


Pretender comparar a este exquisito fotógrafo neoyorquino de la época del jazz y el art déco con ese practicante de autopsias de bromuro de plata de finales del siglo pasado que es Helmut Newton (1920-2004) (ver post: http://www.lansky-al-habla.com/2008/11/newton-y-las-mujeres.html) es como emparejar al 'glamuroso' y clásico explorador ártico, de los de trineo de perros, abrigazo de piel de foca y rompehielos de vela, con un furibundo y ruidoso gamberro ataviado de tóxico nylon fosforescente con su letal moto de nieve. Nada que ver, salvo el efecto de realce que toda comparación tan tendenciosa como enojosa tiene.
Por supuesto, hay épocas estéticamente más satisfactorias que otras. Los setenta y ochenta del siglo pasado, cuando yo era convencionalmente joven (que no un joven convencional), fueron tiempos en los que las compañías de agua debían verter substancias psicodélicas en los embalses de abastecimiento, porque no se explican esos atuendos y peinados horrendos, por no decir bochornosos que a mí, claro, me resultan hoy entrañables: esos pantalones acampanados y ceñidos de talle, esos jerséis mínimos (‘minipúls’, los decían), esos zapatones con vertiginosas plataformas, chorreras en las camisas y demás horrores que vuelven a llevarse en ciertos ambientes y bajo ciertas condiciones y círculos más o menos ‘freekies’. En cambio, los años veinte, cuando mi abuela Emilia tenía eso, exactamente veinte, fueron unos años estéticamente preciosos, en arquitectura, en pintura, en decoración de interiores, incluida la lencería, y en música y atuendos. No obstante, aunque la poesía tenga su propio tono en cada época, y hablar en sonetos fuera anacrónico incluso en la Italia del siglo XIII y XIV, cuando se inventaron, la poesía, su intención diríamos, está o no está presente. La épica de La Iliada de Homero y la épica de La Guerra de las Galaxias de Lucas adoptan formulaciones distintas (aunque no tanto), pero ambas son eso, épicas. Newton no tenía poesía, ni dura ni blanda, sino mercancía; Cheney Johnston, que era un muy comercial fotógrafo, la buscaba y la tenía.
Alfred Cheney Johnston (Nueva York, 1885-1971) nació en una familia rica (“acomodada de banqueros”, reza un catálogo, es decir, rica) y fue un voluptuoso y a la par exquisito fotógrafo de voluptuosas y a la par exquisitas mujeres de los años veinte. La verdad es que tenía un trabajo envidiable: era fotógrafo de las Ziegfeld Follies, una serie de revistas musicales del Broadway de la época (1907-1931), inspiradas en las Follies Berger de París y al servicio de una famosa actriz que marcó estilo desde las peluquerías de barrio hasta la alta literatura (Scott Fitzgerald), Anna Held, el paradigma de mujer ideal de la época, la “flapper” de flequillo, pelo corto y faldita plisada aún más corta, pero, para compensar, collar de perlas bien largo, a la altura de las desnudas rodillas. Louise Brooks, Paulette Goddard, Marion Davies y hasta Barbara Stanwyck fueron también notables artistas de esa revista. Apenas dos décadas después, las prodigiosas piernas de Fred Astaire y las no menos prodigiosas (en este caso por más de un motivo) de Cyd Charisse rindieron tributo con ese mismo título, 'Ziegfeld Follies' a la ya entonces extinta, pero para siempre legendaria comedia musical neoyorquina (1944). En esa antigua película que es ya un revival de otra época aún más lejana, un elegante Obama en esmoquin no habría desentonado.
Al bueno y exquisito de Alfred se le apodaba Mr. Drape, esto es, señor “drapeados”, o mejor, el señor de los pliegues y las túnicas, porque lo primero que hacía al recibir a sus modelos –y es comprensible, qué queréis que os diga- era despojarlas de la ropa y ofrecerlas vestir –es un decir- con algún retazo mínimo de ese muestrario de ricas sedas y oropeles que tenía dispersos, junto a las lámparas de magnesio para los flash y las sombrillas blancas difusoras de luces por todo el estudio. Una chica guapa –sensual, pero delgadita, como las que están ahora de nuevo moda-, pícara, independiente y con un echarpe por todo atuendo.
Los pedantes de la historia de la fotografía le encasillan bajo una etiqueta lamentable, la de pictorialista tardío (es decir, los que intentaban emular a los pintores con sus fotos, pero no ya en el inicio decimonónico de la fotografía sino bastante más tarde). Lo que sí fue, y a mucha honra, es fotógrafo comercial, como señala algún catálogo “para la gloria del sueño de la ‘american girl’.”
Usaba esas cámaras grandes, de placa única y gran formato, que precisaban siempre trípodes y atentos ayudantes. Y a su modo, como la Venus de Milo en el siglo I y II a. C., marcó la noción de belleza de toda una época en un Estados Unidos que aún no era el imperio descarado de hoy, pero que comenzaba a ser muy imitado.












