profesión de fe

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Somos los conocidos superhéroes del barrio –concepto acuñado por Kiko Veneno para definir lo que se podría llamar héroes de proximidad-: Lansky y Superperropequeño. Ambos somos más ciudadanos que patriotas ( y tan rústicos como urbanos), o bien, nuestra patria son nuestros zapatos -o ni eso en el caso de Jara-, la infancia o el sillón de orejas de lectura, pero nos negamos a la ñoñería esa de ciudadanos del mundo. Simplemente, tenemos pasaporte

05/03/2009

Los antimodernos, 2


Voy a posponer tratar a los tres autores que acabé mencionando en el post anterior, primero, porque presiento que me alejaría demasiado de mi propósito inicial de esbozar una imagen del movimiento antimoderno en general, y segundo, porque creo que los tres se merecen un enfoque aún más amplio y a la vez más profundo que el que implica esta etiqueta. Sin embargo, seguiré hablando casi en exclusiva de autores franceses, pues francesa es la etiqueta antimoderna y la de su valedor actual.

Aunque he descubierto esa agrupación de personalidades tan distintas con algo esencial en común, los antimodernos, gracias a Antoine Conpagnon [1]no estoy de acuerdo con su principal conclusión: que dado que la política giró a la izquierda durante el siglo pasado, como posición de prestigio, las opiniones de derechas se refugiaron en la literatura.

Hay dos opciones; una, considerar que lo antimoderno es tan antiguo como lo moderno; una oposición como la de tradición ‘vs’ innovación. La otra posibilidad es considerar la modernidad de lo antimoderno como la única perdurable. La exhortación de Rimbaud (pronúnciese como el boina verde que es mal recibido al volver de Vietnam, pero con 'r' gangosa y acento en la 'o') de “¡Hay que ser absolutamente moderno!" se puede interpretar en aparente paradoja como que la única forma de ser moderno es ser antimoderno o bien como una irónica “boutade”. Si el verdadero modernismo siempre ha sido el antimoderno, este debe vivirse como un auténtico desarraigo del momento concreto, el moderno en cada caso; lo que vendría a confirmar el silencio posterior y definitivo de Rimbaud.

Un antimoderno al que aprecio especialmente pese a no ser una “primera figura” es el decadente Paul Morand, el que mejor ha escrito sobre Venecia para mi gusto, por encima de Rilke y al nivel del poeta de la hermosísima ‘Marca de agua’, Joseph Brodsky. En su recomendable ‘Diario inútil’ escribe: “Yo era a la vez un hombre del pasado y un insurrecto”; palabras que podría haber suscrito perfectamente el gran Chateaubriand o, modestamente, yo mismo. Y otro gran antimoderno de “segunda fila”, Joseph de Maistre (el de ‘Viaje alrededor de mi cuarto’) dice: “Toda degradación individual o nacional es anunciada inmediatamente por una degradación rigurosamente proporcional en el lenguaje” ¿Acaso no es eso perfectamente vigente hoy mismo para cualquiera que oiga desapasionadamente como se expresan nuestros políticos o los locutores televisivos?.

O sea, que el antimoderno es además un purista. ¿O un puñetero elitista? “La sociedad al extender sus límites se ha rebajado; la democracia ha ganado a la muerte” (Memorias de Ultratumba) Es muy desagradable admitirlo, pero ¿no es bien cierto que la educación, al pasar de privilegio, con tutores y “grand tours”, de los vástagos adinerados, a derecho universal irremisiblemente perdió calidad? Mi opinión es que un reaccionario considera inevitable tal proceso, de ahí la defensa de los privilegios, en tanto que un antimoderno que no lo sea se limita a constatarlo sin dar por hecho que no tenga remedio o de que sea inevitable, como es mi caso.

Compagnon dice que dados los acontecimientos terribles de la primera mitad del siglo pasado, los antimodernos como corriente han desaparecido hoy o son sólo un vestigio. Y tampoco en esto estoy de acuerdo. Primero porque creo que hay ese antimodernismo secular que nos acompaña siempre (Sócrates negándose a rebajarse a poner por escrito su sabiduría oral, por lo que lo tuvo que hacer el “moderno” de Platón), y segundo, porque sigo detectando antimodernos a mi alrededor, ahora mismo, por poner un ejemplo, en Roland Barthes.

No me quiero poner sublime (“no te pongas estupendo” le recomendaba Max Estrella a uno de sus acólitos en Luces de bohemia). Sólo pretendía hablar de “reaccionarios (?) con encanto”. Los herederos de Baudelaire, De Maistre o Chateaubriand son Barthes o Gracq. O el grupo opuesto a Sartre y los existencialistas: Valery, Bataille, Bernanos…A los antimodernos les separan muchas cosas entre ellos (bandos opuestos en la guerra fría, por ejemplo, para Barthes Paulhan es un reaccionario y para Gracq un moderno. Pero a esos tres, como a mí, les gustan los mismos escritores “desfasados”: Chateaubriand y Stendhal[2]. Por otra parte, la cólera contra el mundo de estos antimodernos contemporáneos es civilizada y contenida (ETA, como los carlistas, los falangistas y los fascistas y todos los tradicionalismos no es antimoderna, es tradicionalista y bárbara, que es bien distinto). Y lo que son, sobre todo, es lectores y críticos distintos que, por ejemplo, consideran a Voltaire reducido a “un periodismo elevado al grado de excelencia” (Gracq). Ni siquiera precisan citar a Shopenhauer o a Nietzsche. Su fórmula es el “amor fati”: no desear nada más que lo que hay, ni delante, ni detrás, ni por los siglos de los siglos” (Ecce Homo). Claro que, pensándolo bien, eso es fatalismo más extremo que el budismo zen. Pero no hay resentimiento y sí aceptación de la vida: adhesión alegre a la necesidad, el “¡Llega a ser el que eres!" Y eso asocia la vitalidad desesperada de Pasolini, el optimismo sin progresismo de Barthes, la energía de la desesperación de Chateaubriand y el nihilismo activo de Nietzsche. Esta retaguardia de la vanguardia, pletórica de francotiradores que, por tanto, no desfilan al paso, estos “leales estrafalarios de la derrota (nuevamente Gracq), de estos “hombres adictos a los reyes, pero que los prefieren destronados” son poco pretenciosos, son encantadores. El fracaso –lo sé por experiencia, qué coño- añade a la vida “una gota de amargura que ayuda a envejecer mejor” (Chateuabriand). Los antimodernos son como esos dilemas que plantea la Teoría de Juegos: el que pierde gana. Y no lo olvidemos, el encanto de la ironía, de la reacción a la reacción y la buena digestión del pesimismo. A mí no me parece mal equipaje para enfrentar estos tiempos nuestros.

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[1] Antoine Compagnon: Les Antimodernes; Eds Gallimard, Paris, 2005
[2] Lo que me recuerda que también hay editoriales enteras antimodernas, como la estupenda Acantilado, editora de las Memorias de Ultratumba completas.

4 comentarios:

Miroslav Panciutti dijo...

No conocía esta "etiqueta" de los antimodernos. Al final, es una actitud, entre irónica y escéptica, por lo que veo y, desde luego, bastante recomendable. En todo caso, nunca he tenido demasiado claro qué significaba la modernidad (sí, en cambio, si lo acotas al ámbito de la arquitectura, como refieres de pasada en tu post anterior), ni termino de estar convencido sobre la pertinencia del prefijo anti, para este grupo de franceses de letras. Pero, al fin y al cabo, las etiquetas valen sobre todo con fines ilustrativos (como toda simplificación).

Coincido contigo en los elogios a Acantilado (no me atrevería a calificarla de antimoderna, pero bueno ...) Hará unos seis meses adquirí efectivamente las Memorias de Ultratumba y llevo leídos los dos primeros tomos. Era una de esas obras "pendientes" desde hace mucho tiempo. Si te digo la verdad, se me hace algo pesado el estilo de Chauteaubriand; entre libro y libro he decidido dejar colar otros distintos.

Lansky dijo...

Mmi opinión Las memorias de ultratumba hay que leerlas como has decidido tú, o mejor aún, fragmentariamente. Entonces sond eliciosas, si no son pesadas, en efecto.

Cuando califico de antimoderna a la exquisita Acantilado me estoy refiriendo a esa "modernidad" que no busca la última ocurrencia del momento, que recupera a gentes como Stephan Zweig para entendernos. Y siendo así, esa editorial es más moderna que las que van de modernas.

Mita dijo...

Voy a ver qué es esto de la editorial Acantilado. Gracias

julian dijo...

¿Pasolini? Si Pasolini era completamente homogéneo con la corriente cultural dominante en la Italia de lso 60's-70's. De ahí precisamente el inmerecido prestigio que se le ha venido otorgando durante épocas desde los foros de intelectuales. Es un pope de lo "modelno", Pasolini. Y un vivo.

Y un cineasta pésimo.