24/04/2009

¿Economía política? No: poética



“¿Qué tienen en común Elvis Presley y los gobernadores de bancos nacionales?
Que mucha gente cree que están vivos”

Lansky


Si la poesía hace habitable al mundo, la economía (al uso) la vuelve insoportable. Sin embargo, parecería que la economía es inapelable, aunque los economistas sólo son fiables 'post mortem'. Una playa urbanizada genera menos servicios ambientales, sociales y hasta económicos (turismo rural, empleo) que una playa natural; sin embargo, la economía (al uso) dicta y alienta la destrucción de esta última por dos razones; primero, porque los beneficios (recalificar el suelo a urbanizable con el señuelo de las vistas al mar que el propio proceso de urbanización destruye) suelen ser privados y los inconvenientes (la playa desapareció como tal) comunes; segundo y en relación con lo anterior, porque, como en toda contabilidad trucada, se suma lo que se desea resaltar, pero no se resta lo que mengua, simplemente se les llama “externalidades”. Hay que tener en cuenta que, como toda pseudociencia, la finalidad del ‘argot’ economicista es que los profanos no entendamos nada.[1]

La economía mantiene una doble contabilidad frente a la realidad, su agenda oculta es revender con beneficio (siempre para unos pocos) lo que siempre fue gratuito. En boca de un economista (al uso) el mundo siempre se corrompe y la única transacción posible es la prostitución, del paisaje, del tiempo de vida y hasta de ocio de hombre y mujeres. Por eso y no sólo por su supuesta función educativa es tan transgresora la acción de leer: porque ahí no está actuando el mercado, ni en el perro que se rasca, ni en el juego absorto del niño, ni en la pareja follando. Pero cuidado; se ha hecho negocio del libro, de las mascotas, de los juegos infantiles y del coito, y por eso existen los best sellers y los suplementos culturales, las tiendas de animales y sus ropitas para ellos, los parques de atracciones y los juguetes absurdos, y los burdeles. Los sueños que los demás sueñan los corrompe la economía, como los sueños juveniles (Martín Garzo dixit) se corrompen en boca de los adultos.

Ambrose Bierce, el Gringo Viejo, decía en su Diccionario del Diablo que economía era vender la vaca que no se tiene para comprar el barril de whisky que no se necesita. Es una definición demasiado compasiva, porque la vaca antes era de todos y el whisky, antes de la publicidad, no lo necesitaba nadie o se lo destilaba cada cual.

Desde luego es más poética (y consoladora: venganza poética) la imagen de 1929 de financieros especuladores saltando por las ventanas de los rascacielos de Wall Street que la de hoy, recomendando rebajar las pensiones y despedir fácilmente a los trabajadores para salir de la crisis que no crearon estos sino ellos. Ni siquiera nos tratan como putas, porque nos hacen pagar la cama. Otra imagen, esta vez del cine. Joe Gillis (William Holden), ambicioso joven que llegó a Hollywood para merendárselo, yace boca abajo en una de esas piscinas que ambicionó poseer. Bendito Billy Wilder. La realidad es otra; los ambiciosos flotan en las piscinas que sí poseen, pero boca arriba y con un cóctel en la mano, como caimanes satisfechos, y somos el resto de todos nosotros los que tragamos agua y nos ahogamos.

En otra película, el western que aquí se llamó “Coraje, sudor y pólvora”, el joven aspirante a cowboy le alaba la montura a un duro veterano:

-¿Cómo se llama tu caballo?- Un largo silencio antes de que este le replique:

-“Nunca le pongas nombre a nada que puedas tener que comerte”

Hacedme caso y ponedle nombre a todas las cosas del mundo, aunque tengamos que comérnoslas. Es lo único que nos queda. Y es mucho.

Lo mejor de este post es que es gratis, aunque no gratuito. Ha costado ponerle nombre a muchas cosas.

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[1] Los economistas más avispados probablemente habrán descubierto hace tiempo que la gente no los necesita para saber lo esencial (de ahí que se recalque continuamente la necesidad de entender y explicar, siempre a cargo de “expertos”) ; de hecho, la gente sabe perfectamente lo que ha pasado en la crisis, pero el sistema, o el poder si se prefiere, intercepta y hasta prohibe ese discurso: los banqueros son usureros protegidos por los gobiernos, los expertos financieros son locos e ignorantes niñatos codiciosos, la mayoría de los economistas, los nuevos brujos de esta sociedad, son unos farsantes que fingen saber, y, finalmente, los costes de los errores de esas cúpulas político financieras las pagaremos las bases sociales que no nos beneficiamos de esa enloquecida situación; por el contrario: la financiamos antes y lo haremos ahora

Los consejos de Lansky

El saber sí ocupa lugar, por eso te deja tan satisfecho. Wyatt Earp, que interpreta Henry Fonda en My Darling Clementine (La pasión de los fuertes) de John Ford (1948) aupado a su caballo en el Monument Valley no está, repito, no está evaluando las posibilidades urbanísticas de la zona. De hecho, el paraje sigue indemne, salvo una escueta carretera de un carril por sentido; la misma de la famosa escena de Thelma y Louise del policia encerrado en el maletero y el ciclista porrero y rastafari.

Ver las dos películas, están en los video clubs.

8 comentarios:

Mita dijo...

Ya las he visto, por supuesto! Qué risa el comentario de pie de foto.
Eso, más poética medioambiental y menos economía, dinero y bienestar para todos!
:))
Besos

Miroslav Panciutti dijo...

Justamente en estos días, y aun siendo consciente de que no contabilizo todas las "externalidades", ando calculando unas nuevas reglas para repartir los beneficios (y los costes) de esas tan ansiadas operaciones urbanísticas (las mal llamadas recalificaciones). La crisis, en este caso, me viene bien para trasvasar a lo público más beneficios; pero, ya veremos ...

Lansky dijo...

Vale, Miroslav, habrá quien piense que los urbanistas honestos son ingenuos, yo pienso que sois poéticos, en el mejor de los sentidos.

Mita, ¿y has estado en esa carrtera? Es la ruta 163 a Utah desde Arizona.

Vanbrugh dijo...

Casi seguro se debe a mi indolencia congénita y no es una virtud, sino todo lo contrario, pero siempre he apreciado más, paradójicamente, las cosas que no tienen precio que las que sí. Cuanto más me cuesta conseguir una cosa, en esfuerzo o en dinero- que en mi triste caso de esclavo asalariado vienen a ser lo mismo- menos valor les doy. Las que más disfruto son las que se me dan gratis, deslumbrante y maravillosamente porque sí. Por las que tengo que pagar, acabo invariablemente descubriendo que valen menos que lo que pagué por ellas.

Resumiendo, la economía es para mí la ciencia d reducir las maravillosas cosas reales a su anodino e invariablemente mal calculado precio. Este deterioro me parece tan lamentable que casi casi que lo que menos me importa es quién acabe quedándose con él.

Lansky dijo...

Por eso:

"Sólo el necio confunde valor y precio"

emma dijo...

Quiero mas consejos Lansky.
Hoy tuve un acalorado debate con uno de los artifices de esa directiva que introduce un canon que bibliotecas han de pagar por adquirir libros para el prestamo. El no entendia que no era oposicion a la remuneracion del autor lo que me enfurecia, sino el hecho de que esa transaccion comercial "ensuciara" la labor publica de una biblioteca municipal. No habia manera de hacerle entender que el dinero que la SGAE recogeria no serviria para hacer que la cultura o los escritores, si me apuras, fueran mas felices y por lo tanto mas prolificos.
Pero, y tal como tu dices, quizas si que me entendia.
Como la gente entiende el por que de la crisis.
Como todos sabemos por que ha venido esto y sentimos que nos lo mereciamos. Un poco.

Cigarra dijo...

¡qué hallazgo esta frase: "ni siquiera nos tratan como putas, porque nos hacen pagar la cama"!

Cigarra dijo...

Seguro que te entendía, Emma, perfectamente. Y le importa un bledo la cultura, los escritores, el público y las bibliotecas. Han visto que hay pasta y van a sacarla. Y punto. Pero los bibliotecarios hemos reaccionado
http://bibliotecalternativa.blogia.com/2009/042301-dia-del-libro.php
si quieren cobrar por préstamos que los contabilicen ellos. No vamos a ser nosotros los que les hagamos el trabajo para que se lleven ellos la pasta. Por usar la feliz expresión de Lansky, por lo menos que paguen ellos la cama.