
Madame Bovary, c’est moi
Gustave Flaubert
Un buen personaje es alguien que tu supones que has creado, pero que tiene una idea de quién es y de qué le va a pasar mucho más clara que tú. Es tan déspota que si le contradices, le pierdes y tendrás que tirar “tu” relato a la papelera a la vez que te despides de él. Algunos a esa exigencia le llaman verosimilitud, pero es bastante más que eso.
Así el buen narrador se deja habitar por sus personajes, mientras que el malo los intenta utilizar como poco convincentes y en la mayoría de los casos apáticas marionetas. Tengo entendido que hay actores que necesitan, por ejemplo, sentirse psicópatas para interpretar a un psicópata –“el método” lo llaman- y otros que no. En ambos casos encontraremos actores buenos y malos, convincentes o increíbles, pero sólo los escritores que respetan y hasta obedecen a sus personajes son buenos narradores. Si en el principio fue el relato oral, hasta para contar bien Caperucita Roja hay que estar dispuesto a ser alternativamente el lobo y la abuelita. El buen narrador, como el buen relato oral, compendia ambos talentos, el del que relata y el del que actúa.
Tengo un viejo amigo reciente que escribe muy bien; es decir, que no tiene el mínimo problema para expresar por escrito exactamente lo que quiere decir, con gracia y precisión, pero él dice que no escribe bien, sino que tan sólo redacta aseadamente. Probablemente se refiere a que carece de ese inasible talento fabulador que hace vivir a los personajes, y además es tan buen lector que no puede por menos que reconocerlo. A mí me pasa algo parecido, supongo, aunque no sé muy bien si es que soy tan torpe que no le presto atención a mis personajes o si bien es que esos personajes se complacen en tomarme a broma. En mis momentos más lúcidos y a la par egocéntricos pienso más simplemente que no me tomo el trabajo necesario, que soy demasiado vago para merecérmelos y por eso las musas nunca me encuentran trabajando, que es cuando ayudan. Lo que está claro es que diga lo que diga Pirandello, los personajes no salen a buscarte. La verdad de las mentiras (Vargas Llosa) no está al alcance de cualquiera.
No sé bien por qué me viene a la cabeza las últimas palabras de aquel gramático moribundo: “me apresto a, o estoy a punto de, morir. Ambas formas son correctas”. Como Borges me precio más de mis lecturas que de mis pobres escritos. Nos ha jodido. Pero soy un buen camarero. Un buen barman es como un buen púgil: una vez que te ha servido vuelve a su rincón. Tomaros este aperitivo que yo regreso a mi rincón.
9 comentarios:
Tengo la impresión de que tu amigo se refiere, efectivamente, a eso que dices, a que los personajes no le despegan entre las manos y no le cogen las riendas del relato. Pero también, posiblemente, a más cosas: a que las emociones se le esconden pudorosamente detrás de pulcros eufemismos por falta de costumbre de manejarlas y de dejarlas ver, a que el hábito del "aseo" en la redacción -la sintaxis, las comas...- le corta la capacidad expresiva, a que un excesivo y quizás mal entendido sentido del humor le lleva a relativizarlo todo y a no tomarse nada tan en serio como es necesario para que el relato viva de veras... Creo -no sé por qué, tu amigo sabrá- que hay temperamentos activos, no muy preocupados por entender el mundo y sí en cambio muy capaces de actuar en él. Y otros, en cambio, que prefieren la contemplación, analizan y hasta entienden, o creen entender, cómo funciona el mundo, pero tienden a examinarlo desde fuera y a interactuar con él lo menos posible. Probablemente un buen narrador necesite ser una mezcla a fondo de ambas cosas, y cualquiera de los dos tipos que he descrito forzosamente dé, en cambio, un mal narrador.
En cualquier caso, recuerdos a tu amigo. Me siento muy identificado con él...
Creo que llevas razón, al menos en parte, la parte en la que hablas de temperamentos más activos o menos. No creo en cambio, que el 'bagage' de la gramática sea un lastre; eso hay escritores que lo resuelven corrigiendo y reescribiendo mucho (no es mi caso). En cuanto a las emociones y las peripecias, insisto: los personajes te las dictan, vienen con todo el equipaje a cuestas.
Le daré recuerdos de tu parte.
Ese amigo que escribe tan bien se llama: Vanbrugh. Yo también doy fe de ello pues leo lo que escribe aquí o en su blog. Por favor señor Vanbrugh escriba una novela de best-seller para saborearla (y que la saboreen también los demás)
Muchas gracias, Anónimo, por identificarme tan aventurada como elogiosamente con el amigo de Lansky y por su fe en mis capacidades de best seller. Lo cierto es que si hay algo que hago peor que inventarme y contar historias es vender. Ni agua mineral en el Sáhara. Mis capacidades en este terreno dan estrictamente para lo que hago: un post al mes en mi blog y unos cuantos comentarios a la semana en algunos ajenos bien elegidos. Gratis, por supuesto. Si alguien me pagara por hacerlo, probablemente descubriría que me empezaban a faltar el tiempo o las ganas. Pero no sabe cómo celebro que le gusten, no se me ocurre pago mejor.
Imposible no pensar en el pobre Augusto Pérez ante tu post, Lansky.
Personalmente, como lectora, exijo personajes sólidos y creíbles. Honestos. Pero, sobre todo, que no hagan trampa por el bien de la historia. Y eso es algo que, desgraciadamente, ocurre demasiado a menudo.
A mí, como a tu amigo, me parece tremendamente difícil ser capaz de mantener con vida un ente. Y eso que sólo me veo obligada a idearlos en las historietas que invento para mis hijos. Por eso, para que todo tenga más sentido, suelo elegir como protagonistas a personajes reales: el entramado me viene impuesto, pero mantengo cierta coherencia. En cualquier caso no puedo opinar demasiado, dada mi condición única de lectora y jamás de creadora.
Vanbrugh: yo te admiro, también. Y lo bueno se vende sólo.
"Y tú eres bueno. Eres muy bueno." (Parafraseando a De Niro en la Terapia Peligrosa).
Saludos
Abril es el mes que resume el año en estas latitudes; y las vidas. Érase una vez una joven madre de bastante buen ver que bebía ginebra Citadelle helada y leía avidamente, cuidaba de sus hijos y amaba y hasta soportaba a su marido. Pero un buen día se enamoró de un atractivo pequeñajo asombrosamente parecido a Al Pacino y con más labia que un vendedor de crecepelos que la volvió del revés. Ahora anda lamiéndose las heridas. Y también saboreando los recuerdos. La mayoría de mosotros sólo vivimos una vez y algunos ni eso.
Gracias, Oclock. Como suele decir nuestro anfitrión, halaga quien puede, y ciertamente que tú puedes. Me siento muy halagado. La admiración, por otra parte, es mutua.
(Diré una herejía: siempre he pensado que al pobre Augusto Pérez, quiero decir a su autor, le pasaba algo bastante parecido a lo que nos pasa al amigo de Lansky, a ti y a mí. Lo malo es que él, por lo visto, no lo sabía.)
Es lo que tiene la "niebla", que no te deja ver la realidad (ni la tuya). De todas formas, charlar con Unamuno, no digamos tener que ser un personaje de sus sueños es terrble, no me extraña que el pobre Aurelio piense en suicidarse (aunque lo detiene el amor a su perro Orfeo, y eso es tan cierto -verosimil- como entrañable)
Es una denominación preciosa la de "viejo amigo reciente". Enhorabuena al que la merece, y al que sabe acuñar una expresión tan bonita. Eso también es escribir bien.
Anónimo, es inútil que animes a Vanbrugh a escribir un Best Seller. Si lo escribe él será demasiado bueno para ser englobado en esa categoría, y seguro que no dará dinero. Es una maldición de familia. Si le gusta y lo hace bien, no es rentable; sea lo que sea.
Yo nunca he tenido imaginación sufciente ni para contarles cuentos a mis hijas. Una vez inventé un pez que se llamaba Pascualín, del que todavía se acuerdan, pero no fui capaz de meterle en aventuras suficientemente entretenidas. Acababa contándoles la historia de España, que es mucho mas divertida.
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