La imaginación
Hay años enteros que son un perpetuo malentendido. Se casa muy joven y tiene dos hijos, porque siempre hacía las cosas al revés, empezando por el final. También porque ella era obrera y huraña y no muy guapa aunque sí apetecible, le pareció no sólo lo adecuado o lo que hacían todos y lo que no hacia nadie, sino porque no tenía imaginación para planear otro final. Vive, por tanto, una ficción inmobiliaria en años sin boom inmobiliario. Y fue casi el final, pero le echó imaginación y se divorció. Lo más sencillo fue liquidar el bien inmueble. Dejó de ver a aquella mujer, huraña y no muy guapa, lo que resulto un alivio, supone, para ambos. Crió a sus hijos y luego dejo de verlos también a ellos, no fue una decisión meditada, pero tampoco trágica. Vivió, ya solo, en barrios que a ella no le gustaban y a él sí. Pero lo importante es que había vivido adentro y ahora vivía afuera.
La timidez no se supera, se pasa, como la edad del pavo. El joven tempranamente encarrilado galopa ahora desbocadamente, campo a través. “Te ha llamado una”-le dice su abuela- “no es la misma que la de las últimas veces”. Casi todo lo de carácter copioso es poco fidedigno: entre ellas no hay Himalayas ni rameras, no creen en la inspiración ni comen luciérnagas, cumplen setenta años cada segundo: son geómetras y en las orejas llevan aros de platino: viven del ocio sagrado y él no sabe lo que busca.
Acodado en la barra de un bar de moda miró a la chica. La chica le devolvía la mirada. La siguió con la vista cuando ella se dirigió a los servicios; se desprendió de la barra y de la lacrimógena verborrea de su amigo y se dirigió también allí. Entró tras ella, la chica se volvió sorprendida reconociéndole. No la dejó hablar primero, sino que la dijo: “yo estoy borracho, pero tú ¿qué disculpa tienes para estar aquí?” La chica le llevó a su casa.
Acodado en la barra de un bar de moda miró por fin a la chica que le había estado mirando a él. La siguió al baño, pero no entró detrás, sino que la esperó en el angosto pasillo; cuando volvió a salir la tomó suavemente en sus brazos y la besó en la boca: “¿Quién eres?” dijo la chica soñadora. “Tu regalo de navidad”, contestó imperturbable antes de irse juntos. Era víspera de nochebuena y en la barra había un conocido actor de cine y teatro con fama de rojo que asistió divertido al espectáculo. Se despidió de él con la mano mientras la chica buscaba nerviosa las llaves del coche.
No era feliz, claro, pero era un depredador compasivo, aunque sorprendentemente eficaz, y llevaba una vida sexual sana y variada, como su alimentación.
Etcétera.
Emma ha leído por ahí que el carácter se forja en las tardes de domingo. Se supone que en la infancia; es muy posible, el tedio más que el tiempo es el gran escultor, pero la imagen demasiado precisa se puede borrar y rehacer en las resacas de las mañanas de los lunes, porque, como decía Gil de Biedma, los días laborables va a resultar que llevaban razón.
Luego un país de Sudamérica sin costa, con Andes y Amazonia; una universidad prestigiosa y pobre, nuestro hombre está dando clase de alguna cosa para estudiantes egresados, como dicen allá, es decir, ya titulados. Es un curso de postgrado. En la primera fila se sienta la chica más increíble que ha visto en su vida, y además es listísima; junto a sus tres amigos, forman el cuarteto inseparable de los listos de clase. Los da la máxima nota, habla con ellos, sale por la noche de copas conchabambinas. Habla con la chica, la mira, cruza el Atlántico, recibe una carta, regresa, tienen un romance, se vuelve a marchar, regresa, se marcha, viene ella y se queda. Se compran un perro, bueno, en realidad pagan un rescate a dos turbios individuos por un cachorrito, una hembra, con diarrea y esquelético. Viven juntos los tres, hasta ahora, que siguen. La imaginación, en este caso, no le bastó. Hubo que contar con la suerte. Hace veinte tantos años cayó cruz, ahora, cara.
Besar la punta de las pestañas y no sólo los pezones, besar el aire felino de tu fragancia, mezcla de nórdica boreal e indígena chimane, diáspora del Génesis: mi egipcia, mi romana, mi mármol, mi loca, mi fenicia, te oyera aullar, te fuera mordiendo hasta las últimas amapolas, te nadara en la inmensidad insaciable –pero ya no tanto- de mi lascivia, riera con tus dientes, me drogara con el opio de tu piel, te olfateara como león, te lamiera como perra, ¡te amara! (como recomienda Gonzalo Rojas) Y luego te acompañara, fuese tu cómplice y tu tierno amigo.
Fin.
Hay años enteros que son un perpetuo malentendido. Se casa muy joven y tiene dos hijos, porque siempre hacía las cosas al revés, empezando por el final. También porque ella era obrera y huraña y no muy guapa aunque sí apetecible, le pareció no sólo lo adecuado o lo que hacían todos y lo que no hacia nadie, sino porque no tenía imaginación para planear otro final. Vive, por tanto, una ficción inmobiliaria en años sin boom inmobiliario. Y fue casi el final, pero le echó imaginación y se divorció. Lo más sencillo fue liquidar el bien inmueble. Dejó de ver a aquella mujer, huraña y no muy guapa, lo que resulto un alivio, supone, para ambos. Crió a sus hijos y luego dejo de verlos también a ellos, no fue una decisión meditada, pero tampoco trágica. Vivió, ya solo, en barrios que a ella no le gustaban y a él sí. Pero lo importante es que había vivido adentro y ahora vivía afuera.
La timidez no se supera, se pasa, como la edad del pavo. El joven tempranamente encarrilado galopa ahora desbocadamente, campo a través. “Te ha llamado una”-le dice su abuela- “no es la misma que la de las últimas veces”. Casi todo lo de carácter copioso es poco fidedigno: entre ellas no hay Himalayas ni rameras, no creen en la inspiración ni comen luciérnagas, cumplen setenta años cada segundo: son geómetras y en las orejas llevan aros de platino: viven del ocio sagrado y él no sabe lo que busca.
Acodado en la barra de un bar de moda miró a la chica. La chica le devolvía la mirada. La siguió con la vista cuando ella se dirigió a los servicios; se desprendió de la barra y de la lacrimógena verborrea de su amigo y se dirigió también allí. Entró tras ella, la chica se volvió sorprendida reconociéndole. No la dejó hablar primero, sino que la dijo: “yo estoy borracho, pero tú ¿qué disculpa tienes para estar aquí?” La chica le llevó a su casa.
Acodado en la barra de un bar de moda miró por fin a la chica que le había estado mirando a él. La siguió al baño, pero no entró detrás, sino que la esperó en el angosto pasillo; cuando volvió a salir la tomó suavemente en sus brazos y la besó en la boca: “¿Quién eres?” dijo la chica soñadora. “Tu regalo de navidad”, contestó imperturbable antes de irse juntos. Era víspera de nochebuena y en la barra había un conocido actor de cine y teatro con fama de rojo que asistió divertido al espectáculo. Se despidió de él con la mano mientras la chica buscaba nerviosa las llaves del coche.
No era feliz, claro, pero era un depredador compasivo, aunque sorprendentemente eficaz, y llevaba una vida sexual sana y variada, como su alimentación.
Etcétera.
Emma ha leído por ahí que el carácter se forja en las tardes de domingo. Se supone que en la infancia; es muy posible, el tedio más que el tiempo es el gran escultor, pero la imagen demasiado precisa se puede borrar y rehacer en las resacas de las mañanas de los lunes, porque, como decía Gil de Biedma, los días laborables va a resultar que llevaban razón.
Luego un país de Sudamérica sin costa, con Andes y Amazonia; una universidad prestigiosa y pobre, nuestro hombre está dando clase de alguna cosa para estudiantes egresados, como dicen allá, es decir, ya titulados. Es un curso de postgrado. En la primera fila se sienta la chica más increíble que ha visto en su vida, y además es listísima; junto a sus tres amigos, forman el cuarteto inseparable de los listos de clase. Los da la máxima nota, habla con ellos, sale por la noche de copas conchabambinas. Habla con la chica, la mira, cruza el Atlántico, recibe una carta, regresa, tienen un romance, se vuelve a marchar, regresa, se marcha, viene ella y se queda. Se compran un perro, bueno, en realidad pagan un rescate a dos turbios individuos por un cachorrito, una hembra, con diarrea y esquelético. Viven juntos los tres, hasta ahora, que siguen. La imaginación, en este caso, no le bastó. Hubo que contar con la suerte. Hace veinte tantos años cayó cruz, ahora, cara.
Besar la punta de las pestañas y no sólo los pezones, besar el aire felino de tu fragancia, mezcla de nórdica boreal e indígena chimane, diáspora del Génesis: mi egipcia, mi romana, mi mármol, mi loca, mi fenicia, te oyera aullar, te fuera mordiendo hasta las últimas amapolas, te nadara en la inmensidad insaciable –pero ya no tanto- de mi lascivia, riera con tus dientes, me drogara con el opio de tu piel, te olfateara como león, te lamiera como perra, ¡te amara! (como recomienda Gonzalo Rojas) Y luego te acompañara, fuese tu cómplice y tu tierno amigo.
Fin.
8 comentarios:
Me han gustado los ligues del tipo acodado en la barra de un bar de moda (me he imaginado alguno por los alrededores de la plaza del dos de mayo, a principios de los ochenta). El tipo parece una mezcla de chulo y tierno entrañable; ya me habría gustado a mí haberme atrevido a algunas de esas salidas.
toma cosa bonita con la que me despiertas
Me ha gustado la consideración del matrimonio como "ficción inmobiliaria". Me ha gustado la historia de desamor primero, y más aún la de amor después. Y me ha gustado comprobar que cunde la impudicia por la red. Debe de ser una epidemia.
Nunca he creido en las coincidencias cuando se trata de amor.
Lo tuyo ya estaba pactado con los diablos y los angeles antes de que cogieras aquel avion.
Déjame que crea eso.
¿Impudicia? Creí que estábamos de acuerdo que la autobiografía y las memorias es un género de ficción más.
La física moderna, Emma, también dice no creer en las coincidencias, por eso lo llama "sincronicidad"; de todas formas yo no hablo de coicidencias, sino de "suerte", y eso no es cuestión de opiniones sino de resultados, te toca o no te toca la lotería y eso que el diablo se rie concediéndote a veces tus deseos.
Y estamos de acuerdo. La autobiografía y las memorias son un género de ficción más. Más impúdico aún que los otros, que ya es decir.
Yo creí que estábamos de acuerdo en que la impudicia bien administrada no tiene nada de malo.
No tengo recato ni pudor; parezco un político...
Ya quisieran los políticos, Lansky, no desciendas así: que tú bulles y fornicas con acierto inevitable.
(¿Soy demasiado impúdica? Mis disculpas).
Superbe.
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