profesión de fe

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Somos los conocidos superhéroes del barrio –concepto acuñado por Kiko Veneno para definir lo que se podría llamar héroes de proximidad-: Lansky y Superperropequeño. Ambos somos más ciudadanos que patriotas ( y tan rústicos como urbanos), o bien, nuestra patria son nuestros zapatos -o ni eso en el caso de Jara-, la infancia o el sillón de orejas de lectura, pero nos negamos a la ñoñería esa de ciudadanos del mundo. Simplemente, tenemos pasaporte

20/01/2009

De turistas y maltratadores


Es sabida mi animosidad contra el actual turismo de masas, Por un lado, es lo opuesto a viajar (los anglosajones distinguen muy bien entre “tourist” y “traveller”; el segundo sólo lleva billete de ida), por otro, forma parte de la banalización actual del mundo y contribuye poderosamente a la fealdad de ese mundo y de los propios deambulantes turistas (Me cuentan que el responsable de una catedral muy visitada colocó un cartel a la puerta explicando que “esta instalación” no tiene piscina, así que se rogaba abstenerse de visitarla en bañador) por cierto, Ernst Junger veía las catedrales como fósiles encerrados en nuestras ciudades como sedimentos tardíos. En cambio, las iglesias de pueblo son especimenes vivos, aunque sobresalientes, como bisontes o uros entre las casas-ovejas. Por eso se les hace sitio en la plaza despejada.

Volviendo a las formas del viaje. No se trata tanto del destino como del talante, y menos ahora que te ofrecen “paquetes” para visitar a los gorilas de montaña o al orangután en Borneo, o hacer descensos por aguas bravas en el Colorado. En cambio, una característica del verdadero aventurero, no sé si lo habéis notado, más que el arrojo, es el don de saber entablar conversación con extraños, como los reporteros y a la inversa que los turistas, que se reservan, precisamente, para ellos mismos el papel de extraños –como “chancho en un columpio”, dicen en Sudamérica; como “pulpo en una garaje”, en estos pagos-. Como seres sociales y domésticos en casi todos los grupos humanos sólo ingresamos si alguien nos introduce en ellos, pero el aventurero, como el ligón por otra parte, es un ser no social, individual hasta el extremo, que se arregla sólo con su propio talento, como cualquier robinsón. Ponerse en contacto dos extraños, para conversar o para follar, es por ello el recurso novelesco y aventurero por excelencia.

En los pueblos pequeños, como el mío, los jóvenes y los niños llaman “tío” a cualquier hombre mayor. No es sólo por el intrincado entramado de parientes, sino porque en estos sitios la gente aún sabe que todos los hombres son hermanos (o tíos), aunque, como los hermanos, no siempre se lleven bien entre ellos.

En la tienda Paola se ha encontrado con el pastor alto con el que siempre me cruzo en el camino Real. “Veo mucho a tu padre” –le ha dicho. “Es mi marido”, le ha replicado calmosamente Paola, y se ha reído por dentro mientras cruzaba miradas pícaras con la tendera, que está al cabo de la calle. El pobre hombre ha recogido deprisa sus paquetes de tabaco y se ha ido azorado. De joven me gustaban las mujeres mayores que yo, como a tantos, supongo. Luego, al revés, como a tantos otra vez, pero en Paola no pienso en términos de edad o su diferencia; es demasiado singular (¿única?, dejemos eso a los líricos) y daría igual si fuera una anciana, aunque no diré que no agradezca yo las tetas duras y las nalgas prietas, pero sé que no va a cambiar lo más importante: sus ojos retadores y su acogedora, hospitalaria sonrisa. La primera vez que me sonrío así me sentí exactamente igual que la rana del cuento que se transforma en príncipe (de hecho me llama “principeso”, y a Jara princesa). Y no acaban ahí sus virtudes. Tiene talante de campesina, como se nota cuando acaricia a los caballos o cuando recoge los higos en un cuévano. Con ella podría contar, si fueran otros tiempos, para fundar una dinastía o repoblar un territorio vacío, construir una cabaña y cultivar la tierra. O sea, para mi es “la mujer”, el antídoto a mi congenita poligamia (todos los varones la padecen, de alguna forma, pero los hipócritas no lo admiten y los golfos alardean de ella: dos formas opuestas, pero idénticas de idiotez). Un grado más allá de la fidelidad, que no deja de estar contaminada de sumisiones y derechos de propiedad, es la lealtad, tan noble que permite el orgullo. Habría que explicar este orgullo, esta sensación de don inmerecido a los maltratadores; sobre todo, a los bobos que practican la variante de baja intensidad, a los que hacen de menos a sus compañeras, “qué sabrás tú, anda calla”, pero creo que son tan idiotas que no aprenderían. A los otros, a los violentos, habría que encerrarlos con homosexuales agresivos, que para mi tengo que son los hiper machos, puesto que consideran al resto de los hombres como potenciales hembras sumisas. Así podrían revisar sus ideas de machitos de medio pelo.

6 comentarios:

Miroslav Panciutti dijo...

Bonito post. Hay que saber valorar esos dones que recibimos; que a uno lo quieran es tan sorprendentemente mágico que me parece un pecado banalizarlo con la indiferencia (y no dígamos ya con esos comportamientos que describes). De otra parte: fidelidad y lealtad, buen apunte para ahondar en las diferencias. Sólo cuando se ama se puede ser leal. En fin, que veo que vuelves con ganas. M'alegro.

Lansky dijo...

vuelvo con ganas, y si no, pásate por mi otro blog todossomosdios.

un abrazo

Cigarra dijo...

Me gusta la idea de encerrar a los maltratadores con homosexuales agresivos. Porque indudablemente hay que ocuparse de las mujeres maltratadas y protegerlas, ayudarlas, enseñarlas a recuperarse a si mismas... Pero evidentemente hay que hacer ALGO con los maltratadores que no estamos haciendo. Y no niego que hay que hacer algo positivo, para que dejen de ser así, pero a veces ¡me entran unas ganas de hacer algo "negativo" para que se enteren de cómo se sienten las personas a las que maltratan! Yo comprendo que ya no estamos en la edad media para grabarles una letra infamante a fuego en la frente, pero yo lo haría con gusto, para poder escupirles en la cara cuando me cruzase con ellos.

Lansky dijo...

Desgraciadamente, Cigarra, no creo en ese "buenismo" que implica que el maltratador pueda rehabilitarse ni tenga solución (para él); por consiguiente, sólo cabe dos cosas:1) retiralos de la circulación (hablo de prisión) para que no sigan haciendo daño, y 2) si no basta con lo anterior porque no somos sufientemente altos motalmente, vengarnos ¿Cómo? lo de los homosexuales (no los llamens gais, que no tienen nada de alegres) es una sugerencia atractiva.

julian bluff dijo...

Eso que nos pasa de que de jóvenes nos gusten las mujeres mayores que nosostros y en cambio, de mayores, nos gusten más jóvenes que nosotros, no supone en realidad ningún cambio de criterio. En ambos casos nos gustan las mismas, muejres, las de "treinta y pocos", que es cuando ellas están más guapas.

¡¡¡Un abrazo!!!

Lansky dijo...

Visto así, Julián, quizás lleves razón y sea un caso más del inexorable cumplimiento de la Relatividad General, lo que se mueve es el observador respecto al objeto (de sus deseos), pero en Las mil y una noches, que cada vez me gusta más, en la traducción de Cansinos Assens, no en la de Blasco Ibáñez ni en la de Álvarez, y tampoco en la francesa de Galland sino en la inglesa de Burton, hay muchas reflexiones sobre la supeioridad del varón o/y la mujer jóvenes o maduros. Tras describir sus repectivos méritos y defectos, suele concluir que la diferencia: mujer madura y varón joven, o la inversa, mujer joven y varón maduro son las más exitosas para la placetera coyunda, y los argumentos sino inapelables son convincentes, y quizá sepamos eso desde chicos. De todas formas, ellas siempre nos llevarán varios polvos, digo varios cuerpos (el símil es hípico) de ventaja, desde que nacen.