Como bien señaló Vanbrugh en los comentarios del post anterior, la cita 1 es el fragmento inicial de la sentencia del Santo Oficio (Inquisición) de Roma contra Galileo.La cita 2 no es de Galileo, sino de su padre y homónimo, y nos muestra en parte el tipo de educación excepcionalmente libre para la época que recibió. La cita 3 sí es del propio Galileo y alude a una disputa con un jesuita aristotélico, Orazio Grassi, que usaba el seudónimo de Lotario Sarsi. Y en ella es fácil apreciar como Galileo no sólo era un polemista formidable (y encima llevaba razón, aunque llevar razón “antes de tiempo” puede ser malo para la salud), sino que era quizá innecesariamente cruel y demoledor. Le gustaba “hacer leña del árbol caído”, pero por poco consigue una pira para su propio uso con dicha leña; el Santo Oficio de Roma estaba bien dispuesto.
Los TÓPICOS
[1] sobre Galileo son parte de la verdad, como todo tópico, pero casi como todo tópico también sepultan la riqueza de la verdad, más llena de matices: un listísimo y avanzado señor agobiado por la retrograda e insidiosa Inquisición, que tiraba distintos objetos desde el campanile de la torre inclinada de Pisa (donde había nacido) para medir su velocidad de caída y refutar así la mecánica de Aristóteles (anécdota casi con toda probabilidad falsa), que inventó o mejoró el telescopio (en realidad, la precedencia es holandesa y anónima), y que también e inevitablemente “se las tuvo tiesas” con el papa Urbano, y que, aunque llevaba razón, se la tuvo que “envainar” para no acabar en la hoguera, aunque susurró entre dientes aquello de que a pesar de todo se mueve. Pobre. Otra cita y otra anécdota, como ya he indicado anteriormente, probable y respectivamente espuria y apócrifa. Olvidémonos pues del complicadísimo contexto histórico de la polémica: el tópico no requiere un escenario más complejo que un ring, y casi con menos de los cuatro clásicos ángulos de aquel, con dos bastan: “¡en el rincón derecho y con toda la autoridad de siglos de la institución que le sustenta, Urbano VIII!”, el papa que casi le manda a la hoguera por sostener, con escaso sentido común (de supervivencia), cosas de sentido común en nuestra época, pero no en la suya, como que la Tierra se mueve alrededor del Sol. “¡En el rincón izquierdo, Galileo, el famoso santo laico fundador de la ciencia moderna!”
[2].
En cambio, son TEMAS (topics): el ser el primero que observó con detenimiento y precisión la Luna, e identificó las extrañas manchas como relieves de montañas y cráteres que establecían una continuidad morfológica con nuestro planeta (hoy diríamos geomorfológico; sería pues también el primer geólogo planetario). Una vez se hizo con ese anteojo mejorado que conocemos como telescopio ya no paró: manchas solares, satélites de Júpiter (convenientemente bautizados en honor de la familia de los Medici), fases de Venus…todo el santo día y la noche mirando, en vez de fiarse de lo que decían “los clásicos”. Aunque el reivindicó a otro clásico algo más reciente: Copérnico.
Si Galileo merece el disputado título de padre de la ciencia moderna, aunque otros anteriores o contemporáneos pudieran también acreditar meritos para ese titulo, como el polaco Copérnico, el alemán Kepler, el inglés Bacon y hasta el aragonés Servet; todos ellos medio mártires y uno mártir entero y combustionado, es por no una poderosa, sino dos poderosas razones: por dar neta prioridad a la observación y la experimentación sobre los argumentos de autoridad de los antiguos (recordad la tercera cita), sean estos Aristóteles o la Biblia, y segundo, por matematizar, es decir, poner en lenguaje matemático (bastante más universal no ya que cualquier dialecto italiano, sino que el propio latín culto de la época) esas observaciones. A partir de Galileo vendrá lo de mirar la naturaleza como en un libro abierto (aunque no siempre fácil de leer). Y este no fue el único “giro copernicano” que propició su tesón casi suicida y su talento visionario.
Quizá por ser ya tan moderno en sus métodos, podríamos decir que en su epistemología, podemos confundirnos e incurrir en un anacronismo: el de considerar que Galileo fue un científico moderno también en su forma de vivir, algo así como un “investigador” de la Universidad de Padua o al menos un “becario” de los Medici en Florencia y hasta un polemista en el tribunal de Roma, lo que en el fondo sería restarle méritos. Fue un hombre adelantado a su tiempo, es decir, desplazado, alienado, peligrosamente situado en un mundo hostil por menos avanzado que él. Y lo fue no sólo por esa forma de extraer la verdad de la observación directa de la naturaleza, sino por cómo se consideraba a sí mismo en cuanto persona, lo cual entraba en conflicto frente a como le consideraban la inmensa mayoría de las demás gentes y sobre todo sus protectores, los poderosos: un simple, ingenioso, hábil y extravagante cortesano, con más categoría que un palafrenero o un camarero, pero menos seguramente que un confidente o una dama de compañía.
La pregunta pertinente, como reza el subtítulo del libro mencionado
[3], sería más bien cómo practicar la ciencia, tal como hoy la entendemos, hace cuatro siglos, esto es, en el contexto histórico del absolutismo. Y esa pregunta (la buena ciencia es el arte de plantearse buenas preguntas más que el de responderlas, puesto que con lo primero ya está hecha la mitad de lo segundo) es la que intenta y yo creo que logra el profesor de historia de la ciencia Mario Biagioli, recreando la articulación de esta nueva y completamente inédita hasta ese momento identidad profesional: la de nuevo filósofo o filósofo astrónomo, dentro de una corte del XVI-XVII donde los filósofos, los pintores y muchos otros eran poco más que los mayordomos o los mozos de caballerizas. El “oficio” de Galileo era el de matemático (Pisa, Universidad de Padua); sin embargo, cuando se instala con sus protectores de la Toscana, los famosos Medici, se “representa” (se vuelve a presentar) como filósofo, eso sí, un filósofo atípico: él se llamaba a sí mismo filósofo matemático. Y lo era.
¿Qué se obtiene de nuevo con este planteamiento? Bueno, aparte de situar-contextualizar mejor la labor pionera del genio de Pisa, las condiciones de trabajo, los recursos disponibles, las limitaciones, si, pero sobre todo estudiar
uno de los casos más paradigmáticos de relación entre poder y conocimiento. Miren la genómica actual con sus posibilidades de “mejorar” la vida humana o sus perspectivas de vida y envejecimiento, miren las tremendas relaciones entre armamentismo y ciencia, miren donde quieran en el mundo de hoy y podrán observar la pertinencia de esa relación: ciencia vs. poder; conocimiento versus dominación.
En 1633 un Galileo ya cansado, pero que había sido y aún era un polemista de cuidado, se enfrenta al famoso juicio. Y comienza a ingresar en uno de los más famosos tópicos históricos. En realidad, el asunto venía de mucho antes, cuando el mecenazgo, del gran Duque de Toscana, el Médicis de turno, que le había impulsado inicialmente, cambia de signo y se propone destruir la carrera del genio. Es decir, es un caso típico de “caída del favorito”. Pero el que ejecuta la destrucción de esa carrera es la corte de Roma, la de los papas, no la de Toscana. Y es una corte muy extraña, porque no es la sede de ninguna dinastía y ni siquiera hace falta pertenecer a la aristocracia para terminar siendo papa (aunque ayuda), de manera que no es insólito que un súbdito de origen social inferior acabe gobernando a quien antes fuera su propio soberano, un Médicis, por ejemplo. La caída del favorito era, por tanto, una forma de preservar al príncipe, de rejuvenecer la corte, una suerte de chivo expiatorio, como Bacon.
El tema (Topic y no tópico) es que en febrero de 1632 el Diálogo de Galileo sale de la imprenta en Florencia. Antes lo había intentado publicar en Roma. Pero para obtener el imprimátur se le exige que incluya ciertos retoques, como un prefacio y una conclusión siguiendo las directrices del papa Urbano, que no era precisamente ni un gran cosmólogo ni un reputado matemático, aunque probablemente él considerara que bastaba con atenerse a la Biblia, y eh ahí el conflicto. Al final Galileo tira de influencias para conseguir que sea el inquisidor florentino y no el romano el que revise definitivamente el manuscrito y de la autorización. Y así se imprime con la aprobación de la iglesia. O eso parece. En realidad, Galileo, que tan bien se mueve entre los hechos astronómicos observables, ha metido la pata en los hechos políticos del momento. Y le cuesta caro el error. Galileo, nos parece ahora, tenía mucho sentido común en colocar a la Tierra alrededor del Sol, pero muy poco en retar al papa, como les pareció a casi todos entonces.
Ese mismo verano de 1632, el papa ordena que se secuestre el libro (se retire de la circulación) y además ordena que se cree una comisión especial para investigar posibles transgresiones de Galileo. En otoño recibe el informe y decide el pontífice dejar el asunto en manos de la Inquisición que cita a Galileo a Roma. Este llega a Roma en febrero de 1633, el proceso comienza en abril y culmina en junio, con la condena de reclusión perpetua; también se le ordena una penitencia: rezar los salmos penitenciales una vez por semana durante tres años…Y Galileo sube a los altares de la ciencia, tal como hoy la entendemos.
[1] “Tópico” en castellano, y “topic” en inglés es lo que los traductores profesionales llaman “falsos amigos” (faux-ami), palabras que derivando de una misma o próxima etimología suenan igual pero significan cosas distintas, como embaraçado en portugués, que no es embarazado, sino avergonzado (aunque algunos semicultos ya lo usan en este último sentido) en castellano, o constipated en inglés que no es resfriado sino estreñido, etc. Tópic en inglés es tema, no tópico. Perdón por la clase elemental.
[2] Cuatro siglos después la Iglesia ha pedido perdón por aquel desliz. No debió hacerlo, resulta patético, no enmienda nada, llega tarde y además simplifica un conflicto mucho más complejo y fascinante. Para las banderías entre, digamos, agnósticos racionalistas y fanáticos religiosos les bastará con el tópico, pero como servicio a la verdad histórica, siempre tan escurridiza, es mejor acudir al matiz: la verdad siempre reside en el matiz, aunque “no venda”.
[3] Mario Biagioli:
Galileo cortesano. La práctica de la ciencia en la cultura del absolutismo. Katz editores, Buenos Aires, Madrid, 2008