
“Desde el hacha de sílex hasta el misil teledirigido, hay que ver cuanto ha avanzado la ciencia y lo poco que han variado las intenciones.”
Arthur C. Clarke
Los profanos tienen una idea mitificada, casi sacra de la ciencia; o satánica en caso contrario. En parte el equívoco se debe a que la carrera científica tiene mucho de sacerdocio, esto es, de dedicación exclusiva y renuncia a casi todo lo demás, o sea, al mundo, aunque los más brillantes se las apañan para no renunciar a ese resto que es ni mas ni menos que la misma vida. No obstante, he terminado por creer que la única característica común a todos los científicos persistentes es ser obsesivos; y a un obsesivo no le importa construir toda su vida el mismo violín y no hacer ninguna otra cosa. Los demás solemos terminar tarde o temprano rompiendo los votos porque es una vida muy dura sino eres un genio y te interesan muchas cosas diferentes. Ahí se acaba toda similitud, la ciencia es siempre provisional y revisable, el dogma aspira a ser eterno. Pero el científico, más que un sacerdote que repite un ritual, o un inventor, al que se le ‘ocurren’ ideas, es entre otras cosas un rebelde, con causa. Digamos que los filósofos son unos descarriados (pretenden ocuparse del todo) como los científicos unos rebeldes. El problema es que la filosofía ya no es nada, después de los grandes pensadores de sistemas (Hegel, Kant, Schopenhauer, Nietzsche) y de los heterodoxos (Wittgenstein); como en otros casos, en esto también se adelantó Borges cuando advirtió que la metafísica era una rama de la literatura.
El arte tampoco, desde que, endiosados en su recién ganada libertad los artistas se olvidaron de la belleza, o, si se prefiere, desde que la ‘idea’ (a menudo una simple ocurrencia) le ganó al oficio. Pero el científico precisa de todo el utillaje del artista; de un pintor, por ejemplo: la mano (o el oficio), el corazón (la sensibilidad, los sentimientos, la belleza ¿habéis oído hablar de la hermosura de una buena ecuación?) y claro está, la cabeza, el cerebro. Igual que Velázquez. En su práctica cotidiana la ciencia está mucho más cerca del arte que de la filosofía. Así que el tardío reproche del poeta Keats en su poema Lamia –esperó 150 años- a la ‘filosofía natural’, que era como se llamaba entonces a la ciencia, por haber despojado de misterio al arco iris no sólo es una apreciación injusta desde la ciencia, sino desde la misma poesía. De hecho, los artistas habituales trabajan más por encargo que los científicos, que suelen establecer sus propios programas en la medida que se lo permiten.
La confusión estriba en que el público profano ha pasado de ver al científico como un santo seglar –Galileo, Darwin- al extremo opuesto: un demiurgo, o mejor, un demonio irresponsable que juega con las vidas humanas, al menos desde Hiroshima y Nagasaky. Por eso el matemático G.H. Hardy, autor de un libro encantador, ‘Apología del matemático’, se preciaba de haber dedicado su vida a la creación de unas obras de arte abstracto sin posible aplicación práctica (aunque eso nunca se sabe en la ciencia básica). Por si no quedaba claro escribió: “Se dice que una ciencia es útil si su desarrollo tiende a acentuar las desigualdades humanas en la distribución de la riqueza o si promueve de una forma más directa la destrucción de la vida humana”; pero esto nos llevaría a la relación entre ciencia y ética o a la posibilidad de una ciencia ética, que es otro asunto. Hasta el momento la ciencia y especialmente las aplicaciones tecnológicas se han comportado como la famosa Caja de Pandora: siempre se han liberado sus monstruos y siempre que algo se podía hacer, se terminó haciendo, independientemente de sus consecuencias. Pero son los propios científicos los primeros en clamar por limitar esas aplicaciones.
El científico se inserta en una tradición -¿se imaginan un genetista que no ‘crea’ en el ADN?- para perfeccionarla en el detalle, o todo lo más sugerir o abrir nuevos caminos, pero su mayor logro, paradójicamente, surge cuando consigue (rara vez) dinamitar esa tradición, cosa que consiguen muy pocos: Copérnico, Galileo, Newton, Eistein, Darwin, Leeuwenhoek…cuando es rebelde. El Origen de las especies de Darwin no es la Biblia; al contrario, no sólo no se considera infalible, sino que miles de veces todos los días, en multitud de experimentos y observaciones se pone a prueba, se considera falsable (Popper) y en ello reside su grandeza. El científico excelso es lo contrario de un glosador, se parece más bien al profesor que no se atiene al programa de estudios de la película del Club de los poetas muertos, que es un rebelde. Un rebelde riguroso y conocedor de la tradición. La ciencia no es un sistema de creencias, como la religión, sino una forma de entender el mundo, como la magia. Su principal virtud es que funciona, no en el sentido prosaico –que también- de producir máquinas o motores, sino de proveer de buenas explicaciones, coherentes con lo ya sabido, a las preguntas apropiadas, cosa que no siempre hace la magia. De hecho, al contrario de los que tienen una visión ‘religiosa’ y externa de la ciencia, como una suerte de dogma ‘ateo’, la ciencia no es tanto la técnica de dar respuestas a todo como el arte de hacerse buenas preguntas en la situación y momento adecuados. Por ejemplo, los agujeros negros fueron predichos a partir de las ecuaciones de gravitación de Einstein antes de ser observados como entes reales muchos años más tarde.
Por otro lado no hay una única visión científica como no hay una sola visión poética. Pensemos en el conflicto entre la física cuántica y la relativista, aún sin resolver. La ciencia no es un monolito de granito, sino la materia de la que está hecho ese monolito: un mosaico de puntos de vista parciales, contradictorios y extraños (por el momento, siempre por el momento en ciencia).
Otra idea falsa es que la ciencia es un punto de vista o una contribución netamente occidental. Esto no es cierto ni hoy, con miles de científicos japoneses, hindúes, rusos o árabes, ni históricamente, cuando los chinos o los persas, los babilonios o los árabes nos daban cien mil vueltas científicas a los bárbaros y supersticiosos occidentales. Para el poeta Omar Jayyam (o Kayham), que era también matemático y astrónomo, la ciencia era una rebelión contra las constricciones intelectuales más estrictas del Islam:
“Y ese cuenco invertido que llamamos cielo,
bajo el cual vivimos y morimos encerrados y arrastrándonos,
no alces tus manos hacia él pidiendo ayuda,
porque el rueda tan impotente como tú o yo.”
En el Japón del XIX la ciencia era una rebelión contra su sistema feudal y la cultura tradicional aneja. Para los físicos hindúes de comienzos del XX la ciencia fue una rebelión contra la dominación inglesa y a la vez contra la ética fatalista del hinduismo literal. ¿Y Galileo en Occidente frente a la iglesia dogmática?
“Cuando estaba en el séptimo grado en el Luitpold Gymnasium de Munich, fui convocado por mi tutor, que me expresó el deseo de que yo abandonara el centro. Al decirle yo que no había hecho nada malo, se limitó a contestar: ‘su mera presencia hace que la clase me pierda el respeto’”
Einstein, por tanto, abandonó el instituto a los quince años de edad, pero el tipo de respeto que exigía ese mal profesor es justo el que la ciencia incita a perder ante el dogma. Precisamente lo más revolucionario de la ciencia como forma de conocimiento no es un supuesto, riguroso y un poco misterioso método, ni siquiera la experimentación y la observación o el contraste de hipótesis: es perderle el respeto a la vieja ‘autoritas’ para darle la excelencia a la demostración rigurosa. Para los antiguos precientíficos no sólo el relato del Génesis en la Biblia había que tomarlo al pie de la letra, sino lo que hubieran dicho los sabios de la antigüedad como Aristóteles; hasta el punto que si las observaciones contradecían a aquel había que renunciar a estas. Eso sí, el científico no es un iconoclasta, Einstein no trató de derribar a Newton sino, en cierto modo, de ampliarlo (como en su teoría de la gravitación); de hecho la física de Eistein contiene a la de Newton. Como alguien dijo, el científico camina aupado a hombros de gigantes. O dicho de otro forma, la ciencia construye sobre fundamentos tanto como sobre ruinas. Fundamentos sólidos y ruinas de sistemas anteriores no son incompatibles; ambos son parte del mismo y único legado, esos hombros de gigantes.
La ciencia ni siquiera es la explicación más sencilla de las cosas, como sugería la navaja de Occam. Precisamente la mecánica cuántica es inexpugnable por el momento solo por su inmejorable capacidad de predicción, no por su antiintuitiva capacidad de explicación. Y cada vez que los físicos usan un nuevo instrumento, siquiera sea matemático, este les lleva a nuevas e inesperadas visones que alteran todo el edificio anterior y, al menos en física, nos alejan de lo obvio. Seguramente –materia para creyentes sutiles- porque la imaginación del universo o de la naturaleza es mucho más rica que la nuestra.
Así que sólo nos queda la rebeldía y el trabajo duro. La rebeldía de los Copérnico, Bruno, Galileo, Servet, Darwin o más recientemente, Einstein, Gödel, Sajarov, Chandler Davis, Andre Weil, Lev Landau; los cuatro últimos mencionados directamente amenazados o encarcelados por los poderes políticos (Sajarov por la URSS estalinista, Davis por los Estados Unidos maccarthistas). Como ya he dicho, la ciencia es antiautoritaria por naturaleza, en primer lugar frente a sí misma; mucho más que el arte, aunque sean los artistas modernos los que se hayan apropiado de esa imagen rebelde, pese a ser mucho más sumisos y cortejar mucho más al poder político y financiero en conjunto; todo artista lleva un vasallo o un cortesano en su interior, todo científico un niño travieso y muy curioso. Pensamos en científicos recluidos para fabricar la bomba atómica (Varios físicos abandonaron el proyecto Manhattan de fabricación de la primera bomba atómica –y con ello jugosas prebendas- cuando vieron claro que la Alemania nazi no la iba a conseguir; a Eistein, conocido por sus ideas izquierdistas, ni siquiera se le invitó a participar).
Otro día hablaré de la diferencia entre la ciencia reduccionista, que no tiene por qué ser un epíteto peyorativo, de hecho la mayoría de la ciencia exitosa lo es, y la ciencia holística o de la complejidad (no de lo complicado, sino de lo complejo), por ejemplo enfrentando a dos genios paradigmáticos como Hilbert y Gödel.
5 comentarios:
Me ha gustado lo de dedicar toda la vida a construir un violín, una sola cosa. Lo importante es la calidad de lo que hacemos, no la cantidad; olvidamos esto de continuo.
No conocía la afirmación de Borges, ver la Metafísica como Literatura, siempre sentí esa unidad de alguna manera.
No tengo una idea propia sobre "los científicos". Me es un mundo ajeno. Me asombra y respeto profundamente la medicina, la historia de la medicina debe ser fascinante.
Quién es Occam?
Besos
Mita, ya te he comentado en alguna ocasión que la medicina no es ciencia, aunque se base en..., sino un arte o tecnica (Ars o teche) basado en la biología humana. Lo delPremio Nobel de Mediona y fsiología es porque la palabra Biología no se aceptó hasta más tarde, y como unión d ebotánica y zoología, que tampoco es la acepción actualmente aceptada.
Guillermo de Occam (u Okham) era un fraile inglés que promulgó el principio de economía o de parsimonia conocido como 'navja de Occam, según el cual la explicación más sencilla para un fenómeno es probablemente la cierta. es la abse del reduccionismo metodológico. Se puede aplicar a la vida cotidiana.
No conocer a Mozart o a Quevedo es ser ignorante; como no conocer a Darwin o Einstein, ese es el drama que denunciaba Snow en las Dos culturas y su foso.
Ah, sí, ahora recuerdo a G. de Occam.
Ojalá fuera eso cierto, su teoría...digo.
Besos, gracias.
Y cuál vendría siendo el fin de la ciencia sino la búsqueda de la verdad. Una ciencia empírica desprovista de alma, creo sólo ha dado por resultado la existencia de sabios regocijados en sus invenciones de catálogos y situaciones casuísticas que sólo ellos entienden, y que muy poco o casi nada han servido para encontrar esa verdad. En esas condiciones, la especialización científica que sirviese a esa verdad, sólo podría ser aquella que se pone en movimiento, que no permanece estancada ni anquilosada, que busca las relaciones íntimas con otros campos científicos, que vea al mundo de manera integral, en forma orgánica, pudiéramos decir, bajo un aspecto holístico, comprendiendo, por ejemplo, que cuando alguna parte del todo está enferma, enseguida enfermarán las demás.
Y, la relación entre las ciencias naturales y la filosofía debería ser estrecha, aquélla con el conocimiento de los hechos, y esta última con sus principios universales traducidos en abstracciones (el conocimiento del ser pero no el propio ser) para romper la muralla de que se rodean los campos fraccionados de la ciencia, así como para Goethe la idea y la naturaleza eran “Algo integro y único: arriba espiritús y abajo piedra”, conforme se le atribuye.
Para tratar de precisar puedo decir, que al negarle autonomía al objeto, mediante el pensamiento, se le generaliza con el fin de que deje de ser extraño, contrario al propio pensamiento.(Confrontar “la ciencia y la naturaleza” de A. Herzen). Así, al objeto se le “trata luego como si fuera una generalidad y se esfuerza en comprenderlo como tal. Comprender un objeto significa poner de manifiesto la necesidad de su contenido, justificar su existencia y su desarrollo”. “La misión de la ciencia consiste elevar a la categoría del pensamiento todo lo existente”. A. Herzen.
Enseguida, unas bonitas palabras, del último autor citado, que creo muy a propósito:
“El número de las estrellas inmóviles es cada vez menor, pero aun las hay. La educación presupone una verdad exterior, hecha; desde el instante en que el hombre comprenda la verdad, esta vivirá en su pecho, y entonces habrá terminado la educación y comenzará la acción consciente. La humanidad saldrá por la puertas del templo de la ciencia con la cabeza orgullosamente erguida, inspirada por la conciencia de que omnia sua secum portans, para la edificación creadora de la ciudad de dios”. Alejandro Herzen. 1843.
Bueno, quisiera decir algo más especifico en algún campo científico para reforzar mi opinión, sin embargo, me quedo en el plano del diletantismo, pues mi mundo no está allí, sino en algo tan prosaico como los pleitos legales más propios de leguleyos que de gente de ciencia, y eso ya de por sí, por lo menos en mi, es una gran limitación. Un ejemplo palmario de esa necesidad, sería, también ejemplificando, lo que se dice de Descartes, Leibnitz y Kant, que como filósofos dejaron huella en gran parte por sus aportaciones a las matemáticas, y así, me emociona mucho más el saber lo grande que fue Goethe también en el campo de las ciencias naturales, con sus estudios de las plantas y su descubrimiento y dibujo del hueso intermaxilar humano.
Saludos.
Sólo una precisión terminológica, David; 'ciencia' y 'científico' son términos muy recientes, lo habitual era por entonces llamarlos 'filósofos naturales' para distinguirlos de los metafísicos o especulativos, al igual que se llamaba 'fisicos' a los que hoy se llaman 'médicos'.
Harzen es interesante y hay que leerlo en su contexto, por eso no hace falta que diga que estoy en desacuerdo con él cuando da por finalizada la educación (que nunca acaba)
Las aportaciones de Goethe a las ciencias naturales -la luz y los colores, la anatomía de la flor, la morfología, que se dice que él fundó- son las propias de un aficionado (diletante), pero estaban muy bien escritas, claro
Publicar un comentario en la entrada