
Uno: un libro abierto
“Árbol, así se llamaba, y también ‘tilo’. Eran palabras bonitas y él las conocía desde mucho antes de saber qué significaban. Por sí mismas no tenían sentido, ellas solas no eran nada, sólo nombraban aquel objeto que volaba y danzaba allí fuera. Con el viento, en el silencio, por la noche, en medio del aire caprichoso, aquel objeto cambiaba; y sin embargo era el árbol inmutable, el árbol del tilo. Era extraño.”
(Doctor Copernicus; John Banville)
Parecía que una mano invisible fuera cerrando el libro caído en el suelo de forma misteriosa, página a página, pero era sólo el viento que, junto al canto de los grillos, entraba suavemente por la ventana abierta. Como abierta estaba la mano que había sostenido el volumen y abiertos estaban los ojos, como pasmados, del hombre tendido en la gruesa alfombra. Lansky miró alrededor en un barrido circular que incluía la lámpara volcada que lanzaba sombras oblicuas, los visillos ondulantes de la ventana por la que había entrado en el cuarto y el cadáver del notario. Sin quitarse los guantes enderezó la lámpara de pie, se dirigió al escritorio y tiró del primer cajón en vano, volvió a mirar a su alrededor con detenimiento a la luz menos escorada y se acercó al cadáver, lo palpó con precisión hasta detectar el bulto que buscaba y extrajo de un bolsillo un pequeño juego de llaves; volvió a la gran mesa y las probó una a una hasta encajar la que abrió el cajón. Lo sacó completo y de él los papeles pulcramente alineados que fue examinando, escogió varios, los dobló y se los metió en el bolsillo interior de la chaqueta. A continuación encajó el cajón, lo cerró de nuevo con la llave, regresó al hombre tendido y devolvió el manojito de llaves. Sólo entonces hizo un gesto gratuito: tomó el libro, lo cerró y miró el título; era el Doctor Copérnico en inglés, de John Banville. Moviendo aprobadoramente la cabeza, lo volvió a dejar en el suelo, esta vez cerrado y se dirigió a la ventana abierta. Salió al jardín pasando primero una y luego otra de sus largas piernas por el alfeizar. Repentinamente los grillos callaron y sólo entonces se oyó el pulso pausado del reloj de pared. El aire fuera olía a jazmín. Al cabo de uno momento se oyó el golpe metálico de la cancela del jardín y, como si fuera una señal acordada, de nuevo los grillos reanudaron su coro. El tilo lo saludó agitando sus ramas bajas: ¡Adios!
(Continuará)
6 comentarios:
Qué bien; vuelven los relatos de tu criminal oficio. Venga, a seguir, que en ascuas me has dejado.
Qué sorpresa más agradable. Desconocía esta faceta tuya.
Besos de buenos días.
Mita, este blog se inició publicando cuentos de este tipo, aunque seriados, completos, no por entregas como este. Luego fui derivando hacia...¿el ensayo breve?
Yo también me alegro mucho de reencontrar a mi asesino favorito. Aunque en este caso aún no está claro si ha asesinado al lector o se limita a recensarle, post mortem, las lecturas.
Se me ocurre, por cierto, que es un móvil más digno que muchos otros: "Lo maté porque leía a Dan Brown..." O: "Lo siento, pero me habló mal de Baroja. No podía consentirlo..."
Te lo tengo dicho, Vanbrugh: tocarme a Baroja es jugar con fuego...Y yo no me ensucio las manos matando a los lectores de Dan Brown, porque ya está muertos
Pues qué faena morirse un viernes! Con lo agradecidos que son los lunes para esas cosas!
Besote!
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