


La literatura popular, a veces confundida con el "best seller", un género al que podríamos llamar de entretenimiento si no fuera porque yo creo que toda literatura lo es, tiene a menudo autores y obras de gran dignidad y calidad. Todo el mundo recuerda a los Le Carre o los Chandler o Hadley Chasse, pero yo hablo de autores más recientes y sorprendentemente valiosos. Citaré dos, el futurista utópico (¿Ciencia Ficción?) Dan Simmons, con su saga Hyperion, y el policial Michael Connolly, con personajes como el abogado defensor Michael Haller o el detective Harry Bosh. Si os acercáis a ellos sin prejuicios os llevareis una grata sorpresa. Y los suelen reeditar en bolsillo.
El Hyperion de Simmons no es desde luego el de John Keats, sino un planeta donde hay árboles que producen electricidad (aquí también, pero se tienen que convertir antes en carbón y luego quemarlos) , aunque lo verdaderamente interesante de ese planeta son sus Tumbas del Tiempo custodiadas por el Alcaudón, deidad de una sangrienta religión, la Iglesia de la Expiación Final. Las Tumbas del Tiempo pueden viajar hacia el pasado. Por su parte, las máquinas, vieja distopia, se han hecho autónomas e inteligentes y mantienen una guerra a muerte con los humanos (como ahora), mejor dicho, con los descendientes de los humanos que en lugar de adaptar otros planetas de ambientes extremos, para hacerlos similares a su hogar original: La Tierra, se adaptan ellos mismos mediante ingeniería genética. La idea básica, y con eso no os destripo nada, es que siete elegidos viajen a las Tumbas del Tiempo, donde habita el terrible Alcaudón, para naturalmente salvar la civilización. Simmons no es ningún patán ingenuamente imaginativo y sus obras están plagadas de inteligentes y nada gratuitas referencias a Chaucer, Bocaccio o el mentado Keats que me temo pasarán desapercibidas para sus fanáticos seguidores más jóvenes. O igual no, por algo se empieza y cualquier libro es un eslabón de una cadena inagotable.
Hyeronimus “Harry” Bosch, indisimulado homenaje al pintor flamenco, es un detective del Departamento de Policía de Los Ángeles, pero sobre todo es uno de esos personajes absolutamente inolvidables (en su primera incursión en el género, Connelly consiguió el prestigioso premio Edgar, concedido por la asociación de Escritores de Misterio de América, de 1992 por El Eco Negro). Cuando le conocemos, Bosch, que tiene problemas con la cadena de mando, está temporalmente retirado y ejerce de detective privado, pero terminará regresando, en novelas posteriores, a la Unidad de Crímenes Abiertos y a la Unidad Especial de Homicidios.
Por último una exquisitez francesa, Fred Vargas, nombre de batalla de una medievalista que escribe unas delicias policíacas con diversos protagonistas que a veces se entremezclan, el evanescente comisario Adamsberg, que hace de la fluidez y la intuición despistada toda una técnica, y sus entre asombrados y entregados colaboradores de la comisaría del distrito VI de París y los "Evangelistas", tres jóvenes historiadores en paro, y un tío policía jubilado, que ocupan los diversos pisos de una desvencijada mansión en función de sus especialidades, el prehistoriador en el sótano, el medievalista en el primer piso, el experto en la Primera Guerra Mundial en la segunda y el policía en la última planta. Una de las especialidades de la principal profesión de Vargas son las pulgas de ratas transmisoras de la peste negra en la Baja Edad Media. Eso os dará una idea de su minuciosidad, que también aplica a su oficio novelesco. Sin embargo, lo que a mí más me gusta de ella es un aparente defecto: sus argumentos y sus soluciones son altamente improbables; imaginativos sería decir poco, y aún así los hace convincentes.
Volviendo a la literatura popular, conviene no confundirla con los best sellers prefabricados. Estos últimos siempre me recuerdan a esos falsos dibujos de niños que son contornos previos para colorear y en los que la creatividad se reduce a la lección de colores y su perfilado. Frente a ellos, la genialidad de un dibujo auténtico, esa es la buena literatura, popular o no. En los primeros siempre se notan en exceso las costuras de la carpintería narrativa, los recursos empleados y "salpimentados" como en las recetas de cocina. En cuanto a su aceptación masiva, no hay más que recordar a Dickens cuyas entregas en sus folletines eran esperadas por multitudes en los muelles de Nueva York a la llegada de los barcos de Londres. Y sin embargo, hemos olvidado el nombre de tanto folletinista mediocre.
La novela negra es una de las “plantillas” (género) más eficaces para hablar de las modernas sociedades urbanas. Y más si el escenario es el sur de California, el Condado de Los Ángeles, desde que Phillips Marlowe lo hiciera su biotopo natural. Es bien cierto que talentos como De Lillo, Doctorow o Updike no lo precisan para hablarnos de eso mismo (aunque los dos primeros lo han hecho). Las novelas de Connelly son, como requiere el tema, en primera persona, con unos diálogos espléndidos entre detectives de homicidios groseros, fiscales presuntuosos, delincuentes lastimeros o chulos y abogados defensores o detectives privados desengañados.
El Hyperion de Simmons no es desde luego el de John Keats, sino un planeta donde hay árboles que producen electricidad (aquí también, pero se tienen que convertir antes en carbón y luego quemarlos) , aunque lo verdaderamente interesante de ese planeta son sus Tumbas del Tiempo custodiadas por el Alcaudón, deidad de una sangrienta religión, la Iglesia de la Expiación Final. Las Tumbas del Tiempo pueden viajar hacia el pasado. Por su parte, las máquinas, vieja distopia, se han hecho autónomas e inteligentes y mantienen una guerra a muerte con los humanos (como ahora), mejor dicho, con los descendientes de los humanos que en lugar de adaptar otros planetas de ambientes extremos, para hacerlos similares a su hogar original: La Tierra, se adaptan ellos mismos mediante ingeniería genética. La idea básica, y con eso no os destripo nada, es que siete elegidos viajen a las Tumbas del Tiempo, donde habita el terrible Alcaudón, para naturalmente salvar la civilización. Simmons no es ningún patán ingenuamente imaginativo y sus obras están plagadas de inteligentes y nada gratuitas referencias a Chaucer, Bocaccio o el mentado Keats que me temo pasarán desapercibidas para sus fanáticos seguidores más jóvenes. O igual no, por algo se empieza y cualquier libro es un eslabón de una cadena inagotable.
Hyeronimus “Harry” Bosch, indisimulado homenaje al pintor flamenco, es un detective del Departamento de Policía de Los Ángeles, pero sobre todo es uno de esos personajes absolutamente inolvidables (en su primera incursión en el género, Connelly consiguió el prestigioso premio Edgar, concedido por la asociación de Escritores de Misterio de América, de 1992 por El Eco Negro). Cuando le conocemos, Bosch, que tiene problemas con la cadena de mando, está temporalmente retirado y ejerce de detective privado, pero terminará regresando, en novelas posteriores, a la Unidad de Crímenes Abiertos y a la Unidad Especial de Homicidios.
Por último una exquisitez francesa, Fred Vargas, nombre de batalla de una medievalista que escribe unas delicias policíacas con diversos protagonistas que a veces se entremezclan, el evanescente comisario Adamsberg, que hace de la fluidez y la intuición despistada toda una técnica, y sus entre asombrados y entregados colaboradores de la comisaría del distrito VI de París y los "Evangelistas", tres jóvenes historiadores en paro, y un tío policía jubilado, que ocupan los diversos pisos de una desvencijada mansión en función de sus especialidades, el prehistoriador en el sótano, el medievalista en el primer piso, el experto en la Primera Guerra Mundial en la segunda y el policía en la última planta. Una de las especialidades de la principal profesión de Vargas son las pulgas de ratas transmisoras de la peste negra en la Baja Edad Media. Eso os dará una idea de su minuciosidad, que también aplica a su oficio novelesco. Sin embargo, lo que a mí más me gusta de ella es un aparente defecto: sus argumentos y sus soluciones son altamente improbables; imaginativos sería decir poco, y aún así los hace convincentes.
Volviendo a la literatura popular, conviene no confundirla con los best sellers prefabricados. Estos últimos siempre me recuerdan a esos falsos dibujos de niños que son contornos previos para colorear y en los que la creatividad se reduce a la lección de colores y su perfilado. Frente a ellos, la genialidad de un dibujo auténtico, esa es la buena literatura, popular o no. En los primeros siempre se notan en exceso las costuras de la carpintería narrativa, los recursos empleados y "salpimentados" como en las recetas de cocina. En cuanto a su aceptación masiva, no hay más que recordar a Dickens cuyas entregas en sus folletines eran esperadas por multitudes en los muelles de Nueva York a la llegada de los barcos de Londres. Y sin embargo, hemos olvidado el nombre de tanto folletinista mediocre.
La novela negra es una de las “plantillas” (género) más eficaces para hablar de las modernas sociedades urbanas. Y más si el escenario es el sur de California, el Condado de Los Ángeles, desde que Phillips Marlowe lo hiciera su biotopo natural. Es bien cierto que talentos como De Lillo, Doctorow o Updike no lo precisan para hablarnos de eso mismo (aunque los dos primeros lo han hecho). Las novelas de Connelly son, como requiere el tema, en primera persona, con unos diálogos espléndidos entre detectives de homicidios groseros, fiscales presuntuosos, delincuentes lastimeros o chulos y abogados defensores o detectives privados desengañados.
La serie de Hypperon de Simmons es una suerte de Space Opera intermedia (mejor) entre la saga Fundación del legendario Asimov y las metafísicas de todo un Stanislaw Lem. Como sabréis la buena Ciencia Ficción no habla del futuro, sino que es un pretexto para revelar las distopías del presente y requiere una voz más coral.
Por último, las novelas de Vargas son las más irreales de las tres –incluida las de Simmons-, hay un narrador omnisciente que se mete en los vericuetos de las mentes de sus protagonistas y su París es más improbable que los planetas lejanos habitados por seres inteligentes. Pero no importa, porque es una delicia del mismo grado que cuando Mozart utiliza el pretexto de fiestas y canciones campesinas para sus sinfonías: es un punto de partida, mil veces embellecido y sobrepasado; ya se sabe que las verdaderas fiestas campesinas acaban con revolcones en los pajares y músicos desafinando. En Vargas no desafina nada, porque no es real.
7 comentarios:
¿Y de dónde saco yo tiempo para leer esto? A lo mejor Fred Vargas, no está mal.
Besos
Hola madrugadora. "No están mal" ninguno de los tres. En cuanto a tu tiempo, no sé, pasa menos tiempo en el cuarto de baño o suprime la tele o no leas tanto a Marías (a mí también me gusta, pero hay que comer de todo para tener una dieta sana)
Ah no, lo del cuarto de baño es sagrado. No veo tele.
Prefiero una indigestión de la familia Marías a tus ofertas de hoy.
Yo no tengo "ofertas de hoy", mi blog no es un supermercado (ya me gustaría), así que tú te lo pierdes, con tu Marías y el buen "ladrillo" de su padre y el tostón de su hermano. (¿Los Mariass, se escribe con dos "s"?)
Me gusta madrugar, Lansky, y aprender. Y aquí aprendo, escribes maravillosamente bien. El lenguaje, eso me atrae.Nada de dos ss, economía se llama eso.
Ah, no. "Economía" no es eso que dices; economía es que el gobierno compre las "s" para el banco, y que el banco te las venda a tí al precio de a, e, i, o, u.
¿Y leer en el cuarto de baño?
Estoy de acuerdo en que hay que leer de todo para tener una dieta sana. Y a ser posible simultáneamente, es decir, un libro gordo (Guerra y paz, p.ej.) para cuando estás cómodo, uno de bolsillo apto para lecturas cortas en transporte publico o sala de espera (como cuentos de Benedetti, o algo así) y alguno de divulgación científica o historia para leer durante el desayuno de los fines de semana, o el ratito de antes de la siesta, cuando te puedes echar siesta.
Hablando de futurismo o ciencia ficción ¿Has leido "El juego de Ender"?
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