Regreso
El mito del eterno retorno no se refiere a que los funcionarios siempre terminan por volver de vacaciones, no al lugar del crimen, sino del lugar del crimen, pero, en fin.
Regreso de muy lejos. Mi cabeza y sus sentidos lo notan. Si como dice el buen Javier Rioyo –un intelectual antipedante, especie en extinción- la civilización no se mide con la cantidad de luces que incitan nuestra pulsión por las compras superfluas, entonces vengo de un lugar muy salvaje. Alejado de esa “civilización” o en otra que en cambio se mide por la capacidad de comprender al otro, de valorar el silencio y la oscuridad cuando anochece (anochecer, amanecer: si la Tierra es redonda y da vueltas, eso depende del punto de vista, ¿no os parece?); junto a los que consideran un privilegio poder elegir estar solo, a veces. Donde no hay anacrónicos obispos seguidores de Torquemada en las calles, sino curas de pueblo que se lían los cigarrillos a mano, ni rebajas, ni millones de watios colgando por encima y los regalos tienen el aroma a leña y al aire de las nieves. Civilizados tiempos sin rebajas ni Barajas. “Inteligencia, soledad en llamas” dice un verso de José Gorostiza.
Para un huraño como yo, mantenerse lejos de los tocapelotas es ya un verdadero descanso. Son los que yo llamo placeres por omisión, como quitarse un zapato que aprieta: no entrar en los grandes almacenes, no jugar con las máquinas tragaperras, no oír música estúpida, no encender la tele, no tratar con necios, no escuchar el discurso de navidad del Borbón. Todos placeres sencillos, aunque a veces tan arriesgados como los positivos: el wisky de malta y el tequila reposao, el jazz en los tugurios, los baños en las pozas de deshielo en Gredos, las marchas agotadoras con las solas substancias euforizantes de unas mandarinas aromáticas y el entusiasmo incansable de Jara, el despilfarro carbónico de la chimenea (donde más siento el efecto invernadero es en las rodillas, pues), las charlas con los cabreros, el avistamiento de aves sin otros ornitólogos cerca, caminar por un cordel medieval de merinas, dejar el cocido borboteando al fuego: la tapa bailando al ritmo de las escobillas de Art Blakey.
Como voy andando a casi todos los sitios, por caminos que no transitan coches, salvo las pequeñas y vetustas motos de algunos pastores, el espacio se dilata y, por tanto, el tiempo. Es por eso este universo de mi retiro a la vez recóndito y extenso, más grande y diverso que el que atraviesan las autopistas. Habito un paraíso no sólo al margen de la fealdad moderna y vulgar, sino un tiempo viejo, más sensato y reposado, como tequila añejo.
Soy profundamente elitista, lo que excluye la mayoría, aunque no todos de los placeres que simplemente se pueden comprar. Soy vanidosos profundo, no presumido, o sea, orgulloso, es decir, que me importa demasiado mi propio dictamen y demasiado poco el de la mayoría de los demás. Y encima, arisco, una joya: “dale una máscara a un hombre y dirá la verdad” sentenciaba Oscar Wilde.
Charlas a la puerta de la taberna con Toño y Güipi; no hay problema: me caen bien los chulos al igual que detesto a los idiotas engreídos. La diferencia es muy sutil y no conviene pertenecer a ninguna de las dos categorías, aunque yo me incluyo en la primera a mi pesar. Y ahora estoy de vuelta y como reza un verso “più nessuno mi porterà nel sud”; hablo del Sur como metáfora, claro, como el sur de Los Mares del Sur o la otra cara de la luna. Allá he dejado a gentes que siguen el ciclo de las estaciones no con el ropero sino con la siembra o la llegada de las aves. Ya saben, la dichosa felicidad: no se trata sólo de querer lo que se tiene en vez de tener lo que se quiera, sino de contemplar lo que se "tiene" como si no se tuviera. Llegas a casa y te encuentra una mujer preciosa, inalcanzable de puro deseable; algo tan precario y tan precioso…tientas la suerte, y la tienes, por un rato. Os cuento todo esto a vosotros no para daros envidia, sé que tenéis vuestros refugios y paraísos. Es simplemente que a la rana de una fuente no le puedes hablar del océano, y esto está lleno de ranas que croan que han esquiado mucho...
El mito del eterno retorno no se refiere a que los funcionarios siempre terminan por volver de vacaciones, no al lugar del crimen, sino del lugar del crimen, pero, en fin.
Regreso de muy lejos. Mi cabeza y sus sentidos lo notan. Si como dice el buen Javier Rioyo –un intelectual antipedante, especie en extinción- la civilización no se mide con la cantidad de luces que incitan nuestra pulsión por las compras superfluas, entonces vengo de un lugar muy salvaje. Alejado de esa “civilización” o en otra que en cambio se mide por la capacidad de comprender al otro, de valorar el silencio y la oscuridad cuando anochece (anochecer, amanecer: si la Tierra es redonda y da vueltas, eso depende del punto de vista, ¿no os parece?); junto a los que consideran un privilegio poder elegir estar solo, a veces. Donde no hay anacrónicos obispos seguidores de Torquemada en las calles, sino curas de pueblo que se lían los cigarrillos a mano, ni rebajas, ni millones de watios colgando por encima y los regalos tienen el aroma a leña y al aire de las nieves. Civilizados tiempos sin rebajas ni Barajas. “Inteligencia, soledad en llamas” dice un verso de José Gorostiza.
Para un huraño como yo, mantenerse lejos de los tocapelotas es ya un verdadero descanso. Son los que yo llamo placeres por omisión, como quitarse un zapato que aprieta: no entrar en los grandes almacenes, no jugar con las máquinas tragaperras, no oír música estúpida, no encender la tele, no tratar con necios, no escuchar el discurso de navidad del Borbón. Todos placeres sencillos, aunque a veces tan arriesgados como los positivos: el wisky de malta y el tequila reposao, el jazz en los tugurios, los baños en las pozas de deshielo en Gredos, las marchas agotadoras con las solas substancias euforizantes de unas mandarinas aromáticas y el entusiasmo incansable de Jara, el despilfarro carbónico de la chimenea (donde más siento el efecto invernadero es en las rodillas, pues), las charlas con los cabreros, el avistamiento de aves sin otros ornitólogos cerca, caminar por un cordel medieval de merinas, dejar el cocido borboteando al fuego: la tapa bailando al ritmo de las escobillas de Art Blakey.
Como voy andando a casi todos los sitios, por caminos que no transitan coches, salvo las pequeñas y vetustas motos de algunos pastores, el espacio se dilata y, por tanto, el tiempo. Es por eso este universo de mi retiro a la vez recóndito y extenso, más grande y diverso que el que atraviesan las autopistas. Habito un paraíso no sólo al margen de la fealdad moderna y vulgar, sino un tiempo viejo, más sensato y reposado, como tequila añejo.
Soy profundamente elitista, lo que excluye la mayoría, aunque no todos de los placeres que simplemente se pueden comprar. Soy vanidosos profundo, no presumido, o sea, orgulloso, es decir, que me importa demasiado mi propio dictamen y demasiado poco el de la mayoría de los demás. Y encima, arisco, una joya: “dale una máscara a un hombre y dirá la verdad” sentenciaba Oscar Wilde.
Charlas a la puerta de la taberna con Toño y Güipi; no hay problema: me caen bien los chulos al igual que detesto a los idiotas engreídos. La diferencia es muy sutil y no conviene pertenecer a ninguna de las dos categorías, aunque yo me incluyo en la primera a mi pesar. Y ahora estoy de vuelta y como reza un verso “più nessuno mi porterà nel sud”; hablo del Sur como metáfora, claro, como el sur de Los Mares del Sur o la otra cara de la luna. Allá he dejado a gentes que siguen el ciclo de las estaciones no con el ropero sino con la siembra o la llegada de las aves. Ya saben, la dichosa felicidad: no se trata sólo de querer lo que se tiene en vez de tener lo que se quiera, sino de contemplar lo que se "tiene" como si no se tuviera. Llegas a casa y te encuentra una mujer preciosa, inalcanzable de puro deseable; algo tan precario y tan precioso…tientas la suerte, y la tienes, por un rato. Os cuento todo esto a vosotros no para daros envidia, sé que tenéis vuestros refugios y paraísos. Es simplemente que a la rana de una fuente no le puedes hablar del océano, y esto está lleno de ranas que croan que han esquiado mucho...
8 comentarios:
"Llegas a casa y te encuentra una mujer preciosa, inalcanzable de puro deseable; algo tan precario y tan precioso…tientas la suerte, y la tienes, por un rato".
Que verdad y ¡qué lujazo!. Lo mejor no puede estar disfrutándose de continuo. Se depreciaría y ¡nos extenuaría!.
Dando ganas de copiarse el post entero y pegarlo en el blog de cada uno, me ha resultado un poco como la de la mujer preciosa que cuentas. Un post ¡muy hermoso!.
Gracias. Julian
Qué campo tan hermoso el de la foto.
¿Quién es Gorostiza? Voy a buscar de inmediato, me ha encantado eso.
Regresas pausado, muy pausado. Eso está bien.
Besos
Yo tengo mi asidero en las gaviotas que en dias ventosos como hoy planean por pluro placer en el cielo.
Me extraño mucho, durante una converacion de sobremesa con estos funcionatas de Bruselas al mencionar que me gustaba ver gaviotas en la ciudad, me extraño digo que todos se sorprendieran.
" Gaviotas? En Bruselas? Nunca las he visto"
Exclamo una funcionaria que llevaba aqui viviendo seis años.
Y claro que hay gaviotas en Bruselas.
Pero no las han visto...
Pues eso Lansky, bienvenido.
Bienvenido; ya se te echaba en falta. Qué bien me vendría a mí un largo descanso; pero, en fin, aquí seguimos.
Hooooooooooola! Qué alegría tu vuelta! Y qué alegría leer este post tan relajante y lleno de auténtica sabiduría. Qué gozada de vacaciones...
Y el final, realmente genial.
Un beso muy muy grande y bienvenido, a pesar de barajas y rebajas.
Besos
Julián, no seas tan literal
Mita, José Gorostiza es un excelente poeta mexicano de comienzos del siglo XX; no muy conocido en España, lamentablemente.
Ese "campo hermoso" como bien dices es el "pediment" o piedemonte del sur de Gredos; la fractura que ves al fondo y que comunica las dos vertientes y castillas es el Puerto del Pico, por donde discurre una calzada romana muy bien conservada.
Emma, la mayoría de la gente no ve, mira, pero no ve; ya podrían se pterodáctilos tus gaviotas, daría igual.
Miroslav, concédete unas vacaciones, coño.
Zaffe, alegría de la huerta, bienvenida tu también
Sii, nos das envidia. Pero también nos empujas a imitarte en esa actitud tan sabia de contemplación y disfrute de lo que merece la pena; de valoración de lo valioso que tenemos y quiza desperdiciamos por no ser conscientes. Gracias por señalarnos a la hormiga y a la nube, para que nos fijemos mejor en nuestro próximo paseo. Bienvenido.
Me gusta eso que dices, Cigarra, de señalar la hormiga y la nube. Me lo apropio. Y claro, como se trata de ver y no sólo mirar, la hormiga es la Formica rufa, y la nube, pongamos por caso, un altivo cirroestrato.
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