12/03/2009

"Ese horrible Terry Eagleton"




Confieso que me encanta leer crítica literaria. No hablo de esas apresuradas reseñas predecibles y prescindibles de libros de los suplementos culturales de los diarios, esas que cada semana nos descubren un genio narrativo de veinte años o que practican la más descarada propaganda de los productos –convencional y complaciente- de su propio grupo editorial, sino a la labor de los escasos críticos –Güelbenzu, Andrés Ibáñez, Conte- nacionales o extranjeros –Harold Bloom, George Steiner, Raymond Williams, Terry Eagleton- que son capaces de contextualizar una obra o un autor, relacionándolos con otros y permitiendo ver la hermosa cadena de referencias cruzadas y de influencias que todo creador, hasta el más original, tiene con el corpus de la literatura universal. Nos permite, por tanto, situar literalmente una obra artística y nos capacita para apreciarla mejor.

Y confieso igualmente que hasta hace poco no conocía ni había leído nada de este interesantísimo especialista de estudios culturales inglés oculto por las famosas luminarias de los George Steiner, Harold Bloom o Cyril Connolly de turno. Estos me gustan mucho precisamente por lo a menudo que suscitan mi desacuerdo, que es una manera como cualquier otra de entusiasmo. Sin embargo, mi último descubrimiento se realizó más bien por motivos aún más chocantes, y es que leí una descripción francamente apetecible sobre él de ese entrañable conservador que es el eterno príncipe Carlos que habló de “ese horrible Terry Eagleton”. Se refería básicamente a sus ideas izquierdistas, inaceptables para el actual laborismo y a una mordacidad ya legendaria que lo mismo se abate sobre la familia real que sobre la última pedantería cultureta. Ante tan poderoso estímulo, inmediatamente me puse a la tarea de localizar sus trabajos y me llevé la sorpresa de evitarme peregrinar con mi precario inglés pues resulta que tiene al menos dos libros traducidos al castellano: unas memorias y una recopilación de breves ensayos . Perfectos ambos y muy distintos.

Eagleton posee además el atractivo de esas personas que tienen al nacer todas las papeletas para terminar siendo braceros alcoholizados y acaban de intelectuales de prestigio: un católico inglés de una pequeña ciudad cercana a Manchester, de origen obrero que termina estudiando en el Trinity College de Cambridge y se convierte en discípulo favorito de Raymond Williams. Eagleton tuvo una infancia tremendamente cutre, estuvo a punto de ingresar en un seminario católico y es un marxista heterodoxo que no contenta a ninguna “iglesia” oficial. Y, como se ha visto, jamás le nombrarán Caballero de la Orden del Imperio Británico. Cristiano comprometido y convencido, primero, activista en su posterior juventud con decenas de detenciones, hoy ha llegado a la misma conclusión que Aristóteles: que el sacrificio personal no es manera de vivir y que la virtud consiste precisamente en pasárselo bien. Y eso se nota en lo que escribe.

Físicamente se parece a uno de los miembros de Monty Phitón, lo que ha provocado jugosas confusiones en sus conferencias, pero es mucho más gracioso cuando escribe no de teoría crítica, sino de asuntos personales. Un exponente magnífico de ese humor inglés a lo Wodehouse o Crompton extraído de sus impagables memorias, ‘El portero’, en la que habla de la extraordinaria nariz de un compañero de Cambridge:

“Aquella nariz no sólo era una especie de bulto descomunal, sino que además presentaba un intrincado sistema de nódulos, hendiduras y simas, de repentinos cambios de rasante y puntos de vista que recordaban un cuadro cubista, rebelde al ojo en su realidad multiforme. Con sus subsistemas complejos de abultamientos y capas sucesivas de fosas nasales desafiaba la lógica elemental de las tres dimensiones, cual si fuera una forma meramente imaginaria sólo conocida por mitólogos o matemáticos. Tal vez un equipo de cartógrafos trabajando día y noche pudiera hacer un mapa de sus pliegues llenos de arrugas inflamadas. Había laderas carnosas cuya tendencia natural habría sido caer hacia los orificios nasales, pero habían cambiado de opinión repentinamente y se dirigían inesperadamente hacia arriba, antes de confundirse en una meseta de cráteres rubicundos. Los pelos surgían tanto de los orificios como de cualquier otro poro de aquel artefacto nasal con un espesor merecedor de peinado diario. Al igual que no existe un límite natural para el conocimiento, no había en principio límites para la exploración de la nariz de Fergus, que vista bajo distintas luces y ángulos revelaría llamativos rasgos apenas visibles con anterioridad.”
Y más adelante:

“Siempre lamentaré el día que casi acabo con él. El colegio de Fergus había decidido hacer algo con su nariz, pues los residentes consideraban que afeaba en exceso las cenas semanales. Algunos tradicionalistas de Cambridge adoptaron la postura contraria, arguyendo que la nariz era una inapreciable seña de identidad del paisaje local y debería ser incluida entre los bienes del Patrimonio Nacional. Pero los reformistas se llevaron el gato al agua y el colegio le sufragó una operación. Fui a visitarlo con una botella de whisky bajo el brazo y, cuando le estaba dando el regalo, me enteré para mi sorpresa de que todavía faltaban unas cuantas horas para la operación. Teniendo en cuenta que tenía prohibido beber alcohol, pero impepinable que le iba a pegar un lingotazo a la botella en cuanto yo mediera la vuelta, parecía probable que yo le estuviera proporcionando la solución definitiva al problema de su nariz mandándole al otro mundo. Como quien no quiere la cosa, metió la botella por debajo de las sábanas. Fue grande el alivio que sentí al oír el apagado tintineo que se produjo: era evidente que allí había un bar entero.”

Estas breves memorias están organizadas por unidades temáticas, y no cronológicas. Las más interesantes son las dedicadas al colegio, su labor como portero en un convento de monjas, y sobre todo sus relaciones con la nobleza y con los profesores de Oxford y Cambridge o de Universidades donde ha sido invitado, porque entre ambos colectivos no deja como se suele decir ‘títere con cabeza’ Por ejemplo cuando hablando de su director de tesis afirma: “Para él, la verdad simplemente reduce a una conclusión descolorida la confrontación chispeante de intelectos, el juego de las diferencias de opinión”. Y añade: “El publicar se consideraba en general como una cosa más bien vulgar y presuntuosa, a leguas de distancia de otras actividades más serias como lograr que la dirección del comité enológico del colegio fuera más estable”. El conjunto del profesorado de esas prestigiosas instituciones, al menos a comienzos de los setenta es, según Eagleton, una legión de esnobs reaccionarios que “hablaban de las leyes de autogobierno irlandés de Galdstone como si se pudieran despachar con un golpe de ingenio, mientras trazaban planes para la reconquista de la India”. Del presidente del famoso colegio Magdalen de Oxford cuenta la anécdota en que este invitó aun estudiante de primero a tomar el consabido jerez y el chico le comentó que su nombre se traducía por “Hijo de Dios”. La respuesta del decano fue: “¡Qué bien!, aquí en el colegio hay muchos hijos de famosos”.

De la rancia aristocracia inglesa las anécdotas que cuenta son más bien invectivas, quizá las que le han hecho ganar ese título concedido por el príncipe Carlos y eterno aspirante al trono: “Ese atroz Terry Eagleton”

Precisamente por eso puedo advertiros con conocimiento de causa: si os tropezáis con un catedrático sesentón con acento obrero de Shalford, la actitud juguetona del mudito de los hermanos Marx (Harpo), pero mucho más locuaz, y peinado romano, andaros con cuidado y, sobre todo, no le pidáis que os retrate. Y sin embargo, este risueño tipo pasó una infancia difícil en una modesta familia obrera y un terrible colegio católico, fue portero infantil de un convento de monjas de clausura y obrero el mismo en una fábrica de jabones. Con una discreción, esa sí, típicamente inglesa ha escrito sobre su vida en familia en su infancia: “El disfrute de la vida sin más era algo tan misterioso para nosotros como el sadomasoquismo o la hermenéutica.” Ahora anda desquitándose.

5 comentarios:

hombredebarro dijo...

Una reseña muy interesante que crea curiosidad. Pero me queda la duda de si el prestigio que desprende el personaje no le viene del comentario del príncipe Carlos. ¿Todos los aspirantes del suburbio hemos de ser fagocitados por la escandalizada estupidez de las clases altas? A los que nacimos dentro del proletariado nos gusta codearnos con las alcurnias de postín para luego cortarles la cabeza y que de camino nos den su bendición social.
En fin, lo veremos.

Lansky dijo...

Hombredebarro:

Juego limpio, como he confesado, fue la contundente opinión de Charles, El esperador, la que me interesó inicialemnte, pero la lectura posterior de 'El portero' (Memorias) y 'Después de la teoría' (ambas en Debate) me han confirmado que es alguien muy de mi gusto (y el de Carlos Windsor si a eso vamos). No obstante la dejadez en no aspirar las 'h' y las oclusivas es algo a tener en cuenta, sin duda.

Y no te las des de proleta, que se nota mucho que hiciste el bachillerato con buenas notas.

hombredebarro dijo...

Amigo Lansky, es verdad lo de las notas, como para todos los proletarios honrados era el mejor camino. No me las doy, en todo caso sólo presumo. Es la misma coquetería que puede tener ese horrible Terry Eagleton, que estará encantado de que un príncipe lo haya señalado con ese dedo. De cualquier forma es un tema muy interesante y divertido el odio-amor que hay entre las personas cultivadas que proceden de clases sociales opuestas. Y no me refiero a sentimientos viscerales, sino intelectuales. Es una deriva de tu excelente reseña, nada más.
Un saludo.

Lansky dijo...

Bromeo, hombredebarro. Un hijo de madre soltera, criado por una abuela costurera (aunque a élla le gustaba llamarse modista) con unas cuantas lecturas sólo puede bromear cuando encuentra otro desarrapado.

Un saludo

Anónimo dijo...

Ah, Eagleton, ese monstruo!

Aún recuerdo cuando estaba a mitad de carrera (Letras) y me lanzé a la cara un curioso libro de un tal Terry Eagleton. Ahí acabaron esos sueños de postín en los que me veía a mí mismo como un futuro "escritor-poeta, o derivados". Ahí conocí el contexto real de la "literatura" y lo ilusorio de tal "objeto". Desde entonces, me asumí como un anti-mitólogo de lo literario. El libro era "Introducción a la teoría de la literatura".

Más tarde, vinieron "Introducción a la ideología", "Ilusiones del posmodernismo", "Después de la teoría", "Ideología de la estética" y "Santo terror". Se ve muy interesante, y chistoso hasta lo escatológico, ese libro de memorias...

Buen blog, por cierto.