20/04/2009

Curiosidad y desinterés en Doñana

Foto Antonio Sabater





He estado toda la semana anterior, como un buen cómico itinerante de los de antes, de “bolos” en Sevilla. El asunto principal era inaugurar la temporada estival de La Universidad Internacional Menéndez Pelayo en Sevilla participando en las tres conferencias de inicio: ‘Tres visiones de la evolución’. Como yo iba emparedado entre el que es prácticamente el padre de la paleontología humana española, por un lado, y el mejor ecólogo terrestre en activo, por el otro, cuando el coordinador Ángel Martín nos presentó como un cóctel delicioso, di por hecho que si mis colegas eran la ginebra bien seca y el vermú yo debía ser la aceituna. Pero aprovechando mi estancia allí, previamente me pasé por la universidad, la otra, la de invierno, digamos, para dar una clase en el curso de Extensión Cultural de la Facultad de Biología, con alumnos variopintos e interesados.

No obstante, lo más apetecible era una excursión a Doñana, con los alumnos de tercero de Biológicas, acompañando a su profesor, mi mentado amigo Ángel. Nos acompañó el tiempo, ni demasiado caluroso ni excesivamente lluvioso, nos acompañaron la floración, ya algo pasada, de los dos montes mediterráneos, el blanco y el negro, allí presentes, las previsibles huellas en las dunas de multitud de animales, la visita a una playa aún intocada y a un bosque de galería o ripario muy bien establecido y aunque la fauna fue más discreta, como era de esperar, vimos a la multitud de bellísimos abejarucos pululando en busca de asentar sus nidos excavados, flamencos, gamos, garzas, incluida la más rara imperial, somormujos, zampullines, diversos patos (cuchara, ánade real), milanos negros (sí, Angelito, ya llegaron), ratoneros, un águila culebrera y halcones abejeros, entre muchas otras especies. Desde mi primera visita, ¡hace ya cuarenta y tres años!, siempre me alegra encontrarme con la esquiva belleza de Doñana, con el privilegio además de patear su corazón, la Reserva Biológica, vedada a la inmensa mayoría de las visitas y en compañía, suponía yo, de jóvenes interesados. Eso sí falló.

Comprendo que haya curas poco caritativos, bomberos tan precavidos que parecen cobardes, albañiles chapuceros, ingenieros toscos y arquitectos horteras, pero no entiendo que nadie que emprenda una carrera científica, independientemente del área de su interés –física, química, biología, lo que sea- no sea curioso y más en un lugar tan irrepetible como Doñana. No hacían preguntas, no prestaban más atención que la mínima exigible para cubrir la expectativa de un futuro aunque inmediato breve examen, se quejaban de las moderadas distancias a cubrir a pie, y evidentemente no eran concientes ni por tanto apreciaban el privilegio del que estaban gozando, acompañados del añadido de dos tipos, su profesor y, modestamente, este que os relata, que conocen como pocos esa zona. Supongo que si por un milagro o máquina del tiempo a unos alumnos de Bellas Artes se les diera la oportunidad de visitar la Capilla Sextina en el momento que Miguel Ángel la estaba pintando, mientras este les comentaba de las dificultades de mezclar colores y la técnica del fresco, estos alumnos saltarían de emoción, literalmente levitarían hasta la sagrada cúpula. Estos alumnos de biología parecía que visitaban Doñana todos los días alternos de todas las semanas, aunque era la primera visita para casi todos y la primera en la Reserva para todos. No lo entiendo. Quizás Bolonia. Clavándoles un master en Doñana a millón, y no asegurando la misma pertinencia de sus tutores, es lo que se merezcan después de todo.

El verdadero motor evolutivo de nuestra especie no es el bipedismo ni la capacidad manipuladora relacionada con la anterior, sino algo previo: la curiosidad. La mayoría de las crías de mamíferos la manifiestan el tiempo suficiente para aprender e investigar el entorno bajo la tutela de sus padres, pero ese periodo es temporalmente muy corto y el adulto acaba con tanta indagación actuando sobre seguro con lo aprendido en los juegos infantiles. Este grupo de viejos prematuros encerrados en jóvenes y hermosos (sobre todo ellas) cuerpos desperdició una oportunidad única. Con el tiempo y las previsibles decepciones quizá aprendan, pese a su falta de curiosidad que es el motor de todo aprendizaje verdadero, que la vida no da segundas oportunidades casi nunca, como bien señalan los boleros. Hace bastantes años acompañé a un grupo de maduros arquitectos por esta misma zona. Les faltó poco para llorar de emoción. El escaparate ecológico de la nación, el enclave donde se juntan el mundo europeo, a través de los peculiares sistemas ecológicos mediterráneos, y el africano; el cruce migratorio más importante de Eurasia, una zona milagrosa donde la historia agrícola, ganadera, forestal y venatoria se revela, esta vez sufrió la presencia inútil y vegetativa de un grupo del que poco podrá esperarse en el futuro.

4 comentarios:

Miroslav Panciutti dijo...

Hace tiempo ya que constato, en diversas experiencias, que los chavales contemporáneos parecen haber perdido la curiosidad que, para mí, no sólo es necesaria para una carrera científica sino para vivir con un mínimo aprovechamiento. Comprobar esta carencia en universitarios de biología resulta, en efecto, sorprendente, pero no viene sino a confirmar que el mal es generacional.

Como yo no soy "tan" joven y además la curiosidad nunca me ha escaseado (antes bien, al contrario), te hago saber que envidio esa visita tuya a Doñana, a la que me habría gustado acompañarte. Sólo he estado allí una vez (hace 28 años) y nunca en la Reserva.

ALAS DE ALGODÓN dijo...

En los últimos años he participado, como tutora, en pràcticas de estudiantes de Derecho que han venido al Juzgado a concoer la justicia por dentro. Los días que tenemos juicios los alumnos vienen como público. De cada cinco, tres desconectan y de los otros dos sólo uno se entera de lo que se trata. Al final de la mañana les digo si tienen alguna pregunta. Casi nunca la hay y, en su mayoría, suelen ser tales como ¿el pròximo martes hay que venir? ¿tenemos que hacer el comentario por escrito?. De vez en cuando hay alguno que se interesa, pregunta y discute. Me quedo con su nombre, pienso que es el que llegará. Sin embargo, puede que me equivoque, los otros le comerán la tostada a base de tretas y peloteos y el de la curiosidad se pasará el día intentando llegar a fin de mes para comprarse un buen libro con el que pasar las vacaciones mientras los otros están en disneylandia.
Lástima no tener tiempo, ahora que mi curiosidad no tiene límites.

P.D. Como ves he cambiado mi nombre. No es el definitivo. Seguiré buscando mi identidad.

Vanbrugh dijo...

Me resisto a pensar eso de "los jóvenes de ahora son peores que éramos nosotros a su edad", porque el solo enunciado parece una caricatura del principal síntoma de vejez. Pero solo por eso, por la grima que me da verme pensándolo. Por lo demás -imagino que porque me hago viejo- pensar eso, en cualquiera de sus infinitas formulaciones correspondientes a las infinitas posibilidades de ser "peor" -menos curioso, menos generoso, menos entusiasta, menos idealista, menos culto, menos trabajador...- es exactamente lo que me sale de dentro cada vez que tengo contacto con o noticias de "los jóvenes de ahora".
Pero debe de ser un efecto de la perspectiva. No porque nos volvamos pesimistas respecto al presente, sino porque somos excesivamente optimistas respecto al pasado, lo idealizamos y lo decantamos con el filtro de nuestra propia experiencia y de nuestros propios deseos. Inmodestamente, estoy seguro de haber sido curioso a los veinte años: sigo siéndolo todavía, sigue habiendo muchas cosas que me sorprenden, me admiran y me entusiasman, sigo queriendo aprender y, de hecho, sigo aprendiendo. Pero también estoy seguro de que esta actitud ha sido siempre minoritaria, y creo que hace veinte, y treinta, y cincuenta años, la actitud de un grupo de estudiantes de biología en la situación que cuentas, o en la que cuenta Alas de Algodón, habría sido la misma que ahora: desinterés y abulia mayoritarios. En todo caso, y si entonces el porcentaje de alumnos interesados y curiosos era más alto, quizás se debiera a que eran menos los que estudiaban, y los abúlicos que ahora van a la Universidad casi como paso obligado entonces se dedicaban directamente a otras cosas. Y a que la Universidad, no sé si como causa, como efecto o como ambas cosas a la vez de eso mismo, se ha vuelto mucho menos exigente y se ha convertido, para la mayoría, en un simple trámite sin apenas contenido. No me consta directamente, pero sí por referencias bastante dignas de crédito. Y sí me consta que mi hijo está estudiando trabajosamente a los diez años cosas que yo y mis coetáneos dominábamos a los ocho sin problemas. No sé si son "peores" que nosotros a su edad, creo que no. Pero sí que están notoriamente peor enseñados, y eso no es culpa suya.

Lansky dijo...

Creo, Vanbrugh, que algo que apuntas de pasada, la facilidad hoy en día de ir a la Universidad, explicaría ese desinterés diferencialmente mayor que en el inmediato pasado, pero ten en cuenta que no hablo de una "práctica" más, sino de una experiencia irrepetible para cualquier españolito y hasta europeo.

Creo también que están inmersos en una subcultura de la facilidad y de la negación del esfuerzo, de exigir derechos sin contemplar la evidente contrapartida de deberes.

Magistrada, con este u otro nick hace mucho que no te pasabas por esta tu casa, me alegra encontrarte.