
Tan inexorablemente puntuales como los mosquitos en los cuartos con las ventanas abiertas, las garrapatas en los secarrales y las pulgas en las majadas abandonadas, con el calor llegan los festejos taurinos. La sangre, el sudor y el tedio, el polvo tóxico de albero, las moscas de azul y verde metálicos, y los tíos de saltamontes de plata y oro. Lo peor de todo: calcetines rosas (cuando ves esos coloreados tobillos dando pasitos nerviosos hacia el toro, por ejemplo, en la suerte de banderillas, dan ganas de tirarles besitos). Lo único verdaderamente hermoso es el toro, y lo único que va a acabar mal con seguridad, como una piltrafa ensangrentada.
No, no se trata de ‘rizar el rizo’, metáfora náutica que vienen a decir algo así como hacer sobre lo ya hecho, que también puede, aunque no siempre, significar rehacer. Ya he escrito algunos post antitaurinos; no he cambiado de opinión y lo mantengo. Simplemente hay cuatro razones que voy a explicar para no ser totalmente antitaurino, casi las mismas que me impiden ser un anticlerical radical. Dicho pronto y corto, es como ser anticomunista: eso te hace acompañar a los peores en la Historia.
Sigo sosteniendo, por tanto, que La Fiesta, es un residuo del pasado (pero dar de mamar a los niños también, y se ha demostrado mejor que otros métodos como el biberón) de diversión tanto de la plebe como de la aristocracia; democrático, en cierto modo, por tanto. Admito igualmente que contiene en ciertas dosis eso tan evanescente que se puede llamar arte, o duende, o magia. El fútbol también, pero no siempre ni casi siempre; los toros aún menos. Lo que sucede, según he podido colegir, es que al verdadero aficionado (los demás son falsos: taurino fashion) le compensa un solo muletazo, no digamos una faena completa, para nutrir su afición entre múltiples corridas soporíferas o defraudantes. También reconozco que no me gustan las definiciones artísticas de lo taurino. Para mí se trata de un hombre auxiliado con un señuelo de trapo, muleta o capote, y armado con una espada recta, que se enfrenta a las dos –pitones, si no están manipulados- que porta el toro macho y adulto joven, en la plenitud de su fuerza. Le auxilian al matador varios bien llamados subalternos que le alivian en el peligro si es que pueden y van rebajando la desigual fortaleza del animal con las banderillas y la pica sobre todo. Para mí es una tortura antes de la muerte. Y es mi incapacidad para disfrutar con la muerte y tortura de ese animal o, si no, en aparente paradoja, del mortal aburrimiento que me invade a la hora de la siesta, el que me hace rechazar la fiesta. Pero he entendido, y me alegro, que lo que hace disfrutar al aficionado no es la muerte y tortura del animal, sino “a pesar” de eso, al parecer. A mi la única definición del toreo que me convence es la de uno de sus más insignes practicantes, Belmonte: “el toreo consiste en ponerse delante de un toro y o te quitas tú o te quita el toro.”
Insisto en que el espectáculo oscila para mí entre lo cruel y lo tedioso; es decir, que se parece mucho a las pesadillas, pero también reconozco –aunque no “lo reconozco”- el contenido artístico que pueda tener. Los cuatro argumentos someramente enunciados son: el animal, la dehesa, los argumentos antitaurinos y alguna de la literatura que ha generado (la pintura no tanto).
El animal. El toro bravo o de lidia, especialmente las hembras, las vacas, que no tienen tan hipertrofiados los cuartos delanteros como los toros, me parece la raza ganadera más bonita y me recuerda, por una parte, a las razas españolas más antiguas y rústicas tan alejadas de una frisona lechera como un podenco de un chihuahua, como las retintas y las negras avileñas, y también, a las pinturas rupestres de esos antepasados silvestres, los uros. Doy por hecho, mientras nadie me convenza de lo contrario no ya por las leyes del mercado, sino por las de la mera lógica, que si desaparecen las corridas desaparecerá la raza.
El biotopo, las dehesas abiertas o montes huecos de quercíneas (encinas, alcornoques y quejigos) sobre pastos ralos o céspedes en suelos pobres del Occidente Ibérico –lo tengo dicho mucho- es el paisaje mitad “natural” mitad cultural que más me gusta del campo español. Este argumento, sin embargo, es más endeble que el anterior, porque, primero, la mayoría de las dehesas no se dedican a criar toros bravos, y segundo, como me ha señalado un ecólogo y taurino amigo Ángel (no hay incoherencia en ambos atributos, sí con el de ‘ecologista’), muchas de esas dehesas están sobre explotadas y son un mal ejemplo o un buen ejemplo, pero de mala gestión pecuaria.
La literatura y el arte en general palian, como a mi anticlericalismo, o mitigan esas tendencias hostiles; la existencia de ciertas ermitas, catedrales, retablos, tallas y marfiles me desarma un poco, como siempre me deja inerme la belleza. Igualmente, la posibilidad de leer al fallecido crítico Joaquín Vidal, una de las mejores prosas periodísticas del pasado siglo, o la biografía de Belmonte del gran Cháves Nogales, me bastan y sobran. Suelo detestar en cambio la pintura que origina, me parece hortera de puro real, salvo las tintas de las tauromaquias de Goya y Picasso o el torero muerto de Manet.
Los argumentos antitaurinos al uso. No me voy extender. Sólo faltaría que los repitiese aquí. Baste decir que cada vez que los oigo, vociferantes y fanáticos, me entran unas ganas locas de sacarme un abono para las ventas, aunque mi amigo Ángel me recomendaría la Maestranza.
Una vez leí una traducción inglesa de unas coplas andaluzas al inglés. Me reí mucho; traducían “¡Viva la madre que te parió!” por “Hurray for your mother…etc.”, pero “¡Ole!” no lo traducían, los tíos. Un puto ecléctico, eso es lo que soy.
14 comentarios:
Viva la madre que te parió, armamía!
Me ha encantado esto, jamás he puesto un pie en la Maestranza. Pero mi padre siempre veía las corridas y los libros taurinos y vidas de toreros eran muchos en casa.
Era un hombre muy apacible, casi silencioso, veía un arte que ninguno de nosotros entendía ni por el que mostramos nunca ningún interés.
Conoces a Remy López?
http://www.remy-arte.com/
Besos
Sí, la verdad es que los antitaurinos furibundos son probablemente el único argumento a favor de los toros. Aunque también podríamos decir que son otra de las lacras de las que podemos echarles la culpa. Igual que todos los autodefinidos como anticomunistas son una de las peores secuelas del comunismo, y que los que se llaman antifascistas son una de las más graves muestras de la devastación que el fascismo deja a su paso, y que los que van de anticlericales constituyen uno de los atributos más molestos del clero. Hay fenómenos tan nocivos que hasta la reacción que levantan es dañina.
Te noto muy mordedor últimamente, gozquezuelo mío, amigo Vanbrugh; creo que te voy a recetar un concierto.
No, Mita, no le conozco, ¿de qué va?
Pero si estoy de acuerdo con tu post prácticamente en todo... Hasta en el respeto por la literatura taurina y el repelús, en cambio, ante sus secuelas pictóricas, que suelen ser, efectivamente, estremecedoramente parecidas a su estremecedor original...
Y en cuanto a la dehesa y a la raza, propongo: subvencionémoslas. ¿No se gasta dinero público, incomprensiblemente, en mantener una fantasmática industria cinematográfica española que nadie ve -y por una vez tengo que alabar el gusto de la mayoría-? ¿No paga la Unión Europea ya no recuerdo si por cultivar lino o por dejar de cultivarlo -muy probablemente por ambas cosas, si uno es lo suficientemente amigo del presidente de su Comunidad Autónoma-? Mucho más lógico pagar para mantener encinares y toros de lidia, con cuyo pago no solo se mantendrá el bicho y el paisaje, sino que se evitará el embrutecimiento colectivo de los espectadores de un acto público de tortura, y la estupidización del crecido número de extranjeros que creen estar contemplando una profunda nmanifestación del alma española cuando a lo que asisten es a un regüeldo de su defectuoso aparato digestivo, y hasta se evitará que personas inteligentes, como tú y yo, perdamos nuestro tiempo escribiendo sobre los toros -y así podremos perderlo escribiendo sobre otros asuntos menos deleznables...-
Corrígeme si me equivoco, Vanbrugh, pero creo que fue Chesterton el que uso como argumento a favor del catolicismo la abundancia de malos sacerdotes: sólo la verdadera religión podría haber superado la prueba de tanto clérigo lamentable. Igualmente, pero al revés, con los toros: la existencia de algunos 'aficionados' inteligentes y ponderados (y encima amigos míos) me hace replantearme cualquier anatema general.
Qué significa gozquezuelo??
Cómo de qué va? MIRALO, porfavóoo
"Gozque" es un perro pequeño y ladrador, así que gozquezuelo es el diminutivo de un diminutivo.
No te corrijo, no. Si no lo dijo Chesterton, bien pudo decirlo. Es un argumento típicamente chestertoniano, tanto por lo bien intencionado como por lo erróneo. Efectivamente, las buenas causas sobreviven a pesar de sus malos seguidores, pero las malas también. Peores clérigos todavía ha tenido el Islam y, si Dios no lo remedia, llegará a los dos mil años y los sobrepasará. Los brahmanes llevan milenios celebrando sus liturgias, y unos serán mejores y otros peores, y ni la existencia de los unos ni la de los otros significa nada determinante sobre la validez de sus creencias. No creo que haya actividad, movimiento ni fe en este ancho y básicamente ajeno mundo que no tenga adeptos listos y tontos, buenos y malos, rubios y morenos. Lo reconozco así, pero me reservo la libertad de juzgar por un lado las actividades, los movimientos y las fes, y por otro a sus adeptos. Como dijo otro torero, "Guerrita" -o quizás fué "el Gallo", hay opiniones para todos los gustos- cada uno es cada uno, y hay gente pa tó. Fué su reacción espontánea cuando le explicaron que Ortega era filósofo. No sé qué habría dicho si le hubieran presentado a un bloguero.
Entre Maimónides o Averroes y cualquiera de los Borgia, Averroes, entre Jomeini y Juan XXIII, Juan, etc., es no decir nada, en el fondo. Ahora bien, fíjate: entre Spinoza y la Teología de la Liberación, Spinoza, sin duda.
Spinoza, sin duda. Como íbamos diciendo, en favor de la Teología de la Liberación puede aducirse la catadura de sus detractores. Pero no mucho más...
Estaba pensando en Joaquin Vidal y en Chaves Nogales, pero ya los mencionas tu. Esa biografía de Belmonte es un monumento, aunque a uno no le gusten nada los toros.
Lo que no quita para que me haga gracia la columna antitaurina que publica Manuel Vicent todos los años por estas fechas. Pero también me gustan las crónicas taurinas que escribía mi suegro. Yo también quiero estar al plato y a las tajadas.
El toro bravo, por mucho que digan sus defensores no es una raza, es una aptitud igual que las vacas lecheras o las de carne no son una raza sino un conjunto de ellas, el problema del toro bravo es que actualmente el 90% pertenece a uno o dos encastes y se está perdiendo la enorme variedad que hubo en otros tiempos.
respecto a las dehesas, estoy de acuerdo con tu amigo el ecólogo taurino, con la salvedad que algunas de las mejores que quedan y estan bien llevadas son precisamente dehesas de bravo, también las peor llevadas son igualmente de bravo. El tema del antitaurinismo es muy complejo y gracias al antitaurinismo se mantiene mucho fraude en las corridas, que los aficionados no se atreven a denunciar para no darle argumentos a los antitaurinos. le puedes preguntar a tu amigo (llamandose Angel, ecologo y taurino no puede ser otro) sobre las censuras que ha sufrido cuando clama por las dehesas destrozadas por algunos ganaderos con el argumento de que eso es darle argumentos a los antitaurinos. Las mafias taurinas y los antitaurinos van de la mano, igual que los traficantes de drogas y sus represores, los incendiarios y los bomberos, y tantas parejas que se complementan
Si mal no recuerdo en tu “post” antitaurino” de fines del 2007 señalas que hasta cierta época las corridas de toros tuvieron su justificante. No recuerdo con precisión tu argumentos (trataré de releerlos).
A pesar de mi olvido, tengo presente que tu enfoque es en cuanto a la conducta y comportamiento humano bajo ciertas circunstancias históricas, a menos que en realidad recuerde mal.
Para mi tu punto de vista va más allá de lo que se pudiese considerar interesante, siendo una lastima, para mi y para mis convicciones antitaurinas, no poder utilizarlo como argumento dado el hecho que por su profundidad, queda fuera del alcance de la comprensión de la gran mayoría de mis conocidos antitaurinos en la Ciudad de México.
En cuanto a los fanáticos, por demás está recalcar lo funesto del fanatismo antitaurino, mismo que, apropósito señalo, hemos sufrido mucho más aquí en México algunos detractores de la corridas de toros que los propios aficionados taurinos.
Cabe decir que en México, por lo menos desde los años 40, el manejo de los dineros relativos a las empresas y empresarios taurinos se ha efectuado dentro de un marco de corrupción desbordada, con todas sus consecuencias, y sin embargo, este aspecto jamás ha salido a la luz por iniciativa de los antitaurinos, sino a partir del descontento de algunos taurófilos, que creen ver en ello un autoatentado.
Me inmiscuyo en tu señalamiento de personajes. Por nada a ninguno de los Borgia. Tengo leído que Alejandro VI gustaba de las corridas de toros que casi coincidentemente organizaba como prolegómeno para algunos de sus festines sangrientos. También, mejor Averroes. Y, mejor Espinoza, y no la teología de la liberación que creo queda retratada con Ernesto Cardenal recibiendo arrodillado los regaños de Juan Pablo II.
Las razas lecheras, así en plural (frisona, blanca cacerereña, etc.), las razas de lidia, etc.
En este caso a veces pienso que los antitaurinos no deberían buscar más argumento que el de ver una corrida. A mí me convenció.Pero no las prohibiría: simplemente no las subvencionaría con dinero público.
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