
"Cierro los ojos y veo una bandada de pájaros. La visión dura un segundo o acaso menos; no sé cuántos pájaros vi ¿Era definido o indefinido su número? El problema involucra el de la existencia de Dios. Si Dios existe, el número es definido, porque Dios sabe cuántos pájaros vi. Si Dios no existe el número es indefinido, porque nadie pudo llevar la cuenta. En tal caso, vi menos de diez pájaros (digamos) y más de uno,pero no vi nueve, ocho, siete, seis, cinco, cuatro, tres, o dos pájaros. Vi un número entre diez y uno, que no es nueve, ocho, siete, seis, cinco,etcétera. Ese número entero es inconcebible, ergo, Dios existe»
El hacedor, Borges.
Uno de mis relatos de ciencia ficción favoritos, ‘Los nueve mil millones de nombres de Dios’, de Arthur C. Clarke, el autor de la famosa ‘2001: Odisea del espacio’, plantea una cuestión interesante. En un lejano monasterio tibetano, los estudiosos monjes llevan siglos recopilando los nombres de Dios: Jehová, Yahvé, Zeus, Júpiter…, pero la tarea se alarga demasiado hasta para su parsimonia, así que reclaman la ayuda de una corporación de Nueva York para que les instale el más poderoso ordenador del momento para proseguir con la tarea. Dos ingenieros de la firma llegan con el aparato para instalarlo, establecer sus sistemas en alfabeto tibetano y velar por su inicio. Una vez acabada su tarea deciden marcharse no sin comentar entre ellos lo absurdo de emplear un utensilio tecnológico tan sofisticado para una tarea tan obviamente esotérica. No pueden por menos, sin embargo, antes de partir, que preguntarle al gran lama por la razón de la tarea. El superior se lo explica pacientemente: que este mundo es una ilusión y que cuando den con la combinación de nueve letras (nueve mil millones de nombres) que representa el verdadero nombre de Dios se alcanzará el nirvana y esa ilusión desaparecerá. Más prosaicos los científicos le preguntan aún si quiere decir que el mundo tal cual desaparecerá y el lama les responde que sí. Ansiosos por no asistir a la decepción de los amables monjes los ingenieros se embarcan en su avión de regreso. Calculan que con la velocidad del programa instalado el ordenador estará acabando su tarea a mitad de su travesía, es decir, ahora. Se asoman a la ventanilla de la nave y comprueban en ese momento que las estrellas del cielo nocturno…se van apagando de una en una.
Lo tengo dicho por activa y por pasiva. La excesiva credulidad es una forma de estupidez pareja al escepticismo exacerbado. Todo el tiempo estamos creyendo en cosas que la mayoría no vemos, desde el ADN a la velocidad de translación de la Tierra en el espacio y no podemos admitir que otros crean en deidades benéficas o malévolas, encantamientos o males de ojo. En realidad se precisa del mismo grado de credulidad para confiar en la veracidad de la mecánica cuántica –tan antiintuitiva y extraña- como para creer en los milagros de los santos del catolicismo. El mismo grado, pero no el mismo tipo de credulidad. En el último asunto no hay un solo caso reciente documentado y constatado y el departamento del Vaticano ocupado de verificarlos se cuida muy mucho de certificar milagro alguno hace décadas; es ese sentido se comporta con el mismo escepticismo que los ateos y agnósticos. La mecánica cuántica en cambio, que parece dictada por un físico loco adicto a Alicia en el país de las maravillas, es puesta a prueba en sus predicciones día a día y no por una autoridad suprema más o menos sospechosa sino por toda la comunidad de físicos teóricos cada uno con sus intereses y hasta alguno francamente hostil a tanta probabilidad y tan poca certeza. Es una gran diferencia, la que hay entre la ciencia y la religión.
Por eso me parece tan lastimoso que mentes tan preclaras como el biólogo evolutivo Richard Dawkins escriban voluminosos libros para “probar” la inexistencia de Dios. Es tarea tan estúpida como la contraria, escribir tratados modernos sobre su existencia (existencia, que no su necesidad). Entre un individuo que cree a pies juntillas el relato de la Creación del Génesis bíblico, esto es, la creación en varios días de todas y cada una las especies biológicas actuales con sus mares y océanos, y otro que considera más verosímil la existencia operativa de mecanismos como la selección natural, la Evolución y la Deriva Continental, pero que así mismo considera que eso no prueba nada en contra de un Dios lo suficientemente sofisticado como para dejar solos esos procesos (como creían los gnósticos) sin intervenir hay, repito, la misma diferencia que entre este último reflexivo creyente y un “creyente” en la ciencia que piensa que esta “demuestra” la inexistencia de Dios. Estos últimos siempre me recuerdan a los ingenieros informáticos del relato de Clarke.
En otra de mis novelas favoritas de Ciencia Ficción, ‘Solaris’, de Stanislaw Lem, también llevada al cine, se propone lo más parecido a esa “otra vida” de la que hablan la mayoría de las religiones. En ese planeta totalmente cubierto por los mares que funciona como un gigantesco cerebro que es capaz de leer las pequeñas mentes humanas y hacer realidad sus sueños, el héroe y astronauta regresa por fin a casa, se sienta en el porche de su casita del bosque hace tiempo perdida, contempla correr y jugar alegres a sus hijos y a su bella esposa muerta que está nuevamente a su lado bien viva. Cuando la cámara retrocede, en un ‘travelling’ que reproduce eficazmente la elipsis narrativa del escritor, vemos que la casita se encuentra perdida en una isla diminuta en medio del inmenso océano de Solaris: ¿una ilusión, o quizá una verdad más profunda que la mera realidad aparente? La casita disminuye hasta perderse como una mota, desvaneciéndose, quedando sólo la imagen del poderoso océano, seductor de la memoria, del sueño, en el que nada muere y aquella que te quiere te espera en el porche, junto a los gritos infantiles que creíste perdidos.
En el fondo Borges –véase su cita del frontispicio de este post- era un metafísico para adolescentes, pero estos científicos que hacen de su ateísmo infantil proclama son mucho peores, porque transforman sus muy respetables convicciones íntimas en superfluos manuales ni metafísicos ni físicos, sino adoctrinantes, justo lo que critican. Crédulos escépticos, incoherentes como niños asustados
Mi argumento para ser no ya agnóstico, sino ateo es mucho más duro y próximo de hecho al del creyente: mi convicción profunda, de un lado, y mi íntima sensación de no necesitar para nada a ningún Dios, sea este un botarate mágico que crea como un alfarero a los pingüinos y a las jirafas, o un sofisticadísimo ente que no interviene. Me sobran los dos, y por eso no necesito escribir volúmenes de 500 páginas[1], pero reconozco que no carece de consuelo pensar en recobrar tu isla, tus hijos y tu mujer en un océano de entropía.
Uno de mis relatos de ciencia ficción favoritos, ‘Los nueve mil millones de nombres de Dios’, de Arthur C. Clarke, el autor de la famosa ‘2001: Odisea del espacio’, plantea una cuestión interesante. En un lejano monasterio tibetano, los estudiosos monjes llevan siglos recopilando los nombres de Dios: Jehová, Yahvé, Zeus, Júpiter…, pero la tarea se alarga demasiado hasta para su parsimonia, así que reclaman la ayuda de una corporación de Nueva York para que les instale el más poderoso ordenador del momento para proseguir con la tarea. Dos ingenieros de la firma llegan con el aparato para instalarlo, establecer sus sistemas en alfabeto tibetano y velar por su inicio. Una vez acabada su tarea deciden marcharse no sin comentar entre ellos lo absurdo de emplear un utensilio tecnológico tan sofisticado para una tarea tan obviamente esotérica. No pueden por menos, sin embargo, antes de partir, que preguntarle al gran lama por la razón de la tarea. El superior se lo explica pacientemente: que este mundo es una ilusión y que cuando den con la combinación de nueve letras (nueve mil millones de nombres) que representa el verdadero nombre de Dios se alcanzará el nirvana y esa ilusión desaparecerá. Más prosaicos los científicos le preguntan aún si quiere decir que el mundo tal cual desaparecerá y el lama les responde que sí. Ansiosos por no asistir a la decepción de los amables monjes los ingenieros se embarcan en su avión de regreso. Calculan que con la velocidad del programa instalado el ordenador estará acabando su tarea a mitad de su travesía, es decir, ahora. Se asoman a la ventanilla de la nave y comprueban en ese momento que las estrellas del cielo nocturno…se van apagando de una en una.
Lo tengo dicho por activa y por pasiva. La excesiva credulidad es una forma de estupidez pareja al escepticismo exacerbado. Todo el tiempo estamos creyendo en cosas que la mayoría no vemos, desde el ADN a la velocidad de translación de la Tierra en el espacio y no podemos admitir que otros crean en deidades benéficas o malévolas, encantamientos o males de ojo. En realidad se precisa del mismo grado de credulidad para confiar en la veracidad de la mecánica cuántica –tan antiintuitiva y extraña- como para creer en los milagros de los santos del catolicismo. El mismo grado, pero no el mismo tipo de credulidad. En el último asunto no hay un solo caso reciente documentado y constatado y el departamento del Vaticano ocupado de verificarlos se cuida muy mucho de certificar milagro alguno hace décadas; es ese sentido se comporta con el mismo escepticismo que los ateos y agnósticos. La mecánica cuántica en cambio, que parece dictada por un físico loco adicto a Alicia en el país de las maravillas, es puesta a prueba en sus predicciones día a día y no por una autoridad suprema más o menos sospechosa sino por toda la comunidad de físicos teóricos cada uno con sus intereses y hasta alguno francamente hostil a tanta probabilidad y tan poca certeza. Es una gran diferencia, la que hay entre la ciencia y la religión.
Por eso me parece tan lastimoso que mentes tan preclaras como el biólogo evolutivo Richard Dawkins escriban voluminosos libros para “probar” la inexistencia de Dios. Es tarea tan estúpida como la contraria, escribir tratados modernos sobre su existencia (existencia, que no su necesidad). Entre un individuo que cree a pies juntillas el relato de la Creación del Génesis bíblico, esto es, la creación en varios días de todas y cada una las especies biológicas actuales con sus mares y océanos, y otro que considera más verosímil la existencia operativa de mecanismos como la selección natural, la Evolución y la Deriva Continental, pero que así mismo considera que eso no prueba nada en contra de un Dios lo suficientemente sofisticado como para dejar solos esos procesos (como creían los gnósticos) sin intervenir hay, repito, la misma diferencia que entre este último reflexivo creyente y un “creyente” en la ciencia que piensa que esta “demuestra” la inexistencia de Dios. Estos últimos siempre me recuerdan a los ingenieros informáticos del relato de Clarke.
En otra de mis novelas favoritas de Ciencia Ficción, ‘Solaris’, de Stanislaw Lem, también llevada al cine, se propone lo más parecido a esa “otra vida” de la que hablan la mayoría de las religiones. En ese planeta totalmente cubierto por los mares que funciona como un gigantesco cerebro que es capaz de leer las pequeñas mentes humanas y hacer realidad sus sueños, el héroe y astronauta regresa por fin a casa, se sienta en el porche de su casita del bosque hace tiempo perdida, contempla correr y jugar alegres a sus hijos y a su bella esposa muerta que está nuevamente a su lado bien viva. Cuando la cámara retrocede, en un ‘travelling’ que reproduce eficazmente la elipsis narrativa del escritor, vemos que la casita se encuentra perdida en una isla diminuta en medio del inmenso océano de Solaris: ¿una ilusión, o quizá una verdad más profunda que la mera realidad aparente? La casita disminuye hasta perderse como una mota, desvaneciéndose, quedando sólo la imagen del poderoso océano, seductor de la memoria, del sueño, en el que nada muere y aquella que te quiere te espera en el porche, junto a los gritos infantiles que creíste perdidos.
En el fondo Borges –véase su cita del frontispicio de este post- era un metafísico para adolescentes, pero estos científicos que hacen de su ateísmo infantil proclama son mucho peores, porque transforman sus muy respetables convicciones íntimas en superfluos manuales ni metafísicos ni físicos, sino adoctrinantes, justo lo que critican. Crédulos escépticos, incoherentes como niños asustados
Mi argumento para ser no ya agnóstico, sino ateo es mucho más duro y próximo de hecho al del creyente: mi convicción profunda, de un lado, y mi íntima sensación de no necesitar para nada a ningún Dios, sea este un botarate mágico que crea como un alfarero a los pingüinos y a las jirafas, o un sofisticadísimo ente que no interviene. Me sobran los dos, y por eso no necesito escribir volúmenes de 500 páginas[1], pero reconozco que no carece de consuelo pensar en recobrar tu isla, tus hijos y tu mujer en un océano de entropía.
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[1] Richard Dawkins: El espejismo de Dios, Espasa Calpe, Madrid, 2007. Dawkins es uno de los promotores en Gran Bretaña del dichoso autobús ateo.
[1] Richard Dawkins: El espejismo de Dios, Espasa Calpe, Madrid, 2007. Dawkins es uno de los promotores en Gran Bretaña del dichoso autobús ateo.
3 comentarios:
Lo tengo muy dicho, y por eso mismo me gusta tanto verlo así de bien formulado, en términos distintos pero convergentes con los míos, y por alguien "del otro lado": me encuentro mucho más cercano, como creyente que soy, de las posturas vitales de muchos ateos que de las de muchos cristianos. Hay muchas maneras de creer en Dios y muchas maneras de no creer en Él, y mi modo de ser creyente se parece mucho menos, en planteamientos básicos y en consecuencias prácticas, al modo de ser creyente de, pongo por caso, Monseñor Rouco, que al modo de ser ateo de, pongo por caso, tú.
Correlativamente, hay que ver lo que se parecen en plastez, en falta de respeto al prójimo y en insustancialidad argumental algunos predicadores de Dios y algunos predicadores del ateísmo. Porque lo cierto es quie el ateísmo, entendido y practicado como religión, es una de las peores...
Ni mejor ni peor, creo yo -sólo que en un científico' es aún más incoherente-; dejemoslo en lo que dices sobre la forma de practicar y de "estar" de cada cual.
Yo prefiero la física o las matemáticas que dios para entender el mundo porque cuanto más sé más encaja todo y más quiero saber lo que aún no sé, porque sé que hará encajar aún más cosas, puedo apasionarme.
En cambio, vía dios, cuanto más sabes menos encaja, y menos quiero saber porque sé que no se sostiene y/o no va a ninguna parte. Tendría que apasionarme artificialmente, con fe.
Aunque pienso que hace miles de años, como forma de ir empezando a explicar el mundo, lo de la religión fue incluso un avance.
Hoy cualquier avance le quita terreno.
Las cosas de ciencias que no entiende ni dios las escribió alguien que vio que de alguna manera tenían que encajar, no alguien que dice que gracias a dios la ciencia nos da medicinas, medios de transporte, depuradoras de agua, bueno todos esos avances que salen de ir dando sentido a lo que vemos y a lo que no.
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