
A menudo se confunde el gusto con el capricho, y a veces coinciden, pero cuando el gusto esta ‘desarrollado’, como se suele decir, este obedece a un criterio y el criterio responde a normas que deben hacerse explícitas. Digo esto porque voy a dar una opinión tan tajante como inesperada: de los tres mejores –a mi juicio, que no es caprichoso, repito, pero no lo haré más- prosistas británicos, sólo uno, el novelista irlandés John Banville puede encuadrarse dentro de la novelística de temática general; y ni aún él totalmente, puesto que también escribe literatura de género negro o policial bajo el seudónimo/nick/ alias de Benjamin Black, y hace bien, porque esa producción es inferior al resto de su excelsa obra. En cambio, los otros dos son un escritor de género, la novela de espías, y uno de viajes. Me refiero a John Le Carré (John Moore Cornwell) y a Patrick Leigh Fermor. En ambos autores cualquiera de sus libros es excelente, aunque lógicamente ahí ya pueda tener yo mis gustos y, si me apuráis, hasta mis caprichos. Por el contrario, autores británicos aclamados actuales como Martín Amis, Ian Mc Ewan , Julian Barnes o Graham Swift, que suelen ser los citados como de primera fila, tienen una obra desigual y junto a títulos espléndidos: Campos de Londres, Expiación, El loro de Flaubert o el País del agua, respectivamente, tienen otras muy inferiores.
Le Carré está sujeto a todos los equívocos que recaen en un escritor de género exitoso. Vende muchísimos libros, pero no es un autor de best sellers al uso, porque, simplemente, es demasiado bueno. En segundo lugar, puede que sea un escritor de género; lo es, pero el género que practica no es tanto la novela de espías –subgénero del policial con representantes tan dignos como el Ambler de La máscara de Dimitros o el Greene de El americano impasible-, sino el suyo propio. No estoy diciendo que utilice el mundo de los servicios secretos como pretexto –sus novelas son muy ortodoxas en una ambientación que, a juicio de los expertos que conocen ese mundillo al que el autor también perteneció, son irreprochables- , pero sí como metáfora de ideas como el poder, la información, el bien y el mal; eso le aproxima al mejor Graham Greene de Nuestro hombre en La Habana. El dilema entre el bien y el mal, o el mal ‘necesario’ nunca es maniqueo: un bando frente a otro, sino que el mal se mezcla con el bien, las buenas intenciones con los resultados desastrosos, el cinismo con la defensa de supuestos valores, en ambos bandos, como en la misma vida. A menudo ese mal, que se identifica moralmente con la falta de inteligencia profunda y la tosquedad intelectual se encuentra en las propias filas de los servicios de inteligencia occidentales que luchan por esa evanescencia que se llama ‘libertad’, pero nunca entre los sufridos agentes de campo, sino en las altas esferas directivas y próximas al poder político, pues eso son sobre todo sus novelas: conflictos políticos y morales, son relatos casi aristotélicos. De hecho, contienen perspicaces análisis sobre política internacional, en tiempos los de la Guerra Fría entre ambos bloques y hoy sobre el llamado terrorismo internacional y el islamismo yihadista.
Lo más relevante, sin embargo, es la evidencia de que el tenebroso mundo de la información secreta, la contrainformación y el espionaje es un juego de suma cero en el que finalmente nadie gana y que se justifica a sí mismo y en sí mismo encuentra su razón de ser. En ese juego los honestos nunca ganan, sino los oportunistas y mediocres, y desde luego no gana ni la supuesta libertad que unos u otros defienden ni la seguridad, también reivindicada, del público ajeno a tanta artimaña.
Me gustan mucho los relatos que tienen marcados escenarios fijos: los tifones malayos de Conrad o los mares tempestuosos del Caribe de los corsarios. En el caso de Le Carré, mis favoritas son aquellas novelas que transcurrían en plena Guerra Fría donde los servicios secretos ingleses, los famosos MI5 y MI6, con la ayuda reticente de sus ‘primos’ estadounidenses se enfrentaban al KGB soviético, a menudo presentado como más eficaz. Tras la caída de la Unión Soviética y sus países satélites Le Carré supo adaptarse a los nuevos tiempos sin oportunismo alguno, como demuestra en su última y excelente novela El hombre más buscado, que transcurre en un Hamburgo donde los diversos servicios alemanes de información compiten entre sí y con los ingleses y norteamericanos tanto, al menos, como contra el terrorismo islámico. Mis favoritos, por razones un tanto sentimentales, son los que integran la saga de Smiley, el regordete y cornudo agente inglés, contrafigura de todos los James Bond del mundo; cuatro novelas magistrales la integran: El amante ingenuo y sentimental, El topo (la mejor dentro de las mejores, para mi gusto), El honorable colegial y La gente de Smiley. El espía perfecto (1986) es también estremecedora y muy personal, porque en ella no hay más peripecia que el abandono de un espía occidental asqueado y la persecución que sufre, hasta su captura final, por sus propios colegas. El espía perfecto además es bastante autobiográfica y narra la historia de su propio padre, un seductor timador profesional. Pero en cualquier caso, desde Llamada para el muerto de 1961, pasando por la tercera que fue su primer éxito, El espía que surgió del frío, de 1963, hasta la última por el momento, El hombre más buscado de 2009, Le Carré nos ha entregado un fresco de la segunda mitad del pasado siglo y del actual difícilmente igualable. Si la literatura, como creo, es una forma de entender el mundo, Le Carré ayuda a entenderlo más que la lectura del periódico y de muchos manuales de historia contemporánea.
2 comentarios:
Por un momento, al ver el título del post, pensé que se trataría de una necrológica (últimamente se andan muriendo demasiados).
En cuanto a tu valoración tampoco me parece ni tan tajante ni tan inesperada, salvo que consideres que ese trío comprende los tres mejores prosistas británicos "de todos los tiempos"; supongo que te refieres a los vivos. Y, por cierto, me sorprendió que Leigh Fermor siga vivo (estoy bastante fúnebre).
De esos tres, me falta Banville, del cual tenía referencias pero hasta ahora no había caído nunca en mis manos. Así que, ¿por qué no me recomiendas un par de títulos publicados en español para empezar?
Vivos, claro, y que yo sepa Leigh Fermor sigue vivo aunque casi centenario (leí algo suyo en el último New Yorker).
A mi me gusta mucho El intocable, sobre el espía Anthony Blunt, pero sus primeros inciales de científicos: Kepler y Copernico, también me gustan mucho, aunque como ya he dicho, de este autor, todos.
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