24/03/2009

El exquisito en la pastelería: dos libros esenciales




Si a un niño goloso le abrieran las puertas de una confitería para que comiera lo que quisiera pasarían dos cosas en neta secuencia, la última y definitiva: una indigestión severa. Pero antes se produciría un curioso proceso de selección progresiva: puede que el desdichado crío cogiera lo primero que se le viniera a mano, porque todo en el fondo le gusta, pero poco a poco iría eligiendo, aunque tuviera que ponerse de puntillas para alcanzar la delicia del último estante y, cerca ya de la saciedad, sólo probaría de aquí y de allá entre lo más grato.

Con los libros y la lectura pasa exactamente eso; se publica sólo en España más de 50.000 títulos al año, pongamos que la mitad son de consulta, de texto o de autoayuda, quedan casi 30.000; de ellos es muy probable que no más de unas centenas sean lo que yo llamo esenciales (para cada cual, naturalmente). Por el mismo lado, ese proceso se repite hacia atrás en el tiempo con todos los libros editados cada año hasta llegar a los clásicos esenciales del pasado y a la temida pregunta de cuándo leer por fin entero El Quijote o Guerra y paz o el Ulises de Joyce o las tragedias griegas, los ensayos de Montaigne, las miles de páginas de El tiempo perdido de Proust…Cualquier lector habitual ha echado estas o parecidas cuentas y ha colocado en el divisor los años de lectura y o vida que le quedan. Conclusión evidente: no se pueden leer todos los libros que uno quisiera, ni siquiera los esenciales, al igual que no se puede acabar en una tarde con las existencias de la pastelería. Yo sugiero una cosa. Al niño, que negocie con el propietario y cambie el atracón por una modesta pero continua renta vitalicia para poder elegir cada día un pastel o una golosina de su gusto. Habrá tardes que repetirá, porque los pestiños son adictivos, y días que experimentará con sabores adultos, como esa misteriosa tarta de chocolate amargo y limón, y habrá días que el gusto vulgar se imponga, por eso es vulgar, y elija la consabida milhoja o una chocolatina. Igual con los libros, goloso lector. No pases cuidado por elegir una novela policíaca –pero no te atiborres- o por aplazar una vez más el Ulises, -aunque no renuncies- pero aprovecha para descubrir el chocolate amargo y el ‘mouse’ de café. Los pedantes renuncian a la narrativa para no ‘perder’ el tiempo; pobres, simplemente no son verdaderos lectores, sino lectores instrumentales, regalémosles una suscripción a la 'Mecánica Popular' y dejémosles tranquilos.

Ya sabemos que la primera acepción del diccionario de muchas palabras no sirve de mucho, pero tiene que estar ahí, tapando a las siguientes: relativo a la esencia, vale ¿y? Substancial, principal y notable. ¡Eso es! En principio, la novedad está reñida con lo esencial, pero con excepciones, así que de entre las novedades habrá que detectar lo esencial, lo notable y principal; el pasado es más fácil, porque eso es una definición de clásico: lo que no envejece. El problema son los libros de esas edades intermedias, medievales edades oscuras de la crítica de hace unas pocas décadas, en las que el tiempo no ha bastando aún para concederles la perdurable categoría de clásicos (salvo en la acepción abusiva y frívola de la pseudo critica publicista de best sellers), pero ya se han olvidado como novedad. Voy a recomendaros dos libros esenciales.

A medidos de los setenta se publicaron en su lengua original dos de los libros en inglés más hermosos de…todos los tiempos (eso, creo, incluye a Shakespeare, a Chaucer y a Burguess, por supuesto a Auster, Amis y otros prescindibles); la novela, por llamarla de algún modo, ‘Años luz’ de James Salter y el libro de viajes ‘El tiempo de los regalos’ de Patrick Leigh Fermor. El primero se tradujo al castellano en los noventa por ese verdadero editor que se llama Mario Muchnik, el segundo en esta década por Península/Altair. Yo los he vuelto a comprar en ediciones originales y los he vuelto a leer, con la traducción a mano, y he confirmado sobradamente esa primera y excepcional impresión. Curiosamente –es una pura coincidencia, supongo- los dos están escritos por antiguos militares profesionales que recibieron condecoraciones por acciones heroicas y que abandonaron sus carreras de oficiales para dedicarse por entero a la literatura. El estadounidense Salter fue piloto de cazas de combate, en tanto que el anglo irlandés Leigh Fermor fue jefe de unidades de comandos. Ninguna de esas dos obras tiene que ver directamente con temas bélicos.

Años luz, como En busca del tiempo perdido, trata del paso del tiempo, de la erosión de los años en un matrimonio en los Estados Unidos de comienzos de los sesenta hasta finales de los setenta. Pero al contrario que la referencia que he usado esta es una novela breve, basta y sobra. El estilo de Salter es conciso, de frase breve, despojado, alejado de toda intención lírico ripiosa, precisamente el adecuado para resaltar que el paso de los años tapa los desengaños pero destapa los antiguos miedos. El traductor le ha hecho justicia. Es una novela bellísima y tremendamente triste. Ignoro si Salter atacaba a los cazas enemigos desde arriba, como el Barón Rojo, pero a mí me hizo trizas el timón de cola.

El más hermoso libro sobre el Danubio no es el excesivamente afamado de Claudio Magris, sino el viaje desde Londres a Constantinopla, siguiendo primero el Rin y luego el Danubio de un Leigh Fermor de dieciocho años en los comienzos de los años treinta, o sea, en el periodo inminente al ascenso del nazismo. Fermor está considerado (se lo leí a mi recién descubierto crítico Terry Eagleton) el mejor estilista vivo en inglés. Debe serlo. Y también es muy probable que el muchacho expulsado de colegios y academias premilitares que un día tomó un bastón de fresno bien equilibrado y una mochila comprada en una tienda de excedentes militares y se puso en marcha llevara un cuaderno de notas –ya aspiraba a ser escritor y había publicado horrendos versos, según él, en alguna revista escolar- que fueron utilizadas –aunque no se nos dice expresamente- por el escritor ya hecho, exquisito y hábil, cuarenta años después para escribir este hermoso periplo por una Europa que ya no existe. Preciso y sensible como un paisajista holandés que pone la caída de Ícaro, en este caso el propio joven, en un discreto segundo plano para resaltar la fuerza de ese viejo y cansado, pero tan hermoso continente.

Ahora que los libros caducan más que los yogures no busquéis estos en el mostrador de novedades. Hay dos o tres formas de hacerse con ellos. Las bibliotecas públicas, claro; curiosos establecimientos que a veces tienen libros de más de una década. La emocionante búsqueda, sin ninguna garantía, en mis adorables librerías de viejo. Y solicitarlas a los editores; yo aprovecho el comienzo de las ferias del libro para acudir a sus casetas y pedirles que rebusquen en sus fondos y me las traigan, pasando a recogerlas al cabo de unos días. Sorprendentemente, en más de una ocasión me ha dado resultado.



James Salter:Años luz (Ligh Years, Cape Cop, N.Y.), El Aleph, 1975, Mario Muchnik, 1991

Patrick Leigh Fermor: El tiempo de los regalos, A pie hacia Constantinopla. Península /Altair viajes, 2001. A time of gifts. On foot to Constantinople: from the Hook of Holland to the Middle Danubio, John Murray Ed, London, 1977

9 comentarios:

Cigarra dijo...

Me gusta este post por dos motivos: uno, por la comparación entre lecturas y comidas. Siempre que he podido he leido varias cosas muy diferentes a la vez (ahora por ejemplo una "Introducción a la música" de Otto Karolyi, "El libro de los Hielos" de Martínez de Pisón y "Las amistades peligrosas" de Choderlos de Laclos) porque el paladar del espíritu también sale ganando con la mezcla de sabores, y no todo van a ser sólo prótidos, o lípidos o glúcidos.
Y dos, por esa observación tan justa y atinada que nos recuerda que los libros "inencontrables" se encuentran en las bibliotecas. Efectivamente, esos libros que leímos hace veinte o treinta años, que rodaban por casa de nuestros padres desde hace cuarenta o cincuenta y que se perdieron en la mudanza para nunca más aparecer, esos que nadie nunca ha vuelto a pensar en editar, y sin embargo son buenísimos, y nos marcaron, y los añoramos con ganas, probablemente están en la biblioteca pública de nuestro barrio, o quizá en otra a la cual se pueden pedir por préstamo interbibliotecario. Porque también las bibliotecas se prestan libros entre ellas. Y así se encuentra TODO (o casi todo). Porque como dice Blanca Calvo: "Los libros VIVEN en las bibliotecas"

Lansky dijo...

Cuando me divorcié, me mudé a un ático diminuto pero con una gran terraza (aún vivo ahí en Madrid) y me llevé casi todos mis libros. Mi hija, que entonces era pequeña, decía 'mi papá se ha ido a vivir a una biblioteca con terraza'. Y, a tenor lo que me dices en el post de libros modestos, Cigarra, yo 'vivo' en las bibliotecas públicas, ¡toma ya1

Vanbrugh dijo...

Mi madre, lectora voraz desde su más tierna infancia, me contaba la desolación con que, a eso de los diez o doce años, comprendió que el propósito que hasta entonces la animaba de leer todo lo que se hubiera escrito era irrealizable. Nunca llegó a reponerse, y siguió leyendo mientras pudo -perdió la vista casi por compelto bastantes años antes de su muerte- todo lo que caía en sus manos, Dostoievski o Lafuente Estefanía, con el mismo entusiasmo insaciable y creo que con la secreta esperanza de desmentir aquel temprano desengaño.

Lansky dijo...

La mía también es muy lectora y me inoculó desde niño: son como vampiros, te muerden y alá, a morder tú; si uso gafas de cerca es por su culpa, joder.

Mita dijo...

Hay libros esenciales?
Buscaré los dos, gracias: ‘Años luz’ de James Salter y el libro de viajes ‘El tiempo de los regalos’ de Patrick Leigh Fermor.

Lansky dijo...

Para mí sí, Mita, hay libros esenciales; para otros, serán otros o ninguno, claro.

Zafferano dijo...

Pues habrá que tomar buena nota que ya se acercan las ferias de libros. Me llamó la tención "años luz". A ver si lo encuentro.
Sabes Lansky? Como soy bastante despistada, por no decir más, me ayudaría muchísimo, para poder comentar tus posts, poder ir leyendo lo escrito mientras comento para que no se me olviden las cosas que quiero decir. Y con este sistema en el que aparece sólo la página de comentarios, se me hace más difícil...

Un beso muy grande

Lansky dijo...

Zaffe: encima de los comentarios ya publicados y a la izquierda del recuadro donde escribes el tuyo hay una opción en azul que dice: 'mostrar entrada original", haces click ahí y ya está

Zafferano dijo...

Ya lo encontré! Pero que lúcida estoy yo por las mañanas...!

Gracias belleza!