
Un catedrático amigo mío, famoso por sus despiadadas ocurrencias, Fernando Roch, me escribía el otro día lamentándose de que estuviésemos pasando en la Universidad, con las famosas reformas, del ‘Trivium’ (la lógica, gramática y retórica de las universidades medievales) al ‘Trivial’ de preparar mano de obra sumisa y cautiva para la nueva fase del capitalismo boloñés. Es un error del mismo calado que exigir a la ciencia que sea ‘práctica’, como señalaba en el post anterior. Incluso en el devenir del progreso tecnológico humano los principales descubrimientos no es que fueran casuales, como se suele escribir apresuradamente, sino que no eran el objetivo principal. Dos ejemplos; uno, el fuego, que permitió a los primeros Homo erectus hacer digeribles muchos alimentos –“Cocinar hizo al hombre’ se titulaba un inolvidable libro gastronómico del biólogo Faustino Cordón- no fue ‘buscado’ para cocinar, ni siquiera para transformar el territorio o alejar a las fieras, simplemente estaba ahí, en los incendios espontáneos, y cómo un animal tan curioso como el humano iba a dejar pasar la oportunidad de ver qué se podía hacer con ese extraño ser humeante, ondulante y quemante que parecía vivo y a la vez no lo estaba. Dos, la rueda no se inventó para montarlas en los coches de fórmula uno, y al menos en un caso, no se utilizó para su uso más obvio, aunque fuera en una carretilla, sino como juguete, en la América de los Incas; claro que en un territorio montañoso y selvático para lo que sirve una rueda es para eso, para jugar.
La Ciencia Ficción, como género literario tan infravalorado como interesante en sus mejores exponentes, precisamente recalca esa impredecibilidad tecnológica de los futuros avances tecnológicos. Al contrario que la Ciencia Fashion, que es como yo llamo al seguimiento de las modas en el campo de la ciencia teórica.
He tenido alumnos de postgrado que no sabían ni leer ni escribir, pero me presentaban sus trabajos finales en ‘power point’; igual podrían haberlo hecho con punzón en tablillas de arcilla. Por eso creo que a los alumnos, de cualquier edad, hay que enseñarles a leer y escribir, esto es, el trivium, gramática, lógica y retórica (saberse expresar, no la acepción peyorativa), además de matemáticas (los fundamentos lógicos, sólo, no los instrumentos), ciencias físico naturales (mirar alrededor), otros idiomas y música. Con eso basta. Sin embargo, me temo que les van a ‘graduar’ con informática, juegos de rol, educación para la empresa y otras memeces. Bolonia.
Vuelvo a la belleza de la ciencia. En el post anterior podía haber multiplicado los ejemplos de la grandeza de la ciencia teórica y la endeblez de las miradas pragmatistas antes de tiempo. Fleming descubrió la penicilina…por casualidad, él se estaba dedicando a las plantas tropicales, Alfred Russell Wallace ideó la teoría de la selección natural, codescubierta con Darwin, cuando andaba detrás de las aves del paraíso, y de paso descubrió o intuyo el papel de la estética en la selección biológica, él se preguntaba como evolucionaron esas exóticas aves, sinónimo de la belleza más despilfarradora en el interior de selvas y lejos de las miradas inteligentes y educadas que podían apreciarlas, “aún sigo asombrado por ese ‘desperdicio’ (sic) de belleza”. La confusión que le hizo llamar desperdicio a algo que evidentemente apreciaba se origina al estimar el auténtico propósito del conocimiento, que no es dominar la naturaleza (a la naturaleza se la domina respetándola, decía Paracelso y repetía Bacon), sino vivir en armonía con ella. La fealdad y el peligro provienen de las aplicaciones tecnológicas de una ciencia ramplona que destruye la biodiversidad y la diversidad cultural, esto es, la belleza. Como en ciencia al igual que en arte es precisa la pura creatividad.
Al revés de lo que pensaban Platón, Descartes y los practicantes más acomplejados de las mal llamadas ‘Ciencias’ Humanas, en la ciencia no se trata de matematizarlo todo -recordemos el comentario de Mita y sus problemas de física en el post anterior- , sino de un esfuerzo generalizado por comprender. Por tanto, ciencia es “una habilidad generalizada para comprender”. Al denunciar las corrientes antiestéticas en la ciencia occidental ese fascinante heterodoxo que se llamaba Gregory Bateson, en ‘Mind and Nature’, denunciaba igualmente que ‘calidad’ y ‘belleza’ no tenían dignidad científica en las concepciones rígidas mecanicistas en las que sólo importaban cantidad, medida y números.
Bateson remonta este divorcio antiestético nada menos que a Bacon, Locke, Cartesio y Newton, que me temo, por mi parte, que no son los responsables de la actual degradación de alguna publicitada ciencia, como la genómica, en tecnociencia. Locke escribió en su siglo que “lo cualitativo no es otra cosa que lo cuantitativo pobre” y los científicos del siglo XX se lo apropiaron encantados, en tanto que los humanistas –siempre acomplejados por sus malas notas en matemáticas desde el colegio- tomaban buena nota, pues Locke era uno de los suyos. Claro que los mecanicistas más furibundos a la vez que sacaban en procesión a “San” Descartes se olvidaban de su cita de que "el hombre “no” es una máquina". Es muy posible que el mecanicismo y el determinismo frente a los enfoques sistémicos y evolutivos estén en la base de las malas relaciones actuales entre tecnología y medio ambiente, aunque no sólo.
La ciencia ha obtenido sus mayores éxitos aislando las partes de los problemas, fenómenos o procesos, esto es 'a-na-lizandolos' (de ‘lisis’ romper), para intentar luego recomponer el mosaico anterior. Por su parte, “complejo” quiere decir “entrelazado”, y el primero de esos entrelazamientos es entre nuestra razón y los sentidos que intentamos dar al mundo observado: sentidos y razón implican que un conocimiento cabal requiere el uso combinado de aquella y de estos: la experiencia estética. ¿Os parece traído por los pelos? A mí, no. No creo en los científicos que no perciben la belleza en los ‘tinglados’ que investigan; podrán ser buenos técnicos de laboratorio, incluso buenos experimentadores, pero dudo mucho que merezcan el título de ‘hombres de ciencia’.
Detesto los esoterismos, la moda de los irracionalismos y las falsas ciencias y las pseudociencias, pero también creo –porque el escepticismo puede ser una forma de estupidez simétrica a la excesiva credulidad- que muchos científicos deberían despojarse de esa sospechosa arrogancia ante las nuevas (o viejas) formas de conocimiento; por un lado, a esos que piensan que el latín y el griego son inútiles, aunque ellos los estén usando continuamente para nombrar a los seres vivos; por otra, a aquellos que no conciben otra aproximación que la cuantitativa: “non numeratur, sed ponderatur”, decía un sabio de la antigüedad. Supongo que habréis oído hablar de los idiotas calculistas; se utilizaban mucho en los circos a comienzos del siglo XX y hay varios casos muy bien documentados. Eran pobres individuos, en los casos más extremos con sus facultades mermadas, pero que eran capaces, sin trucos, de cálculos aritméticos o numéricos increíbles, por ejemplo, dado un elevado número de seis cifras citar el número primo más próximo. Pues bien, yo he conocido otro tipo de idiotas numéricos, manejan la física de partículas pero no entienden por qué hay que perder el tiempo con los osos pandas. O buenas gentes muy leídas y que adoran a Mozart, pero piensan que el Principio de Incertidumbre de Heisenberg es de Heidegger y que además viene a decir…que todo es relativo. Ufanas inculturas, de unos y de otros.
En realidad esa olímpica distancia de algunos (o muchos) científicos puede ser una reacción hastiada a la banalización que muchos profanos hacen de sus áreas (Como el caso Sokal, en el que este físico puso en ridículo a la plana mayor de los intelectuales franceses que usaban superficialmente conceptos de la mecánica cuántica o de otras áreas. Lacan, por ejemplo, salió muy mal parado), pero también puede deberse a un complejo sencillo: negarse a reconocer que la ciencia, como el arte, también usa la metáfora, que las descripciones científicas son en definitiva narraciones, igual que los mitos, que el ser humano es uno solo, con su propensión a la verdad y a la belleza. El tema no puede darse por concluido con estas pinceladas. Volveré a él, no sé aún cuando.
Bateson remonta este divorcio antiestético nada menos que a Bacon, Locke, Cartesio y Newton, que me temo, por mi parte, que no son los responsables de la actual degradación de alguna publicitada ciencia, como la genómica, en tecnociencia. Locke escribió en su siglo que “lo cualitativo no es otra cosa que lo cuantitativo pobre” y los científicos del siglo XX se lo apropiaron encantados, en tanto que los humanistas –siempre acomplejados por sus malas notas en matemáticas desde el colegio- tomaban buena nota, pues Locke era uno de los suyos. Claro que los mecanicistas más furibundos a la vez que sacaban en procesión a “San” Descartes se olvidaban de su cita de que "el hombre “no” es una máquina". Es muy posible que el mecanicismo y el determinismo frente a los enfoques sistémicos y evolutivos estén en la base de las malas relaciones actuales entre tecnología y medio ambiente, aunque no sólo.
La ciencia ha obtenido sus mayores éxitos aislando las partes de los problemas, fenómenos o procesos, esto es 'a-na-lizandolos' (de ‘lisis’ romper), para intentar luego recomponer el mosaico anterior. Por su parte, “complejo” quiere decir “entrelazado”, y el primero de esos entrelazamientos es entre nuestra razón y los sentidos que intentamos dar al mundo observado: sentidos y razón implican que un conocimiento cabal requiere el uso combinado de aquella y de estos: la experiencia estética. ¿Os parece traído por los pelos? A mí, no. No creo en los científicos que no perciben la belleza en los ‘tinglados’ que investigan; podrán ser buenos técnicos de laboratorio, incluso buenos experimentadores, pero dudo mucho que merezcan el título de ‘hombres de ciencia’.
Detesto los esoterismos, la moda de los irracionalismos y las falsas ciencias y las pseudociencias, pero también creo –porque el escepticismo puede ser una forma de estupidez simétrica a la excesiva credulidad- que muchos científicos deberían despojarse de esa sospechosa arrogancia ante las nuevas (o viejas) formas de conocimiento; por un lado, a esos que piensan que el latín y el griego son inútiles, aunque ellos los estén usando continuamente para nombrar a los seres vivos; por otra, a aquellos que no conciben otra aproximación que la cuantitativa: “non numeratur, sed ponderatur”, decía un sabio de la antigüedad. Supongo que habréis oído hablar de los idiotas calculistas; se utilizaban mucho en los circos a comienzos del siglo XX y hay varios casos muy bien documentados. Eran pobres individuos, en los casos más extremos con sus facultades mermadas, pero que eran capaces, sin trucos, de cálculos aritméticos o numéricos increíbles, por ejemplo, dado un elevado número de seis cifras citar el número primo más próximo. Pues bien, yo he conocido otro tipo de idiotas numéricos, manejan la física de partículas pero no entienden por qué hay que perder el tiempo con los osos pandas. O buenas gentes muy leídas y que adoran a Mozart, pero piensan que el Principio de Incertidumbre de Heisenberg es de Heidegger y que además viene a decir…que todo es relativo. Ufanas inculturas, de unos y de otros.
En realidad esa olímpica distancia de algunos (o muchos) científicos puede ser una reacción hastiada a la banalización que muchos profanos hacen de sus áreas (Como el caso Sokal, en el que este físico puso en ridículo a la plana mayor de los intelectuales franceses que usaban superficialmente conceptos de la mecánica cuántica o de otras áreas. Lacan, por ejemplo, salió muy mal parado), pero también puede deberse a un complejo sencillo: negarse a reconocer que la ciencia, como el arte, también usa la metáfora, que las descripciones científicas son en definitiva narraciones, igual que los mitos, que el ser humano es uno solo, con su propensión a la verdad y a la belleza. El tema no puede darse por concluido con estas pinceladas. Volveré a él, no sé aún cuando.
5 comentarios:
Sufro cada vez que leo un correo electrónico de alguno de los becarios de mi trabajo: son alumnos de universidad y acabarán conociendo (no sabiendo) muchísimos trucos técnicos, que quizá les sirvan para no morirse de hambre, pero cada vez que tienen que hacer un cambio de turno con un compañero ¡le pegan unas patadas al diccionario!
Qué bueno eso de la Ciencia Fashion. Te lo voy a copiar.
Vanbrugh me instaló, dada mi impericia, una licencia de Creative Commons, ahí, en el margen derecho, que no sólo autoriza sino que incita al copieteo, así que copia, copia, que para mi será un honor ()Y como decía de las opiniones Groucho, si no te gusta esta, tengo otras; yo y mis ocurrencias lo mismo)
Si te gusta la literatura sobre ciencia ficción no te pierdas la última novela de Juan M. de la Serna titulada LA PIEDRA HABBAASSI que puedes encontrar en Amazon cuyo resumen es “Un descubrimiento casual sobre una cultura ancestral en Perú, los “Paracas”, es el origen de un interesante relato de viajes que conducirá al protagonista por tres continentes, a lugares llenos de encanto donde tendrá que hacer frente a las dificultades que irán surgiendo, a la vez sigue un camino de descubrimiento personal con numerosas experiencias que le conducirán a un crecimiento interior más allá de su imaginación. Una novela que mezcla a partes iguales información sobre los últimos descubrimientos científicos en neuroanatomía y psicología, con la tradición milenaria de pueblos desaparecidos.”
Gracias por la recomendación, Aurtordelapiedrahabbassi.Procuraré verla.
Me gusta la literatura, y sostengo que la Cinecia Ficción buena es buena literatura. Con eso contesto a tu "si te gusta la C.F..."
Sí, casi siempre tengo problemas para comprender :)))
Pareces como un viejo profesor, jamás caeré en la descalificación de mis estudiantes. Más bien tiendo a pensar en nuestra incapacidad para comprenderlos, los sabios no caen del cielo.
Besos
Publicar un comentario en la entrada