autor escasamente para una cena con cuatro amigos, hasta que lo descatalogaron, se trataría más bien de un homenaje, y de una forma de avance del conocimiento general. ¿O no? La pregunta es: ¿un plagio solamente es un robo intelectual? ¿Qué se roba intelectualmente? ¿Ideas? Venga ya: la mayoría no somos genios y las que "tenemos" flotan por ahí, y no hablo sólo de la Red. Se roba el trabajo, la molestia (o el placer) de organizar en frases ideas ya conocidas, al menos por algunos, digamos los expertos y regalárselas a los demás. Pero el plagiador difunde, a cambio de la patética vanidad de hacerlo pasar por suyo, el trabajo de otros. Como mínimo es un parásito benévolo, casi un simbionte.

Homenaje encubierto; contribución a la difusión de ideas…

Estoy por escribirle una carta agradeciéndole al profe ese, pero igual me demanda por difamación.

Ah, el árbol, era un vulgar nogal americano (Juglans nigra L.)

P.D.- Siguiéndole la pista a Pierre Menard, autor del Quijote a quien presuntamente plagió un ex galeote manco (según un bibliotecario ciego) he descubierto una jugosa lista de ilustres plagiadores, presuntos algunos, bien probados otros. La lista impresiona porque contiene más glorias literarias que la de los Nobel:

Gonzalo de Berceo, Arcipreste de Hita, infante don Juan Manuel, Garcilaso de la Vega, Ignacio de Loyola, Mateo Alemán, Lope de Vega, Francisco de Quevedo (y también Villegas, que le acompañaba siempre, como Tip y Coll), etc., etc., etc., hasta llegar a casos tan sonados como el Alfredo Bryce Echenique o Lucia Echebarría. Claro que los primeros funcionaban en un mundo donde la propiedad intelectual no estaba reconocida y la apropiación de ideas y frases era moneda corriente y nada mal vista.

Si os place, podéis visitar esta página, que es muy interesante (o plagiarla):

http://www.elplagio.com/

Me voy cantando, si no encantado (al fin y al cabo, y de alguna forma, estoy incluido en una nómina tan antigua como excelsa): me plagian, siempre me plagian, ay, siempre me plagian (Cantar con la música de Daniel Viglieti y la letra de Nicolas Guillén, aquella de “me matan si no trabajo, / y si trabajo me matan…")