
El volcán era Malcolm.
Considero “Bajo el volcán”, de Malcolm Lowry una de las mejores novelas de todo el siglo pasado; pongamos que una de las diez mejores, lo que incluiría las dichosas –en sus varios sentidos- Ulysses, de Joyce y La Recherche…de Proust. Sin embargo, esta espléndida obra arrastra maldiciones parejas a las de su atormentado autor, como la de experimental, oscura, intraducible, epítetos todos que remiten a difícil de leer. No es cierto. Sí lo es, en cambio, el que conviene, como los casos del irlandés y el francés, cotejar y escoger entre las diversas traducciones si no se dispone de suficiente pericia como para leerlo en inglés. Actualmente ha aparecido una nueva estupenda de un traductor, creo que mexicano como el escenario de la novela, Ortiz y Ortiz, en Galaxia Gutenberg que recupera la vieja de Bruguera inencontrable.
El escultor vasco Jorge Oteiza declaró en una ocasión que “no voy a ensuciar mi currículo de fracasos con una victoria de mierda”. El caso de Lowry es bastante parejo: desde joven se propuso como meta el desastre. Pero le salió una novela maravillosa.
En la vida, al revés que en los exámenes de maestros bondadosos, siempre entra la letra pequeña: esa mujer guapísima pero tonta, ese tío tan inteligente como cabrón, esa casa luminosa pero ruidosa, ese viaje espectacular en mala compañía. Al final queda la maldad, la estupidez, el ruido. No es tanto que la excepción confirme la regla –una forma de desechar aquella- como que la excepción siempre es más explicable que la propia supuesta norma. De hecho, frente a nuestras ansías de un mundo previsible y ordenado, forma parte de la explicación y la regla sólo se revela cuando tropieza con una de esas resistencias; es entonces cuando la excepción hace visible la regla. ¿Por qué digo esto? Porque Bajo el volcán es excepcional en todos esos sentidos literales y figurados: es una maravilla infrecuente en la narrativa, como lo es Bach en música, pero sobre todo es un canto bellísimo a la indeterminación y a la banalidad de nuestro futuro.
Leerla, releerla y no prestéis oídos a su supuesta dificultad, que es la de la verdadera vida.
Considero “Bajo el volcán”, de Malcolm Lowry una de las mejores novelas de todo el siglo pasado; pongamos que una de las diez mejores, lo que incluiría las dichosas –en sus varios sentidos- Ulysses, de Joyce y La Recherche…de Proust. Sin embargo, esta espléndida obra arrastra maldiciones parejas a las de su atormentado autor, como la de experimental, oscura, intraducible, epítetos todos que remiten a difícil de leer. No es cierto. Sí lo es, en cambio, el que conviene, como los casos del irlandés y el francés, cotejar y escoger entre las diversas traducciones si no se dispone de suficiente pericia como para leerlo en inglés. Actualmente ha aparecido una nueva estupenda de un traductor, creo que mexicano como el escenario de la novela, Ortiz y Ortiz, en Galaxia Gutenberg que recupera la vieja de Bruguera inencontrable.
El escultor vasco Jorge Oteiza declaró en una ocasión que “no voy a ensuciar mi currículo de fracasos con una victoria de mierda”. El caso de Lowry es bastante parejo: desde joven se propuso como meta el desastre. Pero le salió una novela maravillosa.
En la vida, al revés que en los exámenes de maestros bondadosos, siempre entra la letra pequeña: esa mujer guapísima pero tonta, ese tío tan inteligente como cabrón, esa casa luminosa pero ruidosa, ese viaje espectacular en mala compañía. Al final queda la maldad, la estupidez, el ruido. No es tanto que la excepción confirme la regla –una forma de desechar aquella- como que la excepción siempre es más explicable que la propia supuesta norma. De hecho, frente a nuestras ansías de un mundo previsible y ordenado, forma parte de la explicación y la regla sólo se revela cuando tropieza con una de esas resistencias; es entonces cuando la excepción hace visible la regla. ¿Por qué digo esto? Porque Bajo el volcán es excepcional en todos esos sentidos literales y figurados: es una maravilla infrecuente en la narrativa, como lo es Bach en música, pero sobre todo es un canto bellísimo a la indeterminación y a la banalidad de nuestro futuro.
Leerla, releerla y no prestéis oídos a su supuesta dificultad, que es la de la verdadera vida.
Un último asunto. La película de John Houston con un espléndido Albert Finley haciendo de cónsul. Lowry utilizaba constantemente recursos cinematográficos en su escritura, hasta fundidos en negro y títulos de crédito o flash back, no obstante, la novela es imposible de trasladar al cine y, por tanto, la película de Houston, fallida.
3 comentarios:
Reconozco que soy una de las víctimas de esa maldición de la novela de Lowry. La leí, efectivamente, en la vieja y pésimamente encuadernada edición de Bruguera, cuando tendría diecinueve o veinte años. La recuerdo tediosa y difícil, ciertamente. Puede que aquella traducción fuera mala (desde luego carezco de la pericia como para disfrutar leyendo en inglés) o puede que fuera demasiado joven. El caso es que le cogí un poco de manía, pese a que durante una época tuve un muy buen amigo para quien era poco menos que su catecismo y no paraba de elogiarla. En fin, quizá ahora que ya no soy tan joven (pero tampoco mucho más sabio) deba intentar releerla. Pero, coño Lansky, tengo demasiados libros en lista de espera.
Merece la pena, Miros, y no es una novela que yo recomendaría a un joven de 19 por muy avispado que fuera...
Me encanto este párrafo:
"En la vida, al revés que en los exámenes de maestros bondadosos, siempre entra la letra pequeña: esa mujer guapísima pero tonta, ese tío tan inteligente como cabrón, esa casa luminosa pero ruidosa, ese viaje espectacular en mala compañía"
Más al revés de lo que manifiesta luego su autor yo me empeño en que lo que permanezca en mi memoria sean: los rasgos de la mujer, la inteligencia del maromo (a salvo de que su maldad sea determinante), la luz de la bahía, los paisajes preciosos que tuve la oportunidad de contemplar.
Hay que intentar limpiar de desperdcios nuestra memoria, sanearla, si lo que pretendemos es vivir medianamente felices, tranquilos.
Abrazos para todos!
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