
Siguiendo con lo del turismo. En 1904, con diecinueve años, el poeta norteamericano Ezra Pound, el de los cantos, el antisemita y futuro admirador de Mussolini, por lo que fue represaliado y encerrado en manicomios, concedía su admiración a algo más admirable: la poesía provenzal. Consideraba que tras la eclosión clásica de los griegos, estos representaban la continuación del hilo de la moderna civilización occidental (al contrario que los judíos, que eran para él una anomalía; extraño que un poeta de su talento no apreciara ese maravilloso libro de libros que es la Biblia). El caso es que le atraía mucho la Francia del XII y la Italia del XIII. Si Atenas definía la civilización, la Provenza del Quatroccento la redescubría. Vida, arte e impulso religioso constituían un poderoso motor al que solo detendría, según Pound, las persecuciones papales que marcarían el comienzo de los tiempos oscuros.
Así que el poeta hizo un viaje en 1912 a pie y en tren por esos territorios admirables y nutricios de la cultura: seguía el paso de los trovadores: Poitiers, Angulema, Périgueux y Limoges; luego Uzerche, Souillac, Sarlat, Cahors, Rodez, Albi, Toulouse, Foix, Lavenalet, Quillan y Carcasonne, finalmente Béziers. Ningún circuito turístico actual ofrece por fortuna ese recorrido que podrían anunciar como trovadoresco. El poeta se proponía utilizar el viaje para recopilar material para un libro de viajes y de historia cultural que llamaría “Gironde” y que nunca, desgraciadamente, llegaría escribir, aunque se conservan sus diarios y notas en la universidad americana de Yale.
Lo que Pound suponía es que no podría apreciar cabalmente su admirada poesía provenzal sin haber recorrido los mismos caminos y visto los mismos paisajes que esos poetas. Pero hay un problema; en esa espléndida poesía, cuya lectura recomiendo como una de las cumbres del siglo XII y XIII, no figuran detalles de esos paisajes ni de esos territorios recorridos por andarines con el laúd a la espalda. Antes al contrario, los poemas de estas inquietas gentes están llenos de bellas mujeres, de pájaros y flores, pero son aves genéricas, flores simbólicas, emblemas de la mujer en abstracto, no hay detalle ni concreción. Son como esas pinturas de la misma época que pintaban paisajes inventados con montañas cónicas y ríos serpenteantes que es inútil intentar buscar en la realidad geográfica. Como dice Coetzee, sabemos lo que los trovadores debieron ver, pero no sabemos lo que vieron.
Hace una década escasa, ese mismo Coetzee, al que adoro, hizo ese mismo viaje, esta vez no tanto tras las huellas de los trovadores como tras los pasos de Pound. Punto por punto y en bicicleta el Nobel sudafricano siguió el itinerario del norteamericano y con pareja intención: ver lo que vio Pound, pero, tampoco se sabe lo que vio este, no figuran esos detalles en su poesía igualmente espléndida. Las de Pound son vistas arbitrarias: un pozo, un portillo, una tapia de una huerta, la indicación de un camino a ninguna parte (léanse sus Cantos).
¿Hace falta que diga cómo ha cambiado la naturaleza del turismo desde 1912? No sólo es que entonces se viajara en transatlánticos con baúles de viaje, en trenes que eran mansiones rodantes y en hoteles que eran microcosmos del cosmopolitismo. La idea de Pound de seguir los pasos de los trovadores, como la de Coetzee de seguir los de Pound, o la mía de seguir los de Coetzee ha perdido importancia a medida que el mundo no sólo ha cambiado drásticamente, sino de que se ha confundido la historia y sus escenarios por la recreación de la historia y sus simulacros. El extremo de eso son los horrendos parques temáticos que burdamente caricaturizan, como en un plató de Hollywood, la vida de los vikingos, los piratas o los señores feudales. Las disneylandias para adultos infantilizados e ignaros. La única ventaja de emprender un itinerario así es el propio itinerario y el hecho de que quizá sea sólo uno en kilómetros a la redonda el que está rindiendo justo homenaje a los grandes muertos, a la inversa que los hacinados autobuses de turistas que fotografían las murallas de Carcassone, ignorando que son una recreación de Viollet-le-Duc. Y sin embargo, sentí a Coetzee, sentí a Pound y ahí, muy al fondo, sentí el laúd del trovador. O quizá fuera un mirlo.
Lecturas
Ezra Pound, Cantos
J.M. Coetzee, Diario de un mal año
R. Ménendez Pidal: Poesía juglaresca
J.M. Coetzee, Diario de un mal año
R. Ménendez Pidal: Poesía juglaresca
13 comentarios:
Es muy difícil no rendirse a la mitología y no pensar, como Pound, ese género de bobadas: que para entender la poesía de los trovadores hay que haber visto la Provenza, o que para sentir realmente la música de Bach hay que haberse paseado por las calles de Leipzig. Es la misma clase de pensamiento según el cual no se puede entender a Proust sin saber que era homosexual, o basta oir las notas de fagot de "Pedro y el Lobo" para saber no sólo que está hablando el abuelo, sino hasta lo que dice. A mi me pone bastante nervioso. Porque no me cabe la menor duda de que los paisajes provenzales influyeron de algún modo en los versos del trovador, ni de que sus tendencias sexuales condicionaron la obra de Marcelo, ni de que, con el fagot, Prokofiev quisiera evocar la figura del abuelo. Pero el sentido común me dice lo que la superstición artística más extendida se niega a aceptar: que esos mecanismos se produjeron una sola vez, restrigieron su eficacia al interior de la cabeza del artista y al momento de la creación de la obra, y no son reproducibles, ni reversibles, ni tienen la menor consecuencia apreciable sobre el lector del libro o el oyente de la música, a quienes libro o música llegan "pelados", sin adherencias visibles ni mucho menos legibles del lugar en que se produjeron. La Provenza no "está" en los versos del trovador, ni la homosexualidad se trasluce de las páginas de La Recherche, ni las notas de fagot tienen la menor oportunidad de hacer pensar en abuelos a nadie que las oiga sin aleccionamiento previo. Aunque les joda a los mitómanos del arte, que a veces me dan la impresión de apreciar más este género de tontas anécdotas que la obra de arte en sí, a la que, en mi opinión, se falta flagrantemente al respeto cuando se la hace depender de las aficiones eróticas o paisajísticas de su autor.
Digo más aún: es posible que la lectura de los trovadores haga nacer en mi cabeza imágenes de una Provenza particular, imaginaria y mía. Para mí, esa Provenza será siempre la asociada a mi lectura, y aunque me vaya luego a vivir a Carcasona, cuando lea poesía provenzal evocaré la que yo imaginé y no la que vea por la ventana. Y así debe ser, porque esa asociación que se forma en mi cabeza entre mí Provenza y mi lectura es la verdaderamente equivalente a la que existió en la cabeza del poeta entre su Provenza y su obra. Y la verdaderamente importante.
Claro, que eso ya lo descubrió el mismo Proust cuando viajó a Balbec por primera vez y descubrió que no tenía nada que ver con las catedrales gótico-bizantinas asomadas al acantilado batido por el temporal que él había imaginado; y siguió prefiriendo su Balbec imaginario al real -hasta que empezó a encontrarse con las muchachas en flor, pero eso ya es otro tomo...- Y saberlo no impide que recuas de turistas recorran devotamente Illiers, "Du coté de chez Swann" en mano, buscando aplicadamente los restos de un Combray que, ellos no lo saben, pero existe mucho más realmente en su cabeza que donde lo buscan.
Por una vez y sin que si sirva de precedente (o sí, mejor que sirva, ¡qué sirva!) me muestro en absoluto desac... digo... acuerdo con lo dicho por Vanbrugh. No tengo que añadir ni una coma ni quitar un punto (dicho esto último en estrictos términos de simpatia que ni mucho menos es mi intención invadir los terrenos que le son propios).
Mi más entusiasta y doble enhorabuena, Julián: por estar de acuerdo conmigo (lo que supone una considerable garantía de acierto) y por haber sido, por fin, capaz de firmar con tu nombre en azul, con link a tu página. No hay como perseverar...
Verás, Vanbrugh, ejem, en cuanto a que Julián concuerde contigo, yo penso, en fín y ejem, que debería mosquearte más que otra cosa; creo, en fin y ejem, que es de aplicación el dictamen de Groucho cuando afirmababa no estar dispuesto a pertenecer a mingún club que admitiera gentes como él. Revisa pues tus planteamientos en vista de la sospechosa aquiescencia del interfecto.
Y ahora en serio. Me llama la ateción que tu perspicacia se haya centrado en lo obvio, porque la subjetividad es eso, la imposibilidad de meterse en la mirada de otro, como que no hayas notado lo que de placentero pretexto tiene el realizar un viaje por la Provenza siguiendo los pasos de Coetzee que seguía los pasos de Pound que seguía los de un anonimo juglar del XII que seguía... Sólo espero que alguna admiradora (prescindo de vosotros) siga los pasos de Lansky que seguia...Y otra cosa, La Provenza no ncesita pretextos, como no los necesita el Ampurdan y La Toscana que son, para mí, los tres paisajes mediterráneos "cultos" más excelsos.
No, si a mí me parece estupendo que Pound, Coetzee y tú os paseéis por la Provenza, así sea tras los pasos de Tartarín de Tarascón. Como bien dices, lo de menos es el pretexto y para semejante actividad todos son buenos, quién la pillara. Lo que me molesta son los que se toman en serio la coartada artística y creen, o al menos tratan de hacer creer, que tras contemplar los campos de Arlès van a escuchar a Bizet con más provecho, pero es el aspecto teórico del asunto el que me irrita, no el práctico.
La primera parte de tu comentario que te la conteste Julián, si cree que lo mereces.
Bueno, Lansky, en cuantito me proporciones un mapa detallado de tus andanzas, organizo una "peregrinación Lanskiana" tras tus pasos por la Provenza.
Y hablando de horrores turísticos, en mi vida he tenido sobresalto mas espantoso que el que sufrí en Bohoyo hace unos meses. Yo recordaba aquel pueblo tal como lo conocí a finales de los años 60, cuando estaba acampada con los scouts y nos dimos un paseo por los pueblos de la zona. Era un pueblo de los de toda la vida, con los vecinos sentados a las puertas de sus casas, charlando, y cuando nos vieron pasar con una guitarra al hombro, enseguida se formó una tertulia musical deliciosa en la que fue protagonista un señor, un "indiano" como los de antes, que había estado en América, que se ofreció a afinarnos la guitarra (¿queréis que os la "tiemple"?) y que nos obsequió un recital de música argentina que entonces por desgracia no estaba yo en condiciones de apreciar en todo su valor; fue maravilloso. Pues en diciembre he vuelto. Digo como el cuplé: "nunca lo hiciera, que aquella tarde de sentimiento creí morir". Han hecho un horror de hotel, una horterada de pseudocastillo medieval, una acumulación de mal gusto tan espantosa que me fui de allí a punto de vomitar. Se han cargado el pueblo, o mas bien, nos vamos cargando todos los pueblos, destrozando la arquitectura tradicional y llenándolos de locales espantosos como ese. Si no quieres llevarte un disgusto no vayas a verlo.
Y sin embargo, Cigarra, si tomas cuesta arriba por la propia garganta de Bohoyo pronto te encuentras solo y a gusto. Es lo que tiene Gredos: les entregas un trocito del borde para que lo devoren y salvas lo demás. Qué remedio
Qué chistoso. Ese trayecto de Pound lo hice muchas veces (aunque en coche) cuando vivía en la Bretaña francesa e íbamos a visitar a mis suegros que viven cerca de Montpellier (y por tanto de Beziers).
Estoy contigo con lo del turismo y la diferencia que mencionabas en otra entrada entre traveller y tourist. A mí también me asquea sobremanera el turismo de masas.
El extremo son los parques temáticos, pero el súmmum es Las Vegas. Alguna vez fui a una convención por motivos de trabajo y lo odié con toda mi alma. Es como un parque temático pero para adultos. La atracción es visitar los hoteles, que son temáticos. Hay uno sobre París que tiene una torre Eiffel hechiza. Otro, que se llama creo Bellagio, simula una ciudad italiana y tiene una especie de techo que simula un cielo artificial, así que se hace de noche y de día, como en la película The Truman Show. Súper alucinante. El imperio de la simulación, como diría el recién desaparecido Baudrillard. Las Vegas es un horror, y lo peor del caso es que a la gente le encanta. Patético.
Hola Strika. La vuelta de tuerca de la simulación será, si no lo ha sido ya, un parque temático en cualquier insólito ligar sobre...Las Vegas. Adelantándose a su tiempo, en pleno franquismo en Barcelona estaba una suerte de Museo al aire libre del pueblo español, con un pueblo andaluz enano, el Pilar de Zaragoza, La Puerta de Alcalá, etc., todo a tamaño de liliputienses. Era horrendo (creo que aún existe), pero también tenía su gracia, no sé.
¡Todavía existe! Se llama el Poble espanyol, ¿no? Lo visité en un viaje escolar con los alumnos de español del Liceo en el que trabajaba en Francia. En efecto, ¡es horrendo!
Exacto, Strika
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