13/04/2009

"Ciencia" de la crisis


En estos tiempos de opresiva y omnipresente Crisis, así con mayestáticas mayúsculas, dos elementos son muy de tener en cuenta, ambos intrincadamente relacionados. Me refiero a los debates y tertulias y a los invitados obligados en las mismas, los economistas.

Los nuevos brujos no son los sacerdotes de las iglesias -esos son los viejos- sino los economistas, que no practican, como dijo alguien, una ‘ciencia lúgubre’ sino una disciplina social profética, esto es, una matematizada pseudociencia. Aunque ambos nos previenen sobre el futuro, la distancia entre un oráculo y un profeta no estriba en la abismal que media entre la luminosa Grecia clásica y el sangriento Israel bíblico, sino entre dar respuesta a una pregunta formulada, aunque sea enrevesadamente, o responder a lo que nadie te pregunta, ¿se acaba el mundo? La economía además –ya te lo advertí- es muy buena en acertar a posteriori, sabe explicar muy bien como afrontar las crisis ya pasadas, pero siempre le pilla desprevenida las del presente. Lúgubres adivinos… del pasado.

A la prodigiosa ‘ciencia’ premonitoria y profética marcha atrás de los economistas se alía la ausencia de debate honesto en la enrarecida esfera de lo político. Cruce de consignas. Ocurrencias en vez de ideas. En cuanto al debate en sí, es como si un bebé lactante discutiera conmigo sobre los méritos de los pechos femeninos. Una postura cerrada por mi parte me haría concluir que esos individuos chiquitines comparten conmigo el gusto por las tetas, pero por los motivos equivocados.

11 comentarios:

Miroslav Panciutti dijo...

Me vienen a la cabeza abundantes chistes sobre economistas y análogos; pero sí, el canónico es el que citas de profetas del pasado. De otra parte, en el caso concreto de esta crisis, al menos en lo que a la inmobiliaria se refiere (no sé si así habrá sido siempre), la verdad es que sí que había abundantísimas voces que advertían que iba a estallar. A veces alucino oyendo a personas concretas que conozco bien quejándose de lo sorpresivo del estallido cuando ellos mismos hace un par de años me advertían de que lo que ha ocurrido era inminente (pero, sin embargo, seguían a lo suyo; en el negocio del ladrillo, vamos). En el fondo, la máxima de "a vivir que son dos días" es bastante más humana que actitudes como las que aconsejaba José al faraón.

Vanbrugh dijo...

Comentario de urgencia, por dejar constancia, más que otra cosa, que estoy liado: la Grecia clásica es tan luminosa, más o menos, como nos la hemos querido contar, y el Israel bíblico tan sangriento, hectolitro de más o de menos, como nos ha apetecido pintarnoslo. Como la belleza, como casi todo, la luminosidad y la sangrientez están, fundamentalmente, en los ojos del espectador. Pero en la práctica propiamente hablando de los griegos y los judíos de todos los días, por ahí se andaban, cambiando el color de las túnicas y poca cosa más.

Por otra parte, contra lo que suele entenderse, un profeta, tampoco en Israel, NO es alguien que hace predicciones sobre el futuro, solicitadas o no; es alguien que hace diagnósticos lúcidos sobre el presente, estos sí que de ordinario muy mal acogidos, por elementales motivos de orden público.

Y a los eneanos, efectivamente, les gustan las tetas por los motivos equivocados, no hay cerrazón alguna en verlo así, solo la sabiduría que dan los años.

Hoy estoy peleón.

Lansky dijo...

Y yo celebro tu acometividad, Vanbrugh: nunca rehuyo una buena pelea, me lo prohibe mi metabolismo; lo que pesa es que también ando liado y a partir de mañana, desaparecido.

Grecia luminosa y Israel sangriento son dos topicazos, y como topicos que son encierran esa gran parte de verdad que queda después de quitar los matices. En fin. Pero la Biblia es un libro muy sangriento, más que la Iliada, más que todo Sófocles; lo sé porque he leído los tres.

Los profetas bíblicos eran unos plastas, mientras que a los oráculos tenías que ir a buscarlos, pero no te daban la vara si no. Es una diferencia esencial, chaval.

En cuanto a las tetas, creo que tienes razón, y la tenía yo cuando niño y la tengo ahora de cuasi abuelete; es lo bueno que tiene saber mudar de opinión con la edad.

Vanbrugh dijo...

Dependiendo de a quién se le dé, dar la vara no está tan mal. De hecho, puede llegar a estar muy bien. La humanidad no es más bestia todavía gracias a los que han sabido darle la vara en el momento, tono y lugar oportuno: algunos de ellos, por cierto, profetas israelíes. En cambio los oráculos, metidos es sus cuevas y entretenidos en componer sus acertijos, suelen servir para todo lo contrario: para dar al que manda los argumentos que necesita -o la apariencia de ellos- para hacer lo que de todos modos ha decidido ya hacer. Yo los encuentro prácticamente idénticos a los actuales economistas: herméticos, inútiles, rodeados de un prestigio infundado y siempre a la sombra del poder.

Lansky dijo...

Pues yo no creo que tengamos que agradecerles nada a esos pesados. A Darwin, sí; a Einstein sí, al Señor Declaración ( de los derechos humanos) sí, pero a los profetas, no. Ahora ando por motivos profesionales (bolos veraniegos) releyendo a Darwin, concretamente El Origen, y es de agradecer ese estilo amable, convincente, nada perentorio, mucho menos admonitorio frente a los obispos Wibelforce de turno, verdaderos herederos de los clamadores del sedierto. Mira, Vanbrugh, tengo entendido que alzaban mucho la voz y a mí basta que alguien me grite para que no le escuche, si encima se llama Jeremías...

Vanbrugh dijo...

Yo en cambio, creo que tenemos que agradecerles gran parte de las nociones éticas que aún consideramos como básicas, incluidas las que tú le agradeces al Señor Declaración, que no es más que una reedición tardía, corregida y traducida. Identificar al Obispo Wilbeforce como el "verdadero heredero" de los profetas bíblicos es tan legítimo y tan fundado como darle ese título a Einstein y a Darwin, y decir en cambio que el Obispo es el heredero de los sacerdotes de Baal. A mí esta última identificación me resulta mucho más adecuada. En cualquier caso la Historia, ya se sabe, sirve para justificar cualquier cosa que quiera justificarse con ella, en eso es como los oráculos: en eso y en que tampoco hay quien la entienda. Los profetas, en cambio, son menos manipulables y siempre está clarísimo lo que quieren decir, para quien le guste y para quien no. Entre otras cosas, gracias a que levantan la voz cuando lo que hace falta es un buen grito.

Lansky dijo...

Tienes más razón que un profeta, Vanbrugh, pero qué quieres, a mi los profetas me recuerdan mucho a,los taxistas típicos y a los locutores de la Cope y sus "firmes" oiniones que le cantan al más pintado, ya digo.

Vanbrugh dijo...

Eso es porque los taxistas -algunos- y los locutores de la COPE, como mucha otra gente de ese y de otros pelajes, tratan de contagiarse del prestigio de los profetas y hasta de hacerse pasar por uno de ellos copiando lo más accesible y obvio de su conducta: los gritos. Como los profetas tienen razón y además alzan la voz, creen que basta alzar la voz para tener razón. Pero identificándolos con los verdaderos profetas estás siguiendo su mismo torpe mecanismo mental, haciéndoles el juego y cayendo en su trampa. Que alguien grite no basta para darle la razón, pero tampoco para quitársela. Lo importante es saber qué dicen los gritos y cuento de qué vienen.

Lansky dijo...

Me has convencido. Sólo te queda mencionarme algún profeta que hable en susurros, como la pobre Casandra, y es cosa hecha: me pongo a seguir sus preceptos, de momento, estoy quemando a Baal en la chimenea.

Vanbrugh dijo...

No sé si había algún profeta de nombre Afonías, pero ¿a que tiene toda la pinta? Si existió, seguro que ese hablaba convenientemente bajito, puedes hacerte devoto...

Lansky dijo...

Bueno...si el único profeta discretamente respetuoso es el que está afónico...