
“Mucho antes de comenzar a escribir –en realidad, en mi primera infancia- me
formulé la siguiente pregunta: ‘¿Qué distingue a un ser humano de otro?’”
( I.B. Singer: Amor y exilio)
Dos amigos judíos se encuentran en la calle. Uno de ellos va llevando del brazo
a su anciana madre: - ¡¡Hola Itzik !!, ¡¡Cuánto tiempo que no te veio...!!. ¿Qué
es de tu vida?. - Pues aquí estoy con mi madre, que la pobre se quedó sorda y
ciega... - ¡Cuánto lo lamento, Itzik...!. Y dime, ¿la estás llevando al médico?
- ¡¡No, no!!. La acompaño para que le corten la luz y el teléfono.
(Chiste popular yidish de Buenos Aires)
Ver una lengua como sólo un sistema de comunicación es un reduccionismo ingenuo. La lengua es la patria auténtica, si tal cosa existe, el ecosistema en el que habita el ser humano. Hablo de la lengua materna; las aprendidas, aunque el bilingüismo semeje perfecto, es simple muestra de adaptación a otro medio ambiente. Y ahí reside otra clave: la lengua identifica, discrimina, incluso dentro de un mismo idioma; clases sociales, regionales, laborales, de grupos de edad o la misma hampa se identifican entre sí y excluyen al otro. Así funcionan las jergas, los argot y las germanías. Pero también, aunque incurramos en el tópico, las lenguas tienen especializaciones (quizás explicaciones a posteriori de lo que son hechos consumados): el alemán y la filosofía, el provenzal y la comunicación cortés, el inglés y los negocios o la ciencia…
Sin embargo, por circunstancias más propias de los avatares de sus hablantes que de las propias lenguas, las hay en las que domina esa voluntad de cauce de comunicación y las hay en las que domina la identificación, que implica inevitablemente exclusión del otro. Lenguas que son grandes ríos y otras que son macizos montañosos. Es obvio que las lenguas mayoritarias y exitosas, como el inglés o el castellano, pertenecen al primer grupo, y de ahí que se segreguen en su amplio interior dialectos sociales para asegurarse esa identificación o seña de identidad. Y las hay, casi siempre minoritarias –aunque no todas las pequeñas lenguas funcionen así- que han hipertrofiado esas banderías, como el vascuence (eusquera) o el aymará, frente al castellano y el quechua, respectivamente.
No obstante, el anterior esquema simplista se quiebra con casos como el yidis o yiddish. Los judíos son un caso aparte entre los pueblos; integrados dentro de muchas naciones durante siglos, permanecieron sin embargo como grupo culturalmente identificable con lengua y religión propia.
Los judíos europeos estaban integrados por dos grupos bien diferenciados, los meridionales, expulsados de España por el decreto de Granada de los Reyes Católicos y afincados en el norte de África y Oriente Próximo y Europa Oriental (Turquía, Bosnia, Grecia, Macedonia y Bulgaria), los conocidos como sefardíes, que hablaban una variante del castellano de la época con adiciones de otras lenguas habladas en la Península, como el provenzal, el gallego portugués, el catalán, y el aragonés, el llamado ladino o judeo español (denominación esta más técnica que asumida por sus hablantes que la denominaban simplemente “espanyol” o “judezmo”) y el grupo de judíos centroeuropeos, nunca expulsados, aunque frecuentemente marginados en guetos y sujetos principales del exterminio nazi, los asquenazí. Son estos últimos los hablantes de yiddish (en su grafía inglesa) o yidis.
La singularidad del yidis reside en su historia más reciente: frente al hebreo, por el que ha apostado con firmeza el estado de Israel y en su detrimento, es un lenguaje laico, proletario y vanguardista, mejor dicho es el lenguaje que utilizaron muchas de las vanguardias artísticas europeas y revolucionarias, interesadas además en el arte popular. A principios del pasado siglo lo hablaban once millones de personas, desde el occidente de Rusia hasta Bélgica y desde Copenhague a Venecia. El yidis es una lengua de raíz germánica, un alemán “creolizado” con contaminaciones hebreas y eslavas y, como el mencionado quechua a lo largo de los Andes o el suahili en África oriental, un vehículo de comunicación si fronteras, y sin controles estatales ni académicos; es decir, como señalaba Andrés Pérez refiriéndose a una exposición vigente en el Museo del Judaísmo de París, un ‘reguero de pólvora ideal en tiempos de vanguardias revolucionarias’. Este idioma del lumpen judío, laico y vanguardista era el de artistas como Chagal o Ryback y de premios noveles como el norteamericano Isaac Bashevis Singer, que a la inversa que otros celebrados judeo americanos como Roth o Bellow, que optaron por el inglés, siempre escribió en esta lengua minoritaria y extensiva a la par.
Fue primero la Alemania nazi y luego, paradójicamente, el sionismo las que asestaron golpes mortíferos al movimiento yidis, pues judíos son los principales perseguidores actuales de esta lengua. De aquellos once millones hoy sólo se mantienen unas 200.000 personas en escasos feudos desperdigados por el propio Israel, Europa, Estados Unidos y Buenos Aires y con un centro en París, donde mantiene su nobleza vanguardista. En Israel en concreto está mal visto, si no perseguido, considerándolo un rival serio del hebreo, la lengua oficial del estado. Curiosamente estos laicos encontraron en el judaísmo ultraortodoxo unos inesperados aliados, ya que estos consideran al hebreo como un idioma sagrado, bíblico que no debe ser usado en los asuntos mundanos y en la vida corriente. En las ferias del libro y eventos culturales que se celebran en Israel se veta sistemáticamente la literatura yidis. Su origen laico, incluso pagano, campesino y a la vez proletario, vanguardista y popular, plagado de jugoso humor negro no está bien visto por el poder. Pero aún lo hablan judíos polacos, rusos y bielorrusos y hasta parisinos. Un auténtico tesoro de la mejor cultura europea y un vehículo eficaz contra todo autoritarismo
La singularidad del yidis reside en su historia más reciente: frente al hebreo, por el que ha apostado con firmeza el estado de Israel y en su detrimento, es un lenguaje laico, proletario y vanguardista, mejor dicho es el lenguaje que utilizaron muchas de las vanguardias artísticas europeas y revolucionarias, interesadas además en el arte popular. A principios del pasado siglo lo hablaban once millones de personas, desde el occidente de Rusia hasta Bélgica y desde Copenhague a Venecia. El yidis es una lengua de raíz germánica, un alemán “creolizado” con contaminaciones hebreas y eslavas y, como el mencionado quechua a lo largo de los Andes o el suahili en África oriental, un vehículo de comunicación si fronteras, y sin controles estatales ni académicos; es decir, como señalaba Andrés Pérez refiriéndose a una exposición vigente en el Museo del Judaísmo de París, un ‘reguero de pólvora ideal en tiempos de vanguardias revolucionarias’. Este idioma del lumpen judío, laico y vanguardista era el de artistas como Chagal o Ryback y de premios noveles como el norteamericano Isaac Bashevis Singer, que a la inversa que otros celebrados judeo americanos como Roth o Bellow, que optaron por el inglés, siempre escribió en esta lengua minoritaria y extensiva a la par.
Fue primero la Alemania nazi y luego, paradójicamente, el sionismo las que asestaron golpes mortíferos al movimiento yidis, pues judíos son los principales perseguidores actuales de esta lengua. De aquellos once millones hoy sólo se mantienen unas 200.000 personas en escasos feudos desperdigados por el propio Israel, Europa, Estados Unidos y Buenos Aires y con un centro en París, donde mantiene su nobleza vanguardista. En Israel en concreto está mal visto, si no perseguido, considerándolo un rival serio del hebreo, la lengua oficial del estado. Curiosamente estos laicos encontraron en el judaísmo ultraortodoxo unos inesperados aliados, ya que estos consideran al hebreo como un idioma sagrado, bíblico que no debe ser usado en los asuntos mundanos y en la vida corriente. En las ferias del libro y eventos culturales que se celebran en Israel se veta sistemáticamente la literatura yidis. Su origen laico, incluso pagano, campesino y a la vez proletario, vanguardista y popular, plagado de jugoso humor negro no está bien visto por el poder. Pero aún lo hablan judíos polacos, rusos y bielorrusos y hasta parisinos. Un auténtico tesoro de la mejor cultura europea y un vehículo eficaz contra todo autoritarismo
14 comentarios:
Leí hace un para de meses "El sindicato de policía yiddish", de Chabon -te debo, por cierto, el descubrimiento de este tío, que cuanto más lo leo más me gusta- y, aunque no me deslumbró, como "Las asombrosas aventuras de Cavalier y Klay", me pareció de todas formas una novela estupenda. Técnicamente es una novela policíaca, pero, como suele pasar con Chabon, es muchas más cosas. Y tiene mucho que ver con lo que dices de la lengua como patria. Chabon parte de la inexistencia del estado de Israel y coloca a los judíos viviendo de prestado en Alaska, en una especie de concesión temporal que está a punto de terminar. Todo es precario, desarraigado y bordeando una imprecisa catástrofe -una hermosa metáfora del modo en que muchos judíos experimentan su condición de tales- y el yiddish opera, precisamente, como lo más parecido a un referente estable, o a una identidad.
Sí, la he leído y concuerdo en tus apreciaciones. Pero hablando de novelas, hay que leer a Singer; especialmente la espléndida 'Sombras sobre el Hudson' o 'La familia Moskat' y su autobiografía 'Amor y exilio. Aunque la traducción del yiddish es jodida, a cambio sus escasos traductores son muy buenos (uno de los amigos más cabalmente cultos que tengo es un tarductor de alemán y yiddish)
Y hablando de eso. Para mí, si tiene algún sentido eso de la Gran Cultura Europea (la de las catedrales y la gran música sinfónica, para entendernos), sólo es gracias a la enorme contribución de los asquenazíes laicos, esto es, de los "yidishparlantes". La "Reserva Natural" de Europa no es Francia (una hermosa singularidad), mucho menos Inglaterra, sino Alemania y, sobre todo, Europa oriental.
Esto no tiene nada que ver con la riqueza, viveza del yidis, ni con la grandeza, cultura, de los yidisparlantes, que no niego… Lansky me da cierto miedo!. Pero me interesa la información remanente de Hermes dentro de cualquier cultura. Entonces, sólo modestamente compartir y, luego, escuchar.
Tengo entendido -y lo digo en voz baja porque sólo empiezo a meter mano en este asunto tan hermético, y también comprimiéndolo debido a su complejidad- que los orígenes de los judíos asquenazí se encuentra en el (porqué? o para qué?) desconocidísimo imperio Kazar, cuando éstos acuerdan, fascinados por los rabinos de Córdoba y por el ‘glamour’ y la clase que daba la adhesión a la Cábala, convertirse en judíos, adoptando de la fe judía el Talmud, no la Tora o Pentateuco (¡). Por lo tanto no son semíticos, a diferencia de sus ‘enemigos’. Que los Khazares, que poblaron Europa oriental, Turquía, tienen mucho que ver con el control del camino de la seda y con la instauración del sistema bancario actual y que cuatro de ellos, llegados hasta aquí, son los que tienen el fatídico poder, y total control, hoy. Malentendiendo, por supuesto, el verdadero poder, que es el poder no usado.
No tengo ni la más remota idea que comentas, Female. Los judíos, como religión, an tenido y tienen numerosas sectas y hay hasta quien sostienen que los cristianos son una de ellas. En cuanto a no aceptar la Torá y sí el Talmud o viceversa, ni dea tampoco. Lo que si sé es que tanto la hermeneutica, como lectura interpretativa, ha dado a estas gentes un gran gusto y repeto por la cultura escrita, la aspiración a la cultura de los textos pasó de los religiosos a los generales y de ahí la abundancia de talentos científicos e intelectuales muy por encima de lo que les correspondería porcentualmente.
La cabala y otas "cábalas" no me intresa demasiado, porque no creo que los números contengan ningún mensaje secreto, sino que son un lenguaje precisamente para desentrañar más fácilmente ciertos misterios.
Hey-komets alef-lamed-pasekh alef LAMED-pasekh alef-nun-samekh-kuf-yud!
BEYZ-ayen-samekh komets-alef-samekh!
...pero, ¿qué chamullas, zaffe? Achanta la mui que te conviene.
Ah bien. Con el trabajo que me costó escribir "Hola Lansky, Besos" en yiddish... Pero si me dices que me conviene achantar la mui, yo la achanto.
Enchanté yo también!
Excelente post. Y muy acertdo. La impresionante caída de los hablantes del yiddish durante el siglo pasado fue tan acusada que me pregunto si llegará a ser una lengua muerta. Un beso.
Según tengo entendido, el yidis es al alemán como el judezmo o ladino al español. Como no sé alemán, no puedo comprobar con el yidis lo que ya hice con el ladino (http://desconciertos3.blogspot.com/2008/10/egzersis-de-ladino.html): que se puede entender si se conoce el idioma del cual deriva (o el que tiene origen común). Imagino que sí, aunque supongo que los parecidos entre yidis y alemán no serán tan estrechos como entre ladino y español.
Por cierto, la disminución del número de hablantes del yidis es pareja (incluso inferior proporcionalmente) a la de los de ladino. Verdad es que, a principios de siglo XX, los primeros doblaban en número a los segundos, pero ahora, habiéndose reducido muchísimo ambas poblaciones, la relación es más favorable a los askenazis.
De otra parte, coincido con algo que decías (que creo que decías, porque ahora al releer tu post no lo encuentro) sobre que el verdadero corazón de Europa es el centro (Alemania) y los paises orientales, justamente en los que floreció el yidis. No sé si yo diría exactamente lo mismo, pero sí es cierto que esas tierras que fueron frontera entre los imperios austrohúngaro y otomano se han caracterizado, al menos durante los últimos cinco o seis siglos, por acoger una mezcla tremendamente dinámica y vivificadora de pueblos y culturas.
Ando leyendo ahora, por ejemplo, Un armiño en Chernopol, de Gregor Von Rezzori, escritor que desconocía. Pinta un fresco interesantisimo de una ciudad (Chernowitz) en la entonces recién nacida Rumanía (hoy es Ucrania), en la que habitaban alemanes, rusos, austriacos, rumanos, rutenos, judíos (muchos), etc ... El propio Rezzori hablaba hasta siete idiomas (entre ellos yidis), como digno representante de esas culturas centroeuropeas ya perdidas.
Miros
Según mi culto amigo traductor, un alemán medio no entiende casi nada del yiddish, en tanto que un castellano parlante, si es alguien leído (p.ej. el Quijote) entiende bastante y hasta disfruta con los anacrónicos términos de vuecencia y tal
En Santiago a de Chile, hay una profesora que dicta una catedra universitaria de Lectura Critica utiliz+ando "El Esclavo" de Bashevis Singer y también otros cuentos breves como Shiddah y Kurziba.
Un curso en castellano sobre un texto en ídisch, a los pies de la coordillera de los Andes para un público estudiante de ingenieria, es algo a lo menos curioso, y que se agradece.
Me acordé de un post que tengo sobre la conferencia de chernowitz.
http://revistaoz.wordpress.com/2008/09/03/conferencia-de-czernowitz-100-anos-despues/
Saludos
Fascinantes sincronias no sólo temporales, sino espaciales, que cuentas, Jorge.
Gracias por la visita y el comentario
He caído en este blog buscando, precisamente, un traductor literario de yiddish. No he encontrado tu email, así que te dejo este mensaje para pedirte, si te es posible, que me hagas llegar los datos de contacto del traductor de yiddish cabalmente culto al que hacías referencia.
Muchas gracias, y disculpa la intromisión.
ipellisa@librosdelsilencio.com
Si bien es cierto que el ladino y el español se paracen mucho más que el yiddish y el alemán, me parece mucho decir que un nativo alemán medio casi no entendería nada de yiddish. Yo hablo un alemán muy básico y reconozco un montón de palabras cuando leo cosas en yiddish, por lo que infiero que un alemán podría entender al menos de qué trata la conversación aunque no entendiera cada palabra.
Por cierto, he caído aquí buscando en Google images "El sindicato de Policía Yiddish" y he visto el hermoso Aleph-Beth que ilustra esta entrada.
Un abrazo desde goyspaña.
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