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Para Rocío Prima, Cigarra, Emma, Zafferano, Mita, David, Vanbrugh, Miroslav, Zwingenstein y hasta el Anónimo "faltón" y los inquietantes seres que pasan por aquí, me leen (o no) y callan.
Os diré que el Sol, en este hemisferio y a la inversa en el austral, está ya casi exactamente en su máxima declinación norte (23º 27’) con respecto al ecuador celeste. ¿Y a mí qué? acaso diréis. Pues no lo dicen los osos y las marmotas, que invernan, ni los lagartos, ranas, peces y muchos insectos longevos, que se entierran y, los muchos vegetales que duermen en forma de propágulos, de semillas o raíces resistentes, o los arbolazos impasibles que aguardan en pie ateridos y paradójicamente desnudos. Ni los apresurados seres humanos que ya no suelen volver la vista a los cielos, pero que, no obstante, más insensatos y desmesurados, aumentan su actividad y se vuelven insultantemente cordiales, propensos a la ebriedad, a la gula y al despilfarro luminoso y a otros consumismos absurdos. Todos esos fenómenos son claros indicios de que, en el hemisferio norte, caminamos a zancadas hacia el solsticio de invierno.
Buscar la originalidad, como la mayoría de los artistas de hoy (en lugar de la belleza, como los artistas eternos), es decir, como un fin y no como un resultado añadido y hasta inesperado, es como buscar la santidad o el poder: un empeño idiota de ignorantes. La verdadera originalidad, y modestamente no creo ni quiero ser original, es siempre una forma de diálogo respetuoso con la tradición. Así que yo también inverno. Me voy hasta mediados de enero, sin teléfono, sin ordenador, sin hostias (metafóricas o literales y en sus varias acepciones). Y también caigo con gusto en la trampa de los buenos propósitos y me prometo no darle una hostia al primer Papa Noel que me agite una campanilla junto a la oreja y me grite “ju-ju-ju”. De hecho, no pienso darle ocasión ni frecuentar los sitios donde el obeso payaso de propaganda de la cocacola abunda, pero me voy en busca de lo más típico de esta época del año, del olor a leña y a nieve (sí, joder, la nieve huele, por la misma razón que el blanco es un color y no su ausencia), y hasta de las misas de gallo (sólo si hay música y aguardiente a la salida).
Las gentes antes eran igual de supersticiosas que ahora, la única diferencia es que creían en explicaciones mágicas o religiosas que no podían comprobar para ciertos fenómenos y ahora la gente suele creer en explicaciones científicas que la mayoría tampoco puede comprobar, aunque unos pocos, con conocimientos específicos dicen que ellos sí, como los brujos y sacerdotes de antaño: hay que creerles porque son gentes de autoridad. Pero tanto en un caso como en otro hay un asunto perfectamente diacrónico que lo mismo afecta a las épocas de temerosa oscuridad de antes como a las épocas de luminosa credulidad de ahora. Entre las dos formas simétricas de estupidez, la excesiva credulidad o el estricto escepticismo, yo elijo ser selectivo y, por la misma razón que no creo que las pirámides mayas sean plataformas de aterrizaje de extraterrestres, es más, me parecen fascinantes precisamente porque no son eso, yo elijo no creer en eso ni en la más poética historia de un tal Elías en un carro de fuego (otro astronauta), pero sí en el ADN o en la mecánica cuántica, que ya es creer.
Esto, sin embargo, no ofrece dudas y sí inquietud: todos vosotros habréis notado que desde hace aproximadamente seis meses, justo cuando los días eran más largos y las noches más cortas, comenzó, insisto, por estas latitudes, un extraño proceso, primero lento y luego crecientemente acelerado en que lo días se fueron acortando y las noches alargando, y es ahora cuando la inquietud es mayor, porque las noches son ya tan largas que más de uno está tentado de pensar que el Sol no va a volver a aparecer ni habrá una mañana, esto es, un amanecer mañana. Es un verdadero placer para mí tranquilizaros. Sin necesidad de ritos de paso, ni sacrificios, ni oraciones, aunque si hacéis todo eso y os conforta está muy bien hacerlo, os aseguro que en unos pocos días, estos comenzarán de nuevo a alargarse, primero lentamente, luego más rápidamente. Lo digo yo, podéis creerme o no. Y si consultáis a los viejos y a los memoriosos os confirmarán que eso pasa siempre desde siempre. Los antiguos lo llamaban puertas del año, adviento, natividad; los modernos solsticios, que es sin embargo, palabra aún más antigua.
En los campos, que yo recorro con mis ojos abiertos, mis oídos atentos, mis narices y todo mi ser dispuestos al fortuito encuentro (ver post inmediatamente anterior) es tiempo de ocio para los labradores y de febril actividad para los poetas, pero no hay nada más patético, que no poético, que escuchar a un pedante proclamar: “soy poeta y labrador”[1].No era ni una cosa ni otra, claro. Nadie que incline su frente ante la esteva del arado o su equivalente en máquina automotriz o tractor se refiere a sí mismo así. Ni nadie dice “soy poeta” porque eso sería como decir “soy estupendo” o “soy bueno” (Machado no cuenta, porque él sí era poeta); es decir, esos son títulos que te tienen que conceder los demás. Yo soy un mirón, un paseante, un vividor, un pirata de botines sin precio, pero de mucho valor; un crédulo escéptico, un misántropo que ama a unas pocas personas y aprecia a unas cuantas más, pero que quiere a su perra más que a la inmensa mayoría de las demás; soy también un raptor sin cautivos ni rescates, alguien que camina a toda hostia hacia su personal equinoccio de invierno sin ninguna garantía de poder volver a empezar como ofrecen la mayoría de las religiones. Qué se le va a hacer, así aún me gusta más esta vida única.
Así que en estas fechas es recomendable ser cautelosos, porque, ¿qué tendrá el equinoccio que a todos nos sube la ñoñería más que el colesterol? Y encima se prodigan los consejos, aunque no se pidan. Aquí van los míos: según lo requiera la ocasión sed grandes y débiles, como un boxeador sonado; o sed delicados, frágiles e invencibles como una recolectora de hojas de té.
Os darán muchas recomendaciones de sobriedad y nuevos propósitos, hasta yo lo he hecho un poco más arriba. Ni puto caso. O el caso hacédselo al poeta:
“¡Sí, todo con exceso:
la luz, la vida, el mar!”
Hasta la vuelta amigos, hasta que los días vuelvan a crecer.
Nota: ¿os gustan mis “christmas”?, sólo un siglo los separan, y miles de millas: el conocidísimo y espléndido de Pieter Brueghel (El Viejo) y su famoso “Paisaje invernal” (1568) y el menos conocido “Paisaje invernal” (1666) del artista chino de la dinastía Qing llamado Kankan que trabajaba sin embargo bajo patrones de la dinastía Yuan: el dibujo es de una delicadeza caligráfica y cada rostro está individualizado y es totalmente singular. Alfredo Landa en Los Santos Inocentes no era el único siervo que rastreaba para cazadores poderosos como un lebrel.
[1] Lo de “soy poeta y labrador”, o al revés, lo dijo uno que se creía el García Lorca de la ecología, aunque era más bien el Corín Tellado del medioambientalismo más ñoño.




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