(Para mi amigo Angelito, de Sevilla, que tiene heridas de flecha, pero no colecciona urogallos disecados como otros)El otro día arrime tanto el ascua a mi sardina que me puse demasiado excelso en la loa de los naturalistas, http://www.lansky-al-habla.com/2009/02/como-se-forja-un-naturalista.html, un corporativismo intolerable; corrijo pues.
Ibsen Martínez es un matemático y narrador mejicano que me encanta, porque reune saberes tan distintos aunque complementarios como los del científico que conoce la historia de la Ilustración científica y el buen poeta dramático. Martínez coloca al paradigma del viajero ilustrado, Alexander von Humboldt en las regiones selváticas de México, América Central y del Sur (Viaje a las regiones equinocciales del globo, donde relata el barón aludido esos itinerarios, es también una maravilla disponible). Vemos al ilustrado alemán cargado –bueno, los lleva a lomos de mula o de nativo al efecto- de instrumentos astronómicos, herbarios y bichos disecados, afanoso por esos confines del mundo, buscando la exuberante exageración naturalística de esas zonas apartadas. Pero Humboldt está cansado, bosteza, se echa la siesta que descubre como costumbre diaria, y la realidad le empieza a parecer tan horrenda como normal. Se educa en el sopor, aprende a sacudirse los bichejos molestos sin concederles una segunda mirada, digamos, de naturalista. El explorador está derrotado, el naufragio, eso sí, es paulatino, insidioso, no heroico. Pero tiene que regresar a Europa, como advierte Juan Villoro, con una buena colección de rarezas. Entonces elabora un relato que es la crónica fantástica de un viaje normal. El barón es cada vez más sensato y está cada vez más aburrido y fastidiado, pero infla y requeteinfla su relato; le da al público lo que pide. Al llegar a la civilizada Europa le comenta a su compañero, el botánico Bonpland (y lo hace muy mexicanamente): “Pasa que se nos pasó la mano y nos jodimos, viejito. No se puede andar por ahí, galanamente, recogiendo mimosas y nombrando cocodrilos. Sobre todo para quienes ignoran que el caimán del Orinoco no es estrictamente hablando un cocodrilo…” Al final ya sólo les preocupa el botín, los especímenes disecados para los gabinetes de Historia Natural europeos; eso y el relato trucado. Martínez nos muestra con sorna triste que los brillantes exploradores de la selva virgen acaban como vulgares taxidermistas fraudulentos. Y los cocodrilos, que no son, transformados en dragones rellenos de serrín para coleccionistas caseros.
Lo único bueno que le queda al Humboldt de Martínez es la pereza. Dice Villoro: “el hombre que cierra los ojos en la selva guarda mayor armonía con el entorno que quien desea catalogarla con un herbario de fábula”. Y remeda a Goya: “El dormitar de la razón evita monstruos”.
Fowles es algo más preciso. El personaje principal de su novela El coleccionista es eso, un coleccionista de mariposas oscuro y gris. Hasta que un día decide coleccionar a una bellísima e inalcanzable vecina (Samantha Eggar en la película de William Wyler) y la secuestra. La novela fue confundida con un thriller, no lo es. El autor deja implícitamente claro y explícitamente en sus ensayos que el coleccionismo es una forma rudimentaria, válida sólo inicialmente, del amor y el conocimiento sobre la naturaleza. Fowles usa siempre personajes que pertenecen a la dicotomía de Heráclito: aristoi o polloi. Miranda, la secuestrada es hoy aristoi, Clegg, el secuestrador y coleccionista es hoy polloi. Líderes o ciudadanos comunes. El pollos es el coleccionista, el aristos (aristócrata en el sentido de los griegos), el artista o mago (ver su novela El mago); dos tipos básicos de ser humano: el egoísta y nada imaginativo acaparador de belleza, que mata a la mariposa para poder poseerla, y el aristoi altruista y hasta creador de esa belleza que, lejos de atesorarla, desea compartir para educar a los demás en su contemplación.
La mayoría de los naturalistas y biólogos de campo que conozco (aunque se limiten a tomar fotografías) pertenecen a la primera y más zafia categoría y nunca consiguen acceder a la segunda. Son los más intolerantes, los más severos con el resto de sus congéneres polloi que ignoran que cosa es una Vanesa attalanta.. Por otra parte, los mal llamados (en el sentido presocrático) aristócratas, suelen incurrir en el desagradable vicio del coleccionismo más ostentoso, como los nuevos ricos y los “parvenues”. En cambio Humboldt, padre de la biogeografía y la geografía física modernas, nunca fue un mero coleccionista, con o sin siestas.
Finalmente recuerdo el cuento “Cosas” de D.H. Lawrence, en el que una pareja de coleccionistas termina perteneciendo a sus objetos. En realidad, los anticuarios –a mí me "atacó" uno en este blog a tenor de un post sobre La mano- son lo opuesto a los amantes del arte, -al igual que los proxenetas son lo contrario a los amantes de las mujeres- es decir, cruces entre usureros y coleccionistas. Pero bueno, como decía un personaje de Hemingway en El viejo y el mar, “No pienses en el pecado (…). Hay gente a la que se le paga por hacerlo”.
En lo del contacto con la naturaleza, la búsqueda obsesiva de lo exótico y raro suele denotar finalmente cierto desinterés por el espectáculo gratuito de la naturaleza, cierto esnobismo miope. Como el replicante de Blade Runner, confieso que he visto cosas…he visto leones caminado por la playa junto al mar, buscando cadáveres de ballenas varadas (en Namibia), pero…no quisiera ser como ese conde parisino que, tras la Primera Guerra Mundial en la que muchos habían sido heridos de bala, él presumía de tener “heridas de flecha”, que es mucho más chic.
______________________________________________________
Y para seguir con el tema desde otras visiones:
5 comentarios:
Consigues hacer apetecibles los libros que reseñas. Y tengo la impresión -solo la impresión, porque no los he leído- de que das un resumen exactísimo del meollo de cada uno. Sea cierto o no, conseguir dar esa impresión es ya, en sí, una virtud.
Lo curioso es que, por lo que dices, hay una clara relación entre los tres libros reseñados -o quizás es mérito tuyo encontrarla, y no sería tan obvia para otro lector.- Pero tal como tú lo cuentas, parece inevitable no llegar a la conclusión de que el Humboldt de Martínez, que va acomodándose a la selva tropical y perdiendo interés "explorador" en ella a medida que la convierte en un entorno cotidiano, fastidioso y siesteable, está más cerca de la actitud de los aristoi que el coleccionista compulsivo de especímenes. Salvando las distancias, es la diferencia entre el turista japonés, fotógrafo compulsivo, y el ocioso paseante que no colecciona monumentos ni museos, sino que se deja impregnar del ambiente y llega a mimetizarse con él. O, por poner un ejemplo que me es personalmente más cercano, la distancia entre el melómano maniático que colecciona y compara versiones, analiza timbres, tempos y escuelas y acaba reduciendo cada obra a una hoja clínica, y quien se limita a escuchar y a disfrutar hasta las más humildes versiones de desconocidas orquestas búlgaras, sabiendo que lo que a él le importa de cada música no se puede registrar en la contraportada del CD.
gracias por las alabanzas, Vanbrugh, ya me has cubierto mi cupo de vanidad diaria.
Por otra parte, me parece muy sugerente, y me jode no haberlo visto yo (aunque lo debía tener sumergido en mi mente), tu acertada comparación entre el turista complusivo coleccionista polloy y el aristócrata viajero. Exactamente.
De Martínez no hay nada disponible en esta a menudo palurda España, pero La Central y otras buenas librerías le traen por encargo al igual que a Ibergüengotia o el colombiano William Ospina que con justicia tanto entusiasmaba al añorado BobPop. Los relatos de Humboldt están en varias ediciones, pero a mí, y no es por joder, la que más me gusta no es española sino colombiana.
Por cierto, son cuatro, no tres; doy las referencias
-Ibsen Martínez, Humboldt en México
-John Fowles, El coleccionista
-A. von Humboldt, Viajes por las regiones equinocciales de América
-D.H. Lawrence: Narrativa breve; relatos
Tengo –o he tenido, voy huyendo- mucha relación con coleccionistas, de relojes. En mis inicios me pareció que a través de su obsesión conseguían, como pocos, conocer bien las piezas objeto-de, su historia y la historia, que los enmarca. He acabado aburridísima de ellos, ahora los veo como tristes enfermos patológicos similares a ludópatas, menos a una (sí, mujer, rarísimo en el mundillo este) que los ama, y se puede observar en su abarrotada estancia por poseer, más que grandes ítems valiosos en si, las más pequeñas ‘anomalias’ de incluso feitos relojillos que nadie se miraría pero que en sus manos cobran vida.
Aunque Lansky ya tenga cubierto el cupo de alabanzas por hoy, te diré, Vanbrugh, que las recomendaciones de Lansky en materia de lecturas me han resultado todas (todas las que he podido seguir, que son una pequeña parte de las que propone) interesantes y dignas de ser tenidas en cuenta. Hazle caso. Este chico sabe.
Publicar un comentario en la entrada