17/02/2009

orillas de un río


Cuando mi madre no me conseguía encontrar de niño me mandaba buscar en el río; el Alberche abulense. En la palabra "Nilo" discurre el Nilo, decía el muy literal Borges. No estoy seguro. Creo en la magia del lenguaje, pero más aún -así de tosco soy- en las cosas, fenómenos y procesos. Por eso creo que la palabra "río" a menudo no designa ya un río.

Hay dos tipos de territorios, paisajes o ecosistemas, como prefiera el tono general de la pedantería, que no sólo son extremadamente frágiles y vulnerables, debido a dos razones que explicaré, sino que además, pese a eso, han sido especialmente maltratados. Me refiero a las costas y a las riberas de los ríos. Su fragilidad deriva de la misma razón que su atractivo: aunque hablemos de hectáreas o de metros cuadrados, lo cierto es que ambos son elementos lineales, fáciles de destruir irreversiblemente, por lo mismo que atractivos: son balcones naturales al mar o al río, al siempre atractivo espectáculo de una masa de agua. Quiero hablar del más olvidado de los dos, de nuestros ríos.

Más raro que contemplar un águila imperial o un lince es para el amante de la naturaleza localizar un tramo de río indemne de las transformaciones humanas. Hablo de España. Porque lo primero que tendrían que aprender los ingenieros que ponen sus recetas técnicas –que no su ingenio- al servicio de la alteración de estas corrientes de agua, veras venas abiertas en un territorio tan seco como el nuestro es eso: que no son sólo corrientes de agua; el cauce sólo es una parte del río. Pongamos que sustituyen la hormigonera que muchos técnicos tienen por cerebro por un sistema de evaluación mental más sofisticado. El principal error es reduccionista y consiste en confundir el río con su cauce, con el agua que corre conspicuamente por este y, en función de las prioridades de cada cual, con una canal de riego, un desagüe para vertidos, un estanque de pesca, una zona industrial con costes de oportunidad bajos (de ahí lo de instalar junto a ellos fábricas) o una piscina de remo.

Un río es más su subálveo que su cauce. El subálveo de un río es el área más extensa que el cauce y subyacente empapada de agua, por así decir, su capa freática. Muchos río tienen cauces secos y subálveos con agua, como casi todos los de zonas áridas: desérticas o subdesérticas, también en España, en especial en el Sureste.

Los inuits, los esquimales de Occidente, tienen más de doscientas palabras para designar los distintos tipos de nieve, los tuaregs más de cien para las arenas, pero en España río es un genérico sin mayores precisiones. Un corolario del holismo, esto es, del enfoque de la complejidad como un todo y no analizándolo con el exitoso reduccionismo en sus partes, dice que ante todo problema complejo siempre hay una solución sencilla, que es falsa. La falsa solución sencilla del desequilibrio hídrico de la Península Ibérica es que se pueden compensar los déficits de las cuencas del Mediterráneo con los “excedentes” de la Atlántica y Cantábrica, donde el agua “sobra” o se “pierde” en el mar. El agua no se pierde en el mar, de hecho este es salado por los aportes de los ríos, y lo fertiliza. Y el agua no sobra en ningún sitio de España, salvo en momentos estacionales puntuales que pasan pronto.

Lo que es bien cierto es que en esta Península, de clima extremado en gran parte y con severas sequías estacionales propias del clima mediterráneo, los ríos que atraviesan las áridas parameras, con su escolta de sotos, alamedas y "bosques de galería" son verdaderos oasis alargados. vivificantes, aunque los tratemos como burdas acequias malolientes o interrumpamos continuamente su curso con presas y obras no siempre justificadas por las necesidades de la regulación y el control de avenidas.



(Continuará)