
“Cuando los no científicos oyen hablar de científicos que no han leído nunca una obra importante de la literatura, sueltan una risita entre burlona y compasiva. Los desestiman como especialistas ignorantes. Una o dos veces me he visto provocado y he preguntado (a los no científicos) cuántos de ellos eran capaces de enunciar El Segundo Principio de la Termodinámica. La respuesta fue glacial; fue también negativa. Y sin embargo lo que les preguntaba es más o menos el equivalente científico de ´’¿Ha leído usted alguna obra de Shakespeare’”
C.P. Snow, Las dos culturas (Cambridge, 1959)
La física avanzada de partículas, la mecánica cuántica, que es uno de los paradigmas de la verdad científica escueta, pura y dura, una vez que abandona las ecuaciones sólo puede expresarse por medio de metáforas, no sólo para divulgar a los profanos, sino para entenderse entre los propios especialistas. Eso nos tendría que dar que pensar. Deberíamos aprender de eso, ponerlo en paralelo con otro hecho de naturaleza diferente, porque la narrativa fue la primera depositaria del conocimiento humano; Homero precedió a Sócrates –y quizás de ahí también proviene la hostilidad de Platón a los poetas- . El relato fue tan importante para la supervivencia como la lanza o la azada, porque el narrador practica la manera antigua de acceso al conocimiento, el discurso total anterior a todos los vocabularios y jergas de expertos, a toda la inteligencia moderna. Por eso, una manera certera de detectar al pedante es comprobar su exclusiva afición declarada a los textos especializados; los penosos semicultos, los que desdeñan con un fruncimiento de cejas las novelas como pérdidas de tiempo, son peores que los analfabetos, que al menos disponen de transmisiones orales que todo lo embellecen.
Los grandes sabios son excelentes narradores. Charles Darwin, por ejemplo, con el que ahora ando muy metido por compromisos gratos (inauguraciones de cursos, reseñas, cosas así); en primer lugar El Diario del viaje de un naturalista alrededor del mundo; uno de los libros de viaje más bellos del mundo. El origen de las especies, que no elucida lo que promete en el título pero es uno de los libros más ejemplares de cómo demostrar, por sistema de capas de cebolla, un aserto difícil como es el “hecho” de la evolución y el mecanismo principal del proceso, La Selección Natural. O El origen del hombre, que es una muestra ejemplar a su vez de cómo lanzar una “bomba” con toda discreción y sin buscar el escándalo, justo a la inversa de lo que se suele estilar hoy en día. Finalmente, su Autobiografía, expurgada al parecer por su esposa y prima Emma de los pasajes más escabrosos y duros, como cuando expresa su profesión agnóstica o cuando declara su paso al ateismo con furia por la incomprensible muerte de su hijita. (Acaba de aparecer en la editorial Laetoli, una edición integra, sin las censuras anteriores, por vez primera en castellano)
Volviendo a nuestro tiempo, las páginas de físicos como Murray Gellman (El Quark y el jaguar), descubridor de los quarks, de Freeman Dyson o (El infinito en todas direcciones), de Richard Feynman, el fundador de la electrodinámica cuántica, (El carácter de ley física, uno de los libros más logrados de divulgación de todos los tiempos), Brian Greene (El universo elegante; tú sí que eres elegante) proporcionan un doble placer, el de las fascinantes complejidades de la ciencia bien explicadas y, asociado inextricablemente a lo anterior, el de la buena prosa.
Si yo fuera profesor de literatura recomendaría leer a Darwin, a Brian Greene, a Feynman, pero si fuera profesor de física habría que hablar de Lewis Carroll, de Jonathan Swift y de Joseph Conrad, y de Proust claro, y su einsteniano “tiempo” nunca recobrado, como dicta la "flecha" temporal.
C.P. Snow, Las dos culturas (Cambridge, 1959)
La física avanzada de partículas, la mecánica cuántica, que es uno de los paradigmas de la verdad científica escueta, pura y dura, una vez que abandona las ecuaciones sólo puede expresarse por medio de metáforas, no sólo para divulgar a los profanos, sino para entenderse entre los propios especialistas. Eso nos tendría que dar que pensar. Deberíamos aprender de eso, ponerlo en paralelo con otro hecho de naturaleza diferente, porque la narrativa fue la primera depositaria del conocimiento humano; Homero precedió a Sócrates –y quizás de ahí también proviene la hostilidad de Platón a los poetas- . El relato fue tan importante para la supervivencia como la lanza o la azada, porque el narrador practica la manera antigua de acceso al conocimiento, el discurso total anterior a todos los vocabularios y jergas de expertos, a toda la inteligencia moderna. Por eso, una manera certera de detectar al pedante es comprobar su exclusiva afición declarada a los textos especializados; los penosos semicultos, los que desdeñan con un fruncimiento de cejas las novelas como pérdidas de tiempo, son peores que los analfabetos, que al menos disponen de transmisiones orales que todo lo embellecen.
Los grandes sabios son excelentes narradores. Charles Darwin, por ejemplo, con el que ahora ando muy metido por compromisos gratos (inauguraciones de cursos, reseñas, cosas así); en primer lugar El Diario del viaje de un naturalista alrededor del mundo; uno de los libros de viaje más bellos del mundo. El origen de las especies, que no elucida lo que promete en el título pero es uno de los libros más ejemplares de cómo demostrar, por sistema de capas de cebolla, un aserto difícil como es el “hecho” de la evolución y el mecanismo principal del proceso, La Selección Natural. O El origen del hombre, que es una muestra ejemplar a su vez de cómo lanzar una “bomba” con toda discreción y sin buscar el escándalo, justo a la inversa de lo que se suele estilar hoy en día. Finalmente, su Autobiografía, expurgada al parecer por su esposa y prima Emma de los pasajes más escabrosos y duros, como cuando expresa su profesión agnóstica o cuando declara su paso al ateismo con furia por la incomprensible muerte de su hijita. (Acaba de aparecer en la editorial Laetoli, una edición integra, sin las censuras anteriores, por vez primera en castellano)
Volviendo a nuestro tiempo, las páginas de físicos como Murray Gellman (El Quark y el jaguar), descubridor de los quarks, de Freeman Dyson o (El infinito en todas direcciones), de Richard Feynman, el fundador de la electrodinámica cuántica, (El carácter de ley física, uno de los libros más logrados de divulgación de todos los tiempos), Brian Greene (El universo elegante; tú sí que eres elegante) proporcionan un doble placer, el de las fascinantes complejidades de la ciencia bien explicadas y, asociado inextricablemente a lo anterior, el de la buena prosa.
Si yo fuera profesor de literatura recomendaría leer a Darwin, a Brian Greene, a Feynman, pero si fuera profesor de física habría que hablar de Lewis Carroll, de Jonathan Swift y de Joseph Conrad, y de Proust claro, y su einsteniano “tiempo” nunca recobrado, como dicta la "flecha" temporal.
6 comentarios:
O quizás la buena prosa sea la gran coartada, sin percatarse de ella, de los alienados. Bueno creo es bastante abierta la opinión, pero no tildaría de pedante dejar hablar al interior por medio de un lenguaje que está en muchos, pero es de pocos.
pd: Es como poner en jaque al cine de Víctor Erice, agregando de pedantería su tendencia contemplativa genial y pura fílmica.
Saludos.
Amigo Álvaro, no veo que tenga demasiado que ver lo que tu dices con lo que yo he escrito. El tener una voz propia, y no adocenada, como tanto político y contertulio banal, es condición para expresarse bien. Los mundos propios, alienados son los únicos universales, desde el quijote a Gellman.
La ignorancia tampoco es mala cosa.
Besos
¿no es cosa mala?...si tu lo dices
Yo creo es mala, pero en realidad lo que últimamente ocupa gran parte de mis noches y días es sobre lo que escribo en mi blog. La búsqueda de qué hay realmente al encuentro con la creación artística, musical para ser específico. Cosa que nadie me ha enseñado y feliz estoy de poder dilucidar naturalmente.
pd: mis respetos a todos los lectores.
Publicar un comentario en la entrada