

Con negro de carbón de las hogueras y ocre y rojo de los óxidos de hierro se conservan las imágenes pintadas hace decenas de miles de años en las paredes de las cuevas del suroeste europeo. También se conserva la escritura en las tablillas cocidas por los mesopotamios hace miles de años, y los papiros, los pergaminos del mejor cordero, el papel de seda chino, pero el cine de hace escasamente cien años está despareciendo, esfumándose literalmente ante nuestros ojos.
Quienes oyeron hace más de dos mil quinientos años al mismo Homero, uno de tantos, relatando el regreso de Ulises a Ítaca, no sé si sabían que estaban asistiendo a un hecho irrepetible, pálidamente perdurable en los siglos posteriores por la palabra impresa, imposible sustituto de la emoción de la voz del aedo ciego. Lo mismo, lo mismo quien haya visto danzar a Nijinsky-, tocar el piano a Glenn Gould, dar una conferencia a Richard Feynman, esculpir a Miguel Ángel en su taller, los ojos protegidos con gafas de madera con rendijas para protegerse de las esquirlas violentas del mármol.
Tampoco persisten todas las partituras de Bach y a punto estuvieron de no sobrevivir ninguna. Ni la mayoría de los edificios de la Antigüedad clásica, ni los rollos de la biblioteca de Alejandría ni la cultura oral de muchos pueblos. El tiempo, más que un gran escultor, como reza el título de una obra de Yourcenair, es un terrible destructor que, si asola planetas, sumerge continentes, cambia firmamentos, que no hará con las lábiles obras de los hombres.
Martin Scorcesse, uno de los pocos genios vivos del cine, se está dedicando en los últimos años a localizar, restaurar y conservar el patrimonio cinematográfico mundial en peligro. En su propio país, Estados Unidos, la mismísima meca del cine, como reza el tópico, el país más rico y avanzado tecnológicamente, se estima que se ha perdido el 95% de todo su cine mudo, la Edad de Plata del séptimo arte según muchos, el del cine por excelencia, el que no debe nada a la palabra y todo a la gramática de las imágenes. ¡Qué no estará desapareciendo para siempre en muchos otros países con menos medios e interés! Las malas condiciones de almacenaje, el soporte extremadamente frágil del celuloide impregnado de sales de plata, su vulnerabilidad, inflamabilidad, fácil deterioro irreversible están acabando con el patrimonio probablemente más representativo del arte del siglo XX, el cine. ¿Seguro que vivimos en la época de la imagen? ¿O en la de la banalidad de la imagen? Para esta situación es adecuada la metáfora de Borges de aquel mapa que aumentó tanto –o su escala- que era puntualmente idéntico al imperio y al final fue abandonado y habitado por alimañas y mendigos. Quizás vivimos entre las ruinas, no siempre gloriosas, del cine, entre sus réplicas más triviales.
Resulta curioso que la cultura concebida como mero espectáculo se olvide del espectáculo por antonomasia, el cine. El circo moderno se basa en una tradición de treinta siglos, pero el cine se basa en una tecnología de cien años y en un hecho fisiológico, la capacidad de la retina de retener imágenes durante unos instantes después de desaparecer, para crear movimiento a partir de una sucesión rápida de elementos fijos, los fotogramas. Persistencia de las impresiones retinianas, formulada por el belga Joseph Plateau (nombre premonitorio) en 1829
El cine nació en el número 14 del Bulevar de los Capuchinos en París, en el Salón Indio del Gran café, el 28 de diciembre de 1895; una placa de mármol colocada por el ayuntamiento de la villa lo confirma. En la primera proyección se recaudaron 35 francos, a un franco (viejo) la entrada eso nos da 35 espectadores de las diez pequeñas cintas de 16 metros cada una, comenzando por la famosa “La salida de los obreros de la fábrica (la propia ‘Usine Lumiere’), “Riña de niños”, “Derribo de un muro” y así hasta la terrorífica –los espectadores se apartaban asustados- “Llegada de un tren”.
Sin embargo, quien saca al cine de las atracciones de ferias y café es el primer ‘homo cinematographicus’ completo, otro francés, Georges Méliès (Viaje a la luna, de 1902). La primera vedette, por su parte, fue Max Linder, un relamido elegante (Max patinador, 1905), siguieron películas en Italia, Alemania y Rusia, Inglaterra y finalmente España y Portugal. En España fue Fructuoso Gelabert que proyecta en Barcelona pequeños films a partir nada menos de 1900; las primeras producciones propias son de Segundo Chomon, con el inevitable tema de las corridas de toros (Corrida real, Cogida y muerte de El Gallito), y se adapta como primer film no documental la Carmen de Merimee por Giovanni Doria y Sangre y Arena de Blasco Ibáñez.
Holywood nace en 1908 cuando el coronel Selig, harto del clima de Chicago se traslada a California para rodar El Conde de Montecristi de Alejandro Dumas. Seguirían rápidamente las películas del Far West, nace pues el western a la vez que el propio cine estadounidense: The Law of the Range es el primer film enteramente holywoodiano. Por cierto, un tal Adolph Zukor se asocia con un tal L. Lasky (¿qué hicisteis con mi “n”?) para fundar la pre Paramount, la Famous Players Lasky Corporation, en 1912, un ‘biopic’ de la reina Isabel de Inglaterra fue su primer producto.
Todo esto podéis encontrarlo en la red y en miles de libros. Vendrían las Sarah Bernhardt y los Zukor, los Abel Gance y las Mary Pickford…y Griffith, tan fascista como genial, que inventa el cine tal como hoy se concibe (cuando es buen cine, sino retrocede a la llegada del tren y las pelis de efectos especiales) con El Nacimiento de una nación.
El dinero público que se usa para construir redundantes museos huecos de contenido en todas y cada una de las ciudades provincianas no se usa para rescatar este naufragio trágico. El dinero público que subvenciona cientos de bodrios que no atraen al público porque apenas son espectáculo ni son cultura, porque son inanes y mediocres, no rescata cientos de miles de metros, segundos, horas y días de emociones en silente blanco y negro, la memoria de un siglo, que se desvanece en cientos de olvidados sótanos. Un milagro que se hizo con nitrocelulosa y alcanfor: celuloide –flexible, transparente, resistente a la humedad pero extraordinariamente inflamable- y el material del que están hechos los sueños: imágenes en movimiento.
2 comentarios:
Mas razon que un santo, que subvencionen la memoria de una vez! Sin ella nos quedamos en nada.
Por Dió, qué impresión me he llevado al volver, vaya foto!
La memoria y el olvido, ese eterno dilema.
Me ha gustado la entrada anterior, ya sabes, ese carácter que tienes se forjó en tu cuna :)
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