16/03/2009

Muerte en viernes, 2


Dos: la víctima.

“Yo no hablo de venganzas ni perdones, el olvido es la única venganza y el único perdón”
Jorge Luis Borges

El notario Ramírez hizo todo lo posible para protegerse del mundo. Hasta que yo lo encontré. No vivía en una torre de la catedral, en un nido horrible y desolado con sólo una angosta escalera de caracol de acceso, sino en un chalé confortable en las afueras de la pequeña ciudad, pero la casa no tenía buzón en la calle sin nombre y sin asfaltar y el alto muro que la circundaba sólo dejaba ver el tejado y las pequeñas claraboyas, la copa de un hermoso tilo y las nubes raudas del fondo. Yo, con mi aspecto de lobo, sé que me es difícil pasar desapercibido, pero aproveché un domingo por la mañana temprano, en que supuse que habría menos gente y sobre todo menos personas habituales en la calle, y una tarde al final de la jornada laboral, cuando los cierres de las tiendas al bajarse atronaban en competencia con los chillidos de los vencejos para visitar la notaría, que estaba en el mismo centro urbano, en una de las calles peatonales y llenas de comercios, en el piso principal de un inmueble con aspecto bancario. Una placa de cobre en la fachada, siempre limpia y brillante: “Principal izquierda. Notaría F. Ramírez”, un vestíbulo opulento con olores a cera de madera y abrillantador de metales, el arranque de una escalera de mármol con pasamanos de caoba y un ascensor enrejado y con asiento de terciopelo rojo y pinta de haber sido diseñado por el mismísimo Gustav Eiffel. La garita impoluta del portero con un conserje con la apostura y el uniforme de un contralmirante. Un antedespacho con una recepcionista con la edad justa para mostrar que había sido guapa. Butacas de cuero, cuadros auténticos de alguna calidad sin ser primeras firmas y alguna obra gráfica de valor: Miró, Tapies, Barceló. Mobiliario como la recepcionista: confortablemente gastado sin ser viejo. Una mesa baja de centro con tapa de cristal y casi todos los periódicos del día en curso en lugar de revistas ajadas. Un cestillo con caramelos, ningún cenicero. Traspasada la recepción, un pasillo en “L” y en el hueco una oficina abierta y dividida por mamparas a media altura; al fondo el despacho del señor notario con la puerta siempre cerrada salvo para permitir el paso ocasional de los elegidos. Llegar a Ramírez en su bufete implicaba dejar el coche lejos, caminar entre el gentío de compras, de paso o en busca de un café desde las oficinas vecinas. Atravesar la garita del conserje, con sólo un médico y una vivienda de ancianos por vecinos, la recepción con la bella ajada y la oficina repleta de pasantes. Demasiados ojos, el asunto quedó excluido; restaba la vivienda, el chalé de las afueras.

Siempre he practicado el “trivium” de la educación clásica de bachiller medieval en mis trabajos: la ‘lógica’ de la planificación, la ‘gramática’ del acceso a la víctima y la ‘retórica’ de la huida sin dejar huellas. Los asesinos impulsivos omiten la retórica y son capturados; los descuidados también y además, la lógica, y unos y otros no tienen ni idea del núcleo central gramatical de un asesinato limpio, cómo aproximarse sin ser detectado. En ese último capítulo cuenta mucho también el arte del disfraz. Disfrazarse es bastante más que colocarse barbas y bigotes postizos. Si uno es ya alto y se coloca una larga sotana y unos zapatos con alza, en una rueda de reconocimiento y de paisano no parecerá lo suficientemente estilizado como para ser aquel cura que sacó una sorprendente escopeta de sus faldones. Si vas encorvado y sucio, parecerás luego no sólo más limpio, sino más alto. En realidad hay que aprender de las criaturas silvestres, de las rayas del tigre y las cebras; esto es, ir “siempre” disfrazado, salvo en el instante decisivo del salto o la huida. Fácil de explicar y difícil de practicar.

En cuanto a la primera disciplina, la ‘lógica’, ayuda bastante que la víctima no sepa de sí mismo lo suficiente como para pensar que puede o debe ser asesinado. La biografía del notario Ramírez proyectaba una larga sombra hasta el final de la Guerra Civil española: alférez provisional, amigo de jerarcas, licenciado en derecho en una Universidad pública en la que convenía saludar con el brazo en alto, cargos de confianza, incluido un ya lejano Gobierno Civil en la costa, oposición amañada, negocios suculentos, amigos influyentes, favores en doble dirección. Y ahora, algo desvanecido por el paso del tiempo, ochenta años muy bien llevados, semi retiro, célibe, sin escándalos ni hijos, sin más familia que aquella alocada hermana que se fue a la Argentina y de la que nada sabe. Placeres sencillos pero contundentes: buena cocina y bodega, en casa y en locales siempre habituales, un largo viaje al año, solo; sexo de pago y de confianza y un hogar confortable, sin personal interno y con su amada biblioteca y sus discos de ópera.
(Continuará)

15 comentarios:

Vanbrugh dijo...

Mmmm, el personaje es lo suficientemente interesante como para que uno lamente verlo asesinado: franquista y corrupto por un lado, por otro célibe, con buena biblioetca y leyendo a Banville en inglés... (Le hubieran pegado más, en principio Vizcaíno Casas o, como mucho, Leon Degrelle). Qué duro es a veces el deber, creo que este notario habría podido llevarse bien con Lanski si no se hubieran interpuesto los negocios.

Mita dijo...

Este personaje es sencillamente triste.

Miroslav Panciutti dijo...

Y yo que juraría que conozco al tipo ese. Disiento de Vanbrugh: no creo que se llevara bien con Lansky. Ahora lo que debería tocar es el capítulo dedicado al "cliente"; me gustaría conocerle. Debe ser un filántropo (pagar para suprimir notarios).

Lansky dijo...

Concisa y demledora crítica, mita.

Anónimo dijo...

Supongo que la alocada hermana, es la que financia el asesinato, y seguro que es mucho más hortera que su apacible hermano.
Me cae bien el notario, en cambio un asesino que se autocompara con un lobo, deja bastante que desear.
Por lo demás me alegro mucho que vuelva a retomar las andanzas de un asesino profesional
Benito

Lansky dijo...

Benito, no se 'autocompara'; basta con que se compare, sin más. Y no lo hace, dice que se parece, que es distinto.

¿La hermanaa? Podría ser. De momento, sabes más que yo.

Zafferano dijo...

Pues muy bien, ya me he leído los dos capítulos de "muerte en viernes" y sigo pensando lo mismo. Lástima de fin de semana para morirse...!
A ver qué pasa, si cambia de idea y se nos muere entre semana!

Y cómo le quito yo la mosca blanca al ficus? Que le tiene las hojas caramelizadas?

Besotes!

Es un benjamina.

Anónimo dijo...

Vale, pero alguien que dice de si mismo que tiene aspecto de lobo, es un cursi con pretensiones, y por supuesto que se más que usted de la trama, triste escritor seria si no le escapan los personajes de su control. Benito

Lansky dijo...

Anónimo Benito: insisto en tu propensión a la redundancia: todo cursi es pretencioso, forma parte de la definición.

Pero tienes razón, el lector puede (¿debe?) saber sobre los díscolos personajes que se le escapan al escritor más que éste.

Un saludo

Cigarra dijo...

Zafferano, limpia las hojas por encima y por debajo con un algodoncito impregnado en aceite de oliva. Y si no, tal vez las descaste la infusión de tabaco, como a los pulgones. Ya se sabe que la nicotina es muy venenosa.
Lansky, perdona que utilicemos este espacio tuyo para consejos de floricultura, pero me ha salido la vena de Sta. Pepis, lo siento.
A mi el Sr. Notario me estaba cayendo mas o menos bien hasta que dijiste eso de la ópera. En ese momento mi simpatía se inclinó del lado del asesino. Bueno, me pasa casi siempre, que me gustan mas los asesinos, qué le vamos a hacer.
Que usted lo asesine bien. Y nos lo cuente.

Zafferano dijo...

Gracias Cigarra, probaré con el aceite de oliva. A ver a qué sabe la ensalada de ficus...

Un beso a los dos. Por separado.

Lansky dijo...

Para la mosca blanca no sirve el aceite (sí para el pulgón), pero sí la nicotina: manípulala con cuidado. Y riégalo poco a menudo y a fondo.

Zafferano dijo...

Muy bien. O sea que hago una infusión con tabaco, vale cualquier cigarrillo, y riego con eso? O limpio las hojas?

Buenos días!

Lansky dijo...

No, haces una maceración de colillas de cigarrillos en alcohol de farmacia, cuando veas que el líquido se vuelve marrón caoba, lo filtras (con papel de cocina o filtro de café de papel) y lo aplicas con un paño por las hojas (si estás se acen mucho es que estás regando en exceso), que se te cure el benjamina.

Zafferano dijo...

Gracias lindo, menos mal que me lo aclaras que si no ya me veo regando con agua de cigarros...
Un beso grande y feliz fin de semana.