24/11/2008

Más sobre fotografías de mujeres









Pretender comparar a este exquisito fotógrafo neoyorquino de la época del jazz y el art déco con ese practicante de autopsias de bromuro de plata de finales del siglo pasado que es Helmut Newton (1920-2004) (ver post: http://www.lansky-al-habla.com/2008/11/newton-y-las-mujeres.html) es como emparejar al 'glamuroso' y clásico explorador ártico, de los de trineo de perros, abrigazo de piel de foca y rompehielos de vela, con un furibundo y ruidoso gamberro ataviado de tóxico nylon fosforescente con su letal moto de nieve. Nada que ver, salvo el efecto de realce que toda comparación tan tendenciosa como enojosa tiene.

Por supuesto, hay épocas estéticamente más satisfactorias que otras. Los setenta y ochenta del siglo pasado, cuando yo era convencionalmente joven (que no un joven convencional), fueron tiempos en los que las compañías de agua debían verter substancias psicodélicas en los embalses de abastecimiento, porque no se explican esos atuendos y peinados horrendos, por no decir bochornosos que a mí, claro, me resultan hoy entrañables: esos pantalones acampanados y ceñidos de talle, esos jerséis mínimos (‘minipúls’, los decían), esos zapatones con vertiginosas plataformas, chorreras en las camisas y demás horrores que vuelven a llevarse en ciertos ambientes y bajo ciertas condiciones y círculos más o menos ‘freekies’. En cambio, los años veinte, cuando mi abuela Emilia tenía eso, exactamente veinte, fueron unos años estéticamente preciosos, en arquitectura, en pintura, en decoración de interiores, incluida la lencería, y en música y atuendos. No obstante, aunque la poesía tenga su propio tono en cada época, y hablar en sonetos fuera anacrónico incluso en la Italia del siglo XIII y XIV, cuando se inventaron, la poesía, su intención diríamos, está o no está presente. La épica de La Iliada de Homero y la épica de La Guerra de las Galaxias de Lucas adoptan formulaciones distintas (aunque no tanto), pero ambas son eso, épicas. Newton no tenía poesía, ni dura ni blanda, sino mercancía; Cheney Johnston, que era un muy comercial fotógrafo, la buscaba y la tenía.

Alfred Cheney Johnston (Nueva York, 1885-1971) nació en una familia rica (“acomodada de banqueros”, reza un catálogo, es decir, rica) y fue un voluptuoso y a la par exquisito fotógrafo de voluptuosas y a la par exquisitas mujeres de los años veinte. La verdad es que tenía un trabajo envidiable: era fotógrafo de las Ziegfeld Follies, una serie de revistas musicales del Broadway de la época (1907-1931), inspiradas en las Follies Berger de París y al servicio de una famosa actriz que marcó estilo desde las peluquerías de barrio hasta la alta literatura (Scott Fitzgerald), Anna Held, el paradigma de mujer ideal de la época, la “flapper” de flequillo, pelo corto y faldita plisada aún más corta, pero, para compensar, collar de perlas bien largo, a la altura de las desnudas rodillas. Louise Brooks, Paulette Goddard, Marion Davies y hasta Barbara Stanwyck fueron también notables artistas de esa revista. Apenas dos décadas después, las prodigiosas piernas de Fred Astaire y las no menos prodigiosas (en este caso por más de un motivo) de Cyd Charisse rindieron tributo con ese mismo título, 'Ziegfeld Follies' a la ya entonces extinta, pero para siempre legendaria comedia musical neoyorquina (1944). En esa antigua película que es ya un revival de otra época aún más lejana, un elegante Obama en esmoquin no habría desentonado.

Al bueno y exquisito de Alfred se le apodaba Mr. Drape, esto es, señor “drapeados”, o mejor, el señor de los pliegues y las túnicas, porque lo primero que hacía al recibir a sus modelos –y es comprensible, qué queréis que os diga- era despojarlas de la ropa y ofrecerlas vestir –es un decir- con algún retazo mínimo de ese muestrario de ricas sedas y oropeles que tenía dispersos, junto a las lámparas de magnesio para los flash y las sombrillas blancas difusoras de luces por todo el estudio. Una chica guapa –sensual, pero delgadita, como las que están ahora de nuevo moda-, pícara, independiente y con un echarpe por todo atuendo.

Los pedantes de la historia de la fotografía le encasillan bajo una etiqueta lamentable, la de pictorialista tardío (es decir, los que intentaban emular a los pintores con sus fotos, pero no ya en el inicio decimonónico de la fotografía sino bastante más tarde). Lo que sí fue, y a mucha honra, es fotógrafo comercial, como señala algún catálogo “para la gloria del sueño de la ‘american girl’.”

Usaba esas cámaras grandes, de placa única y gran formato, que precisaban siempre trípodes y atentos ayudantes. Y a su modo, como la Venus de Milo en el siglo I y II a. C., marcó la noción de belleza de toda una época en un Estados Unidos que aún no era el imperio descarado de hoy, pero que comenzaba a ser muy imitado.

20/11/2008

pornografía infantil

"-Chicas limpias de verdad. Sólo tienen diez años, míster." (Oído en alguna parte)

Si la pornografía para mí es más tediosa que excitante, si me sonrío ante una toma reveladora de una entrepierna o una elegante penetración anal puedo admitir, no obstante, que en otros produzca efectos más previsibles. La pornografía en realidad puede ser muy púdica: es el cuerpo soñándole a sí mismo sin erotismo. Y el sexo en general no es un tema que me escandalice especialmente, a la inversa, al parecer, que a una inmensa mayoría moralizante, tal vez hipócrita, a cuestas con su doble y a veces triple y hasta múltiple moral.


El sexo, no los abusos. Admito y confirmo mi tolerancia ante el sexo y su proteica y fascinante combinatoria: entre personas de la misma o hasta distinta especie, del mismo o distinto sexo, de la misma o distinta raza, de la misma o muy distinta edad y condición. Con una sola pero esencial salvedad: el mutuo consentimiento. Ignoro, aunque intuyo como te lo concede una cabra: no te cocea, pero de ningún modo os la puede dar jamás un niño, so cabrones, o una mujer que dice "¡No!".

canciones de taberna y sólo música




Que estoy cada día más fuera del signo de estos tiempos, más que mi cada vez más lejana fecha de nacimiento, lo evidencian ciertos indicios. No hablo tanto del dolor de seguir pensándose joven mientras que las chicas realmente jóvenes (y guapas) te empiezan a hablar de usted, como que a menudo no entiendo ni la gracia ni la clave de algún anuncio de la tele que hace inmediatamente sonreír a cualquier quinceañero. O que no conozco la música que se supone actual, como la que recomienda El clavadista solitario en su blog:

http://www.lacoctelera.com/el_clavadista_solitario/post/2008/11/13/top-20-2007-power-pop-music#c3710670

Y menos bajo la etiqueta de rock. Para mí el rock es Jimy Hendrix, Elvis, "la Pelvis" o, si alcanza la nostalgia hasta ahora mismo, el cuarteado Lou Reed, el autor del mejor y más poético himno irónico para inadaptados (Walk on the Wild Side) por mucho que luego llegara el punk y sus lapos. De todas formas, he seguido la recomendación del post y he oído algunas canciones en la red, y algunas de esas algunas, hasta sonaban medio bien. La cosecha del 2008 no me ha parecido horrenda, ni especialmente nueva.

Pero sobre todo el post musical de clavadista me ha despertado el afán emulador. Creo que en este blog de mis dichas y obsesiones descuido demasiado el arte más evanescentemente excelso, que es por supuesto la música, y la mía, lo sabéis los que me visitáis desde antiguo, es el jazz, al que he dedicado alguna que otra entrada entusiasta, y la música de cámara, que como su propio nombre indica es la mejor música para oír…en una habitación, conmigo y con los músicos dentro, todos juntitos. No obstante, las distinciones y etiquetas en música son traidoras, la musa Terpsícore lo sabe muy bien, y por eso quizá no hay mejor rap que las canciones isabelinas de taberna (drinking songs) de John Dowland (1563-1626) y William Byrd, algunas incluidas en obras de su contemporáneo Shakespeare, como en Trabajos de amor perdido o Cuento de invierno. Canciones que un oscuro vendedor de discos llamado Phillip K. Dick oía de continuo mientras urdía sus fábulas …del futuro.

http://www.john-dowland.com/canciones_laud_voz_canto.html,

Estas de la soprano Valeria Mignaco (que encima es una mujer preciosa) y Alfonso Marín al laúd no están nada mal. Escuchad:

http://www.john-dowland.com/escuchar_audio.html

Tampoco hay que desdeñar en este género las canciones de taberna de Moe, aunque se lo monten sobre algún tema musical preexistente, incluido el muy sagrado himno de su república, Barras y estrellas. Al impresentable y entrañable personaje literalmente tabernario de los Simpsons le pergeñan algunas piezas inolvidables ese excelente equipo de amables terroristas culturales que son sus guionistas (“dame una razón para no olvidarte/ (…) siempre quisiste hacer tu vida/con tu orgullo nunca quisiste ver/que ya no eres indispensable/y si te fui infiel/ no fue por venganza: sólo placer/ solo placer…”. No soy tan buen traductor como Vanbrugh, qué se le va a hacer.)

Claro que por tan propio más que heterodoxo camino no debéis olvidar que yo considero a mis adoradas Variaciones Goldberg de Bach (Joham Sebastian, Joham Mastropiero, ejem, es otro cantar) como anticipos jazzsisticos varios siglos antes…(Escuchadlas en alguna de las versiones de Glenn Gould, si os levantáis exigentes, o en cualquier otra, incluida la del pianista de jazz Herbie Hancock, que también da la talla)

Tres recomendaciones más.

Xoriek de Mikel Laboa. Exquisita, demostrando cono un músico puro asimila, metaboliza, digiere y nos devuelve perfectamente como suyas cosas de Billie Holiday (¿pero este tío no era una vasco blanquito?), canta a James Joyce, hace una versión estremecedora de Atahualpa Yupanqui o de Bertold Brecht y todo ello sin asomo de intelectualismo impostado, sólo, y nada menos que música. Si os lo recomiendo es de hecho por una sola razón, que este otoño no me canso de oírlo, una y otra vez… Se nota también , supongo, su colaboración persistente con un jazzman como Iñaki Salvador.

Mi camello de jazz favorito, Javier, me puso frente a frente dos pianos de jazz tan distintos como el de Brad Mehldau (“Live”, con su trío) y el prodigioso Chano Domínguez en “acércate más”. Como ya dije (post inmediato anterior), el percusionista de Brad se llama Jeff Ballard (tampoco es un apellido tan raro en inglés); claro que el de Chano es Guillermo McGill, simplemente un genio (oid, oid Rumba marina)

Hala, a disfrutar y no olvidéis que la obsesión por lo moderno es el camino más rápido y certero para quedarse anticuado, pero su desdén es síntoma seguro de vuestra vejez de facto, de haberos apeado de este mundo que sigue girando e inventando la pólvora, el mediterráneo y el amor loco todos los días.

Por cierto, sin afán de polémica, lo que decía al principio sobre mi indiferencia hacia lo moderno en música no es sino una coquetería boba. No podemos evitar ser hijos de nuestro tiempo, porque por mucho que la física moderna hable de otra cosa con el mismo nombre, el tiempo y nosotros no son dos cosas distintas. No existen los hombres y luego el tiempo, aunque Homero lo intentó y por eso es intemporal.

17/11/2008

Ballardiana (dos)




Debido al equívoco de su adscripción un tanto (o muy) forzada a la Ciencia Ficción, Ballard nunca ha sido un escritor muy popular entre esos muy específicos aficionados. De hecho jamás ha recibido ninguno de los dos premios más prestigiosos del género, el Hugo y el Nebula. Aquí, en España, debe haber sin embargo alguien tan localmente influyente como bien informado, porque ha ganado nada menos que siete veces el un tanto ignoto premio local Gilgamesh. Bueno, por lo que sea, Ballard nunca ha sido muy popular ni entre los aficionados al supuesto género en que se enmarcarían sus obras ni tampoco en la literatura sin más apelativos. Puede que le haya perjudicado algo aparentemente paradójico: ser mejor escritor que la inmensa mayoría de practicantes del género. El mismo autor empezó a utilizar el término “espacio interior” para excluir de sus fábulas las naves y los bichos interplanetarios. Como dice un aficionado con buen diente, el novelista y crítico Andrés Ibáñez, sus libros son ante todo literatura. Soberbias creaciones linguísticas y además o a la vez ácidas, brutales y lúcidas críticas de la vida contemporánea, tan absurda a menudo si se la mira detenida y adecuadamente.

Las novelas de Ballard son por tanto metáforas apocalípticas, distopías, como las de Orwell y Huxley y siguen la estela de obras como Un mundo feliz o 1984. Así, El mundo sumergido (1962) contiene unas maravillosas y geniales descripciones de un Londres subacuático no tan improbable como nos gustaría. O La sequía (1964), que juega con el desastre simétricamente opuesto y también anticipa el tan traído y llevado últimamente Cambio climático. En Crash (1973), que popularizó la película de David Cronenberg, la metáfora es una agria mezcla de sexualidad morbosa y accidentes de tráfico. La acertada pregunta de Ballard en este caso es ¿por qué contemplamos con tanta naturalidad esa terrible y recurrente estadística, como una secuela inevitable de estos tiempos tan acelerados y móviles? Y la galería de personajes sadomasoquistas es tan indescriptible como realista en el fondo. En La isla de cemento, se trata de una ínsula… entre dos autopistas, ¿hay mayor aislamiento? Y en Rascacielos se nos habla de la disgregación social entre las gentes que habitan un mismo edificio, con sus bandas y facciones. Y hay más de esos mundos distópicos: playas donde se acumulan multitudes y basura, lagos que se secan, países que se convierten en cristal (o que cristalizan, como la sal)

Para no proseguir enumerando es mejor que mencione el que probablemente es el libro resumen de sus obsesiones, ya que bajo la figura de relatos nos muestra una serie de novelas condensadas: La exhibición de atrocidades, probablemente su obra maestra, aunque mi favorita, por razones no tan objetivas siga siendo la segunda parte o continuación de El Imperio del sol, La bondad de las mujeres. Pero La exhibición es un libro, primero, apto para todo amante de la literatura sin más ni género que valga, y segundo, si es que no es lo mismo, para todo el que disfruta más releyendo lo bueno que leyendo lo nuevo. Ahí, en ese retablo de maravillas contemporáneo, tenemos el Ballard más cervantino, al más terrorífico, al más elíptico, al más poé-tico (de Poe y de poesía), al más original y al más siniestro, y -nuevamente Ibáñez-, al más deslumbrante. Y además con otras dos virtudes negativas esenciales más: ni moralista ni nostálgico. O moralista al estilo de Swiff y nostálgico al de Proust. Fascinado por las catástrofes, jamás se queja del rumbo loco de este mundo nuestro, sólo usa su ironía como lupa para mirarlo más detenidamente. No esperéis lamentos esteticistas por el horror de los cinturones periurbanos degradados o la banalidad de los grandes centros comerciales. En realidad Ballard es un perverso exquisito –muy opuesto a mí, que me tengo por un exquisito en todo caso muy poco perverso- que “sabe” encontrar belleza donde otros sólo ven horror o, peor aún, donde los mas ni se fijan o simplemente se acostumbran brutalmente. “Durante los últimos 35 años he vivido en Shepperton, un suburbio no de Londres, sino del aeropuerto de Londres, una zona de intersecciones de autopistas, doble carriles, áreas comerciales, museos de la ciencia, muelles fluviales y polígonos industriales vigilada continuamente por cámaras de seguridad, un paisaje que mucha gente asegura odiar, pero que yo considero el más avanzado y admirable de las Islas Británicas, y un paradigma de lo mejor que el futuro puede ofrecernos.” No me extraña que el neo bucólico príncipe Carlos no se cuente, creo, entre sus admiradores, porque el así mismo improbable futuro monarca no sabe que, precisamente, el futuro –nos guste o no, esa es otra cuestión- es lo que ya nos rodea por todas partes. Y Ballard lo ha visto y nos lo cuenta admirablemente. Es decir, es un artista que educa nuestra mirada. Aterrador.
Posdata jazzistica:
Se me olvidaba. Algunos sabéis de mi afición al jazz; pues bien, un percusionista (drums) que acompaña con Larry Grenadier al bajo (bass) al gran piano de Brad Mehldau se llama...Jeff Ballard, así que ya tenemos banda sonora para leer La exhibición de atrocidades o La bondad de las mujeres, mis tres, con la música, y definitivas recomendaciones.

13/11/2008

"Newton" y las mujeres



No, no estoy hablando de los ligues del famoso físico inglés del XVII, sino del fotógrafo del XX.

Hablo de rostros despectivos, altivos, desafiantes, distantes y maquillados que rematan cuerpos desnudos más estrictos que si estuvieran vestidos, como gemas, y muscularmente rotundos, como impalas: nalgas semiesféricas casi perfectas, senos redondos, vientres tensos como la piel de un tambor, pubis de peluquería y, sobre todo, larguísimas piernas sobre tacones de aguja.

He ido a ver la exposición de fotos de Helmut Newton en la Galería La Fábrica en Madrid. Como aficionado ya conocía a Newton, claro: es uno de los fotógrafos más publicitados del siglo XX, con una técnica impecable, lo que en fotografía es lo mínimo exigible y a menudo superfluo.

Es muy raro todo esto. Gustándome como me gusta la fotografía, por un lado, y las mujeres, hermosas y desnudas, por otro, no sólo es curioso sino hasta extraño lo poco que me gustan sus fotos de mujeres desnudas. Las convierte en cosas, eso es obvio; en objetos de consumo que a mi no me apetece”consumir”. No son por tanto, objeciones ideológicas las que me hacen rechazar a este artista, aunque ética y estética -cada día estoy más convencido- son para mí casi lo mismo. No sé, me recuerdan un piropo tan grosero como ocurrente: “¡Qué bonitas piernas! ¿Cuándo abren?” ¿Grosería ocurrente y técnicamente perfecta? Quizás. Pero no echo en falta, discreto y hasta furtivo, en una esquina, al mirón, al propio fotógrafo, quizá con un uniforme de la Wermath alemana, con su gorra de regimiento alpino o su abrigo largo de cuero de las SS. Supongo que es lo que pretende. Claro, Newton es un mirón, como lo demuestra el que, si te fijas más, aparezca a menudo él mismo en una esquina con el uniforme de otro ejercito universal, el de voyeur, gabardina incluida, inclinado sobre sus lentes.
Ni siquiera es machista, como le calificaron, con esa superficialidad tan típica, las feministas al uso. Es casi peor, es indiferente al ser humano. El machista ve en la mujer un ser humano, al que naturalmente tiene que someter y considerar inferior, por miedo o por estúpido convencimiento, pero el auténtico fetichista no ve un ser humano, sino una cosa; por eso digo “casi peor”, aunque cause, supongo, menos daño. Tampoco es pornográfico, puesto que no estimula ninguna libido, al menos en mí.

Dicen que este hombre estaba enamorado de la belleza, y se le ha comparado con otros grandes fotógrafos de moda (de la moda, estén o no de moda hoy), como Avedon o Penn. A mi no me lo parece. O si lo está es al mismo modo que el que esta “enamorado” de un hermoso paisaje que mancilla construyendo una urbanización. Sí, creo que su forma de mirar es como la del constructor de urbanizaciones en idílicos paisajes, una forma de violación.

Pero he salido contento en parte, porque no sólo he ratificado mi escaso aprecio por este artista, sino que he descubierto en mí un lado ignoto, una suerte de puritanismo. ¡Ay que joderse! Y además es un ejercicio muy curioso (en sus diversas acepciones) y entretenido mirar...a los que miran. Son todos tan furtivos. Y me incluyo.


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Galería La Fábrica. Alameda, 9 (Atocha), Madrid

Del 30 de octubre al 27 de noviembre

12/11/2008

Ballardiana (uno)




He prometido en varias ocasiones hablaros de Ballard. James Graham Ballard (Shanghai, 1930- ¿Shepperton, Inglaterra, 20…?), la última que recuerde en http://www.lansky-al-habla.com/2008/10/hermoso-y-maldito-la-leyenda-del-santo.html

Ballard es probablemente el autor más interesante (fijaos que no digo el mejor, no por nada, sino porque no sé bien cómo se mide tal cosa) de la narrativa contemporánea, que yo conozca y en cualquier idioma.

Pero primero diré lo que Ballard no es, porque varios equívocos muy difundidos le han ocultado, sino perjudicado. El primero y más decisivo es el de que haya sido encasillado en el género de ciencia ficción, o incluso en el de algún tremendista cajón casi específicamente creado para él (“profeta del nihilismo absoluto”, "el profeta del apocalipsis total", "English New Wave", y el mismo: "soy un terrorista literario").

En segundo lugar, que haya sido llevado al cine por autores de prestigio, lo que parece obviar la necesidad de acudir directamente a él. Es el caso de Steven Spielberg con El Imperio del Sol o David Cronenberg con Crash. Como su encaje en la ciencia ficción no es fácil ya que no es ni ajustado ni justo (aunque esté editado inicialmente en castellano por una muy digna editorial especialista de ese género: Minotauro) se le hace sitio a bulto y se afirma que sus entornos no son los del espacio exterior, sino que es “un explorador del espacio…interior”, vaya, como Cervantes, Flaubert o Proust, sin ir más lejos. De hecho, sus futuros son siempre tan cercanos como nuestro presente.


Otra “casilla” en la que “encasillarle” (veremos qué buen “desencasillador” soy yo) es la de escritor catastrofista/terrorista: Crash y sobre todo la así mismo atroz, La exhibición de atrocidades. El mundo sumergido (su primera y ya excelente novela), El viento de la nada, La sequía y El mundo de cristal, han sido interpretadas en esa clave del subgénero de catástrofes, y por desgracia para él es cierto que en ellas anticipaba en décadas asuntos hoy tan vigentes como el dichoso Cambio Climático; pero en realidad es un muy presocrático ciclo de los cuatro elementos primitivos: aire, agua, fuego, tierra.

Lo que sí es. Como inició estudios de medicina (lo cuenta en La bondad de las mujeres) está capacitado (anatomía se estudía en primero, y la Anatomia de Gray es en cierto modo mejor relato sobre el ser humano que el Ulysses[1]) para hacerle auténticas y sangrantes "autopsias" a este tiempo nuestro. De ahí a ser tildado de profeta de la barbarie de la civilización, que parece una contradicción en sus términos, pero todos sabéis que no es así, con novelas como Rascacielos, La isla de cemento, Crash. Ya de niño (El imperio del Sol, donde se cuentan sus propias experiencias infantiles en un campo de concentración japonés en China) aprendió que la muerte no es un fracaso de la vida, como Juan Cruz y tantos otros creen (¡qué despiste!), sino una inapelable e inexcusable condición de la vida. O si se prefiere, la vida, que tiene montones de virtudes, no cuenta con la perpetuidad entre sus defectos.

El problema que tiene Ballard con muchos de sus críticos es que es un falso profeta, aunque sólo sea porque siempre nos habla del presente, y porque practica una muy dura narrativa de ideas; sí, sus novelas son novelas de ideas. Es decir, como Jonathan Swiff, es un moralista, pero un moralista listo, que extrañamente no “nos da la brasa”, porque sólo muestra sin pedir explicaciones ni denunciar: sólo te enseña a mirar el horror, lo que es más que suficiente, por eso no es tan curioso que Ballard muy a menudo resulte también tierno y hasta agradable, como en mi favorita de sus novelas: La bondad de las mujeres.

Al igual que en la novela policíaca, ante lo extraño, ante el enigma (y qué mayor enigma que la misma vida) hay dos formas de enfrentarse: la clásica de intentar desentrañarlo y desvelarlo, como hace la literatura popular con la intriga; o bien, dar cuenta simplemente de la extrañeza, que es lo que yo creo que hace la buena literatura sin género: extrañarse ante lo que las miradas más superficiales admiten sin más. Ambos planteamientos no tienen porqué excluirse, claro. Ballard es un excelso ejemplo de lo que decía Machado a través de su Mairena de que la verdadera libertad no reside en poder decir lo que se piensa –como practica tanto vocero banal, grosero y gamberro-, sino en ser capaz de poder pensar lo que se dice. Y qué pocos pueden; Ballard entre esos pocos.



Presentaré sus credenciales:


Es autor de algunas de las posiblemente mejores recopilaciones de cuentos o relatos cortos del siglo XX: Vermilion Sands (1973), Zona de catástrofe (1967), Mitos del futuro próximo (1982), Fiebre de guerra (1990), aunque, si queréis no andaros con chiquitas y os manejáis en inglés, entonces haceros con sus The Complete Short Stories of J.G. Ballard (2001)

Es autor de una de las cien mejores novelas (según Anthony Burguess y yo) del pasado siglo: Compañía de sueños ilimitada (1979) y de otras siete u ocho muy estimables de un conjunto de 18 hasta la fecha de muy buen nivel.

Es un agudísimo critico cultural de la modernidad, la posmodernidad, lo humano y lo divino, como lo prueba su recopilación de ensayos Guía del usuario para el nuevo milenio (1996) donde está, entre muchas otras interesantes, la única opinión reciente verdaderamente novedosa, y en este caso acertada, sobre Cervantes que haya leído después de aquella lamentable tontería de Nabokov sobre El Quijote. (“Triste y mala” decía don Vladimiro)

Pero sobre todo, para mí y como Proust, es autor del mejor ciclo de, llamémosla, “Ficción Autobiográfica”, a falta de un rótulo algo mejor, compuesta por las dos novelas: El Imperio del sol y La bondad de las mujeres (la primera muy mal traducida, la segunda, por Luis Murillo Fort, muy bien por el contrario) y por su autobiografía explícita Milagros de vida (2008).

Encontraréis en la red, sobre todo en inglés, muchas web dedicadas a él. Casi todas, en fin, de SF. Mi teoría es la siguiente: como es tan bueno, tan apabullantemente distinto, tan pesimista y poco consolador, un profesor de la desesperación –como Schopenhauer, Cioran, Celine, Bernhard, Kundera, Kertész y, ya a más distancia, Jelinek y Houllebeck- a sus contemporáneos, críticos y narradores rivales, o críticos narradores, no les ha quedado otra que decir que sí, que es muy bueno, un muy buen escritor de SF, y así apartarle un poco para hacerse algo de sitio ellos.

Vive en Inglaterra, tiene un blog muy interesante en el que contesta incluso a algunos de sus admiradores (como yo, sin ir más lejos) y se está muriendo de cáncer. Voy a seguir hablando de este genio en sucesivas entregas.
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[1] La Anatomía de Gray es una novela mucho mejor que el Ulisses, dice el protagonista y “alter ego” de Ballard, James o "Jim", en La bondad de las mujeres. Lógicamente se está (y me estoy) refiriendo al manual real de anatomía y disección que da título a la serie actual de TV y no a la serie en sí.

07/11/2008

Charcas de ranas (y traducciones no traidoras, y presidentes de Repúblicas)












De niño me fascinaban las charcas de ranas. Aprendí a acercarme sigilosamente para que no saltaran al agua antes de tiempo. Eso me enseñó a moverme rápida y silenciosamente, y a mirar coordinadamente también, con un ojo a las ranas, con el otro al agua.

El excelente último post de Júbilo Matinal sobre “mi” (bueno, y suyo y de más gente) adorado George Brassens http://www.jubilomatinal.com/2008/10/un-gorila-suelto.html, me ha abierto el apetito por los irreductibles galos. Quizá haya influido también cierta sobredosis últimamente de Alabamas (¿o era Obama?), Minnessotas Ohios, Idahos, Iowas, Wyomings, Utahs, Michigans, y así hasta cuarenta y nueve etcéteras, por no contar Luisiana, que sigue siendo tan francesa, en cierto modo, como la estatua de la Libertad (las de la Igualdad y la Fraternidad nunca se llegaron a mandar: se les acabó el presupuesto a los revolucionarios franceses).

La traducción de la canción del gorille de Brassens a cargo de Júbilo (y un tal Vanbrugh) es tan buena no sólo por las razones que un tanto tediosamente invoca en una de sus repuestas el propio interesado, sino por comprender que traducir es habitar otra lengua, asumir que en francés no hace frío, sino “il fait froid”, que no es nunca exactamente lo mismo, diga lo que diga el más prosaico termómetro, y que, por la misma razón de que no existen los sinónimos estrictos, tampoco existen las traducciones exactas, o mejor dicho, las traducciones exactas son siempre malas traducciones. Con talento para los idiomas (no es mi caso) no siempre "tradutore" es sinónimo de "traditore".

Juan Villoro cuenta el caso de la excepcional traducción de Tomás Segovia del Hamlet de Shakespeare (supuestamente editada por Norma, es inencontrable; la he buscado). Al llegar al más famoso monólogo de todos los tiempos y autores y hacer exclamar al dubitativo danés lo de “that is the question” en buen castellano, Segovia, al que se le nota su oficio de años tanto en la poesía como en la traducción, rechaza el obvio “ésa es la cuestión”, o el algo más pedante “he aquí el dilema” y consigue un hallazgo fulgurante porque parece entonces que el bueno de William es un Don Guillermo que siempre hubiera escrito en castellano de Berceo, escribe Segovia: “De eso se trata”. Perturbadora sencillez dice Villoro, Shakespeare en el lenguaje no ya de Berceo, sino de nosotros mismos. De eso se trata cuando se trata de traducir bien.

Largo excurso para venir a decir que los franceses, no sé si lo habéis notado, son muy suyos, (más o menos como los portugueses y los somalíes, aunque no tanto como los murcianos o los de Bermeo y los de Kentucky, creo). Uno está hasta cierto punto dispuesto a admitir que llamen “pain” al pan, pero “fromage” al queso…vamos, que no deja de ser una insensatez fonética. Y, como dice V. que dice no sé quien, lo de llamar “eau” al agua denota algo profundamente equivocado, un, digamos, talante herético en lo fonético y hasta en la mismísima raíz de su por lo demás (o quizá a causa de) delicioso idioma.

Viene lo anterior al caso de una palabreja gabacha que me encanta: “Grenouillère” (hasta he puesto bien la tilde, así de esmerado me he levantado esta matin). La susodicha es una charca de ranas. O con ranas. En castellano no tenemos un término tan preciso y conciso y necesitamos tres palabras: “charca de ranas” o “charca con ranas”. Ranera, que suena demasiado próxima a ramera, no vale ni existe por fortuna. Ni raneral ni ranerío (gentío de ranas). A cambio, aunque improbable aquí las ranas pueden criar pelo o alguien te puede salir rana y hasta tenemos hombres rana como otros tienen perros lobo u osos hormigueros.

Pero el asunto es más liosamente bonito aún por mor de la polisemia, porque “grenouillère” significa también…chica de cascos ligeros, y además y más concretamente un muy preciso y precioso merendero en el Sena, aguas abajo de París, en el Banlieu, un delicioso lugar de escarceos y perdición que frecuentaban esas mismas chicas de cascos ligeros (¿cascos?, ¿ligeros? ¿Pezuñitas aladas?¿Mercurias paticabrillas?) y chicos dispuestos a apreciarlas en lo que valen. Lugar repetidas veces pintado en el XIX por los impresionistas: Renoir, Pisarro, Monet, Manet (arriba tenéis al primero, por dos veces, incluido el famoso "Almuerzo de los remeros" que era copiado una y otra vez en la película Amelie por el vecino de la protagonista, y al tercero). Y por si fuera poco también es el nombre propio y el apropiado nombre de un bar flotante, un pantalán amarrado a la ribera donde acudían grenouilles de una y otra especie, barqueros forzudos, pintores golfos, estudiantes, obreras y obreros, la alegría de vivir, la luz, el reflejo en una charca de ranas, de los verdes, los azules, y el descubrimiento sorprendente de que, en efecto, la sombras pueden ser moradas y no negras, o la sonrosada piel del rostro de una muchacha puede ser verde si está iluminada por el tamiz del follaje, por mucha autoridad y ascendencia que tuvieran antes y siempre Velázquez y Rembrandt.

Un bar flotante como el mencionado se llama en francés “guinguette”, así que la Grenouillère era una guinguette.

El lugar aún existe, es decir, existe el río, el recodo y la isleta, desdichadamente alterado; el lugar, no el bar de tablas. Yo he estado, en la bifurcación de la Isla de Croisy, en el tramo del Sena de Chailly que se conoce aún como el Trouville parisiense.

Y acabo con una anécdota sobre cierto supuesto arte menor, en realidad, arte modesto, tan vivo como sin ínfulas pretenciosas. Degas tenía en su estudio el famoso y apabullante Júpiter de Ingres (vedlo arriba), un famoso y técnicamente impecable pintor académico, un “pompier”[1], esto es, un bombero en traducción “exacta”, (relamido diría yo) no me preguntéis por qué, y al lado, un pequeño cuadrito de factura moderna con tan sólo una pera. Cuando el novelista irlandés George Moore (amigo del poeta Yeats y hoy bastante olvidado, aunque acaban de publicar una novela suya traducida, no sé si bien, al castellano[2]), que es quién cuenta la historia, los vio exclamó: “Creo que prefiero la pera”. Degas no pareció sorprendido. La pera era de Manet: “La puse ahí, pues una pera como esa puede derrocar a cualquier dios”.

Exactamente igual que un concierto unánime y bien coordinado como plebiscito al otro lado del “charco” puede jubilar al peor de los presidentes de la République. Así que puede, sólo digo que “puede”, que si alguien adecuado besa al príncipe Obama le convierta en una preciosa rana de reluciente piel. Si es así yo conozco donde queda aún alguna hermosa grenouillere en sus varias acepciones.

Y, por cierto y volviendo a Brassens, y yo lo encuentro tremendamente verosímil, el afirma que el bidet (el “bidel” para los castizos) lo inventó un “flâneur” al contemplar las centrípetas evoluciones de un pato en un estanque en torno a un pequeño surtidor (o “geiser”).


Nota: no encontré la pera de Manet, tan sólo una ciruela, así que no os la he puesto.
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[1] Por cierto, en España decimos “fumar como un carretero” (Ya no hay, solían ser maragatos de Astorga y fumaban tabaco supongo que liado a mano y con una sola mientras con la otra sujetaban las riendas, como los cow boys del Far West) Hoy sería apropiado decir “fumar como una escolar”. Pues bien, en francés la frase hecha equivalente es “fumer comme un pompier”: fumar como un bombero (¿incendiario?)

[2]. Esther Waters ; Editorial Belvedere, Madrid, 2008

05/11/2008

Y ganó


A la velocidad de crucero de unos mil seiscientos kilómetros por hora, La Tierra ha dado otra vuelta más hacia el Este y Estados Unidos, capaz de lo peor y de lo mejor, por eso es un país tan enojoso como fascinante, ha dado bastantes más que ese obvio giro copernicano de la frase hecha. Aquí faltan, supongo, siglos para que un hijo de un marroquí o un gitano sea presidente.

Ya sabemos que la etimología, o las etimologías como decían los antiguos, no son ciencias exactas y sí un poco demasiado “creativas”, pero en buen latín pagano, que no en mal latín de párroco, necio parece que viene de "nes-cius", el que carece de ciencia, pero sobre todo, el que no sabe que no sabe y el que ignora qué es lo que ignora, el ignorante al cuadrado y obligadamente fatuo: Bush.

Considero relevante que Obama sea un poquito negro (lo es lo suficiente para los racistas, y con eso me basta también a mí), y aún más relevante que haya fundado una familia de negros (sus hijitas serán bellezas y su mujer ya es preciosa) y que se llame Barack y de segundo nombre Hussein, para los musulmanes, un apostata: racistas de los dos bandos se lo van a “rifar”.

Considero también importante lo que no es Obama: no es un Kennedy negro, sino espero que algo mejor que el sobrevalorado invasor de Bahía Cochinos y presunto instigador del asesinato de Marilyn. Tampoco es un improbable radical ni, desgraciadamente, no creo que llegue a ser un maravilloso socialista de viejo cuño al añorado (por mí) estilo de un Franklin Delano Roosevelt; y aunque es tranquilo y educado, no es tampoco un anacrónico discípulo de Martin Luther King. Es un muy "sicrónico"hawaiano hijo de keniata y antropóloga hippie, criado por su abuela como yo, pero sobre todo es un doctorado de Harvard, y eso, en ese país de los contrastes entre lo mejor y lo peor, es algo que todo el dinero de los Bush nunca pudo comprar; es decir, alguien que no es un necio y que puede empezar a aplicar lo que decía Tertuliano: “Dejan de odiar quienes dejan de ignorar”, así que por lo menos, las armas de destrucción masiva, las guerras preventivas y el papel no solicitado de gendarme mundial se acabó. Y es un alivio.
La victoria de esta madrugada me ha traído una estrofa de esa preciosa canción de Atahualpa Yupanqui, Piedra y camino:

“A veces soy como el río: llego cantando,
Y sin que nadie lo sepa, viday
Me voy llorando."
Esperemos que no y que esta vez no toque magnicidio, costumbre muy arraigada en república con tanto ciudadano armado.

03/11/2008

Por si acaso gana Obama





Por una vez y quién sabe si sirviendo de precedente, este blog se rebaja a comentar la coyuntura más actual. Por si acaso gana Obama. Lo sabremos dentro de poco, porque no está tan claro como señalan las encuestas: te acuestas con una encuesta favorable y te levantas…con que te han robado la cartera (como a Clark Kent, perdón, a Al Gore en Florida hace ocho años).

Resulta curioso que a ese viejo y entrañable radical que es Noam Chomsky le parezca un si es no es “aguado”, poco negro (es decir, poco airado, demasiado educado, moderado y correcto), exactamente y en sus palabras: “un blanco que ha tomado el sol dos días” (sic.). No es suficientemente negro para Chomsky, es decir, no es suficiente para él. Pero puede ser bastante para muchos, para todos los que un negro en la Casa Blanca (“negro” y “blanca”, uyyy, qué morbo) les pone los pelos como alcayatas.

Y es curioso, porque los radicales en política, como mi muy querido y admirado, insisto, Chomsky, suelen tener peripecias vitales más bien tranquilas, cómodas, aburridas e inanes incluso, en tanto que lo contrario también parece cumplirse a menudo: Obama, cuya vida ha sido todo menos tranquila (madre hippy, padre fugado, chaval brillante) sostiene ideas que son todo menos extremas; hasta da la impresión de que, universidades de prestigio mediante, se ha refundido, el solito, para alejarse precisamente de esa imagen de negrata airado y agraviado (¡cuidado conmigo!). A mí me gusta, entre otras cosas, precisamente por eso: porque es negro sin pretender exagerar tal condición (La Clinton, su rival en las primarias demócratas, parecía siempre decir, “¡miradme, aunque tensa como un muelle, crispada como un viajante de comercio sin contratos, soy una mujer, uuunaaa mujer!) Es negro y moderado, hasta moderadamente negro; un negro con una vida radical y unas ideas centristas (lo que es muchísimo en la América post Bush).

Nos hemos acostumbrado al terror de esos matones internacionales y unilaterales que invaden países, hunden economías reales, hacen fortunas y arruinan al resto, a esos payasos ejemplificadores de la banalidad del mal de la que hablaba Hannah Arendt, a ese Bush que apenas sabe deletrear CORRUPCIÓN o COMPASIÖN, que se atraganta con galletas y encuentra fascinante la personalidad de ese español bajito y con bigote que ya no viene a sus “cumbres”. Estamos tan acostumbrados a eso o a sus nada contrarios opuestos: esos maliciosos y calculadores pseudoprogresistas, como Clinton (¡Qué penoso saxofonista, por Dios, al que Parker confunda!), que los resabiados europeos no nos acabamos de creer a este guapo, elegante y culto mulato, con oficio de senador y profesor de derecho constitucional.

Demasiado bueno. Siempre me ha parecido cruel el dictamen de que cada país (o cada pueblo) tiene los gobernantes que se merece. Unas veces sí, y otras no. Es falso en la medida que en España los viejos republicanos del 36 no se merecieron un vesánico y paranoide generalote de voz atiplada durante décadas de gris posguerra, y es cierto en la medida que los alemanes de entreguerras eligieron a Hitler en las urnas. Ya comentaba Shakespeare el tremendo drama de que los locos guíen a los ciegos, o los cobardes elijan a los fanáticos. O los comodones a los golfos, como esa Italia de Berlusconi. Y ahora yo debería evitar la inversa de pensar que esa USA tan provinciana, tan atrozmente poco cosmopolita, tan “profunda”, tan religiosa, tan tediosa y tan violenta no se merece alguien tan bueno como Obama. Claro, hablo desde el más estricto de los tópicos, el de esa América, como ellos llaman pretenciosamente a su privilegiada franja del continente, que votó a Bush, más cenagosa y embarrada que profunda, la de la pareja de puritanos del célebre retrato de Grant Wood (ver arriba). No la América de Charlie Parker, ni siquiera la de Ralph Nader, ese sí que un radical profesional e inextinguible, el que menciona a su padre preguntándose cada noche ‘¿Por qué sobrevive el capitalismo?’ Y se contesta: ‘Porque siempre se usa el socialismo para salvarlo’

Qué patético, a mis años y seducido por unas elecciones norteamericanas –claro que si hubiera podido votar en tiempos tan difíciles como los de hoy a Franklin Delano Roosevelt…

Hay, eso sí, una objeción que matiza tan ingenuo entusiasmo y nace de mi más íntimo ser libertario: ¿por qué alguien tan bueno aspira a ser presidente de los Estados Unidos de América? ¿De dónde nace esa ambición y cómo se compadece con el resto del estupendo personaje y de la prometedora persona? ¿Por qué no aspira a algo mejor, pediatra en África, trotamundos concertista de viola, editor exquisito, urbanista en América del Sur? ¿Por qué ensuciarse con un empleo tan sospechoso?