
"El hombre es, en efecto, el más cruel de los animales. Hasta ahora,Nieztsche. Zaratustra, El convaleciente.
como más feliz se ha sentido en la tierra ha sido asistiendo a tragedias,
corridas de toros y crucifixiones; y cuando inventó el infierno, he aquí que
éste fue su cielo en la tierra."
Señores marcianos, Muy Srs míos:
El Homo sapiens (125.000 años), primero fue Homo habilis (dos o tres millones de años); pues bien, necesitamos ser más “sapiens” y más “habilis”
Los dos agentes más importantes en la creación y transformación del paisaje de este planeta son la geología y el hombre. Este último ha venido aumentando su capacidad transformadora hasta equipararse en algunos casos a las fuerzas telúricas. La piedra y la mente. El hombre, un ser vivo en continuidad con el resto de la biosfera, como enseña tanto el hecho evolutivo como el genoma, se adaptaba inicialmente al medio, pero muy tempranamente utilizó su principal singularidad evolutiva: su neocortex hipertrofiado, que le permitía prever el futuro hasta cierto punto –ya veremos en qué grado- , es decir, las consecuencias de sus acciones y recordar y almacenar en forma de memoria éxitos y fracasos de esas mismas acciones. Eso le permitió prescindir de la rigidez de las conductas pautadas y pre programadas que se conocen como instinto a favor del aprendizaje transmisible no por la genética sino por la cultura. Cultura conectada pues a ese cerebro peculiar y a su combinación con una manos que podían no sólo asir objetos, sino manipularlos cuidadosamente gracias al pulgar oponible al resto de los dedos; manos destinadas en exclusiva a esa tarea de precisión por la postura bípeda que les liberaba de la locomoción. Un tercer “invento”, el lenguaje, que complementaba la memoria, la transmisión de pensamientos complejos y el aprendizaje, completó un tridente que explica en gran parte el éxito de nuestra especie y su dominio sobre el planeta.
Hoy el ser humano es capaz de crear lagos y ríos artificiales, colinas (a menudo de desechos), perforar montañas y habitar viviendas con ambientes regulados e independientes relativamente de las inclemencias del entorno. No es capaz de crear cordilleras ni controlar y ni siquiera prever con antelación satisfactoria terremotos, erupciones y variaciones del clima, aunque los modifica inadvertidamente. Ha conseguido, sin embargo, desarrollar y en parte controlar fuerzas increíbles, como las explosiones nucleares, capaces de destruir el planeta por completo. Finalmente Prometeo se ha desencadenado. No obstante, no controla más que de forma rudimentaria las dos fuerzas más relevantes que operan en la Tierra, la radiación electromagnética proveniente del sol y la gravedad.
Las propias fuerzas telúricas de un planeta geológicamente activo, responsables de los movimientos tectónicos, orogénicos, volcánicos y sísmicos, escapan a su control, manipulación o simple previsión. Pero el humano como agente transformador tienen una singularidad muy especial: su velocidad. Los hombres en el planeta no son parásitos o predadores del resto de la biosfera como señalan toscas metáforas auto inculpadoras, pero tocan en una orquesta sinfónica a ritmo de rock. A eso se le denomina "histéresis"; es decir, la geología actúa a lo largo de millones de años, como la propia evolución biológica, la geomorfología a lo largo de milenios, que señalan también los cambios en el clima, los suelos y la vegetación. El hombre actúa a veces en “tiempo real”, días o incluso horas. Esa falta de acomodo en el ritmo transformador se agrava por sus limitaciones en su “inteligencia” predictiva sobre sus propias acciones. Parece que el Principio de Cautela no se incluye en nuestro bagaje mental.
Con el desarrollo tecnológico, el único en el fondo en que es apreciable la noción absoluta de progreso (y no sin contrapartidas, las que impone la propia naturaleza con sus procesos de suma cero: lo que se gana por un lado se pierde por otro), se ha perdido la que podríamos denominar “cultura de los límites”: no todo lo que se puede hacer se debe hacer. Y tenemos en conjunción con lo anterior un problema de escala para aguantar los cambios bruscos. Me explico. La sociedad humana está ahora más preparada que nunca en la historia para amortiguar los cambios de cierto grado, como sequías "locales" que antes inevitablemente conducían a inaniciones y hambrunas, pero, en cambio, cada vez es más vulnerable a los cambios de una escala mayor. Por ejemplo, los terremotos afectan mucho más a las modernas sociedades urbanas llenas de infraestructuras que a las antiguas sociedades agrarias de hábitat disperso. Es bueno pensar en la metáfora del barco pequeño y el gran buque. Ante una marejada o una simple tormenta en el mar el buque estará más preparado que el pequeño barco para sufrir los embates del oleaje, pero si este llega a sobrepasar ciertos límites el buque grande perecerá mientras que el pequeño barquito podrá flotar como un corcho entre esas montañas de agua, y sobrevivir.
Se abusa mucho al hablar de los problemas medioambientales globales de metáforas náuticas truculentas, desde el “buenismo” de la verdad a medias de “todos estamos en el mismo barco” (Un bangladesí opinará que ni siquiera está en el mismo océano que los estadounidenses ricos, pero sí, de acuerdo, aunque unos viajan en camarotes de lujo y otros hacinados en las sentinas, y eso no deja de ser cierto aunque el barco se hunda y aunque la orquesta no deje de tocar) o la del bote salvavidas.
Y como animal político, los problemas ambientales no son en esencia “ecológicos” sino también políticos, y no son problemas entre una especie, el hombre, y el resto natural, la biosfera, sino conflictos entre grupos humanos o entre grupos humanos y otros organismos por los recursos limitados del planeta. No afectan pues tanto a la supervivencia del planeta en cuanto a tal (aunque sí a su “foto fija” actual, con osos y tigres, para entendernos), como a la supervivencia de nuestras sociedades tal como son ahora: transformadoras, despilfarradoras y envenenadoras del entorno.
El humano tiene una inteligencia de enorme capacidad reduccionista. Es capaz de aislar un problema y detectar una solución, pero ante los problemas complejos, “holísticos” esa disgregación analítica no funciona sino que proporciona soluciones en falso, como la de considerar que los problemas que genera el uso de tecnología (contaminación, por ejemplo) se solucionan con más tecnología (filtros anticontaminantes); es decir, propician una huida hacia delante. Y delante está el precipicio. Puede que esa mente humana, ese cerebro hipertrófico, sea como los desmesurados cuernos del ciervo Megaceras que le impedían movimientos en el bosque o esos colmillos de sable de algunos felinos prehistóricos: un estorbo fatal. Estamos muy mal dotados para relacionar problemas aparentemente distantes y a evaluar consecuencias de nuestras acciones más allá de las más inmediatas. Eso explica tanto los desastres medioambientales como el escaso progreso ético frente al científico técnico.
Tenemos que enseñar en la escuela menos auto flagelaciones sobre cómo se extinguen por nuestra culpa los osos panda y las secuoyas y explicar mejor que los tréboles de los prados ingleses están relacionados con los naufragios. Los tréboles, una pequeña leguminosa que salpica la “hierba”, están polinizados por los abejorros del género Bombix, cuyos nidos son destruidos por los ratones de campo (Microtus) que son cazados por gatos; el número de gatos, está demostrado, se relaciona con el de mujeres solas de avanzada de edad que en parte los mantienen y en parte los dejan vagar a sus anchas por el disperso hábitat rural inglés, que a su vez son viudas y en un imperio náutico como la Inglaterra victoriana, las viudas lo son…de marinos que naufragaron. Ergo: las viudas están relacionadas con la abundancia de tréboles.
¿Traído por los pelos? Pues hala: a aprender a traer las cosas por los pelos, los rábanos por las hojas y los gatos, de tres o más pies, con las viudas vecinas de los delicados prados ingleses. Un rábano agarrado por las hojas se agarra más delicadamente que desenterrándolo con una excavadora, que es lo que hemos venido haciendo hasta ahora. Y estamos dejando agujeros muy gordos.
La historia se entiende como historia humana. Si echamos cuentas, en sólo el siglo XX los muertos por mano humana pasaron de cien millones. Es la historia humana pues una historia de acuchillamientos y violaciones; lo confirma cualquier manual de historia universal; como señala Terry Eagleton -del que hablaré en otro post- “un enano cabo corso conquista una buena porción del globo, mientras que un loco campesino georgiano elimina a millones de sus paisanos”. En este mundo tan peculiar la riqueza de los tres hombres más ricos del mundo juntos es igual a la suma de la riqueza de los 600 millones más pobres y, por increíble que parezca, al menos 200 niños mueren cada hora en los países más pobres. Desde muchos puntos de vista no hay una sino dos humanidades; un 80 por ciento aproximadamente de la población mundial vive con el 20 por ciento de los recursos, sean estos energía, alimentos, madera, agua, cemento o derivados férricos como el acero; en tanto que el 20 por ciento restante, los países ricos o desarrollados, consumen el 80 por ciento; estos últimos, a su vez se dividen entre los que creen que el futuro va a ser muy parecido al presente, sólo que con más de todo ("integrados" en la nomenclatura de Umberto Eco) y los muy concienciados ("apocalípticos"), que proclaman la necesidad de salvar el planeta (que no está especialmente amenazado, pero en una metonimia habitual y ya cansina confunden la parte, su modelo de sociedad, con el todo, este mundo) si no queremos tener un futuro lleno de precarias calamidades; el otro grupo mayoritario vive ese futuro ya, en tiempo presente. Pero no hay que abrumar con cifras, creo con Borges que lo que le pasa a un hombre nos pasa a todos los hombres. Marx era un optimista tan irredento que escribió que la historia era un mal sueño, pero creía que esa pesadilla contenía también la posibilidad de despertar. Aunque también es optimismo fatal la creencia de que el capitalismo conseguirá finalmente alimentar a la humanidad, ya que no está diseñado para eso y las desigualdades no son un efecto indeseable, sino parte del sistema.
Nada humano me es ajeno y como Heisenberg creo que el observador modifica inevitablemente lo observado. Quiero decir que no me interesa lo más mínimo la naturaleza sino es en relación con el hombre, esto es, conmigo. Pero puede también suceder que, en nuestra suprema soberbia, no sepamos que la Historia del Mundo no tienen porque ser la historia de los hombres, que sería sólo una perspectiva significativa pero limitada; puede, por tanto, que la historia del mundo sea la de los mirlos conquistando las ciudades de esos mismos hombres o, aún más probablemente, las de las bacterias que primero fueron y seguirán siendo tras nuestro efímero paso. En cualquier caso esta es una generalización y ya se sabe: lo general tiene tantas presunciones de certeza como excepciones, porque la verdad, sea lo que sea, reside en los detalles y matices y esto que habéis leído está trazado con el lápiz grueso de un boceto y no con la pulcra plumilla fina del miniaturista.
El Homo sapiens (125.000 años), primero fue Homo habilis (dos o tres millones de años); pues bien, necesitamos ser más “sapiens” y más “habilis”
Los dos agentes más importantes en la creación y transformación del paisaje de este planeta son la geología y el hombre. Este último ha venido aumentando su capacidad transformadora hasta equipararse en algunos casos a las fuerzas telúricas. La piedra y la mente. El hombre, un ser vivo en continuidad con el resto de la biosfera, como enseña tanto el hecho evolutivo como el genoma, se adaptaba inicialmente al medio, pero muy tempranamente utilizó su principal singularidad evolutiva: su neocortex hipertrofiado, que le permitía prever el futuro hasta cierto punto –ya veremos en qué grado- , es decir, las consecuencias de sus acciones y recordar y almacenar en forma de memoria éxitos y fracasos de esas mismas acciones. Eso le permitió prescindir de la rigidez de las conductas pautadas y pre programadas que se conocen como instinto a favor del aprendizaje transmisible no por la genética sino por la cultura. Cultura conectada pues a ese cerebro peculiar y a su combinación con una manos que podían no sólo asir objetos, sino manipularlos cuidadosamente gracias al pulgar oponible al resto de los dedos; manos destinadas en exclusiva a esa tarea de precisión por la postura bípeda que les liberaba de la locomoción. Un tercer “invento”, el lenguaje, que complementaba la memoria, la transmisión de pensamientos complejos y el aprendizaje, completó un tridente que explica en gran parte el éxito de nuestra especie y su dominio sobre el planeta.
Hoy el ser humano es capaz de crear lagos y ríos artificiales, colinas (a menudo de desechos), perforar montañas y habitar viviendas con ambientes regulados e independientes relativamente de las inclemencias del entorno. No es capaz de crear cordilleras ni controlar y ni siquiera prever con antelación satisfactoria terremotos, erupciones y variaciones del clima, aunque los modifica inadvertidamente. Ha conseguido, sin embargo, desarrollar y en parte controlar fuerzas increíbles, como las explosiones nucleares, capaces de destruir el planeta por completo. Finalmente Prometeo se ha desencadenado. No obstante, no controla más que de forma rudimentaria las dos fuerzas más relevantes que operan en la Tierra, la radiación electromagnética proveniente del sol y la gravedad.
Las propias fuerzas telúricas de un planeta geológicamente activo, responsables de los movimientos tectónicos, orogénicos, volcánicos y sísmicos, escapan a su control, manipulación o simple previsión. Pero el humano como agente transformador tienen una singularidad muy especial: su velocidad. Los hombres en el planeta no son parásitos o predadores del resto de la biosfera como señalan toscas metáforas auto inculpadoras, pero tocan en una orquesta sinfónica a ritmo de rock. A eso se le denomina "histéresis"; es decir, la geología actúa a lo largo de millones de años, como la propia evolución biológica, la geomorfología a lo largo de milenios, que señalan también los cambios en el clima, los suelos y la vegetación. El hombre actúa a veces en “tiempo real”, días o incluso horas. Esa falta de acomodo en el ritmo transformador se agrava por sus limitaciones en su “inteligencia” predictiva sobre sus propias acciones. Parece que el Principio de Cautela no se incluye en nuestro bagaje mental.
Con el desarrollo tecnológico, el único en el fondo en que es apreciable la noción absoluta de progreso (y no sin contrapartidas, las que impone la propia naturaleza con sus procesos de suma cero: lo que se gana por un lado se pierde por otro), se ha perdido la que podríamos denominar “cultura de los límites”: no todo lo que se puede hacer se debe hacer. Y tenemos en conjunción con lo anterior un problema de escala para aguantar los cambios bruscos. Me explico. La sociedad humana está ahora más preparada que nunca en la historia para amortiguar los cambios de cierto grado, como sequías "locales" que antes inevitablemente conducían a inaniciones y hambrunas, pero, en cambio, cada vez es más vulnerable a los cambios de una escala mayor. Por ejemplo, los terremotos afectan mucho más a las modernas sociedades urbanas llenas de infraestructuras que a las antiguas sociedades agrarias de hábitat disperso. Es bueno pensar en la metáfora del barco pequeño y el gran buque. Ante una marejada o una simple tormenta en el mar el buque estará más preparado que el pequeño barco para sufrir los embates del oleaje, pero si este llega a sobrepasar ciertos límites el buque grande perecerá mientras que el pequeño barquito podrá flotar como un corcho entre esas montañas de agua, y sobrevivir.
Se abusa mucho al hablar de los problemas medioambientales globales de metáforas náuticas truculentas, desde el “buenismo” de la verdad a medias de “todos estamos en el mismo barco” (Un bangladesí opinará que ni siquiera está en el mismo océano que los estadounidenses ricos, pero sí, de acuerdo, aunque unos viajan en camarotes de lujo y otros hacinados en las sentinas, y eso no deja de ser cierto aunque el barco se hunda y aunque la orquesta no deje de tocar) o la del bote salvavidas.
Y como animal político, los problemas ambientales no son en esencia “ecológicos” sino también políticos, y no son problemas entre una especie, el hombre, y el resto natural, la biosfera, sino conflictos entre grupos humanos o entre grupos humanos y otros organismos por los recursos limitados del planeta. No afectan pues tanto a la supervivencia del planeta en cuanto a tal (aunque sí a su “foto fija” actual, con osos y tigres, para entendernos), como a la supervivencia de nuestras sociedades tal como son ahora: transformadoras, despilfarradoras y envenenadoras del entorno.
El humano tiene una inteligencia de enorme capacidad reduccionista. Es capaz de aislar un problema y detectar una solución, pero ante los problemas complejos, “holísticos” esa disgregación analítica no funciona sino que proporciona soluciones en falso, como la de considerar que los problemas que genera el uso de tecnología (contaminación, por ejemplo) se solucionan con más tecnología (filtros anticontaminantes); es decir, propician una huida hacia delante. Y delante está el precipicio. Puede que esa mente humana, ese cerebro hipertrófico, sea como los desmesurados cuernos del ciervo Megaceras que le impedían movimientos en el bosque o esos colmillos de sable de algunos felinos prehistóricos: un estorbo fatal. Estamos muy mal dotados para relacionar problemas aparentemente distantes y a evaluar consecuencias de nuestras acciones más allá de las más inmediatas. Eso explica tanto los desastres medioambientales como el escaso progreso ético frente al científico técnico.
Tenemos que enseñar en la escuela menos auto flagelaciones sobre cómo se extinguen por nuestra culpa los osos panda y las secuoyas y explicar mejor que los tréboles de los prados ingleses están relacionados con los naufragios. Los tréboles, una pequeña leguminosa que salpica la “hierba”, están polinizados por los abejorros del género Bombix, cuyos nidos son destruidos por los ratones de campo (Microtus) que son cazados por gatos; el número de gatos, está demostrado, se relaciona con el de mujeres solas de avanzada de edad que en parte los mantienen y en parte los dejan vagar a sus anchas por el disperso hábitat rural inglés, que a su vez son viudas y en un imperio náutico como la Inglaterra victoriana, las viudas lo son…de marinos que naufragaron. Ergo: las viudas están relacionadas con la abundancia de tréboles.
¿Traído por los pelos? Pues hala: a aprender a traer las cosas por los pelos, los rábanos por las hojas y los gatos, de tres o más pies, con las viudas vecinas de los delicados prados ingleses. Un rábano agarrado por las hojas se agarra más delicadamente que desenterrándolo con una excavadora, que es lo que hemos venido haciendo hasta ahora. Y estamos dejando agujeros muy gordos.
La historia se entiende como historia humana. Si echamos cuentas, en sólo el siglo XX los muertos por mano humana pasaron de cien millones. Es la historia humana pues una historia de acuchillamientos y violaciones; lo confirma cualquier manual de historia universal; como señala Terry Eagleton -del que hablaré en otro post- “un enano cabo corso conquista una buena porción del globo, mientras que un loco campesino georgiano elimina a millones de sus paisanos”. En este mundo tan peculiar la riqueza de los tres hombres más ricos del mundo juntos es igual a la suma de la riqueza de los 600 millones más pobres y, por increíble que parezca, al menos 200 niños mueren cada hora en los países más pobres. Desde muchos puntos de vista no hay una sino dos humanidades; un 80 por ciento aproximadamente de la población mundial vive con el 20 por ciento de los recursos, sean estos energía, alimentos, madera, agua, cemento o derivados férricos como el acero; en tanto que el 20 por ciento restante, los países ricos o desarrollados, consumen el 80 por ciento; estos últimos, a su vez se dividen entre los que creen que el futuro va a ser muy parecido al presente, sólo que con más de todo ("integrados" en la nomenclatura de Umberto Eco) y los muy concienciados ("apocalípticos"), que proclaman la necesidad de salvar el planeta (que no está especialmente amenazado, pero en una metonimia habitual y ya cansina confunden la parte, su modelo de sociedad, con el todo, este mundo) si no queremos tener un futuro lleno de precarias calamidades; el otro grupo mayoritario vive ese futuro ya, en tiempo presente. Pero no hay que abrumar con cifras, creo con Borges que lo que le pasa a un hombre nos pasa a todos los hombres. Marx era un optimista tan irredento que escribió que la historia era un mal sueño, pero creía que esa pesadilla contenía también la posibilidad de despertar. Aunque también es optimismo fatal la creencia de que el capitalismo conseguirá finalmente alimentar a la humanidad, ya que no está diseñado para eso y las desigualdades no son un efecto indeseable, sino parte del sistema.
Nada humano me es ajeno y como Heisenberg creo que el observador modifica inevitablemente lo observado. Quiero decir que no me interesa lo más mínimo la naturaleza sino es en relación con el hombre, esto es, conmigo. Pero puede también suceder que, en nuestra suprema soberbia, no sepamos que la Historia del Mundo no tienen porque ser la historia de los hombres, que sería sólo una perspectiva significativa pero limitada; puede, por tanto, que la historia del mundo sea la de los mirlos conquistando las ciudades de esos mismos hombres o, aún más probablemente, las de las bacterias que primero fueron y seguirán siendo tras nuestro efímero paso. En cualquier caso esta es una generalización y ya se sabe: lo general tiene tantas presunciones de certeza como excepciones, porque la verdad, sea lo que sea, reside en los detalles y matices y esto que habéis leído está trazado con el lápiz grueso de un boceto y no con la pulcra plumilla fina del miniaturista.
Atentamente, suyo servidor
Lansky
3 comentarios:
Formidable síntesis de tantísimas cosas. Aplauso larguíiiiiiisimo.
La metáfora del que toca rock en una orquesta sinfónica me ha llegado especialmente, así como la relación del trébol con los naufragios. Sigue explicándonos cosas, que me encanta cómo lo haces.
He estado viendo también a Rodin en Madrid, es curioso ver al Pensador rodeado de La Caixa y del tráfico.
Nietzsche era y es un misógino y un radical demasiado contundente.
Kuss
Hay muchos "Nietzsches" o épocas en Nietzsche si prefieres, Mita, como mínimo el primero y el último (el enefermo, el "loco"), como apar liquidarlo de un plumazo tan trivial como el de llamarle radical (lo era) y misógino.
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