
"Pero este juez también es víctima
y al condenarme, se condena:
no escribe a nadie, a nadie llama,
a sí mismo se escribe, en sí se olvida,
y se rescata, y vuelve a ser yo mismo"(Octavio Paz: Mientras escribo)
Nada como una campaña electoral para ver al lenguaje y el pensamiento elevarse a cotas de tosquedad prearticuladas. “Los de Madrid”, “desde Madrid” y variantes son expresiones tan toscas como detestables y fácilmente impugnables que emplean determinadas personalidades políticas nacionalistas para referirse no a los que vivimos o nacimos aquí, sino al Gobierno de España (Un paréntesis, este: “Estado español”, tan empleado por esos mismos nacionalistas, es un término franquista, aunque ellos parezcan ignorarlo, acuñado para expresar la incertidumbre en la época de la Dictadura de la forma de Estado, ¿una monarquía en suspenso? ¿Una improbable república con un presidente vitalicio, el “Caudillo?, mejor la ambigüedad de “Estado español. Cuando además el término no alude a una forma de gobierno, sino al mero hecho nacional yo, francamente, por su brevedad y mejor entendimiento prefiero emplear la palabra España). Curiosamente, en tiempos en que vascos, catalanes o suizos vendían su trabajo o sus armas al mejor postor de mercenarios los castellanos, esos odiados centralistas, protagonizaron una revuelta contra el más centralista de los poderes, el imperial.
Cuando Carlos V es coronado en 1516 hereda una monarquía sin ninguna unidad política ni apenas territorial de forma que es soberano al tiempo como rey de Castilla, de Aragón, de Valencia, Conde de Barcelona, etc. De hecho, había dos grupos de territorios, los de la corona de Castilla que incluían los reinos castellanos propiamente dichos (Castilla, León, Toledo, Murcia, Córdoba, Sevilla, Granada…) y territorios anejos: reino de Navarra, provincias vascongadas e Indias (México y Perú, que eran virreinatos). Por otra parte, la corona de Aragón que incluía al propio reino de Aragón y al de Valencia y el principado de Cataluña más los territorios anejos de Baleares, reino de Nápoles y Sicilia.
Fueron precisamente los castellanos, según el historiador francés Joseph Pérez al que siguen muchos otros, los que no compartían la idea imperial de Carlos V y ese fue el motivo de la rebelión comunera de 1520. Aragoneses, vascos y catalanes no dijeron ni pío.
Soy consciente que los argumentos históricos, si se sacan de contexto, son casi siempre encubridores y falaces frente a la complejidad real del presente político y de asuntos más relevantes que los ancestros y los paraísos perdidos y las supuestas y siempre añoradas edades de oro sin opresores. Finalmente es más decisivo saber si unos u otros aprueban o rechazan la máxima de que el fin (por ejemplo, la independencia) justifica los medios (matar gente) o no. O llegar incluso más lejos para afirmar, como yo creo, que los medios inmorales, como el asesinato, deslegitiman cualquier fin por previamente legítimo que pudiera haber sido (la independencia). La historia se cuenta conforme al relato de los vencedores, pero también, si no de las victimas, sí del victimismo. Y nacionalistas hispanos, como vascos, catalanistas y españolistas son todos victimistas permanentemente agraviados. Ya hemos oido lo que nos grita a "los de Madrid" ese nacionalismo radical, es decir, conservador, apocalíptico y supuestamente revolucionario.
Cuando Carlos V es coronado en 1516 hereda una monarquía sin ninguna unidad política ni apenas territorial de forma que es soberano al tiempo como rey de Castilla, de Aragón, de Valencia, Conde de Barcelona, etc. De hecho, había dos grupos de territorios, los de la corona de Castilla que incluían los reinos castellanos propiamente dichos (Castilla, León, Toledo, Murcia, Córdoba, Sevilla, Granada…) y territorios anejos: reino de Navarra, provincias vascongadas e Indias (México y Perú, que eran virreinatos). Por otra parte, la corona de Aragón que incluía al propio reino de Aragón y al de Valencia y el principado de Cataluña más los territorios anejos de Baleares, reino de Nápoles y Sicilia.
Fueron precisamente los castellanos, según el historiador francés Joseph Pérez al que siguen muchos otros, los que no compartían la idea imperial de Carlos V y ese fue el motivo de la rebelión comunera de 1520. Aragoneses, vascos y catalanes no dijeron ni pío.
Soy consciente que los argumentos históricos, si se sacan de contexto, son casi siempre encubridores y falaces frente a la complejidad real del presente político y de asuntos más relevantes que los ancestros y los paraísos perdidos y las supuestas y siempre añoradas edades de oro sin opresores. Finalmente es más decisivo saber si unos u otros aprueban o rechazan la máxima de que el fin (por ejemplo, la independencia) justifica los medios (matar gente) o no. O llegar incluso más lejos para afirmar, como yo creo, que los medios inmorales, como el asesinato, deslegitiman cualquier fin por previamente legítimo que pudiera haber sido (la independencia). La historia se cuenta conforme al relato de los vencedores, pero también, si no de las victimas, sí del victimismo. Y nacionalistas hispanos, como vascos, catalanistas y españolistas son todos victimistas permanentemente agraviados. Ya hemos oido lo que nos grita a "los de Madrid" ese nacionalismo radical, es decir, conservador, apocalíptico y supuestamente revolucionario.
Contemos otra historia.En tanto que los vascos y catalanes se alquilaban al emperador como buenos mercenarios, cartógrafos o navegantes, los castellanos no compartieron sus propósitos (designios) imperiales y este fue uno de los motivos de la revolución comunera de 1520: Castilla no se consideraba sometida al Imperio ni tenía por qué sufragar los gastos del Imperio. Vaya sorpresa. Sólo después de la masacre de Villalar, Castilla no tendría otra opción que inclinarse y contribuir con soldados y dinero, aunque lo hizo a regañadientes; tan sólo un grupo de intelectuales, los erasmistas, compartían los ideales de un emperador decidido a mantener la unidad de la cristiandad por medio de la conciliación entre Roma y Lutero. Para el resto de castellanos “rex est imperator in regno suo”: España está exenta del Imperio. “España jamás reconoció Imperio ni el imperio universal se extiende a ella y las necesidades del Imperio y de otras tierras que no son España ni a ellas sujetas no se podrían justamente pagar con lo de España” (Galíndez de Carvajal); términos muy similares a los empleados por los comuneros. De hecho, en 1529, nueve años después de la revuelta de Villalar, se vuelve a insistir en que Castilla no tiene ningún motivo para sufragar al Imperio; “los servicios que el Rey pueda pedir a las Cortes de Castilla deben justificarse exclusivamente por la defensa de los intereses propios de Castilla” Punto en el que insisten otros después, como Francisco de Vitoria: España no está sometida al Imperio.
Carlos V tenía dos empresas internacionales, la aludida reunificación de la Iglesia y la cruzada contra el turco, en ninguna de las dos empresas querían participar los castellanos. Como se dice en la correspondencia de la época, “la tranquilidad de Alemania -los luteranos- o las cosas de la fe” no despiertan ningún entusiasmo. De hecho, España tenía el enemigo en casa y bastante con su propia Reconquista y no había participado nunca ni en las cruzadas ni en la lucha contra los turcos. Finalmente, Carlos V hubo de recurrir a las órdenes militares para sus propósitos, recordándoles a las de Santiago, Calatrava y Alcántara que habían sido instituidas para luchar contra los enemigos de la cristiandad. Finalmente fue por medio de estas que acabamos en Lepanto y en el Norte de África, pero esa es otra historia.
Ahora bien, ¿qué pretendo decir recordando estos hechos tan ciertos? ¿Lanzar otra opinión maniquea pero de signo contrario? ¿Seguir en la línea de que los vizcaínos fueron unos vendidos y que los catalanes sólo piensan en su bolsa? Por favor. Volvamos al principio; las soflamas, como “los de Madrid” y con ellas todas las demás simplezas de los andaluces graciosos o con “duende”, los castellanos graves (clones de Unamuno, que era de Bilbao), los gallegos sibilinos, los vascos noblotes…son simplificaciones tan excesivas que son necesariamente falsas, como los horóscopos. La verdad es otro asunto y, no me cansaré de repetirlo, ni siquiera reside en la historia (La historia no son las matemáticas) que se puede manipular sin necesidad de alterarla, simplemente resaltando ciertos hechos o eligiendo la versión de los vencedores o incluso de los vencidos o aún más fácil, determinando el “corte” histórico que más nos convenga (Las raíces islámicas de Andalucía, pero no las romanas, por ejemplo). La verdad reside en los detalles y en los matices, lo que conduce a retratos no necesariamente favorecedores aunque tampoco ambiguos, sino simplemente llenos de grises, con pocos blancos y negros puros.
Pondré un último ejemplo de lo anterior más de mi gusto. Copérnico no dijo “exactamente” que el Sol, y no la Tierra, ocupaba el centro del Universo conocido (el Sistema de planetas), sino que el centro estaba en un punto vacío –aún más escandaloso que echarnos de allí a los humanos- a cierta distancia (equivalente a tres diámetros solares) de ese Sol. Es decir, el centro, como era lógico, era el centro de la órbita de la Tierra (y de Venus, Júpiter y Saturno, que parecían avanzar y retroceder, de Marte y Mercurio, que oscilaban enloquecidos sobre el horizonte). Más tarde Kepler mostraría algo que ya había intuido el polaco, que esas órbitas no eran circulares, sino elípticas, con el Sol en su foco principal. Detalles, matices. Demasiados remilgos para políticos que vocean sus ignorancias, miedos y rencores como si fueran crecepelos.
“Conocemos el significado de una cosa en particular sólo si nos contentamos con percibirla en medio de otros significados; pues en cuanto intentemos separarla, todo su significado se desvanece” (John Banville) y se convierte en consigna, añado yo.
Carlos V tenía dos empresas internacionales, la aludida reunificación de la Iglesia y la cruzada contra el turco, en ninguna de las dos empresas querían participar los castellanos. Como se dice en la correspondencia de la época, “la tranquilidad de Alemania -los luteranos- o las cosas de la fe” no despiertan ningún entusiasmo. De hecho, España tenía el enemigo en casa y bastante con su propia Reconquista y no había participado nunca ni en las cruzadas ni en la lucha contra los turcos. Finalmente, Carlos V hubo de recurrir a las órdenes militares para sus propósitos, recordándoles a las de Santiago, Calatrava y Alcántara que habían sido instituidas para luchar contra los enemigos de la cristiandad. Finalmente fue por medio de estas que acabamos en Lepanto y en el Norte de África, pero esa es otra historia.
Ahora bien, ¿qué pretendo decir recordando estos hechos tan ciertos? ¿Lanzar otra opinión maniquea pero de signo contrario? ¿Seguir en la línea de que los vizcaínos fueron unos vendidos y que los catalanes sólo piensan en su bolsa? Por favor. Volvamos al principio; las soflamas, como “los de Madrid” y con ellas todas las demás simplezas de los andaluces graciosos o con “duende”, los castellanos graves (clones de Unamuno, que era de Bilbao), los gallegos sibilinos, los vascos noblotes…son simplificaciones tan excesivas que son necesariamente falsas, como los horóscopos. La verdad es otro asunto y, no me cansaré de repetirlo, ni siquiera reside en la historia (La historia no son las matemáticas) que se puede manipular sin necesidad de alterarla, simplemente resaltando ciertos hechos o eligiendo la versión de los vencedores o incluso de los vencidos o aún más fácil, determinando el “corte” histórico que más nos convenga (Las raíces islámicas de Andalucía, pero no las romanas, por ejemplo). La verdad reside en los detalles y en los matices, lo que conduce a retratos no necesariamente favorecedores aunque tampoco ambiguos, sino simplemente llenos de grises, con pocos blancos y negros puros.
Pondré un último ejemplo de lo anterior más de mi gusto. Copérnico no dijo “exactamente” que el Sol, y no la Tierra, ocupaba el centro del Universo conocido (el Sistema de planetas), sino que el centro estaba en un punto vacío –aún más escandaloso que echarnos de allí a los humanos- a cierta distancia (equivalente a tres diámetros solares) de ese Sol. Es decir, el centro, como era lógico, era el centro de la órbita de la Tierra (y de Venus, Júpiter y Saturno, que parecían avanzar y retroceder, de Marte y Mercurio, que oscilaban enloquecidos sobre el horizonte). Más tarde Kepler mostraría algo que ya había intuido el polaco, que esas órbitas no eran circulares, sino elípticas, con el Sol en su foco principal. Detalles, matices. Demasiados remilgos para políticos que vocean sus ignorancias, miedos y rencores como si fueran crecepelos.
“Conocemos el significado de una cosa en particular sólo si nos contentamos con percibirla en medio de otros significados; pues en cuanto intentemos separarla, todo su significado se desvanece” (John Banville) y se convierte en consigna, añado yo.
4 comentarios:
Sí, las consignas necesitan simplificar y, a la inversa, los matices dificultan el posicionamiento maniqueo y la condena violenta. Por eso, me temo, los políticos (y su clientela que somos todos) gustan tan poco de los matices. Así nos va.
Y ya puestos a matices, el comportamiento cicatero de las cortes castellanas y sus pocas ganas a inmiscuirse en temas que no le concerniesen directamente (incluso hasta en aquellos que le concerniesen directamente si es que le suponían pagar perras), provenía de bastante antes de Carlos V (me estoy acordando ahora de las broncas de Juan II y Alvaro de Luna para conseguir financiación para la "cruzada interior"). Pero es verdad que el joven emperador, extranjero desconocedor del castellano al llegar a Castilla, tocó los cojones más de lo habitual a los hidalgo vallisoletanos y del entorno. Pero no creas que lo tuvo mucho más fácil con las cortes aragonesas. En fin, como dices, es difícil deducir verdades monocromas de los hechos históricos; la historia, ciertamente, no son matmáticas.
Me maravilla que divulgues con la misma claridad conceptos científicos e históricos. Me da casi más envidia que esa troje acondicionada como lugar de lectura y exposición de cerámicas. Enhorabuena por ambas cosas, el desván maravilloso y las explicaciones históricas.
Todas las generalizaciones son falsas, menos ésta
Gracias, Cigarra, pero ya sabes que el que mucho abarca poco aprieta (Y ¿para qué voy a querer apretar, mejor acariciar los concetos, ¡qué cursi estoy!)
Al desván...me lo llames troje, porfavó
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