20/02/2009

Ministros y jueces cazadores





No tengo nada contra la caza en España. Ni a favor. Hace mucho tiempo que la desproporción que implica cazar animales en un territorio fragmentado como el nuestro y con un armamento sofisticado que en el caso de la caza mayor roza la inapelable perfección (miras telescópicas, infrarrojos, sensores de movimiento, amortiguadores de vibraciones) convierte esta actividad en algo muy alejado de lo que en tiempos se entendía por cazar y que en la mayoría de los casos consistía más en localizar y perseguir a la presa que en abatirla. Esos primeros y al parecer enojosos trámites que hacían emocionante el lance y obligaban hasta cierto punto a una comunión con la naturaleza de rango parejo al animal cazable se han eliminado. Es, por poner una comparación, como llamar “guerra” a la agresión implacable de una poderosa potencia militar de una pequeña franja hacinada y prácticamente desarmada o armada con trastos artesanales. Sí, la podemos llamar así, pero a condición de no confundirla con la guerra europea del 14 o la Segunda Guerra Mundial en donde ejércitos poderosos de poderosas naciones se enfrentaron.

El asunto consiste en que unos individuos de raigambre urbana, en cualquier caso rural ya no; de poder adquisitivo relativamente alto (el equipamiento y los gastos fijos son altos), reservándose el uso y disfrute exclusivo de grandes extensiones de terreno y disfrazados de comandos chechenios o de marqueses terratenientes con “loden”, encuentran esto: matar un hermoso animal sin posibilidad alguna de evasión, un ejercicio placentero y hasta un deporte. Deporte, salvando las abismales distancias, podría ser lapidar adúlteras, pues hay que lanzar la pesada piedra (pesada pero no mucho, para que dure más la tortura) lejos y con precisión; pero nadie lo considera así. En cuanto a actividad placentera, francamente, creo que si así les parece a los que la practican, pues no lo harían si no es así, es porque algo no funciona muy bien en ellos, la empatía con el animal que matan para empezar. O sea, que es un tema de la psicopatología del ocio de esas gentes, como el botellón o el vandalismo de fin de semana, pero aparentemente más prestigioso.

En España, repito, los beneficios de la caza son dudosos. De un lado, hay que reconocer que si se conservan todavía extensos territorios poco transformados o “naturales” es en parte porque son fincas dedicadas a la caza. Pero cuidado, si se tuviera la costumbre de ahogar niños recién nacidos en las playas, como control de la natalidad (seguro que los obispos protestarían menos, porque parece que su prioridad son los no natos cuanto más embrionarios, mejor), y se precisara intimidad y por tanto que no estuvieran los arenales urbanizados, sería difícil argumentar que el infanticidio es beneficioso, porque salvaguarda de la codicia del ladrillo nuestro litoral.

El otro argumento usual, más empleado incluso, es científicamente falso: que se precisa la acción humana de cazar para eliminar la sobre abundancia que se daría de esos animales. La autorregulación funciona siempre, repito siempre, y sí puntual y temporalmente no lo hace y no se nos permite el lujo de esperar que las cosas vuelvan a su cauce, entonces deben ser personal técnico preparado para seleccionar y eliminar los individuos “sobrantes”, y no unos urbanitas diletantes; siempre teniendo en cuenta que el animal más perjudicial y peligroso en el campo es el propio hombre. El último argumento, que la caza genera empleos y rentas difíciles de obtener en ciertos terrenos es cierta, y poco apreciable en el conjunto del Estado.

Pero confieso que mi principal repulsa es de orden estético (o lo que viene a ser lo mismo: ético; sí, lo mismo). Me resulta hortera, desagradable, lamentable, esa imagen de hermosos animales tendidos a los pies de unos señoritos con carrera que siguen confundiendo la cultura con la privilegiada y pesada tenacidad de sacar unas tediosas oposiciones. Esa imagen de altos cargos nominalmente de "izquierdas", hermanados con caciques y terratenientes de los de "toda la vida", los aleja ética y estéticamente de sus supuestos ancestros republicanos , habituales de tertulias y poetas. Cuando veo el espectáculo de una montería (o, como es el caso que viene, de un ojeo de perdices) siempre me viene a las mientes Alfredo Landa haciendo de perro en Los santos inocentes. Y siempre me pongo de parte de los ciervos. Por lo menos llevan los cuernos a la vista.

9 comentarios:

Vanbrugh dijo...

Perfecto tu post, del principio al fin. Me ha gustado especialmente:

- La equiparación de la caza con el botellón de fin de semana: son categorías de "ocio" perfectamente equiparables, aunque la de los cazadores sea más cara.

- El infanticidio playero para ilustrar la pertinencia del argumento de que la caza ayuda a preservar los espacios naturales. Con tu permiso me lo apropio para futuras controversias sobre caza y toros.

- El énfasis que pones en asimilar ética y estética. Hace años que vengo sosteniendo que ni pueden ni deben separarse y que la segunda, de hecho, incluye la primera; y conforta verse corroborado en una intuición propia por un ajeno inteligente.

-Es, efectivamente, muy significativo ver con qué gente se tratan nuestros actuales socialistas, y con cuál los de hace setenta y ochenta años. Todo un símbolo de lo que ha pasado con cierta izquierda, la más visible y temo incluso que la mayoritaria, en este país. Claro, que lo de "ancestros" no es exacto en ningún sentido: en el figurado, porque estos se han convertido en señoritos de izquierdas, sin nada que ver con aquellos. Y en el literal, porque gran número de ellos tenían un padre... falangista, sin ir más lejos.

Lansky dijo...

Gracias Vanbrugh; me dejas más inflado que un zeppelin.

No obstante, hay otra acepción de ancestro, si consultas el diccionario de la RAE, que es el de "herencia". Otra cosa es si estos señoritos con carrera se la han apropiado indebidamente.

Miroslav Panciutti dijo...

Coño, Vanbrugh me ha pisado mi comentario. Pues eso.

emma dijo...

Animales muertos, cuerpos aun calientes, las lenguas fuera, los ojos en blanco, indefensos como muertos que estan y los que dicen impartir justicia pasean entre ellos con sus botas altas y sus rifles en alto.

He conocido a alguno de esos.

He visto a hombres hacerse pequenos como perros al lado de estos.

No me interesan. Les desprecio como ellos desprecian a los ciervos matandolos con sus miras telescopicas.

Me preocupa que esos "impartan justicia", eso si.

David dijo...

En el librito “Los placeres viciosos” plantea León Tolstoi que el jugar a las cartas, fumar, alcoholizarse, y la cacería, son entretenimientos vicios mediante los cuales los hombres eluden mirar cara a cara la terrible realidad de la vida.

Ello puede dar lugar a plantearse o a preguntarse si efectivamente pudo haber tenido cierta justificación la cacería antaño, como en la época de Tosltoi, máxime las condiciones en que se hacía antes, como tu bien lo apuntas.

Así, habiendo actualmente tantos “distractores”, necesariamente se tiene que estar mal de la cabeza para escoger la cacería, y más aun, decir que es por placer. Creo que de cualquier manera, los señores o señoritos que practican la cacería en gran parte lo hacen, porque a pesar de estar forrados de dinero, y por consiguiente de prestigio, siguen teniendo miedo de mirar de frente a la vida, que para ellos lo sería en su aspecto más terrible, carecer de dinero, honores o reconocimiento social, y de allí, recurrir a la cacería como uno de los muchos objetos de apoyo a su alcance.

De esa manera, la cacería, por lo menos, deviene en una distracción anacrónica, como en otro “post” tu, si mal no recuerdo, calificaste a las corridas de toros.


Ahora bien, hablar de compasión, como decía David Henry Thoreau, es poco consistente. Sin embargo, creo que acertadamente los que se muestran activos en radicar tal entretenimiento, hacen bien en plantear su condena resaltando el hecho de dolor y sufrimiento que representa para las víctimas (como si ya no fuera más que suficiente el que se causan ellos entre sí, o el que les acarrea la destrucción de la biosfera).

Y, a propósito de la izquierda marxista, ha tenido por lo menos un cazador ilustre. Lenin gustaba de la caza, como lo narra su esposa en “recuerdos de Lenin”, y Henrik Honecker de la ex RDA, igual, era cazador. Y qué decir del Creso (el malo, porque recuerdo que hubo alguno bueno) rumano Ceaucescu con su cacería de osos.

Nota. Me enteré que en Rusía no se conforman con la sofisticación de las armas y demás implementos, sino que ofrecen a los turistas cinegéticos osos drogados.

David dijo...

Errata, de mi comentario inmediato anterior, el primer párrafo dice "vicios", y debe decir: viciosos.

Cigarra dijo...

¡Bravo!

Lansky dijo...

Gracias, Cigarra

David, Miguel Delibes que junto a Fernández Santos, considero uno de los mejores narradores del medio siglo pasado español, muy por encima de los celebrados tremendismos de un Cela, era cazador y 'Diario de un cazador', donde cuenta los avatares cinegéticos de un bedel de provincias, es una novela maravillosa, como lo son los relatos de 'Viejas Historias de Castilla la Vieja'. Recuerdo muy bien como comentaba que se dedicaba solo a la caza menor (con otro compañero y sus perros respectivos, caminando muchas leguas, lo que por allá se llama un "ganchito") porque era incapaz de matar un hermoso animal "superior", como un ciervo de mirada aterciopelada. En todo hay grados, yo también mataría si es preciso más fácilmente una gallina que un cordero o un ternero.

David dijo...

Apunto el dato de las novelas que señalas. Relatos de un Cazador de Iván Turgueniev es, en mi concepto, una buena novela. Mucho tiempo me resistí a leerla, no obstante ser Turgueniev de mis escritores preferidos.
Un dato a propósito, aquí en México Luis Buñuel practicaba un tipo de cacería muy particular, “disparaba” a la presa con rifles sin proyectiles, lo que viene documentado en el librito sobre el libreto de “Viridiana”, de ediciones Era-México.
Saludos.