

Hoy he sobrepasado las 50.000 visitas desde que instalé el contador. Algo increible, pero hay otra conmemoración que importa mucho más.: dos años se cumplirán este próximo verano desde que murió Artemio Precioso.
Con ese título de reminiscencias "Lecarrenianas" (El espía que volvió del frío), en la mortecina y crispada España de los setenta, con el dictador aún vivo firmando sentencias de muerte, he querido recordar la aparición sorpresiva casi de un personaje tan novelesco como Artemio, que fue todo un revulsivo que no todos vieron con buenos ojos. Me explicaré. En aquel entonces el ecologismo en España se debatía entre los “políticos”, para simplificar, que unían las reivindicaciones ambientales a los procesos de restauración democrática e incluso, para ser claros, a opciones de la izquierda más autoritaria, y los “naturalistas”,a menudo definidos como “apolíticos” (una forma de ser políticos), obsesionados por recuperar un país saqueado en su fauna, flora y paisajes por políticas franquistas derivadas de la idea de que España era "su" finca privada y, por tanto, podían con toda impunidad de propietarios perseguir especies hoy protegidas, organizar cacerías o sembrar de pinos y eucaliptos todo el territorio. Estaban en "su" casa y el resto de prestado.
Por formación e inclinación -soy básicamente un naturalista de esos que hoy se llaman ecólogos-, me encontraba próximo a los segundos, pero por trayectoria personal y vital, me encontraba más cercano a los primeros. Estos hicieron de la lucha antinuclear y los trasvases su principal divisa; aquellos de la defensa de las zonas sin arrasar, como Doñana, Daimiel o Monfragüe o de especies emblemáticas, como el águila imperial o el lobo y el lince. Y en esto llegó Artemio, vacunado de estalinismos, habitante largos años del bloque socialista, catedrático de planificación macroeconómica, empresario de éxito (importador de cristal de Bohemia, con el que hizo su pequeña fortuna), antiguo combatiente del bando republicano, coronel del ejército soviético y valedor de Greenpeace en sus inicios españoles.
Confieso que un personaje, pues es lo que era antes de conocer a la bella y vivida persona que había detrás, con esta trayectoria podía ser visto con sospecha. Yo sólo puedo hablar por mí: así que confieso igualmente que si tenía alguna duda sobre sus propósitos, si había llegado a enunciar algún juicio de intenciones, estas quedaron disipadas en mis primeras y gratas conversaciones con él. Era un hombre de consenso, extremadamente sabio en los conflictos ideológicos y políticos que tenía la gran virtud de buscar siempre el punto de acuerdo, en lugar de la disensión fratricida. En una ocasión me confesó que no era el simple hecho de perder la Guerra Civil (tenía sólo 22 años cuando acabó) la causa de sus mayores pesares, sino haber vivido en directo durante ella y también en el largo exilio la manía de la lucha intestina con el vecino de izquierda. Ese dolor le había curado de todo intento de sectarismo. Sabía que a las izquierdas la dividen las ideologías como a la derecha la unen los intereses. Como sabía o percibía que el ecologismo español estaba demasiado dividido igualmente y era demasiado débil organizativamente para oponerse a esos intereses que juntaban codicia e ignorancia en una mezcla más explosiva que la dinamita. De ahí la necesidad, por un lado, de favorecer la implantación de organizaciones tan poderosas como Greenpeace, vista con recelos por asociaciones pequeñas y de más antigua implantación en España, y por otro, de fortalecer a esas mismas pequeñas organizaciones. El mismo, junto con Pedro Costa, a la par que se integraba en la dirección de Greenpeace España, fundó una pequeña organización, el CESU, desde la que dio toda la lata que pudo.
Su altruismo derivaba de una vida cumplida. Había perdido una guerra y ganado una posguerra, había triunfado en su vida privada, en lo económico y en lo sentimental (se casó con una de las mujeres más bellas del cine centroeuropeo, y mantuvo siempre una “debilidad” bien clara por las mujeres guapas y una ternura por todas y todos los demás), en su vida académica y él consideraba llegado el momento de devolver al mundo, aunque suene pomposo, algo de lo mucho que había obtenido. Eso es lo que no comprendían los que recelaban de él, eso y que pertenecía, y no sólo cronológicamente, a esa maravillosa generación de plata de los poetas del 27 y los resistentes del 36.
Una de las últimas veces que estuvimos juntos fue con ocasión de su homenaje en el Ateneo madrileño en el que hablé unos minutos al numeroso público que había acudido a su reclamo. En el turno de respuestas, cuando alzó su viril corpachón intacto pese a la edad, para dar las gracias, tuvo palabras amables para todos los que le habíamos precedido. En esa ocasión hizo pública una broma privada que teníamos los dos. Yo le llamaba el Vernadsky de Albacete, por el famoso ecólogo ruso que artículó la noción de Biosfera después del austriaco Suess; el me llamaba a mí el “Lord Byron” de la ecología, y eso que no soy cojo, por razones que pudorosamente prefiero omitir.
Antes de su muerte, nos volvimos a ver varias veces en su domicilio en Madrid y en el pueblo de Arroyomolinos, hoy arrasado por la especulación del populismo autoritario de la derecha madrileña; eso que se ha ahorrado. Le encontré muy desmejorado en lo físico y una caída del caballo (montaba muy bien, su arma era la caballería) lo agravó, pero mentalmente seguía tan lúcido como siempre, al día de toda la política y la temática ambiental del momento. Y en lo personal tan entrañable y cariñoso como no podía evitar ser. Un tío excepcional.
4 comentarios:
Curioso que a veces el apellido acompañe a la persona como si de un adjetivo se tratase.
Fíjate que estaba pensando lo mismo que Female.
Felicidades, Lord Byron, por esas 50 mil! Otros tantos besos.
Yo también te felicito, Lansky: por tus cincuenta mil visitas, por tus trescientas setenta y cinco entradas y por lo sabiamente que has elegido a tus amigos o -más sabiamente aún- te has dejado legir por ellos.
gracias, Ariel y Mirandas (ver último post)
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