22/04/2009

Marsé Cervantes, de nombre Juan



“El esmero en el trabajo es la única condición moral del escritor”
Ezra Pound



Tiene cara de empresario golfo y bondadoso de teatro de variedades, de boxeador borrachuzo y con pelambrera, de obrero listo con arrugas de cabreo sindical, aunque de joven, véase foto, la tenía de novio chuleta, guapo y tornero al que le jode esperar en la acera y, para mí tengo, que es el mejor novelista de su generación, con o sin permiso de Marías, Vázquez Montalbán (que se refugio en la horma de la narrativa de género) de Lope, Mendoza (muy irregular) y el excesivamente aplaudido y más joven Muñoz Molina o Almudena Grandes. La izquierda guapa (‘gauche divine’) barcelonesa, con su editor Carlos Barral a la cabeza, quisieron convertirle en su mascota, una suerte de escritor proletario, pero Marsé estuvo siempre demasiado asilvestrado para ser un buen animal de compañía. Él dice que su Barcelona, la de sus intrincadas novelas callejeras ha desaparecido, pero precisamente eso ya no es posible y, como La Mancha del Cervantes de su postergado premio, vivirá para siempre, mucho más que el escaparate de parque temático de esa Barcelona disecada y exangüe de las molonas autoridades municipales. Además es un chungón, así cuando dice que le hubiera gustado más ser poeta que novelista porque…se trabaja menos.

Esa es su primera virtud, la de creador de un mundo, su Barcelona, al nivel del condado de Yoknapatawpha de Faulkner, el Londres de Dickens, la Gran Rusia de Tolstói, la Crimea de Chéjov o los mares de Conrad, Stevenson o Melville. Las calles en torno a la Ronda de Guinardó, más vivas y reales que los pastiches de Gaudí, y más universales.

En segundo lugar, el talento del narrador como creador de personajes inolvidables, comenzando por ‘Pijoaparte’, trasunto analfabeto del propio autor, o sus complejos, astrosos y culposos policías, prostitutas de corazón tierno o anarquistas irreductibles. Pero no se confundan, él mismo lo advierte: no hace sociología sino literatura de ficción basada en lo que sus agudas antenas captan alrededor. Su propia vida es una auténtica novela, quizá excesiva –y en parte, sólo en parte, pareja a la mía-: huérfano de madre al nacer, su padre biológico que ejercía de taxista les comenta a un matrimonio al que transporta en su coche sus dificultades para sacar adelante al bebé. Inmediatamente el matrimonio Marsé, que no puede tener hijos, le propone adoptarlo. Empleado de una joyería, lee voraz y anárquicamente, que es como hay que leer, con libertad absoluta y haciendo tu propio camino de lector, le compra a plazos un Quijote a un vendedor gallego de libros a domicilio y comienza a escribir. Siendo un crío queda finalista en el premio Biblioteca Breve que promovía su futuro protector Barral por ‘Encerrados con un solo juguete’ (1960), qué título más bonito, y lo consigue aún muy joven seis años después por la justamente alabada ‘La oscura historia de la prima Montse’.

Él se define como un escritor anómalo, porque escribe en castellano en tierra cataloparlante, porque es un charnego que adora Cataluña, la ama y la crítica, y porque no practica ninguna suerte de victimismo lingüístico ni los admite, por autodidacta, por marginal en el sentido de hombre que presta atención a los márgenes de la sociedad, donde se refugian los vestigios del pasado y donde se anticipa sin embargo las tendencias del futuro, porque huye de las alharacas de la vida literaria, para refugiarse en su trabajo exigente de escritor (revisa y pule sus textos obsesivamente, no hay nueva edición de sus novelas que no lleve nuevas correcciones suyas), porque no da, por tanto, por terminada satisfactoriamente ninguna de sus novelas, porque sus ‘aventis’ se nutren de lo que otros supuestamente mejores que él (¿Borges?) carecen, de sangre, sudor y semen, porque es crudo, sin ser tremendista (aprende Cela), porque es tierno sin ser sensiblero, porque nunca jugo al ‘padle’, pero boxeó.

Por una vez los señores académicos o lo que sean y yo estamos de acuerdo, aunque deberían habérselo concedido mucho antes. Lo que sucede es que Marsé es incómodo para los poderes, es peligroso dejarle un micro abierto y al igual que su talante cimarrón le impedía la cómoda domesticidad de sus protectores burguesitos, el mundo literario teme sus ‘salidas de tono’ (la última en el premio planeta, cuando puso en su sitio a la frívola y olvidable señorita que obtuvo el puesto de inmerecida finalista), o cuando calificó de prosa sonajero al más insigne columnista de este país, Francisco Umbral.

Me gusta mucho su definición de escritor: “un escritor es una persona que está en desacuerdo con la realidad y busca alternativas gracias a la imaginación.” Para mí esa formulación resuelve la tonta polémica sobre el compromiso social o artístico de la literatura. Estoy de acuerdo con no estar de acuerdo. Al fin y al cabo don Quijote, en neto desacuerdo, se inventa otro mundo y actúa en consecuencia. Estas son las confidencias de un chorizo: si te dicen que caí encerrado con un solo juguete las últimas tardes con Teresa , la muchacha de las bragas de oro, en La Ronda de Guinardó piensa en la oscura historia de la prima Montse porque, como un rabo de lagartija, un día volveré.

La cita del facha Pound que he colocado de frontispicio, es la que Marsé asume con estas sus propias palabras: “No dar gato por liebre, ser riguroso y consecuente con tu trabajo”. Y tener un talento inmenso. Directo y combativo como eres, Marsé, como buen púgil acometedor, jódete, cabrón; ahora tendrás que vestirte de pingüino, pedirle a algún chorbo que te haga el nudo de la corbata, que tú no sabes, y aguantar cócteles como el que pasa revista en la puta mili. En este mundillo en un extremo del eje están las Ana Rosas y los Pios Moas de este mundo y en el opuesto tú, Marsé. Enhorabuena y gracias por lo que me has hecho disfrutar honestamente. Eres un tío.

12 comentarios:

Mita dijo...

Nunca le he oído hablar.
Me interesaré un poco más por su obra, has despertado una curiosidad que nunca sentí.
Besos

Lansky dijo...

Mita: comienza por 'Si te dicen que caí" o "El embrujo de Shangay", para mí, sus mejores novelas, aunque todas lo son.

Miroslav Panciutti dijo...

Premio merecido, seguro. A Marsé lo tengo algo idealizado, como las cosas prohibidas o sagradas (que viene a ser lo mismo) a las que hay que acercarse en silencio y con respeto. Aunque de mayor he ido leyendo varias de sus novelas, esa sensación proviene de mi primera lectura de Ultimas tardes con Teresa, hacia mis doce o trece años, cogiéndola sin permiso de mis padres de la librería a hurtadillas, cuando ellos se habían ido a dormir y devolviéndola antes de que se levantaran. Era un niño fisgando universos adultos de los que no debía comprender más que una pequeña parte (años más tarde volví a leerla). En fin, que felicitaciones al señor Marsé.

V. Stlánik dijo...

Quizá lo que menos se le perdona a Marsé es su falta de compromiso con "la inteligencia" como institución, sus modos de artesano y no de oficiante de la religión del arte.
Yo también guardo un recuerdo juvenil de Últimas tardes con Teresa. Para mí, la frase del comienzo (que luego se repite hacia el final), esa que dice "caminan lentamente por un lecho de confeti y serpentinas" tiene ese poder hipnótico de los grandes inicios de novelas. En ellos se concentran ya los temas que luego se desarrollan, las alegrías que nos aguardan y los recuerdos de nuestro tiempo personal que coincide con el de la lectura (en mi caso un verano de la juventud, en mi pueblo).

Lansky dijo...

Absolutamente de acuerdo con los dos, miroslav y Stlánik; hay que ponerse en posición de firmes cone ste tío, me encanta su desdén tanto de la "Inteligenzia" como de la "vida literaria" y sí, los inicios y los títulos de sus novelas anticipan genialmente lo que viene después. Miros: leer ültimas tardes...de chaval es muy buena cosa, creo.

Vanbrugh dijo...

Iba leyendo los títulos que citas: La muchacha de las bragas de oro, Últimas tardes con Teresa, Si te dicen que caí, La oscura historia de la prima Montse... e iba recordando haberlas leído todas, hace un porrón de años, con enorme placer. (Las leí en un tiempo en el que no juzgaba, no me planteaba siquiera si lo que leía era bueno o malo, solo disfrutaba o no, que es el criterio más seguro). Y, por vete a saber qué extraño motivo -probablemente porque no las tengo, y puesto a comprar o a sacar de la Biblioteca, siempre me decido por cosas nuevas- nunca las he releído, con lo aficionado que soy yo a la relectura. Este puede ser un buen momento. Me pondré a ello.

Lansky dijo...

Y además ten en cuenta, Vanbrugh, lo que he comentado antes de que retoca todas las reediciones. La que está editando ahora Lumen parece la definitiva, pero vaya usted a saber...

P. Keternen dijo...

Me gustaría hacerle el nudo de la corbata, ponerle la chaqueta del pingüino, apretarle los machos, recordarle que recoge el premio que nunca le dieron a Zúñiga (ya es tarde) y que probablemente nunca le darán a Chirbes, y decirle: -Y ahora, Juan, vas a entrar en ellos como quien entra en sociedad.

Mita dijo...

Buscaré mañana en la biblioteca.
Me ha resultado curioso el comentario de Vanbrugh: "las leí en un tiempo en que no juzgaba". Creí que a esta manera de ver las cosas se iba llegando con la edad- al menos es lo que me pasa a mí ahora- y no antes.

Besos

Vanbrugh dijo...

A los quince años tenía menos datos que ahora para saber si lo que leía era bueno o malo, Mita. Y cuando un libro se me caía de las manos, me cabían serias dudas sobre si sería culpa del libro, por malo y coñazo, o culpa mía, por ignorante e inmaduro. De modo que, prudentemente, me limitaba a dejarlo en su estante y coger otra cosa, pero no lo calificaba, no fuera a ser que metiera la pata. Los años me han vuelto más arrogante, ahora cuando un libro me parece un bodrio, digo “menudo bodrio ha escrito este tío”, y me quedo tan ancho. Es bastante probable que no sea más sabio que entonces, pero es en cambio seguro que pasar o no por sabio ha dejado de importarme.

emma dijo...

Lei " Ultimas tardes con Teresa" una noche de un tiron. Casi me quedo ciega.
El puto amo.

Lansky dijo...

Eres una romántica, Emma. Últimas tardes con Teresa es una de las historias de amor más bonitas que se han escrito nunca. Corín Tellado (que en paz descanse) en bueno.