
“Pero en cuanto pude sacármelo de encima me dirigí de inmediato a la orilla del mar. Allí lo encontré a Jim, inclinado sobre el parapeto del muelle.”
Joseph Conrad. Lord Jim
En las proas de las naves negras sin cubierta de los marinos griegos de la Antigüedad clásica se ha encontrado la famosa inscripción: “vivir no es necesario, navegar sí” que luego se atribuyó a Horacio. Parece la típica exageración metafísica, pero en realidad sólo es una contradicción aparente. Navegar ‘es’ vivir, tomar rumbo, orientarse en una inmensidad informe, oceánica.
“Dejad al más distraído de los hombres sumergirse en los ensueños más profundos, ponedlo en pie y que comience a caminar, e inevitablemente os conducirá hasta el agua si es que hubiera agua en esa región. Si alguna vez estáis sedientos en el gran desierto americano y en vuestra caravana por casualidad hubiera un profesor de metafísica, intentad este experimento. Sí, como todo el mundo sabe, la meditación y el agua están ligados para siempre”.
La anterior cita del inicio de Moby Dick delimita mejor el asunto. Constata un hecho, la atracción que los humanos sentimos hacia las superficies del agua y además que vivir cabalmente, meditar, pensar para, ‘ergo’, existir, requiere de la contemplación de ese elemento básico, vital.
Siempre que llego a una ciudad o un pueblo junto al mar me acerco al puerto, en parte porque todos los caminos fáciles, hacia abajo conducen allí, pero también porque obedezco a un impulso irresistible.
“Apostados como centinelas silenciosos por todos los alrededores de la ciudad, se alzan miles y miles de mortales, absortos en sueños oceánicos. (…) Nada les satisfará sino es el límite más extremo de la tierra; tampoco les bastará merodear al abrigo sombrío de aquellos lejanos almacenes. No. Se acercarán al agua tanto como les sea posible sin caerse (…) Decidme, ¿es alguna virtud magnética de las brújulas de aquellos barcos que los atrae hacia allí?”
En la vida uno puede dedicarse a la pesca del arenque o a la cría del gusano de seda, a reproducir a escala el Santo Sepulcro, a masacrar congoleños (o servios, o irlandeses) o a pintar La lección de anatomía; todas son opciones viables. "Creí que era una aventura y en realidad era la vida” escribe Conrad.Y sin embargo, el mar nunca es demasiado amable con el hombre, aunque es cómplice de su crueldad.
Voy derecho al grano. En este planeta, con sus cuatro quintas partes de su superficie cubiertas de masas de agua salada, quien no haya pasado varios días en el mar abierto, sin avistar tierra firme, no es un habitante cabal de este pequeño lugar del universo por mal nombre Tierra. Sé que son mayoría, pero, todos ellos son como una persona en una habitación subidos a una silla sobre una sola pierna; podrían pasear por toda la estancia, pero están encaramados allí, huyendo de no sé que ratón, ratones ellos.
Igualmente, quien no haya navegado a vela, quien sólo haya tenido tratos apestosos con motores, es como si en tierra nunca caminase o cabalgase, siempre subido al tren o al automóvil. Y aunque comprendo que somos animales terrestres, con pulmones, sin aletas ni branquias, es sospechosa la tendencia a acercarnos al agua y sobre todo al mar y de vivir hacinados en ciudades costeras. Esto es aplicable a naciones enteras; Churchill le replicó a Stalin que “Rusia es un animal terrestre; en cambio, los británicos son animales acuáticos”. Y prefiero por experiencia los pescadores a los campesinos; son menos avaros y temerosos, quizás porque la mar no se puede labrar ni parcelar, no admite tapias ni cercas. Me parece significativo que en la Guerra Civil española el sindicato mayoritario de los pescaderos era el socialista; el de los pescadores, el anarquista.
Sé que no convenceré a muchos de vosotros, pero os recomiendo que no os vayáis de este mundo sin haberos embarcado para alguna singladura de muchos días alguna vez en la vida. No es bueno morir virgen. Probaros que sois hombres y no ratones; elevaos sobre el muerto nivel de la masa: vivid, es decir, navegad.
Joseph Conrad. Lord Jim
En las proas de las naves negras sin cubierta de los marinos griegos de la Antigüedad clásica se ha encontrado la famosa inscripción: “vivir no es necesario, navegar sí” que luego se atribuyó a Horacio. Parece la típica exageración metafísica, pero en realidad sólo es una contradicción aparente. Navegar ‘es’ vivir, tomar rumbo, orientarse en una inmensidad informe, oceánica.
“Dejad al más distraído de los hombres sumergirse en los ensueños más profundos, ponedlo en pie y que comience a caminar, e inevitablemente os conducirá hasta el agua si es que hubiera agua en esa región. Si alguna vez estáis sedientos en el gran desierto americano y en vuestra caravana por casualidad hubiera un profesor de metafísica, intentad este experimento. Sí, como todo el mundo sabe, la meditación y el agua están ligados para siempre”.
La anterior cita del inicio de Moby Dick delimita mejor el asunto. Constata un hecho, la atracción que los humanos sentimos hacia las superficies del agua y además que vivir cabalmente, meditar, pensar para, ‘ergo’, existir, requiere de la contemplación de ese elemento básico, vital.
Siempre que llego a una ciudad o un pueblo junto al mar me acerco al puerto, en parte porque todos los caminos fáciles, hacia abajo conducen allí, pero también porque obedezco a un impulso irresistible.
“Apostados como centinelas silenciosos por todos los alrededores de la ciudad, se alzan miles y miles de mortales, absortos en sueños oceánicos. (…) Nada les satisfará sino es el límite más extremo de la tierra; tampoco les bastará merodear al abrigo sombrío de aquellos lejanos almacenes. No. Se acercarán al agua tanto como les sea posible sin caerse (…) Decidme, ¿es alguna virtud magnética de las brújulas de aquellos barcos que los atrae hacia allí?”
En la vida uno puede dedicarse a la pesca del arenque o a la cría del gusano de seda, a reproducir a escala el Santo Sepulcro, a masacrar congoleños (o servios, o irlandeses) o a pintar La lección de anatomía; todas son opciones viables. "Creí que era una aventura y en realidad era la vida” escribe Conrad.Y sin embargo, el mar nunca es demasiado amable con el hombre, aunque es cómplice de su crueldad.
Voy derecho al grano. En este planeta, con sus cuatro quintas partes de su superficie cubiertas de masas de agua salada, quien no haya pasado varios días en el mar abierto, sin avistar tierra firme, no es un habitante cabal de este pequeño lugar del universo por mal nombre Tierra. Sé que son mayoría, pero, todos ellos son como una persona en una habitación subidos a una silla sobre una sola pierna; podrían pasear por toda la estancia, pero están encaramados allí, huyendo de no sé que ratón, ratones ellos.
Igualmente, quien no haya navegado a vela, quien sólo haya tenido tratos apestosos con motores, es como si en tierra nunca caminase o cabalgase, siempre subido al tren o al automóvil. Y aunque comprendo que somos animales terrestres, con pulmones, sin aletas ni branquias, es sospechosa la tendencia a acercarnos al agua y sobre todo al mar y de vivir hacinados en ciudades costeras. Esto es aplicable a naciones enteras; Churchill le replicó a Stalin que “Rusia es un animal terrestre; en cambio, los británicos son animales acuáticos”. Y prefiero por experiencia los pescadores a los campesinos; son menos avaros y temerosos, quizás porque la mar no se puede labrar ni parcelar, no admite tapias ni cercas. Me parece significativo que en la Guerra Civil española el sindicato mayoritario de los pescaderos era el socialista; el de los pescadores, el anarquista.
Sé que no convenceré a muchos de vosotros, pero os recomiendo que no os vayáis de este mundo sin haberos embarcado para alguna singladura de muchos días alguna vez en la vida. No es bueno morir virgen. Probaros que sois hombres y no ratones; elevaos sobre el muerto nivel de la masa: vivid, es decir, navegad.
1 comentarios:
Navegar de isla en isla. De la Ilha do Pico a la Ilha das Flores. Esa es mi experiencia de navegante. Pero no soy una ratoncilla. Lo juro.
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