21/05/2009

Perros y gatos (y humanos mirando)



“Y cuando me sigue pegada a los talones por silenciosos senderos a través de los prados, por carreteras polvorientas o por las calles de la ciudad, con todos los sentidos atentos para no perderme, ella es todos los perros que han caminado pegados a los talones de sus amos, desde el día que el primer chacal dorado[1] comenzó a hacerlo: ¡una suma incalculable de amor y fidelidad!”

Konrad Lorenz: Cuando el hombre encontró al perro


Los gatos


Las gotas de rocío de los tallos verdes pasaban a su sedoso pelo dándole a la luz de la mañana un aura húmeda. Se abrió pasó entre la hierba alta con la firme cabeza, el vientre casi pegado al suelo, los pasos sigilosos, pensados uno a uno. Y entonces saltó, una parábola perfecta con las garras por delante. Perdida ya toda cautela volvió a surgir a un claro con el pollo volantón de mirlo aún vivo entre sus fauces. Los gatos, estos sí que se sienten cómodos en su pellejo. Autosuficientes, jamás desvalidos aunque puedan ser maltratados –entre ellos sobre todo- en sus casas de acogida, sus hogares humanos, se pueden mostrar magnánimos, y dejarse acariciar, o distantes y no estar para los amos. Ellos imparten su humor que sólo depende de ellos y no de los humanos. Esta magnífica independencia es propia de toda la estirpe felina, tigres o linces, hasta los más sociales, los leones siempre en grupo, son muy suyos. Los perros, tan dependientes de sus amos, tan desvalidos si los abandonas, tan sumisos, son igualmente resultado de su filogenia cánida, siempre sociales, como lobos que son. Un perro es un amigo, por tanto, un compromiso; un gato es un objeto de lujo, y como todos los verdaderos lujos, el tiempo y el espacio disponibles, imprescindible. Un perro te devuelve la mirada, los ojos de los gatos, en cambio, son insondables. Tienen muy bien puesto los nombres específicos latinos: Canis familiares, Felix domesticus; el primero está apegado a unas personas, y las seguirá allá donde vayan, aunque sea debajo de un puente o el vestíbulo de un cajero automático, los segundos lo están a una casa, que comparten contigo, tolerándote con distante afecto.

Para observar estas cosas no hace falta estar abonado al Discovery Channel, basta con estar al rececho, uno también, junto a la verja desvencijada de un viejo jardín.



Los perros


Uno de los equívocos más frecuentes es pensar que el perro, aunque dominante, es una mascota más entre otras muchas posibilidades que van desde el casi tan frecuente gato a los loros, las tortugas o los caimanes. O un animal doméstico, bien que el más antiguo, junto a cabras, caballos o vacas. Lo cierto, sin embargo, es que la alianza entre los humanos y sus canes es otra cosa.

Durante mucho tiempo se debatió en el pasado siglo el origen del perro, que se hacia derivar de algunos cánidos silvestres, como el lobo o el chacal o de algún antepasado desaparecido. El etólogo austriaco Konrad Lorenz en un famoso libro, ‘Cuando el hombre encontró al perro’, propuso una teoría muy popular conforme a la cual el perro, dependiendo de su raza, tendría un doble origen; la mayoría derivarían del chacal dorado (Canis aureus), pero unas pocas razas fuertes boreales lo habrían hecho del lobo (Canis lupus). Lo cierto es que los perros (Canis familiaris) no derivan de los lobos: son lobos. Su ADN es el mismo, pero la domesticidad y la selección artificial crearon las diferencias observables. Perros y lobos se cruzan perfectamente entre sí y los descendientes, a la inversa que las mulas cruces de asno y caballo, siguen siendo fértiles. No obstante, la domesticidad, en cualquier mamífero, incluido el hombre, implica una serie de modificaciones morfológicas: cráneos más redondeados, pelajes con manchas o blancos, alteración de la longitud de orejas y patas.

En biología se llama simbiosis, o mutualismo, a las relaciones estrechas entre dos especies muy distintas o alejadas evolutivamente para beneficio mutuo, pero la vieja alianza de perros –o lobos- y humanos es de naturaleza distinta porque implica junto a procesos biológicos otros que son netamente culturales. El perro es el animal domesticado desde más antiguo, 50.000 años, 12.000 en enterramientos palestinos junto a humanos, pero sus dos funciones originales: la caza y la vigilancia pueden explicar como se estableció esa estrecha relación. Hay quien piensa que los lobos/perros empezaron a seguir a los humanos cazadores, ayudándoles a capturar sus presas a cambio de parte, la peor siempre de la pitanza, y hay antropólogos y paleontólogos humanos más imaginativos, pero no menos faltos de razón que piensan más probable la inversa: humanos carroñeros que seguían a los lobos, que eran los que tenían el control y el mando, los que toleraban la presencia humana y sólo después, como esos invitados caraduras, se invirtieron los términos.

Por otra parte, es fácil imaginar a los seres humanos reunidos en torno a sus hogueras, esas televisiones del paleolítico, que calentaban, ahuyentaban a las alimañas y servían para cocinar los alimentos, y a los lobos en un círculo más externo, que avisaban con sus ladridos/aullidos de la presencia de extraños. Fácil es igualmente imaginar un niño que recibe de regalo para sus juegos un pequeño cachorro, creciendo ambos juntos y colaborando de adultos.

Sea como fuere, la empatía entre un humano, sobre todo si este tiene cierta propensión silvestre o salvaje, y su perro es algo que jamás se da entre un humano y su gato, aunque Dios creará a este último para que pudiera permitirse la tentación y el lujo de acariciar a un tigre. Es cierto que no hay gatos policías; no son cómplices de nuestras propias perversiones, pero tampoco colaboradores de nuestras necesidades; si cazan ratones es porque les place, no para proteger nuestro grano, por lo que tampoco hay gatos pastores ni, si me apuran, de compañía. Y no es extraño que el momento más entrañable de la Odisea de Homero sea cuando Ulises se reencuentra con su perro Argo, el único en reconocerle y morir después. El poema épico hindú, el Mahabarata, concluye con una historia de redención protagonizada por un perro fiel que más tarde se revela como el dios de la virtud. Uno de los mejores estudios biológicos modernos, mezcla de ecología y etología, data de 1973, su autor es Alan Beck y su tema los perros urbanos y sus interacciones con los humanos: ‘The Ecology of Stray Dogs: A Study of Free-Ranging Urban Animals’. Yo, por mi parte, tengo un indicador seguro –para mí- de cuando una cultura está degradada; es cuando menosprecia al perro, lo utiliza como insulto para humanos o, peor aún, se lo come. O cuando no sabe contemplar con la debida admiración a un gato.

La dicotomía más boba es la que se da entre los humanos que prefieren a los gatos o a los perros. Es como la polémica entre poetas de la experiencia o del conocimiento, cuando la verdadera distancia es entre poetas y versificadores. La humanidad, igualmente, se divide entre los que saben mirar el mundo que les rodea y los que sólo miran el Discovery Channel.
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[1] Lorenz creía equivocadamente que la mayoría de razas de perros derivan de este cánido, como se explica en el texto principal

2 comentarios:

Vanbrugh dijo...

No sabía que el ADN de perros y lobos fuera el mismo, ni que el resultado de cruzarlos siguiera siendo fértil. No sabía que fueran, en definitiva, la misma especie. ¿Quiere eso decir que un lobo, criado con humanos desde su nacimiento, puede domesticarse igual que un perro? ¿Qué parte de la docilidad canina, y de la ferocidad lobuna, es adquirida, y cuál heredada?

Vaya cosas pregunto, también, yo.

Lansky dijo...

A loprimero, sí, y a lo segundo, no. Biológica y genéticamente (redundante)el perro y el lobo son la misma especie, conforme a la definicón comunmente aceptada, sólo la costumbre, cierto arraigo hace persistente la falsa distinción.

Ahora bien, la domesticación es un proceso que lleva generaciones e incorpora cambios genéticos, puesto que es heredable; en la corta vida de un individuo cocncreto no es posible eliminar su ferocidad, pero sí en generaciones y cruces sucesivos, es lo que sucede con la selección artificial y, si a eso vamos, con la selección natural.

Cunado yo era niño mi padrastro recibió un cachorro de lobo. Se llamaba Jicli y yo jugana con él, pero jamás permitía que nadie le tocara salvo mi padrastro, mi abueelo y yo. En la cuna me encontraron una vez inerte y con una mancha de sangre, Jicli estaba tumbado al lado de la cuna con el hocico ensangrentado. Mi abuelo fue a por la escopetra, en tanto, mi padrastro me cogió en brazos y yo me desperté plácidamente; debajo de la cuna había una rata muerta.