Me autoriza a 'colgarlo' mi amigo bajo el rótulo: "anónimo segoviano"
Tengo varios amigos tocados con el don divino de pintar y dibujar bien. Tengo obra suya enmarcada en mi casa. Por ejemplo, mi mejor retrato, un dibujo de perfil con rotulador de punta fina, de mi amigo Víctor, así como una fachada de un edificio de principios del siglo XX y un huerto con una cabra y un turismo abandonado entre la hierba, ambos con rotuladores de colores y un trazo suelto envidiable. O mi amigo Gabi y sus increíbles fantasmagorías nazaríes; un óleo de una antigua novia austriaca, Ilona, que representa Madrid en términos de abstracción y que me recuerda mucho a su admirado Mompó; un paisaje, un jardín, del hermano de mi madre, mi tío Luis, catedrático de Bellas Artes y cuya obra, académica en exceso, no me interesa mucho, pero sí esta de sus inicios donde todavía el corazón podía sobre la mente y la mano, más tarde hipertrofiados sobre el primero. Además, para presumir, tengo un grabado auténtico de Tapies y otro nada menos que de Giorgio Morandi.
Víctor tiene aún el perfil de una medalla romana (algo así como un cruce de Richard Burton y Marlon Brando) y un cuerpo trabajado discreta y sabiamente en el gimnasio. Mis amigas me han ido pidiendo su teléfono a lo largo de los años. Es homosexual, aunque sólo saca la pluma cuando él quiere. Ilona, incorregible caprichosa y con los ojos verdes más increíbles que he visto nunca, se casó con el embajador austriaco en Japón. Confío en que siga pintando.
Yo también dibujo, mal, pero lo hago. Sobre todo cuando estoy de viaje. Hace muchos años, en plena ‘furibundia’ fotográfica –tenía hasta montado mi laboratorio de revelado- , en un viaje por el Sahara argelino decidí colgar mis costosas cámaras de fotos del gancho del perchero de casa en lugar de mi cuello, cuando comprobé que en este último sitio funcionaban distanciándome demasiado de la gente de los lugares donde estaba. Las sustituí por cuadernos y lápices y nunca me he arrepentido. No seré yo el que le niegue rango artístico a la buena fotografía, lo tiene, y, modestamente, a veces creo haberlo alcanzado yo, pero el dibujo exige un proceso minucioso y una parsimonia que se parece mucho al acto más reflexivo de meditar, en este caso de meditar sobre lo que estás viendo y dibujando. De ahí que hable de las tres virtudes, como un trípode que debe estar equilibrado con la longitud idéntica de sus patas para sostenerte: corazón (emoción), cerebro (inteligencia para captar lo esencial) y mano (habilidad). Por eso cualquier botánico os dirá que para identificar una planta es infinitamente mejor un buen dibujo que la mejor de las fotografías posibles. Pero me admira mucho el talento para el dibujo y el difícil equilibrio entre la precisión y la emoción, soslayando el amaneramiento. En mi admiración, los buenos pintores o dibujantes sólo son superados por los practicantes del arte más inasible posible, la música, para la que también estoy negado, aunque no para disfrutarla.
Lo mas difícil son los rostros, la expresión de los ojos y la boca, y paradójicamente las nubes –salvo que se las caricaturice- ; lo más fácil las fachadas de los edificios y los árboles. Mis amigos pintores y expertos dibujantes suelen ser caritativos y, con sospechosa unanimidad, opinan que mis monigotes no están tan mal, que tienen gracia. La gracia precisamente tan difícil de captar en los motivos y de retener en el trazo. En los mismos cuadernos que dibujo escribo y anoto, en las mismas páginas también.
Mis tiendas favoritas son las papelerías y las ferreterías, sólo superadas por las tiendas cantinas de todo que sobreviven en apartados pueblos de montaña y que son donde adquiero siempre que puedo los collares de cuero para Jara y los bastones de fresno para mí. En las papelerías compro los cuadernos y los lápices; los cuadernos, de medio folio, blancos o cuadriculados, jamás rayados, no pueden llevar esas horrendas espirales metálicas que siempre se enganchan en los forros de los bolsillos. Mis favoritos son los cosidos con tapas de hule flexibles. En casa tengo varios cajones llenos de esos cuadernos repletos. Los lápices suelen ser Faber-Castell de gama alta (dos caballeros en una justa medieval) HB con goma y rotuladores negros de punta fina tipo “Pilot” (ojo, que a veces revientan en los aviones). Y a veces llevo lápices acuarela y algún pincel fino. Lápices y cuadernos, más que monedas, suelen ser mi regalo habitual a los niños con los que me tropiezo en los países pobres. Les suelen gustar más que el dinero que te reclaman, porque casi nunca se permitirían el despilfarro personal de comprárselos ellos. Una vez, en el tren peruano de Cuzco a Puno provoqué un tumulto entre los chiquillos que se subían al renqueante trasto para pedir con mis regalos de papelería. Como Velázquez: corazón, cerebro y mano, dale una hoja de papel y un lápiz a un niño y le darás emoción, entretenimiento/entrenamiento y deleite. Así que en mi mochila, además de la navaja y el cordino de metro y medio, nunca faltan cuadernos y lápices.
(TODOSSOMOSDIOS)
Sólo una vez, en un largo vuelo trasatlántico, un niño rechazó el cuaderno y el lápiz y a cambio me fue pidiendo que dibujara para él: “Dibújame un gato”; “Ahora un canguro”; “una ballena”; “un niño subido a una nube”; “Dibuja este avión contigo y conmigo dentro”. También le dibujé a él, aunque no me lo pidió; es el único de los dibujos de aquella larga noche que conservo, los demás se los quedó él. Enfermo, iba a enfrentarse a una difícil operación en Madrid. Cuando se durmió, repleto de calmantes y analgésicos, saqué un cuaderno nuevo y le dibujé y le escribí una historia para que la leyera en el hospital. Recuerdo que iba de un pirata que viajaba en busca de un ebanista para que le hiciera una pata de palo igualita a la pierna de una bailarina que había sido su novia en su juventud, cuando aún no era corsario. Saqué las acuarelas del equipaje de mano, me hice con un pocillo con agua y se las coloree. Luego le dibujé a él dormido a mi lado. Creo que ha sido mi mejor libro. Ejemplar único, sin derechos de autor, pero con dedicatoria.
Ese niño, Juan, estaba rodeado de amor que le enviaban en oleadas radiantes su madre y su hermana desde el otro lado del pasillo, y de cuidados, pero de alguna forma sabía lo que le estaba pasando, porque me preguntó: “¿Tu crees que Dios quiere que me muera?” Le miré a los ojos y le dije: “No, no lo creo”. Me gusta pensar que ese niño aún conserva aquel cuaderno, pero sobre todo, que el cuaderno aún está con el niño.
9 comentarios:
Así se es Dios, en efecto, o, quizá, así debería ser Dios. También lo h hecho yo, eso de ir dibujando para un niño dibujos que van contando una historia y quedan ocupando varias páginas de un cuaderno, alternados con breves párrafos. No dibujo tan bien como debiera, pero soy capaz de expresar lo que quiero (aunque nunca capto satisfactoriamente lo que identifica un rostro concreto; los edificios, tienes razón, son los más fáciles); sin embargo, la calidad técnica, con los niños, no tiene demasiada importancia porque sus carencias las suple de sobra el entusiasmo y la imaginación infantil. Me has hecho añorar la última vez que hice de Dios dibujante; ya hace demasiado y, desde luego, a ningún niño en tan dramática situación.
Mis admiraciones artísticas van también en ese orden: la primera de todas, para los músicos, y, después, para los dibujantes. Antes que los pintores. El dominio del color me parece admirable y fundamental, pero un buen dibujo me emociona casi, casi tanto como la música. (En mis tiempos de estudiante de arquitectura llegué a ser un dibujante mediocre, pero ya he perdido la poca mano que nunca tuve.)
Y hablando de emoción, el último párrafo de tu post me ha dejado el corazón bastante encogido.
Lansky, qué bien que hagas dibujos a los niños y repartas lapices y cuadernos.
Yo una vez, siendo bien pequeña, viajando de Vigo a Madrid en autobus con mi hermana y mi abuela, con fiebre, fui mimada por un misterioso viajero que me hizo mil dibujos desde el asiento de enfrente.
A pesar del tiempo transcurrido no le he olvidado.
Y nunca le olvidare.
Las papelerias y las ferreterias y las tiendas de pueblo de montaña donde compras escobas y latas de atun deberian ser patrimonio de la humanidad
No era yo, Emma, el señor que viajaba contigo a Vigo, pero vayamos por partes: un síntoma cierto de la paranoia es pretender controlar el efecto que uno provoca en la gente, pero, pero...leido tu comentario: "que hagas dibujos a los niños" y "repartas lápices y cuadernos"...francamente, me pregunto ¿estoy destrozando mi reputación de duro honradamnte ganada? ¿soy un puto vicente ferrer laíco? ¿parezco bueno, joder?
Veamos: comprendo el escalofrío de placer prohibido que le debe producir esa "n" antes de "b" de su nick a Vanbrugh; soy tolerante, pero no puedo admitir, sinceramente, comentarios como los tuyos, doble eme mía. Tengo una reputación, entiéndelo.
Tu reputacion de duro no esta en peligro Lansky.
Los duros de verdad sufren cuando tienen que sacrificar a su caballo y saben que las mujeres y los niños han de ser respetados. Un duro de verdad nunca ignoraria a un niño que no fuera un repelente maleducado, a un niño que sufre pues el duro fue él también un niño que sufria.
Ahora bien, es implacable con los malcriados.
Un jovencito aspirante a cow boy le pregunta a un duro veterano, "¿cómo se llama tu caballo?". El otro le mira y le suelta: "nunca le pongas nombre a nada que puedas tener que comerte"
Lo que realmente me pone es la "h" de después de la "g". Uso este nick solo para poder teclearla de vez en cuando.
Hay gente pa 'tó'. A otros les pone escribir la t seguida de la x, por ejemplo, txapela, en vez de chapela.
Ah, pero ese estremecimiento es mucho más respetable que el mío, que no deja de ser una frivolidad. Ahí ya entra la sagrada emoción de la Patria. Qué digo emoción: la noble tarea de construirla. Aunque no te lo creas, hay naciones que están hechas, fundamentalmente, de cosas así, letras, banderas, boinas... "Patrias ortográficas", deberían llamarse. (Lo malo es que matan tanto o más que las otras)
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