26/03/2009

Las memorias del siglo XX de un estupendo hijo de puta, 1




Churchill era un típico representante de la clase alta inglesa posvictoriana –nació en 1874- y consecuentemente un señor muy de derechas, conservador, enemigo a ultranza del comunismo, perspicaz, protagonista de primera fila en la política mundial durante décadas y además un excelente escritor que recibió el Premio Nobel de literatura en 1953. Pocos dudan que este premio le fuera otorgado sobre todo por las miles de páginas de sus memorias en las que los conflictos bélicos y en especial la Segunda Guerra Mundial en la que fue Primer Ministro de Gran Bretaña, ocupan un papel central. Estas memorias están editadas en castellano en ediciones tan buscadas como inencontrables, pero hay una edición abreviada –unas 1.500 páginas- de ese periodo tituladas aquí La Segunda Guerra Mundial en dos voluminosos tomos de bolsillo aún disponibles en las librerías (1ª ed. De 2004). Se basan en la edición original inglesa de 1959 ‘The Second Word War’, que, como digo, forman parte de sus memorias, de la compilación realizada por Denis Kelly con la aprobación del propio autor; concretamente de los tomos titulados sucesivamente: La tormenta se avecina (1919-1940); Su hora mejor (1940); La gran alianza (1941); El eje del destino (1942-1943); El anillo se cierra (1943-1944) y Triunfo y tragedia (1944-1945). La edición que comento omite por cuestiones de espacio numerosos pasajes de estos volúmenes, y para respetar la secuencia y la proporción han redistribuido el resto del texto; además, para darle cohesión, en algunos pocos casos, se han añadido algunos párrafos que no escribió el estadista. La otra insuficiencia es más bien una suficiencia, un prescindible, oportunista e inane prólogo del periodista amarillo Pedro J. Ramírez que os recomiendo que saltéis. No así el Epílogo, escrito por el propio Churchill a comienzos de 1957 y que faltaba en las ediciones anteriores. Es un libro (o libros) imprescindible para entender la historia del mundo en el vertiginoso siglo XX y el mundo actual que heredamos de entonces, pero hay que tener en cuenta que fue escrito, insisto, por un político profundamente conservador y furibundo anticomunista en plena Guerra Fría.

“Estupendo hijo de puta”, creo recordar era la abreviada descripción, que no invectiva, que Cortazar hacía de Dalí. Y añadía, "pero no le quiten ni añadan nada: ‘hijo de puta’, pero ‘estupendo’". Churchill es magnífico cuando analiza los malos acuerdos de la Paz de Versalles –de aquellos polvos los lodos subsiguientes- o el ascenso del nazismo. Y es enervantemente injusto cuando reduce la contienda civil española a una lucha entre comunistas y patriotas y defiende el supuesto acierto del no intervencionismo aliado (la historia le contradijo, creo). Y es un excelente prosista, nada prolijo, nítido y exacto, sin engolamientos.

Creo sinceramente que este tipo de prolijas lecturas no deben emprenderse sólo con un espíritu pragmático del tipo de “me va a servir para entender el presente”, obvia función, entre otras, no ya de la Historia, sino de la memoria. Pero es bien cierto que a menudo sorprende no sólo ver lo intrincadamente entrelazado que está, por ejemplo, la disolución del Imperio Austrohúngaro con el nuevo mapa de Europa, sino hasta que punto sobreviven ideas que nos permiten afirmar que la política de agresión del Estado de Israel actual estaba ya prescrita por el nazismo más ortodoxo del Mein Kampf: “El hombre es un animal combativo, por tanto la nación, al ser una comunidad de luchadores, es una unidad de combate”. Eso explica que el actual estado de Israel no se comporte como una nación al uso, con su diplomacia, su administración y sí, su ejército también, sino como una milicia. Parece que el exterminio y la persecución no fue el único daño que los verdugos propinaron a sus víctimas, sino también la emulación de su terror.

Aunque Churchill viajó mucho –estuvo a punto de ser presentado a Hitler en Austria a comienzos de los años treinta- su evidente imperialismo le colocó siempre unas gafas deformantes con las que contemplar el resto del mundo. En cierto modo, pese a su educación elitista –o merced a ella- era un palurdo inglés del mismo tipo que considera que una tormenta en el Canal de la Mancha ‘aisla’ a Europa de Gran Bretaña. Viajar por el mundo era para él, -dejando constancia en varios libros, como el que relata sus experiencias sudafricanas en la guerra de los boers-, pasear por los aledaños ‘rosas’ de su casa (tradicionalmente en los mapamundis británicos se usaba ese color en las colonias). Gentes que se sorprenden no de la brutalidad de las corridas de toros, sino de que se inicien a la misma sagrada hora que el consabido te, para los que no hay otra bebida que la ginebra inglesa u otra gastronomía que esas gachas de avena intragables que se llama ‘porridge’ o el pastel de riñones. Adversarios terribles, en parte por esa miopía empecinada y orgullosa al servicio de Su Majestad Británica. Por eso, el mejor tipo de británico es la estirpe de mutantes viajeros que abandonan definitivamente toda esa peste chauvinista y se instalan en climas más amables y sociedades menos rígidas, los Durrell, Brenan, Byron y Graves, para entendernos, un pueblo nómada y desarraigado tan brillante como ese otro formado por los judíos cosmopolitas, de los que hablaré en otra ocasión.

(Continuará)

5 comentarios:

rocio prima dijo...

Hay una magnifica serie de documentales de la BBC sobre la segunda guerra mundial (El mundo en guerra), en la que Churchill no sale bien parado precisamente. Era un gran comunicador, que se metia a la gente en el bolsillo, y actuaba a golpe de popularidad. Pero a comienzos de la guerra, precisamente por este comportamiento, la cagó bastante (remember Dunquerque). Supongo que escribió sus memorias para quitarse el marrón y quedar bien, pero la historia es la historia.

Lansky dijo...

Es obvio, Rocío, que cada cual escribe "su" historia, pero por eso mismo no hay "una" única historia. La objetividad es una aspiración, tendencia o asíntota, nunca se llega absolutamente a ella. Precisamente por eso, las memorias de este cabronazo son muy interesantes, y de sus opiniones recelo siempre, lo que las hace aún más divertidas.

David García A. dijo...

Hola Lansky¡
En sentido inverso, también recientemente tuve un encuentro con dos tomos en venta de las memorias de Churchil, los cuales finalmente no compré, a pesar sentir deseos de comprarlos, y estar a precio barato. Me disuadió el hecho de lo tremendamente mal organizado que en general soy en mis actividades, para finalmente preguntarme ¿bueno, más libros, pero cuándo fregados voy a leer estos dos nuevos?. Así, por lo pronto, me quedaré con lo poco que se de ese personaje, y con lo que tu comentes. Y, aprovechando, también digo algo sobre los ingleses, relacionado a propósito con la famosa frase “lo único que puedo ofrecerles, es sangre, sudor y lagrimas”, y que se mira en la, para mi, excelente película de casi idéntico título de David Lean donde aparece un hombre inglés, y por supuesto la mujer inglesa también, de carne y hueso, con sentimientos humanos, con angustias, temores, preocupaciones, y esperanza en un futuro mejor, y casi en contraposición al inglés frío e imperturbable, cuya copia, en este último aspecto, creo lo fue del estoicismo samurai, imagen por cierto, muy apropiadamente forjada, para los fines imperialistas de Inglaterra.
Otra casualidad, en relación a los Sudetes. Comencé a leer en una Biblioteca Pública un libro de edición Argentina del año 1941 que se llama “Hitler sobre Rusia”, muy interesante para mi gusto, y aleccionador, habla de la gran importancia, por sus implicaciones y resultados, que tuvo para el triunvirato Hitler, Goering y Goebels, la eliminación de Roehm y sus secuaces, en “la noche de …”. Bueno, este último con su ejercito de dos millones de Camisas Pardas, o S A, era el representante típico de las aspiraciones de las clases medias alemanas (tenderos, carniceros, pequeños almacenistas, profesionistas liberales etc.), mismos que esperaban de Hitler el cumplimiento de sus promesas, y el premio a sus huestes por el combate sangriento contra judíos, sindicalistas, y opositores tanto católicos como comunistas. Sin embargo, el triunvirato mencionado tenía decidido dar su apoyo en compensación a la aristocracia terrateniente, y sobre todo a la oligarquía del hierro y el carbón del Ruhr, para lo cual, necesariamente tenía que entrar en conflicto con dichas clases medias y, por consiguiente, con sus más conspicuos representantes: Rhoem y las S A . Bueno, se comenzó a ejercer presión sobre los comerciantes pequeños y medios, se les aumentaron los impuestos, al par que los precios de los productos, y se redujo substancialmente el margen de ganancia, y no así para los grandes almacenistas. En el campo, se comenzaron a tomar medidas expropiatorias para concentrar la propiedad territorial en manos de los grandes terratenientes con el desplazamiento de cientos de miles de campesinos con sus familias, población flotante que fue incrementada con el decreto que dejó a miles de burócratas sin empleo y disponibles para ser traslados a los campos de trabajo como jornaleros semi-esclavos al servicio de dichos terratenientes, como de hecho se hizo, arrancándolos de sus hogares. A todo esto Rhoem y los jerarcas de las S A comenzaron a echar bravatas en los periódicos amenazando a Hitler con una supuesta “revolución social” (a fin de cuentas los S A se reivindicaban como socialistas, nazis por supuesto) para, pretendidamente, poner orden en tal estado de cosas, y fue cuando Hitler, decidió que ese era el momento más propicio para eliminar a sus antiguos aliados, y así fortalecer su régimen; de esa manera, una necesidad la convirtió en virtud, y así se hicieron “objetivamente reales” los postulados de “mi lucha”: contar con población alemana disponible para el poblamiento de Europa del Este, el “espacio vital”.
Bueno, a grandes rasgos, es hasta donde voy, y creo que después viene el asunto de los Sudetes.
Saludos.

Lansky dijo...

Hola David, no he pretendido contar los inicios de la Segunda G.M. sino glosar las memorias de ese contradictorio ser humano que fue Churchill. Los Sudetes que mencionas al final de tu comentario era una región de mayoría (habla) alemana en Checoslavaquia -que se sentían victimizados por la mayoría checa dl esto del país- y Hitler la usó como pretexto para la invasión/anexión, peligros de los nacionalismos, como el kosovo albanés y no servio, etc., etc.,

David García A. dijo...

Entendido y anotado.